Notas de lectura sobre The Road, de Cormac McCarthy
 

Tal vez toda época piense de sí misma que se ha llegado al colmo de la estupidez humana y que más allá no se puede ir. El colmo de la estupidez humana es la autodestrucción y desde los neandertales hasta nuestros días estamos en peligro de extinción por nuestra propia mano. No descollamos por nuestra inteligencia emocional sino sobre todo por nuestra capacidad de diseño y control de herramientas, y por lo tanto –y sobre todo– de armas.
Y si bien el uso de armas para la subsistencia es uno de los numerosos indicios de una posible inteligencia somos, en términos de nuestra ética, poco más que monos con cuchillo. En una época en la que conviven tantas personas sobre la Tierra como personas han vivido a lo largo de toda la historia, hay también más esclavos que en cualquier otra época y lugar.
No creo necesario recordar aquí todos los escenarios de violencia que se desarrollan mientras escribo esta frase. De violencia más allá de la necesidad de subsistir. Hoy, solamente, el día en que reviso estas notas, en el diario: el crudo está contaminando el golfo de México por la irresponsabilidad de BP. Al menos 40 personas han muerto y otras 77 han resultado heridas en Afganistán en un atentado suicida perpetrado en el transcurso de una boda de un hombre perteneciente a una milicia antitalibán local. Hallados seis cadáveres con el corazón arrancado en Cancún, etc. Se diría que estamos abocados a la destrucción de nosotros mismos y de nuestro hábitat por el afán de una riqueza acumulativa que sin ese hábitat no tiene razón de ser ni ámbito donde ser disfrutada. ¿No es idiota? Pero así somos.


La conciencia de sí y la capacidad de darnos réplica de nosotros mismos son rasgos poco celebrados de nuestra propia inteligencia. Y lo que durante algunos siglos se llamó arte y luego pasó a llamarse producción cultural y mañana se llamará con algún otro slogan caro al intelectual de moda y de turno, no es más que esa capacidad humana de representarse situaciones y objetos: una representación en la que el ser humano encuentra a un tiempo consuelo y alegría y sobre todo, celebración.
Pero si una especie es capaz de amenazarse a sí misma por una pura voluntad de dominio de su semejante y de su entorno, no es extraño que dentro de esa especie surjan individuos que atenten contra lo poco que la especie ha dado en términos de festejo de su existencia y de capacidad de espejarse el embeleso de existir. Ya sabemos que ser intelectual no es necesariamente sinónimo de ser inteligente y prueba de ello son no solamente los intelectuales que apoyaron experimentos tales como la Alemania nazi o las sanguinarias dictaduras argentinas, sino también tantos críticos y comentaristas supuestamente inteligentes que hoy en día abjuran y aborrecen del relato a favor de una cháchara que bautizan con nombres aparatosos como post-literatura, autoficción, literatura de blogs y otras chorradas fabulosas. Los hay que cuentan los adjetivos de una novela para asegurarse de que es “sustantiva” o que “carece de marcas literarias” (sic). Los hay que abjuran de la narración en tercera persona y que detestan cualquier tipo de acción o transición narrativa: les resulta intolerable, por ejemplo, que en un libro haya personajes que abran y cierren puertas. ¡Pero en un libro siempre se están abriendo y cerrando puertas! Y el libro mismo es una puerta por la que se cuelan adjetivos, adverbios y otras esporas y granos de polen que son las pelusas mágicas, las especias del relato de cada día. ¿Cocinar sin especias? Es posible pero, ¿es deseable? Por suerte existe una mayoría silenciosa: el público lector que utiliza el relato para su solaz y para su propia, íntima farra: digamos una suerte de festín privado, lleno de especias y de sabores prohibidos. Lectores que acceden a dejarse engañar por el relato pero no por los críticos y ni siquiera por los editores exhaustos, que nunca podrán explicar por qué nos gustan unos escritores y no otros, por qué nos gustan ciertos libros y no otros, que en apariencia siguen fórmulas o recetas similares pero con resultados por completo diferentes. Está, en suma, aquél lector misterioso para quien los escritores escriben, escribimos.
Porque no nos engañemos: no sabemos por qué nos gusta la palabra descuajeringar, ni la palabra azahar ni la palabra menguante, del mismo modo que no sabemos por qué nos gustan Zadie Smith o Siri Hustvedt o Alice Munro o Kazuo Ishiguro o Haruki Murakami o What Is The What, de Dave Eggers y no necesariamente el resto de sus libros. El gusto literario, o el placer de leer, o el placer de narrar y de ser narrado, es de la misma índole incalculable que el placer de existir.
Resulta pues extraño que con una fórmula trillada y enarbolada hasta el cansancio por la ciencia ficción, la novela fantástica, la literatura especulativa, se pueda escribir aún un alegato poderoso, minuciosamente narrativo –y por cierto, en tercera persona y valiéndose de muchos dispositivos convencionales que apoyan el avance de la acción–. Un relato, digo, que puede también leerse como un cantar de gesta contemporáneo sobre el posible sesgo de la experiencia humana. De la suprema, conmovedora, estupidez humana.
La novela The Road, de Cormac McCarthy, es una parábola apocalíptica que lleva al último extremo la especulación sobre nuestra capacidad autodestructiva. Es un monumento narrativo a nuestra estupidez.
Supongamos que ya hubiera ocurrido, nos propone el relato. Supongamos que un día amaneciéramos no ya en un mundo donde se producen artefactos extraños como la post-literatura, sino en un post-mundo extraño en sí mismo, donde tales artefactos –ningún artefacto, ni siquiera una tele o una heladera– tiene ya sentido. Un mundo que es la representación más cabal de nuestra vocación de exterminio. Un mundo que ya no es.
The Road es una novela leve y lírica que se lee como un largo poema en prosa. En un plano místico, parece una larga inquisición sobre la ausencia de Dios. En un plano lingüístico, está escrita con una sencillez apabullante: oraciones contundentes y por momentos aforísticas, deliciosamente adjetivadas, a las que se puede volver como a un libro de pensamientos. En un plano semántico, es al mismo tiempo fábula y fluir de la conciencia. En un plano moral, es un libro sobre la paternidad y sobre la orfandad (todo padre se siente en algún punto como un huérfano, pero somos además huérfanos cuando intentamos proteger lo que amamos: nunca nuestros medios y herramientas nos parecen suficientes y tememos nuestra muerte antes por el abandono que infligiremos a quien intentamos proteger que por el temor de nuestra propia aniquilación). The Road es también una novela ejemplar sobre el civismo y aún en la hipótesis de un mundo carbonizado y sin civilización, nos plantea la necesidad de la contención y de la reflexión, del respeto por toda vida que se nos cruza en el camino, on the road. Este problema moral, que en un planeta abandonado a su suerte en plena fase de pillaje y saqueo se presenta casi siempre como un dilema, está representado de manera espectacular a través de los diálogos simples y casi socráticos entre padre e hijo: ¿qué se puede salvar? ¿qué se puede robar? ¿a quién? ¿cuándo y cómo tiene uno derecho a matar? ¿cómo se quedan los que dejamos atrás? ¿qué consecuencias tiene cualquiera de estas decisiones y acciones para la propia vida futura? ¿Y qué vida es esa? ¿Vale la pena vivirla o, como decide la madre del niño, es mejor suicidarse o, en la forma más discreta posible, desaparecer?


