"Por su condición desastrosa genera problemas tanto internamente a los individuos como con otras personas, por diversos motivos considerados de urgencia ( valores estatus poder , recursos escasos...). En la confrontación u oposición resultante los contrincantes desean neutralizar, dañar o eliminar a sus rivales, incluso cuando la disputa sea de palabra (en tal caso se substituye la eliminación física por la búsqueda de humillación y vergüenza del rival)."
"Conflicto" - Wikipedia

"Porque en un momento el discurso se dispara y yo no puedo parar el discurso en nombre de la verdad porque si no, no puedo escribir más."
E.S. - Entrevista.

"Pero no se puede atribuir nuestra pérdida de la virtud a ningún suceso o serie de circunstancias en concreto. No se puede perder lo que no se ha tenido nunca."
James Ellroy - América

Cuando te levantás un lunes por la mañana, la cabeza pesada, la sien latiendo al palo y la nuca empujando hacia atrás, los ojos en compota, la garganta agria, el cuerpo entumecido todavía por la borrachera de todo el fin de semana, cuando es lunes -no tan temprano, lunes de semiempleado, lunes de quien no sale a ganar el dinero para comprar un auto o una casa, no, lunes de quien apenas paga el alquiler y punto-, en ese momento, o peor, si fue fin de semana largo y entonces ya es martes, lo que equivale a decir que perdiste un día de cobro, que tu salario se reduce porque no te pagan los feriados, en ese momento, ansioso ya en el primer café por prender un cigarro pero aguantando hasta la segunda taza, entonces ahí, sí, lo único que querés es CONFLICTO.

Te lo digo a vos, Estebitan, y no al hombre huraño, asocial, decadente de tu padre (que vos no seas él no parece tan fácil de entender para muchos, incluido yo, porque cada uno de los que leen el libro que recoge tu discurso no sabe bien con quién agarrárselas, si con vos o con él, y no es lo mismo, digo, no es equiparable el padre al hijo, eso es seguro). Te lo digo, igual, para que le cuentes, que se informe ese hombre, porque me parece que el hecho de haber renunciado a todo subte, a todo viaje y reunión en el centro puede beneficiarlo en muchos aspectos (puede mejorar su salud, sin dudas, puede hasta cambiarle el humor y mejorar su drive) pero no le sirve a la hora de pensar el por qué de los conflictos. Es un proceso como el de los presidentes que, sí, ellos van de provincia a capital todo los días, se mueven, digamos, pero van por el aire. Flotan, eso es, y si uno flota considera que todo es más liviano, lo que, por otro lado, es un error de percepción o, mejor dicho, un error de confianza.

Pero sigamos con lo nuestro, el descargo. Y antes que nada quiero decirte esto, para que te lo grabes y lo repitas tal cual: NO RESOPLO UNA VEZ POR SEMANA, MENOS QUE MENOS UNA VEZ POR DÍA. RESOPLO CADA QUINCE MINUTOS, ENTRE PUTEADA Y PUTEADA. Es triste, sí, es deprimente, sí, va contra toda prescripción de medicina védica, homeopática y osteopática, pero es un hecho. Puteo y resoplo, puteo y resoplo, podría parecer un nuevo mantra o una forma contemporánea de explicar el malambo, pero no, es el camino que transita cualquier perejil que hasta acá no hizo más que comer buzones. A mí también me hace mal tomarme el subte o el colectivo repleto que viene desde el sudoeste y va tirando a la masa por las calles céntricas y a mí en frente del Palacio Pizurno, a pasitos nomás de la universidad privada de turno. El 150 cumple pero no dignifica. Y es cierto, no debe hacer nada bien ahora que hay tanto virus suelto, colgarse del caño y respirar los aromas de la clase trabajadora. Pero no queda otra.

Te digo esto para que entiendas que si uno quedó de este lado no hay demasiadas opciones más que atravesar el proceso que lleva del resoplo y la puteada rumeada hasta la búsqueda del conflicto. "No me dejen solo, hijos de puta" o "si yo caigo que caigan todos" puede ser un buen punto de partida. Sí, sí, sí, hablamos de miserabilismo, de un espíritu destructivo que nada bueno puede aportar a la sociedad. Hablamos de nuevas generaciones formadas en la infinita posibilidad de combinar unos y ceros, para quedar siempre en cero.

Para que te hagas una idea y me entiendas, te lo explico desde lo más básico: la casa se llenó de gringos con plata fresca, buenísimo, los gringos son sensibles y quieren hacer el esfuerzo de comprender la cultura argentina -están seguros de que algo así existe- y por eso le entran con todas las ganas a 'ser' y 'estar', al 'quiero que + subjuntivo', a la gramática que funda el 2x4 -me estoy poniendo ácido, se dobla el estómago de tanto cigarro barato y tanto mate-, los tipos vienen con sus ganas, sus dólares y, no podía faltar, su prepotencia. Hasta ahí todo bien, cada cual con lo suyo, cada cual con su terapeuta, uno está dispuesto a tolerar lo intolerable del otro, para algo uno leyó poetas chicanas y se rió con la putez que desnuda "La causa justa", para algo uno estudio Letras. ¿O no? ¿O no somos lo suficientemente sofisticados como para tolerar lo reaccionario en el otro? ¡Claro que sí, por favor, qué me importan todos esos nazis locos por pisar La catedral o tomarse un vinito picado en lo de Roberto! A lo que voy -y con esto empiezo a terminar- es que lo importante acá, hablando mal, pronto, sin filtrar, lo importante acá es la teca, la guita, la mosca, el billete. Y siempre que hablemos de conflicto vamos a estar hablando de -unos pocos- pesos.

Hay una genealogía de este conflicto, hay toda una historia que empieza allá en Puan 480 y que tiene que ver, como siempre, con el manejo de la información. Porque si alguno de esos profesores que tuve, tan lúcidos ellos, tan despiertos, tan con el cinismo a flor de piel, tan a la moda, si uno solo de ellos se hubiera pronunciado, cual Corte en favor del ropo, y hubiera dejado esto sentado, hablaríamos sí de una universidad democrática, de una universidad para todos, plural, abierta, en vínculo con la comunidad. Claro que esto es de una ingenuidad que a vos te debe matar de risa, te imagino sentado en alguna otra librería que no sea La boutique, porque el boludo de tu viejo se hace el canchero y se anda metiendo con cuanto perejil puede, pero digo, entonces, que lo importante hubiera sido que se pronunciaran, que lo dijeran con todas las letras. ¿Qué? Algo muy simple: "Acá el que no apuesta a la beca, pierde". Así, con parafraseo y todo. No es tan difícil de pensar, si ellos son los capos, mejor, si ellos son los capomaffia de la cita, su subversión, su uso en medio de una operación de inversión, de su desviación del sentido. Sí, sí, era fácil: agarrar al patillas, más: a Lorencito que fue el que acuñó la frase, y cambiarle un sustantivo, un articulo, quitar la contracción y agregar la partícula de negación 'no'. ACÁ EL QUE NO APUESTA A LA BECA PIERDE. Y todos, quizás, por qué no, habríamos salido corriendo a meternos en un UBACYT o a llenar cuanto formulario hiciera falta para tener la CONICET o la menos popular FONCYT. Claro que no todos la hubieran tenido, pero bueno, estaríamos de sobre aviso y eso te permite planear un poco los próximos pasos. Ahora no, ahora la agenda viene vencida. Ahora la agenda es, seguro, anterior a cualquier momento entre el '45 y el '55 y, si te descuidás, es una agenda de 1919 con los Talleres Vasena en la tapa.

