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One La primera palabra que aparece en The Palermo Manifesto es "Dios". Está en la cita elegida por Esteban Schmidt como introducción al discurso de Estebitan, orador que se dirige al público a veces con modales de predicador y otras de comediante -aquí se distinguirá autor y narrador según corresponda, pese al hecho de que uno y otro se encuentren tan próximos, según es costumbre en los géneros híbridos que contiene este libro: arenga, diatriba, crónica, ensayo-ficción, etc.... Lo cierto es que en el momento algo solemne del epígrafe, Estebitan es presentado bajo el amparo de esa plegaria célebre gracias al programa de Alcohólicos Anónimos y que Schmidt asigna correctamente a su creador, el teólogo protestante y filósofo norteamericano Reinhold Niebuhr: "Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo cambiar y la sabiduría para reconocer la diferencia".
La Plegaria de la serenidad , traducida y reformulada de modos ligeramente distintos desde su probable origen en la década de 1930 (aunque algunos la suponen inspirada en San Francisco de Asís), es expresión de una filosofía política que sin embargo está en las antípodas del discurso de Estebitan, un discurso descreído, desacralizador, desesperanzado y provisto de todos los "des" que hagan falta para destruir ilusiones y zonas comunes construidas en la Argentina posdictadura militar hasta nuestros días -en particular, esa zona común llamada Palermo que, por supuesto, es mucho más que un barrio: es una sensibilidad (o una falta de ella) extendida fuera de sus cuarenta manzanas pero que, con todo, puede radiografiarse con exactitud en esas cuarenta.
La filosofía de Reinhold Niebuhr (autor de El hombre moral y la sociedad inmoral ) era una suerte de realismo político cristiano que se oponía tanto al pesimismo como al optimismo como determinaciones peligrosas para la vida social. Niebuhr afirmaba que el hombre no es naturalmente virtuoso ni totalmente depravado. Que el pecado -definido como la afirmación desordenada del ego humano- existe en todos los niveles de la experiencia social. De allí deriva su pedido-plegaria, que en el original en inglés incluye la idea de gracia : " God, give us the grace to accept... ". Según Niebuhr, el mal sería una condición que comparten todas las personas, incluidas por supuesto aquellas que tienen poder politico y económico. Como en todos existe tanto el mal como el bien, nadie podría juzgar a los otros por inmorales (como si uno no lo fuese) y afirmar la propia superioridad moral como justificación de sus opciones políticas; o sea, nadie tendría el derecho de "santificar la propia postura". De allí la exigencia de que una sociedad desarrolle mecanismos de control sobre aquellos que tienen el poder, para así evitar los déspotas y los abusos -o reducirlos a un mínimo no peligroso. Ese seria el radical realism -con perdón- de una filosofía cristiana protestante aplicada.
Pero la Argentina no es un país pródigo en realismo político, radical o no. Los mitos de varias generaciones están claramente expuestos por TPM . En la frase, el riff: "Queríamos vivir bien cuando nacimos; cuando crecimos, queríamos ser Suiza". Y también: "que la Argentina fuera Canadá". Eso está desde el very beginning . Hay mucho delirio, muchas fantasías impracticables. Es acaso nuestro encanto. Y nuestra cruz (aquí, "nuestro" pasa a ser un plural que abarca mucho más que los "dos o tres mil tipos y minas que valen la pena en este país" de TPM aunque los incluye, dicho esto sin ninguna intención populista). Tenemos todo el derecho a soñar, en efecto, con un espacio social que tenga menos desigualdades, mayor seguridad jurídica, tiempos más lentos de cambios históricos. Un lugar más tranquilo, apacible. Menos violento, menos arrogante, menos bruto. Un lugar más delicado. Pero la tierra prometida a varias generaciones que colonizaron este suelo también incluía otros sueños (de extracción de riquezas, poder, dominio sobre fuerzas nativas). La frustración de todos esos sueños terminaria por dar paso, naturalmente, a la furia.

