Estos poemas están dedicados
a todos los que me quieren mal.
A todos mis enemigos.
Que les follen, que se jodan.
He vivido el tiempo suficiente
como para escribir este libro.

Los Académicos tienen mucho que
temer
y no morirán
sin oponer una sucia resistencia
pero nosotros
llevamos mucho tiempo
preparados
venimos de las calles
y de los bares y de las
cárceles.
CHARLES BUKOWSKI
Escribo para gente que no tiene
otro sitio donde caerse muerta
que la superficie de un poema.
ROGER WOLFE
Camarada, esto no es un libro;
quien toca esto, toca un hombre.
WALT WHITMAN
Conozco a las gentes,
lo que no les afecta,
directamente, sus tripas,
¡no existe! ¡cuidado!
LOUIS-FERDINAND CÈLINE
Bienvenido a la cárcel.
¿Llevas contigo algo de valor?
¿Cadenas? ¿Medallas? ¿Anillos? ¿El peluco?
Pues déjalo todo a la entrada.
Luego no digas que no te avisé.
Y ahora pasa la página y entra.
Voy contigo.
I
DEPÓSITO LEGAL
Me lo dijo mi madre.
A ella también se lo dijeron:
Escúcheme, señora, yo
lo único que puedo garantizarle
es que su hijo ha entrado
vivo
aquí.
Ahora bien,
lo que ya no sé,
lo que ya no puedo asegurarle
es cómo va a salir.
Se lo dijo
el director de la provincial.
Mientras se lo estaba diciendo,
fuera,
en el patio de la segunda galería,
estaban a punto
de bajarse al Rana.
El Rana, de rodillas,
atragantándose con sus propias lágrimas,
suplicando
por su vida:
¡Por favor, tío!
¡No me mates!
¡Por lo que más quieras!
¡No me mates!
¡Haré todo lo que tú me pidas!
¡De legal, tío! ¡Todo!
¡Te lo juro por mis hijos!
¡Por todos mis muertos!
¡Pero por favor!
¡Por favor te lo pido!
¡No me mates!
La primera mojada,
con un pincho sacado de la pata de una cama,
un conan,
le entró por la boca abierta,
le atravesó la lengua, la garganta
y salió por la espalda.
La segunda se la espetaron
en la nuca.
Le rompió los dientes
y terminó de reventarle
la cabeza.
DENOMINACIÓN DE ORIGEN
La misma palabra lo dice: cárcel.
Diminutivo de cárcel: reformatorio.
Sinónimos de cárcel: penal,
presidio, correccional, penitenciaría
(los dos últimos incluyen matiz de regeneración).
Prisión es palabra escogida o forense.
Se la conoce también por otros nombres:
talego (el más extendido),
maco, trullo, trena (germanismo).
Los gitanos la llaman estaribel,
o estar,
que viene a ser lo mismo pero abreviando.
Sin embargo,
cuando estás dentro de una,
cuando te encuentras allí metido,
el nombre es lo de menos,
no tiene mayor importancia,
lo único que cuenta es que siempre, en todo momento,
es
una cárcel.
LA VIRGINIDAD PRODUCE
cáncer,
vacúnate.
Son las primeras palabras que vas a leer
al entrar en la celda en la que vas a tirarte
los tres próximos días. El período,
como lo llaman aquí. Cinco palabras
dispuestas de esa forma, en ese orden concreto,
con la única intención de meterte el miedo
por el culo, acojonarte,
como si no lo estuvieras ya bastante.
Las han escrito en el tabique que separa
la taza del váter y el lavabo del resto de la celda.
La taza no tiene tapa. La cisterna no tiene
ni agua
ni cadena. El lavabo está sucio, y atascado,
y el resto de la celda, es precisamente eso:
resto, restos de la inmundicia
que te han dejado de recuerdo
otros que pasaron por aquí primero que tú:
mantas picajosas, llenas de pelos,
colillas,
periódicos atrasados
y revistas pornográficas,
con las páginas pegadas entre sí por escupitajos amarillentos
de semen reseco,
y además, en las paredes, en el techo, en la puerta,
por todas partes, escritas con la llama del mechero
o con el mango afilado de una cuchara,
cantidad de frases:
Odio y muerte a los maderos.
