Impresiones desde Cuba
 |
Conocí a Naty Menstrual hacia Julio del año 2005. Es decir, bastante antes de la reciente publicación de su libro. Por ese entonces, yo recién me había mudado al barrio de San Cristóbal. La primera noche, luego de la tediosa mudanza y de la desopilante inauguración del dpto, decidí ir a un bar que un conocido me había recomendado. “Te va a gustar”, me dijo. “Tiene tu onda”, agrego. Intuyo que habrá querido decir que se asemejaba a la entrada del infierno o a la salida de un neuropsiquiátrico. Más o menos: esa debe ser mi onda. Supongo, no lo sé. Tal vez no sea así.
La verdad, no era para tanto. Casi nunca lo es. El sitio en cuestión era simplemente un barcito de mala muerte, ubicado en la intersección de San Telmo y Constitución. Diablos, fuego o tridentes, no había. Enfermos mentales huyendo despavoridos y desnudos, tampoco. A lo sumo, seres humanos desganados y personas a las que no les gusta la vida atrapada en una sucesión infinita de trivialidades. Los días como si fueran una receta vulgar y eficiente para el triunfo de marionetas desvencijadas. La vida diagramada como si fuera una publicidad de alguna manufactura simplona y pretenciosa. El “Show del Clio” metido en tu inconsciente y activando tu sistema nervioso como si fuera una alarma contra incendios. ¿A quién le puede agradar eso? ¿Cómo es qué nos ha llegado a complacer unos parlamentos tan estereotipados? ¿Quién puede considerar que eso tiene algo que ver con la vida que anhelamos? ¿Cuándo es que hemos claudicado a nuestros deseos más íntimos? A muchos, al parecer, el shopping de peripecias los consuelo. Aunque tal vez no sea así. Algunos todavía resisten en este campo de batalla inaudito.
¿El nombre del barcito? La Cubana. ¿La ubicación precisa? Humberto 1º yTacuarí. ¿El ambiente del lugar? Una especie de escenografía realizada por un Pedro Almodóvar lisérgico, mundano y del subdesarrollo. Muebles rotos, mesas desperdigadas por el salón, sillones harapientos, colores chillones por doquier, un equipo de música anarquista y una sensación de violenta libertad que producía claustrofobia. Porque la libertad, estimados lectores, es pura e inusitada violencia. Es intemperie, Recuerdo con nítida precisión esa noche porque fue como caer en una trampa de ensueño. Una trampa ideal para los famélicos de poesía y de sustancias. Y cuando digo poesía no estoy hablando de sonetos, alejandrinos o endecasílabos. No solamente. Hablo, más bien, de la intención de hacer de la vida una situación más tolerable y, aunque suene patético, más bella. Y cuando digo sustancias me refiero a los bastones que te ayudan a tolerar el vacío de la existencia imperante. Y Naty, que duda cabe, lleva esa experiencia a sus extremos. Y hablo de extremos, hablo de la poesía hecha sustancia
|
Estaba relativamente cerca de mi nuevo dpto, a unas escasas cuadras y no tenía nada mejor que hacer. La vida, para ser elocuente, me perseguía con su inmensa y desquiciante soledad. Despiadada, brutal y desquiciante: la vida y la soledad. Como puede ser la existencia de la mayoría de los que intentan emanciparse de las ordenes impuestas por la desidia y la torpeza generalizada. Ojo: no es una abusiva licencia poética si digo que me perseguía la desdicha como si fuera un minotauro enceguecido a punto de embestirme. No es una licencia: es literal. Por desgracia, es literal.
Tal y como lo vaticinaba el pronóstico del destino, el minotauro me embistió de frente y con furia. Quede hecho pedazos por las pesuñas de los años y mis huesitos terminaron como esos poemitas que escribía Gelman en el exilio. Esos poemitas de desolación y mierda que yo tanto recitaba con dulzura. Para mediados del año 2005 yo no era un hombre con la brújula rota: era un fantasma de mí mismo a la deriva de los sueños. Tal y como dicen los desangelados pibes del conurbano: un barrilete. Ya lo sé: nada nuevo bajo el sol, ninguna extraordinario anécdota para contar. Pero así suelen ser las cosas en el frente de guerra. Y tal vez no haya remedio. Salvo escribir y escribir y escribir: para continuar con la vida. Para construir la vida. Para afrontar y tal vez, eludir la vida. Para dejar constancia del turbio y putrefacto estado de las cosas. Que así sea.
