¿Quién le teme a Naty Menstrual?

 


De chico, los payasos, los actores, cualquier forma de expresión escénica que inventara un mundo me resultaban aberrantes. En verdad, no era otra cosa que pánico, un miedo atroz a ser atrapado por lo que para mí no eran más que monstruosas invenciones de realidades paralelas. Una dimensión donde fuera condición indispensable maquillarse a tope las mejillas, los labios, marcar los ojos, me resultaba sospechosa, incómoda, amenazante. La oscuridad de la sala y la mirada dispuesta hacia el escenario me oprimían cualquier idea que tuviera sobre la libertad, casi siempre vinculada a pasar desapercibido, a que nadie me siguiera con su mirada.
Y el payaso, la actriz vestida de niña o el mago del cumpleaños prometían absorberme a otra dimensión donde habría que barajar y dar de nuevo, inventarse. Sentado en alguna butaca, acompañado de primos o hijos de amigos de mis padres, en la penumbra, el griterío, la ansiedad y las golosinas, allí agazapado, temía ser llamado, convocado a ser lo que quisiera. Un temor dulce, mezcla de taquicardia, adrenalina y transpiración en las manos, el temor a ser invitado. Fascinación y terror, miedo a lo nuevo.
Naty Menstrual me remitía a la infancia cada vez que la veía en La Cubana. Uno no puede saber bien cuál es el efecto de su accionar sobre los otros, ella no podía saberlo, pero cada vez que entraba a ese sucucho mágico de dos por cuatro y asistía a sus actuaciones, la prepotencia de su personaje me ganaba, hundiéndome en ese mundo de fascinación y terror. Traspasar la puerta, más si estaba la persiana baja, era convertirse, cambiar de religión, seguir al Lutero de la noche perdida (de hecho, nada más triste que las pocas veces en que fui y el lugar se había aggiornado al San Telmo gran plaza turística).
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Entró a Sarandí y la cosa parecía complicarse. Como un trompo se metió con su vozarrón y puso su culo en una de las sillas de lona, ésas símil director que había, y comenzó a disparar para todos lados. Entraba picada, como si para llegar hubiera tenido que atravesar una larga serie de insultos y viniera a descargarlos en la mesa del living.
No lo esperaba pero, igual, no me reconoció. Se molestó con mi presencia, nadie le había dicho que estaría. Mientras le agradecía a Liefeld bardeándolo, mientras comprobaba que el canal de comunicación estuviera abierto tal como habían establecido, me ignoraba. Diva enojada, ácida, atrevida, tal vez ella también sintiera incomodidad como si le estuvieran apuntando catorce cámaras con sus flashes. Desconfiada, confirmó los márgenes de la charla, los límites del texto sobre el blanco, lo que sería editado, el corte.
Somos gente educada y estamos seguros de poder armar un ambiente cordial. Por eso compramos cerveza. La cerveza a la larga es una mierda, deja una resaca terrible y hace que trabajar al otro día sea la antesala del infierno. Pero en verano nadie puede resistirse, en verano es como si todos quisiéramos vivir borrachos, un carnaval etílico, como si las verdaderas vacaciones comenzaran cada tarde, a las siete, con un buen porro y una birra. Se lo hicimos saber, le enchufamos un vaso al mismo tiempo que se sentaba y con eso nos ganamos su confianza: el canal de comunicaciónestaba abierto.
Ella no se visitió para la ocasión, venía del Alto Palermo, pero para nosotros era un signo de consideración, de tomarnos en serio, sus zapatos de diseño, cada uno con un dibujo diferente, cada uno un original sin copia.
Finalmente teníamos nuestro debut y nuestra primera vez sería con una travesti quien consideraba nuestro interés como una consecuencia directa del “escándalo Chiche”; era lógico, Naty paranoiqueaba con que fuéramos aves de rapiña aprovechando el momento justo, el lugar justo. En verdad, eso estaba lejos de nuestra actitud en general hacia la vida, pero cómo explicarlo; en verdad, si ése era el momento de la entrevista se debía a nuestra modorra productiva, esa lentitud con que hacemos las cosas que nos importan.
Y ahí estábamos, debutando y tratando de calmar a la fiera, tratando de decirle a Naty que no violaríamos los límites de su personaje, intentando a la vez franquear las líneas que la entrevistada traía preconfiguradas. Al fin de cuentas, ése es el rol del entrevistador, preguntar lo indebido. ¿O no? Al fin de cuentas las preguntas pelotudas de Tejada tienen ese fin, atacar desde el lugar impensado, poner en el otro lo que uno no sabe cómo responder; igual que Liefeld y sus obsesiones etarias, sus divisiones tajantes entre la infancia y la adolescencia. Irritan, pero abren el juego. Y Naty lo decía en chiste, pero lo decía, que de dónde mierda sacábamos esas preguntas, que si había más, si había una inteligente. Naty dudaba estar en serio en una entrevista o frente a un par de mogólicos. Pero así era. Debutamos con un travesti y estuvo bueno, buenísimo.


