Mi madre nació en las Tapias, un pequeño poblado ya inexistente en la risueña provincia de Córdoba. Hoy, según cuenta mi madre y también aseguran los satélites del mundo entero, esa pequeña y olvidada comarca, ya no es parte de la realidad. “La única verdad es la realidad”. Perón dixit. Sí y no: porque hay otra realidad, y esa realidad es la realidad de mi madre y sus familiares. Y de tantos otros.Todos, todos peronistas. Salvo, claro, mi madre.
Estoy seguro, estoy casi seguro que las vidas personales y los relatos íntimos no son firmes posibilidades de una seria y ardua argumentación para la reflexión de la vida política, social y económica de la argentina. Casi estaría seguro de afirmar que es mucho más provechoso leer libros, algunos libros; tal vez algunos brolis complejos: digamos los “complicadísimos” textos de Rappaport, o de O´Donell, o de Laclau. Es decir: opúsculos inciertos para intentar desentrañar la astucia de la razón que siempre se esconde para bien o mal, sobre la tenue reflexión de que todo es interpretación y mucho más que eso. Será cierto, seguramente, pero el significante vacío y las mil quinientas páginas de historia-económica y la encrucijada entre un paper inglés y otra copa bourboun pagada por el dinero de universidades europeas, no logra poblar ese especio perdido. Ese especio vacío que se llama a Las Tapias. Para siempre perdido. Ese espacio donde las banderas no eran solamente peronistas, sino más bien las tristes banderas que se llenaban con ganas de seguir adelante.
De Caín a Abel, poblar y despoblar la humanidad ha sido siempre un incordio, complicación. Un horror y una manera incomprensible de comprender la condición humana. Más allá de la lectura de los diarios, y el análisis de la vida interior o exterior - ¿hay vida exterior o interior?- los descendientes de Caín y Abel, mantienen la misma mágica costumbre de reproducirse sin ton ni son. Con o sin futuro. Y con la misma magia pueden comprender sin haber leído nunca – y nunca lo van a leer- nada de Adam Smith, nada sobre que el mercado tiene una sola y única regla: “laissez faire”, es decir, una mano invisible, que hace desaparecer sus hijos. Para las clases populares de la argentina, casi todo siempre ha sido una ausencia. O peor aún: un desperdicio. En todos los sentidos posibles.


Como tantos otros, lo primero que escuché sobre el peronismo fueron solo palabras soeces, vulgares e infames… epítetos que sangraban a partir del rencor y sobre todo: mucho, mucho dolor. No era el discurso de una madre o padre que habían sido saqueados, supuestamente, por el fascismo del advenedizo general: saqueados de una imposible riqueza negada desde el vamos por sus condiciones sociales. Mis padres, por desgracia, no eran unos Anchorena. Eran y son unos sujetos que tendrían que haber sido seducidos por el peronismo. ¿No eran lo suficientemente pobres, no eran lo suficientemente pasionales? ¿Nunca entendieron la política de este país? ¿Es necesario para vivir en cualquier país comprender la política? ¿Mis padres, pueden ser mis padres sin haber sentido y comprendido el peronismo?
Según cometan ciertas fantasías políticas toda acción en la vida se justifica con alguna mitología con la cual se puede hacer, de esa enajenación, algo así como un hogar noble y digno donde vivir. El peronismo no es solamente eso. Es mucho más y mucho menos.
Son unos cuantos héroes y algunos tantos empleados que se murieron sin pena ni gloria ni resistencia. En las Tapias no hay héroes, ni resistencia y mucho menos empleados que puedan alimentar a esos tahúres. Arbustos, yuyos y descampado, seguro. Nadie, nadie que recuerde cada tanto el 26 de julio cuando la señora murió; nadie que piense que ahí se juega algo definitorio sobre la realidad. Ahí, donde mi madre nació, ahora todo está cubierto de Soja. Mi padre y yo estamos a favor de la 125, pensamos que el mundo podría ser mejor mientras los que más tienen paguen más. Eso nunca va a pasar. Mi madre sigue pegada a la radio y mientras cose y cose, y sonríe, sigue soñando como sacar a sus hermanos de ese barro horrible que otros llaman peronismo.
Según el relato de mi madre, la única vez que quiso leer su composición en la escuela primaria, en las Tapias, la maestra le dijo que “eso” no estaba bien. Mi madre tenía entonces diez años y no sabía que pronto, muy pronto iba a tener que abandonar sus estudios. No era culpa de sus padres, ni de su torpe y pobre maestra. Vaya uno a saber de quién era la culpa. Tal vez ni siquiera del general y su mujer: el mundo es mucho más complejo, sucio e imposible que lo que puede un matrimonio complejo e imposible. Pero no sucio: no al menos el matrimonio entre una posible realización del país y el mito de un país atiborrado de mitos. Ojalá mi madre nunca lea esto. Como dice mi padre, como dicen tantos padres: “el hilo se corta por lo más delgado”. Madre, tu hilo todavía sigue enhebrando agujas, en donde seguramente no ha de pasar nunca un rico, porque es simple, que tanta mentira no se sostenga solamente por algo que no hemos terminado de comprender. Sí es cierto que amás a Dios, podrías comprender que tus hermanos quieran, o al menos no puedan hacer otra cosa que querer, lo que a vos no te han dado.
Mis padres se conocieron en una pensión de San Cristóbal hacía 1973. Ninguno era peronista. Sin embargo, eran, claramente, segunda oleada de esos “cabecitas negras”. Uno de criado en buenos aires pero de padres de santiago del estero, ella de córdoba. Mi padre todavía creía que en la música folklero se escondía una forma de resistencia, entre vino y vino, entre libro y libro, ella quería ser mejor que el engaño que le habían impuesto como única posibilidad de destino.