Lo mismo da la cancha de paddle del español para extranjeros que la universidad privada, confiá en lo que digo, Estebitan, repetí lo que digo, Estebitan, porque sé de lo que hablo. A vos te ofrecen una comisión pedorra en una universidad pedorra, la UK, la GUAI, la USÉS, la FUCK, todas al final se aglutinan y firman un pedido para que no haya posibilidad de negociación colectiva, te juro, aunque algunas se la den de progres y otras de derechosas liberales, conservadoras, a favor o en contra del aborto, al final todas se juntan para decir NO A LA NEGOCIACIÓN COLECTIVA. A vos te parecerá lógico que los tipos no quieran que se les metan en la casa, que no venga el Pitrola del momento a interrumpir la cena familiar, claro, vos decís todos necesitamos un descanso, un tiempo de reposo, pero te olvidás que para que te acepten tenés que tener un título, hasta exigen maestrías, y después no te pagan ni aunque te agarres peritonitis. Es tan simple como hace ochenta, noventa años: no vas, no pagan. Y tu papá viene y me dice que Pitrola se levanta y piensa cómo va a tocar el nervio hoy, qué pesado este Pitrola, si se las cortan vuela, pero bueno, alguien tiene que hacerlo. Mirá, te lo digo desde acá, desde un sindicalismo amateur, peor que jugar en la primera D y tener que meterte en la villa para defender los colores de Victoriano Arenas, ahí en Valentín Alsina. Y es que si en breve no vienen a proponernos hacer un programa tipo Atlas le pega en el palo, tanta lástima damos. Pero tanta vena tenemos, por eso tanta vena tenemos, Estebitan.

Y es así, puro resentimiento, pero con una diferencia: la intención de sublimarlo en una acción que nos libere un poco, que nos saque un ápice al menos de nuestra condición de horrendos perdedores, perdedores sin glamour, sin biografía. Porque cuando decidís tomarte unas vacaciones en un mes absurdo -digamos mayo, quizás octubre- calculando lo mejor posible para no perderte la gran fiesta de la temporada alta, cuando hacés las cuentas y decís mejor me voy en tren así me ahorro unos pesos y disfruto del turismo antropológico, el tren de los pobres que tarda cuarenta horas lo que un micro no más de dieciséis o diecisiete, cuarenta horas para dejarte más o menos cerca del lugar que elegiste en esa provincia medieval que no conocías (lo más lejos a donde pudiste viajar, sorprendiendo a tu alumno que calcula en decenas de miles de kilómetros su próximo destino vacacional), cuando hiciste todas las cuentas para que no se te haga un agujero a la vuelta y, así y todo, estás en cero, al día, querés fuego, querés bala, querés rayarle el auto pero también robarle las ruedas al arribista de tu dueño.

Entones, Estebitan, nosotros aprendimos dos verdades a los golpes: una, que vivimos de lo que trabajamos y que, en ese sentido, estamos muy lejos de lo que nos prometieron allá en Caballito -el mismo Caballito decadente que decidiste abandonar, bancándote el escandaloso andar del 55 y sus estúpidas vueltas-, muy lejos del "ser el mejor alumnado del mundo" (palabras textuales de un famoso profesor y poeta de la casa, amante de su perro), muy lejos de acompañar o escribir discursos a presidentes, muy lejos de las tapas de los diarios. Trabajadores, con todo lo molesto -para nosotros, para los demás- que tiene el nombre, todo lo horrible que prefigura, lejos de los restaurantes a la moda. Y la segunda, una verdad estúpida, de perogrullo, pero cómo ignorarla: trabajadores precarizados.

Mi dueño vino el otro día y me dijo que el arreglo que habíamos hecho estaba mal, que la suma del arreglo para que me pagara el monotributo era incorrecta. Me lo dijo así, sin escrúpulos, en la cara. Cómo si no supiera, como si no existiera el grandioso fraude laboral que le mantiene el kiosquito y a mí en la lona, viene y me dice que si yo facturo para otro lado él me tiene que pagar menos. No, no facturo, le digo, tengo otro tipo de contratación (a ver si entiende la indirecta). Es demasiado descaro, pienso, pero no importa, me la banco y espero. Ni le importa pensar que debería cumplir la ya de por sí injusta ley y ponerme en blanco, una suerte de actualización histórica que me devuelva al presente, no, ni piensa en eso, a él lo único que le importa es que me está pagando doce pesos de más. ¿Te das cuenta, Estebitan, que esto es mucho peor que pegarle con top por complejo de inferioridad? Yo sé que hay planos de lo simbólico y que son igualmente importantes, están bien tus figuras y me hacen mucha gracia, pero acá estamos hablando de que tengo que pagar para trabajar, que son once meses y medio contra los trece que corresponden. No sé si me seguís, no es tan difícil al fin de cuentas, si, total, hablamos de migajas.

Tu viejo es un tipo brillante, tiene la capacidad de pensar lo que queda obturado, tal vez por no ser peronista, tal vez porque estuvo ahí arriba y hoy la lleva más o menos, tirando para no caerse de la mesa pero en la mesa. Lo que me gusta de tu viejo es como me irrita, me perturba. Así como viene y te dice que el documental del Puente Avellaneda parece hecho por estudiantes, que es evidente que Clarín le baja dos puntos a todo porque Clarín es la térmica del país y que si dice las cosas como son se prende fuego este desierto de futuro. Está bien, la térmica es la temperatura y es la llave que corta para que no nos quedemos pegados. Me gusta. Pero para los lerdos, los de a pie, los legos, que demuestren que Clarín eligió no decir sigue estando bueno. Yo no sabía, discúlpame Estebitan o pedile disculpas a tu viejo de mi parte, pero yo no sabía que la cosa era así y me vino bien enterarme. Pero con esa lógica no le ganamos la pelea a nadie, no arrebatamos nada, no llegamos ni a carteristas. Ya sé que vos te dijiste retirado, pero no se puede, entendeme, no se puede estar afuera, es como querer decir sin palabras, como pensarse un salvaje o un marciano: un imposible.

