Durante la década del noventa la argentina sufrió una de las transformaciones políticas, económicas, sociales y culturales más importantes y profundas de su historia. Se suele afirmar -sin ánimo de abusar de la hipérbole- que aquello que no había logrado finalizar en su totalidad la última dictadura militar, sí lo hizo el flamante gobierno de Carlos Menen. Y es preciso aclarar que lo hizo con la casi absoluta complacencia de las clases medias. Nunca antes, desde el surgimiento del mayor partido político de masas en la Argentina -nos referimos al peronismo, por supuesto- las clases dominantes habían logrado imponer de manera tan precisa, acertada y concreta sus políticas liberales. Pero el asombro puede ser mayúsculo cuando se comprueba que esas políticas se llevaron a cabo bajo el rótulo de un partido que decía defender, particularmente, los intereses de las clases más postergadas. Y más aún cuando se recuerda uno de sus más remanidos caballitos de batalla: la revolución productiva.

Con el advenimiento del menemismo el capitalismo argentino experimentó un conjunto de cambios profundos, muchas veces traumáticos y desquiciantes, pero en todo caso llamados a ejercer una duradera influencia sobre el futuro del país. En efecto, éste se convirtió en un inmenso laboratorio en donde las ideas económicas y sociales neoliberales fueron impiadosamente puestas en práctica por un gobierno elegido -sobre todo por vastos sectores de las clases populares – para hacer exactamente lo contrario a lo que se hizo. (Atilio Boron, 13: 1995)

La última dictadura militar intentó dar una estocada final a la clase proletaria argentina por medio de la práctica extrema de la desaparición y la tortura; pero también a través del ataque sistemático de planes oprobiosos a los intereses de la mayoría. Llevados a la práctica por la omnipresente “mano invisible” de medidas económicas poco favorables a los sectores más postergados que intentaban magramante subsistir. Por su parte, el menemismo, se dedicó a comprar los sindicatos – la columna vertebral del movimiento, como se suele decir- y a vender a precio vil los bienes del Estado. Muchas de ellas empresas de servicios que si bien mantenían una estructura burocrática gigantesca, obsoleta y poco eficiente no merecían ser rifadas como si fueran un desperdicio. Los noventa fueron tiempos de bonanza para los capitales extranjeros que estaban ansiosos por hacer negocios redondos.



Fue Menen quien se animó a realizar aquello que ni los gobiernos militares ni sus fugaces recambios civiles, ni tampoco Alfonsín pese a toda la legitimidad que le otorgaba ser el único que había derrotado al peronismo en comicios libres, se había atrevido a consumar. Así Menem del mismo modo que desmanteló al estado protector, redistributivo e industrializante que agonizaba, reformuló sus estructuras corporativas decapitando a las fuerzas sociales que habían sido su base, en primer lugar al sindicalismo, luego de haber aprovechado como ariete contra Alfonsín. Simultáneamente disciplinó, entre halagos y presiones, a las fuerzas armadas, alineó a la Iglesia, pactó con los círculos de negocios más concentrados y solicitó, con éxito, un rol principal entre los cortesanos del poder imperial. (Portantiero, 104: 1995)

“Nada de lo que deba ser estatal permanecerá en manos del estado”, decía el primer mandamiento del decálogo de reforma del estado presentado por el ministro Dromi allá por los inicios de los años noventa. Bajo esta consigna infame y fraudulenta se pudo privatizar la empresa de energía eléctrica, la telefónica, dar a concesiones privadas el peaje de nuestras rutas y autopistas, se vendió la empresa aerolíneas argentinas, los ferrocarriles, las jubilaciones y un largo etc. Argentina dejaba de ser un proyecto común con posibilidades de convertirse en un país medianamente industrializado y se convertía, de lleno en un país que importaba todo aquello que necesitaba. Lisa y llanamente. Toda posibilidad de prosperar o progresar se veía diezmada por una ilusión de lupanar en la que miles y miles se montaron. No fue tan complejo forjar nuevamente la esperanza: cuando uno está en la lona, solo queda mirar para arriba, llenarse de aire e intentar salir.