Two Hablar desde el yo, exponer el propio punto de vista en primera persona (sea en plural o en singular) no es necesariamente un síntoma de egolatría. Todo depende, por supuesto. Depende qué se diga. El discurso puede ser un suicidio del yo, en especial si es arrastrado por un flujo barroquizante, descentrado, esquizo, entre futbolero-chabón-intelectual, como el que presenta TPM en sus mejores momentos, con su burla al tourist-friendly Buenos Aires ("Andá a sacar una foto de Nazca, de Boyacá. A ver quién viene a conocer"), con su escepticismo secular pero también ese relativismo integrador de religiones, capaz de interesarse hasta en Bin Laden por "su errancia en las cuevas de Asia" si ello sirve para el imprescindible repudio a una "sociedad del espectáculo" donde "los maestros tienen tanto predicamento como una cajera del Eki porque los arremolinamientos y el respeto se corresponden siempre con la plata o con el poder".
Son sus movimientos de desterritorialización (sus salidas de los enclaves barriales de la cultura argentina) lo que vuelve potente al discurso de Estebitan. Sus declaraciones antioficialistas en sentido amplio: "cuando escuchamos algo que suena a oficial encendemos la sierra eléctrica". Sus bajadas de línea confesionales: "queremos sermonearlos que no vayan a esos lugares a hacer el caldo gordo, vayan a hacerles terrorismo" (refiriéndose a Flacso aunque con x). Su "nosotros" nunca termina de ser del todo creíble, porque si bien expone la aspiración a cierta identidad -generacional, geográfica, política-, en el Palermo de Estebitan (la Sodoma y Gomorra de la época) se estila el vanguardismo como ademán retro: uno es tan post que puede parodiar los gestos de las vanguardias históricas. Ejemplo: el manifiesto. Recordemos que parodiar es para-odiar. Y que puede incluir los chistes bajos, formas de hacerse el canchero, el cachador. El famoso crítico canchero, que realiza una puesta actoral de sí mismo como alguien con superioridad, si no moral, intelectual -algo que aquí, por cierto, aparece matizado con nostalgia autoirónica."Fue muy cansador y solitario intentar durante veinte años la diferencia moral. Terminamos siendo tan invisibles como el que más haya hecho por evadir las responsabilidades... El mundo nunca percibió nuestras buenas intenciones". Finalmente, los"dos o tres mil tipos" -pero en realidad puede decirse que "con toda la furia somos sólo doscientos los que podemos arriesgarlo todo"- no es una figura que se constituya como voz colectiva o aspiración grupal a conformar una vanguardia o posvanguardia. Más bien sugiere el devenir minoritario de una voz singular que se apropia de la oratoria política de la época y la precipita en su fuga de los territorios de lo idéntico mediante un uso menor de un género mayor -el ensayo nacional- mientras configura un narrador casi de ficción: de Esteban Schmidt a Estebitan.
De allí los puntos privilegiados de su crítica.Todos los devenires minoritarios son puntos de ruptura. The Palermo Manifesto retrata con trazos finos y gruesos a ese patrón mayoritario, snob, careta y corrupto que discrimina a todo lo que no se adapta o desobedece. Esa clase media palermitana -parasitaria- que es la pauta dominante en la vida social porteña. Al retratarla, y también caricaturizarla, se aleja rápidamente en su línea de fuga intensa y abre nuevos espacios para la mutación. Sin embargo, cada tanto regresa o es capturado por los gustos de consumo de esa clase, pauta o patrón. Las marcas. Se ríe de sus gustos, por cierto. Y hay una fuerte crítica al egoísmo en sus chistes, a ese egoísmo que se mira al ombligo. Estebitan también se mira, pero tiene un malestar con la época, está a disgusto con el hecho de ser parte de ella, aunque sabe regodearse en la burla a esas fantasías de paraíso polígamo carnavalizado que elabora con desapego cómplice."Admitamos nuestras miserias. Una vez por día desde hace veinticinco años nos queremos ir a vivir a Buzios o a lugares así. Nos imaginamos en la madrugada del Atlántico caminando en la bajada por un empedrado, envueltos en trajes de neoprene rumbo a la playa a tirar redes para pescar y cantando nace una flor, cómo me pega este sol, mientras una compañera afrobasileña se queda en la cocina de la posada que administramos con nuestras esposas, prepárandonos el desayuno como más nos gusta".
