Libros en la cama
En el erótico formato grande del New York Times, que todas las mañanas descansa en mi mesa de desayuno, aguardando en silencio mi atención, apareció hace poco lo que a mi juicio era un artículo perfectamente razonable de Adam Hochschild sobre el horror de la televisión en los aeropuertos. “En las salas de embarque infectadas por la televisión”, escribía Hochschild, “la mayoría de los pasajeros trata de hablar, trabajar o leer. Pero el ruido penetrante de la tele se infiltra como una aguja en las conversaciones y en las páginas”. Su queja suscitó enseguida réplicas de los perfeccionistas, los resonadores y los refutadotes típicos que escriben cartas al Times. Un perfeccionista sugirió que la televisión en los aeropuertos funcionase en silencio, con subtítulos. Un resonador escribió, de forma conmovedora, sobre el horror análogo del “olor y el sonido de las palomitas de maíz” en los cines; otro invitaba a los lectores a “intentar pasar la noche en un hotel moderadamente caro sin tener que soportar el amortiguador de ruidos de las entrevistas televisivas”. (¡Cuánta cólera en ese “amortiguador de ruidos”! Nada refuerza más mi fe en la humanidad que la dispepsia de las cartas al Times.) Hubo también, sin embargo, un refutador clásico, el presidente de las cadenas privadas Turner, que afirmaba, peregrinamente, que la televisión en los aeropuertos no es “molesta” y, de un modo más convincente, que Hochschild está “más solo de lo que piensa”. Al parecer, la encuesta de Nielsen muestra que el noventa y cinco por ciento de los que viajan en avión cree que la televisión mejora el entorno del aeropuerto, y el ochenta por ciento piensa que “hace más agradable el tiempo que se pasa en un aeropuerto”. Compadecí a Hochschild cuando leí esto. Cuando él trataba, valientemente, de prestar su voz a una mayoría silenciosa de dolientes, con la esperanza de despertar la indignación colectiva, he aquí que aparece alguien con una cifra—noventa y cinco por ciento—y le quita el suelo de debajo de los pies. Lo han asaltado con un porcentaje.
Esta cuestión de los porcentajes, que son un rasgo de la era de la información—como amigos o tiranos, según lo normal que seas—estaba presente en mi pensamiento cuando este invierno me embarqué en un estudio sobre los libros de sexo popular contemporáneos y tropecé con la evidencia de que soy uno de los pocos norteamericanos heterosexuales que no se excitan con lencería sofisticada. En las librerías, los libros de sexo popular suelen estar colocados en las estanterías dedicadas a la “salud” (un tema de tal importancia para la cultura que cabría decir que todos los libros que ahora se publican, incluidas las novelas, podrían hallarse en esos anaqueles), y, como la “salud” sexual es algo imposible de definir objetivamente, ofrecen al lector un surtido singularmente rico de dictámenes normativos. “Sujetadores y bombachas de encaje a juego, ligas y medias, corpiños, tangas y camisetas: la mayoría de los hombres no se cansa nunca de estas prendas”, escribe Sydney Biiddle Barrows, la Madamde Mayflower, en Just Between Us Girls. Más adelante añade: “Por la razón que sea, los corpiños y los corpiños adaptables a un liguero parecen ser prendas casi universalmente populares”. La doctora Susan Block, en The 10 Commandments of Pleasure, ordena a sus lectoras: “Usa lencería”, y explica que “los hombres a quienes les encanta el sexo aman a la mujer que piensa en ello, que se viste para eso”. Susan Crain Bakos, la autora de Querida superlady del sexo, coincide: “A los hombres les encanta que vayas a la cama con tacos altos, corpiño y medias”. Para que estas generalizaciones no parezcan poco científicas, los autores de Sex: A Man´s Guide informan de que, según su encuesta entre los lectores de Men´s Health, la lencería es “sin duda… el aditamento erótico favorito del hombre norteamericano”.
No tengo objeciones que hacer a un sujetador bonito, y menos aún a que me inviten a desabrochar uno. Pero la ropa de burdel similar a la que vende Frederick´s en Hollywood me calienta casi menos que un desfile de animadoras en el intermedio de una Super Bowl. Cuando oigo que la inmensa mayoría compra realmente estos artículos siento la misma alienación común y corriente que cuando me entero de que Hootie&Blowfish han vendido trece millones de copias de su primer disco, o de que el sueño de los norteamericanos es levantarse a Cindy Crawford. En un sentido, me enorgullezco de no ser como todo el mundo. Pero, como cualquier bicho viviente, estoy preocupado por el sexo, y admitir que en materia de sexo no soy como todo el mundo conduce directamente a la inquietud de que no soy tan bueno—o, en todo caso, que no me divierto tanto—como cualquier vecino.
