| ―Tengo miedo.
-Ese es el premio-, dijo Pete.‖
Seis de los grandes, James Ellroy.
―Si yo soy así no es por culpa de la droga…‖
Si yo soy así, Flema.
Cuando se encara la reseña de un libro se plantean de movida dos opciones: presuponer que el lector ignora todo acerca del libro a reseñar o dar por hecho que el lector ya ha leído el libro. Claro que también una reseña puede ser una excusa para escribir algunas líneas que no tienen otra relación con el libro que la de usarlo como piedra de toque, como disparador para hablar de cualquier otra cosa.
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Si me querés, quereme transa, de Cristian Alarcón, está bien. Si vos sos un boludón que te gustan las crónicas periodísticas, el libro reconforta tanto o más que las palabras que cada semana le dedicaba Bernardo Neustadt a su amiga imaginaria Doña Rosa. Si vos sos un drogón al que además le gusta leer, el libro puede producir un goce casi tan grande como pegar una tiza y rayar un poco en un plato para armar la primera raya y peinarla un buen rato con una tarjeta, demorando el momento de tomarla.
Si me querés, quereme transa se articula alrededor de la vida de un puñado de dealers –o transas o narcos o vendedores de droga- que en su gran mayoría son peruanos, cuya acción transcurre mayoritariamente en algunas villas de la ciudad de Buenos Aires, entre los 90 y la actualidad.
Pero el libro, más allá de los boludones y los drogones –vicios de los cuales quien escribe estas líneas no está exenta-, presenta serias fallas de fábrica.
Para empezar, Cristian Alarcón escribe con los codos –lo cual en la literatura nacional es menos una excepción que una norma. Es notable la diferencia que se abre entre la tosquedad de los tramos donde narra Alarcón y la fluidez de los tramos donde toman la palabra sus personajes. Claro que cuando los personajes toman la palabra en realidad ahí está narrando Alarcón. La pregunta sería: ¿no hubiera resultado un libro infinitamente más rico si hubiera intentado articular todo el relato a partir de las voces de sus personajes, prescindiendo de la tosquedad narrativa de su pluma periodística? De hecho, es tan torpe la pluma de Alarcón que al promediar el libro uno se topa con las voces de
dos de sus personajes –Husmala y Teodoro- repitiendo ambos un mismo parlamento, rompiendo todo artificio de oralidad.

Pero además el libro intenta desdibujar la ciudad de Buenos Aires para no pecar de botón. Pero falla doblemente. Primero, porque los lugares que intenta maquillar para tornarlos irreconocibles son fácilmente reconocibles. Por ejemplo, ¿qué otro lugar puede ser la Villa el Señor que no sea la villa del Bajo Flores? Segundo, el efecto de extrañamiento que logra de la ciudad que mapea, lejos de ser un trabajo de travestismo genial como el que logra Borges con la ciudad de Buenos Aires en La muerte y la brújula, lo único que consigue es incomodar la lectura llamando por ejemplo a la Villa de Retiro Villa Mujica. Ahora, yo pregunto: ¿Qué agente de narcóticos que opere en Buenos Aires –incluidos los alcahuetes de la DEA- puede no ser capaz de traducir Villa Mujica por Villa Retiro?
