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TELARAÑAS “Cuando no tengas nada más inventa ceremonias e infúndeles vida” I – EN LA FRONTERA Te voy a contar una historia. Billy Parhtman era un chico de 16 años que vivía cerca de la frontera con México. Su familia había llegado a la región cuando él era aun muy pequeño. Vivian en el campo, de trabajar la tierra. Estamos a finales de la década del 30´ del siglo pasado. Billy sabía hablar español porque su abuela le habló en esa lengua desde que nació. También sabía hablar con los caballos. Un día aparece un lobo que merodea y acecha al ganado y los animales de corral de la región. Se le pone precio a su cabeza y comienza la cacería. Billy comienza a ir detrás de sus pasos. A seguir el rastro de sus huellas. Pero el animal es astuto. Siempre se escapa. Las trampas que le tiende las logra burlar. Una tarde decide consultar a un viejo cazador de la región. Este le cuenta que los lobos han existido desde siempre en esas tierras. Que los lobos saben lo que los hombres ignoran: que el único orden que existe en el mundo es el que la muerte le ha dado. Que para darle caza a uno de estos animales no basta con perseguirlo y ponerle trampas. Que se les puede dar muerte pero nunca atraparlos. Que eso es tan vano como pretender atrapar un copo de nieve. En cuanto lo tenés en tus manos desaparece. Y le aconseja que si quiere dar caza al lobo debe buscar colocar las trampas en sitios donde los actos de Dios y los de los hombres son inseparables, imposibles de distinguir. Que no se trata de encontrar un lugar así sino más bien de reconocerlo cuando se presenta. Que en lugares así es donde Dios maquina la destrucción del mundo que tanto esfuerzo y dolor le costó crear. A la mañana siguiente, cuando el sol todavía no ha salido y su familia aun duerme, Billy se levanta y parte con Bird, su caballo. Cabalga toda la mañana hasta detenerse en un lugar y ahí deja las trampas untadas en un menjunje, una “matriz” para caza que le dio el viejo cazador. No había ninguna razón para montar ahí las trampas, pero lo hace, las deja ahí, y luego vuelve a su casa. A la mañana siguiente, antes del alba, vuelve a ensillar a Bird en la penumbra y parte. Cuando está llegando al lugar donde colocó las trampas el caballo comienza a recular inquieto. Billy le habla al oído, en español, y Bird se calma. Pero no deja de estar tenso. Cuando por fin llega al lugar descubre que el lobo ha caído en una de sus trampas. Los dientes de hierro muerden una de sus patas. El caballo quiere huir y Billy tiene que volver a calmarlo. Cuando lo logra se acerca al lobo para estudiar qué hacer. Entonces ambos se miran. Se estudian. Se reconocen. No era un lobo. Es una loba y está embarazada. Pasa toda la tarde con ella. Y decide no matarla en el lugar, llevarla a su casa y ahí ver cómo hacer para cobrar la recompensa por ella. Le lleva el resto del día liberar a la loba de la trampa sin que esta no lo ataque y poder ensillar para volver a casa. No fue fácil. Billy tuvo que tener mucha paciencia para convencer a su caballo y a la loba de que tenían que partir los tres juntos. Cuando por fin lo logra, parten los tres. Pero a mitad de camino, montado a su caballo y con la loba detrás, atada, trotando rengueante, se detiene. Maldice. Se queda mudo mirando el horizonte. Vuelve a putear. Y tuerce el rumbo sin lograr explicarse por qué toma esa determinación. Pero en lugar de volver a su hogar, cabalga hacia la frontera, rumbo a México, de donde ha venido la loba y donde aun perduran las montañas vírgenes donde ella podrá parir a sus lobeznos sin que la asechen los hombres. Con el paso de los días la loba comienza a confiar en él, a aceptar su presencia. Y su caballo aunque receloso se resigna a la inquietante presencia de la loba. Hasta que una tarde