El trabajo es primero esfuerzo, sufrimiento o dolor1, luego deber2. En el capitalismo este deber toma la forma particular de la producción de mercancías que se convierte en su finalidad al mismo tiempo que el trabajo asalariado se convierte en el modo como los sujetos se relacionan con el sistema productivo y el salario en el valor de la fuerza de trabajo. El sujeto, antes un fin en sí mismo, es ahora un medio para la producción de mercancías. Se ve reducido a fuerza de trabajo. En consecuencia los sujetos ya no se reconocen en los productos de su trabajo ni se realizan en él. La vivencia que tienen del trabajo ahora es la de algo exterior a sí mismos. Lo que desaparece es la organicidad en relación a su propio trabajo. Esta se reemplaza por una nueva relación que es de exterioridad. Lo mismo ocurre con los productos del trabajo: se perciben como productos de una fuente exterior3.
Se pueden proponer, para completar la descripción del desarrollo del capitalismo, dos sistemas de mediaciones: las de primer orden y las de segundo orden4. El primer sistema es previo al capitalismo, su finalidad es preservar “las funciones vitales de reproducción individual y societal” y se define por la relación de intercambio entre el hombre y la naturaleza. El segundo sistema es propio del capitalismo, emerge con él. Se caracteriza por separar de y alienar en los medios de producción al trabajador; por imponer sobre él esas condiciones como algo externo pero que ejerce su mando y por personificar al capital y al trabajo. En este segundo sistema el trabajador se vuelve (fuerza de) trabajo subordinada al capital, mercancía; su identidad pierde particularidad y se reduce a las funciones productivas que en el capitalismo -y en el industrialismo como una de sus vertientes- son fragmentarias. El trabajador pierde así la vivencia de la totalidad: totalidad del proceso productivo; totalidad de su identidad; totalidad de su cuerpo.
El trabajo es producción y reproducción de las condiciones de existencia. En principio, el hombre realiza sus intercambios con la naturaleza exactamente con lo que esta le otorga. Para que el hombre progrese, estas relaciones de intercambio deben transformarse en relaciones de dominación. El hombre ahora domina la naturaleza y de esta forma crea su mundo. La nueva situación de dominación de la naturaleza implica inmediatamente la incorporación de herramientas. Y el desarrollo de las fuerzas productivas en el capitalismo, la incorporación de tecnología.
Sin embargo el trabajo que reconocemos como tal es una invención (violenta) de la modernidad y la forma de trabajo que generalizamos como el trabajo es una invención del industrialismo. En este el trabajo asalariado se convierte en el factor de socialización y eje social articulador y la sociedad en una “sociedad de trabajadores” 5. El capitalismo industrial necesitó para crecer que la racionalidad económica se convirtiera en la dominante y sometiera a todas las demás. Esta racionalidad, se sostuvo, tendría capacidad emancipatoria porque pondría fin a toda irracionalidad previa.
Organización Científica del Trabajo.
De la asociación de la racionalidad económica mencionada y la ciencia resulta la Organización Científica del Trabajo (OCT), asociada a su vez a la eficiencia y el incremento de las ganancias6. Se caracteriza por racionalizar la producción al escindir espacio y tiempo, por un lado y dividir al trabajo en concepción y ejecución y desmenuzar las tareas en operaciones elementales medibles, por otro. El trabajo se especializa; se imponen mecánicamente los ritmos y, de esta forma, se eliminan los tiempos muertos. En la relación tiempo/espacio/especialización juega un papel también la evolución e incorporación de tecnología que genera, a su vez, cambios en la especialización ya que un nuevo instrumento de trabajo exige nuevos movimientos por parte del trabajador. Con la organización espacial y laboral se delimitan las jerarquías y con la vigilancia se logra la disciplina laboral7.
Ferrer propone diferenciar tecnología de herramienta. Las herramientas son extensiones flexibles del cuerpo que acompañan al tipo de trabajo precapitalista. Es decir, al trabajo previo a la escisión entre el saber y el hacer: el trabajo del artesanado. La tecnología, los objetos tecnológicos, en cambio, son exteriores al cuerpo y funcionan según una lógica propia que se debe aprender. Una lógica ligada a la uniformidad mecánica, el orden repetitivo y la rutina. Una lógica, finalmente, ligada a la racionalización y la mensurabilidad del tiempo que se organiza alrededor del tiempo productivo haciendo que todos los demás resulten sólo “tiempos no productivos”. Si la vida de la tecnología es la del trabajo científicamente organizado, se le exige al hombre llevar esta misma vida. La racionalización de la OCT y su consecuente anexión y desarrollo de la tecnología resultan en una organización del trabajo que, por escindir previamente al saber del hacer, escinde también al trabajo de los trabajadores y a estos últimos de sus cuerpos. Perdida la totalidad, dice Mumford en Arte y técnica, el hombre la cambia por el orden mecánico. Y así la tecnología se convierte en la nueva religión y el trabajo en el nuevo objeto de la fe.