En la Argentina el “paraíso” neoliberal se convirtió en un infierno: pobreza e indigencia de masas combinados con altos -y crecientes- niveles de desempleo, exclusión social, corrupción gubernamental y un creciente autoritarismo estatal apenas contenido detrás de las débiles instituciones del Estado democrático. Los partidarios de este modelo aducen que la pobreza es el inevitable pero transitorio costo social que los países del Tercer Mundo deben pagar para ingresar al Primer Mundo. El infierno de hoy es en realidad el purgatorio que es necesario cruzar para llegar al paraíso neoliberal. (Atilio Borón; 1995: 44).

Por ese entonces se tenía la insana costumbre de prestar atención a la frivolidad en todas sus variantes y formas. Por ejemplo, las denuncias más estridentes y vacías se llamaban “Pizza con champagne” o simplemente “El Jefe”. La mirada política de cierto progresismo deshilachado sólo podía interpretar -pobremente- en clave de sanción moral o ética, lo que en realidad era un emprendimiento de modificación de las estructuras económicas-productivas del país. Fueron tiempos de golpes en el pecho y declamaciones estudiadas como parte de un teatro que tan sólo se agotaba en sus gestos truncos. Textos pergeñados en oficinas de editoriales que como tantas otras veces comprendían que existía un mercado tolerado para la queja y el pataleo. Sumado, como si fuera poco el dislate, a que seguramente, de manera equivocada, estos textos se imaginaban inspirados en la tradición de Rodolfo Walsh o Enrique Raab. Manuscritos que aspiraban a tener una repercusión más o menos escandalosa -el escándalo como síntoma; o el síntoma del escándalo- mientras impunemente simulaban ser periodismo de investigación. Hasta ese punto tan oscuro había caído la reflexión periodística-política en la argentina. Por su parte, el matutino Página 12 parecía ser el único ámbito donde uno podía ampararse, aún sabiendo que las dos escribas aludidas, cada tanto, firmaban artículos y comentarios del mismo tenor que sus opúsculos. Aun sabiendo que la mera denuncia -el Yomagate, como ejemplo más notorio- no formulaba un proyecto alternativo o una crítica profunda al accionar de un grupo de políticos plebeyos que habían llegado con la abierta y declarada intención de comportarse como un grupo de chacales.

Estas políticas de “ajuste estructural” han transformado a los pobres en una masa creciente de indigentes -y algunos grupos particularmente vulnerables se convierten en mendigos y pordioseros-, todo lo cual difícilmente sirva para construir el ciudadano que requiere una democracia. El problema no es tan sólo el cómo construir una democracia en una sociedad pobre, ya de por sí empresa heroica, sino cómo edificar un régimen democrático mientras se implementan políticas que premeditadamente
empobrecen a grandes segmentos de la sociedad civil. La incoherencia de este proyecto es insostenible en el mediano plazo. No se puede crear un orden político de ciudadanos libre e iguales y, al mismo tiempo, adoptar políticas macroeconómicas que fomentan la desigualdad y transforman a su libertad en una irrisoria ilusión. La democracia, aún en su incompleta forma capitalista, es la progresiva extensión de la ciudadanía a secciones cada vez más amplias de la sociedad.
(Atilio Borón; 1995: 40).



Es que el espacio de discusión política se modifico sustancialmente -resulta evidente afirmar que se podía vislumbrar el cambio desde hacía tiempo, pero nunca de una manera tan cristalizada- desde el universo de la palabra escrita a el irreversible imperio de la imagen. Neustadt lo supo ver con astuta anticipación y desde su programa de televisión se dedicó a dar espacio a uno de los más bochornosos show de anti-política mejor guionados de los últimos años. Memorable fue la secuencia en la que el conductor tomó un aparato de teléfono -todavía en poder del Estado- y se preguntó si en el interior del aparato se encontraba la soberanía argentina. Bien ahí, Bernardo: sorprendente. Porque ni en su más alcoholizada noche de pesadillas Guy Debord hubiera diseñado una realidad tecno-comunicativa tan siniestra y ramplona. ¿Qué pudieron entender los millones y millones de compañeros que están limitados para comprender con precisión el concepto de soberanía? Una vez más resulta trágico afirmar que es tarea fácil imponerse al enemigo cuando se encuentra acorralado en la condición de esclavo. Tanto más fácil cuando ni siquiera sabe que lo es. La televisión argentina de los noventa contribuyo mucho a sentirnos libres. A sentirnos muy libres. La mentira y el engaño en común que solemos establecer como lazo social hizo el resto. Y así nos fue.