Este paraíso "natural" sería algo así como el opuesto complementario al que ofrece Palermo en su sus bares-librerías. Igual que los niños cantores del subte, que al terminar sus temas a capella piden a los pasajeros "aplausos para mí", Estebitan finaliza con el mismo pedido su aguafuerte sobre una librería palermitana que llama L'Eclipse. En ella habrían entrado en colisión el sentido común del business con los sueños prosaicos del consumidor que quiere un viaje gratis a un paraíso en forma de biblioteca donde quedarse para siempre a vivir, escribir, leer y hacer la amistad. "Trabajar, no. Dios libre y guarde a gente como nosotros de semejante cosa". Se destaca la precisa descripción que hace TPM del argentino adepto a quedarse horas sentado en una mesa de café, rodeado de libros, tomando notas o tipeando en una computadora. Ese argentino que somos todos los que alguna vez fuimos -si se me permite el abuso del plural- hipnotizados por el mito del escritor de café: "Cuando los argentinos escolarizados piensan, una de las cosas lindas en las que piensan es en escribir, yo tendría que escribir, dicen muchos argentinos, y piensan que cuando van a las librerías que tienen bares, escribir alli puede ser una buena combinación. O claramente una mersada, si no se tiene tendencia a pensar en cosas lindas. Depende de qué se escriba, además. Levanta el argentino la vista de la computadora y mira las góndolas de libros, ese horizonte de estantes con lomos multicolores, la escena ambientada de la misma materia que lo ocupa". Ese cielo imaginario de libros en el interior de un kiosko de la industria editorial y en el interior de un país con escasa producción de valor agregado a sus materias primas y que en el mundo entero se distinguió por su derrumbe político, social y económico, es un espectáculo curioso y hasta fascinante para contemplar si no fuera que uno está dentro del escenario y no sabe cómo escapar. Será por eso que, entretanto, uno escribe. No importa por qué ni para qué. Se dirá que es para hacer más inteligible una realidad que supera la ficción. Se dirá que es para introducir efectos de ficción en lo real y así abrir otros espacios al sueño. Whatever. La democratización del derecho a poner en palabras y hacer público todo lo que se nos ocurra (gracias a nuevas tecnologías, etc.) tuvo como corolario el aumento del ruido, algo que también es útil para tapar los gritos de horror del fondo de la vida social. A esa afectación argentina le interesa más la pose de escribir que la actividad en sí o sus resultados. "¿A qué te dedicás?". "Yo escribo". Así cualquiera apenas sobrevive. ¿Quién tendrá tiempo para leer todo lo que se ha escrito?

Three Así que leemos The Palermo Manifesto en una mesa de librería-bar al precio de un cortado. O en formato pdf en pantalla, si la vista aguanta. ¿Puede decirse que es mercantil, fenicio, marketinero el ademán de Schmidt en su opera prima? Tal vez sí. Pero eso no lo priva de la expresión de lo políticamente inconveniente, de lo que arrastra a su discurso hacia lugares incorregibles, inasimilables. El gesto no es ascendente sino de precipitación en el descenso, de salida lateral de lo hegemónico a lo subalterno, incluso de atrincherarse en retaguardia. Por ejemplo: En una época de culto a todo lo que es o aparenta ser joven, Estebitan parodia y detesta a la juventud. Quizá ya es vendible esta idea -otra que Houllebeck- de odiar a "los más jóvenes". A "la gente que te sobrevive". Pero en TPM no se trata de un odio general, generacional, abstracto. Se trata de identificar a un enemigo real. A los que vienen trepando de puro trepas nomás. A los que "no se le ocurre nada en relación con el prójimo". A los que no son "gauchos con los que tienen menos". A esos. A ese egoísmo.