una partida de jinetes lo intercepta a Billy. No bien la loba percibe en el aire la amenaza se pega a él, mostrando sus dientes al peligro. Billy desenfunda el rifle, con la loba temblando de odio pegada a sus piernas y deja que los jinetes se acerquen. Billy no dejaba de ser un chico y a los jinetes no les cuesta nada quitarle a su loba y llevársela sin más. Cuando los jinetes parten con la loba, Billy ensilla a Bird y parte también. Intenta averiguar dónde se han llevado los jinetes a la loba. Y da con el paradero días después. Una noche. Está en un casco de estancia. En un galpón. Repleto de hombres que la hacen pelear por dinero con perros de pelea. Ya esta maltrecha cuando Billy llega. Vaya uno a saber cuántas peleas ya tiene encima, a cuántos perros ha destrozado para proteger la matriz que alberga en sus entrañas. Billy al ver ese espectáculo intenta liberarla y llevársela. Es a lo que ha venido. Pero no puede. Se lo impiden. Vuelve donde ha dejado a Bird, desenfunda el rifle y vuelve a entrar en el galpón. Camina en medio de los hombres sin que lo noten hasta llegar al centro de la escena donde la loba rabiosa, mal herida, exhausta, aguarda al próximo contrincante que debe destrozar o que debe destrozarla. Billy y la loba se miran. Creo que él le dice algo. Ella lo reconoce. Sabe quien es él. En el lugar se hace un silencio compacto. Billy levanta el arma. Hace blanco en ella. Y aprieta el gatillo. Para poder llevase el cuerpo deja las pocas monedas que tiene y su arma. Después se dirige a las montañas donde pensaba liberar a la loba y la entierra a ella y a su descendencia muerta. Luego vaga sin rumbo por la región. Durante días y noches, él y su caballo, un solo espectro, andrajoso, cabalga por desiertos, montañas y cruza ríos. Solo. Con su caballo. Mudo. Roto. Sin consuelo. Así de terrible y gratuita puede ser la vida. El mundo es un lugar tan hermoso como siniestro y ni una cosa ni la otra suelen explicarse o tener sentido. Billy al cabo de un tiempo vuelve a cruzar la frontera para volver a su casa, pero esa ya es otra historia que quizás tengas la suerte de que alguien en otro cruce de caminos te cuente. |
II- UNA ARAÑA CHIQUITA Y CULONA El verano pasado fue una noche larga. No había nada. Solo un cuerpo atravesado por el dolor. Los días se sucedían inútiles e iguales a sí mismos frente a la mesa de la cocina donde permanecía infinitas horas. Mudo. Tomando mate. Fumando. Escuchando música clásica en la radio. Atravesando ríos y montañas y desiertos a la deriva. Sin una palabra de consuelo. Del verano pasado sólo recuerdo dos momentos que fueron como un vergel frente al dolor del abismo de la noche eterna y sin sentido. Cuando no podía más y respirar se volvía una tarea desmesurada que requería de mí una fe de la cual carecía por completo, me encerraba en la pieza y hacía gimnasia. Hacía flexiones de brazo y lloraba. Hacía abdominales y lloraba. Elongaba y lloraba. Y me ponía a trotar. Cuarenta minutos. Una hora y media. A veces más. Trotaba y lloraba frente a la pared siguiendo los movimientos de mi sombra que se movía siguiendo mis movimientos. De fondo siempre estaba Nick Cave con sus baladas criminales desde el escenario de un recital en Alemania, candándome al oído Loverman, The Mercy Seat, Stagger Lee, Were The Wild roses Grow, Henry Lee. A veces también Miles con su trompeta tocando Ballads and Blues. O Los Redondos o Ricky Martin o Montaner o Bowie o lo que sea que en ese momento me hiciera mover. Lo que buscaba ahí—y hoy lo sigo haciendo—es suspender el tiempo. Que el tic tac del reloj enmudezca por un momento. Que la música sature los sentidos y que el cuerpo se mueva a su ritmo. Siguiendo mi sombra en la pared. Mi sombra en la pared y yo moviéndonos al ritmo de Autumm Leaves más allá del tiempo y sus fantasmas crueles. A