Esa noche de Julio, con algunos conocidos, nos metimos en ese barrio mentiroso y poco aventurero, para intentar encontrar un sitio donde divertirnos; un espacio donde alienarnos a gusto. Porque para algunos la fuente de distracción es la televisión, para otros el fútbol, para aquellos el trabajo y para nosotros este remanso de tiempo desfalleciendo. Alienarnos con alcohol, tabaco, poesía, sustancias, música y charla. Todo en su injusta y desperdigada medida. Todo como un antídoto deshilachado e ineficiente. Pero buscando la intensidad en medio del aburrimiento programado que nos impone el estado infeliz de mediocridad urdido por los corazones sedientos de horror y seguridad. Los burócratas que parcelan sus propias existencias en inequidad y egoísmo y pretenden delimitar la de los demás, con las mismas artimañas. Los microfascistas de jornada completa que te dicen lo que debes hacer, cuándo y cómo. Los que tienen tela de araña en la mente, en el cuerpo, en sus costumbres y en sus anhelos. Los que te amedrentan con palabras que ya poco y nada tienen que ver con la poesía. Los que por la mañana se calzan sus zapatos para volver a pisotearte una vez más. Y sonreírte, diciendo: “Gracias”
Nos costo dar con la dirección precisa del barcito. Suele ocurrir que las personas se pierdan en las mismas ciudades que dicen conocer. Es una constante, si uno hace un repaso sincero de la vida. Ampliando nuestro espectro de percepción, lo más problabe es que siempre estemos perdidos. Pero nos desagrada pensarlo así. En medio de la noche, algunos decían que tal bar no existía, que era todo un error; decían que no llegaríamos nunca. Por lo visto, hay gente corajuda y esperanzada en todo momento del día. Por lo visto, como especie, hemos perdido el entusiasmo por estar a la deriva. Si tuviéramos apenas una pizca mayor de curiosidad, tal vez podríamos hallar nuevas repuestas a nuestros interrogantes más acuciantes. Tal vez podríamos generar nuevas rutas y llegar a puntos inesperados para volver a partir.
De pronto, en medio de una cuadra desabitada, escuchamos ruido, música, unas voces joviales. Supusimos que ahí era. Una sonrisa inmensa y auténtica nos recibió. Ese tipo de expresión que uno está desacostumbrado a vislumbrar en el rostro de nuestros congéneres. Era Naty Menstrual. Con su actitud desfachatada, angelical, disparatada y lúcida. En seguida hizo uso y abuso de su mordacidad e ironía. Como si fueran piruetas verbales, realizo algunas bromas sobre nuestra dudosa sexualidad y nos dijo donde nos queríamos ubicar. Ya creo haberlo dicho; mucho lugar no había para elegir. Hablo sobre el bar; no del mundo. Pero en la Cubana, por lo general, te hacían lugarcito en cualquier rincón. A diferencia del mundo, claro.
Y desde el vamos, no te trataban como un mero cliente. Te hablaban como si te conocieran de toda la vida. Y supieran lo mal que andabas o la necesidad que tenías de llenar el tiempo de palabras, compañía y bebidas. No era una secta evangélica. No era un grupo de hippies. No te ayudaban a que tu vida mejorara. No te decían para donde salir disparado. Simplemente estaban ahí para recibirte cuando quisieras acercarte. Y eso ya es bastante en la pantomima que representamos a diario.
Una caravana de nómades urbanos buscando su oasis de engaños. Eso éramos, eso somos. Y eso seguiremos siendo. Amén de nuestro futuro imperfecto. Beduinos del sin sentido. Eso somos: sujetos acorralados en nuestras pesadillas dilatadas por el rencor de sabernos en los suburbios de los moldes del show de tristes ciudadanos apacibles. Deambulando para encontrarnos, deambulando para perdernos, deambulando para destrozarnos.