Un egoísmo del cual Estebitan tampoco se siente a salvo. ¿Cómo podría? Está en la época. También quiso trepar pero no lo dejaron y quizá aun conserva ese anhelo escondido. Es como todos: vive en el sueño de creer que lo que a mí me pasa es lo peor del mundo ( A mi me pasa/ lo mismo que a usted ). Pensarme (pensarnos) como un yo único rodeado de un mundo de objetos: un sol oculto, un cuerpo central en torno al cual orbita el resto, ese resto que encima me ignora, me ningunea (vos no sabés quién soy). Es una condición (una ilusión) universal, por cierto. Pero que en la clase letrada, educada como la media argentina se expresa de un modo excepcional, tan singular que da vergüenza, propia o ajena. "Recibimos una buena educación pero para desarrollarnos en el país equivocado, al que por otra parte no podemos dejar de amar. Esa es nuestra tesis". Tomá mate. Qué error, qué horror el de este país errado, o herrado por un herrero sádico que le puso tan mal los clavos a las herraduras que el caballo se cae cada vez que quiere ponerse a galopar y termina mordiendo el polvo junto a su jinete gaucho. Historia argentina: "Algo profundo detectamos sobre nuestro territorio madre que hace que nuestra imaginación nos invada los sueños con deseos de errancia". Lo que Estebitan llama territorio madre es -creo- el territorio del padre (la patria). Algo más que un pedazo de tierra, algo poblado de símbolos inteligibles para una comunidad imaginaria y entre los cuales está la célebre fisura de Sarmiento entre "civilización" y "barbarie". Una comunidad dividida desde el vamos, una nación fundada sobre la guerra interna. ¿Cómo no iba a generar deseos de errancia, de fuga, de refugio en lo extranjero?

Four Nací en Mataderos cerca de la mitad del siglo que pasó. Cuando era orilla, tierra en las calles, gallinas en las casas. En una familia obrera, en mínimo nivel de ascenso de clase desde la peonada rural y el crotaje. Como tuve que trabajar desde los quince, fui a veces cadete, lavacopas, operario, artesano, intérprete, bombero, sembrador de árboles y vagabundo. Incursioné en el exilio, la venta callejera, la traducción, la prensa, la poesía, la novela, el ensayo, la prueba y el error. También yo ascendí de clase -creo, aunque no llegué muy lejos- por haber vivido en otros países: conozco Suiza, conozco Canadá, tengo pasaportes que lo acreditan y, si pudiese, en esta corta vida, tener múltiples ciudadanías en muchos -no todos- los paises de este mundo, las tendría.
También viví en Palermo antes y durante el tiempo en el que probablemente se estaba escribiendo TPM , cuando el barrio aun no era tan fashion, tan careta, tan descarado, tan sin vergüenza. Cuando era sólo un barrio, no una forma de subjetivación. Había recesión, había bronca, había alguna esperanza, poca plata, en fin, la historia conocida. TPM cuenta bien la crónica de esa transición. Con ironía rabiosa, con humor agreta, con chistes misóginos o xenófobos, con lo que quieran: pero la cuenta. Es el tono que corresponde al objeto. Estebitan es un clásico, en especial cuando se pone patriótico, vehemente o delirante en su humor nacionalista. Es argentino hasta la muerte. En sus fantasías ("ser Suiza" o "Canadá") y en sus desilusiones ("no era la idea en lo más mínimo que todo terminara tan asquerosamente mal" ). En sus lamentos ("merecíamos más") y en sus resentimientos ("nos vamos a cobrar este tremendo pijazo de veinticinco años"). En sus deseos ("un barco haciendo la travesía Punta-Floripa con dos tremendas putas en la cubierta") (esta última figura femenina fue extraída, quizá censurada de la contratapa del libro para no espantar lectoras) y en sus maneras de victimización ("porque no somos nosotros los responsables de las cosas tristes que van a pasarle a la patria"). Muy argentino.
La oración de Palermo que a mi me podría tocar -en lo más profundo de mi escasa fibra nacional- se parecería quizá al sermón de un extranjero en misión evangélica: diría que el argentino deje de hacerse la víctima. El resbalón fatal de este país, bajando escalones de a dos o de a tres en su caída hacia la quiebra, la corrupción, la pobreza, la deforestación, la desertificación... (añada el usuario su queja a la lista de males) tiene alguna relación con el modo de vida que unos pocos llevaron y al que muchos aspiraron desde la primera noche de la patrie . Siempre es tentador poner el ojo en la paja ajena. Y más fácil dividir el mundo en "nosotros/ellos".