La inquietud sexual es un hecho primario; el amor físico siempre ha entrañado el riesgo de que nuestro ego más desnudo sea rechazado. Parece haber un consenso sobre que el varón norteamericano actual está muy agitado a causa “del cambio de roles sexuales”, de “las imágenes del sexo que dan los medios de comunicación”, etc. De hecho, sólo estamos experimentando la inquietud de un libre mercado. La contracepción y la facilidad del divorcio han eliminado las trabas de la economía del sexo y, al igual que los ciudadanos actuales de Dresden y Leipzig, todos queremos creer que estamos mejor bajo un régimen en el que hasta el hombre más pobre puede soñar con la riqueza. Pero ahora que se derrumban los antiguos muros de la represión, muchos norteamericanos—descartadas las esposas, en primer lugar, que son como las obreras desplazadas de una fábrica de Trabant; o los hombres sexualmente ineptos, que son el equivalente de los burócratas de una economía totalitaria—se han vuelto nostálgicos de los monopolios del antiguo estado. ¿Qué son las reglas sino una tentativa de volver a regular una economía que causa estragos alarmantes?
Hasta que las “reglas” se hagan universales, empero, el consuelo que brinda la economía de mercado procede sobre todo de las normas. ¿Te preocupa el tamaño de tu pene? Según Sex: A Man´s Guide, la mayoría de las erecciones masculinas oscilan entre los trece y los dieciocho centímetros. ¿Te preocupa la arquitectura de tu clítoris? Según Betty Dodson, en la edición revisada de su Sexo para uno: el placer del autoerotismo las variaciones son “asombrosas”. ¿Te preocupa la frecuencia? “Los norteamericanos no tiene una vida secreta de sexo abundante”, concluyen los investigadores de Sex in America. ¿Te inquieta lo que tardas en llegar? De promedio, dice Sydney Barrows, una mujer tarda dieciocho minutos, un hombre sólo tres.
Sin embargo, el problema de recurrir al consuelo de las normas no sólo estriba en que quizá no las cumplas, sino que quizá las cumplas perfectamente todas. ¿Quién quiere ser sexualmente igual que todo el mundo? ¿No es el dormitorio, acaso, el sitio donde espero sentirme especial? Lo último que deseo es que me recuerden el hecho vagamente repulsivo de que, a lo largo y ancho del país, millones de personas están practicando el sexo. El dilema del individuo frente a la masa, de la cual no puede evitar saber más de lo que quisiera, es el siguiente: quiero estar solo, pero no demasiado. Quiero ser igual pero diferente.
Los libros de sexo popular son sólo una parte de la industria del sexo, pero cabría argumentar que son su ala más representativa, precisamente porque son libros. Si un fetiche sexual se entiende como un desplazamiento de las energías genitales, entonces el lenguaje, más incluso que la lencería, es de lejos la parafilia predominante en el país de hoy. No se puede enseñar un pecho desnudo en la televisión, pero no hay límites a la lascivia encubierta de las charlas sobre violación, incesto y hostigamiento sexual. El cibersexo y el sexo telefónico son medios mucho más populares de evitar fluidos íntimos que el culto, por ejemplo, a las rodillas o los pies.
Si bien nuestros escritores de sexo popular parecen reconocer el ascendiente del lenguaje, no confían en que sus lectores sepan emplearlo, o ni siquiera cuándo hacerlo. En Sex: A Man´s Guide nos enteramos de que se puede incitar a los amantes a hablar sucio confeccionando listas de términos “clínicos” y “soeces” y comparándolos. La doctora Block enumera cuarenta y cinco nombres cariñosos posibles para el pene, entre ellos “chismecito”, “varita” y “émbolo”, y ordena a sus lectoras: “Elige uno”. (A los espíritus más aventureros se les exhorta a “inventar algo especial” que se ajuste a “su especialísimo gusano prodigioso”.) Susan Bakos informa a los amantes tántricos del momento apropiado para “susurrar palabras tiernas” y sugiere a las mujeres que quieren aprender a decir porquerías que alquilen algún video porno y lo estudien minuciosamente. “En cuanto te sientas cómoda diciendo las palabras tal como las ha escrito un guionista”, nos dice, “puedes personalizarlas para que se parezcan más a como hablas”.