Curiosamente, un libro que describe el itinerario de un padre y un hijo por un camino estéril a través de un paisaje devastado que es la representación más cabal de una furibunda distopia (paisaje terminal, recursos cada vez más escasos, vida en extinción –todos los ingredientes de las perversas utopías ballardianas–) es al mismo tiempo un libro con un tono celebratorio y casi optimista: parece decirnos que la vida vale la pena vivirse de todas maneras, que es un don, un bien sagrado. Demostración por el absurdo de que la mayoría de las cosas y problemas que se nos presentan en la vida cotidiana son nimios –en especial para las sociedades occidentales y sus satélites de influencia– comparados con el mero milagro probabilístico que es existir, haber llegado a ser.
¿Y cuál es la probabilidad que nos ha llevado a cada uno de nosotros a ser? ¿Qué logaritmo se aplica al azar de nuestra existencia? La posibilidad de que hayamos llegado a existir es de una rareza incalculable. Y sin embargo no sentimos como si hubiésemos ganado la lotería a cada instante y desde luego no valoramos la vida como el milagro que es.
Y luego los maravillosos accidentes de existir: el placer de los sentidos, la empatía con los otros, el ejercicio de la libertad, el amor. The Road es una crítica sutil y bien temperada a una sociedad donde la reproducción de necesidades ficticias apabulla el gozo de estar en el mundo y de ahí el inmenso malestar de la vida en Occidente. ¿Qué es lo que, a fin de cuentas, importa de veras poseer para existir? Cormac McCarthy, que lo sugiere en forma constante en el libro a través de la infatigable búsqueda de calzado y víveres de los personajes, lo dice en forma explícita en la entrevista que sostiene con Oprah Winfrey (una de las raras entrevistas que ha concedido): “All that matters is to have food and shoes”, todo lo que importa es tener comida y zapatos. Por último, The Road es una típica novela de la frontera americana pero al revés: padre e hijo siguen las vicisitudes de un mapa desde el interior hacia el litoral y hacia el sur. Hay aquí una búsqueda de la tibieza primigenia –la tibieza de la Madre Tierra, aunque desquiciada, aunque envenenada– y del mar que, aunque gris y sin pájaros ni peces, representa el origen de todas las cosas.


Cita favorita:
No list of things to be done. The day providential to itself. The hour. There is no later. This is later. All things of grace and beauty such that one holds them to one’s heart have a common provenance in pain. Their birth in grief and ashes. So, he whispered to the sleeping boy. I have you.
Cormac McCarthy, The Road, Picador, London, 2007, p56.

Ninguna lista de cosas por hacer. El día providencial para sí mismo. La hora. No hay más tarde. Esto es más tarde. Todas las cosas de una gracia y una belleza tal que uno las aprieta contra el corazón tienen su procedencia común en el dolor. Su nacimiento, en la aflicción y en las cenizas. Y así, le susurró al chico dormido. Te tengo a ti.