En una novela de Norman Mailer el narrador y protagonista de la historia cuenta uno de los procesos en los que intentó dejar de fumar. El tipo logra dejar el vicio un período de tiempo relativamente largo, goza los placeres de esa libertad y se jacta de haber sabido renunciar a una dependencia nefasta. Hasta que la suerte le es esquiva, cambia el viento y ve como su voluntad, esa fortaleza que supo construir minuto a minuto, se derrumba cual castillo de naipes ante el mínimo soplo. Es que en realidad, esa derrota, la más estúpida pero invencible de todas, es la que se lleva a cuestas con el mayor placer.
Es así, todo vicio se arma en la biografía, es esa historia.
Comencé a fumar por azar. No recuerdo haber ganado ningún concurso ni sorteo, tampoco me pasó de haber encontrado una suma de dinero interesante o algún objeto al menos exótico por la calle. Entonces gané un paquete de cigarros. Ya me pesaba la repetición a la que nos condena un día atrás de otro y caminaba por una calle en subida, un poco obligado a mirar hacia el piso, otro poco porque el piso parecía ser el lugar más cercano a cualquier perspectiva. Era un adolescente con mucho tiempo para perder. Era de noche. Y en medio de la vereda, pateo una caja de Marlboro Ligths más pesada de lo debido.
Me detuve a ver qué había. Uno hace esas cosas cuando el tiempo le sobra, por eso es que suelen ser interesantes las miradas de los que no tienen los minutos contados: una percepción regalada, desperdiciada, no productiva, que encuentra desde su inutilidad deshechos, notas al margen, escrituras borrosas en medio de la ciudad, cuyos habitantes casi siempre están sumergidos en la trampa del vértigo, la velocidad, lo inmediato.
Pues bien, un adolescente caminando de noche sin mucho apuro por llegar a ningún lado encuentra un paquete de cigarrillos con un encendedor y tres o cuatro cigarrillos dentro. Son blancos con un finísimo anillo dorado donde comienza el filtro. Es imbécil, se dice, pero qué otra cosa hacer. Y prueba uno. Se marea, no entiende el sentido, pero sigue adelante. Está planeando los próximos quince o veinte años de su vida, tal vez toda su vida, pero sigue adelante; saca el crédito más grande que nunca jamás ningún banco por más público y progresista que sea le va a dar. Un crédito para nada, para pagar en infinitas cuotas por un bien que no existe. Y sigue adelante. Adelante, como reza la puerta de un banco, sin explicarse, claro, sin decir si se trata del imperativo de avanzar para perder todo el dinero, una fe vanguardista o la simple enunciación de una posición: el banco siempre llevando la delantera. Así está él, adelantándose.

Dije que fue por azar y bien sabemos que probablemente no sea cierto. El encuentro fue azaroso, la preparación no. Corren los años 80, el alfonsinismo es un boxeador golpeado, viejo, arruinado, que intenta frenar lo irrefrenable, la llegada del mundo a nosotros, el exotismo de lo lejano, el espejismo llamado primer mundo. Vale la pena preguntarse cómo fue que se impuso esta moda pero fue furor, al menos en las capas medias, que el fumador todavía no compulsivo, todavía no fumador, frecuenta. Una moda que se impone como trompada entre niños y adolescentes que, siempre al pedo pero temprano por decisión ajena, patean las calles como no lo hace casi nadie, rastrillando cada baldosa en busca de cajas de cigarrillos. Marquillas, les decían, nunca pude entender por qué (el diccionario online de la RAE no tiene
una entrada para “marquilla” pero sí para “papel de marquilla”, con dos acepciones que no terminan de clarificar demasiado, salvo la posibilidad de que el término refiera a un tipo de papel: 1. m. El de tina, de tamaño medio entre el de marca y el de marca mayor. // 2. m. El de tina, grueso, lustroso y muy blanco, que se emplea ordinariamente para dibujar.).