La lectura de un libro de expertas instrucciones sexuales debe clasificarse cerca del punto más bajo en la escala de los pasatiempos eróticos: más o menos a la altura de pelar una naranja, y un poco por encima de limpiarse los dientes con hilo dental. Uno de los problemas reside en que, pese a que su intención es justamente la opuesta, estos libros, tanto colectiva como individualmente, hacen que el mundo del sexo parezca muy pequeño. Da lo mismo que haya tantas maneras de acoplar miembros del cuerpo o que Alex Comfort ya haya dicho, y bien, en obras que han vendido más de ocho millones de ejemplares, casi todo lo que se puede decir al respecto. En general, parece que hay escasísimas tradiciones en que apoyarse. Un autor tras otro deriva la etimología de “cunnilingus”, recalca la importancia de hacer ejercicios “kegel” para fortalecer los músculos pubicoxiales y cita a Shakespeare a propósito del alcohol. (“Enciende el deseo, pero impide consumarlo”.) Autor tras autor insiste en que los hombres son “seres visuales” y que el tamaño del pene tiene menos importancia que lo que su propietario hace con él. Cuando la sabiduría popular se agota, el consejo se torna sombríamente ocioso. La doctora Susan Block ordena a los amantes: “Hablen con lenguaje infantil, o por lo menos pongan nombres cariñosos.” En Querida superlady del sexo, cuyo subtítulo promete “consejos exóticos que tu madre nunca te ha dado”, Susan Bakos aconseja a los hombres que cuando se masturben utilicen, “en combinaciones diversas”: la caricia lenta, la rápida con una mano, la lenta con la mano ahuecada, la caricia con un dedo, el bombeo de muñeca, la bofetada, el golpe, la fricción, el estrujado, la caricia con la mano abierta y la caricia simuladora de vagina; hay instrucciones para cada una de ellas.
La alegría en cursiva con que los autores de sexo popular transmiten lo inútil y lo trivial es idéntica a la de los locutores de televisión en aeropuertos, cuyo talento más sorprendente es su capacidad de contagiar (o de fingir, como un orgasmo) un nuevo asombro por el último avance en la seguridad del automóvil. En su intento de hacer fascinante y nuevo lo que no es ninguna de las dos cosas, los autores no cesan de acuñar neologismos. Te sueltan “sexación”, “protoamante”, “almargasmo” y “sexoadós” con el supremo aplomo que los públicos norteamericanos exigen ahora de los exhibicionistas profesionales. La doctora Block, que se procama “filósofa erótica”, ilustra sus mandamientos con atisbos de su marido en la cama con ella: “Max gruñe como un chimpancé cuando quiere chupármela, y luego gime y arrulla y me dice que estoy deliciosa mientras me sorbe.” A las personas que nunca han compartido una fantasía con su amante pero “quisieran probar”, la filósofa les recomienda: “Vean juntos el Programa de la Dra. Susan Block: ¡eso estimulará sus fantasías!”
No todos los libros de sexo popular apuntan tan literalmente a la televisión, pero sí todos parecen procurar que el sexo (el libre placer personal de la vida anterior) se enrede en la telaraña del gasto consumista. Al lector se le exhorta sin tregua a comprar videos eróticos, lencería fina, velas, champán, incienso, aceites, vibradores, perfumes, espuma de baño. La doctora Betty Dodson parece más una invitada publicitaria que una profetisa de una utopía autoerótica; en dos ocasiones da a sus lectores una dirección donde se pueden encargar videos. Sydney Barrows sugiere que alquilar coches de lujo, llevar abrigos de piel hasta los tobillos y tomarse vacaciones caras reanimará el matrimonio más marchito. En Querida superlady del sexo, Susan Bakos se propine recopilar para el lector supuestamente pobretón la esotérica ciencia sexual que los miembros de las clases adineradas gastan fortunas en adquirir. Evidentemente, el mejor sexo es el que hoy disfruta una afortunada elite internacional que puede desembolsar 625 dólares en talleres de orgasmos múltiples. Ya esté entrevistando a “hermosas cortesanas francesas” o a un maestro de yoga Kundalini, Bakos se desvive por recalcar el aspecto demográfico de su clientela. Son “jeques”, viven “recluidos” en casas de las afueras, visten “trajes de negocios” y toman “cafés aromáticos”.