¿Por qué Menen, mediocre gobernador de una de las provincias más pobres del país, con presencia minoritaria en los aparatos del partido, pintoresco inquilino de las revistas del corazón, aniquiló a la renovación en los comicios internos en los que se dirimió la candidatura presidencial para iniciar luego una carrera triunfal hacia el gobierno? En la relación simbólica que entretejió con la sensibilidad profunda del peronismo, su discurso siempre sonó más auténtico: no sólo por las consignas simples y clásicas que enarboló como la de justicia social, producción o nacionalismo, sino y sobre todo por su estilo de comunicarlas a través de una puesta en escena que prolongaba las viejas formas interpelativas, tan distintas al racionalismo modernista de Cafiero y de los renovadores que buscaban sintonizar con el mood republicano aparentemente estallado en 1983. (Portantiero; 1995: 106)

Menem fue un presidente democrático que tuvo el tremendo coraje de recordarles a las madres de los estudiantes secundarios que marchaban en contra de la ley federal de educación que esos mismos chicos podrían ser los nuevos desaparecidos. Ojo: lo dijo sin ruborizarse ni pedir disculpas. Para ser sinceros, digamos que el grueso de la población argentina le daba la posibilidad de tener una extensa cintura política. Era el hombre que nos había logrado sacar de la espantosa hiperinflación y llevarnos hacia el paraíso de la paridad cambiaria. Paraíso artificial, como todo paraíso, pero que fue dulce miel de la cual supo libar cierta clase media acomodada. Por otra parte, tampoco hubo un solo pedido de juicio político por parte de la oposición por enunciar semejante barbaridad conceptual durante el desarrollo de un nuevo intento de democracia, más o menos seria, en estas latitudes. Cacerolas no hubo porque todavía no era la moneda corriente o la moda en ese momento. La olla todavía no había hecho la suficiente presión. No era el tiempo de sentir que todo se venía irremediablemente abajo. Pero sí es cierto que durante los noventa empezaron a mover de manera deliberada y profunda los cimientos para la realización de un sanguinario colapso en un futuro cercano. Todavía estamos pagando esa demolición.

Menem y sus equipos de gobierno se esforzaron permanentemente por definir la situación nacional desde una óptica que puede denominarse el discurso de la urgencia económica. Desde esa perspectiva, los problemas argentinos eran considerados básica y sustancialmente económicos y la solución pasaba por adoptar con mucha decisión exclusivamente medidas de orientación liberal. La aceptación de esa manera de plantear la agenda de discusiones quitaba, de hecho, significación a la política y a los partidos. La idea de que frente a una crisis, que supone una ruptura con la continuidad precedente y, por lo tanto, búsqueda de nuevas opciones, cabe sólo una única alternativa, resulta inconsistente como argumentación lógica, pero fue en el caso argentino la manera en que los principales actores políticos tomaron posición sobre el tema. (Ricardo Sidicaro; 1995: 131).

La posmodernidad pegó fuerte durante los noventa en la argentina -y no en los ochenta, como ocurrió en Norteamérica y Europa- y tal vez dos de sus exponentes más díscolos y traviesos fueron Moises Ikonicoff y Mariano Grondona. Según el panfleto de los escritores progresistas de mercado, la caída del muro del Berlín habría traído como consecuencia la supuesta derrota de las ideologías y la victoria única del liberalismo -creyendo el embuste de que no fuera una ideología- como forma de organización social privilegiada. Por lo tanto, los gobiernos liberales, esta vez en su minimalista vertiente neo -y el menemismo vaya si era lo neo para la argentina- no necesitaban profundos discursos argumentativos para justificar sus decisiones. Alcanzaba con sofistas de barrio caídos en desgracia o en pleno ascenso. Suponiendo que la historia fuera tan sencilla y el posmodernismo una fuente teórica de la cual sentirse deudor, todo lo que se planteaba en esos momentos no tenía ninguna importancia. Menem podía afirmar en un discurso presidencial, frente a niños que no iban a tener el futuro medianamente asegurado, que en la argentina se iba a construir una nave espacial -suponemos- que se iba a remontar hasta la estratósfera y desde ahí se iba a poder llegar a Japón en cuatro o cinco horas. Digamos: como quien se va a Rosario. Claro que esa no es una metáfora del progreso que se aspiraba sino del más siniestro atraso en el que se vivía. La gran mayoría de los niños argentinos no pueden ni imaginar cómo y qué es una nave espacial y mucho menos acertar en un mapa donde queda Japón. Gracias Carlos.



