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Bancate este defecto El infierno son los otros Escribo como un obseso. Vuelvo una y otra vez a lo mismo: la amistad, la traición. Cada vez elijo confundir el trabajo y los afectos, como si la organización productiva fuera la mejor, aquella de la cual, más tarde o más temprano, emergerá una verdad sobre los demás, sobre mí. Y en cada oportunidad, agazapada, la ilusión de un colectivo que supere las contradicciones, los caprichos, el egocentrismo. Los propios y los ajenos. ¿Por qué entonces me digo que es la última vez, la última chance que le doy a “lo social”? ¿Por qué no puedo retirarme sino rencoroso, lleno de envidia y amargura? Lanzo una respuesta rápida: porque voy en busca de ese final, lo encuentro. Causa y consecuencia. Lógica estúpida, estéril, irracional manera de pensar. Lo colectivo como una trampa. El punto de partida fue la entrevista a Ricagno para 1000 metros bajo tierra, aunque debería decir que fue Ricagno mismo, la facilidad con que se da a la palabra, el exceso que él sostiene como única forma de hacer las cosas, la gracia con la que explica el mundo. Fue de ahí que surgió el estímulo para continuar entrevistando. Vino Tejada Gómez, me dijo que lo entrevistemos a Ferrer y me presentó a Liefeld en una fiesta. Mi estado era lamentable como cada vez que me saco la correa. Meses después empezamos a reunirnos para matar el tiempo, sí, para hacer algo en el día nefasto, para ocuparnos. Todo eso es cierto. Pero en realidad volvía esa estúpida esperanza de la conversación íntima, el riesgo de enunciar lo que uno no se atreve a decir en público. Llegó la compilación de textos electrónicos de y sobre Ferrer que Liefeld realizó; llegaron los textos de Ferrer por todos conocidos; llegaron los teóricos. Me estoy quedando huraño Embalsamando destinos. Me digo: hay que tener valor para enfrentar el vacío de no tener pertenencia; hay que soportar el silencio del teléfono, los que se fueron heridos, los que no pienso atender. ¿Será eso? * Algo sale de la conversación que no está en ningún lado. Es un plus que tiene la entrevista cuando no es forzada, no se la piensa para una cantidad determinada de espacio, se deja llevar. Ahí aparece, con el tiempo de la palabra que va y viene, con la insistencia, aquello replegado detrás del discurso previamente armado. La conversación es eso, no un cuestionario a llenar en el que las partes ya han preparado su participación con tiempo y espacio, sino la respuesta al voleo, el titubear, lo impensado. Si en algo coincidimos es en ir en busca de lo fortuito, lo que los textos esquivan o dan por entendido, lo que no se atreven a decir. Es ésta, quizás, la única motivación clara: forzar al entrevistado a hablar. El famoso “sacarse el cassette” que el denostado periodismo deportivo repite una y otra vez. Lo que no Ojalá no tenga esto nada que ver con el recientemente estrenado documental sobre Viñas, ese rito de beatificación grabado. Ojalá no tenga nada que ver con ese modo de preguntar condescendiente, predigerido, obvio. * ¿Qué otra manera de intentar una reflexión? Una vez atravesado el protocolo universitario, una vez expulsado de ella, la madre superiora, dueña, ama y esclava, la universidad; no inscripto en el posterior camino de la sabiduría paga, ¿cómo seguir? ¿a quién dirigirse? La vida en las calles parece alejarse cada vez más de las teorizaciones o especulaciones intelectofinancieras. Sin embargo, algunas voces son como el oxígeno, algunas voces dicen que no todo está escrito. A esos preguntarles. Sin maestros, buscando respuestas o explicaciones. Voces que incomodan porque nos obligan a pensar contra nosotros mismos. * ¿Por qué nos rasgamos las vestiduras ante la posibilidad de que la humanidad se acabe? No sería tan terrible, después de todo, mismo si lo presenciáramos. Hasta podríamos decir, en este caso, que somos seres afortunados. ¿Qué nos preocupa tanto? Ya han desaparecido otras especies y la vida sigue, quizás hacia una extinción general. ¿Cuál es el dios que nos empuja a buscar una solución? ¿Por qué creemos en él? ¿Por qué le hacemos caso en lugar de revelarnos a su dictadura bien pensante? Preguntas sin respuesta, terribles o reaccionarias. Cínicas. Arltiana Los amigos son esos que nos convienen y a quienes convenimos. El amor es eso, quizás, potenciado. Un acuerdo, una negociación, un contrato. Y todo arreglo tiene fecha de caducidad o cláusula de recisión. La traición, entonces, está