Dolor
El trabajo es dolor. En el escenario desarrollado hasta aquí, lo que duele es la desposesión del cuerpo transformado en valor mercantil. Ferrer dice en “La curva pornográfica. El sufrimiento sin sentido y la tecnología” que en la modernidad no se diferencia el cuerpo del alma pero no porque constituyan una totalidad sino porque lo único que se valora es el cuerpo (particularmente como fuerza de trabajo). Pero, dice también, que el cuerpo no tiene entonces defensa ante el dolor. Si cuerpo y alma no se distinguen, el primero ya no sirve de escudo para la segunda sino que recibe el impacto directamente8. Así, continua, “el síntoma subjetivo actual se revela en la voluntad de huir del dolor” y la tecnología lo “acolchona”. En su argumento la tecnología se convierte en la nueva religión y el confort en el nuevo objeto de la fe.
Sin embargo, propongo, si bien Ferrer dice que la tecnología puede “anestesiar” el dolor, no suprime la cuestión que lo origina, más bien la pronuncia9. La tecnología, exterior al cuerpo, no puede devolver al hombre a su totalidad perdida ni a la reposesión de su cuerpo. Y por eso sólo calma temporariamente el dolor, efectivamente anestesia. Tenemos un sujeto doliente y un sistema ideológico, que Ferrer llama la ideología del confort, que no puede (re)confortarlo.
En Barón Biza Ferrer retoma las palabras de este y propone que el suicidio es la “reivindicación radical del individualismo”. Aquí el suicidio devolvería al sujeto a su individualidad en el gesto de desafío a la “prohibición de levantar la mano contra uno mismo”. El suicidio es habitualmente interpretado como un acto que libera del dolor. En la sociedad moderna, la misma en la que no hay nada que lo suprima, por qué no pensarlo también como un acto de recuperación de la individualidad que, como tal, permita la reposesión del propio cuerpo. El suicidio reivindicado como acto radical individual de desafío del sujeto-trabajador a la posesión del cuerpo por el capital al que se ve sometido.
1 Recupera Carton en La educación y el mundo del trabajo la derivación de tripalium de la palabra trabajo. El tripalium era un aparato de tres palos que servía para operar caballos ariscos. De modo tal que según Carton se produce una asociación entre el trabajo y el dolor sólo con prestar atención a la etimología de la primera palabra.
2 Bajo el trabajo como deber subyace su dimensión moralizadora.
3 De esto se trata, básicamente, la alienación. Es el resultado de un proceso por el cual el sujeto pierde su identidad y se convierte en ajeno, extraño o exterior a su propio ser.
4 Estos dos sistemas de mediaciones se corresponden con los que propone Antunes en Los sentidos del trabajo.
5 Al menos así lo entiende Gorz en Metamorfosis del trabajo, cuya argumentación sigo.
6 Esta asociación se expresa claramente en el lema del taylorismo: one best way que propone que existe sólo una forma, y que esta es la mejor, de racionalizar el saber-hacer de los trabajadores para volverlo eficiente. Esta mejor forma resulta en el dispositivo de la OCT.
7 En Vigilar y Castigar Foucault propone que en las sociedades disciplinarias, en las que se controla a los sujetos mediante las disciplinas que son “métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantizan la sujeción constante de sus fuerzas y les imponen una relación de docilidad-utilidad”, las instituciones de secuestro (los encierros) los ligan al proceso de producción. Estas instituciones tienen como primera función el control de la totalidad del tiempo de los individuos y como segunda el control de la totalidad de su cuerpo, su disciplinamiento (los cuerpos disciplinados son cuerpos dóciles. Pueden ser “utilizados, transformados y perfeccionados”). Así, buscan lograr que el tiempo se convierta en tiempo de trabajo (tiempo útil/productivo) y el cuerpo en fuerza de trabajo (cuerpo útil/productivo). Para que este objetivo pueda alcanzarse se debe organizar primero el espacio y la distribución de los individuos en él: los emplazamientos funcionales crean un espacio útil y así la vigilancia pasa a formar parte del proceso de producción.
8 Según Ferrer la sensibilidad moderna se define como “sentimental”. Esto significa que al hombre moderno “no se le proporcionan herramientas internas aptas para reforzar su espiritualidad” porque en la modernidad, a diferencia de otras edades, “no se crearon instituciones, contextos pedagógicos o lenguajes en común destinados a sostener a la personalidad en caso de tragedia o de vulneración subjetiva”.
9 Recapitulemos brevemente: el dolor del trabajo productivo del que hablo, el que es propio de la etapa del capitalismo sobre la que trabajo, comienza con la pérdida de la organicidad en el trabajo. Esta, a su vez, con el reemplazo de la herramienta por la tecnología. Ambos elementos producen la pérdida de la totalidad y de la posesión de su cuerpo al sujeto.