Por momentos, el discurso sarcástico de Estebitan sobre las identidades nacionales ("o sos de acá o sos de allá", "argentinos vs. uruguayos", o "nosotros vs. los argentinos que adoran Uruguay porque allá hay bancos donde se puede guardar la guita") sale con tanta rabia y tanta violencia como aquel "no se rindan" de la guerra de Malvinas. Se dirá: ¿qué quieren? Con"el pijazo de veinticinco años" que nos tuvimos que aguantar... Problema de machos y de muchos argentinos. Por ahí se ha gozado esa penetración forzada, y no se la quiere ver (sentir). Da vergüenza pensar que este es el país del mundo más saqueado, estafado, asaltado a mano armada y destruido hasta la médula. No hay más que mirar alrededor, a algunos vecinos de Sur y de Centro América. O más adentro, a los primeros pobladores wichi, ranquel, comechingón. Chingados, robados por los mismos argentinos -en su mayoría conducidos, desde luego, por los pocos que manotearon el timón, esos "cien tipos" únicos que, como bien dice Estebitan, pueden tener todo lo que el resto quiere y ser los dueños del barco (que se hunde) y la puta que los parió a esos cien.
A veces, el humor de TPM es del tipo carcajada fúnebre, de esas que salen en los velorios, en los duelos de un país con muchas muertes (violentas). A veces la carcajada se reprime, quizá por respeto a los deudos. En una reseña en su blog, Quintín sostuvo que en este libro hay miedo; un miedo que el crítico atribuye a que la "literatura" no le pertenecería del todo al autor del discurso y por eso terminaría capturado por las "verdades de consenso" del público. Sin embargo, la "literatura" (la institución literatura) tampoco es garantía para fugarse del consenso, del lugar común. Puestos a psicologizar al autor, llegaríamos a hipótesis quizá ridículas o insostenibles, como proponer que sus límites son gambetas para evitar ser tachado, excluido de los espacios culturales -y por eso los nombres camuflados junto a los nombres propios, los seudónimos junto a los apellidos; alguna vez puede necesitarse un favor, un trabajo, uno nunca sabe. Cierto es que el miedo suele ser la primera línea de captura de todo devenir menor. De todos modos, es notorio que Estebitan -nada sé del autor- vuelve cada tanto a atravesar esa zona de nadie y se arroja de cabeza contra el corazón del campo enemigo. Una y otra vez. Propone "llamar arte a la venganza" y convoca a la "actitud de desarrollar únicamente ideales estéticos" pero se nota su inclinación por el gesto ético aunque se cubra de sarcasmo: "esto que digo que arme quilombo, que la pendejada se enganche y salga a tirar piedras, incentivada por la lectura".
Más que miedo, veo furia en TPM . Furia u odio de clase quizá, aunque no de clase obrera ni de más abajo, sensaciones que conozco muy de cerca, porque ahí estuvo mi punto de partida. Claro que conviene prestar atención a los intelectuales conservadores que, como aristócratas en ruinas, detectan la envidia pequeñoburguesa que busca derrocarlos para hacerse lugar. Como Tomasi di Lampedusa con Il Gatopardo . Pero también hay que comprender el resentimiento que se cocina en una clase media que cae, que se frustra, que se desencanta, que vuelve a levantar cabeza, que vuelve a caer, esa clase de la cual algunas pocas veces emergen miradas descentradas, excéntricas o dilatadas, con capacidad de ver a otros que sufren mucho más, otros más abajo, más cagados, más frustrados, más desencantados. Esos otros que irrumpen de golpe sobre el final de este libro.

Five Acaso porque los movimientos de desterritorialización y el devenir minoritario de Estebitan se cierran cada dos por tres en distintos aparatos de captura (el discurso del macho, del argento, del porteño medio), nada anticipa una salida macro o micropolítica: no hay doctrina salvífica, no hay fe sino nihilidad. Se nombra a dios con y sin mayúsculas, se lo teme como a un sádico con poder de enviarnos plagas terroríficas, en fin: Estebitan tal vez aun cree en Dios -secreta o involuntariamente, con mayúsculas- pero seguro que ya no cree que Dios sea argentino. Adhiere a la plegaria de Reinhold Niebuhr como lo haría un adicto a la tabla de salvación de AA, pero esa no es su religión. Tampoco su filosofía política, dado que ya no tiene paciencia para el realismo y, por añadidura, su cinismo le impide convertirse en una figura moral -esto es, precisamente, su fortaleza: puede así desconfiar de los discursos morales, sospechar de su hipocresía.
