Este texto forma parte del libro El acorazado Potemkin en los mares argentinos.
Buenos Aires, Colihue, 2010.
 

El año 1974 se presentaba con su reconocible carga de inquietud. A fines de abril de ese año hubo una reunión en Olivos, con una persona cuyo nombre coreábamos nosotros en las plazas, nosotros, los nuevos movilizados. Estuve presente y en esa reunión asistí a escenas agrias y tragicómicas, trasuntando los peores augurios sobre lo que advendría. En resumen, fue un careo entre el general Perón y los asistentes en torno a la verdad de una época. ¿Pero debemos hablar de verdad o de drama? Si lo primero, congelaríamos el movimiento de las cosas en torno a una objetividad superior; si lo segundo, entumeceríamos el juicio concluyente por causa de las actuaciones dispersas de unas criaturas extraviadas. Cuento este episodio porque a propósito de la conciencia lectora, se presenta un tema que no me abandona: una cita literaria lejana, con historia de pueblos antiguos, de repente se encarna ante nuestros ojos. Como si entre la primitiva pronunciación de esa palabra y el modo en que ahora la recibíamos no hubieran transcurrido miles de años. Como si no fueran las estaciones de un mito. Como si en una iluminación repentina percibiéramos que no importaba la historia, importaban las frases, importaban los sacrificios, importaban las mismas escenas primordiales capaces de atrapar a protagonistas tan distantes.
Entramos a Olivos. Nos llevan a un quincho que aún veo en fotos de diarios, pues siempre se realizan ahí actividades presidenciales. Pero ahora ese lugar está muy modificado, quedan pocos rastros de los años 70. En esa sala de reuniones (1) varios sectores juveniles tendríamos un encuentro con el habitante mayor de la Casa y nos sentamos en las hileras de sillas, custodiados por una recelosa seguridad presidencial. La tenida había sido organizada por el coronel Damasco. Esta era una figura militar sobre la cual Perón ejercía un discipulado, hombre amable y conciliador, citador doctrinarista pero ajeno a los contornos reales del drama que se estaba gestando. Antes de comenzar la reunión, intentó que se dieran la mano los representantes de las dos alas juveniles enfrentadas, Brito Lima y Galimberti. Hubo un forcejeo. Ambos tironeaban de cada lado para desocupar sus brazos tomados por el coronel y evitar el saludo.
En otra viñeta de la reunión, el coronel intenta hacer cantar una marcha de su autoría, la Marcha de la juventud, ante el mal humor compartido por todos los asistentes. Finalmente lo logra, con dos chicas que a disgusto inician la canción, letra en mano provista por el coronel, ante el desagrado general. El conjunto de lugares comunes del villancico reconciliador y el estilo que recordaba lejanas festividades de la escuela primaria pintaban con patética irrealidad la escena. Como reacción hacia tanto candor escolar, cuando acabaron las endechas del coronel, todos los asistentes cantamos la marcha peronista, único momento de clima compartido. Era un modo de señalar que comenzaba la verdadera discusión que obsesionaba al país; qué pasaría con el acto del 1 de mayo, que se haría el día siguiente frente a la casa de gobierno.
Los montoneros estaban representados por el mencionado Galimberti, que había sido el jefe de la juventud peronista, por Mendizábal, uno de los comandantes militares, y por María Antonia Berger, Paty, combatiente que había sobrevivido a la masacre de Trelew. Había otros nombres, pero no vienen al caso para esta historia. Estaban, como se dijo, los sectores antiguos del movimiento juvenil, los de la primera resistencia, con sus ortodoxias y sus derechismos adquiridos con el tiempo, formas defensivas que tomaban rostros aviesos ante la radicalización que hacía entrar a bocanadas a miles de jóvenes en una historia atractiva pero esquemáticamente conocida por ellos. Y una "tercera
franja" problemática, en la que me encontraba, que representaba también a los nuevos movilizados, pero que en este caso habíamos abandonado recientemente a las juventudes peronistas orientadas por la organización montoneros, de la que eran su "frente de masas". Habíamos abandonado, en suma, a los montoneros con distintas justificaciones y casuísticas, lo que después comentaré con más pormenores.


