He tenido la fortuna de vivir una época muy variada y estimulante de la edición en España y de haber sobrevivido en el oficio para contarlo.
La célebre frase la lectura, ese vicio impune en mi caso no resultó tan exacta, ya que propició la vocación de editor. Además de la curiosidad lectora, una serie de ejemplos me habían ayudado a vislumbrar   lo que significaba la tarea editorial y lo apasionante que podría ser esa actividad.
Entre los casos más próximos figuraban las trayectorias extraordinarias de José Janez y de Carlos Barral, las máximas figuras de la edición literaria española de los años cuarenta, cincuenta y sesenta.
En la Argentina estaba Losada, la editorial de Sartre, Camus y tantas obras de teatro que en España sólo podíamos leer, así como Sudamericana, con García Márquez y Cortázar en su catálogo, entres otros, y Siglo XXI, que tantas frustraciones me causó al tener copados a muchos de los autores de primera fila de la época, en el ámbito del pensamiento, como Barthes, Lacan, Althusser, por citar algunos. En Francia, además de la ineludible Gallimard, estaba Jerome Lindon y sus ascéticas Editions de Minuit, y François Maspero, un símbolo de la edición militante, al igual que el español José Martínez al frente de Ruedo Ibérico. En Italia, Einaudi y Feltrinelli conjugaban el compromiso político con un abanico muy amplio de intereses culturales.
Tras varios proyectos fallidos, en otoño del 1967 decidí lanzarme yo también y poner en marcha una editorial, Anagrama, en aquella Barcelona bulliciosa que alentaba toda clase de proyectos culturales. Con poco dinero se fundaban editoriales y se montaban librerías, aparecían jóvenes arquitectos, cineastas, pintores, fotógrafos y nos encontrábamos todos en los circuitos nocturnos.

La editorial comenzó con tres colecciones, "Argumentos", "Documentos", y "Textos", cuyos primeros títulos, bastante significativos como declaración de intenciones, fueron Detalles de Hans Magnus Enzensberg, Los procesos de Moscú , de Pierre Broué y L'ofici de viure de Cesar Pavese, respectivamente.
Los primeros libros salieron en abril de 1969, o sea después de un período bastante prolongado de preparación y también de forcejeos con la censura de la época.
Al mencionar la censura, quizá deba recordarse que, aunque pueda parecer remoto, España fue gobernada durante cuarenta años por un dictador llamado Franco, quien, lógicamente, implantó de inmediato la censura de prensa y de libros.
Sin embargo, a finales de los años sesenta, en lo que se ha llamado el tardofranquismo, pese a la brutalidad de sus coletazos, la censura empezó a presentar resquicios, fisuras. Y a través de ellas, a riesgo de procesos y secuestros de libros, empezaron a publicarse textos que daban cuenta de la agitación política de la época agitada por excelencia.
Por otra parte, en el ámbito de la vanguardia cultural existían también no sólo lagunas sino océanos por colmar, por lo que la voluntad de exploración, de descubrimiento, de rehuir los senderos trillados no tenía por delante sino l'embarras du choix.
Mi motivación básica inicial como editor era indagar y reflejar las inquietudes y ebullición intelectual en aquellos tiempos. Anagrama fue, pues, una plataforma de radicales y vanguardismos varios, de caja de resonancia de muchas de las ilusiones y no pocos delirios de época.
En esta onda tuvo lugar, a lo largo de la década, la incorporación de textos de Trotski, Rosa de Luxemburgo, Mao, Bakunin, Kropotkin, Lenin o el Che, la recuperación de figuras de la heterodoxia revolucionaria española como Joaquín Maurín o Andreu Nin, sin olvidar los afiladísimos análisis de la Internacional Situacionista.
También acudieron a la cita textos pioneros sobre estructuralismo, antipsiquiatría, freudomarxismo, testimonios de la contracultura norteamericana, surrealistas píldoras de humor negro o mordaces observaciones duchampianas.
Los primeros años de la editorial fueron una de las épocas más excitantes. En 1970 nos reunimos un grupo de ocho editores independientes - que cubrían los ámbitos de la vanguardia cultural, la izquierda tradicional, la extrema izquierda y el radical chic- y fundamos una distribuidora y una colección de bolsillo conjuntas, Distribuciones Enlace y Ediciones de bolsillo. Éramos todos amigos, y mucho más cómplices que competidores. La lucha contra la censura, en ocasiones, se convirtió casi en un deporte, en un más difícil todavía, como en el circo.