En cuanto a los beneficios de un sexo mejor, Betty Dodson refiere que después de asistir a una de sus clases sobre la vulva, una mujer pidió un aumento de sueldo en el trabajo, “¡y se lo dieron!” (Dodson atribuye el amor propio robustecido de esta mujer al hecho de haberse convertido en “concha positiva”.) Y un aumento de sueldo es una bagatela comparado con las promesas de estos autores, expresas o insinuadas, para la sociedad en su conjunto sexualmente liberada. Veremos la desaparición de “los prejuicios y la hipocresía, la congoja y la desdicha, la soledad y la violencia”; la obsolescencia de las pistolas y los misiles; la expansión del “espíritu creativo” y la renovación de “la alegría de vivir”. He aquí la “fantasía futurista” de liberación de Dodson:
“Es Nochevieja de 1999. Todas las cadenas de televisión han accedido a permitirme que produzca orgasmos en toda Norteamérica. Cada pantalla de televisión mostrará porno artístico de alta tecnología, creado por los mejores talentos que existen en este país. Al sonar las campanadas de la medianoche, toda la población se masturbará hasta el orgasmo por la paz del mundo.”
Fue Mao la pestilente inspiración de que para que triunfe de verdad una revolución, no debe detenerse nunca, y la versión de nuestra cultura sobre la revolución sin fin está compilada y destilada en los libros de sexo popular: una propaganda incesante de felicitaciones a uno mismo unida a una invocación incesante del enemigo todavía poderoso. Si alguna vez se declarase la victoria de la revolución sexual, la gente ya no necesitaría las instrucciones y guías impartidas por fuentes comerciales. En consecuencia, nuestros expertos llenan sus libros con recordatorios de lo bien que estamos comparados con nuestros abuelos. Alaban la ciencia de Alfred Kinsey y Masters y Jonson; se regocijan en reventar el mito freudiano del orgasmo vaginal “maduro”; ridiculizan, bajo banderas como “Los anales de la ignorancia”, la incurable estupidez de los seres humanos de hace un siglo. Pero los perros de la represión sexual siguen acechando en jaurías delante de nuestra puerta. Un autor culpa a “los valores familiares estrechos y paternalistas, a la usanza de los años cincuenta” y a nuestra “educación sexual negativa, avergonzada de los genitales”, mientras que otro lo atribuye al “matrimonio tradicional” y a “los activistas contra el porno que se proponen preservar sus ilusiones románticas”. Absolutamente todo el mundo culpa a la religión. Si escuchamos a los expertos, vivimos en una nación sexualmente reprimida, bajo la oscura férula del catolicismo, el fundamentalismo y la ignorancia.
Me pregunto en qué mundo viven esos expertos. Parecen ciegos al modo en que actúan y se visten los quinceañeros de hoy, no parecen enterarse de la atmósfera de licencia sexual de la que ellos son los beneficiarios directos, y desconocen totalmente el amplio cuerpo de erudición reciente, obra de estudiosos como Meter Gay y otros, que ha revelado, por debajo del barniz de “represión” victoriana, un universo de experiencia sexual tan densamente ramificado como el nuestro. No hay duda de que todavía existen unos pocos adolescentes norteamericanos que optan por conceder más peso en sus vidas a los escrúpulos religiosos que a la cultura pop. ¿Pero quién es la doctora Susan Block para decir a estos chicos que han elegido mal? Por lo que atañe a la abrumadora mayoría de jóvenes que prestan más atención a Los vigilantes de la playa que a la Biblia, tienen realmente suerte por vivir en una época en que es archisabido, por ejemplo, que las mujeres tienen orgasmos y que pocos, si alguno, son vaginales. Vale la pena puntualizar, con todo, que esto llegó a ser de conocimiento público gracias al creciente poder de las mujeres, y no al revés.