Prohibido escupir en el suelo.
No llores por no ver el sol
pues tus lágrimas te impedirán ver las estrellas1.
La virginidad produce
cáncer,
vacúnate.
Entonces te subes a la ventana (vete
acostumbrándote a llamarla por su nombre:
perlacha), te subes a la perlacha
y echas un vistazo al patio:
unos mendas disputan un partido de futbito;
otros dan vueltas, con las manos a la espalda,
como si todavía llevaran puestas las esposas;
otros están sentados, contándose milongas;
y hay uno que se apoya en la ventanilla del economato
y que va vestido con un traje de baño
de esos que imitan la piel de un leopardo.
La virginidad produce
cáncer,
vacúnate.
SEAMOS REALISTAS
en este sitio
nadie cuenta
estrellas
por la noche.
EL CANÍBAL
Tiene
los dientes
afilados.
Le llaman
el Caníbal:
come
pollas.
LO MIRES POR DONDE LO MIRES
Comunicas con tu familia
dos veces a la semana:
los martes y los jueves,
en un locutorio
con un cristal de por medio.
Apenas son unos minutos
en cada comunicación:
unos veinte o por ahí,
pero puedes estar seguro
de que nunca te vas a comunicar
tanto
con tus padres,
sobre todo con tu padre,
como en el transcurso
de estas visitas.
HUMILLACIÓN
El funcionario,
un cacho de carne con ojos
en mangas de camisa, dice:
Todas las cosas de metal que tenga
sáquelas y déjelas sobre esa mesa.
Luego, mi abuela,
apoyándose en su muleta
(hace un año se rompió la cadera
al caer de espaldas al suelo
mientras limpiaba los cristales
de la ventana de la cocina
subida encima de una banqueta),
pasa por el detector de metales,
y el detector emite una serie de pitidos.
A lo mejor es la muleta, dice mi madre.
¿Puede andar sin ella?
Bueno, sí, pero no querrá
Que se la de a usted y que vuelva a pasar.
Y mi abuela,
su largo pelo blanco recogido
en un moño por detrás de la cabeza,
un pañuelo negro cubriéndola,
hace lo que le ordenan,
y aún cojeando
consigue que el detector pite otra vez.
A ver, quítese ese pañuelo.
Mi abuela obedece.
Seguro que son esas horquillas,
así que hágame el favor de soltarse el pelo.
Mi madre explota:
¿pero no se le cae a usted la cara de vergüenza
al hacer que una persona tan mayor
tenga que pasar por todo esto para ver a su nieto?
¿Qué se piensa que somos nosotros?
¿No sabe usted distinguir a la calaña de las personas honradas?
Pero ya mi abuela, con su vestido gris,
está pasando de nuevo por el detector
con idéntico resultado
que las dos veces anteriores, y el boqueras,
un cacho de carne, dice.
¡Quítese el vestido!
Si quiere puede doblarlo y colgarlo
del respaldo de esa silla de ahí.
Mi madre está tan indignada
que no le salen ni las palabras.
Y mi abuela,
cojeando,
despeinada,
en enaguas,
consigue cruzar al otro lado del detector
de metales sin ser delatada.
Ahora ya puede vestirse y pasar al locutorio.
No tiene usted perdón de Dios, le dice mi madre.
Y mi abuela,
que al ir a ponerse el vestido
ha encontrado en un bolsillo una moneda suelta,
se acerca al boqui y le dice:
Perdón, señor, ¿sería esto lo que sonaba?
Y le pone delante de los ojos,
a modo de espejo en miniatura,
una peseta
con la cara de Franco.
EL DEMONIO TE COMA LAS OREJAS
Estás hablando
con el retrato
de tu chorba.
Tienes que levantar
mucho la voz
para que ella
pueda oírte:
el Chao
acaba de abrirse las venas
con una hoja de afeitar
y está chillando
y pegando coces
en la puerta cerrada.
Tu novia cierra los ojos.
Le gustaría también
tener manos
para taparse los oídos.