Dejame que te diga algo a título personal: tu viejo y vos se salvan antes que nada porque tienen humor, eso los emparenta aunque no muchas más cosas. Aparte de eso, él tiene un espíritu más melancólico. Me acuerdo cuando estuvo en mi casa, lo primero que dijo fue que a él lo que le preocupaba era el paso del tiempo. Claro, es que con la edad uno empieza a mirar las cosas de otra manera. Me pregunto también si no se vuelve uno un poco más reaccionario. Que está bien para él que es escritor, los buenos escritores son casi todos bastante reaccionarios. Pero, ya te digo, los escritores viven como si estuvieran en otro lado. Y digo 'como si' y es la enésima que le robo, así como a vos te robo el tono para hablar. Porque estoy cansado, harto, sacado, y todo lo que quiero explicarte es que el vino barato, aunque con hielo, se transforma en fuego y prenderte fuego es lo que quiero. Estar tranquilo, prendiendo fuego.

Me pongo repetitivo, es la borrachera barata del viernes a la noche. Es el Vittone, un fernet de tercera calidad. No el de los desedentados del conurbano, pará un poco, esos toman Fernando, yo te hablo de uno de patético pequeñoburgués cayéndose ya no de la mesa, del banquito de la cocina. Pero mirá lo que nos dicen: en el tugurio donde laburo queda libre el puesto de supervisor, ponele que le digamos así, 'supervisor', para darle un tono más proletario, más afín a la que me quiero creer hoy, que vengo con ganas de ponerme en contra, parecerme a Pitrola pero sin hablar de la cruz que a veces él, tu viejo, se pone y que está bien, porque un escritor sin contradicciones no es un escritor, que le avisen al difunto al que le dedicaron tantas y tantas aulas, en eso coincidimos. Pero me pongo medio pelotudo, por el alcohol, la rabia, y las ganas de figurar. Entonces, falta un supervisor, decía, o algo así, y llaman a entrevistas a gente de afuera porque a nosotros no nos quieren ver ni en el facebook (aunque el dueño haya intentado al principio algún levante de profesoras por este medio tan cordial, tan moderno), llaman y da la casualidad que va a la entrevista una compañera, una que está más o menos al tanto de lo que pasa en el mundo paralelo del español para extranjeros. Va y le dicen que qué bueno que se vista bien, porque nosotros somos todos una manga de andrajosos que damos lástima, hippies de Puan le dicen, y vos te podés imaginar cómo se pusieron las minas, digo, las profesoras, cuando se enteraron de lo dicho por la patronal, que así es como los llamamos ahora porque somos re sindicalistas, viste, ahora que jugamos en la D y la tele pública pasa el fútbol, aunque no seamos nosotros, es casi lo mismo sin serlo nunca. Lo cierto es que aprovecho, medio correveidile, para promocionar la irritante nueva, y claro, todas saltan como leche hervida. No podés decirle a una mina de Letras, que no es como ser de Antropo, no, es otra cosa, más sofisticada, no podés decirle que no se viste bien o que usa ropa vieja. Y ahí sí le hacemos la contra a Clarín y le subimos dos o tres puntitos a la térmica. De amperaje o de sensación, como Crónica, pero ahí nos apuntamos un porotito. Porque sí no, ni ahí, porque queremos que esto explote y al fin flotar por los aires.

¿Te parezco infantil? Tenés razón. ¿Te parezco imprudente? Es cierto. Qué le vamos a hacer, es el cansancio y la falta de claridad. Si estuviera en un campus viendo caer la nieve, a lo mejor. Si estuviera en Londres pintando con acuarelas, es probable. Pero no es el caso. Nada que ver. Venimos de una facultad que se cae a pedazos, una facultad que era una fábrica de cigarros, el vicio de los pobres como dice Franzen, y donde nos hicieron creer que nos iba a ir bien sin decirnos cómo, cuál era la fórmula. Porque, hacia esto voy, no se discutió nada en Puan 480 o al menos no me enteré, lo importante era ganar la elección del Centro, la elección de representantes, o el concurso o la beca, pero nadie nos dijo que mejor empecemos por organizarnos, por ver bien cómo enfrentar al monstruo que esperaba afuera, en la puerta. Nos dijeron, eso sí, que mejor, más canchero, era leer a Deleuze, más que a Barthes o a Derrida, al primero porque era medio inocuo y sin alcance, al segundo porque no había cómo sostenerlo si uno se plantaba en la filosofía dura. O, para los vintage, quedaba la Escuela de Frankfurt, un acceso directo en tu escritorio al marxismo, pero si te lo tomabas muy en serio te topabas con que era necesario el alemán. ¿Y quién quería aprenderse las declinaciones y el sistema de casos? Lo cierto es que se discutían muchas cosas muy serias y abstractas, daba miedo cuán lejos se podía llegar, hasta se hablaba de una docente que había estado internada por culpa de la Teoría Estética de Adorno. Pero del trabajo, ni noticias. De la necesidad de organizarse y pensarse como trabajador, menos que menos, eso da lástima, tristeza, depresión, tristeza el domingo y tristeza en navidad, con regalos comprados en Once. ¿Qué puedo decirte? A tu generación le fue bien con la primavera alfonsinista, a nosotros nos recibió una universidad masificada, con gente sentada en el suelo. Nos hubiera ido mejor como tatuadores, de una. Me hubiera ido mejor si hubiera juntado el hecho de que no me tomaban ni como muñeco para promociones, ni como empleado de Yenny de El Ateno (por estudiar Letras ¿?) con la estúpida idea de estudiar en Puan, si hubiera pensado cómo armar un kiosquito. Y no comprar la mierdosa metafísica que al fin de cuentas es esa carrera.

