Continuadísimo, de Naty Menstrual*
Ahora vamos a recordar aquellos tiempos en que la sexualidad era parte de la cultura.
Vamos a pensar en los tiempos remotos en que llegar a tener algún tipo de vínculo erótico estaba mediado por eso que llamábamos sociedad, cuando existía.
Y entonces podríamos incluso jugar, porque no lo podemos hacer seriamente, a que todo lo concerniente a la sexualidad y al sexo y a las definiciones sexuales formaba parte de la risa, de la burla inclusive, de las travesuras de la corte en la que como dijo otra escritora travesti, Gabriela Mistral, “todas íbamos a ser reinas”.
Entonces vamos a ver qué lejos quedamos de ese momento en el que hacer el cortejo era parte del sexo, cortejar y formar parte de la corte era el modo en el que nos mostrábamos como parte de una cultura que nos dejaba lejos de la barbarie.
Claro que allá cuando empezó el amor y el “hacer el amor” y el erotismo, cuando todavía el sexo no tenía identidad porque estaba envuelto en una serie de modales de la corte teníamos otros enemigos.
Hubo una época, efectivamente, en la que el sexo era parte de la civilización. Estar en el sexo y formar parte de él no era más que retirarse del campo de batalla donde los modales no importaban y donde no importaba la cultura porque todo era salvaje. Hubo una época en la que todo aquello que concernía a las relaciones afectivas, sexuales, eróticas y conyugales era lo que hacíamos para salir de la naturaleza y su violencia o para salir de la guerra y sus dolores, sus regueros de muertos.
Vamos a recordar cuando las danzas suponían el interés de los danzarines y las parejas se formaban en filas para bailar minués, cuándos y gavotas para, como pavos reales, mostrar a la pareja que la docilidad del cuerpo que pavonea, promete la destreza del cuerpo que se entrega a los deseos. Y, entonces, en filas las parejas formaban túneles debajo de los cuales pasaban agarraditos las parejas de al lado y las fiestas eran la excusa divertida para que, terminada la guerra, comenzara el regocijo del tiempo del amor, del sexo y de la diversión.
Esa época terminó. Y Naty Menstrual nos lo cuenta en cada una de estas crónicas a veces en tono dramático y a veces, fantástico.
Las danzas en la corte se trasformaron en las noches de Angels o Amerika y los túneles de la gavota en un generoso túnel que no es preámbulo para nada sino el fin en sí mismo. Pero sobre todo las princesas de la corte son ahora fieras, panteras o perros (y no solamente porque les guste lucir el animal print o una melena leonina). Las princesas y las reinas son ahora las locas y las travas que hacen de la corte el lugar de la guerra.
Y esa guerra civil que llevamos adelante la declararon todos aquellos que quisieron ponerse serios, que en determinado momento empezaron a sentir miedo de su propio cuerpo o, como dice Naty Menstrual, cuando se instaura un silencio de queda cuando los que declararon la guerra “son presas del silencio, del remordimiento, y pasan de hacerle caso a la voz del culo a escuchar la voz de la conciencia”.
De modo que quedamos instalados en una guerra que antes se definía por la negación de la guerra. Y donde antes había armaduras, ahora hay prótesis que te defienden de los balazos, como en la historia de la que desesperada por ser madre se pone una panza de embarazada que la salva como escudo de las balas del ladrón del Pago Fácil.
Pero también es una guerra declarada en el interior de la familia, cuando la sola fantasía de tener un “hijo puto” supone para una madre argentina un suplicio más grande que tener un hijo unitario en el matadero: “le corto los huevo con una gillette, los meto en la multiprocesadora, los uso de relleno para empanadas, lo vomito, y voy a llamar a la policía… y me van a aponer camisa de fuerza… en cana por filicidio… y me voy a chupar conchas…”
Una guerra que tiene sus uniformes pero que no renuncia al glamour: “me puse el uniforme de guerrera sexual, una calza pegada negra, un corpiño con bolsitas de siliconas, además de la tanga también negra, clavada…”
Y que, como en toda guerra, no renuncia a que en el medio del campo de batalla se desate el flujo de pasiones entre los enemigos : “Una vez, en su delirio, me comentó con fervorosa pasión su secreta relación con un tal camarada Kaposi, durante una guerra mundial que nunca había existido…”
Y el camarada Kaposi, con su invariable uniforme negro, le otorga a esa travesti vieja el único don que el puede entregar: hace del animal print una parte de su piel; le permite una identidad soñada, la de una fiera: “siempre me gustó el animal print... tendrían que ser marrones las manchitas en vez de rojizas… así creen que me estoy convirtiendo en leopardo…”
Y es que en esa guerra los procedimientos de metamorfosis son un arma esencial para librarla: las semillas curativas, recomendadas por curanderos, se pueden volver plantas carnívoras y la fantasía de la penetración puede dejar de ser metáfora para hacer que un enano se meta dentro de su objeto amoroso, por efecto de la dilatación…
¿Cuándo fue, entonces, que nos pusimos serios? ¿En qué momento la sexualidad empezó a ser un objeto de investigadores, científicos, analistas sociales, médicos, políticos, policías, y ejércitos y fue abandonada por los que deberían tenerla a cargo? ¿Cómo fue que dejamos de ser reinas, locas, travas y siempre espléndidas… y dejamos en manos de académicos y funcionarios aquello que estaba en manos de los bufones, algo tan importante como nuestra relación con el desparpajo, el baile y la locura?
Seguramente hay otros académicos que puedan responder a esas preguntas. Naty Menstrual, por su parte, no responde a nada de eso. Porque su trabajo es poner manos a la obra y hacerse cargo de la idea de que la vida puede, en su tragedia y en medio de la guerra, también ser desopilante, extravagante y divertida.
Continuadísimo, en ese sentido, no continúa nada. Es una ruptura y un chiste y una serie de morisquetas y de saltos mortales en una especie de fiesta interminable. Allí donde empieza la tragedia de la enfermedad, Naty le pone la farsa de la parodia. Allí donde parece que la ley pondrá su gris manto de orden, Naty le pone brillos, salidas espectaculares por la noche y aventuras llenas de brillantes. Allí donde aparece la maldición familiar, Naty le pone la locura y la paradoja de una madre que no sabe lo que quiere, pero sabe muy bien lo que no deben querer los demás.
Una fiesta interminable en la corte donde todos nos pavoneamos, donde sacamos el sexo de lo científico, de lo social o de la investigación sabia, para reponerlo en el lugar de lo desopilante, de la barbarie y del exceso de felicidad.
Eso es el libro de Naty, una larga fiesta donde salimos de la guerra o entramos a ella, a donde nos invitó. Y si le preguntamos por el motivo de la fiesta, seguramente nos responderá: esta noche, festejamos civilización.
Por Ariel Schettini
*Texto leído durante la presentación del libro en el C.C. Rojas el día 20/11/2008.
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