Cuando María Antonia Berger entró en el salón, nos miramos sin saludarnos. Habíamos sido fugaces compañeros de estudios, de ahí que yo le decía, como todos, Paty. Nada más incómodo que una fractura o escisión política. Quizás teníamos razón, pero era muy incómoda la manera de tenerla. Bien quisiera que el coronel que creía en los soles doradas que bañaban el impulso juvenil deseoso de cambios, obrara la magia de una reunificación. Pero esa brizna resquebrajada de un sueño se interrumpió enseguida. Ya se hacía presente Perón en el quincho, y comenzó una alocución teñida de alegorismos. No recuerdo bien lo que dijo, y probablemente no haya sido grabada la reunión. Aunque sea raro, no surge de mi pálida memoria que hubiera cámaras de televisión. Se sobreentendía que era una de las reuniones calificadas como "cerradas". Desfilaban en el discurso de Perón situaciones que mentaban el lobo disfrazado de cordero y otras figuras de las narraciones bíblicas y maquiavelianas. La interpretación: libre. Induda-blemente, las fábulas tenían un destinatario. Terminaron los dichos de Perón, así que ahora venía el momento del diálogo.
Se levanta Mendizábal y comenta las dificultades que tendría el acto del día siguiente, con un vidrio que impedía ver a Perón —él mismo hombre que estaba sentado enfrente, a un metro, en un pequeño escritorio Luis XV—, y con disposiciones que limitaban la expresión de las diversas agrupaciones. Remata, finalmente, con la sugestión de que el acto debía ser co-organizado, con fuerte intervención de las agrupaciones y sin la presencia de la policía federal. Perón recoge el guante y responde que en Ezeiza hubo tiroteos porque no hubo policía federal. El paso del tiempo me impide estar seguro sobre esos dichos, cualquiera sea la versión de la frase que retenga, pero dijo algo así: "somos el Estado, no podemos tener otra policía que la que nosotros comandamos". En otro tramo, no recuerdo si Mendizábal, o algún otro vocero de montoneros, pide por la libertad del militante Alberto Camps, otros de los sobrevivientes de Trelew, que había sido preso pocos días antes. Perón dirige su mano lentamente al cajón de escritorio y saca un manojo de papeles abrochados. Inconfundiblemente, un expediente. Se trataba de fojas policiales sobre la detención de Camps: armas de grueso calibre, etc. Perón lee párrafos incriminatorios, se saca los anteojos y se dirige a la platea: no pueden tolerarse actos de armamento de particulares, ha terminado la guerra, es preciso desmovilizarse, la ley actuaría con su respaldo para tratar estos casos.
Siguen otras puntualizaciones sobre la bandera oficial que impediría, cruzando el palco, una diáfana relación de Perón con la muchedumbre movilizada. Perón hablaba desde un Estado que parecía no haber excluido aún a los montoneros como hors-la-loi pero era muy duro con aquellos que estaban obligados también a ser duros pero en nombre del mismo Perón. Perón tenía frente a sí a quienes no se habían despegado de su nombre y no podían dejar de ser sus contradictores enérgicos, porque no sus enemigos. La tensión en la sala era insoportable. Hasta el momento Perón mismo había hecho su planteo, defensa y contraataque, y los que estábamos ahí en el grupo de fieles —luego hablaré sobre estas denominaciones-, permanecíamos mudos. ¿Pero qué decir? La situación la percibió Pancho Gaitán, secretario general del MRP, y con apostura martinfierresca apostrofó: no voy a permitir que se trate así al general Perón. Las parrafadas anteriores que venían de montoneros la aplaudían 15 o 20 personas; a esta, la aplaudimos otros 15 o 20. No recuerdo bien el número de asistentes -los diarios lo noticiaron al día siguiente—, pero lo cierto es que Perón no había recibido hasta el momento (creo) ningún aplauso, mientras estaba debatiendo como gladiador solitario, probanzas judiciales en mano.