NOSTALGIA
Mi primera reacción
(cuando al decirle a Mari
hay otro, ¿eh?,
y ella, poniéndose roja,
murmura que sí,
que cómo lo sabes,
que quién te lo dijo,
que cómo te enteraste,
sí, es verdad,
hay otro)
es mandarla directamente
a la puta mierda,
a tomar por el culo por ahí;
en cambio,
lo único que le digo es:
Bueno, tía
(el término tía
significa también
ramera), tranqui,
no pasa nada,
podemos seguir
siendo amigos, ¿no?,
y después
salgo del locutorio,
agachándome al pasar
por debajo de la puerta,
ya sabes,
por lo de los cuernos.
Ya en mi celda,
contemplo
una fotografía de Silvia,
una fotografía
de cuando ella tenía
catorce o quince años
(ahora tiene
dieciséis o diecisiete).
Un primer plano
de su cara sonriente.
Utilizo el cigarro
que estoy fumando
para quemarle los dos ojos.
Luego le tiro de los pendientes
hasta que le arranco
de cuajo las dos orejas.
Inmediatamente le parto
la nariz en dos
y le rompo la boca
y todos los dientes.
Lo que queda de su cara
lo arrojo por la taza del váter
y acto seguido, hago encima
mis necesidades fisiológicas,
mis tres necesidades,
y luego tiro de la cadena.
Más tarde, por la noche, en la cama,
pienso en ella.
La echo mucho de menos.
Ahora que ya no la tengo
es cuando de verdad
la echo de menos.
La foto.
CUALQUIER PARECIDO ES PURA COINCIDENCIA
O te cortas el pelo tú
o te lo cortamos nosotros,
y encienden los mecheros
y se descojonan vivos.
O te cortas el tomo tú
o te lo cortamos nosotros,
tú verás colega, tú mismo.
Son cuatro.
Los cuatro hijos de puta
que mandan
en la galería de los menores.
Los kíes.
Forman un círculo a mi alrededor.
¿Qué, julai?
¿Te lo vas a cortar o qué?
Hoy es martes.
Vienen a verme los viejos.
Entro en el locutorio
y mi madre dice:
¡Te has cortado el pelo!
Menos mal que te dio por cortarlo,
ya parecías un quinqui
con esas melenas.
Esto ya es otra cosa,
dice mi padre.
Ahora ya pareces un hombre.
UNA LLAMADA TELEFÓNICA
Tenía el teléfono
al alcance de la mano,
solo era descolgarlo
y marcar el número de casa.
Diría:
¿Mamá?
…
Sí, yo, David,
¿quién iba a ser si no a estas horas?
…
¿A ti qué te parece?
¿Cómo quieres que me encuentre
estando aquí dentro?
…
Oye, que tengo poco tiempo,
escúchame, es para decirte
que no vengas el jueves a verme.
…
No, tranquila,
no me ha pasado nada,
solo que mañana a las ocho
me llevan de conducción
para Galicia.
…
Sí, de la mañana.
…
No, ¿cuándo querías que te avisara?
No me lo dijeron
hasta hoy por la mañana.
…
Ya, pero resulta que me avisaron
nada más salir de comunicar contigo,
esa fue la putada.
…
Sí, ya, ya lo sé,
son todos unos cabrones,
¿pero qué quieres que haga yo?
¿Te extraña?
A estas alturas ya tendrías
que saber como funcionan
las cosas aquí dentro, ¿o no?
…
Ya, vale, sí,
¿pero quieres callarte un momento
y prestarme atención?
Lo que quiero saber es si podéis venir
tú y papá a despedirme
y ya de paso me traéis
una bolsa con ropa limpia
y algo de dinero.
…
Está bien, pero tenéis que procurar
llegar un poco antes, no vaya a ser
que por cualquier historia
salgamos antes de lo previsto, ¿eh?
…
No, eso si que ya no lo sé,
ni idea, pero quién sabe,
a lo mejor les cogéis de buenas
y os dejan pasar
aunque solo sea un momento,
eso mejor se lo preguntáis al funcionario
que esté en la puerta,
a ver qué os dice él,
aunque no creo,
así que no te hagas demasiadas ilusiones.
