
EL DEDO EN EL GATILLO
Alguna noche,
después del recuento,
es el del tricornio
quien las paga:
¡Pico! ¡Picoleto!
¿Y tu mujer?
¿Dónde la tienes?
¿Con quién está?
¡Pregúntale a tu sargento!
¡No veas como se estará poniendo!
Alguno de nosotros
empieza a tirarle
las pilas usadas
del radiocasete.
Enseguida le imita
todo el mundo
y el pobre picoleto
sufre un auténtico bombardeo.
A veces se refugia en la garita.
¡Pico! ¡Al loro!
¡Agáchate!
¡No vayas a romperte la cornamenta!
Pero otras
se mosquea de verdad
y pierde los nervios
y coge su fusil
y le quita el seguro
y se lo lleva al hombro
y pone el dedo en el gatillo
y apunta hacia todas las voces.
¡Dispara! ¡Dispara!
¿A qué estás esperando?
¡Dispara! ¡Dispara!
¿Qué te pasa?
¿No hay huevos o qué?
¡Venga, pico!
¡Dispara! ¡Dispara!
¿Por qué no lo hace?
¿Por qué no dispara?
Alguno de nosotros,
yo mismo,
en su lugar,
lo haría.
¿POEMAS?
Cualquiera
que lea las cartas
que le mando
a mi madre
pensará
que se las escribo
desde un hotel
de cinco estrellas.
EL PÉSAME
El Cejas se ha colgado de mí
y quiere follarme el culo a toda costa.
Pero él solo no va a poder conmigo,
y lo sabe. Entonces lo habla con el Tajas
y con el Bullati. A cambio de su ayuda les dará
una caja de Rophinol a cada uno.
Su plan es este:
el Tajas y el Bullati me llevan a la sala
de la televisión. Allí me dan una paliza
que me deja hecho polvo,
así cuando luego aparezca el Cejas
no estaré en condiciones de plantarle
cara y podrá darme por el culo
a su entero placer. Ahora bien,
la noche antes
la palma la madre del Tajas
y el Tajas, agobiado, no quiere seguir adelante
con el plan. El Bullati tampoco.
La pregunta es casi obligada:
¿debo darle el pésame al Tajas?
CERILLAS
Lo habíamos estado hablando toda la noche:
si mañana por la mañana,
cuando nos abran la celda,
viene alguien,
el que sea,
los que sean,
y empiezan a buscar bronca,
tú ya lo sabes, ¿eh?,
lo que hablamos:
pase lo que pase,
tú y yo juntos,
nada de acojonarse, ¿eh?;
y si tenemos que andar a hostias,
pues andamos,
y si tiran de baldeo,
pues que tiren,
allá ellos,
tú ya lo sabes, ¿vale?,
lo dicho:
pase lo que pase,
tú y yo juntos,
nada de rajarse, ¿estamos?
A la mañana siguiente le sacaron al patio
a hostia limpia, le amarraron
a una columna del tendejón,
le pusieron en los pies periódicos
atrasados, trapos y cartones,
y le enrollaron todo el cuerpo
con papel higiénico
y con la espuma de las colchonetas.
Luego le prendieron fuego.
Las cerillas
las tuve que poner yo.
EL INTERROGATORIO
Estoy medio dormido
cuando en eso suena
el timbre de casa.
Serán cerca de las nueve
de la mañana o así.
¿Quién podrá ser a estas horas?
Mi madre sale de la cocina,
se limpia las manos en el delantal
y va hacia la puerta.
¿Quién es?
Policía. Abran.
Intento decirle
que no lo haga,
que ni se le ocurra
abrir esa puerta,
pero llego tarde
y la puerta se abre
y los maderos entran.
¿Está su hijo en casa?
¿Por qué?
¡Dios mío!
¿Qué ha hecho?
¿Qué ha hecho mi hijo?
¿Está o no está?
Estoy en los calabozos.
Me han dejado con las esposas puestas
en una especie de hueco que hay debajo
de una escalera metálica.
Me han dicho
que no me mueva,
que espere aquí,
que no se me ocurra hacer
ninguna tontería,
que enseguida vendrán a buscarme,
que me tienen que hacer
unas cuántas preguntas.
Hay un trasiego frenético en esta escalera.