La intervención de Gaitán repentinamente trajo una paridad, que de alguna manera establecía las proporciones del drama mayúsculo que vivía el país. La Plaza de Mayo estaba allí anticipada, bajo la forma de un quincho custodiado por los servicios secretos del estado. Pero nadie sabía lo que podía ocurrir al día siguiente. Dígase que el MRP mencionado —Movimiento Revolucionario Peronista— era una sigla aprobada e incluso forjada por el propio Perón ya en los años 60. En ella reconocía a su izquierda oficial. En aquel quincho presidencial también confrontaban la idea que Perón tuvo de una izquierda que le era devota y actuaba en su nombre y por su nombre, sin hendiduras, y una nueva izquierda que invocaba el nombre de Perón y al mismo tiempo lo antagonizaba. Viejos y nuevos, con sus diferencias insoslayables, estaban ahí en ese pequeño recinto perdido en el cosmos, representando el drama nacional. De la reunión no recuerdo otras alternativas, que las hubo. Salimos a la calle Villate y esperaban los periodistas. Pensé que el acto del día siguiente finalmente se haría sobre carriles aceptables porque a todos le convenía—eso supuse— mantener la tensión sin provocar grietas irreversibles.


Pensar hoy en el destino de cada uno de los participantes de la reunión del quincho parece oficio menos nostálgico que taciturno. Casi todos los que concurrieron en nombre de montoneros están muertos o desaparecidos. Perón falleció pocos meses después. El coronel Damasco aún tendría una compleja actuación política, pues nombrado por Isabel Perón ministro de Interior sin perder su grado militar, fue tomado por el Ejército como pretexto para las primeras formulaciones del golpe inminente. Nosotros, los de la otra fila de asientos, heterogéneos en todo, seguimos otros destinos. Y este tema lo tengo pendiente para una reflexión que (me) sobrevuela desde entonces. En cuanto a Paty Berger, es un nombre más de la lista de desaparecidos. Al parecer, estaba en un grupo que volvía al país —a un país que no acompañaba ya en ninguna proporción esperada esos gestos postreros, fatales—, y fue capturada. Se tiene por cierto que Dagmar Hagelin, la joven sueca secuestrada, fue confundida con Paty que era intensamente buscada. No podemos sino quedarnos con la mordedura de un doliente lamento. No podemos tener una vida que no le competa a nadie más, aunque lo deseemos. Nuestros rostros, nuestros vocablos, parecerían ser tan solo nuestros, y no infundirían a nadie la confusión con extensiones involuntarias de nosotros mismos, semblantes parecidos, equívocos biográficos por el que nos pudieran atribuir figuraciones ajenas, vidas cruzadas por paralelismos casuales que súbitamente desatan un malentendido. El viejo tema literario del doble, del otro. Pero a veces hay un otro trágico de nosotros mismos, que fue cargado en las bocas de tormenta de la época.
Paty tenía un fuerte tipo alemán, cabellos rubios; mejor dicho, la fisonomía explícita de una mujer germánico-escandinava. Vivía en Banfield, creo que con sus padres. Como algunas notas la recuerdan, frecuentemente usaba gamulán, una indumentaria de época, y así aparece en la famosa foto del aeropuerto de Trelew. Creo que en el Nacional Buenos Aires había participado en los grupos formados por Carlos Olmedo, dirigente de la FAR, quien se caracterizaba por una aguda inteligencia política y un poder de expresión propio de un intelectual que hubiera podido ser un filósofo encumbrado, pero murió en una acción guerrillera, frente a una fábrica cordobesa en 1972.
Paty había escrito con su dedo tinto en sangre la sigla Lomje en la pared de esa cárcel de Trelew. Los hechos son conocidos y hay libros notorios que los refieren. Tomada la decisión por parte de la Marina de realizar la gran retaliación, una noche entraron los oficiales en los cubículos de la prisión de la base Almirante Zar y fusilaron a los prisioneros. Los oficiales dispararon a mansalva, luego de fingir una formación de rutina y encubrieron los hechos en un "intento de fuga". Tres prisioneros se salvaron, aunque recibieron fallidos tiros de gracia. Uno de ellos fue María Antonia Berger. Herida de dos balazos y con el dedo que escurría sangre, escribió en la pared de la cárcel la palabra Lomje, sigla de la organización de la que provenía: "libres o muertos, jamás esclavos".