Huyendo de lo que no podemos encontrar, porque tal vez, pertenecemos a la raza de los que buscan lo que hace tiempo ha dejado de existir. Buscando la vida como un fuego que hiere, enseña y perdura. Buscando lo que nos hemos olvidado de buscar. Perdiendo lo que no se encuentra en ningún sitio. Y por sobre todas las cosas, lo que no se adquiere con dinero en ninguna tienda. En ninguna: la posibilidad de encontrarte con otros, sin tratos ni convenios de antemano.
En Buenos Aires ya no hay bares. Eso se percibe al primer golpe de vista. Al menos, no bares donde uno pueda fumar, conocer gente, discutir, pelearse, traficar ideas, estallar y desvanecerse como estrellas pérdidas en la dictadura de nuestros deseos. Eso: sentirse medianamente bien tratado. Hay sitios donde se puede comer, donde se puede ir a tomar un trago, donde se puede posar de esto o aquello, donde se pueden ver espectáculos dosificados de transgresión, pero no espacios que sientas como propios. No digo: “sentirte como en casa”, porque nosotros queremos alejarnos de las moradas y de la farsa de la propiedad privada. Esa pandemia que tenemos instalada hasta el acto reflejo. Hablo, en todo caso, de un lugar donde puedas dejar que el tiempo pase sin tanto lamento y desesperación. Un lugar donde la cultura no sea la reproducción pusilánime de un muñequito de cotillón que intenta hacer lo que vos mismo no podes hacer: sentirte, medianamente en armonía, con tus pares.
Ya no quedan refugios dignos en una ciudad, que hace ya una parva de años, ha decidido comercializar todos los aspectos de la vida cotidiana. Rifar el pasado, el presente y el futuro en manos de hombres despiadados que sólo pueden hablar de billetes, trivialidades e inmundicias todo el tiempo. Estimados lectores, por si no se habían dado cuenta todavía, es muy caro el precio que estamos pagando en este teatrito de varieté infame. Porque esto, definitivamente, no es el imperio del mercado neoliberal a sus anchas. Es el imperio de la ruleta rusa. Ahora te toca a vos. Buena suerte.
“El lugar es chiquito”, me advirtieron. “Pero atiende un travesti que es un cago de risa”. Algo es algo, pensé. Y me metí en el bar, como quien se mete en un atajo oscuro y peligroso. Pero en compañía de dos colegas con los cuales iría a cualquier guerra: y ahí estamos, en la batalla de sobrevivir entre tanta mierda. Me habían dicho que era barato, que cada tanto leían poesía y que iban personas amenas. Un combo perfecto, pensé, de maricones y artistas incipientes. Una mezcla de parias, desprotegidos y embusteros de toda calaña. No estaba en lo errado. Aunque casi siempre lo estoy.
A mí nunca me gustaron los travestis. En términos sexuales, quiero decir. No me atraen, no me seducen ni me enardecen la pinga. A mi los travestis ni fu ni fa. Me parecen exagerados, artificiales y desmesurados. Generalizando, claro. Porque seguramente hay de toda clase y para todos los gustos. Y como he sido educado para ser heterosexual, en eso he terminado. En sí mismo, mi sexualidad no me produce ninguna clase de orgullo ni posibilita algún atisbo de reivindicación. Por otra parte, no creo que una identidad sea algo fijo, estático y monolítico. Me da lo mismo que un hombre vaya vestido de mujer, que una mujer vaya vestida de pez o que un niñito sea disfrazo de Adolf Hitler. En tiempos en donde es políticamente correcto plantear los asuntos públicos desde la tolerancia y la vaga aceptación de los extraños, considero que nadie con dos dedos de frente, se encuentra en la posición privilegiada para otorgarle al otro la posibilidad de la diferencia. ¿Diferente en relación con qué centro, esencia o argumento? ¿Cómo es que yo puedo otorgarle al otro la posibilidad de ser como quiera o pueda? ¿No es, en todo caso, que todos nos vamos convirtiendo en monstruos, que nos devoramos con saña? En todo caso, no se trata de aceptar al otro, sino en ver en nosotros mismos, nuestra propia rareza. No quiero ser injusto ni simular una polémica. Simplemente descubrir una falacia: no hay nada que aceptar, lo que se debe hacer es ahondar en nuestras desemejanzas hasta percibir solamente la soledad, que de una u otra forma, llevamos todos. Llevemos la prenda que llevemos. O salgamos desnudos corriendo de un neuropsiquiátrico.