Quizá, donde Alarcón se hunde de forma irremediable como un barquito de papel mal armado es en el armado general del catastro del libro. Si me querés, quereme transa está articulado como una suma de partes que dan un todo. No hay un relato lineal sino un montaje que va articulando tiempos y espacios diversos, historias y voces que van armando una historia. Bien. Eso está muy bien. Fogwill en los 90 con su novela Vivir afuera y Christian Ferrer en los 2000 con su biografía de Barón Biza, el inmoralista edificaron dos piezas arquitectónicas ejemplares en ese sentido. Si me querés, quereme transa, no. ¿Por qué? Porque el libro deja cabos sueltos por todas partes, tanto en lo referente a cómo es el negocio como sobre la vida de los personajes que se propuso narrar. Por supuesto que en un relato no es necesario contarlo todo e incluso puede ser más productivo omitir y recortar información para enriquecer la economía narrativa. Pero en este caso Alarcón ha omitido y recortado datos sin lograr su objetivo: que el relato fluya sin tropezar con pozos en el camino. Creo que esto se debe a que a Cristian Alarcón lo ganó la ambición de querer ser escritor sin tener en cuenta sus recursos naturales –vicio que a los escritores argentinos nos consume como un cáncer y cuyo síntoma mas notorio es la figura del escritor de ―planta permanente‖ que la pega con una novelita y luego vive de su firma y escribir anécdotas boludas que solo hablan de él y en este caso Fabián Casas o Ricardo Piglia serian un caso inmejorable (idea que desarrollare en otra parte)-, con lo cual estropeó una excelente investigación periodística. Porque, hay que decirlo, a lo largo del libro se nota el trabajo de años de investigación. Pero está mal escrito. Quizá, si hubiera encarado el trabajo desde una posición más humilde, consciente de que parte de la base de que es un periodista que escribe con los codos y no un buen narrador como Walsh –comparece la precisión y calidad de Operación masacre con Si me querés, quereme transa, el resultado va a ser el mismo que comparar las letras del Indio Solari con las de Drexler-, quizá, estoy convencida, hubiera logrado escribir un libro notable. Y no sólo un libro interesante cuya historia y personajes no logran decir todo lo que tienen para contar. Ojo, critico el libro porque creo que ahí hay algo valioso y por añadidura merece ser criticado. Jamás se me ocurriría pensar en escribir ni dos líneas de por ejemplo los últimos libros publicados de Graciela Esperanza o Josefina Ludmer o Marcos Aguinis –aquí también abria que pensar mi estas figuras en el marco de mi teoria de los escritores e intelectuales de ―planta permanente‖-. ¿Qué se puede decir de ellos? Bueno, en realidad se podrían escribir muchas cosas, incluso interesantes, pero a mí no se me ocurre en relación a semejantes libros más que una palabra: cachivaches.
El año pasado también leí otro libro cuya temática es similar. El poder del perro, de Don Winslow. Una novela que cuenta 30 años de la guerra que inventa Estados Unidos -en plena retirada de la guerra de Vietnam- contra las drogas al sur del Río Bravo.
Don Winslow al igual que Cristian Alarcón se tomo años para estudiar e investigar sobre el tema, para escribir su novela de más de 700 páginas. Winslow como Alarcón escribe sobre personajes reales y sobre una historia precisa y muy fechada. La diferencia entre Si me querés, quereme transa y El poder del perro es interesante. Si bien ambos libros son producto de una investigación rigurosa, seria, impecable sobre un mismo tema, el resultado final es diametralmente opuesto. Don Winslow logra escribir un novelón de más de 700 páginas que es una bomba, un quilombo. Cada 20 o 30 paginas hay que dejar el libro y darse una ducha para sacarse toda la sangre que el libro salpica. Está escrito de forma impecable, donde el vértigo del policial negro de la concha de la lora no deja nunca de vomitar la adrenalina infernal de una AK-47 y a la vez es un manual de historia de las drogas de los 70 a los 2000. En cambio el libro de Cristian Alarcón es una crónica periodística mal escrita donde no se termina de dibujar ni la biografía de sus personajes ni de explicar bien la historia que se cuenta.
Lo que le recomendaría a Cristian Alarcón es que reescriba el libro. A ese libro le faltan por lo menos otras 300 páginas. Y que se olvide de sus ínfulas de querer ser Walsh, Capote, Thompson y acepte que es un periodista con una pluma horrible y tosca y una buena historia entre manos para contar por merito propio.