Ya han pasado muchos años, y me acude ese nombre junto a las brumas de un recuerdo envuelto en mortajas. Como compañera de estudios Paty era afectiva y reservada. Nunca habló de sus compromisos políticos mientras pre-
parábamos algún examen y leíamos ya no sé cuál libro de sociología. No nos sonaba mal esa palabra que ahora yo ya no respeto y que, sin embargo, no por causa de Weber o Durkheim, me estruja el corazón. Andando el tiempo —y perdón si abuso de la primera persona o del caso personal- , fui preso durante un breve lapso, y ya en libertad, Paty me llamó para tomar un café en "Las violetas". Rivadavia y Medrano. Durante su estadía en Gaspar Campos, Perón había convocado a los sobrevivientes de Trelew —Haidar, Camps, Paty Berger—, para darles su reconocimiento. Paty me contó esa reunión sin desánimo ni reproche. Perón había sido muy correcto y les había agradecido sus empeños, al par que condenado explícitamente el cruel episodio. Al mismo tiempo, les había sugerido que ahora se abría el camino de la acción política, por lo que era necesario dejar atrás la lucha armada. Paty consideraba lógico que Perón tuviera esa opinión, pero suponía que finalmente aceptaría una realidad incontrastable: no iban a desarmarse ni a dejar de actuar las organizaciones políticos militares que accionaban dentro del peronismo.
Paty había escrito con su dedo tinto en sangre la sigla Lomje en la pared de esa cárcel de Trelew. Esa expresión, libres o muertos, jamás esclavos, tenía una larga historia. Perón la había citado en su libro de comienzos de los años 30, los conocidos Apuntes de historia militar. La introduce con una cita de Oswald Spengler, autor que los jóvenes militares de aquel tiempo debían leer en sus cursos de formación. Spengler rechazaba el destino de los pueblos adormilados por lo que llama los "ideales del fellah", pueblos que se dejan dominar y adoptan las lenguas del vencedor. Por el contrario, elogia a los campesinos de Frisia que dicen "antes muertos que esclavos". Perón cita exactamente estos tramos spenglerianos. Y en un discurso posterior volverá a citar el aforismo frisio. Fue en el discurso de la Defensa Nacional, de 1944, donde ese dictum es puesto en boca de "nuestros padres de la patria". Obviamente, se trataba de las frases de Monteagudo, que incluían el tema de "muertos antes que esclavos" y sin duda, la orden general de San Martín al Ejército de los Andes, en 1819.
Las frases épicas son infinitamente perseverantes y tienen su propia inmortalidad. Están hechas con la estopa del mito. Dichas en una remota campiña medieval, en las estepas orientales o en los desiertos africanos..., son viajeras e inmutables. Un publicista sanmartiniano las repite siglos después y las escribirá Paty en la pared de un cuartel. Quizás esas frases dichas por los hombres, dejan percibir claramente que los hombres son también habilitados por esas frases. De ahí que tengan un aspecto deshistorizado, que facilita su vocación itinerante. Se las puede encontrar en cualquier momento histórico, están siempre a disposición de quien quiera pronunciarlas y de quien quiera atribuirlas al tramo histórico que se desee. Remotos labriegos de regiones invadidas podían hablar como el jefe de un ejército latinoamericano independentista del siglo XIX, como una guerrillera argentina del siglo XX. O como el propio Perón, que la acepta en sus libros profesorales, amparada en el clima del pensamiento militar prusiano.
Y así llegamos a la verdadera cuestión. Paty Berger y Perón, cierto que en distintos momentos de sus vidas y tomada de afluentes diferentes, habían reverenciado esa frase: libres o muertos jamás esclavos. No lo sabía entonces, pero ahora que vuelvo sobre esos episodios no pude dejar de interrogarme sobre este hecho que es candidato a toda clase de inverosimilitudes. Y del que no se pueden sacar conclusiones infantiles, apresuradas o ingenuas. Los hechos se regían por un impulso que les era inmanente, y no sería propicio imaginar que una simple frase épica albergada por almas diferentes, la misma frase, podría haber evitado el diferendo o la catástrofe. Sabiendo eso, quizás es posible decir que en aquella reunión de Olivos ocurría algo más que una diferencia política. Ocurría una diferencia en el seno de la invocación e interpretación de una misma frase.
