Notas sobre CONTINUADISIMO, de Naty Menstrual.
Naty Menstrual, la autora del libro de cuentos Continuadísimo (Eterna Cadencia editora), ejerce una clase magistral sobre realismo, pero sin las generalidades abstractas de las mayorías sociales. La autenticidad de su escritura reside en personajes minoritarios involucrados de alguna manera con el establishment social. Así hará de la lengua y del tono tragicómico, el soporte del género, el del texto y el sexo, lo que implica una doble operación cultural. El procedimiento supone la construcción del yo a través del nombre y del cuerpo. Las vidas que la autora nos cuenta desparraman sexualidad donde la cosmética femenina alterna sin remilgos con la masculinidad. En sus relatos, Naty Menstrual no da lugar al estereotipo “glamoroso” televisivo (Florencia de la V) ni a su historia complementaria de La Cenicienta. La protagonista de “26 y ½”, Sissi Lobato, encarna el sueño imposible de vivir como la legendaria emperatriz austríaca y arrasar con el erotismo de Nélida, la que fuera una primera vedette nacional. Estos personajes, que deliran por riqueza o más pragmaticamente, anhelan cierto bienestar (“Adonis”), no tienen nada que ver con la elegancia etérea y cinematográfica que plasmó Manuel Puig. Naty Menstrual, ante todo, ataca sin victimizarse el imaginario de la clase media respecto de los escenarios donde deambulan travestis, consumidores y afluyentes. Y en ese itinerario pasan miembros (valga la redundancia) de una burguesía porteña y bien pensante que compran, leen y acaban sobre un “diario Clarín” guardado en la guantera de un auto flamante (“Sabrina Duncan y su dulce cabellera”). La autora muestra los espacios de las minorías y también destapa sin culpa aquellos donde se emplaza el doble discurso; de eso se trata la ceremonia familiar de los domingos (“Negro beso negro”), la casa del hijo de un militar retirado (“Adonis”), la calle como refugio del abandono por la mácula de un apellido (“La empastillada”). Aquí, como suele ocurrir, el azar desmiente la supuesta eficacia de las vidas programadas. Pero también hay relatos que extreman la tensión de los actos privados, desde los cuales las decisiones finales de la narradora (en primera persona) quedan fuera del juicio moral. Aquí, la familia es una célula patológica (“Mamá era mala”). Como sabremos después, el padre también lo era y el niño víctima que fue la narradora, también se transforma, se rehace y consuma su venganza con la ley del talión. Como se ve, la clausura de lo doméstico se cierra a ese mismo sentido común social que encubre al conductor de un Audi A3 o que lo confunde en su honorabilidad pecuniaria. Así, la narradora (en tercera persona) de “26 y ½” se planta entre el espacio público de circulación y el privado de la habitación de Sissi; por eso, el desengaño que sobreviene pone en evidencia una doble fábula. Por un lado, la propia Sissi fantasea con ser la esposa del conductor, de ir a buscar a sus hijos y hasta de visitar a su suegra: un tramo estereotipado (por fantasioso) de la vida burguesa. Por otro, el conductor revela su intención verdadera cuando la puerta se cierra con llave: la golpiza, los insultos, la humillación que hace llover sobre Sissi. La acción narrativa moviliza un planteo ideológico. Ese imaginario social es el mismo que Naty sojuzgó cuando en televisión, en calidad de invitada, preguntó a Chiche Gelblung si había leído su libro, porque ella iba ahí para hablar de literatura, cultura y sociedad. Provocación y estrategia (hacer uso de un espacio), y además, auténtica convicción de ser artista y escritora. Un periodista corrido de su eje y de su canon de belleza femenina, cuando Naty responde contundente que no quiere ser Wanda Nara. Naty Menstrual como en cierta forma también lo hizo Pedro Lemebel, interrumpe desde los márgenes los discursos institucionales. Quizás, los ejercicios con la plástica y la ilustración, la performance con la actuación y la indumentaria, tengan que ver con ese mismo gesto escénico de exponer el cuerpo y la imagen, cuya urgencia e inmediatez reclama su complemento en la escritura. Son crónicas, son relatos que sin embargo no excluyen la intensidad de la vida.
Pero la autora del libro lleva más lejos su sensibilidad y eso se nota en el modo de contar historias, en el punto de vista y la posición que adopta para relatar. Lleva a tal grado el estar con los personajes y saber qué piensan y qué sienten, que el narrador ominisciente no es sólo técnica sino también complicidad. Eso es una marca política, donde el ser, el grupo, el cuerpo y el nombre se eligen. Como se elige ser madre (“Panza: fantasía final”) o se elige ser hija (“Huesitos de pollo”). Pero una “madre” que fantasea con un estado imposible o una hija que se permite volcar en su relato todo el asco y el desprecio hacia su madre, su casa y su barrio, un odio como válvula de escape a la risa final de la narradora: inesperadamente, su suerte no fue tan mala. En los textos de Naty Menstrual no hay mandatos ontológicos ni imperativos categóricos, acá priman las opciones deliberadas donde la violencia, el humor y el amor conviven a la vez. Esto sucede con la catarata verbal de “Loca madre mata al puto”, en la nausea de un delirio que alterna con el desborde desopilante y escatológico de ”Amado Kombucha”. Las vidas que nos cuenta Naty diseminan lujuria envasada en chorros adorados (“Lluvia dorada sobre mí”); acá las “gotas de lluvia” de la canción popular juegan un doble sentido que se extiende en otros relatos donde la desesperación y la tristeza (“La Mr. Ed”) también guardan un instante para una sonrisa “Colgate”, en la boca o en donde sea (“Corazón de mujer”, “Medialunas de manteca”). El humor negro, como la oscuridad del cine porno, también tiene su sitio (“Crónica del hombre bola” y -por qué no- ”Adonis”). Las vidas que nos cuenta Naty tienen sus moralejas sin moral ni condición.
Por Nancy Fernández |

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