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Cuando termine de leer Si me querés, quereme transa se me ocurrió ponerme a recordar qué libros sobre drogas o drogones había leído. Los sito de forma caprichosa como me vienen a la cabeza: Bajar es lo peor, de Mariana Enríquez; El almuerzo desnudo, de William S. Burroughs; Miedo y asco en Las Vegas, de Hunter S. Thompson; Plástico Cruel, de José Sbarra; La nueva conciencia psicodélica, de Terence McKenna; Ponche de ácido lisérgico, de Tom Wolfe; Acercamientos. Drogas y ebriedad, de Ernst Jünger; Trainspotting, de Irvine Welsh; Seis de los grandes, de James Ellroy; El señor de los venenos, de Enrique Symns; Flash, de Charles Duchassois; Restos diurnos, de Fogwill; Miles. La autobiografía, de Miles Davis y Quincy Troupe; El baile de las locas, de Copi. Claro que en esta lista merecen incluirse el 50% de las letras de Flema y Patricio Rey. Y por supuesto Una mirada a la oscuridad, de Philip K. Dick, del cual les copio la nota final con la que cierra la novela Phil, sencillamente porque es un texto que me conmueve:
―Esta novela se ha referido a varias personas que sufrieron un castigo excesivo por lo que habían hecho. Deseaban gozar de la vida, pero eran como niños jugando en la calle. Veían a sus amigos morir uno tras otro —atropellados, mutilados, destruidos—, pero ellos seguían jugando. Todos nosotros fuimos realmente felices durante algún tiempo, por más terriblemente breve que fuera. El posterior castigo superó todo lo imaginable: no podíamos creerlo por mucho que lo viéramos. Por ejemplo, mientras redactaba esta nota me enteré del suicidio de la persona en que estaba basado el personaje ficticio de Jerry Fabin. Un amigo mío, que luego me sirvió de modelo para describir a Ernie Luckman, murió antes de que empezara la novela. Yo también fui, durante algún tiempo, uno de estos niños que juegan en la calle. Intenté, como todos los demás, jugar
en vez de crecer. Y recibí mi castigo. Estoy en la lista de más abajo, que es la lista de las personas a quienes está dedicada esta novela y de lo que quedó de ellas.

El mal uso de las drogas no es una enfermedad, es una decisión, como la decisión de arrojarte delante de un coche en movimiento. Podría afirmarse que no es una enfermedad, sino un error de juicio. Cuando mucha gente empieza a cometer tal fallo, se trata de un error social, un modo de vida. El lema de este modo de vida particular es «Sé feliz ahora porque mañana estarás muriéndote». Pero la muerte acontece casi instantáneamente y de la felicidad sólo queda el recuerdo. Por lo tanto, no hay otra cosa más que una aceleración, una intensificación de la existencia humana normal. La única diferencia es que este tipo de vida se desarrolla más velozmente que el ordinario. Es igual que tu estilo de vida, sólo que más rápido. Tiene lugar en días, semanas o meses en lugar de años. Toma el dinero contante y sonante y no te preocupes por los intereses, como afirmara Villon en 1460. Un criterio erróneo cuando el metálico asciende a diez centavos y el interés es por toda una vida.
Esta novela carece de moraleja; no es burguesa; no dice que se equivocaron cuando jugaron en lugar de trabajar; se limita a contar cuáles fueron las consecuencias. En el drama griego estaban empezando, como sociedad, a descubrir la ciencia, es decir, la ley causal. En esta novela hay justicia, no destino, porque cualquiera de nosotros podría haber decidido dejar de jugar en la calle pero, como narro desde la parte más profunda de mi vida y mi corazón, para quienes siguieron jugando fue una justicia horrible. No soy ningún personaje de esta novela; soy la novela. No obstante, así era toda la nación en aquella época. Esta novela trata sobre todo de gente a la que conocí personalmente. De algunos supimos por los diarios. Aquel no hacer nada con nuestros colegas, hablando de tonterías mientras grabábamos cintas, fue la mala decisión de la década, los sesenta, tanto dentro como fuera del sistema. Y la naturaleza nos castigo duramente. Cosas horribles nos obligaron a parar.
El «pecado» de estas personas, si es que puede hablarse de pecado, consistió en querer vivir bien siempre, y fueron castigados por ello. Pero creo, como ya he dicho al principio, que quizás el castigo fue excesivo, y prefiero considerarlo, a la manera griega o de un modo moralmente neutral, como pura ciencia, como una determinista e imparcial relación causa-efecto. Los amaba a todos. Aquí está la lista de aquellos a quienes dedico mi amor:
A Gaylene fallecida
A Ray fallecido
A Francy psicosis permanente
A Kathy lesión cerebral permanente
A Jim fallecido
A Val lesión cerebral masiva y permanente
A Nancy psicosis permanente
A Joanne lesión cerebral permanente
A Maren fallecida
A Nick fallecido
A Terry fallecido
A Dennis fallecido
A Phil lesión pancreática permanente
A Sue lesión vascular permanente
A Jerri psicosis permanente y lesión vascular
...y un largo etcétera.