Era un trabajo obsesivo, minucioso, la colección del deshecho de una manera casi religiosa. Se empezaba por lo fácil. Lo fácil, claro, eran las marcas nacionales. Los paquetes comunes valían menos, al fin de cuentas eran papel y poco más, perdían con rapidez la forma cúbica que les daba mayor estatuto objetual. Marlboro, L&M, Le mans, Chesterfield, Jockey’s –suaves, comunes y 120’s-, Parisiennes, Colorados, 43 70, Parliament, Imparciales y algunos más, no muchos. Una serie coleccionable corta y de pocas aspiraciones ponían al coleccionista en una relación pobre y carente de libido frente a su objeto. Demasiado cerca, demasiado simple. Pero ya entonces, verdad de Perogrullo que había que descubrir, existían los ricos y, claro, los viajes al exterior o, su inversa, el ingreso de artículos al país. Y aunque fuera una economía más o menos cerrada, virgen si se la compara con lo que vendría, parecía el techo de una casa tomada un día de sudestada. Lo importado se filtraba. Y con lo importado las colecciones crecían de acuerdo a la cantidad y la calidad de los contactos del joven coleccionista. Entonces se veían carpetas forradas con marquillas de papel, habitaciones con rincones donde el coleccionista armaba su altar con las rarezas al tiempo que acumulaba las obvias, de a varias. Algo llamativo: las cajas importadas tenían en la parte posterior, justo a la altura del doblez que permitía que una solapa se levantara, un pequeño círculo que con un poco de presión cedía, facilitando así la introducción de una chinche para colgar el paquete box en la pared. Difícil saber cuál era la función de ese pequeño círculo fácilmente desmontable pero lo cierto es que facilitaba la exposición. No es una mente paranoica la que piensa que ahí ya había calculado una suerte de ingreso al mundo del tabaco. Es la reunión de signos la que lo dice.
Pero había más. No es esta una historia del tabaco en el siglo XX ni mucho menos. Como máximo hablamos de un amontonamiento de imágenes que juntas se vuelven significativas. Porque si fuera una historia seria, académica, habría que pedir algún subsidio y definir un área. Por ejemplo, dedicarse al cine para ver cómo el cine de oro de Hollywood estimulaba el consumo de tabaco. Como en la versión de El sueño eterno, protagonizada por Humphrey –que puede venderte lo que sea, mientras ponga la cara- y en la que Faulkner hizo la adaptación de la novela de Chandler, arranca con unas siluetas de un hombre y una mujer fumando a contraluz. Pero no, no pediremos un subsidio para tamaña tarea. Concentrémonos. Había más: un padre que fumó hasta reventar, tal es la expresión, y que, en un relato mítico, arrojó el último paquete por el balcón a sus treinta años; una madre fumadora social que pudo igual con sus hijos y con el tabaco sin dar tregua ni a uno ni a otro. Una genética, dirían, aunque resulte un poco vaga y peligrosa la idea, casi escrita por Emile Zolá. Así que tenemos las huellas de una paternidad fumadora junto al hábito coleccionista que introduce al joven en el universo de la mercancía como deshecho pero también como deseo de ese deshecho y, más adelante, quizás, deseo de lo contenido en ese, todavía, deshecho.
La fiebre coleccionista duró sus buenos años. Acompañó al alfonsinismo en su decadencia de manera inversamente proporcional. Porque lo que buscaba era la forma exótica, el envoltorio desconocido, lejano, intraducible. Fue, más bien, antes que un prolegómeno del vicio del humo, una anticipación, una expectativa joven, irracional, de fuerzas insospechadas por lo
importado. Lo obvio: Virginia Slim’s, Moore, John Player Special, Marloboros y Camels de otros países –todos los que se les ocurran-, Winston y un larguísimo, casi infinito, etcétera. Lo un poco menos obvio en lo que se iba traduciendo: Nikes compradas en Paraguay, walkmans, videocaseteras, autos con levantavidrios automático.
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Una ilusión se pone en juego. El fumador es tal mientras cumple con su tarea de inhalar y exhalar humo. Luego no. Entretanto no. Es frecuente esta ilusoria libertad. Pongamos por ejemplo un fin de semana estándar. Son las doce del mediodía y el fumador se despierta no por obligación, no por necesidad sino porque ya no es tan joven, son más de quince años de tabaco acumulado y ya no se acuesta tan tarde o, peor, no necesita tantas horas de sueño. El tiempo pasó en no menos de 5000 paquetes, si le damos margen. Entonces es uno de esos fines de semana cualquiera, uno de esos que al finalizarlo obliga a preguntarse: ¿para esto aguanté toda la semana?