La fórmula política del menemismo ha sido simple: desarticulación de la sociedad civil y delegación de la autoridad en el liderazgo personal. Manteniendo las formalidades republicanas su estilo ha tendido siempre a la concentración autoritaria y a la negociación directa con los grupos de presión, en desmedro de la intervención del sistema de partidos (incluyendo al suyo propio) y del equilibrio entre los poderes constitucionales. Sólo la opinión pública local e internacional y la prensa pudieron poner algunos diques de contención a ese afán hegemónico. Se ha hablado mucho acerca del pragmatismo que adorna la gestión de Menem. En verdad la palabra luce demasiado ilustre: lo que ha habido es oportunismo alrededor de una sola y única obsesión: la permanencia en el poder, a la manera del califato, no como ocasión de servicio sino de goce, de sensualidad placentera. (Portantiero; 1995: 115)

Muestra de la desnutrición crítica en el terreno de la política se podía constatar en la lectura en términos de parodia aquello que tendría que haber sido interpretado como una
elaborada y eficaz continuación de un plan iniciado bajo la dictadura militar de Videla, Massera y Agosti, que durante el menemismo recibieron de manera sorprendente para muy pocos, el privilegio del indulto. Es que estaban tomados de las manos desde el vamos y no quisimos verlo. Era más ameno viajar por Europa, comprar en cuotas mercancías varias y seguir soñado que esa fantasía cambiaría obligada por decreto de necesidad y urgencia iba mantenerse por mucho tiempo. ¿Cuándo y cómo la necesidad y urgencia se puede mantener por mucho tiempo? Así nos fue. Algunos pegaron el salto para arriba y muchos nos vinimos para abajo y con pocas posibilidades de zafar. Hicimos lo que pudimos y así terminamos. Llegamos tarde y no tuvimos la oportunidad de ingresar en una de las tantas máquinas que hay de devorar conciencias y anhelos. No pudimos entrar en la felicidad idiota que imperaba. Hubiéramos querido, pero nos dejaron afuera.

Los beneficiarios y las víctimas de este experimento no depararon sorpresas. Pocos, concentrados y bien organizados los primeros; muchísimos, desorganizados, desmoralizados y dispersos, los segundos. Esta gigantesca transferencia de riqueza a favor de los más ricos comenzó de hecho en los años de Isabel, pero se acentuó considerablemente durante el Proceso, se afianzó en la gestión de Alfonsín y llegó a su apogeo bajo el menemismo. Un pequeño grupo de gigantescos oligopolios se apoderó del patrimonio público y de los resortes fundamentales de la economía nacional y prevalece casi sin mediaciones, reproduciendo la articulación entre estado y clases dominantes característica de la época dorada del régimen oligárquico. (Atilio Boron; 1995: 24).

