Los ladrillos de Naty Menstrual.

                
 Los Titos tienen que entender
que esta vida no es en broma,
si vinistes a  parar
 a este mundo
te la tenés que bancar.-

                                                                                                         
(Daniel Melingo)

  1. Ojo Blanco—Piedra Negra

 

Alguna vez Michel Foucault definió el saber como un ojo blanco, un ojo sin cuerpo que gira interminablemente alrededor de una piedra negra. La visión del ojo trata de penetrar la piedra, pero ésta se refugia en su pura interioridad, en aquello que nunca se podrá ver. Cuerpo, carne, materia, cosa, son todas palabras que la filosofía ha usado a través de la historia para denominar esta posición irreducible, esta materialidad extrema que no se deja aprehender hasta las últimas consecuencias por el saber. En  El nacimiento de la clínica, Foucault explica que a fines del siglo XVIII, “ver” es “dejar a la experiencia su mayor opacidad corporal” (7). El objeto de la experiencia es sólido y oscuro, cerrado en sí mismo: es una piedra negra, cuerpo oscuro recorrido en círculos, sobrevolado a baja altura, explorado por la lenta mirada del ojo blanco, que terminará iluminando al objeto con su propia claridad. “Toda la luz pasa del lado de la débil antorcha del ojo que da vuelta ahora alrededor de los volúmenes y dice, en este camino, su lugar y su forma” (7).
La luz terminará por hablar del cuerpo, pero lo hará en sus propios términos, en términos de una racionalidad que siempre al final ignora las condiciones últimas en que se resuelve la materia. Porque el cuerpo, la carne, la materia o la cosa son siempre entidades individuales, únicas, y el saber sólo puede ser tal si se remonta a lo general. El salto de lo empírico a lo abstracto es siempre una caída insegura en un abismo: desplome  hacia arriba, vuelo general que escapa para siempre de las condiciones de lo singular.
No pretendo establecer una verdad general en cuanto a la literatura. Simplemente quiero señalar que prefiero los proyectos literarios en los cuales se muestra la palabra en esta lucha intensa contra la cosa, contra una cosa concreta que se le escapa. Pienso en Alejandra Pizarnik y su poema en prosa titulado “El sueño de la muerte o el lugar de los cuerpos poéticos” como uno de los ejemplos más logrados de esto que trato de explicar: la palabra poética tratando de ganar una batalla perdida de antemano; la batalla contra la cosa y su singularidad, contra el cuerpo y su concreción, contra la carne y su ceguera. Y entonces las palabras comienzan a vagar solitarias por un universo que les pertenece, que ellas fundan, y donde ellas imperan: el imperio vacío del lenguaje, la ceguera del ojo blanco encandilado que se mira a sí mismo, y en ese mirarse a sí mismo sólo ve la transparencia de las cosas, el esquema universal y abstracto de lo Mismo. Mientras, abandonadas en el jardín de los cuerpos poéticos, las cosas y los cuerpos singulares aguardan, acechan, llaman con la llamarada, el llamamiento de lo Otro. Cuerpos sin forma precisa, alaridos que parecen venir de ningún lugar (porque no es un lugar, no se puede hablar precisamente de un “lugar”), aullidos de seres no llegados aún a la vida, lo fetal, lo informe, el cuerpo lleno de sangre que acecha a los conceptos. Allí donde el cuerpo poético no se deja circundar por el ojo blanco de la palabra que se mira a sí misma, allí donde la carne se rebela y ataca a la mirada transparente que pretende controlarla. “Sin luz ni guía avanzaba por el camino de las metamorfosis”, escribe Pizarnik en ese poema; y continúa diciendo: “Un mundo subterráneo de criaturas de formas no acabadas, un lugar de gestación, un vivero de brazos, de troncos, de caras… y los troncos sin cabeza vestidos de colores tan alegres danzaban rondas infantiles… como si los cuerpos poéticos forcejearan por irrumpir en la realidad” (Poesía Completa, 255). La lucha del ojo blanco contra la piedra negra aparece en muchos otros lugares. Las palabras son irremediablemente exteriores a las cosas que creen tocar. La elección de Pizarnik para desarrollar este problema es arbitraria: se puede hablar de Lezama Lima, de Cortázar, de Artaud, de Joyce, etc.
Todo esto para decir que leer a Naty Menstrual fue incesantemente aburrido para mí. Creo que toda la obra de este (¿se le puede llamar así por sólo haber publicado un libro?) escritor se puede resumir en unas veinte a cuarenta palabras: “Vino un chacarero a mi casa y me la puso. Después vino con el primo. Les chupé la pija y me penetraron los dos. Ayer vino un gordito y se la puse yo a él. Un tipo de pelo largo me la puso, y me hizo descubrir a Tom Waits”. En este marco cerrado de elementos (pija, culo, tetas postizas, huevos, boca, chupar, leche) cabe todo el proyecto literario de Naty Menstrual. Simplemente se ha dedicado a conjugar, de varias maneras posibles, estos siete elementos para decir lo mismo, eternamente lo mismo. Nunca aparece el lenguaje como problema; ni la cosa como problema. La única cosa que aparece como momentáneamente problemática es, obsesivamente, la pija. Pero ésta deja de ser un problema una vez que el poseedor de dicho elemento abre su bragueta e introduce la tan deseada pija en la boca o en el orto de Naty Menstrual (o de algunos de sus protagonistas).
Si ya se me planteaban muchas dudas acerca de la formación literaria de Naty, al ver la manera en que escribe (prosa de chico de la secundaria, acentos mal puestos, comas discutibles, etc.), el cuento sobre Tom Waits me dejó pensando que también su formación musical es bastante pobre. En este cuento, que parece  autobiográfico, la Naty no sabía que la voz (esa voz…) de Tom Waits era de Tom Waits. Tuvo que ir a preguntar por las disquerías, hasta que alguien le dijo: “Es Tom Waits”, y entonces se hizo la luz en su pequeña cabecita. Sí, Naty. Existe Tom Waits, y también existen Joni Mitchell y David Sylvian y Tindersticks, y Cocteau Twins, y This Mortal Coil, y Brendan Perry, y muchos otros más.