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Naty sale a la calle y la percepción se abre, todo es relato al ritmo de sus tacos agitando las baldosas. No le teme a nada y ahí tal vez esté la diferencia con el resto, todos adiestrados, anestesiados con velocidad, rendimiento, eficacia, rentabilidad. A ella no le importa si sale en el diario o en la televisión, si la saludan por la calle o la ponen en internet, pero le encanta. Lo repite mientras habla. Se trata de una percepción dispuesta sensualmente, una percepción pensada en relación al deseo y su consecución, reveladora de las ganas más profundas y las bajezas más extremas. La gente no sabe o no quiere darse cuenta que viene con su deseo a cuestas y ella, sus narradores más bien o también, lo ponen sobre el tapete, lo ponen en el lugar de la calle donde da el sol o el farol de tungsteno. Porque el deseo tarde o temprano aparece (iba a decir sale y el chiste fácil me retrucaría con entra, pero eso es lógica humorística travesti), tarde o temprano se muestra y exige ser atendido. Y ahí cada uno con lo suyo, cada uno a aceptar sus miserias.


Para Naty no hay sino experiencia y en eso es diferente. No hay imágenes que la absorban o la obturen, que la predigan, que la compren; no hay, por decir así, un BAFICI en la vida, en la formación narrativa de Naty Menstrual, la televisión es un concepto más que una práctica de verdad, la publicidad una chantada. No le ganaron el relato, no le coparon la parada de contar su historia. A lo sumo se trata de la posibilidad de narrar, de lo vivido, de abrir los ojos cada vez y ver como si fuera la primera, como si nada debiera ser de una manera determinada. Su ojo (porque se trata de una mirada que devela a los otros, la voz que aparece es un reservorio más bien travesti, más bien guarro, guaso, impropio para una mina) mira las conductas públicas, ése estar de uno frente a otro, actuar para el otro, y deschava. ¿Qué? Lo que cada uno se esconde, el adolescente y sus temores o la poli torta, el mudo, el borracho y el drogón o el ojo blindado que nos han regalado. Una mirada escrutadora que devuelve la misma crueldad, la misma crudeza con que es observada: todo lo que va, vuelve.
Sí, hay cierto juicio, la sociedad hipócrita, familiar, heterosexual, consumista, tradicional, conservadora, represiva, individualista, egoísta, frívola, quejumbrosa, temerosa, insegura, aterrada de sí misma recibe un cachetazo en plena mejilla. Y la sangre, claro, brota. No, tal vez, para ella, pero su narrativa trata de algo así como de una venganza, como si la empleada doméstica abriera la boca en mitad de la cena para contar las pajas del padre en la ducha o el calzón manchado de guasca del hijo.
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Se repitió hasta el cansancio cuanto brillan sus textos dichos en vivo, atravesados por su voz, esa voz impropia porque no acepta el cliché identitario, voz aguardentosa de un Tom Waits del conurbano. Es bien cierto, su presencia imanta como la de una estrella, tiene esa aptitud para aparecer descocada y lúcida, provocadora, con el bocadillo justo para que no caiga el ritmo, el humor peleador siempre dando la estocada. Y eso se nota en sus lecturas que no siempre se ajustan al texto, no siempre lo respetan totalmente sino que lo inventan para la ocasión. Pero hay algo más, otra cosa. Naty es consciente de montar un personaje, sabe que se actúa y que por lo tanto siempre se está inventando una identidad (de ahí su irritación con Liefeld –“de lo que no se habla no se pregunta”, dice “Camarada Kaposi”, marcando la cancha- y su tendencia a preguntar por el pasado hasta que entendió que lo mejor era empezar a inventárselo, armar otro relato con eso). Y así sus textos son biográficos, al cien por ciento, biográficos como son sus relatos y sus madres y padres que mueren sangrientamente para aparecer más tarde. Todo es biografía si por eso se entiende inventarse a uno mismo, afirmar que es posible, que es la posibilidad a la vuelta de la esquina, lista para liberar del lastre del pasado, lista para enunciarnos nuevamente en una asimilación que nos consuela, nos aliviana y nos libera. Naty es como los personajes que tanto me atemorizaban cuando chico porque me invitaban a soñar con ser lo que quisiera. Y esa es su mayor actitud libertaria. Porque es difícil que de ahí no salga una risotada, de ese mismo punto donde se autodefine sale también la capacidad para burlarse de ese juego de caretas donde cada uno monta su personaje. Es ridículo, liberador, frágil, un antídoto contra uno mismo.