No paran de subir
y de bajar por ella.
No paran ni un momento.
Suben
y bajan.
Suben
y bajan.
Es como para volverse loco.
Venga subir
venga bajar
venga subir
venga bajar
y lo peor de todo es que no puedo ver
quienes son los que suben
y bajan
y claro, siempre creo que son ellos,
que ya vienen a por mí
y no,
nunca son ellos
nunca es nadie
y ya tengo los nervios destrozados
y ya casi he perdido la noción del tiempo
y me ha entrado un dolor de cabeza
de la puta que lo parió y
¡Venga!
¡Vamos!
¡Arriba!
¡En pie!
¡Date prisa!
¡Muévete!
Te están esperando los de anti
atracos.
Estoy chillando.
Un chillido innumerable.
Me despierto.
Enciendo el mechero.
Las paredes se mueven.
Cucarachas.
Están llenas de cucarachas.
Las baldosas también.
La piltra lo mismo.
Tengo cucarachas en el pelo,
cucarachas por todo el cuerpo,
hay una posada en mi cuello.
Se cuelan todas las noches
por los agujeros que hay en el suelo,
bajo el lavabo.
Ayer me olvidé de echarles jabón.
El jabón es cojonudo.
Les gusta cantidad.
Lo devoran. Luego hinchan
y estallan.
Estoy despierto,
despierto del todo.
No fue más que una pesadilla.
Menos mal que me desperté
justo a tiempo
y no tuve
que pasar
por aquel interrogatorio
otra vez
más.
II
SIN COMENTARIOS
El teléfono de mi casa
suena constantemente.
Mi madre deja
lo que esté haciendo y,
con el corazón en un puño,
corre a descolgarlo,
pensando siempre que quien llama
soy yo.
¿Diga?
Y una voz al otro lado de la línea,
no siempre la misma voz,
responde:
¿Con quién hablo?
¿Es usted la madre del ladrón?
¿No está él? ¿No está el ladrón?
¿No puede ponerse?
ESTO ES LO QUE HAY
Se lo confesé hacia la mitad de la película.
Era una película cuya historia se desarrollaba
íntegramente detrás de los muros
de una prisión de máxima seguridad. Se lo confesé
cuando en la pantalla salía una escena en la que
otro preso
apuñala por la espalda al protagonista principal.
Le dije que no hiciera demasiado caso,
que las películas lo exageran todo mucho,
que una cárcel de verdad no es así,
que yo mismo me había tirado tres años
dentro de una y no era así ni de coña.
Era peor,
pero esto no se lo dije a ella.
Al salir de cine la acerqué con mi coche hasta
la puerta de su casa, pero antes de bajarse
le dije que, más o menos, me hacía una ligera idea
de cómo se sentía, por lo de que yo hubiera
estado en el talego y todo eso, pero que, bueno,
ahora las cosas eran distintas, yo había cambiado,
ya no andaba metido en rollos raros, tenía
un trabajo fijo y mi intención era seguir saliendo
con ella, pero que a lo mejor ella conmigo no,
y por eso, lo mejor para los dos era que ella
lo consultara con la almohada, lo pensara bien.
Yo estaría en mi casa, pegado al teléfono,
esperando su llamada con lo que hubiera.
Bien, han pasado tres o cuatro años desde entonces
y todavía sigo esperando.
EL CAJERO AUTOMÁTICO
Voy a la caja
de ahorros
de Asturias
a cobrar un cheque
de la Fundación Municipal
de Cultura.
Un cheque por valor
de seis mil pesetas,
por la venta de cuatro
ejemplares de mi último
libro de poemas.
Cuando por fin
llega mi turno
y me acerco a la ventanilla,
el cajero
me mira con desconfianza,
me mira como si yo fuera
a sacar en cualquier momento
una pistola y gritar
¡Esto es un atraco!
¡Manos arriba todo el mundo!.
Me exige el carné de identidad,
lo examina cuidadosamente
y después se levanta, sale
y observo que se pone
a charlar con otra persona
y que los dos me miran
y menean sus cabezas.
Luego mi cajero vuelve,
pero todavía se demora
un poco más consultando
no sé qué en unos archivos.
Finalmente, de mala gana,
me acepta el cheque.