Lo cierto es que el fumador se levanta y antes de estar lúcido, antes de pensar en ir al baño o mirar el reloj, ya tose. Una tos que, imagina, acomoda la mucosidad, hace que los alvéolos recuperen su capacidad de intercambio de oxígeno y dióxido de carbono con la sangre. Pero para eso, piensa un segundo después, nada mejor que un buen café. Son los primeros minutos de oxígeno libre. En la acumulación de años y años de rendirse al goce del cigarro una certeza se fue instalando: la primera taza, libre, la segunda, con un cigarro en la boca. Porque es ya con la primera que el efecto vasodilatador puso la maquinaria en marcha.
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Algunos ignorantes piensan que es síntoma de la ansiedad, de la imposibilidad de mantener las manos quietas. Pero no fue por eso que terminó dotando de sentido al hábito. No. Piensa que es más que un acto de rebeldía lo que lo llevó a sostener la continuidad de las pitadas. Es una manifestación, un manifiesto, lo que persiguió todos estos años. Una forma de negar que se entienda el estado de las cosas desde una perspectiva del orden, la armonía y el buen funcionamiento. Una forma decir no. Una forma de enunciar la angustia por lo que duele. Una forma de autoflagelarse, quizás. Yo soy un mártir. ¿Eso dice?
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Porque también es la historia de cómo fue formándose un hábito de consumidor en un sentido amplio. La madre (sí, otra vez ella; debemos citar aquí una escena de The Sopranos: la madre de Tony Soprano, al enterarse de que su hijo ve con regularidad a una psiquiatra –se refiere de esa manera, ver, acentuando el carácter visual, erótico- sólo atina a pensar que va a allí a hablar mal de ella y a hablar de sexo, o sea, otra vez de ella; la madre ve a través del hijo, desea a través de él), la madre, decía, del fumador le negaba cuando pequeño la posibilidad de acceder a ciertos bienes mediante “premios” que iban estableciéndose en las familias de la clase media. Dos de esos “premios” típicos –aceptemos que la familia funciona de manera similar a cualquier empresa capitalista, otorgando premios y haciendo descuentos, algunos mortales- eran los de Pascua y los del Día del niño. No importaba cuánto presionara, cómo insistiera con las negociaciones, ella se negaba. Son inventos consumistas. Y punto. Ni huevos
de pascua ni juguetes. Y ya. Y tenía que aguantarse en su clase de primer grado escuchar que la propia maestra contara como su familia había comprado el huevo gigante que Los dos chinos vendía y dentro del cual venían todo tipo de juguetes de plástico y huevos más pequeños. Claro que todo de muy baja calidad, pero no importaba. A eso no accedía y así establecía un deseo. O también cuando sus compañeros caían el lunes post Día del niño con algún juguete nuevo o el relato de alguna consola de videojuegos que ya empezaba a haber por entonces. Nada de eso para él que allí establecía una frustración, un deseo.
Hubo que pelear con el cuchillo entre los dientes, filtrar ciertas pautas de consumo para llegar a algo. Una estrategia llevada adelante con la paciencia de una araña. Y otra vez la mirada: si uno es paciente y se posa sobre su propia derrota, le resultará fácil encontrar las grietas sobre las que se para el triunfador, el que impone la moral.
Agreguemos, entonces, la posibilidad de la venganza.