Y escribir viene siempre con la estúpida esperanza adosada de alcanzar a alguien en el futuro. Dicen que te mandan mails, que aun cuando no lo esperás alguien te recuerda. Ni idea. Lo cierto es que para cuando leas estas líneas muy posiblemente hayamos plantado la primera bomba. Nos metimos en lugares feos, no porque hayamos pasado a la clandestinidad, eso hoy no existe a menos que te metas en alguna banda del Bajo Flores, sino porque metimos las manos, las piernas, hasta el ojete en el barro. Quizás lo hagamos para meter alguna baza, pero seguro para intentar llevarnos a alguno en nuestra caída del mapa. Porque cuando te va mal querés que a todos les vaya mal, tal vez por ahí hay que pensar a la izquierda, a vos que te gustan esas cosas, por el lado de que para ellos, sí, cuanto peor estemos, mejor. ¿Por qué? Porque al menos no son los únicos que pierden. Y bueno, nosotros agarramos y dijimos: dale, vamos a todas las reuniones que hagan falta, a ver qué pasa. De ahí que, cuando leas estas líneas, ya les hayan llegado un par de cartitas con invitaciones a reuniones informales pero amenazadoras. Reuniones en las que nos sentamos con los gordos. Sólo por el gusto de ver crecer una úlcera en el estómago de nuestro dueño. Nos pusimos en garcas, digamos. Y yo te digo, no es para menos, porque vos ves tipos que ya pasaron los cincuenta y siguen con la cantinela del monotributo y la independencia que les otorga, ves tipos que le facturan a la universidad pública, que por lo tanto no tienen cargo ni nombramiento alguno, que hace quince o veinte años enseñan su lengüita a cambio de un honorario mísero, pero que sin embargo dicen, como tu viejo, no al conflicto, a mí me pagan bien, yo soy un profesor de la universidad pública con cursos de idiomas pagos. Yo le doy de comer al que craneó el curro de los idiomas en la universidad pública, pero eso no importa, acá hay un capital simbólico fundamental que no pienso regalar ni perder. Gente casi vieja, viste, gente que no le queda mucha nafta. Pasate por 25 de Mayo y fijate con qué te encontrás. O peor, pasate por alguno de esos centros de idiomas que supuestamente son de la UBA y fijate con qué te encontrás, seguro que el director es algún viejo correligionario y te invita un café.

Por eso tenemos ganas de meterle ruido a la frecuencia, escupirle el asado a los que viven del imperfecto, el subjuntivo o de un título ajeno. ¿Viste cuando se te irrita una encía y, sin embargo, no podés dejar de tocarte? Lo hacés para comprobar que el dolor sigue existiendo, lo hacés porque es un dolor soportable, lo hacés para ver hasta dónde llegar. Es algo parecido, estamos dispuestos a todo con tal de que el conflicto crezca. A robarles el estéreo y cortarle los frenos. Pero que tu viejo no se preocupe, total, por lo que sé no tiene coche.

*

Volvamos a empezar. Tacho todo lo anterior y vuelta a empezar.

Cuando te levantás un lunes por la mañana, la cabeza pesada, la sien latiendo al palo y la nuca empujando hacia atrás, los ojos en compota, la garganta agria, el cuerpo entumecido todavía por la borrachera de todo el fin de semana, cuando es lunes -no tan temprano, lunes de semiempleado, lunes de quien no sale a ganar el dinero para comprar un auto o una casa, no, lunes de quien apenas paga el alquiler y punto-, en ese momento, o peor, si fue fin de semana largo y entonces ya es martes, lo que equivale a decir que perdiste un día de cobro, que tu salario se reduce porque no te pagan los feriados, en ese momento, ansioso ya en el primer café por prender un cigarro pero aguantando hasta la segunda taza, entonces ahí, sí, lo único que querés es CONFLICTO.

Te lo digo a vos, Estebitan, y no al hombre huraño, asocial, decadente de tu padre (que vos no seas él no parece tan fácil de entender para muchos, incluido yo, porque cada uno de los que leen el libro que recoge tu discurso no sabe bien con quién agarrárselas, si con vos o con él, y no es lo mismo, digo, no es equiparable el padre al hijo, eso es seguro). Te lo digo, igual, para que le cuentes, que se informe ese hombre, porque me parece que el hecho de haber renunciado a todo subte, a todo viaje y reunión en el centro puede beneficiarlo en muchos aspectos (puede mejorar su salud, sin dudas, puede hasta cambiarle el humor y mejorar su drive) pero no le sirve a la hora de pensar el por qué de los conflictos. Es un proceso como el de los presidentes que, sí, ellos van de provincia a capital todo los días, se mueven, digamos, pero van por el aire. Flotan, eso es, y si uno flota considera que todo es más liviano, lo que, por otro lado, es un error de percepción o, mejor dicho, un error de confianza.

Pero sigamos con lo nuestro, el descargo. Y antes que nada quiero decirte esto, para que te lo grabes y lo repitas tal cual: NO RESOPLO UNA VEZ POR SEMANA, MENOS QUE MENOS UNA VEZ POR DÍA. RESOPLO CADA QUINCE MINUTOS, ENTRE PUTEADA Y PUTEADA. Es triste, sí, es deprimente, sí, va contra toda prescripción de medicina védica, homeopática y osteopática, pero es un hecho. Puteo y resoplo, puteo y resoplo, podría parecer un nuevo mantra o una forma contemporánea de explicar el malambo, pero no, es el camino que transita cualquier perejil que hasta acá no hizo más que comer buzones. A mí también me hace mal tomarme el subte o el colectivo repleto que viene desde el sudoeste y va tirando a la masa por las calles céntricas y a mí en frente del Palacio Pizurno, a pasitos nomás de la universidad privada de turno. El 150 cumple pero no dignifica. Y es cierto, no debe hacer nada bien ahora que hay tanto virus suelto, colgarse del caño y respirar los aromas de la clase trabajadora. Pero no queda otra.

Te digo esto para que entiendas que si uno quedó de este lado no hay demasiadas opciones más que atravesar el proceso que lleva del resoplo y la puteada rumeada hasta la búsqueda del conflicto. "No me dejen solo, hijos de puta" o "si yo caigo que caigan todos" puede ser un buen punto de partida. Sí, sí, sí, hablamos de miserabilismo, de un espíritu destructivo que nada bueno puede aportar a la sociedad. Hablamos de nuevas generaciones formadas en la infinita posibilidad de combinar unos y ceros, para quedar siempre en cero.

Para que te hagas una idea y me entiendas, te lo explico desde lo más básico: la casa se llenó de gringos con plata fresca, buenísimo, los gringos son sensibles y quieren hacer el esfuerzo de comprender la cultura argentina -están seguros de que algo así existe- y por eso le entran con todas las ganas a 'ser' y 'estar', al 'quiero que + subjuntivo', a la gramática que funda el 2x4 -me estoy poniendo ácido, se dobla el estómago de tanto cigarro barato y tanto mate-, los tipos vienen con sus ganas, sus dólares y, no podía faltar, su prepotencia. Hasta ahí todo bien, cada cual con lo suyo, cada cual con su terapeuta, uno está dispuesto a tolerar lo intolerable del otro, para algo uno leyó poetas chicanas y se rió con la putez que desnuda "La causa justa", para algo uno estudio Letras. ¿O no? ¿O no somos lo suficientemente sofisticados como para tolerar lo reaccionario en el otro? ¡Claro que sí, por favor, qué me importan todos esos nazis locos por pisar La catedral o tomarse un vinito picado en lo de Roberto! A lo que voy -y con esto empiezo a terminar- es que lo importante acá, hablando mal, pronto, sin filtrar, lo importante acá es la teca, la guita, la mosca, el billete. Y siempre que hablemos de conflicto vamos a estar hablando de -unos pocos- pesos.