Y todo esto
porque ha visto mis tatuajes.
Los dos tatuajes
que llevo en las manos.
En la izquierda,
la estrella de David.
En la derecha,
el rostro
y el bastón de Charles Chaplin.
Pero él, en la estrella
no reconoce el símbolo
de la libertad,
y en el rostro
y en el bastón de Charlot,
no descubre el humor,
la carcajada,
la risa sana.
No. Él no ve nada de eso.
Solo ve dos jodidos tatuajes,
y en consecuencia, una cárcel,
y por tanto, un ex
presidiario.
Yo.
EL RESTO DEL CAMINO
a veces ocurre:
me quedo parado
en mitad del pasillo,
mirando fijamente
las baldosas del suelo,
sin reconocerlas,
ni reconocer en ellas
los
pasos
perdidos.
MATIZ DE REGENERACIÓN
Todos mis colegas de entonces
o están muertos
o están otra vez en el talego
o andan por ahí tirados,
buscándose la vida
como malamente pueden.
Yo no.
Cambié.
Dejé a un lado
esa clase de vida.
Tuve miedo.
Mucho miedo.
EL NOMBRE DE LOS MEDICAMENTOS
Lo peor viene luego, después:
cuando estés durmiendo
y empieces a soñar
con aquellos días.
Será un sueño tan real
que te despertarás
cagado de miedo.
Sudando. Chillando.
Con los ojos meados.
Entonces consultarás
el reloj de arena
de encima de la mesita,
a ver qué hora es ya;
o el ventanuco de tu cuarto,
a ver si entra alguna luz
por las cuatro rendijas
de la persiana
y ya es de día.
Si aún es de noche,
ya sabes:
tendrás que volver.
A la cárcel.
EPÍLOGO
SILVIA LA DEL PELO ROJO
Si te he de ser sincero
quedé con ella
con la sana intención
de llevarla en el coche
a un descampado
a echarle un polvo.
La encontré rara,
no sé,
no tenía chispa en los ojos,
estaba despeinada
¿Cómo es que te dio por llamarme?
y el jersey,
el jersey azul cielo,
lo tenía todo lleno
de quemaduras de cigarrillos,
No sé, tenía ganas de verte.
y estaba en los puros huesos.
Daba pena verla, y sin embargo,
ya ves, no sé, era
la misma tía con la que años atrás
iba por la calle gritando
sexo, drogas y guns n´roses
sexo, drogas y guns n´roses.
¿Sabes algo de Santi y de Flor?,
le pregunté mientras conducía.
Santi le ponía los cuernos a Flor
sin parar. Flor había tenido otro
hijo.
¿Y qué es de Carmen?
Carmen estaba de puta
en una barra americana.
¿Y de Juanjo?
¿No te enteraste?
¿De qué?
La palmó.
Una sobredosis.
El día de Nochebuena.
Y tú, ¿qué tal?
No sé quien me dijo
que te habías separado,
¿es verdad?
Sí.
¿Por qué? ¿Qué te pasó?
A mí nada. A él,
que era un hijoputa,
y un cerdo.
¿Qué te hacía?
De todo.
Me pegaba.
Se metía caballo
y luego llegaba a casa
y me pegaba,
me daba unas palizas de muerte,
y me forzaba sexualmente.
Lo dijo así. No dijo
me violaba
o me follaba a la fuerza. No.
Lo dijo así:
me forzaba sexualmente.
¡No me jodas!
Sí,
y hasta tuve que abortar.
¿No podías tener el hijo o qué?
Fue mi madre. No quiso
que lo tuviera. No quiso
que tuviera
un hijo
de ese hijo
de puta.
Di una vuelta a la ciudad,
y luego la llevé otra vez a casa.
Me sentía raro, mal,
¿sabes lo que te digo, no?,
como si fuera culpa mía
que le hubiera pasado todo eso.
Un día de estos te vuelvo a llamar.
No dijo nada.
Pero al levantarse
para salir del coche
se le subió un poco el jersey
y le dejó un trozo de espalda
al descubierto.
Ahí estaban las marcas.
Los renegrones.
Las cicatrices.
La historia
que me acababa de contar.
Notas
1. Versos de Rabindranaz Tagore.
2. Jeringuillas.
3. El director.
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