In Memoriam. Fueron mis camaradas, los mejores que he tenido. Permanecen en mi recuerdo, y el enemigo nunca será olvidado. El «enemigo» fue el error que cometieron jugando. Dejamos que todos vuelvan a jugar, de algún otro modo, y que sean felices.‖
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Durante estos días, mientras craneaba esta reseña, se me presento una idea luminosa. La cuento para que cuando algún otro más rápido y operativo que yo logre hacerla guita mis conciudadanos sepan que se me ocurrió a mí. La idea es la siguiente: hacer una revista como la THC (una excelente revista del señor Emilio Ruchansky) que está dedicada al fumo pero en este caso dedicada a la merca. Se podría llamar Cocaína o Clorhidrato. Hoy cualquiera hace una revista sobre el faso. El faso, más allá de las discusiones mediáticas y jurídicas, hoy por hoy, está tan blanqueado en la vida cotidiana como el vino y es más careta que comer sushi. Yo, por ejemplo, hace poco fui a comer a una casa donde adentro podías fumarte un churro así de grande –aclaro que yo no fumo faso, me aburre- pero si querías prenderte un cigarrillo –aclaro que soy fumadora compulsiva- tenía que ir al patio. En fin. La revista tendría que tener secciones dedicadas a los transas, a los drogones, a los canas. Informes especiales de investigación sobre el negocio de la coca, sobre los operativos policiales. Tendría una sección donde los lectores de la revista contaran historias. Podría tener cuentos sobre cocaína. Tendría que poder registrar la voz feliz de ciertas noches y la voz destrozada de ciertas madrugadas.‖
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Ya que el tema de este texto son las drogas y más arriba me quejaba de los caretas de Capital Federal que se la pasan fumando marihuana, no, perdón, flores, porque ahora todos estamos en la pavada de fumar flores de fumo, pero sacas un cigarrillo y los fumadores pasivos te miran como si fueras un asesino serial, quisiera meter un bocadillo sobre dos señoras y su actitud frente a ―las drogas‖.
La primera es Carmen Barbieri que se largo a llorar y armo un escándalo de proporciones bíblicas porque la Marengo se fue de su compañía teatral acusando que en los camarines del teatro se fumaba faso. A ver, Carmen, te tuteo, porque desde que nací te veo haciendo boludeces en la tele y acompañándome en mi horrible vida cotidiana de mierda de todos los putos días del jodido señor que se le ocurrió inventar esta basura de mundo y a estas mierditas que somos vos y yo para habitarlo, por eso, Carmen, te tuteo, porque sos como una tía para mi. A ver, Carmen, no jodamos, no te podés poner a llorar porque la Marengo dice que alguien de tu entorno fuma faso, sencillamente porque estás en un medio en el que no sólo se fuma faso, sino que también se toma merca y hay prostitución y un montón de mierda más. Y cuando hablo de mierda, hablo de mierda. Todo bien, Carmen, pero llorar por algo tan estúpido no tiene sentido. Es muy careta. Más teniendo en cuenta el nivel de reviente 100% del medio en el que te movés vos en particular y los millones de compatriotas que te miramos por la tele en general, querida.
Carmen, te voy a contar una de esas historias, que a los merqueros, nos gusta contar. Si no me equivoco la historia la leí en la revista El porteño de Gabriel Levinas y la nota era de Ricardo Patan Ragendorfer, dedicada a la tele y la droga. Bien. La historia, según recuerdo, reza, que una noche, Alberto Olmedo y Hugo Sofovich, en medio de una charla hacen una apuesta. Olmedo sostenía que podía darse un saque frente a las cámaras en su programa de humor sin que nadie lo viera y Hugo que no era posible. Que sí, que no. Ok. Hugo subio la apuesta, si lo lograba le regalaba un departamento en Mar del plata. Hecho. Durante la grabación, haciendo su personaje de Rucucu, ese que era una especie de Chaplin pero aporteñado y tranfuga, en un momento le da la espalda a la camara que esta grabando el sketch. Olmedo saca la merca, carga el hueco que se forma entre el dedo índice y el dedo gordo de la mano derecha con frula y se da vuelta abanzando hacia la camara. Entonces extiende la mano izquierda abierta directo a la camara que lo filma, tapandola, y con la derecha cargada de merca, se la lleva a su prominente nariz y de la toma toda. Y Hugo que era un hombre de palabra le regalo un departamento por demostrarle que se podia tomar merca en vivo frente a una camara que te esta filmando sin que nadie se entere.