No solo los militares hicieron uso y abuso de la razón instrumental, también los democráticos y burocráticos funcionarios menemistas pensaron con la misma lógica siniestra y desgarradora. El relato que fue leído como verídico y legitimador fue el relato fantasmal de los últimos meses del alfonsinismo, con sus saqueos y levantamientos militares, producto de una cíclica inflación de los precios a los consumidores más básicos y del intento de poner bajo la alfombra toda la suciedad del pasado. Luego de semejante infierno, la argentina se encontraba obligada a entrar en un proceso de modernización y apertura total de los mercados -se dijo, se afirmo y se creyó- aludiendo que esa era la fórmula correcta de encontrar una salida favorable para tanto infortunio. Nunca durante un gobierno elegido por medio de las urnas se mintió tanto y nunca tampoco se tuvo tantas ganas de creer mentiras. ¡Es que hay tantas formas de estar narcotizados que casi no se puede distinguir una de otra!
En los noventa la idea de que se podía gerenciar cualquier tipo de negocio se hizo tan palpable que hasta el más distraído y opa empleado del estado se veía capacitado para manejar con eficiencia un kiosco, un taxi, o con mayor fortuna, una cancha de paddle. Fue una guerra tan desmedida que todavía se puede vislumbrar sus heridas más profundas en casi cualquier sitio de la ciudad o del conurbano. El raquítico estado que había logrado el peronismo con sus logros había sido desmantelado por la dictadura, pero definitivamente aniquilado por el menemismo. Es una verdad que tenemos que aprender a digerir en silencio. Y también saber decir a gritos que muchas de las personas que queremos se han beneficiado con lo peor, lo más grasa y bastardo de la incultura argentina. Los últimos cuarenta años de historia argentina son ejemplos de la mierda que es este país como para que cualquiera se atreva a escribir por descuido la palabra felicidad sin recordar que esa fealdad cruel puede volver a renacer en cualquier momento.
Aducir mala suerte en nuestra historia política reciente es actuar bajo la estela del añejo concepto de mala fe. Es actuar como si no tuviéramos nada que ver con nuestro propio destino y supone, además, aceptar la realidad como si nos fuera impuesta por una deidad caprichosa. O por cualquier otro tipo de farsa. Una especie de karma insoslayable o enfermedad que nos embota, justifica y aletarga. El menemismo no fue un Titanic que nos tomó por sorpresa o a traición, sino un tercermundista viaje de placer que nos abandono entre la estéril incredulidad y la diagramada esperanza de los oportunistas cerebros de esa barca de papel llamada Alianza. Lo que en el derrumbe se denominaba gastronómicamente Pizza con Champagne en la Alianza se intento con el similar afán metafórico como grupo Sushi. Es decir, de la miseria de creer a la barbarie de creer que realmente creyendo se puede construir una nación digna de nuestro esfuerzo.
¿Qué quieren decir todas las palabras anteriores y todas esas largas citas? ¿Hacía dónde intento llegar con todo este discurso? ¿Cuál es mi propósito, mi anhelo? ¿Qué es lo que quiero? Es la mar de sencillo: intento poner blanco sobre negro, repasar un poco la historia política-social reciente y dar pruebas concretas de que el momento político que vivimos es el mejor de los últimos cincuenta años. Sobran las pruebas al respecto y asombra percibir que tantos compañeros que dicen agruparse bajo la denominación de progresistas no lo quieran o no lo puedan ver. Está a la vista, es público: alcanza con tomarse el trabajo de no ser un pasivo espectador de la prensa hegemónica. Recordar de donde venimos y comprender la importancia de los cambios realizados por el kirchnerismo. Ya que no resulta menor el hecho de abrir nuevamente las causas judiciales de los militares de la última dictadura y llevarlos a la cárcel. Tampoco se deben olvidar medidas como la asignación universal por hijo, la férrea convicción de no reprimir la protesta social, la ley de medios audiovisuales, la posibilidad del matrimonio entre parejas del mismo sexo, la inclusión de miles y miles de personas que recibieron una jubilación, los éxitos en política exterior a la hora de reclamar la soberanía de las islas Malvinas, las computadores para los alumnos secundarios, la fuerte intención de realizar un país con mayor inclusión social y un largo etc. Cada uno de estos aspectos nos podría llevar una larga reflexión, en donde se diera cuenta de lo novedoso que resultan muchas de estas medidas.
Seguramente, como señalan algunas voces, aún quedan muchas tareas por realizar. No es sencillo intentar levantar un país que durante años y años estuvo estancado. Hoy por hoy, quienes tienen la fortaleza política para llevar a cabo los cambios necesarios para hacer de la Argentina un lugar donde vivir con dignidad, son los Kirchner. No hay otra alternativa real de poder que pueda superar el modelo iniciado en el año 2003. Por supuesto, se debe admitir los errores e incapacidades que ha demostrado el gobierno. Pero es cierto que son muchos más los logros adquiridos que las falencias. ¿Acaso no es cierta tanta resistencia por parte de sectores conservadores hacia el gobierno? ¿A qué se debe tan despiadada oposición por parte de los sectores más privilegiados de la Argentina? Es evidente que se ha emprendido un cambio importante en la Argentina y que ese cambio va a favorecer a la mayoría de la población. Tan evidente que a algunas personas las ha tomado desprevenidas y no pueden comprender el nuevo momento que se está viviendo. Han llegado para quedarse, y muchos, muchos, estamos realmente muy alegres de que así sea. Esto queríamos decir.

Todas las citas fueron extraídas de: Peronismo y Menemismo. Avatares del populismo en la Argentina.
Borón, Atilio (compilador). Buenos Aires, El Cielo por Asalto. 1995.