Y
Pero como sé en carne propia lo que es que te desprecien y te humillen, por lo general, no desprecio ni humillo a nadie. Aunque es cierto que ni por error persigo la ética cristiana de la otra mejilla. Considero que esa clase de comportamiento es simplemente cobardía disimulada. Para mí alcanza con intentar alejarte y no volver a mirar atrás. Pero producto de mis propias las propias humillaciones y desprecios que he padecido, mi comportamiento se inscribe, no en la tolerancia, sino en el intento de verme en el otro, como yo mismo. Por lo tanto, siento empatía por los desclasados, los marginales, los perdidos, los abandonados, los iracundos, los perturbados, los maltrechos y toda clase de sujetos que van por la vida como si estuvieran en un carnaval perpetuo. Un carnaval de horror y desesperación. En un carnaval perpetuo dentro de un campo de concentración. Es decir, esos sujetos a los que otros sujetos –normales, hegemónicos, intolerantes, higiénicos, farsantes, patéticos y tristes - les hacen creer que están en un carnaval perpetuo. Empatía, pero no como si fuera una Madre Teresa de Calcuta.
Si el humor está orientado a jerarquizar, me interesa un rabano. Si el humor es la cachada banal y facilonga me duerme y me deprime. Si es la vulgaridad lisa y llana, me incomoda y luego me irrita. Si es moralizador me espanta. Si es puro juego del ingenio, me fastidia. Pero si es una salida posible a las jerarquías, si no me duerme ni me deprime, sino me incomoda, no me espanta y no me fastidia, entonces me detengo a disfrutar. Y con Naty he pasado muchas noches así. Es momento de ser bien educado y agradecer. Porque en general, el humor de la mayoría me provoca tedio y repulsión. Gracias, Naty, por no ser un payaso de circo.
Crecí leyendo sobre espacios míticos de Buenos Aires en los ochenta, durante lo que se ha llamado “La primavera Alfonsinista”. Dicen que fue como una especie de destape, una simulación de libertad, una suerte de nuevos aires que intentaban hacernos creer que habíamos salido de la represión que habíamos vivido. A lo largo de los años me fui alimentando de mitos como el Parakultural, Cemento, El Einstein, y otros cachivaches como esos. Los ochenta en la Argentina están completamente sobrevalorados. Se considera que durante ese tiempo, existió algo así como un espíritu contestatario o de renovación artística. No creo que haya sido así. Simplemente eran jóvenes que no supieron como reaccionar frente al horror que se había vivido.
He pasado muchas noches de mi vida en el bar “La Cubana” y a veces pensaba que ese lugar formaría parte de un futuro listado junto a otros espacios alternativos que hubo en Buenos Aires. Una especie de necesidad de legitimar lo que se hacía ahí, eso sentía mientras dejaba pasar las horas. Ojala no ocurra nunca, porque algunas cosas son mejor que queden donde deben estar: en el olvido. En el olvido del corazón de cada uno.
Cada noche de fin de semana, Naty Menstrual leía para los que tuvieran ganas de escucharla. Muchas veces, desbordado de personas y otras veces, apenas cuatro gatos locos. El público era muy heterogéneo. Desde personas interesadas por la literatura hasta lumpenes que pasaban por la vereda y entraban porque no tenían otro lugar donde ir.
Naty leía y leía y leía. Y en esa práctica, fue forjando su literatura. Puedo dar testimonio, que jamás tuvo el afán de ser reconocida o de ser publicada. Cada noche se subía a recitar, para hacer más tolerable su propia vida y la de sus espectadores. El arte, muchas veces, puede aparecer como un gran acto de generosidad. |
|
Por Santiago Ríos. |