Santiago Ferront lo quiero mucho. Es un viejo pirata de mar que tuve la suerte de conocer. Y siempre le voy a estar agradecido por las palabras que me dijo una mañana. Por entonces yo era un chico y estaba parando en un palacete increíble de San Telmo. La vida me había concedido unos minutos de buena vida. No trabajaba y tenía dinero en el bolsillo. Hacia la revista Vestite y Andate y era parte del grupo Radio Babel—que apadrinaba Carla Ritrovato, una gran mina—que íbamos todos los sábados al Borda para estar con los locos y luego contar afuera lo que hacían con ellos. Esa mañana que Santiago cayó por el palacete de San Telmo me encontró convertido en una porquería humana. Era un marciano verde y con antenitas. Estaba totalmente desquiciado. Había pasado toda la noche tomando cocaína y whisky y fumando un cigarrillo detrás de otro y no podía bajar. Entonces Santi me puso bajo la ducha y me dejo ahí un buen rato mientras él se preparo un trago y se puso a cocinar algo para que comiera. Al salir de la ducha me obligó a sentarme en la mesa y comer. Mientras almorzábamos me retó. Me dijo que era joven y que no podía reventarme así. Que la cocaína era un condimento que le podía dar sabor a un momento. Un juego tan estúpido y necesario como cualquiera. Pero no más que eso. Que si no lo entendía así estaba en problemas. Que tenía que cuidarme porque me podía romper. Que es fácil romperse. Y duele. Y no siempre tiene solución. Que la vida no era más que ese aquí y ahora en que estábamos compartiendo él y yo, ese momento, esa comida, con ese vino. Y todo aquello en lo que creía y hacia. Que no había más que eso. Y que tenía que cuidarlo. Que era joven y si no entendía que la existencia era un trabajo cotidiano por preservar ciertos momentos y cosas que me hacen bien, la vida me iba a pasar por encima. Siempre le voy a estar agradecido a Santiago por esa mañana, por esas palabras. El verano pasado estaba roto. Era una porquería humana. Por cuestiones que nada tenían que ver con la cocaína ni mucho menos. Se sabe, vivir solo cuesta vida. Y hay momentos en que las cuentas quedan en rojo. No importa lo bien o mal que hayas sabido administrar las cuentas de tus días. El verano pasado estaba destrozado. Lejos de todo. Lejos de mí. Lejos en Berlín. No podía conectar con nada ni con nadie sin quebrarme. El cartonero que todas las noches arrastraba el changuito de supermercado hasta la puerta de casa y abría las bolsas de basura buscando algo para comer o vender me parecía que tenía una vida más real y posible que la mía solo por no ser yo. Así de lejos estaba de todo. Y la conciencia de esa distancia me volvía loco de dolor. El otro momento, además de bailar con mi propia sombra, que era como un claro en un bosque a media noche durante aquellos negros días de verano, fue el de conocer a una araña. Todas las noches, antes de acostarme, salía al patio de casa a fumar uno o diez cigarrillos. Me sentaba en el patio, a oscuras, a mirar el cielo. A fumar y masticar mi desolación. Fue una de esas noches que descubrí a la araña. Era una araña chiquita y culona. Lo que me llamo la atención fue no poder explicarme cómo ella se las había ingeniado para tejer su tela de araña sobre el abismo. Estaba a dos metros de altura, aferrada a un lado por un pino y al otro lado por un aloe vera y un helecho trepador. Entre el pino, y el aloe vera y el helecho hay unos cuatro o cinco metros de distancia. Cómo se las arregló para tejer en el vacio esa pequeña araña culona semejante arquitectura sigue siendo un misterio para mí. Lo cierto es que a partir del momento en que la descubrí salía todas las noches a fumar y ver como ella tejía en el vacio su tela de araña. No pasaba una noche, estrellada o con tormenta, sin salir a compartir un rato con ella. Llegó a ser por esos días mi mejor amiga. El único ser vivo con el cual podía compartir algo que la angustia no volviera ajeno y doloroso. |