Cuatro hemos seguido en el oficio: Esther Tusquets, editora de Lumen, Josep Maria Castellet, de Ediciones 62, Beatriz de Moura, editora de Tusquets, y yo, claro. Como, tras no pocos avatares, hemos logrado sobrevivir bastante bien, ahora competimos más entres nosotros, pero con un fair-play y una amistad bastante infrecuente en el oficio. Por desgracia han fallecido el infatigable Alfonso Carlos Comín, un iluminado del diálogo entres el comunismo y el cristianismo, y Carlos Barral, que fue como un reverenciado hermano mayor.

En la segunda mitad de los años setenta, en España, después de la transición democrática, que supuso la postergación sine die de la ruptura, se impuso el mapa de la realidad política y se produjo el llamado "desencanto", el fin de las esperanzas revolucionarias.
Al parecer, de golpe y porrazo, buena parte de aquellos lectores inquietos que se interesaban por todo, dejaron de leer no sólo los textos políticos sino también libros de pensamiento, de teoría, lo cual provocó la desaparición de la totalidad de las revistas políticas y el colapso de la mayoría de las editoriales progresistas.
Anagrama quedó también seriamente afectada, ya que buena parte de los títulos publicados y de los ya contratados tenían un número previsible de lectores decidida y progresivamente escuálido.
Por otra parte, en 1977 había iniciado un par de colecciones que sintonizaron bien con el espíritu de un tiempo descreído ante las grandes mayúsculas. Una era "La educación sentimental" que exploraba el territorio de la vida cotidiana, rechazando convenciones, mojigaterías y autoritarismos. La otra, "Contraseña" convocaba a una partida de narradores agresivos, marginales y a menudo salvajes, con abanderados como Bukowski y Copi o los llamados "nuevos periodistas" Tom Wolfe y Hunter S. Thompson. Aunque esta colección   fue muy importante para capear la crisis, su apoyo no fue suficiente y Anagrama pasó, durante un par o tres de años, de la precariedad habitual de los primeros tiempos a momentos francamente angustiosos.
Por aquel entonces, en 1976, varios editores europeos independientes - más o menos izquierdistas y más o menos arruinados - decidieron otorgar un premio anual de literatura a un manuscrito inédito y publicado simultáneamente en los países de cada editor. Entre los promotores estaban Klaus Wagenbach, Inge Feltrinelli, Christian Bourgois y John Calder, que tuvieron la gentileza de cooptarme como editor español.
El premio tuvo una vida aún más efímera de lo habitual en tales proyectos, ya que sólo se concedió un año, al libro Cien poemas apátridas del austríaco Erich Fried, que había sido propuesto por Klaus Wagenbach. Luego, a los tradicionales problemas de copyright y de expectativas distintas de los editores, habituales en tan voluntaristas certámenes, se unió la crisis económica que afectó a casi todos nosotros. Guardo muy grato recuerdo de aquellos encuentros, que iniciaron o consolidaron mi amistad con los editores confabulados.
En 1981, la literatura, que había tenido un papel secundario en la editorial, aunque presente desde la temprana "Serie Informal", empezó a tomar la posición predominante que luego ha ocupado. Yo mismo, como lector, había vuelto a devorar narrativa, como en los tiempos de juventud, y me dispuse a reorientar la editorial en ese sentido.
La colección "Panorama de narrativas" dedicada a la literatura extranjera, comenzó publicando autores prácticamente desconocidos en España como Jane Bowles, Grace Paley y Thomas Bernhard y no pocos italianos. Enseguida captó a unos lectores fieles, se consolidó con el éxito arrollador e inesperado de La conjura de los necios de John Kennedy Toole, y con los libros de Patricia Highsmith protagonizados por Tom Ripley, con A pleno sol por delante. La excelente acogida de esta colección puso fin, al menos hasta ahora, a los agobios económicos de la editorial.
Esta bonanza permitió la puesta en marcha en 1983 de una experiencia apasionante: la colección "Narrativas hispánicas".