Paty había escrito con su dedo tinto en sangre la sigla Lomje en la pared de esa cárcel de Trelew. Sin que sea mí costumbre hablar de esos tiempos ni de mis pobres experiencias en ellos, en una charla que di en Neuquén hace un tiempo, mencioné al pasar a Paty. ¿Tengo derecho a hacerlo? Creo que los compañeros reales de sus compromisos militantes lo podrían hacer con más propiedad. Pero casi todos, por no decir todos, están muertos, y aunque no falte quién la
hubiera conocido más que yo -de hecho he leído una buena crónica sobre María Antonia Berger, a propósito de Lily Mazzaferro— lo que yo tengo para decir me compete, porque hablando de Paty es también de mí mismo que estoy hablando. Reparo en el nombre que escribo: Paty, lo reitero y se crea un sentimiento de familiaridad indebido. Pero en toda ajenidad hay un pequeño hecho, un fragmento minúsculo de vida, un cruce que es apenas revelador. Es la fuerza de una relación fugaz, que se nos impone por su contingencia. Y así nos imaginamos a esa ajenidad como creadora de derechos. Lo cierto que en esa charla en Neuquén se acerca alguien que estuvo con Berger en México -¿cuándo?, ¿antes de que volviera?, ¿antes del desconocido episodio final?— y me cuenta que ella le decía lamentar el hecho de no poseer ninguna foto de su infancia.
Se me presentó entonces otra hojuela inesperada de una vida política. Podemos tener toda clase de ternuras ante una situación así. Pero creo que hay algo más importante que la ternura, que suele ser una conducta que fácilmente nos brota cuando queremos ser indulgentes con nosotros mismos y preservarnos de otras emociones pudorosas que quizás sean más adecuadas. No, en el lamento por haber perdido todas las fotos de su pasado podemos ver una resignación profunda, una confesión que quizás se parece a la sospecha de una muerte que nos espera y anticipa su trabajo de devastación general. Desolación hacia el pasado y sospecha trágica hacia el inmediato futuro, como cumplimiento dramático de lo que el dedo sangrante había escrito en las paredes.
Esto me lleva nuevamente a la reunión en el quincho de Olivos. ¿Por qué no nos saludamos con Paty? Una razón inmediata y trivial recae en el tema obvio de la política. Algunos de nosotros habíamos elegido el mensaje que postulaba el abandono de las armas, lo que nos era fácil, porque verdaderamente no las habíamos empuñado, y porque en consonancia con ello, creíamos en amplios frentes sociales que no contribuyeran a empujar una parte importante del peronismo (y al propio Perón) hacia la derecha. Eso nos ponía en situación incómoda —demasiado incómoda porque habíamos desistido a un ámbito común, y aparecían ante nosotros nuevos personajes que deseaban usufructuar ese rompimiento con una interpretación obtusa, mucho más desdeñable. Pasados los días luego de la acción que dio muerte a Rucci, nos vimos en la severa disyuntiva de decir que los que no estábamos de acuerdo con Rucci, tampoco estábamos de acuerdo con esa forma, el dictum máximum de resolver diferendos. Además, habíamos descubierto que no era por razones "tácticas", sino por haberse descartado en nuestra conciencia política el acto de vulnerar la vida de una persona. Y si en la historia había gestos tiranicidas que los filósofos morales supieron justificar, (lo hicieron incluso algunos hombres de la Iglesia), había que rechazar totalmente que este fuera el caso.
El tema es antiguo. Y arduo. Para los que habíamos visto el film de Wajda Cenizas y diamantes se trataba de pensar las tareas del hombre armado como parte de un quebranto existencial que podría ser la única manera en que se revelaría una vida. ¿Se revela que deberá ser un militante armado lleno de angustia? ¿O es la angustia lo que lo lleva a ser un militante armado? El partisano de la derecha nacionalista polaca es una figura compuesta con atributos de la "pasión inútil". Si bien su alma desdichada está puesta en términos de una filosofía emancipatoria, su ideología es la de un vengador de los sectores retrógrados de la "nación irredenta". El actor Zibulsky, que interpretaba a ese hombre excitado, quedó para siempre en la memoria de muchos. El otro, el jefe del partido comunista polaco al que tenía que asesinar era un figura rechoncha e inexpresiva, lo cual resaltaba mucho más la banalidad y el espanto de la muerte anunciada, que estaba a cargo no tanto de alguien que expresaba una encomienda de la historia sino de un gran espíritu alterado. El asesinato asumía aires estéticos y amorosos, resaltando así su gratuidad existencial, el vacío del alma como permanente estado de desesperada seducción.