No me parece un caso extremadamente malo el de Naty Menstrual. Es apenas algo menos que un escritor mediocre, que con una paleta demasiado limitada de elementos se ha dedicado al juego de la combinación y recombinación infinita. El sistema es de una lectura bastante fácil. Se tienen siete elementos básicos, como ya se dijo: pija, culo, tetas postizas, huevos, boca, chupar, leche. La mayoría de los cuentos están armados con dos de estos elementos: pija y culo. Son los típicos cuentos del chongo que viene y penetra a Naty (o a uno de sus protagonistas). Después está el esquema del gordito puto. Este otro esquema siempre viene montado sobre el esquema del chongo (pija-culo). Básicamente, el esquema del gordito puto aparece cuando el chongo se da vuelta, y le pide a Naty (o a uno de sus protagonistas) que le rompa el culo. El cuento “El toallón”, por ejemplo, sigue este esquema. Después se agregaría el esquema de boca-chupar-leche. Este esquema también puede venir montado sobre el esquema del chongo, o el esquema del chongo dado vuelta (gordito puto).
En fin, amigos, éstos son los siete ladrillos básicos de la estética menstrualiana. Es como una tabla periódica de los elementos, sólo que más aburrida, y con muchos menos elementos. Es como jugar al Rasti con siete ladrillitos. Alguien podrá decirme, y quizás con razón: “Bueno, pero el número de constantes no implica que los resultados sean igual de aburridos”. De hecho, un matemático diría que con siete elementos la cantidad de combinaciones posibles es igual a 7x6x5x4x3x2. Un número bastante grande que no me animaré a calcular. En otras palabras, se puede empezar cruzando un gordito puto con un chongo, y después agregar un tragaleche, y los resultados pueden alterarse bastante.
Vuelvo a decir que lo de Naty no es lo peor que he leído. A veces el masoquismo me lleva a leer a Marcelo Figueras, a José Pablo Feinmann, y hasta a Jaime Bayly. Bayly ha escrito toda su novelística con sólo dos (o tal vez tres) ladrillos primarios o elementos. A saber: soy periodista peruano de clase alta, y soy bisexual. Con esos dos elementos, combinados, alterados, y recombinados hasta el cansancio, Bayly ha escrito mamotretos de más de 500 páginas, como la vomitiva El huracán lleva tu nombre. Lo de Feinmann también iría por ahí, sólo que en él la cantidad de ladrillos es variable de una novela a otra, y a veces los usa con la estructura de muñecas rusas: un ladrillo dentro de otro, dentro de otro, dentro de otro. El principal ladrillo-muñeca rusa de Feinmann es Hegel. Lo descompone, usa a veces solamente la dialéctica, a veces solamente la Filosofía de la Historia, a veces la Filosofía Política. Ahí se complejiza, porque siempre desemboca en Marx, que es otro de los ladrillos que presenta múltiples subladrillos.
Yo propondría que José Pablo Feinmann y Naty Menstrual se reunieran y publicaran un libro conjunto. Si Feinmann aporta la estructura de un mamotreto como La crítica de las armas, y Naty aporta algunos de sus ladrillos básicos, se podría llegar a un nivel superior en la literatura argentina, una colaboración que haría historia, y que prolongaría colaboraciones célebres como las de Marx y Engels, Borges y Bioy, Adorno y Horkheimer, Deleuze y Guattari. Algunos títulos que podría publicar este dúo serían: La crítica del ojete, El ejército de la pija, La astucia de la masturbación, El chongo imposible, o Cipote. Un posible título de ensayo-debate entre los dos sería ¿Quién de nosotros dos tiene las mejores tetas?