…
Vale, sí, oye mamá,
ya tengo que colgar,
ya está la gente esta metiéndome prisa.
…
Sí, también yo mamá, ya lo sabes.
…
Oye, y que no me entere yo
que te pones a llorar, ¿eh?.
Bueno, anda, adiós, hasta mañana.
¡Ah! ¡Escucha! ¡No cuelgues! ¡Espera!
Me olvidaba de una cosa:
dale un beso a Belén de mi parte.
…
Dile que yo también.
Bueno, mamá, hasta mañana,
adiós, un beso.
Para hacer esa llamada telefónica
había que pedirle permiso
al Jefe de Servicios.
Estaba en el Centro, con los otros boqueras.
Le llamé a voces y con gestos desde la cancela.
Me vio y vino.
¿Qué le ocurre?
¿Qué quiere usted?
Verá, es que mañana por la mañana
me voy de cunda para Lugo
y en casa no saben nada,
así que si usted me dejara llamar por teléfono…
Ya tendría usted que saber
que para realizar una llamada telefónica
hay que solicitarlo por escrito
a la Junta de Régimen o al Director.
No, si eso ya lo sé, tiene usted razón,
pero es que me voy mañana
y ya no me da tiempo…
…
¡Pero, oiga! ¡Si solo será un minuto!
Solo llamar y decirle a mi madre
que me voy de cunda
y que no venga el jueves a comunicar.
Solo eso, no tardo ni un minuto…
…
Pero escuche, joder,
a usted que puede importarle
que llame o que no llame,
es solamente un minuto,
a usted no le va a pasar nada
y el teléfono está ahí mismo…
…
Espere, hombre, joder, no se vaya,
espere, escuche, atienda,
mi madre va a venir el jueves
y yo ya no voy a estar aquí
y va a hacer el viaje en balde
y encima se va a llevar un disgusto
y a usted nadie le va a decir nada
por dejarme llamar…
…
Venga, hostias, enróllese, que más le da,
si es que el teléfono está ahí mismo, joder…
¿Cómo tengo que explicárselo a usted?
¿Es que no me he explicado bien?
¿No me ha entendido?
¿Estoy hablando en chino?
No puedo autorizar esa llamada
y punto.
Además, para que se entere,
desde ese teléfono
no se puede hablar con la calle.
Solo tiene línea
con el interior de la cárcel.

LAS FIESTAS DE LA SOLEDAD
(en memoria de Begoña)
Me llaman desde la ventana
del departamento de las mujeres.
La Maica.
¡Eh, figura!
¿A que no sabes a quién tengo aquí?
Pongo la mano encima de la frente,
a modo de visera, y miro hacia la ventana:
enmarcada entre los barrotes,
como una postal, aparece una cara.
La cara de Begoña.
Recuerdo una tarde, hace años,
en las fiestas de La Soledad,
los niños la habían dejado sola,
le habían dejado todos los caballitos para ella,
y ella daba vueltas,
y vueltas,
y venga vueltas
y más vueltas, todas las miradas puestas
en sus muslos, en su culo y en sus tetas.
Después se baja, se acerca a donde yo estoy
(sentado en el capó de un coche),
me coge por la cintura,
y delante de todo el mundo, sin cortarse,
me da un beso en la boca y me dice:
Me gustas un montón, tío,
pero eres demasiado golfo para mí.
Luego, una pensión de mala muerte.
Ella y su hermano pequeño, Carlos,
tirados encima de una cama deshecha.
Ella, en bragas y en sujetador,
esquelética, como si acabara de salir
de un puto campo de concentración.
Sobre la colcha hay una cuchara quemada,
medio limón podrido,
los envoltorios vacíos de dos jeringuillas
y una papelina de caballo, abierta.
Encima de la mesita de noche:
recetas falsificadas de la SS,
dinero, tabaco, encendedores,
una botella de agua mineral de 2 litros,
cajas de pastillas (Buprex,
Rophinol, Tranxilium 50) y más máquinas2.
Begoña y su hermano pequeño se chutan.