Hay una genealogía de este conflicto, hay toda una historia que empieza allá en Puán 480 y que tiene que ver, como siempre, con el manejo de la información. Porque si alguno de esos profesores que tuve, tan lúcidos ellos, tan despiertos, tan con el cinismo a flor de piel, tan a la moda, si uno solo de ellos se hubiera pronunciado, cual Corte en favor del ropo, y hubiera dejado esto sentado, hablaríamos sí de una universidad democrática, de una universidad para todos, plural, abierta, en vínculo con la comunidad. Claro que esto es de una ingenuidad que a vos te debe matar de risa, te imagino sentado en alguna otra librería que no sea La boutique, porque el boludo de tu viejo se hace el canchero y se anda metiendo con cuanto perejil puede, pero digo, entonces, que lo importante hubiera sido que se pronunciaran, que lo dijeran con todas las letras. ¿Qué? Algo muy simple: "Acá el que no apuesta a la beca, pierde". Así, con parafraseo y todo. No es tan difícil de pensar, si ellos son los capos, mejor, si ellos son los capomaffia de la cita, su subversión, su uso en medio de una operación de inversión, de su desviación del sentido. Sí, sí, era fácil: agarrar al patillas, más: a Lorencito que fue el que acuñó la frase, y cambiarle un sustantivo, un articulo, quitar la contracción y agregar la partícula de negación 'no'. ACÁ EL QUE NO APUESTA A LA BECA PIERDE. Y todos, quizás, por qué no, habríamos salido corriendo a meternos en un UBACYT o a llenar cuanto formulario hiciera falta para tener la CONICET o la menos popular FONCYT. Claro que no todos la hubieran tenido, pero bueno, estaríamos de sobre aviso y eso te permite planear un poco los próximos pasos. Ahora no, ahora la agenda viene vencida. Ahora la agenda es, seguro, anterior a cualquier momento entre el '45 y el '55 y, si te descuidás, es una agenda de 1919 con los Talleres Vasena en la tapa.

Lo mismo da la cancha de paddle del español para extranjeros que la universidad privada, confiá en lo que digo, Estebitan, repetí lo que digo, Estebitan, porque sé de lo que hablo. A vos te ofrecen una comisión pedorra en una universidad pedorra, la UK, la GUAI, la USÉS, la FUCK, todas al final se aglutinan y firman un pedido para que no haya posibilidad de negociación colectiva, te juro, aunque algunas se la den de progres y otras de derechosas liberales, conservadoras, a favor o en contra del aborto, al final todas se juntan para decir NO A LA NEGOCIACIÓN COLECTIVA. A vos te parecerá lógico que los tipos no quieran que se les metan en la casa, que no venga el Pitrola del momento a interrumpir la cena familiar, claro, vos decís todos necesitamos un descanso, un tiempo de reposo, pero te olvidás que para que te acepten tenés que tener un título, hasta exigen maestrías, y después no te pagan ni aunque te agarres peritonitis. Es tan simple como hace ochenta, noventa años: no vas, no pagan. Y tu papá viene y me dice que Pitrola se levanta y piensa cómo va a tocar el nervio hoy, qué pesado este Pitrola, si se las cortan vuela, pero bueno, alguien tiene que hacerlo. Mirá, te lo digo desde acá, desde un sindicalismo amateur, peor que jugar en la primera D y tener que meterte en la villa para defender los colores de Victoriano Arenas, ahí en Valentín Alsina. Y es que si en breve no vienen a proponernos hacer un programa tipo Atlas le pega en el palo, tanta lástima damos. Pero tanta vena tenemos, por eso tanta vena tenemos, Estebitan.

Y es así, puro resentimiento, pero con una diferencia: la intención de sublimarlo en una acción que nos libere un poco, que nos saque un ápice al menos de nuestra condición de horrendos perdedores, perdedores sin glamour, sin biografía. Porque cuando decidís tomarte unas vacaciones en un mes absurdo -digamos mayo, quizás octubre- calculando lo mejor posible para no perderte la gran fiesta de la temporada alta, cuando hacés las cuentas y decís mejor me voy en tren así me ahorro unos pesos y disfruto del turismo antropológico, el tren de los pobres que tarda cuarenta horas lo que un micro no más de dieciséis o diecisiete, cuarenta horas para dejarte más o menos cerca del lugar que elegiste en esa provincia medieval que no conocías (lo más lejos a donde pudiste viajar, sorprendiendo a tu alumno que calcula en decenas de miles de kilómetros su próximo destino vacacional), cuando hiciste todas las cuentas para que no se te haga un agujero a la vuelta y, así y todo, estás en cero, al día, querés fuego, querés bala, querés rayarle el auto pero también robarle las ruedas al arribista de tu dueño.

Entones, Estebitan, nosotros aprendimos dos verdades a los golpes: una, que vivimos de lo que trabajamos y que, en ese sentido, estamos muy lejos de lo que nos prometieron allá en Caballito -el mismo Caballito decadente que decidiste abandonar, bancándote el escandaloso andar del 55 y sus estúpidas vueltas-, muy lejos del "ser el mejor alumnado del mundo" (palabras textuales de un famoso profesor y poeta de la casa, amante de su perro), muy lejos de acompañar o escribir discursos a presidentes, muy lejos de las tapas de los diarios. Trabajadores, con todo lo molesto -para nosotros, para los demás- que tiene el nombre, todo lo horrible que prefigura, lejos de los restaurantes a la moda. Y la segunda, una verdad estúpida, de perogrullo, pero cómo ignorarla: trabajadores precarizados.

Mi dueño vino el otro día y me dijo que el arreglo que habíamos hecho estaba mal, que la suma del arreglo para que me pagara el monotributo era incorrecta. Me lo dijo así, sin escrúpulos, en la cara. Cómo si no supiera, como si no existiera el grandioso fraude laboral que le mantiene el kiosquito y a mí en la lona, viene y me dice que si yo facturo para otro lado él me tiene que pagar menos. No, no facturo, le digo, tengo otro tipo de contratación (a ver si entiende la indirecta). Es demasiado descaro, pienso, pero no importa, me la banco y espero. Ni le importa pensar que debería cumplir la ya de por sí injusta ley y ponerme en blanco, una suerte de actualización histórica que me devuelva al presente, no, ni piensa en eso, a él lo único que le importa es que me está pagando doce pesos de más. ¿Te das cuenta, Estebitan, que esto es mucho peor que pegarle con top por complejo de inferioridad? Yo sé que hay planos de lo simbólico y que son igualmente importantes, están bien tus figuras y me hacen mucha gracia, pero acá estamos hablando de que tengo que pagar para trabajar, que son once meses y medio contra los trece que corresponden. No sé si me seguís, no es tan difícil al fin de cuentas, si, total, hablamos de migajas.