La otra es la señora Kodama a la que no pienso tutear porque no tengo la confianza que tengo con Carmen. La señora Kodama parece que también se pone mal cuando escucha que dicen que alguien de su entorno se droga. Leí los otros días en una nota aparecida en La Nación –diario que no es secreto que David Viñas lee religiosamente todos los días y al cual una tarde al pasar por el bar La Paz lo vi leyéndolo con birome y regla para subrayarlo, ¡te queremos David!- que Kodama le había iniciado acciones legales al editor francés de las obras de Borges porque éste afirmó públicamente que El Viejo le contó antes de morir que en su juventud era muy drogón. ¡Escándalo! ¡Borges era un drogón! Señora Kodama, por qué no se limita a cobrar los suculentos derechos de autor de la obra de Borges y deja que cada cual diga lo que se le canta de él. Aparte, de dónde saco que porque Borges fuera tan drogón como Pity o Keith Richard eso puede opacar el bronce de su busto oficial. ¿Acaso William Faulkner o Malcom Lowry no eran borrachos y a quién se le ocurre que al decir eso se los descalifica? ¿Acaso Charles Baudelaire no fumaba porquerías y a quién se le ocurre que por eso deje de ser el autor de Las flores del mal? ¿Acaso Celine no era antisemita y Michel Jackson no era pedófilo y a quién se le ocurre quemar los libros del primero y cambiar de dial cuando en la radio pasan un tema del segundo? Señora Kodama, entiendo que ser viuda es una tarea bastante ingrata pero tiene que entender que la memoria de su difunto marido le pertenece tanto a usted como a la humanidad. Y por cierto, qué lindo hubiera sido encerrarme una noche a tomar merca con Jorge Luis Borges y hablar boludeces hasta la madrugada.
Por cierto, señora Kodama, el Borges, de Adolfo Bioy Casares, es una de las cumbres literarias argentinas más notables de las últimas décadas. Esa libro, ese diario, a pesar que usted lo considere una traición, es el gesto mas hermosos que un amigo le pueda dedicar a otro, amen que es lo mejor que haya hecho Bioy en vida, escribir el diario que Borges no escribió. Un diario siempre es obsceno, pero es como una película porno, si no es obsceno, que gracia tiene.
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Voy a contar algo curioso que le sucedió a un amigo mientras leía Si me querés, quereme transa. Este amigo tenía una cena de tipos. Tres chabones que se juntaban a
comer un viernes por la noche para hablar boludeces y comer y empedarse y… y querían pegar algo de gilada de postre. Pegar merca siempre es enroscado. No es lo mismo que con el faso que es infinitamente más sencillo de pegar. Cualquier boludón sabe que en Buenos Aires hay un montón de merca. Pero conseguirla de buena calidad y de forma relativamente segura es un quilombo. Yo tuve hace años, cuando era joven, un dealer que era un amor. Era un tipo que había llegado a los 50 y no tenía laburo y encontró ese rebusque. El tipo tocaba el piano y le gustaba leer y no le gustaba el bardo. Trabaja de día, de 2 de la tarde a 8 de la noche de lunes a sábado. Y que no se te ocurriera llamarlo un día fuera de su horario de trabajo porque no te respondía nunca más una llamada. En esa época, fines de los 90, había una suerte de beeper que comprabas y al que la gente te podía mandar un mensaje llamando a un número donde te atendía una operadora a la que le dictabas un mensaje y esta lo enviaba al beeper; es decir, estamos hablando del abuelo de los celulares con mensajitos de texto. Bien. Vos le dictabas un mensajito escueto: hola, Don Gato, me encuentro en el 4 952 7485, llamame, besos, Elsa; y Don Gato, luego de recibir el mensaje en su beeper, te llamaba desde su celular e iba a llevarte la gilada. Stop. ¿Por qué había que enviarle un mensaje a un beeper y luego el te llamaba desde su celular en lugar de directamente llamarlo