La organización de una familia exige antes que nada un buen diseño de la pauta alimentaria. Claro que los chicos tienen que vestirse, ir a la escuela, completar sus estudios con alguna actividad extracurricular, divertirse aunque sea con una tele y si da el cuero, hacer algún deporte. Pero la comida es lo primero. La comida es la posibilidad de producir al día siguiente para así asegurarse el plato también del día posterior. Así que no puede faltar ni dejarse para último momento. Y una familia de seis integrantes, con todos los problemas de seis relatos ocurriendo en simultáneo, debe planificar o está frita. Por eso era regla que una vez por mes madre e hijo agarraran el Falcon azul eléctrico y se fueran hasta el Carrefour de Vicente López a hacer la gran compra de comestibles. No era todavía común que existieran hipermercados aquí y allá como ahora, ni los chinos que se esparcen y lo cubren casi todo, no, a lo sumo había algún supermercado Hawai en el radio de diez cuadras o algún almacén de barrio. Pero eran una estafa. Y, en cambio, el Carrefour tenía para la madre el atractivo del precio, de un gigante paraíso de mercaderías para el niño.
Una tarea, así lo presentaba él ante ella. Un quehacer doméstico en el cual era partícipe, al cual dedicaba unas dos o tres horas de su día, renunciado a los deberes académicos, atrasándose. Y supo cómo hacer para involucrarse más y más, colaborar. Supo que tenía que dar confianza para poder así empezar a pedir, filtrarse, insertar algo propio. Él era el representante exclusivo en ese momento de la gran gesta consumista que se avecinaba como un tsunami. Un tsunami y él un animal que sabe alejarse de la playa para refugiarse en alguna ladera de montaña. Y sacar provecho. Por eso es que asumió hacer parte de la compra, exigiendo a su madre una letra más clara en la lista, cargándose responsabilidades pero otorgándose fácilmente derechos inalienables. Un colaboracionista perfecto.
Si los compañeros llevaban merienda al colegio, él debía llevar una. Haciendo valer sus derechos y basándose en una vaga idea de igualdad que el mercado le proporcionaba, impuso como por arte de magia que le permitiera comprar en cantidad las pequeñas cajas de jugo Cepita en todos sus sabores, igualmente artificiales: uva, manzana, pera, pomelo. Y a esta base le agregó otros detalles: caramelos en cantidad, alfajores de primera línea, galletitas Melba en su antiguo paquete de seis unidades pero del doble de tamaño que hoy en día. Si había aceptado la derrota en ciertos flancos, bueno, impondría nuevas batallas, nuevos territorios
donde había que cotejar fuerzas. Y él venía mucho mejor preparado. Por sus compañeros, sus maestras, por sus primos, la tele y una voracidad incalculable.
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Su madre es responsable de estas y otras dificultades, las primeras tal vez a las que se enfrentó. Pero es ella también la gestora de una sensiblería bien clasemediera. Ella le acercó la experiencia de una sala que, casi vacía a mitad de semana, le enseño cómo una película puede hacer llorar. Ocultó sus lágrimas mirando hacia el costado vacío, opuesto a su madre, y dejó rodar las lágrimas en un llanto silencioso. Fue su primera película para grandes, un kilo de azúcar hecho película, el triunfo de los buenos sentimientos.
Los daños eran irreversibles, los triunfos también. En otra de las infrecuentes salidas al cine, quizás en vacaciones de invierno, quizás para reparar o disimular la pérdida de un miembro familiar, antes del cine dio una de sus mejores estocadas, imponiendo como almuerzo su primera visita a Mc Donald’s.
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Casi como si le abrieran las puertas para experimentar con el tabaco, logra fumar en un largo viaje en ómnibus sentado en las escaleras que llevan al baño. Apenas es un adolescente. El pasaje duerme o está en silencio, la noche no deja ver nada fuera y en su desconocimiento de los alcances del olor y el humo, se sienta y fuma como si estuviera solo. Momento metafísico, relato de iniciación que lo introduce en una trascendencia hacia la nada. Sentado, solo, mezclándose con las volutas de humo finge un recogimiento, una calma meditativa que no es más que una fachada, puesta en escena para sí mismo. Y así esta escena se repetirá, desgastándose, durante 15 o 20 años, en los que la representación perderá dramatismo pero ganará oficialidad. El que fuma y espera. Un modo de mirar al futuro sin mirar verdaderamente hacia ningún lado.