Al igual que en otros países, los años setenta se habían caracterizado por el terrorismo intelectual de la Teoría, del Experimentalismo, por el Desdén o el Horror respecto de contar una historia. Pero, tras los imposibles mamotretos textualistas, parecía posible o cuando menos, deseable un resurgir de la narración.
Y, en efecto, así sucedió. A lo largo de los años ochenta, en España apareció una nutrida tribu de nuevos escritores notablemente armados literariamente y por otra se consagraron varios escritores que habían debutado en los setenta: "los mejores cerebros de su generación", parafraseando a Allen Ginsberg, no habían quedado destruidos con sus forcejeos experimentales, sino que por el contrario habían ejercitado espléndidamente su musculatura y ahora, después de haber hecho los deberes escolares, estaban en plena forma, como demostraron Álvaro Pombo, Javier Marías, Félix de Azúa, por citar tres ejemplos que destacaron muy pronto.
En dicha década, muchos de estos escritores no sólo conectaron con los lectores de nuestro país sino que también, cautelosamente al principio y luego de forma progresiva, empezaron a traducirse y a leerse en Europa, rompiéndose así un aislamiento casi total con la literatura española reciente. Haber elaborado activamente en ese lanzamiento internacional ha sido una de mis mayores gratificaciones.
Actualmente "Narrativas hispánicas" es la colección más importante de la editorial y la que me proporciona más alegrías, aunque también la que exige mayor dedicación y ocasiona más stress.
En 1989 se inició "Compactos", la colección de bolsillo de la editorial, que en junio de 1994 alcanzará los cien títulos, importante apuesta de futuro.
Otro aspecto a subrayar de la editorial son sus dos premios anuales para manuscritos inéditos: uno de ensayo, otorgado en 22 ocasiones, y otro más reciente de novela, otorgado en 11 ocasiones.
Se perseguía convocar tanto a ensayistas como a novelistas españoles o latinoamericanos que pudieran sentirse atraídos por las características de la editorial e intentar así llevar a cabo una de las más excitantes tareas de un editor: descubrir y alentar las nuevas voces de su época.
El único criterio de valoración seguido es la calidad del texto, independientemente de la mayor o menor comercialidad del mismo. Además, todos los miembros, excepto yo, son figuras del mundo cultural español sin ninguna vinculación con la editorial, lo que subraya su independencia.
Los resultados de ambos premios son más que satisfactorios: la lista de sus ganadores y finalistas parece imprescindible en el ámbito de la literatura y el pensamiento en lengua castellana.
En cuanto al futuro, cabría ser moderadamente optimista. En efecto, los primeros años de la presente década han sido muy satisfactorios. Entre las colecciones en activo destacan cuatro - "Narrativas hispánicas", "Panorama de Narrativas", "Argumentos", y "Compactos"- razonablemente bien implantadas y seguidas con fidelidad, o al menos con curiosidad, por lectores, libreros y críticos. Ello permite apretar el acelerador en literatura y en ensayo, en autores en lengua española y en traducción, en edición normal y en bolsillo, según las expectativas del momento.
Sin embargo, oteando el panorama, es evidente que la edición concebida con vocación inequívocamente cultural está pasando, por razones harto conocidas, tiempos difíciles en todos los países. Estas dificultades significan un reto para el editor, un reto que puede resultar positivo ya que obliga a estimular la imaginación, la creatividad.
Puede parecer paradójico que este edificio lo estén superando con singular fortuna ciertos editores independientes. Tales son los casos, entre los más relevantes, en sus diversas características y tamaños, de Minuit, Gallimard y Seuil en Francia; Feltrinelli, Adelphi y Sellerio en Italia; Hanser, Suhrkamp y Wagenbach en Alemania; Tusquets, Lumen y Quaderns Crema en España. Estos ejemplos demuestran que llevar a cabo un proyecto editorial riguroso y reconocible, con una voz propia, apoyado por la tenacidad y por la benevolente "música del azar", no es imposible, y que, citando a Roberto Calasso, tongue-in-cheek, en la edición "la virtud no siempre no es recompensada"
Es muy probable, desde luego, que en unos pocos años este moderado optimismo resulte tan infundado como insensato. La aceleración de la historia, en tantos terrenos, hace que el oficio de profeta parezca reservado a los lunáticos.

 
 
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