a su celular? No lo sé. Imagino que tenía que ver con una medida de seguridad o con que sus clientes no tuvieran acceso a su celular. En fin. Era un buen tipo. Lector. Amable. Un gramo era un gramo. No te la cortaba. Un tipo serio. Y recuerdo algunas tardes que pasé por su casa para pegar merca y me quedé tomando el té y charlando de libros con él. También recuerdo que un periodista con el que trabajaba y que también era cliente de Don Gato le quiso hacer una cámara oculta para un programa de televisión. Como todos los periodistas, un alcahuete. Un beso Don Gato, donde quiera que estés, ojalá todos los dealers fueran como vos, un caballero. Bueno, resulta que mi amigo que es medio boligoma y sus dos amigos otro tanto querían pegar gilada para su cena pero ninguno en ese momento tenía un contacto. Mi amigo vive en San Martín y en un radio de 30 cuadras a la redonda de su casa tiene a Villa Corea y La Villa 9 de Julio, es decir, a los equivalentes de Jumbo y Carrefour de las drogas. Pero mi amigo no se anima a entrar ahí ya que el año pasado en ambas villas, al igual que se cuenta en El poder del perro y en Si me queres, quereme transa, los narcos se cocieron a tiros en su guerra por el dominio del territorio, con muertos varios. La hago corta, mi amigo tiene varios supermercados de drogas a pocas cuadras de su casa pero es cagón y no se anima a ir y no tiene ningún contacto que le habilite un teléfono con delivery. La cuestión es que consultando a un conocido, éste le pasa un teléfono. Mi amigo llama de parte de su amigo y el dealer que era una mina va a su encuentro. Bien. Cuando sale a la puerta a atender a la transa la mina no era una pendeja de su edad sino una señora de unos 50 años, morocha, petisa, del norte argentino o de más arriba aun, igualita a Alcira, uno de los personajes principales del libro que estaba leyendo, Si me queres, quereme transa.
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Jünger en Acercamientos. Drogas y ebriedad hace una historia personal de su relación con las drogas y a la vez una historia universal de la relación del hombre con los paraísos artificiales. Claro que la pluma endemoniadamente inteligente e infinitamente elegante de Jünger, ya sea que medite sobre relojes de arena, sobre la guerra, sobre la escritura, o sobre un insecto que capturó en el jardín de su casa, siempre busca llegar al hueso de lo humano y en ese sentido al hablar de las drogas nunca pierde de vista que la historia de éstas son la historia del hombre –como bien señala Tomás Abraham en alguno de sus ensayos de La aldea local-, como tampoco reduce la ―droga‖ a las
―drogas‖ sino que las entiende como llaves que abren puertas tanto a infiernos como a paraísos y estas llaves pueden llamarse cocaína, LSD, tabaco, amistad, música, una labor cotidiana, la literatura, una foto, el amor. Bien. Jünger cuenta –cito de memoria lo que recuerdo de un libro que leí hace años y que no pienso consultar para citarlo correctamente- que tenía un amigo en la década del 20 en Alemania que era un enfermito del cuidado del cuerpo. Todas las mañanas se levantaba al amanecer, se desnudaba y habría la ventana de su pieza y hacía dos horas de gimnasia. Y comía sano, no bebía ni fumaba y no sé si cogía, no me acuerdo si lo especifica Ernst. Y bueno, una tarde se caga muriendo, siendo muy joven y más sano que el arroz con leche. Y Jünger reflexiona –él, Jünger, que se murió a la edad de 102 años y sobrevivió a dos guerras mundiales en el frente de batalla y probó todas las drogas que se te ocurran y escribió miles de paginas que son uno de los momentos mas luminosos del pensamiento occidental del siglo XX y que probó todas las drogas posibles y cuando decimos drogas acá hablamos de llaves- que una persona no necesariamente por llevar una vida sana y deportiva llega a vieja.