a la hora del día y es casi la resolución lógica de toda transacción de afectos. * Y tal vez la entrevista como promesa de la escritura. El diálogo como confirmación de la existencia y una postergación ilusa eterna, un antídoto: hablar para postergar la inminencia de la muerte, lo intolerable de su exactitud, su acechar, su presencia en la descomposición de los otros, espejo invertido. * Es claro que para el terco no hay nada mejor que el obstáculo a la hora de encontrar un estímulo, un signo vital. Es después, cuando la terquedad deviene obsesión, que el terco se convierte en un paciente, una patología, un anormal. Fin de todas las cosas, desarreglo último donde lo que parece constructivo termina postulándose como desintegratorio. No hay relación sana con el trabajo o, más bien, es el cuerpo impoluto el que espera su deformidad, las alteraciones, su decrepitud. Así es el trabajo colectivo, utopía que se consume a sí misma, lentamente, cáncer de la desesperación. Ferrer rechaza la posibilidad de la entrevista y propone una charla a cambio. Una decena de domingos consagrados a su figura se nos viene encima. Encima llueve y la primavera es un monstruo reproductivo que promete acabar con todos nosotros, con nuestra fragilidad. Y en cierto sentido, el rechazo a la entrevista es acertado. Habíamos escrito, pensado, discutido, fantaseado, alucinado, proyectado y narrado un cuestionario extensísimo, previendo las posibles respuestas, calculando repreguntas. Un cuestionario babélico que más que a Ferrer parecía dirigirse a su homónimo y de ahí al padre de éste, es decir, dios. Un cuestionario para dios. Y, sin embargo, a través de esta maniobra –especulo, todavía no hemos tenido la bendita charla, todavía no hemos visto la totalidad de la acrobacia; él, para nosotros, hoy, es todavía un hombre en el aire- que Ferrer realiza cual conductor que decide doblar en una avenida de doble dirección, desviándose del tráfico multitudinario para tomar una calle lateral, Ferrer, decía, no logra apartarse de lo que es la construcción de la figura. Ensayista, intelectual, escritor: rótulos que ya le han sido etiquetados por esa máquina de fantasías llamada industria cultural. * Las primeras reuniones son amenas, cada integrante se muestra lúcido, generoso, aporta información, se demuestra formado. Es con el tiempo que nos cansamos de nosotros mismos y, en un pase mágico, nos cansamos de los otros. Vale como definición del trabajo ya que en la repetición encuentra su goce, en la repetición se fortalece como la hiedra, intoxicándonos. Empecinados, comenzamos a odiarnos en los otros, en lo que los otros construyen de uno. Y es en los silencios más que en las disputas prolongadas o en los diálogos airosos, es en el mutismo que cae con la tarde que encontramos eso que llamamos tedio, el presentimiento de la trampa, la confirmación eterna del error. Es así, en la esperanza del colectivo reside también la amargura de su existencia, su exigencia de entrega, su modo imperativo.
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Lucha en el barro Puede que haya seres más despreciables, lo ignoro, pero aquellos que me resultan más detestables, los que merecen mi máximo desprecio, son aquellos que permanecen blancos, limpios completamente, inmaculados, ya sea por altanería que los deja por encima de todos los mortales, ya sea porque no alcanzan a decidirse. Recuperando lo anterior: contra esos es preciso hacer la revista, contra los que no quieren o no pueden meter las manos en el barro, aquellos que miran la lucha, la confusa lucha de todos estos años, tan enmarañada que ni los que pelean saben a ciencia cierta por qué o contra quien, esos, decía, que miran la lucha desde el borde del lodazal, atentos a la vez que indiferentes, pues nada pierden con el combate, nada los involucra. Otras posibilidades Hay al menos dos maneras de pensar la entrevista en relación con las voces que ahí se enuncian. Es posible decirse que se trata de un alejamiento del yo, una suspensión de la primera persona que da lugar al otro, tanto si lo interroga como si lo deja moverse en tierra firme. Así, no se trataría de un diálogo verdadero puesto que estaríamos frente a una captura de esa voz ajena, casi como un reflejo, una copia más o menos fiel. Entrevistar, por este camino, es abrir un espacio de legitimación donde se confirma la existencia de una figura x en determinado circuito, ámbito o esfera, lo mismo da. Pero, claro, también