Por muy valientemente que me resista a la nostalgia, me atraen los silencios victorianos. La doctora Block, en un infrecuente acceso de lucidez, observa: “La ironía de crear un tabú es que cuando se prohíbe algo a menudo se vuelve muy interesante.” El sexo en una época de aparente represión tenía, al menos, la ventaja de labrar un espacio de intimidad. Los amantes se definían por oposición a la cultura oficial, lo que tuvo por efecto que cada descubrimiento fuese personal. Hay algo profundamente tedioso en lo que promulgan, aunque sólo sea como un ideal, los expertos actuales: una larga vida de sexo vigoroso, incesante y “pleno”, y la misma historia en cada hogar. Aunque me duele recordar lo inocente que era a mis veinte años, no tengo deseos de volver a escribir mi vida. Hacerlo eliminaría los momentos de descubrimiento en que panoramas completos de experiencia se abrían de la nada, momentos en que pensaba: “O sea que es así.” Del mismo modo que cada generación necesita creer que ha inventado el sexo—“El comercio sexual comenzó/en mil novecientos sesenta y tres/(Bastante tarde, es cierto, para mí)” era el lamento imperfectamente irónico de Philip Larkin—, todos merecemos nuestros propios hechizos secos y nuestras propias revoluciones. Es lo que hacen de nuestra vida una buena historia.
Por desgracia, las historias así se pierden fácilmente entre las certezas escurridizas de nuestra cultura mediática: que un aluvión de información produce conocimiento, y que la comunicación incesante produce comunidades. Susie Bright, Susan Block y la doctora Ruth hablan en voz alta y son accesibles por cable. Puedes encenderlas, pero no apagarlas. Parlotean sobre el frenillo, el perineo, el punto G, la técnica de estrujamiento, los chimpancés bonobo, los vibradores, las camisetas y ligueros, los orgasmos del oído y de los dedos del pie. Su obra crea al aficionado patoso. Su descubrimiento de la “técnica” sexual crea una población desprovista de técnica. La cultura popular a la que pertenecen se asemeja, por tanto, a una fiesta en la playa de la MTV. Desde fuera, la fiesta parece divertida, pero para los espectadores pasivos su rasgo más sobresaliente es que no los han invitado. “¿Hay personas que tiene múltiples orgasmos… experiencias orales electrizantes, sesiones de amor increíbles y emocionalmente intensas que duran horas?”, pregunta Susan Bakos al lector. “Por increíble que parezca, sí. ¿Por qué tu no?” A un lector solitario se le podría disculpar que responda: “Porque tengo una televisión en mi dormitorio.”
La palabra “parafilia” tiene una connotación de perversión, de algo malsano. Pero aunque sea casi indudable que nuestra cultura fomenta un desplazamiento parafílico de lo genital a lo verbal, este fenómeno no es intrínsecamente enfermizo. El motivo de que la lectura de un libro se sexo pueda mitigar la soledad (al menos temporalmente) es que el sexo es tan imaginativo como biológico para los seres humanos. Cuando hacemos el amor, tenemos para siempre en la cabeza una imagen de nosotros mismos haciendo el amor. Y, aun cuando reemplazar un cuerpo cálido por un texto erótico puede no ser más que una manera de engañar a nuestros genitales, lo notable es que este engaño funciona muy a menudo. Cuando yo tenía catorce años, exploraba de cabo a rabo mi Webster´s Collegiate en busca de palabras como “coito”. Rebuscando los pasajes obscenos en Ann Landers Talks to Teenagers About Sex, me excitó saber que la mera imagen de una “chica con un suéter ceñido” basta para despertar el deseo de un adolescente.
Para la persona que busca estas emociones escritas pero no tiene recursos para recopilar su propio surtido de textos que causan escalofríos, existe ahora The Joyo f Writing Sex: A Guide for Fiction Writers, una especie de volumen para-parafílico de la novelista Elizabeth Benedict. Este nuevo Joy consta sobre todo de escenas eróticas espigadas de la obra de narradores contemporáneos y comentadas por las glosas joviales y aseptizadas de la propia Benedict. Por muchas emociones subversivas que pueda proporcionar El lamento de Portnoy, es difícil que sobrevivan a un análisis como éste: “Roth logra convertir el tópico de la primera visita de un adolescente a una puta en una escena densa y desternillante que nos remite de nuevo a los temas de la novela, la lucha entre ser un buen y un mal hijo judío, y la de ser tan pícaro como te pide la libido.” Benedict confiesa que un gran aliciente de escribir el manual era que podía “leer libros de sexo y durante largos periodos no pensar en nada más que en sexo”. Que ella considere envidiable esta circunstancia puede explicar la profunda afinidad—los paralelos tan sorprendentes—entre su producto y los de los autores de sexo popular. La etiqueta del precio es su destino.