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Para concluir le cedo la palabra a Pier Paolo Pasolini con uno de sus artículos publicado en el semanario Tempo, publicado el 28 de diciembre de 1968, que está relacionado con todo lo que vengo delirando hasta aquí y que pertenece al libro El caos. Contra el terror.
DROGA y CULTURA
¿Por qué se drogan las personas? No lo comprendo, pero en cierto modo me lo explico. Se drogan por falta de cultura.
Hablo, se entiende, de la gran mayoría o del promedio de los drogadictos. Está claro que quien se droga lo hace por llenar un vacío, una falta de algo que causa turbación y angustia. Es un sustituto de la magia. Los primitivos han de enfrentarse constantemente a este terrible vacío de su interior. Ernesto De Martino lo llama «miedo a la pérdida de la propia presencia»; y los primitivos llenan este vacío recurriendo a la magia, que lo alivia y lo satisface.
En el mundo moderno, la alienación debida al condicionamiento de la naturaleza se ha sustituido por la alienación debida al condicionamiento de la sociedad: pasado el primer momento de euforia (ilustración, ciencia, ciencias aplicadas, comodidad, bienestar, producción y consumo), hete aquí que el alienado comienza a encontrarse solo consigo mismo: él, por tanto, como el primitivo, está aterrorizado por la idea de perder la propia presencia.
En realidad nos drogamos todos. Yo (por mi parte) haciendo cine, otros aturdiéndose en cualquier otra actividad. La acción tiene siempre una función drogadicta. El «Che» Guevara se drogaba con la acción revolucionaria (la teorizada por el castrismo romántico: actuar antes de pensar); también el trabajo que sirve para «producir» es una especie de droga. Lo que salva de la droga auténtica y verdadera (es decir, del suicidio) es siempre una forma de seguridad cultural. Todos aquellos que se drogan están culturalmente inseguros. El paso de una cultura humanista a una cultura técnica pone en
crisis la noción misma de cultura. Víctimas de esta crisis son sobre todo los jóvenes. He aquí por qué hay tantos jóvenes que se drogan.

Estar falto de seguridades culturales y, en consecuencia, de la posibilidad de llenar el propio vacío de alienado, salvo mediante el autoanálisis y la conciencia (individual y de clase), quiere decir, en términos vulgares, ser además ignorante. La crisis de la cultura opera de modo que muchos jóvenes sean literalmente ignorantes. En suma, que ya no lean o que no lean con amor.
Hay que añadir: los jóvenes ignorantes que no se drogan y que tal vez se droguen mediante la acción política especializada (que es una forma particular de ignorancia) son, con notable frecuencia, individuos perversos, inhumanos, hostiles y desagradables: precisamente tal y como la cruel cultura técnica neocapitalista (contra la que luchan) los quiere.
Por el contrario, los jóvenes «ignorantes» que se drogan son, por lo general, apacibles, amables, caritativos, bondadosos, apostólicos, están inermes, no son agresivos y sí confiados (justamente como los primitivos): su contestación in re, es decir, en el propio cuerpo, es mucho más terrible y conmovedora. Éstos, de ser capaces, sí que tendrían pleno derecho a tirar la primera piedra. Al contrario que los extremistas empollones que hablan como un (perverso) libro abierto, han quemado sus naves: se les ha vuelto imposible cualquier posibilidad de integración.
No obstante, su rebeldía, aunque terrible y conmovedora, es inútil, precisamente porque carece de cultura o porque está fuera de ésta. A fin de cuentas es fácil ser bueno y amable como un primitivo, es fácil ser caritativo a causa del terror que provoca el vacío en que se vive.
Por otro lado (y ésta es la desesperanzada conclusión), liberarse de esta «falta de cultura» o de «intereses culturales» parece imposible; de hecho es probable que proceda de una sensación más generalizada de «miedo al futuro». Jamás, como en estos últimos años (en que la «previsión» se ha convertido en ciencia), había sido el futuro fuente de tanta incertidumbre ni tan semejante a una pesadilla indescifrable.
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