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Un amigo le cuenta que Saer se murió por problemas pulmonares relacionados con el tabaco. Recuerda él haber leído una entrevista en la que Marcelo Cohen hacía referencia a su abandono del hábito. Y Fogwill, hace unos diez días, murió con la férrea decisión de no dejar la nicotina. Bastante viejo, se le ocurre, llegó más lejos de lo que se puede soportar. Por otro lado, no se puede dejar de nombrar a Onetti, ícono del vicioso. Toda una vida dedicada a la lectura en la cama. Cuentan en la biografía que le había salido un callo en el codo. Una posición imbatible: de costado, el codo apoyado en el colchón da la flexión perfecta para que la mano alcance el cigarro a la boca. El escritor y el tabaco, casi un cliché, sin tantas resonancias como el escritor y el alcohol. Pero seguro que ahí hay un tópico, otra investigación para algún becario empedernido.
¿Cómo leer sin fumar? ¿Cómo tolerar todo lo que no es, no hizo, sin fumar? No lo sabe. Abre el libro que Elsa Kalish le prestó, así como hace ella, obligándolo a embarcarse en una lectura de 600 páginas. Narcos, tiros, mucha sangre salpicándolo. En el medio, justo en el medio, el Padre Juan, luego de treinta años de tabaquismo, se pregunta: “¿Y si dejo de fumar y me muero en
un accidente? Me habré perdido este placer en vano”. Doscientas páginas después, 10 años más tarde, el Padre Juan muere. El poder del perro se lo lleva en una emboscada.
Como anexo, dos casos musicales. Bowie vino a Argentina en el 97. En una entrevista que le hicieron en canal 11 a última hora declaró: “Marlboro depende de mí, soy casi un accionista de la empresa. Si dejo de fumar, quiebra”. No sabemos si David sigue en la misma pero sus palabras nos orientan. Y el otro caso, vernáculo y más triste dice que el ex líder de Soda Stereo se vio forzado a dejar de fumar cuando tuvo una trombosis en una pierna. Aquella vez zafó y tuvo una segunda chance. Pero parece que reincidió en el vicio, lo que sumado a otras prácticas lo llevó esta vez al estado comatoso probablemente irreversible.

Todo lo cual nos obliga a desembocar en la combinación del alcohol y las drogas. Acá sólo pueden opinar fumadores de verdad, los que se clavan un paquete al día como mínimo. Digamos esos tipos para los que Lanata, más que un escuerzo, es casi un compañero que fuma (fumaba, me dicen, ¿es verdad?) junto a uno mientras la tele está encendida en el prime time televisivo. Para todos estos tipos políticamente incorrectos, fuera de época, que para el resto no hacen más que despilfarrar los presupuestos de salud, públicos o privados, de hoy o del mañana, para ellos, nosotros, lo importante es mantener la garganta y los pulmones despejados, suplicantes. Y es por eso y no otra cosa que pueden engancharse en otros vicios, el firulazo o la bebida, lo que sea que renueve el contador. Explico el procedimiento: el virulazo, como saben, es una especie de anestesia a ciertas sensaciones impropias, además de un shot de energía que nos devuelve a foja cero. Con eso lo que se asegura es la posibilidad de que la nicotina en sangre eleve su porcentaje o que los pulmones dejen para mañana el pase de factura. Al fin de cuentas la vida es un presente eterno. ¿O no?
Y la bebida, ¿qué decir? Es difícil justificarlo pero desde la óptica del fumador vale más como lubricante que por sí misma. Porque el adicto al tabaco es, primero, eso: fumador. Mucho más tarde, años más tarde, se convertirá en un alcohólico, pero es un segundo término de la secuencia. Una división tajante de esta disertación: de un lado los fumadores que beben, del otro los bebedores que fuman.
La lógica del sentido común diría: puta, el cigarro se llevó a dos de los mejores escritores argentinos de los últimos 20 o 30 años. Sin embargo, cabe la pregunta, ¿no es una condición de posibilidad que fueran fumadores? ¿No los hace posible, en cierto grado? Claro que el fumar no hace a un escritor pero puede que haya un tipo de escritor fumador.