Como los sexólogos populares, Benedict felicita a nuestra época por la ilustración de que disfruta y felicita a sus lectores por su buena suerte al haber llegado a la mayoría de edad después de la publicación de Miedo a volar. Alude a las “incalculables tragedias de la autocensura” que sufrían autores de los tiempos oscuros anteriores a 1960, y denuncia a las fuerzas del mal (puritanismo, fundamentalismo, gobiernos sexualmente represivos) que amenazan nuestra precaria libertad. Si bien ella también, como la doctora Block, reconoce brevemente la excitación que genera un tabú (“Ahora que se puede decir todo, ¿qué queda por decir?”), proseguir este argumento socavaría su proyecto, con lo cual se abstiene de hacerlo. Similarmente desganada es su admisión de que divorciar la técnica de las escenas de sexo de los más vastos desafíos de la escritura de buena ficción es tan inútil como divorciar la técnica sexual del reto de amar a alguien. Al final resulta que un buen texto de sexo se parece mucho a un buen texto de ficción en general. Posee, dice ella, “tensión, conflicto dramático, desarrollo del personaje, perspicacia, metáforas y sorpresas”. Estas cualidades son las de las caricias lenta y rápida, con una o con dos manos, a las que Benedict vuelve, en diversas combinaciones, a lo largo de su libro. Elude los tópicos, aconseja: o como mínimo, “dales un sesgo singular”. Procura que “la escritura sea interesante”. No olvides: “No tienes que ser explícito, pero sí específico”. Y si no encaja, absuelvan (1).
Aunque Benedict cree que puede liberar al lector de los “demonios” de la autocensura, es vaga respecto al modo exacto de hacerlo. En un momento dado, sugiere que la liberación es simplemente una cuestión de agallas: “Pregunta: ¿Quiénes son tus censores y cómo silenciarlos? Respuesta: “Hazlo, eso es todo.” Pero un libro que se propone otorgarnos “permiso par probar” nuevas posibilidades exige un artífice ejemplar, y, como en el caso de Betty Dodson, cuyo Sexo para uno: el placer del autoerotismo refiere sobre todo los éxitos profesionales de Betty Dodson, la obra que más interesa a Benedict es la suya propia. Incluye cuatro pasajes enjundiosos de su narrativa, y los elogia con una ingenuidad encantadora. (“Estas escenas son emocionalmente complejas…”) Al mismo tiempo, se cuida de recordarnos que sus talentos no proceden de ningún manual. Dice que en su propia obra no ha “intentado concientemente crear conflicto o insertar sorpresas”, auque, efectivamente, ahora cae en la cuenta de “lo importantes que son estos elementos”.
El fraude de The Joyo f Writing Sex es menos grave que el de los manuales de sexo, pues todo hombre puede ser un rey en la cama y toda mujer una reina, pero no todo el mundo puede ser un novelista de éxito. Nietzsche dijo: “Los libros para todo el mundo son siempre malolientes; se les pega el olor de la gente corriente.” Lo cierto, por supuesto, quizá sea que no soy superior al hombre de al lado. Pero ¿quién quiere saber una verdad así? Del mismo modo que todo amante, en cierto grado, cree que hace el amor como nadie lo ha hecho en ningún otro lugar del planeta, todo artista se aferra con uñas y dientes a la ilusión de que el arte que produce es vital, necesario y único.
El elitismo estético, el esnobismo sexual, no son las actitudes reprobables que nuestra cultura les obliga a ser. Son los esfuerzos del individuo por asegurarse un pequeño espacio de intimidad dentro del barullo reinante. Todo el mundo debería ser elitista… y guardárselo para sí.
***
El único servicio grato que Benedict presta en Joy es la extirpación quirúrgica de las escenas sexuales de su contexto. Pienso que cuanto más sinceramente explícitos son los fragmentos obscenos de una novela, tanto más piden que se los elimine. Cuando yo era adolescente, las novelas eran caballos de Troya por medio de los cuales la excitación se introducía a veces de prepo en mi vida a resguardo. A lo largo de los años, sin embargo, he llegado a temer la aparición de las escenas de sexo en la narrativa seria. Llamémoslo el fracaso orgásmico: cuanto más absorbente el relato, más le temo. Con frecuencia las frases empiezan a alargarse al estilo de Joyce. Mi propia inquietud crece por simpatía con la del autor, y enseguida las crudas exigencias de nombrar partes y movimientos del cuerpo—algo tan monótono—pinchan la frágil burbuja del mundo imaginativo. Cuando el sexo se relata de forma convincente, tiende a leerse como un pasaje autobiográfico, y mi deseo de inmersión en la bioquímica de un desconocido tiene sus límites. Unos pocos genios—Philip Roth puede ser uno de ellos—poseen la habilidad o la jactancia de describir con arte el sexo explícito, pero en la mayoría de las novelas, incluso en las que, por lo demás, son excelentes, la nomenclatura corporal está fatalmente contaminada por el empleo previo que han hecho de ella escritores cuya sola meta es calentar al lector.