III-ESPACIOS VITALES Chuck Palahniuk probablemente es uno de los escritores más importante de la actualidad. Monstruos Invisibles o Fantasmas o Rant o Asfixia o El Club de la Pelea son novelas cuyo hilo dramático es tensado al límite por su corrosivo humor negro. Chuck tiene una capacidad única para captar ciertos nudos de tensión y angustia del ahora y eso destilarlo hasta metamorfosearlo en personajes que cuentan historias que te impactan en toda la línea. Toda la novelística de Chuck puede leerse como un intento de pensar el drama del cuerpo en su búsqueda de escapar a la objetiva soledad de su pornográfica existencia. En su libro de ensayos, Error Humano, Chuck cuenta: “Si me dedico a escribir es sobre todo porque una vez a la semana la escritura me servía para reunirme con otra gente. Eso fue en un taller que impartía un autor publicado—Tom Spanbauer—en la cocina de su casa los jueves por la noche. Por entonces, la mayoría de mis amistades se basaban en la proximidad: eran vecinos o compañeros de trabajo. Esa gente a la que uno conoce, porque, bueno, le toca sentarse con ellos todos los días. La persona más graciosa que conozco, Yna Gebert, llama a sus colegas del trabajo “compañeros de aire”. El problema de las amistades basadas en la proximidad es que acaban por marcharse. Se despiden o las despiden. No fue hasta participar en el taller de escritura cuando descubrí la idea de las amistades basadas en una pasión compartida. La escritura. O el teatro. O la música. Alguna visión en común. Una búsqueda similar que te hiciera reunirte con otra gente que apreciara aquel talento vago e intangible que tú apreciabas también. Se trata de amistades que sobreviven a los trabajos y a los desahucios. Aquel festival de cháchara fijo y regular de los jueves por la noche fue el único incentivo que me hizo escribir durante los años en que escribir no daba ni para chirolas. Tom y Susy y Mónica y Steven y Bill y Cory y Rick. Nos peleábamos y nos elogiábamos entre nosotros. Y con aquello bastaba.” ¿Por qué hacer una revista? ¿Otra revista? ¿Una más? ¿Esta revista: Te voy a atornillar? Por las razones que da Chuck. No más que eso. Tampoco menos. Por eso cuando tenía 16 años me uní al programa de música de rock nacional que tenían Pablo Entrerrios y Diego Martínez en una radio de San Martin. Por el gozo que nos daba pasar la música que pasábamos. Pero también por las cervezas que nos juntábamos a tomar antes y después del programa. Por eso hice Vestite y Andate. Porque nos juntábamos todos los jueves en el bar El Mirador, frente al parque Lezama, Javier, Alicia, Gastix, Analía, Cecilia, Juan Manuel, Fernanda y yo, (y Vera Land y Enrique Symns siempre merodeando aquellas reuniones) a discutir cuestiones editoriales y nos sorprendía la madrugada a Fernanda y a mí en una mesa del bar que miraba al parque con un cigarrillo en una mano y un fernet o whisky en la otra y charlando de cualquier cosa. Por eso también elinterpretador. Porque era un espacio que amaba y abandonarlo me rompió el corazón. Por eso ahora también esta revista junto a Pablo y Andrés. Por el espacio que abre y nos abre para encontrarnos y charlar y pensar y boludear y trabajar y pelearnos y complotar y compartir algo en común. Hacer una revista no es más que eso. Un juego. Una escusa. Que se recorta sobre un fondo de trabajos sórdidos y embrutecedores, de vidas deshilachadas, truncas, de tanta mierda propia como ajena Una revista. ¿Para qué? Para compartir algo con otro. No es algo que haga para no estar solo. Sino para compartir algo verdadero con alguien. Algo que exceda el hecho mismo de ser hecho. Que tiene costos y beneficios que nada tienen que ver con la lógica utilitaria