La frase u oración que se escucha desde el fondo de Palermo es menos plegaria que advertencia. Una y otra vez parecen mencionarse esas "cosas que no puedo cambiar" de Niebuhr, aquellas ante las cuales se necesitaría una calma y una serenidad que ojalá le tocara a uno en gracia. No hay calma: la crueldad y la idiotez regentes de la vida local enfurecen a Estebitan, quien sin embargo no se excluye -al menos no del todo- de su caída en esas arenas movedizas que fueron tragándose toda esperanza: zafar, cogerse a las estrellas, vacacionar en Brasil. Ese inmenso lugar común donde se olvida que en buena medida el hundimiento y los dolores del presente estuvieron determinados por el Argentinian Way of Life de las últimas décadas. ¿Realmente se olvidó el "voto-cuota"? No se olvidó, está en el patio trasero del imaginario y ocurre en los mejores países. Vivir del crédito para el consumo es una aspiración universal. Por eso el adicto a la época debe recurrir al rezo que usan los Alcohólicos Anónimos y, quizá, a un voto de rehabilitación anticonsumista: "sólo por hoy, no he de comprar". Pero ¿quién puede? Hay tantos libros estimulantes: TPM es uno de ellos. Creo que fue Germán García a quien le escuché decir: si ahora tenemos una obra maestra por semana, significa que estamos en problemas.

Six ¿Qué otra cosa podría ofrecer una demolición de ilusiones, sueños y fantasías que no sea la revuelta? "Nada es más necesario y nada es más fuerte en nosotros que la revuelta. Ya no podemos amar nada, estimar nada, que tenga la marca de la sumisión" (Bataille). La única esperanza que por un momento -sólo por un momento- aparece como salida del nihilismo es la insurrección de los miserables: los "resentidos de Flores o Barracas", "el postergado sur", "las nenitas del tercer cordón candidatas a strippers del pais del bicentenario". La unión -de las minorías- hace la fuerza: las mayorías. Cuando los negros se sublevan, los colonos huyen y los artistas disfrutan -al menos al principio, porque luego estos últimos también tendrán que emprender la retirada, ya sea por sus vínculos con la estructura colonial, ya por un legítimo anhelo de paz social. Como un viejo anarco forzado a rumiar en el paisaje posmoderno, Estebitan anhela contemplar la llegada de esa siempre pendiente rebelión de los condenados de la tierra contra los dueños del circo. La venganza es el placer de los dioses. Algo se mueve. En la selva se escuchan tiros. Apocalipsis now. Que se pudra todo.
Sin embargo, la mirada final sobre la insumisión colectiva termina siendo pesimista. Contemplativo, nostálgico de los tiempos en los que solía tener convicciones, Estebitan sólo puede hacer la V de la victoria si la remata a continuación con la V de la derrota. Sin ánimo para el sacrificio, cede el gesto de liderar y aun de participar en la revuelta a las jóvenes generaciones: "la salvación nacional se la dejamos a los más chicos. Que no sabrán qué hacer con eso pero al menos tienen más tiempo para perder".
Difícil poner a TPM en una serie. Su anomalía radica en la velocidad de esos puntos de fuga que recuerdan a aquellos donde se precipitó Omar Viñole -el"hombre de la vaca" que atacaba e injuriaba a ganaderos, políticos, periodistas y académicos en las primeras décadas del siglo XX en libros como Apóstoles, canallas y vividores de la vida pública argentina, Cien cabezas que se usan y El hombre que se depiló la ingle -, esos puntos sin retorno que conoce o sufre todo aquel que ha ejercido el terrorismo cultural. No obstante, Estebitan saluda -manda un abrazo- a un autor que no pasa desapercibido. Céline es la sombra que sigue de cerca al ademán destructor de TPM . Una sombra que también ha venido siendo sido integrada, con los años, al mercado de ideas. Pasolini ya decía en los 70 que "es un lugar común admirar incondicionalmente a Celine". Y que un ejemplo de "literatura" avanzada en un escritor "reaccionario" siempre sirvió para salvar la conciencia del intelectual de izquierda de los peligros del dogmatismo y de los temores al escándalo. Sin ser un "intelectual de izquierda" -en el sentido fuerte, epocal del término-, Estebitan no es de derechas, no es facho -y eso ya es mucho decir en la Argentina-, así que de algún modo hereda varias propiedades de aquel campo intelectual. Incluso su desencanto con la militancia es parte de lo heredado y su coqueteo con la antipolítica también (decir "la izquierda" y "la derecha" es insistir con otro lugar común: no hay "la izquierda" ni "la derecha": hay "las izquierdas" y "las derechas": negar la pluralidad, la posibilidad de lo plural incluso en esos campos semánticos complejos parece ya atrasado -una cosa que va para atrás).
