La elección de un epígrafe nunca es casual. En este caso, el
esquema general de la teología cristiana, con la organización de
una conciencia humana sobre la estructura de la culpa y el
sacrificio vuelve legible la figura casi alegórica del apocalipsis,
a la cual Sloterdijk encuadra en la noción del post-humanismo. Si
mediante la conjunción negativa (“ni”) manifiesta sobre todo la
distancia que implica la autobjetivación, no es omisión de un
escepticismo cínico la falta de condena o de aplauso ante el
acontecimiento lógico que hoy parece estar tomando el lugar de
ciertos clásicos hábitos morales.
Ante todo, Sloterdijk pone a las
claras que la religión, la metafísica y el humanismo, abandonan el
mundo tradicional afectando nuestro tiempo sin las ilusiones de
buena voluntad que el lenguaje, como morada, le deparaba al Ser.
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Pero también, y por ello mismo, lo que queda directamente
implicado en el estado actual de la cultura y de la historia, es
nuestra propia cotidianeidad. Son nuestras prácticas diarias,
nuestras fórmulas consuetudinarias, nuestros ritos y
convenciones, las que hoy vacilan. Se trata de la era de la
tecnología, de la biotecnología, de los códigos digitales en la
virtualidad plana del espacio cibernético, de los experimentos
génicos, donde el sentido familiar de la transmisión ingresa en un
orden de experiencias diferente. Por un lado la errancia, podríamos
decir la intemperie, y por otro la implicancia inherente de la
tecnología en lo humano, cuestión ya desarrollada por Heidegger
en su Carta sobre el humanismo. Sloterdijk replantea estas líneas
de pensamiento buscando el contexto de pertenencia con las
prácticas de la contemporaneidad. El apartamiento de la teleología,
el crecimiento del saber en torno a la capacidad técnica, hace
posible que el hombre se revele a sí mismo, des-encubriéndose
del potencial moderno de conocimientos acumulados por décadas.
Hoy se trata de revisar el curso del mundo anclado en el
iluminismo tecnológico; ahora el camino con meta dudosa (adonde
llego, para bien o para mal) se nos impone como extravío. En esta
línea, la lógica del tertium datur, la trivalencia, gracias a Gunther,
Deleuze y Derrida, entre otros, corrige las distorsiones de la
metafísica clásica basada en la ontología monovalente y la lógica
bivalente. De este modo, máquinas y artefactos, arte y
herramientas en tanto fenómenos culturales, son componentes
constitutivamente híbridos de materia y espíritu, naturaleza y
cultura. Aquí es cuando la cibernética y la biología modernas
reformulan las preguntas sobre organismos y sistemas, allí donde
el principio de información transita pensamientos y cosas como
tercer valor. La realidad de hoy impone las máquinas inteligentes
como colecciones de pensamientos y cosas; se trata de la
transferencia del principio de información a la esfera de la
naturaleza: hay artificios, hay genes. De cualquier manera, y ahora
citando al mismo Hegel en boca de Sloterdijk, creo que sigue
vigente una gran intuición del pensamiento europeo moderno, esto
es, la conexión que existe entre verdad y destino sin que implique
una vuelta al trascendentalismo de la eternidad. Por supuesto que
se trata de un profundo replanteo de relaciones que la persona
humana viene manteniendo consigo misma. Y no es descartable
que la “materia informada” pueda desempeñarse como inteligencia
planificada, capacidad dialógica, espontaneidad y libertad. Estos
conceptos del yo autodescubierto e implantado en su propio lugar
por elección de sí mismo y como acto individual, destituían la línea
parental de la ascendencia e implicaban el lugar abierto que ya
habíamos visto en Extrañamiento del mundo. Lugar abierto del que
nos había hablado Heidegger. Pero si esto suscita una promesa de
felicidad en tanto acto fundacional y propio del yo, tampoco se
excluye el estado de pavor que provoca el encuentro de sí en la
absoluta soledad de la intemperie. Y en medio de esto, la verdad y
su destino siguen de continuo la senda de la errancia. Por ello, nos
vuelve a decir Sloterdijk, la ciudadela de la subjetividad comienza
realizar sus deconstrucciones simbólicas (nuevos sistemas
místicos, medicina psicotrópica, formas de entretenimiento y
comunicación). Sin embargo, allí donde parece sonar el estruendo
histérico del anti-humanismo, Sloterdijk corrige el lado negativo y
falso de la metafísica fundamental de los entes y marca la posición
real del hombre cuyo poder “reflexivo y constructivo no se
encuentra en una posición en la que pueda elegir entre ser-
completamente-cabe-sí y ser-completamente-fuera-de-sí”. Es, más
bien, una posibilidad de apertura y de concentración, allí donde el
poder y la verdad desarrollan los conceptos post (ni anti, ni pro)
metafísico de Logos y Poesía. Lo notable es que el pensar
desciende a la cercanía de lo inmediato y en esa aproximación se
manifiesta lo monstruoso. Y en este punto hay que detenerse.
Puestos en crisis los principios y valores de la modernidad, es
importante advertir que hoy es más incierto que nunca el fin por el
cual se inclina el vector de fuerza o la posibilidad de composición
que manipula el hombre: ¿para el bien? ¿para el mal?. La
tecnología acelera la aparición de resultados; así, el trabajo con la
anticipación muestra una correspondencia entre la tecnología de la
producción y la empresa económica, cuya búsqueda implica el
beneficio contra competidores y enemigos. Lo que esta
competencia cognitiva supone es que en la aceleración de la
inteligencia, la homeotecnología es alcanzada por “el problema del
mal”. Como sea, el síntoma de la cultura y la sociedad
contemporánea abre una grieta y pone en evidencia que algo está
funcionando de otro modo, algo se ha corrido de su eje o de su
centro. Y es este exceso el que conecta al deseo con el sujeto.
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