Después ella me mira y me dice:
David, ¿te da más salir un momento?
Es solo mientras me cambio de ropa.
Y la voz de Carlos:
¿Qué pasa contigo, Bego?
¿Qué te crees que David no ha visto nunca un coño?
Luego, el funeral.
El funeral por la muerte de tu hermano pequeño,
de Carlinos, en la iglesia de San Pedro.
El mar allá fuera. Los yonquis también.
Para darte el pésame me veo obligado
a pisar la sombra que forma tu cuerpo.
Nos damos un abrazo. Te echas a llorar.
¡Me he quedado sola, David!
¡Me he quedado muy sola, tío!
La sombra de tu cuerpo,
y no podía ser de otra manera, era una cruz.
La cara de Begoña.
¡Pero, tía! ¿Qué haces tú aquí?
Nada, ya ves, lo mismo que tú.
¿Sabes una cosa?
¿Qué cosa?
Que estás muy guapa.
Es verdad. Lo está. Muy guapa.
Las ojeras han desaparecido.
Los pómulos ya no sobresalen tanto.
Su cara tiene mejor color.
Además se ha dejado crecer el pelo.
Estás tan guapa como…
Iba a decir que como aquella vez
en las fiestas de La Soledad, en los caballitos,
pero prefiero callarme la boca.
Es que está embarazada,
me grita La Maica.
LA MAICA
no tiene piños.
Le han caído todos.
Por culpa del caballo primero
y por la mierda de comida
del talego después.
Así la chupas mejor,
le decimos todos.
La Maica está desdentada,
y eso quizá influya en su voz,
una voz
que le viene
que ni pintada
para arrancarse por bulerías.
El Richard se asoma a la perlacha
cada noche,
después del recuento,
y se pone a gritar:
¡Maica! ¡Esa Maica!
¡Cántanos algo! ¡Venga!
Ella se hace la loca,
¡Esa Maica bonita!
¡Venga! ¡Cántate una!
pero siempre acaba
por hacerle caso.
El picoleto de la garita
deja de pasear
de un lado para otro,
se apoya contra el muro,
pone encima su fusil,
enciende un truja
y escucha en silencio
esa voz sin dientes
que nos muerde a todos
el corazón.
LA BOCA DEL ESTÓMAGO
que no
que ya está bien de tanta coña
que ya os vale, joder,
que no
que no subimos al chabolo
para la hora de la siesta, ¿vale?
Vinieron más boqueras.
que no
que esto no hay quien lo coma
que esto
ni es comida
ni es nada
que no
que pasamos de subir al chabolo
para la hora de la siesta, ¿vale?
Llegó el Jefe de Servicios.
¿cómo que qué pasa aquí?
¿a usted qué le parece?
se supone que esto son lentejas, ¿no?,
pues mire, ¿lo ve?,
aquí no hay más que agua, ¿lo ve?,
y hasta que no nos traigan
una jala como dios manda
de aquí no nos movemos
no subimos a la celda
para la hora de la siesta, ¿queda claro?
Tuvieron que avisar al Doble3.
voy a ir pasando lista de uno en uno
y al que no deponga su actitud
y siga negándose a subir a su celda
se le castigará con un fin de semana
de aislamiento
en las celdas de castigo.
¿He hablado con la suficiente claridad?
con tanta claridad
que perdimos el culo
escaleras arriba
a ver cuál de nosotros
cogía primero
el sueño.
después, por la noche, para cenar,
las mismas
putas
lentejas.
SALIDA DE EMERGENCIA
Le han tenido que meter en tu chabolo.
No había otros, no, joder,
tenía que ser precisamente éste, el tuyo.
A la mierda tu intimidad.
No para de moverse. No puede estarse quieto
en un sitio, no, tiene que andar tocando las pelotas
de un lado para otro. A lo mejor tiene el mono.
Te saca de quicio, te pone de los nervios.
¿Y tú por qué estás aquí?
¿Qué hiciste? ¿Cuánto tiempo llevas ya?
¿Te pusieron fianza? A mí tampoco.
Pero ya tengo pensado
lo que voy a hacer para salir de aquí.