es posible considerar que en realidad lo que hace el entrevistador es modelar ese discurso como si se esculpiera el mármol: dice lo que le hago decir. Se formulan, pensándolo de esta forma, una serie de presupuestos pero a través de otro emisor, en una organización del sonido que sólo en apariencia es ajeno. El montaje, la edición, rematan la sintaxis que se impone a esa personalidad, por llamarla de un modo despectivo, quien queda sometida al capricho o arbitrio del que pregunta. El ‘yo’ del entrevistador no alcanza a superar el narcisismo y tiene que mostrarse, tiene que salir a la luz, sea como sea para ser admirado en toda su inteligencia. Estamos así en el campo de lucha, lugar de definición de los poderes otorgados y atribuidos, tanto en la versión beatífica como en la de la estrella mediática. Pero cabe otra disposición, remota o perdida. El diálogo, si todavía existe, se sostiene en la pequeña rendija que cabe entre una y otra versión del hecho. Es el espacio donde se acumula la herrumbre, la mugre, el polvo; la rendija entre la cocina, la biblioteca o el placard y la pared. Un espacio al que llegan pocos haces de luz pero en el cual se suspende, latente, el diálogo. Eso intentamos. Ojalá así sea. * Ferrer insiste sobre dos cosas. Una es la del amor como fuerza que se impone sobre las adversidades. Cabezas de tormenta cierra o, en realidad, es un libro que sostiene como hipótesis que el amor es el motor que alimenta la realidad atemporal del anarquismo (“el milagro del amor anónimo”). La otra es a decir verdad un rechazo, un no, una crítica. Refiere al rencor como fuerza, al rencor como sentimiento del cual alimentarse. Y lo desacredita. Me hubiera gustado preguntarle cómo es que eso se realiza, cómo pensar al amor –libertario, fraterno, esencialmente humano- despojado de todo manoseo, libre de intereses que no sólo son preexistentes sino que también pueden ser generados a lo largo de esa existencia, el afecto amoroso. Quiero decir, cómo el amor puede proponerse como fuerza legítima por sobre todas las otras y cómo puede quedar exenta del mercantilismo que nos rodea, que nos constituye. Un amor que se opone al utilitarismo. ¿Es posible? Y también, cómo escapar al rencor, reverso de aquél. Cómo dejar de entender que hay motivaciones en los otros para obrar tal cual lo hacen, cómo alejarse del pensamiento paranoico y olvidar ese viejo slogan según el cual todo es política y, entonces, maquiavélico, calculado, fríamente elaborado. ¿Cómo rechazar el pensamiento oscuro que nos habla de la mala fe, la jugada sucia, el engaño? * Pero Ferrer se aleja, retrocede. Su explicación es tajante, irreversible e incontestable. Un gesto martinezestradiano que pretende alejarse de todo. Es la reacción de un herido, un loco o un sabio, quizás todo junto. Se aleja espantado ante la evidencia del circo intelectomediático. Pero el circo, ¿no estaba ahí antes? ¿qué ocurrió? Como el que sufre un terrible desengaño, elije ocultarse en la sombra, no dejarse ver, escapar a la posibilidad de las personas. Ferrer no quiere construirse como personaje pero con el rechazo refuerza el mito. Posición de zugzwang a la que se ve sometida toda figura pública en lo que tal vez sea el máximo signo del estado de una cultura: el peso absoluto del nombre. Zugzwang contemporáneo: una vez adentro, hagas lo que hagas, te enunciás, no hay posibilidad de no significar, incluso el silencio es un posicionamiento, una forma de ser esa figura pública. Es cierto que nada mejor de un escritor que sus textos, pero una esperanza velada subyacía a nuestro interés por la entrevista. Esperanza de asistir a una escena formativa que nos obligara a reflexionar, plantear ciertos problemas para ir más allá de nuestra miopía, en fin, armar nuestra academia. Vaya uno a saber qué fantasmas surgieron, dejar de especular es casi imposible. Queda la figura -admirada, querida, por qué no- del escritor y la incógnita por la manera que tendrá de articular la frase en una charla privada. Quizás se trate de mero cholulismo académico, intento de codearse, es posible hacernos esa acusación; pero también estaba el afán por interrogarse, por asistir a un ejercicio de retórica, por escuchar, por discutir. Nada de eso es posible, debemos seguir solos. Y es que en el final está también la leyenda del autodidacta. O el inútil, solitario, desculando de qué se trata, cómo leer, qué pensar. Bancate este defecto.
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