Y es que en un presente de identidades abstractas, de presencias digitales, en un presente donde la realidad es una pantalla cargada con facebook, messenger, skype, mails, segundas vidas, blogs, flogs, claves, números de usuario, revistas digitales y hasta póker electrónico, una voz es la carne, lo material, un cuerpo. Una voz es la realidad de un cuerpo. Es un bar angosto como un pequeño barco, ocho, nueve, a lo sumo diez perdidos en la noche; es una casa mugrienta un día de verano. Y Naty leyendo, ocupando todo el espacio, afectando las cosas con el sonido, sus palabras, ausentando los fantasmas, marcando el lugar con su personaje, acaparando las miradas, los oídos; como un aleph, aspirándolo todo.
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“Siendo travesti la vida te sorprende para bien o para mal paso a paso, taco a taco.”
No encuentro experiencia al abrir la puerta de calle, no encuentro experiencia casi en ningún lado y ni siquiera estoy seguro de que haya una constante, una fuente de la cual tomar hasta el final, sin darme vuelta, como con la cocaína (experiencia de la inexperiencia, punto estático de máxima aceleración) y su renovación constante del contrato etílico, un vaso, tras otro vaso, tras otro vaso y uno, como nuevo. Pero eso es como comprarse el disfraz de superhéroe, como ser el hombre araña del barrio o algo así. Demente. Demente y patético: un héroe de plástico. Un héroe de plástico jadeando en la cama, inmóvil, paralizado y transpirado, taquicárdico, escuchando el tiempo pasar con un pitido de fondo. Es otra cosa lo que debería pasar, no sé, estar vivo (la superposición de infeliz y feliz, según Menstrual).
Es que, como el cuartucho de atrás, el travesti es en sí experiencia porque su vida es un continuo acceder a la oscuridad del otro, al deseo silenciado, de apariencia mansa pero que en verdad permanece agazapado, al acecho. “Yo sostengo con plena seguridad que los tipos que me paso en su mayoría no se acuestan conmigo sino con su morbo y su parte perversa contenida.” Y eso tiene su correlato lingüístico, su intervención en la palabra, en lo decible. Es estar comiendo y decir que los arroces se te caen de la boca, que te comerías el plato, que la mierda queda, que cagamos, que queremos meterla en cualquier lado, llenar agujeros, que nuestras fantasías son monstruosas, decadentes, patéticas, que nuestros sueños son quimeras fabricadas al calor de la telenovela… y que siempre, siempre, siempre, estaremos hundidos en el barro hasta el cuello, hasta el ojete.
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Hablar con Naty Menstrual es convertirse en personaje. Así como marca el ritmo de la conversación, así está escribiendo el diálogo. Una híperconciencia de la palabra la mantiene despierta. No cede ni ante la fuerza del alcohol, ni ante el verano, ni las distracciones de su teléfono: atenta a lo que se dice, anotándose en una tradición donde la palabra oral no se la lleva el viento hasta que todos estemos de acuerdo en que así sea. No deja pasar una, o sea. Como si toda su vida no fuera más que analizar qué, cómo y dónde se dicen las palabras. Tarea de escritor, supongo. Tarea de poeta. Pensar el ritmo, pensar la palabra, pensar quién lo dice.
Nos impone entonces un texto dramático, un vértigo para el decir donde no queda lugar a las explicaciones ni la nota al pie: todo dicho es exponerse. Ningún hippie, Ningún me fumo un porro. Si hablás, hacete cargo porque en cuanto pueda te la devuelvo. Se imprime y listo. Una velocidad que hace de todos un personaje, que nos coloca a todos bajo el cenital. Lógica de locas: disputarse el espacio, a los gritos.
Las setenta y pico de páginas que acá se presentan son, en todo caso, la historia de cómo Naty Menstrual nos hizo hacer una función con ella, de cómo nos obligó a aceptar un personaje. Asignó roles, ocupó el suyo y no paró hasta no sentirse satisfecha con el texto que capturaba el grabador. Musicalizadora, dramaturga, actriz y directora, ocupó la escena con la arrogancia, la presteza y los pies de plomo de una estrella.
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El de Naty Menstrual es un optimismo de sobreviviente. Hay dolor y hay esperanza de que no vuelva, de que ya no vuelva. De ninguna manera acepta las versiones transparentes, la calidez religiosa de la familia, el virtuosismo del trabajo y su recompensa, el brillo del poderoso. Son espejos que se estrellan en mil pedazos cuyas astillas se clavan en la punta del pie, dejando marca, cicatriz, obligado recuerdo. En todo caso quedan resquicios, pequeñas rendijas a través de las cuales, sí, el sol nos da de frente, una raya finita, calentando la cara.

 

Por Pablo Klappenbach