¿El qué si puede saberse?
Arrancar la varilla de la cisterna,
afilarla y meterme un puñalón.
Fijo que así me sacan al hospital.
Por la noche te pide prestado un jersey.
Solo mientras lava el suyo en el lavabo
y le seca. Es que está lleno de sangre.
De la cantidad de hostias que le cayeron en comisaría.
Después, cuando ya estás a punto de quedarte sobado,
se levanta,
se sienta en la taza del váter y se pone a jiñar.
Oyes los esfuerzos que hace,
los pedos que se le escapan,
y todavía tiene que romperte la nariz
el hedor, su hedor.
Das vueltas en la cama. Lo ha conseguido. Te ha desvelado.
Se pasa toda la mañana y casi toda la tarde
afilando la varilla contra la pared. Te da dentera,
se te pone la carne de gallina, los pelos de punta.
Te enseña el pincho cuando termina.
¿Tú qué crees? ¿Me dolerá mucho?
Apoya la espalda contra la puerta de la celda,
se sube el jersey, tu jersey,
y se clava el pincho en la barriga,
tres o cuatro centímetros por debajo del ombligo.
Pero ha sido poco, por una herida tan insignificante
seguro que ni lo bajan a la enfermería.
Es que no sale ni sangre.
Espera, te voy a echar un cable.
Te acercas a su lado, agarras el pincho con una mano
y te preparas para empujarlo con la otra.
Pero no es tan sencillo, no es tan fácil,
¿y si algo sale mal? Si te lo cargas, ¿qué?,
¿qué te pasará entonces?, porque no es broma,
puedes matarlo,
o dejarlo desgraciado para el resto de su puta vida…
Pero te viene a la memoria
el hedor de su mierda
y sus paseíllos por la celda
y sus ronquidos
y ese ruido tan desagradable que hace al masticar la comida…
Y entonces empujas. Con todas tus fuerzas.
Adentro,
más,
más adentro,
bien adentro, hasta las mismísimas
entrañas.
EL TIGRE
Javi tenía tatuado
un tigre en el antebrazo.
Bueno, no sé si era
un tigre o un leopardo,
algo así,
y se chutaba en las pintas
de la piel del animal
porque de esa forma
no se le notaban las marcas.
Y así siempre.
Hasta que un día
el tigre se cansó,
y le comió el brazo
de un mordisco.
LOS SUBTERRÁNEOS
¿Ratas?
Para ratas las del talego.
¿Verdad que sí, tío?
¿Verdad que sí?
Esto son ratas y lo demás cuento.
Puras ratas de alcantarilla.
Acuérdate del gato
que desapareció
en los tigres del patio.
Puras ratas de alcantarilla.
¿Las oyes?
Están subiendo
por las cañerías.
Vienen hacia aquí.
Pero no te preocupes,
no problem,
coge algo que tenga peso,
cualquier cosa vale,
una manta doblada por ejemplo,
y pon encima tus zapatos
y tus libros de poemas.
Eso tendría que bastar.
¿Las oyes?
¿Oyes el ruido que hacen
al estrellarse contra la manta?
Seguirás oyéndolo
mientras vivas,
mientras tengas memoria.
Tienen que recorrer
unos veinte metros o así
a cielo descubierto
si lo que pretenden es cruzar
de unos urinarios a otros.
Es cuestión de armarse de paciencia
y esperar.
Cuando se aventura la primera
le arreamos un golpe
con todas nuestras fuerzas.
Con un palo de escoba.
Una buena patada también sirve,
pero hay que alcanzarla de lleno,
si no se te puede escapar.
Luego la llevamos a patadas
hasta el centro del patio,
y una vez allí
alguien saca el encendedor
y la quema viva.
Esto por el gato,
hija de puta.
¿Oyes como chilla?
¿Ves como se retuerce de dolor?
Mírala como se arrastra.
Es inútil. Pierde el tiempo.
Está muerta.
¡Venga!
Vamos a por otra más.
Luego, el Papuchi,
que no es nada escrupuloso,
les anuda el extremo de un cordel
alrededor del rabo
y las cuelga boca abajo
de las vigas del tendejón.