  1. CCMO

 
Él no quería hacerse un Cuerpo sin Órganos (CSO). Quería un Cuerpo Con Más Órganos. Por eso ahorró y se puso tetas. Durante meses dejó que penes ajenos lo penetraran contra aquello que sólo algunos párrocos degenerados seguían llamando natura. Semanas intensas de lluvia intensa; amarilla o marrón, riñones exprimidos o el oro oscuro saliendo del orificio más negro, y los pelos que se atragantaban, y el semen navegando libremente por los ojos. Ya no queda Logos al que desafiar. Ya todo se ha ido por la cañería. Ahora él se arrodilla ante el glande que supo conseguir en durísima batalla contra las otras locas, y, empuñando ese falo que brilla como faro en la noche (pensamiento falocéntrico de la loca), lo engulle, manchándose los labios despintados, sintiendo el sabor de su propia mierda, gelatina de heces, espermatozoides perdidos que navegan irremediablemente hacia el excremento, mientras la lengua vuelve a hablar el idioma que tanto desea, pero el deseo se ocluye ante tamaña realidad: la pija, que sigue floreciendo entre la mierda y la boca, no deja espacio para que la lengua desee; la boca se llena tanto que la noche de la garganta se ilumina, y hasta las caries de la loca reciben los rayos estelares del faro de carne, cuerpo eléctrico, carne iluminante, y entonces la boca de ella se abre, garganta-vagina; boca de mierda convertida en ano, lengua que no habla ni pronuncia, puto que habla por el culo, mientras los labios alcanzan ya a rozar las bolsas de los huevos. Tanto tragó la loca en su increíble gesticulación sin lenguaje, de lengua sin palabra, que el cuerpo erecto perdía consistencia. Tanto masticó la trola, tanto succionó la hija de puta, que al final el chongo sintió que se iba por la chota. La loca tenía como pequeñas manitos dentro de la garganta, que lo seguían acariciando, le seguían diciendo vení, vení, te le voy a sacar brillo, chongo de mi vida. Manitos que lo tocan; putitas iguales a la loca, pero como construidas en escala, que viven dentro de su garganta y le hablan al pene cada vez que pasa por ahí. El chongo se siente demasiado absorbido, demasiado dentro, siente ansiedad por volver a ver su pija, pero la loca no suelta. Está loca, la loca. Los ojos casi en blanco, las pestañas postizas que ya se le volaron a la mierda, el maquillaje corrido, y la puta no afloja, y ya ha chupado tanto que del gusto amargo de la mierda no queda nada. Ni siquiera queda algo del gusto de la pija. Es el momento en que la saliva se degusta a sí misma, cuando la puta comienza a sentir que ya no queda nada dentro del embutido, que esas burbujas son las de su propia baba que chorrea. Pero esto es simplemente el cambio de una mierda por otra. Porque esa saliva de la puta es la mierda sublimada de su propio deseo, es el punto culminante de la boca vuelta coño vuelta culo vuelta boca; la vuelta completa de la boca sobre sí misma; el giro de trescientos sesenta grados, cuando el alfa se encuentra con el omega y se lo coge. Vení, chonguín, vení que no he terminado, dicen las putitas a escala dentro de la garganta de la puta que no habla; y el chongo comienza a preocuparse: ya está vacío, ya no queda nada, y sin embargo la hija de puta sigue, succión, lamida, tragada, raspaje hasta el fondo, succión, lamida, tragada, raspaje hasta el fondo. “Qué lástima no haber tenido un útero para poder cogerme a mi propio feto”, piensa la loca. “Qué lástima no haber tenido un hermano gemelo para cogérmelo en la panza de mi madre y pensar que me estaba cogiendo a mí mismo”, se lamenta la prostituta. “Qué lástima no poder hacerme un raspaje de verdad, no tener un coño para culearme a mí mismo, ser hermafrodita y prostituto, salir a robar a los mercaditos chinos para poder pagarme a mí misma mi propia prostitución”, se lamenta la yegua. Y sigue chupando, mientras siente que un fuego nace en sus entrañas. Como una soda calentita. Como un ananá fizz calentado al sol de las siestas de diciembre. Eso siente la puta, mientras su pija comienza a tomar forma, a levantarse. La loca hermafrodita activa sus herramientas de macho. El puto succiona pero ya su mitad machita que también tiene farol quiere prenderse, alumbrar la noche del ojete del chongo. Rápidas como las manos de la madre de César Isella, las manos de la trola toquetean el orto ajeno, reconocen la mezcla de montes y valles poblados por la piel aún erizada, y uno de sus dedos se introduce en el orificio, provocando un último estertor peniano, un último suspiro de macho al que le empieza a gustar (ya que estamos folclóricos: como si a Horacio Guarany le tocaran el culo detrás del escenario en Cosquín, y le gustara). La trola avanza. El chongo retrocede. La puta se excita (la soda caliente, caliente, hierve). La puta y el puto van de un extremo al otro, trescientos sesenta grados, setecientos veinte, vuelos intensos, el omega le devuelve al alfa lo que aquél le había dado primero, los extremos se tocan, yin y yang, la chonga encara, el otro retrocede, avances, metamorfosis, vuelos intensos. La chonga siente acercarse la figura que lo mueve por dentro. Hay algo que lo excita más que el hecho de tener tetas. Más que imaginarse succionando el pene de su hermano gemelo en el vientre de su madre; más que imaginarse que es su propio aborto raspándose a sí mismo y tomándose sus propios jugos espesos. Viene la soda. El ananá fizz. La loca imagina la cara de la Fernández Meijide, y eyacula.   

Por Maximiliano Sánchez