Ni siquiera con estos artefactos espirituales, podría pensarse en justificar los actos en que se elimina un opositor. En el ejemplo que cito, la atmósfera de guerra y el aire sartreano de los personajes induce a una justificación de esos hombres que "quedan solos en la historia en la compañía de una cadáver", pero es posible que el pasmo en el que
transcurren las escenas sea el más apropiado para crear una bella pedagogía, contrapuesta a la filosofía de los atentados personales.
Vuelvo ahora a la situación del Quincho de Olivos: el Perón joven había mencionado con entusiasmo la frase mártir o libre jamás esclavos. Paty la había escrito con su dedo fusilado que escurría sangre. Eran distintas interpretaciones de este dicho arcaico, pero en la política argentina no eran muchos ni abundaban los momentos en que había sido empleada. Si se quiere, la misma frase acababa finalmente en un desdoblamiento. Partida en dos, pero siendo cada parte igual, chocada una contra otra. Solo muchos años después reparé en la significación de lo que había ocurrido en esa sala de reuniones. Un Perón furioso y sus contrincantes, que asimismo hablaban en su nombre, no eran un suceso inesperado. Omitiendo la hojarasca que se interpone siempre ante el corazón de los hechos, se trataba de la pugna por una misma frase, los modos de pronunciarla, de dejarla caer en el tiempo, de matizar de distintas maneras sus sonoridades o de escribirla: en un caso, con grafía sangrante. En el otro, como cita profesoral. Era y no era la misma frase.
Cuando una frase no cambia pero se diluye en multiplicados efectos, ya puede escribirse en mármol. Una de las frases fundamentales de Mariano Moreno dice los pueblos compran a precio muy subido la gloria de las armas. Es una frase que se presenta como meditación en todos los tiempos, sobre todo en tiempos de guerra. Significa que ante la guerra hay que tomar una actitud valiente pero resignada. Hubiera sido mejor no hacerla, no exigirla, no estar cómodos en ella. Sin embargo, la guerra existe con sus instrumentos y gritos; nos reclama. El precio a menudo es alto, y se puede deducir que siempre es demasiado alto para justificar la gloria. Al contrario, la gloria es también una forma de padeci-miento, hay que llevarla callado. Mejor no tener que ser glorioso en la guerra si el monto es empinado. ¿Pero si la guerra es un esfuerzo de los justo? Entonces, hacerla. Pero con un tormento interior. Parece haber sido así la mejor reflexión nacional sobre la guerra. No se es un pueblo guerrero, se es un pueblo libre en sustancia, en efectos y en elección meditada, introvertida. Y si de guerra se trata, se sobreentiende que esta es indeseable, su gloria siempre presupone un correlato de sacrificios de los que hay que lamentarse.
Esta lamentación es la cuerda fundante de un pensamiento político que recorre la vida nacional. ¿Qué es minoritario? Cierto. Pero cuando aparece, reposa sobre él el tejido circunspecto de valías que nos salvan de la torpeza reinante. En esa crítica a "la gloria de las armas" Moreno lo había intuido. Reaparece ese sentimiento con las Palabras simbólicas y la Ojeada retrospectiva de Echeverría, en un pensar que recuerda a los muertos en la contienda, que la habían emprendido luego de abandonar lo que mejor hacer sabían y querían. Sus profesiones, sus deleites, su vida privada... Se debe aceptar que la privilegiaban, sin que rechazaran la sentencia también clásica de que "no debería nacer hombre que sea indiferente en momentos de peligro nacional. Sin embargo, este aserto salía generalmente de las bocas épicas, que relativizaban el tejido de la vida privada y profesional como irrelevantes para la definición del acto social humano. "Seamos buenos profesionales", dictaba la ética puritana. No era esta una idea destinada a aceptar el acto colectivo como superior al acto individual, y la naturaleza heroica de la existencia como superior a la vida volcada a la idoneidad social.