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Camina por Belgrano en dirección a Jujuy. Los negocios de muebles, como siempre, están vacíos. Cientos de potenciales interiores se muestran al transeúnte. Diseños que alternan del estilo de campo a un modernismo italiano vernáculo de fantasía, pasando por lo que la clase media entiende por interior burgués: almohadones con volados, sillas pesadas con barnices brillantes, alfombras peludas, espejos con ostentosos marcos de madera. Por eso, cada una de las veces que camina esas cuadras y mira las vidrieras intentando hacer tiempo, termina apurando el paso. Cae la tarde y la calle está cargada de autos yendo hacia la 9 de Julio. El piso sonoro anestesia los sentidos. A mitad de cuadra ve un pequeño tumulto en la esquina de Saavedra. Ve un taxi estacionado sobre el cordón, un patrullero en doble fila y una chica
arrodillada. A medida que se acerca nota que ella intenta moverse pero cuando está casi a su lado se da cuenta de que en realidad se mueve con desesperación. La chica, morocha de pelo largo, está esposada y al costado tiene una mochila que intenta manipular. Los policías, absortos en su trabajo burocrático la ignoran por completo, saben que no puede irse a ningún lado. Ella forcejea con su cuerpo a la vez que se pelea con el cierre del bolsillo chico de la mochila. Finalmente lo logra y saca un paquete de cigarrillos. Ahora sólo tiene que conseguir fuego.
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Una punzada que persiste lo preocupa. La reconoce en la base del pulmón en el costado exterior izquierdo. Calcula posibilidades, espera, confirma su existencia. No dice nada, no hace nada que le dé un diagnóstico. Intenta fumar menos. Hace planes, postergar el primer cigarrillo, masticar caramelos, contar los cigarros fumados en el día, aceptar reuniones que posterguen los lugares donde el humo es libre. Hacer deporte, prepararse dejando lapsos previos sin consumir. Trabajar. Poner la cabeza en otro lado. Se entusiasma con el ejercicio, con lograr un mínimo estado que le permita seguir el ritmo de las actividades físicas colectivas. Vislumbra una salida, un campo florecido y un cielo límpido, azul, aire puro.
Y falla. Por enésima vez, falla.
La realidad le tiende una trampa. Días libres de trabajo o trabajo en solitario, en su casa, con tiempo para pensar, recordar, desear el humo. Y encima, días de espera, inactividad, esperar una respuesta.
Vuelve a caer.
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La escuela es tal vez uno de los pocos reductos que todavía rinden culto en su interior a la estructura fabril. Su pulsación es la del trabajo regulado por períodos precisos, secuenciados a partir de una señal sonora. No importa cuán progre o conservadora sea la institución, si es religiosa o laica, privada o pública, el timbre sigue allí para marcar ingresos y egresos, una rítmica del tiempo productivo y el tiempo ocioso.
El docente fumador, una especie en extinción pero que aún puede hallarse, dosifica su adicción siguiendo la llamada sonora. Hoy que los edificios se dicen a sí mismos libres de humo, engañosa denominación que invita a creer en espacios impolutos, el docente debe salir disparado. Y así lo hace, presa de su desesperación. Es un resto arqueológico de una tipología desaparecida, la de un docente que se desvanecía, se hacía humo, se esfumaba en una dudosa metafísica que gritaba. ¿Por qué tengo que soportar esto? ¿Por qué sigo haciéndolo?
Las apariencias, al menos, cambiaron. Hoy el cuerpo es la divinidad y quien no sea un fanático de la carne admirándose a sí misma es mal mirado, como un leproso en Judea. La acusación es simple: se desprecia el cuerpo, se desprecia la vida. Y queda el docente fumador señalado como un vicioso. Y tal vez el problema es que no esconde; el problema es que muestra su debilidad, dice su disconformidad con el destino que le tocó en suerte. Y no aparentar es una actitud que debe ser censurada. Para eso están las pastillas.
El docente fumador soporta indignado como se remplaza el timbre convencional por una musiquita maléfica que sigue marcando el ritmo, sólo que simulando en una invitación lo que es rigor, imposición, disciplina externa. Mira indignado a sus alumnos jugar al fútbol con una botella de Coca Cola medio llena. Las campañas por escuelas lejanas y pobres que deben atiborrarse de materiales que el buen corazón de los ricos progres envía por encomienda. Los infinitos envoltorios y envases plásticos que siembran el piso completamente estéril de las aulas. El culto a la tecnología como herramienta redentora e igualadora, ícono máximo de la democracia, como si no hubiera un negocio en ello. Y ahí, entonces, encadena un cigarro con otro.