Tu viejo es un tipo brillante, tiene la capacidad de pensar lo que queda obturado, tal vez por no ser peronista, tal vez porque estuvo ahí arriba y hoy la lleva más o menos, tirando para no caerse de la mesa pero en la mesa. Lo que me gusta de tu viejo es como me irrita, me perturba. Así como viene y te dice que el documental del Puente Avellaneda parece hecho por estudiantes, que es evidente que Clarín le baja dos puntos a todo porque Clarín es la térmica del país y que si dice las cosas como son se prende fuego este desierto de futuro. Está bien, la térmica es la temperatura y es la llave que corta para que no nos quedemos pegados. Me gusta. Pero para los lerdos, los de a pie, los legos, que demuestren que Clarín eligió no decir sigue estando bueno. Yo no sabía, discúlpame Estebitan o pedile disculpas a tu viejo de mi parte, pero yo no sabía que la cosa era así y me vino bien enterarme. Pero con esa lógica no le ganamos la pelea a nadie, no arrebatamos nada, no llegamos ni a carteristas. Ya sé que vos te dijiste retirado, pero no se puede, entendeme, no se puede estar afuera, es como querer decir sin palabras, como pensarse un salvaje o un marciano: un imposible.

Dejame que te diga algo a título personal: tu viejo y vos se salvan antes que nada porque tienen humor, eso los emparenta aunque no muchas más cosas. Aparte de eso, él tiene un espíritu más melancólico. Me acuerdo cuando estuvo en mi casa, lo primero que dijo fue que a él lo que le preocupaba era el paso del tiempo. Claro, es que con la edad uno empieza a mirar las cosas de otra manera. Me pregunto también si no se vuelve uno un poco más reaccionario. Que está bien para él que es escritor, los buenos escritores son casi todos bastante reaccionarios. Pero, ya te digo, los escritores viven como si estuvieran en otro lado. Y digo 'como si' y es la enésima que le robo, así como a vos te robo el tono para hablar. Porque estoy cansado, harto, sacado, y todo lo que quiero explicarte es que el vino barato, aunque con hielo, se transforma en fuego y prenderte fuego es lo que quiero. Estar tranquilo, prendiendo fuego.

Me pongo repetitivo, es la borrachera barata del viernes a la noche. Es el Vittone, un fernet de tercera calidad. No el de los desedentados del conurbano, pará un poco, esos toman Fernando, yo te hablo de uno de patético pequeñoburgués cayéndose ya no de la mesa, del banquito de la cocina. Pero mirá lo que nos dicen: en el tugurio donde laburo queda libre el puesto de supervisor, ponele que le digamos así, 'supervisor', para darle un tono más proletario, más afín a la que me quiero creer hoy, que vengo con ganas de ponerme en contra, parecerme a Pitrola pero sin hablar de la cruz que a veces él, tu viejo, se pone y que está bien, porque un escritor sin contradicciones no es un escritor, que le avisen al difunto al que le dedicaron tantas y tantas aulas, en eso coincidimos. Pero me pongo medio pelotudo, por el alcohol, la rabia, y las ganas de figurar. Entonces, falta un supervisor, decía, o algo así, y llaman a entrevistas a gente de afuera porque a nosotros no nos quieren ver ni en el facebook (aunque el dueño haya intentado al principio algún levante de profesoras por este medio tan cordial, tan moderno), llaman y da la casualidad que va a la entrevista una compañera, una que está más o menos al tanto de lo que pasa en el mundo paralelo del español para extranjeros. Va y le dicen que qué bueno que se vista bien, porque nosotros somos todos una manga de andrajosos que damos lástima, hippies de Puán le dicen, y vos te podés imaginar cómo se pusieron las minas, digo, las profesoras, cuando se enteraron de lo dicho por la patronal, que así es como los llamamos ahora porque somos re sindicalistas, viste, ahora que jugamos en la D y la tele pública pasa el fútbol, aunque no seamos nosotros, es casi lo mismo sin serlo nunca. Lo cierto es que aprovecho, medio correveidile, para promocionar la irritante nueva, y claro, todas saltan como leche hervida. No podés decirle a una mina de Letras, que no es como ser de Antropo, no, es otra cosa, más sofisticada, no podés decirle que no se viste bien o que usa ropa vieja. Y ahí sí le hacemos la contra a Clarín y le subimos dos o tres puntitos a la térmica. De amperaje o de sensación, como Crónica, pero ahí nos apuntamos un porotito. Porque sí no, ni ahí, porque queremos que esto explote y al fin flotar por los aires.

¿Te parezco infantil? Tenés razón. ¿Te parezco imprudente? Es cierto. Qué le vamos a hacer, es el cansancio y la falta de claridad. Si estuviera en un campus viendo caer la nieve, a lo mejor. Si estuviera en Londres pintando con acuarelas, es probable. Pero no es el caso. Nada que ver. Venimos de una facultad que se cae a pedazos, una facultad que era una fábrica de cigarros, el vicio de los pobres como dice Franzen, y donde nos hicieron creer que nos iba a ir bien sin decirnos cómo, cuál era la fórmula. Porque, hacia esto voy, no se discutió nada en Puán 480 o al menos no me enteré, lo importante era ganar la elección del Centro, la elección de representantes, o el concurso o la beca, pero nadie nos dijo que mejor empecemos por organizarnos, por ver bien cómo enfrentar al monstruo que esperaba afuera, en la puerta. Nos dijeron, eso sí, que mejor, más canchero, era leer a Deleuze, más que a Barthes o a Derrida, al primero porque era medio inocuo y sin alcance, al segundo porque no había cómo sostenerlo si uno se plantaba en la filosofía dura. O, para los vintage, quedaba la Escuela de Frankfurt, un acceso directo en tu escritorio al marxismo, pero si te lo tomabas muy en serio te topabas con que era necesario el alemán. ¿Y quién quería aprenderse las declinaciones y el sistema de casos? Lo cierto es que se discutían muchas cosas muy serias y abstractas, daba miedo cuán lejos se podía llegar, hasta se hablaba de una docente que había estado internada por culpa de la Teoría Estética de Adorno. Pero del trabajo, ni noticias. De la necesidad de organizarse y pensarse como trabajador, menos que menos, eso da lástima, tristeza, depresión, tristeza el domingo y tristeza en navidad, con regalos comprados en Once. ¿Qué puedo decirte? A tu generación le fue bien con la primavera alfonsinista, a nosotros nos recibió una universidad masificada, con gente sentada en el suelo. Nos hubiera ido mejor como tatuadores, de una. Me hubiera ido mejor si hubiera juntado el hecho de que no me tomaban ni como muñeco para promociones, ni como empleado de Yenny de El Ateno (por estudiar Letras ¿?) con la estúpida idea de estudiar en Puán, si hubiera pensado cómo armar un kiosquito. Y no comprar la mierdosa metafísica que al fin de cuentas es esa carrera.