Como un orador de barricada que perdió la fe en la victoria o un predicador frustrado por el abandono de su dios, Estebitan siente el peso de la responsabilidad ante el desastre y quiere ponerse a salvo sin olvidar a su grey. Cuando vea que la represión está a punto de aplastar de nuevo la venganza del subsuelo social, él recomendará la huida y su consejo final ante el terremoto será: Sálvese quien pueda. Pregunta de alguien de la audiencia: ¿Puede fundarse en este lugar, en algún lugar, una convivencia humana sin puñaladas a traición, con cierto grado de reparto de bienes, en plena humilde conciencia de que Dios, si aun no ha muerto, ya no es argentino? Habría que volver a consultar los libros de Reinhold Niebuhr, dicho esto sin ninguna intención irónica.

Seven Me fui de Palermo -la zona- cuando el turismo, el comercio, las torres, el tránsito volvieron al barrio fashion insoportable, unfashionable. Cuestión de densidad. Si la cosa se pone pesada, mejor retirarse. Buscar esa paz, esa serenidad perdida que se pide en la Plegaria... Ahora vivo en una isla barrida por el viento, con poca gente, mucho árbol, frío en invierno, mosquito en verano, pero igual no me escapé de la (in) sensibilidad que TPM denuncia. Llega hasta aquí, el turismo no perdona, la codicia es semihumana, la contaminación se extiende, la sequía avanza de la mano de la soja y la ignorancia se arrastra en las redes de pesca de internet, como epidemias que acompañan a este país aunque también son plagas en el resto del mundo desde el origen y hasta el fin --si acaso hubo origen, si acaso habrá fin. Quevedo, el festival Buen Día, la Boutique del Libro, Saccomanno, De la Rúa, Filmus, Macri, todos esos nombres que aparecen con o sin disfraz en TPM son como nosotros: detalles, tránsitos, fragmentos de una modalidad local de representar funciones también representadas en otras épocas y latitudes. Nada nuevo bajo este sol. Una ilusión nos separa con un nombre, un rostro, un papel estelar o de reparto. Cada uno es responsable de lo que hace, lo sepa o no. Le tocó a Schmidt el autor y a Estebitan el narrador la función de poner el dedo en cada llaga, de escrachar a cada mito o aspirante a mito, de encender el ventilador para desparramar la frustración de las últimas décadas. Comprensible. Inevitable. Alguien tenía que hacer algo. Esto no daba para más. ¿O da?
Es de suponer que la tradición del ensayo argentino -en la cual puede inscribirse, con todas las potencias de su anomalía y sus impulsos de fuga extraterritoriales, a The Palermo Manifesto - se mantendrá así de fértil a medida en que continúe la perplejidad por el ritmo de hundimiento y decrecimiento del país. Pero todavía algo nos falta. Podríamos llamarlo "gracia". No en el sentido de elegancia -que un poco tenemos- ni en el de humor -que también se consigue- sino en el sentido de don o dádiva, regalo, entrega gratuita. Alguno la llamará resignación, renuncia -todas ellas comparten cierta filiación. Esa gracia concedida para aceptar lo que no se puede cambiar, el valor para lo que sí se puede y la sabiduría para distinguir la diferencia. Se precisarán muchas gracias para alumbrar un poco de comprensión entre nos, los ignorantes/argentinos (al menos sabemos componer este anagrama). Para salir de una historia oscura y pantanosa. Barrosa. Ahí donde todo se empantana, se estanca y se hunde. Un territorio madre al que un colono padre impregnó con cierto clima eyector, con una atmósfera de baja contención, que rechaza y que niega el amparo. Como decían los grafitis en las paredes de los años 80: "En este pais la salida es Autopista Ricchieri, Ezeiza, su ruta". O mejor, en plural de modestia: "Luche y nos vamos".
Antes de los agradecimientos, la última palabra que aparece en The Palermo Manifesto es, justamente, "perdernos". |