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Y un día, por fin, hace cuentas.
Ya se lo había dicho un compañero de colegio, hoy especialista en comercio exterior, un tipo que desde el comienzo sabía lo que había que hacer para ir siempre en actitud ascendente. Desde chico nomás sabía que inventarse un perfil era la base para ganar prestigio. Hazte la fama y échate a dormir, un axioma cumplido a rajatabla. De modo que, adolescente y todo, ya sabía cómo construir su imagen a base de una disciplina que excluyera cualquier dejo hedonista y se fortaleciera a sí misma a base de repetición. Rigor, trabajo y ofrecer al superior lo que el superior quiere de uno. Tales eran sus principios. Pues bien, él ya se lo había dicho: con toda esa plata podrías viajar a Miami en un año, comprar cientos de discos o una guitarra eléctrica. Rápido en los números, ágil para evaluar la relación costo-beneficio, nunca, jamás, se sumió al vértigo del tabaco. Menos aún de las drogas. Observaba a sus pares, hacía cuentas y sacaba sin dudar una evaluación negativa de todo ello: jamás fumaría. Sus lujos eran otros, tan prolijos como su currículum iniciado en temprana edad: la colección completa de los discos de Queen, por ejemplo, incluyendo cuanto pirata diera vueltas por el mercado; o absolutamente todos los números de la entonces popular revista de divulgación científica y delirio místico del tercer tipo, Muy Interesante. Cosas por el estilo. Inútiles pero llevadas a su grado máximo. Bien, fue él quien le había advertido sin mucho éxito.
20 años después él sigue siendo el mismo adicto, dependiente al tabaco como aferrándose al sentido de la vida. 20 años después sigue orgulloso de haber caído en la trampa. Y de no ser el otro. He aquí una conclusión que se desprende: el fumador y su terquedad, un voluntarismo sin meta.
Lo cierto es que con los pulmones acartonados y el bolsillo siempre apretado el fumador se dice está bien, es cierto, me robaron millones. ¿Cómo salgo de esta sin transformarme en un hippie adorador de dudosas deidades naturales ni en un evangelista que asiste a templos construidos sobre viejos mercados, simulando grandes oficinas de vidrios espejados detrás de los cuales sólo hay un soporte de metal? ¿Cómo me convierto en algo verdadero?

Había escuchado sobre este pueblo en medio de las cuchillas entrerrianas, un pueblo de adventistas fanáticos que recibían a todo tipo de adictos. Meditó el plan y decidió aprovechar el receso de invierno para internarse en esa comunidad de fanáticos. Consultó la página web de la localidad, accedió al link que lo llevaba al CAVS, Centro Adventista de Vida Sana, se burló de las imágenes de adultos haciendo ejercicio y pensó que si ellos no podían, no podría nadie.
En Retiro tomó un ómnibus en dirección a Paraná. Viajó cinco horas sin poder dormir y al amanecer se bajó en el cruce con la ruta 11, teniendo que caminar los 15 kilómetros que lo separaban del pueblo purificador. Lo hizo adrede, dejando esa última caminata para fumar un último paquete, intoxicarse completamente para después entregarse a la supuesta terapia de rehabilitación religiosa. Recordó mientras caminaba los rostros de los empleados de la clínica que se mostraban en la página, rostros por supuesto felices, dispuestos en forma de pirámide para dar cuenta de la estructura jerárquica de la empresa. Sospechoso, pensó, que desde el director hasta los empleados de maestranza, todos se esforzaran por mostrarse calmos, preparados, alegres. La sonrisa como bien en venta, del primero al último. ¿Cómo era posible que el tipo que limpiaba la mierda de los otros apareciera igualmente feliz que aquel que manejaba un presupuesto y se llevaba todo el crédito? ¿Qué había alrededor de esas fotos retrato que simulaban igualar sobre un mismo fondo al masajista con el psicólogo, al enfermero con el médico especialista? La estructura vertical de la página describía el organigrama al tiempo que la puesta en escena fotográfica daba cuenta de una horizontalidad visual. Equiparados por una misma puesta de luces, idéntico fondo y resolución de la imagen, quedaba, sin embargo, el vestuario de cada uno de los empleados, lo cual sí establecía diferencias: las recepcionistas utilizaban uniforme, igual que los preparadores físicos, todos vestidos según el buen gusto pequeñoburgués que entristece a cualquiera; en cambio, los profesionales mostraban variantes en el vestir, algunos de traje y corbata, otros con el guardapolvo de médico que se justifica por el ejercicio de una profesión, un poder. A eso se entregaría, al poder de una ciencia dudosa basada más que nada en el poder de una palabra: el médico diciéndonos cómo estamos, qué necesitamos, qué hicimos mal. Una ciencia dudosa y un grupo de fanáticos religiosos.