Y escribir viene siempre con la estúpida esperanza adosada de alcanzar a alguien en el futuro. Dicen que te mandan mails, que aun cuando no lo esperás alguien te recuerda. Ni idea. Lo cierto es que para cuando leas estas líneas muy posiblemente hayamos plantado la primera bomba. Nos metimos en lugares feos, no porque hayamos pasado a la clandestinidad, eso hoy no existe a menos que te metas en alguna banda del Bajo Flores, sino porque metimos las manos, las piernas, hasta el ojete en el barro. Quizás lo hagamos para meter alguna baza, pero seguro para intentar llevarnos a alguno en nuestra caída del mapa. Porque cuando te va mal querés que a todos les vaya mal, tal vez por ahí hay que pensar a la izquierda, a vos que te gustan esas cosas, por el lado de que para ellos, sí, cuanto peor estemos, mejor. ¿Por qué? Porque al menos no son los únicos que pierden. Y bueno, nosotros agarramos y dijimos: dale, vamos a todas las reuniones que hagan falta, a ver qué pasa. De ahí que, cuando leas estas líneas, ya les hayan llegado un par de cartitas con invitaciones a reuniones informales pero amenazadoras. Reuniones en las que nos sentamos con los gordos. Sólo por el gusto de ver crecer una úlcera en el estómago de nuestro dueño. Nos pusimos en garcas, digamos. Y yo te digo, no es para menos, porque vos ves tipos que ya pasaron los cincuenta y siguen con la cantinela del monotributo y la independencia que les otorga, ves tipos que le facturan a la universidad pública, que por lo tanto no tienen cargo ni nombramiento alguno, que hace quince o veinte años enseñan su lengüita a cambio de un honorario mísero, pero que sin embargo dicen, como tu viejo, no al conflicto, a mí me pagan bien, yo soy un profesor de la universidad pública con cursos de idiomas pagos. Yo le doy de comer al que craneó el curro de los idiomas en la universidad pública, pero eso no importa, acá hay un capital simbólico fundamental que no pienso regalar ni perder. Gente casi vieja, viste, gente que no le queda mucha nafta. Pasate por 25 de Mayo y fijate con qué te encontrás. O peor, pasate por alguno de esos centros de idiomas que supuestamente son de la UBA y fijate con qué te encontrás, seguro que el director es algún viejo correligionario y te invita un café.

Por eso tenemos ganas de meterle ruido a la frecuencia, escupirle el asado a los que viven del imperfecto, el subjuntivo o de un título ajeno. ¿Viste cuando se te irrita una encía y, sin embargo, no podés dejar de tocarte? Lo hacés para comprobar que el dolor sigue existiendo, lo hacés porque es un dolor soportable, lo hacés para ver hasta dónde llegar. Es algo parecido, estamos dispuestos a todo con tal de que el conflicto crezca. A robarles el estéreo y cortarle los frenos. Pero que tu viejo no se preocupe, total, por lo que sé no tiene coche.

Eso me recomendaron. Una lengua más seca, menos gesticulación y, sobre todo, distancia. Basta de rencor y espíritu quejumbroso, basta de lloriqueos (--¡Quiere un auto, quieren un auto! Acusaría el europeo culposo Viera). Las cosas con frialdad. Como si mirara desde afuera, a través de un panel del tipo de los que aparecen en las series de médicos, un panel de observación de operaciones, un panóptico, un ejercicio de didáctica general o especial, da igual, ahí no se aprendía nada. Hablemos de trabajo. Charly Gamerro decía con razón modernista que el trabajo no era narrativo, que siempre era la grieta, el lapsus, el tiempo suspendido entre tarea y tarea, en todo caso, el que resultaba material de ficción. O sea, estamos condenados a aburrirnos, a hablar con un sentido burocrático, a llenarnos de ceniza.

Está bien, pero tenemos el conflicto. Y un axioma: cualquier discusión sobre distribución de la riqueza (todos los aspectos de la riqueza: dinero, tiempo, espacio, ideas, autonomía) obliga a pensar el trabajo, en -sobre y adentro- el trabajo. Porque define mi relación con el otro, ahí estoy especialmente forzado a representarme para el otro y viceversa, con lo que emerge la medición de la fuerza, el tanteo, el cuerpo a cuerpo. La hermana del dueño que me dice que diga B 1 y no Intermedio 1 ("Hablen bien." ¡Hablen bien!), marcaciones personales, intentos de moldeos. Es ahí donde es necesario el conflicto como forma catalizadora, como figura de la esperanza de un cambio. Entonces para pensar un estado de cosas social hay que medir desde la cantidad pero también desde la calidad del trabajo. Pensemos una mínima lista de requisitos, imaginemos qué tendría que ser el trabajo: a) práctica generadora de sustento, b) impulsor del las motivaciones personales, c) lugar de aprendizaje, d) ámbito de discusión. Y sin embargo funciona como: 1) instrumento de esclavización, 2) instancia central de adaptación al lenguaje hegemónico, 3) soga al cuello del tiempo perdido, hipoteca de la vida. No se da naturalmente una instancia que modifique la manera en que se establecen las relaciones, la violencia con que se imponen. Aún cuando digan no sin cierta razón que es necesario también poder convivir, aceptar lo que se da, lo que toca como problema permanente, vital (Daney en la presentación del #2 de Traffic , Del Barco en el epílogo de El otro marx ) y tal vez porque todavía permanece cierta jovialidad en nosotros, tal vez porque todavía la sangre brota, nos encontramos con la necesidad de agitar, ya por el ejercicio catártico de revolear los muebles de la casa, estrellar vasos, incendiar sillas, ya por un resto de confianza en la propia fuerza.