A veces, le da también por tirarlas
por encima del muro,
al otro lado de las vías del tren.
JAQUE
mientras jugamos estas partidas de ajedrez
mientras matamos el tiempo
el tiempo sigue su curso inexorablemente
sin acordarse de nosotros
olvidados en esta puta celda
olvidando la palabra tiempo
NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED
Mañana es 24 de septiembre,
día de Nuestra Señora de la Merced,
patrona de todos los presos.
Mañana será fiesta.
Se disputará un campeonato de futbito
entre los penados y los preventivos.
De la calle vendrán un cantautor comprometido,
un grupo de rock alternativo
y una compañía de teatro independiente.
El año pasado vino también una poetisa
que escribía versos sobre la libertad,
aunque aquellas eran sus primeras horas
dentro de una cárcel.
Mañana es 24 de septiembre,
día de Nuestra Señora de la Merced,
patrona de todos los presos.
Mañana será fiesta.
¿Se puede saber qué es lo que celebraremos?
¿El estar presos quizá?
CARIÑO ANIMAL
El Freddy no se cansa
de darle besos en la cara
y en la comisura de los labios
al Sagarito. Le dice al oído:
¡Pero cómo me camelas!
Me traes loco, joder,
pareces un guayabo.
El Freddy se comió una muerte.
Le cayeron más de dieciocho años.
Por asesinar sesenta y nueve veces
a un maricón con el que coincidió
en la barra de una discoteca.
Y solo porque le guiñó el ojo.
JUGO DE NARANJA
Apenas te sostienes de pie.
Son cinco días ya sin probar ni bocado.
Los dos últimos, además, sin beber nada.
Una huelga de hambre en plan salvaje.
Piensas constantemente en comida.
En la comida de la cárcel.
En el agua tibia con cuatro lentejas.
En los garibolos, que podrían servir
muy bien para jugar a las canicas.
En el arroz viscoso:
prueba a tirarlo contra la pared
y verás como se queda allí pegado.
En las patatas fritas, frías y revenidas.
En los huevos fritos, sin yema,
cachos de cáscara rasgando la clara.
El Mellado entra en la celda.
Lleva una naranja en la mano.
La naranja más grande que has visto en tu vida.
Se la pasa de una mano a la otra.
La lanza al aire, la recoge.
Te mira, se cachondea.
¿Qué, pringao?
¿Cómo lo llevas?
¿Todavía no te has muerto?
Se apalanca en la cama, a tu lado,
y se pone a pelar la naranja.
La pela despacio, sin ninguna prisa,
cuidadosamente.
Las mondas las arroja al suelo.
No consigues apartar la mirada
de sus uñas llenas de roña.
El jugo de la naranja
le resbala por los dedos sucios
y deja por un momento de pelar
y se los chupa,
haciendo todo el ruido de que es capaz,
haciéndolo adrede, por supuesto.
Se pasa la lengua por los labios.
Relamiéndose. Como lo perra que es.
Algunas gotas han caído sobre la almohada,
muy cerca de tu cara, de tus labios,
demasiado cerca diría yo.
Termina, por fin, de mondar la naranja,
la acerca a los labios, abre la boca,
y cuando va a pegarle el primer mordisco,
parece arrepentirse, entonces te mira, sonríe.
¿Quieres que te de un gajo?
No. Uno no.
Uno es poco. Todos. Los quieres todos.
Le arrancas la naranja de las manos
y te la llevas entera a la boca. No entra.
Te muerdes la lengua.
También un trozo de labio.
Entonces arrancas los gajos de tres en tres,
los llevas a la boca
y para que entren del todo
los empujas con la yema de los dedos.
Tienes tanta gusa que los pasas enteros.
Sin masticar. Lo que masticas
son tus propios dedos, tus propias uñas.
Te atragantas con las pepitas.
Te empapizas. Toses. Te dan arcadas.
Te entran ganas de vomitar.
Pero sigues devorando epilépticamente
la naranja.
Después te tiras de cabeza al suelo.
Todavía tienes que comer
las mondaduras.
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