Reparemos un momento en esa refutación del "derecho a la indiferencia". Es cierto que se lo pone entre paréntesis; solo no es válido en "momentos de peligro". Pero es inconfundiblemente fuerte el arranque de la frase: "no debería nacer hombre que...". Ante eso, se esfuma el débil condicionamiento de que tal cosa se verificaría solo en ciertas circunstancias. La que habla es una característica voz épica, que impone condiciones, y no la resignada meditación del "los pueblos compran a precio muy subido...". En uno se descuenta un punto de partida basado en la moral de los paladines. En el otro, no se juzga desde la cúspide de los titanes, sino desde la desdicha de la guerra, que
en determinado momento el hombre común debe asumir. Entonces, sobreviene en este punto exacto, el infortunio del guerrero.
Este hilo moral tiene más fuerza que la nítida condena de Alberdi a la guerra. El gran escrito de Alberdi la considera una actividad asocial, ajena a la paz perpetua que solo garantizan el comercio mundial, los cables submarinos y la construcción de ferrocarriles. Pero el que la padece aunque la afronta, el que la repudia conociendo que puede llamarse destrucción lo que otros consideran necesarios sacrificios, y sin embargo se carea con ella, ofrece una actitud superior: la del pacifista resignado. Quizás Cooke fue también un hombre que encaró una dimensión de violencia sin ser un violento, como guerrero desencantado. Es posible suponer que una época la definen menos sus combatientes de acero que los que toman la responsabilidad armada declarando que en lo profundo del pensar, la rehúsan. Las generaciones del pasado inmediato, que ubicamos con cifras de tiempo que nos remiten a los llamados "años sesenta", no poseen ningún texto significativo en este mismo sentido. Las armas, para el sector que las encaró como destino, revestían el carácter de una fatalidad excluyente. Con el acto de asumirlas se cancelaban anteriores compromisos de índole profesional, literaria o científica. El médico, el abogado, el escritor, el poeta, el sacerdote... eran figuras de un pasado biográfico que se ocluía ante el llamado de los instrumentos de guerra, la fascinación por los ejércitos de las sombras y los largos organigramas operativos.
Paty no consideró como una serena aflicción la militancia más exigente. Como los miembros de su generación que habían hecho la misma opción, marchó con su conciencia ligada a la ética de los enfrentamientos y las muertes que la historia parecía reclamar como necesarias. En las calles las voces sin fisuras hacían de esos sacrificios un motivo de admiración y a veces de arrebato. No era así como habían prosperado movimientos liberacionistas que hacían de los fundamentos para sus actos una amplia reflexión sobre el hecho de estar admitiendo compromisos últimos, que no hubieran querido asumir si las épocas no fueran inclementes y ahora fatalmente lo reclamaran. Un leve rastro de lo que hubiera sido una actitud de esta índole, la ofrece la conocida carta walshiana: "estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles". La carta que no esperaba que sea leída, escrita por un hombre hostigado que no perdía fidelidades ni ambición testimonial, acaso significaba el reconocimiento postrero de que la guerra no era una ocupación gozosa, absoluta, sedienta de gloria. Sino afligente. Aun si hubiera sido necesaria.


Notas
1 Mucha literatura ha tratado el tema de la reunión, preguntando cuáles serían los alcances rememorativos de los testigos luego de que sus vidas se diluyeran en el tiempo o en el olvido. En esa mirada, las trivialidades conversadas en una tertulia o un banquete, adquieren una gravedad que solo el tiempo calibra, incluso sin que los contertulios lo hayan previsto, pues hablaban en el absoluto presente de la realidad de un salón mundano. El ojo alerta de Benjamin, buscando rastros no anticipatorios, sino postreros, se fija en los signos que quedan luego que se retiran los copartícipes de una reunión: ceniceros, vasos, algún líquido derramado. Los ministros de Kerensky, en al Palacio de Invierno rápidamente abandonado, dejan hojas de apuntes nerviosos e inútiles en la mesa de reunión ministerial (en la versión de John Reed). En la novela The remanis of the day, de Kazuo Ishiguro, hay una buena percepción de la reunión en la mansión inglesa de Darlington, en la memoria candorosa del fiel mayordomo y con sus efectos de reminiscencia dispersa.