Hay mucha gente dispuesta a dar pelea. Y mucha acá quiere decir que los podés encontrar en distintos sectores del arco político. Y eso es importante para contrarrestar la imagen de "tocar el nervio", piedra de toque de este texto, tocar el nervio, agrego, cambio, también te recuerda la incomodidad, el mal funcionamiento, la anestesia ida. Es ampliar el rango de posibilidades tocar el nervio. Al fin de cuentas son los "trostkos" los que nos recuerdan que el mal menor no es ni por asomo lo mejor. Y puedo entender que el tipo que después de, digamos, trabajar como repartidor doce horas en el microcentro y volviendo a casa, Burzaco, Berazategui o Sarandí, se encuentra con que la C está parada, no llega ni a Constitución, y se pone a putear como un descocido contra esos sindicalistas sinvergüenzas, contra esos vagos, ladrones, estafadores, porque él no usa el vocablo "trotsko" que, además, dice también de la extracción social del que lo pronuncia. Pero ese tipo es un desesperado, por más que ponga distancia lo va a hacer con desesperación, como la escena de V, invasión extraterrestre en la que "el bueno" (no me acuerdo el nombre) ve a través de una pared de acrílico como "el malo" -un extraterrestre antropomorfizado- seduce a su mujer y a su hijo, besa y abraza a los dos drogados o bajo algún tipo de influjo de placer. Y en cambio para Esteban Schmidt es demasiado ingenuo pretender que el kirchnerismo, completamente apoyado en la estructura de la CGT, necesitado de uno de sus más fieles aliados, abra el juego y permita el plurisindicalismo. Es tonto esperarlo, es pedir lo imposible, es demasiado naif, "es de trotsko" (A los kirchneristas les gusta sacarse de encima cualquier corrida por izquierda con ese apelativo, como si cerrara cualquier discusión, como si él dijera todo. Y Schmidt, cualquier cosa menos kirchnerista, paradójicamente también se agarra del adjetivo que cancela. "Trotsko" significa obtuso, cerrado, anacrónico, torpe, prepotente, cabrón, cabezadura, inflexible, cómodo, conventillero, inadaptado, facilista, testarudo, tarumba, pelafustán).

Es así que, por medio de la ecuación reinante "trotsko=picapiedra", se da por sentado mucho, en principio que la acción no va por el lado de pedir lo que para un momento se muestra como inaccesible. Se moraliza. Y hay una trampa en eso porque en definitiva nos perdemos, olvidamos que cualquier modificación del orden vigente existe si ampliamos el espectro de lo pensable. Es rastrero, mendicante, pequeñoburguesa la queja; es cínico, individualista, pequeñoburgués impugnar la militancia. Esa altura para mirar es igualmente ideológica, no es más astuta, y -ahora sí, coincidiendo con Viera- su altura no es mayor a un cajón de jabones o una escalera plegable de ama de casa.

Mucha, mucha gente se resiste a la organización en el mundo del trabajo. La oposición a cualquier tejido de red es un acto reflejo, como el miedo, como la adrenalina. Pero recuperar esa práctica contranatura, forzada, incómoda y peligrosa (si me meto en esa no salgo más, no vuelvo a tocar un libro, se alejan las ideas, me absorbe el discurso burocrático, me atonto y me ensucio) es un gesto que delata el profesional liberal que todos llevamos dentro. Porque nadie quiere meter las patas en el barro o, más aún, darse cuenta que tiene las patas metidas en el barro. Es feo tener que aceptar que la pelea por trabajar y por las condiciones en que hay que hacerlo es una pelea que no termina con una mediación, una carta documento o una beca, sino que probablemente haya que realizarla siempre. Pero 'feo' es una elección mucho más ideológica que otras. Tal vez el hecho de que nos encontremos en esta posición se deba a que el movimiento que Pasolini describía en los sesenta italianos según el cual la clase obrera se aburguesaba sea por estos lados más poroso y traiga, también, después, una lumpenización generalizada. Contra eso, nosotros mismos, nuestro posar lumpen, es necesario empeñarse. Contra nuestra manera de ratas, un aprovechamiento de la mínima ventaja, hay que oponerse. A las aspiraciones recibidas, es cierto, hay que oponerse.

¿No es demasiado obvio que el reconocimiento gremial tanto de los trabajadores del subte como de SIMECA, o sea, la aceptación del plurisindicalismo es condición central para la transformación del mundo del trabajo y, por lo tanto, para la democratización del país? Es ahí donde se da la chance de una práctica política más horizontal que construya poder más allá / a pesar de / aprovechándose de los aparatos políticos tradicionales (y no el me hago hincha partidario; qué me importan los partidos o las agrupaciones más allá de lo que pueda sacar de ellos). Hay una primera acción violenta que es la de no tener trabajo, no generar trabajo; pero hay una segunda, igualmente importante, que es la de tenerlo mal. Y sí, al fin de cuentas, los esclavos trabajaban también. Y sí, por qué no, había y hay una aceptación de ese trabajar mal, una complicidad, hasta tanto no se combata esa técnica, no se le oponga resistencia. Temerosos somos responsables igual, cínicos también. Incluso con el nihilismo a cuestas, manteniéndolo como alarma de lo que vemos, es necesario dar un paso, arriesgar algo. SI no, perdimos.

Las maneras son todas las que se pueda imaginar, las alianzas son las que convengan para implementar un beneficio: todo lo que se consiga será benéfico para el colectivo, pero especialmente para uno. "Nada está por encima de mí", dice Stirner, en un enigmático juego de libertad. Porque adelanto el razonamiento y digo: ¿qué hago con el deseo, qué hago con la ambición? Y lo interesante es que no lo aclare, justamente. La pregunta no se cierra en un instructivo sino que permanece flotando. Entre helicópteros.

 
 
  Por Pablo Klappenbach
 
  El que se levanta a mear pierde.
Entrevista a Esteban Schmidt.
 
  La oración the Palermo, Osvaldo Baigorria.
  Este banquito en Palermo, Jorge Viera.
  ¿Cómo perdí mi Palermo? (Para una estética del exilio), Maximiliano Sánchez.
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  Ojos chinos y aliento a Zumuva,
Pablo Entrerrios.
  Mapa de Palermo, Horacio Lotito.
  Cuadros, Fogwill.
  Escuela de guerra, Carlos Correas. (Introducción: José Fraguas).
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  Entrevista a David González. Por Ársel Álvarez y Andrés Tejada Gómez.
  Loser, David González.
  El demonio te coma las orejas, David González.
  Contra los poetas, Witold Gombrowicz.
  Entrevista a Jorge Herralde. Por Andrés Tejada Gómez.
  Las cuarenta en los 40 de Anagrama, Santiago Ríos.
  Catálogo histórico final, Jorge Herralde.
  La censura, Jorge Herralde.
  Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, Raoul Vaneigem.
  Reflexiones y recuerdos a la deriva sobres los situacionistas, Mario Perniola.
  Contra Debord, Frédéric Schiffter.
 
  Flotar entre helicópteros,
Pablo Klappenbach.
  Cementerio y pogo, Juan Pablo Liefeld.
  Diario de rodaje, Pablo Klappenbach.
 
  El caos. Contra el terror, Pier Paolo Pasolini. (Traducción: Antonio Prometeo Moya).
  Escritos corsarios, Pier Paolo Pasolini. (Traducción: Hugo García Robles).