Llegó a la entrada del pueblo y, junto a los dos monolitos enfrentados estrujó el último paquete. A partir de ahí empezaba algo nuevo, se esperanzó, significara lo que significara.
Las sonrisas empezaron a molestarle ya en la sala de espera antes de que le asignaran una habitación. La recepcionista, bajo algún estimulante o simplemente absorbida por la estupidez beatífica de la salud y la religión, comentó con elogios inverosímiles que hubiera caminado desde la ruta, en lugar de criticar la falta de coordinación y el instinto autodestructivo de El Fumador quien eligió andar los 15 kilómetros para así bajarse sus últimos 20. Luego fue el psicólogo el que, al acompañarlo a la habitación y sentarse junto a él en la cama, le dijo que simplemente con su decisión de ir hasta ahí ya había empezado a alejarse de su adicción, ya estaba limpiándose mentalmente. Sonrió antes de cerrar la puerta y explicarle: las primeras tres horas son para la cura de sueño, así que acomódate tranquilo e intentá dormir.
Se despertó exaltado tras una pesadilla donde un grupo policial especial lo atrapaba fumando en el parque de la clínica, lo ataban a un árbol y lo quemaban, claro, con la brasa de sus propios cigarrillos. Se levantó confundido, salió al pasillo y se encontró con uno de los gimnastas vestidos de rojo. Ahora una rica comida y después a hacer ejercicio y aire puro, le dijo.
Aguantó hasta la noche. Lo que lo decidió fue la información de que le contaran que en el pueblo no se vendía ni alcohol ni tabaco, según había votado el consejo legislativo hacía años. Así que esperó a que oscureciera, asistió a la comida y se excusó de las oraciones para
agradecer el día transcurrido. Cuando toda la actividad había cesado, caminó descalzo por los pasillos y encaró por segunda vez en el día el camino hacia la ruta. Se insultó de veinte maneras distintas por no haber guardado un paquete de reserva. Apretó el paso y se sintió aliviado cuando llegando a la ruta pudo ver una cantina que todavía tenía las luces encendidas. Tinelli atronaba en el televisor encendido, repitiendo la técnica de transmitir con un volumen insoportable. Pidió una cerveza y, por supuesto, un paquete de cigarrillos. Sólo me queda Derby. Lo que sea.
Consiguió que un camionero de la zona lo dejara a 2 kilómetros de Diamante, sobre la costa del Paraná. No iba a dormir así que se metió en un prostíbulo que encontró a la entrada del pueblo. El whisky era pésimo, olía a detergente de pisos y casi no había gente, pocas putas y dos o tres clientes. Se sentó en una mesa a observar el paupérrimo show de una mujer que pasaba los cuarenta y necesitaba pensar en un plan b para seguir sobreviviendo. Faltaban cuatro horas para la salida de un micro que lo llevara de vuelta a Buenos Aires. En cuanto volviera sacaría turno para un médico. Se haría una radiografía y quizás probara con algunas pastillas. Algo tenía que cambiar alguna vez. Mientras tanto, podía aprovechar ese tiempo suspendido y seguir fumando otro paquete, quizás los últimos veinte.
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