Jacques Derrida demostró en su tiempo, en el sublime contorsionismo de su ensayo Mitología blanca, que el lenguaje es un sistema tan autosuficiente que ni siquiera puede demostrarse que una palabra básica como “sol”, empleada por cualquiera que utilice el lenguaje, se refiere a un Sol objetivo y extralingüístico. Una vela es como un sol pequeño, pero el sol es como una vela grande; examinado de cerca, resulta que el lenguaje opera por medio de asociaciones de metáforas laterales, y no por medio de identificaciones verticales de nombres. Entonces, ¿qué es “sexo”? Todo es como él, y él es como todo: como la comida y las drogas, como leer, escribir, hacer un trato, como la guerra, el deporte, la educación, la economía, las relaciones sociales. Al final, sin embargo, cada orgasmo es más o menos lo mismo. Tal vez por eso escribir sobre sexo es a la vez eficaz y aburrido. El lenguaje de lo nominal, del tipo concha-caliente-resbaloso-palo-tieso-pija se destina a y concluye en su propia clausura. El orgasmo es una especie de compra consumista y, de una forma u otra, el lenguaje que se ocupa de él sigue siendo siempre una especie de copia de un anuncio.
El lenguaje como sexo está lleno de los peligros de un eros de duración indefinida. Cuando leo una novela en la cama, espero que su autor me sea fiel. Ahora mismo estoy leyendo Alta fidelidad, de Nick Horbny, una agradable parodia de la inquietud masculina en que la novia del narrador lo abandona por el vecino de arriba, un hombre de quien él ahora se acuerda de que era “como un demonio” en la cama:
“Aguanta el tiempo que hace falta, dije una noche en que estábamos acostados, mirando al techo despiertos. Yo no tengo tanta suerte, dijo Laura. Era una broma. Nos reímos. Ja, ja, ja, soltamos. Ja, ja, ja. Ahora no me río. Nunca una broma me ha causado tanta náusea, paranoia, inseguridad, compasión de mí mismos, miedo y duda.”
Cuando en el horizonte del relato se perfila por fin una auténtica escena de sexo, al cabo de cien páginas de una novela que casi por completo trata del sexo, mi desagrado ante la perspectiva de un fracaso orgásmico lo mitiga una rara circunstancia: en realidad me están pareciendo muy eróticos tanto el objeto de amor femenino (una cantante de Folk-rock norteamericano) como el escenario (un departamento desnudo en un desolado vecindario de Londres). Aunque no aguardo con impaciencia los pezones endurecidos y la expulsión de esperma que parecen inminentes, estoy dispuesto a perdonarlos y quizá hasta a gozarlos. Pero cuando, después de ocho páginas de demora en torpes negociaciones y agitación precoital, Horbny mete a sus amantes en la cama, el narrador declara bruscamente: “No voy a entrar en todo este rollo de quién le hizo tal cosa a quién.” Puesto a elegir entre la fidelidad al “qué ocurre” y la fidelidad al lector, Hornby no lo deja en la estacada. Con una frase sencilla baja el telón y me demuestra que él también, en algún momento de sus lecturas, ha experimentado el mismo suspense incómodo que yo acabo de experimentar, y por un instante, aunque estoy solo en la cama con un libro, no me siento solo. Por un instante pertenezco a un grupo no tan grande como para ser una muestra de importancia estadística ni tan pequeño como el ego desnudo. Es un grupo de dos personas, el escritor fiel y el lector confiado. Somos distintos pero somos iguales.
(1997)
Por Jonathan Franzen
(1)
Frase pronunciada por Johnny Cochran, abogado defensor de O. J. Simpson, célebre deportista acusado de asesinar a su ex mujer y a un amigo de ésta. Durante el juicio, a Simpson se le pidió que se probara un guante ensangrentado que supuestamente utilizó el asesino: no le entraba bien. De ahí la admonición de su abogado al jurado: “Si no le entra, tienen que absolverlo.” Y, en efecto, Simpson fue absuelto.
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