de la órbita mercantil del hijo de puta que te paga un sueldo a cambio de que le vendas tu alma para poder llegar miserablemente a fin de mes. En definitiva, el mundo siempre estuvo y estará dividido entre unos pocos que tienen mucho y una mayoría que no tiene nada. Si entendiste esto, ya sabés casi todo lo que tenés que saber sobre el mundo. Lo que te resta saber, una vez que sabes esto, es qué lugar vas a ocupar vos frente a semejante infierno. Y no estoy hablando de hacer ninguna revolución ni nada por el estilo, sino cómo no volverte un terrible hijo de puta en un mundo que te ofrece todo tipo de facilidades y coartadas para gestionar tu credencial de terrible hijo de puta. En definitiva hacer una revista es tejer una tela de araña en el vacío. Un gasto inútil. Abrir un espacio que te abre al encuentro de otras personas. Juntarnos a hacer una revista, más allá de sus logros y fracasos, no es otra cosa que un espacio imaginario que se monta sobre la desnudez obscena de la vida para juntamos a despilfarrar el tiempo ahorrado. Hacer una revista, es como el amor, como la amistad, un espacio donde uno comparte algo con alguien.
IV-UNA CARTA DE AMOR Espacios vitales. De eso estoy intentando hablar. Te voy a contar otra historia. Esta historia comienza cuando las tempestades de acero se retiran del cielo de Europa. Sangre. Odio. Hambre. Nada nuevo. La vieja fascinación de siempre de la historia por el teatro de la crueldad. Ellos se conocen en Francia. Ella es inglesa y él austriaco. Son muy jóvenes. Y se enamoran. Nada nuevo bajo el sol. Sólo otra primavera haciendo brotar mil colores de la nada. Ella era una mujer hermosa e inteligente. Y la dureza de su carácter la convertía en una piedra preciosa. Él, en cambio, era bastante débil. Y era un escritor con cierto talento. Él y ella hacían una pareja hermosa. Juntos construyeron un espacio vital que los contuvo más de medio siglo. Espacio que los abrió al amor y los preservó de las miserias de la brutalidad de los días y les dio fuerza y valor para dar más de una batalla—eran personas con una solida formación política que nunca dejaron de tensar con un fuerte cuestionamiento ético que les impidió no volverse fantasmones lastimosos. Ellos vivieron juntos toda una vida en la que cada cual pudo ser uno que eran dos. No hay finales felices. Se puede pasar por la vida sin nunca conocer el amor. Pero la muerte no hay forma de evitarla. Por eso el amor es una experiencia tan maravillosa como terrible, porque eso que amás más que tu propia vida un día ya no estará. Nunca más. Un día a ella se le declara una enfermedad terminal. Él, entonces, se aboca a escribir una larga carta de amor que dé cuenta de ese espacio vital que los contuvo a ellos dos durante más de medio siglo. Esa carta termina así: “Recién acabas de cumplir ochenta y dos años. Y seguís siendo bella, elegante y deseable. Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te amo más que nunca. Hace poco volví a enamorarme de ti una vez más y llevo de nuevo en mí un vacio devorador que solo sacia tu cuerpo apretado al mío. Por la noche veo a veces la silueta de un hombre que, en una carreta vacía y en un paisaje desierto, camina detrás de un coche fúnebre. Es a ti a quien lleva esa carroza. No quiero asistir a tu incineración; no quiero recibir un frasco con tus cenizas. Oigo la voz de Kathleen Ferrier que canta “Die Welt ist leer, Ich will nicht leven mehs” y me despierto. Espío tu respiración, mi mano te acaricia. A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos dicho que, en el caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos. 21 de marzo-6 de junio de 2006.” Pocos meses después se quitan la vida. Juntos. Deciden morir como habían vivido. Juntos. Te dejo un beso
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