22/5/06 - 3:43 AM

Otra vez, el domingo termina demasiado tarde. Demasiado tarde para algo que nunca ocurre efectivamente, que es pura promesa de sí mismo, suspensión de un presente que igualmente acontece. Vivir el domingo es deslizarse por un tobogán que sólo nos lleva a una montaña de mierda, fruto de alimentos ingeridos con avidez angustiosa.

Almuerzo tardío en La Boca, casa de Petardo. Me atraganté con suculentas porciones de tarta de zapallitos. La verdad, le salió un poco desabrida, pero sacó un picante brasilero que levantó el alicaído paladar de un día tan bonito como frío y triste. Iba a decir "lo sacó de la galera", pero me contuve, intentando no dejarme llevar por su fraseo intencionalmente anacrónico, demodé, de un lumpenaje ya inexistente. Temo que su máquina discursiva me trague y ya no regresar. Confío en ser una suerte de Jasón que zafa de la ballena, pero es una confianza torpe, que se sabe débil y al descubierto. No alcanzo a entender si es que ella se esconde, como todos los de Letras que creen poder hacerlo todo y nunca hacen nada, en una falsa modestia (aunque diga que odia a Borges, no me importa) y que, finalmente, a la hora de filmar -grabar, ya sé, pero no se entiende si uno dice "grabar", parece que habláramos de un disco- absorba la escena como sé que ella puede hacerlo o si, efectivamente, le interesa guionar y dejar en mis manos la dirección de la realización. Una conclusión de estos días que corren (un período extenso, digamos de hace un año a esta parte) es que sólo se puede ser paranoico. Claro que los paranoicos no llegan muy alto, al perecer por los mismos líquidos que su actitud emana en el estómago y que terminan por comer sus paredes, pero no tengo duda de que, al menos, esos hombres no son tan fácilmente utilizados, y si lo son, sienten menos dolor o menos sorpresa (lo que significa: menos dolor expuesto, menos espectáculo para el goce de esos rostros traidores). No te fíes de uno que se crió en Belgrano y termina viviendo en La Boca. No te fíes de vos mismo.

Sabrina por la noche. Lugones, película con la Huppert. La separation . No pude sino reír toda la proyección, que comentaba, a su modo, los problemas de mi compañera. Es que se hace larga la historia y ese es el problema con los pesares de uno: hay un momento, más o menos rápido, más o menos visible, en que los demás terminan por hartarse. Y, claro, es incomprensible tanto relato absoluto, tantos días malgastados en una sola cosa. Los amantes viven por y para la pasión, ¿a quién puede interesarle? Estoy siendo injusto, pero no puedo evitarlo.

Al final hablamos, por hablar de algo, de Las amigas del bosque . Empezó tanteando -como Joaquín al hablar con Rodrigo, según supe más tarde-, diciendo que le había gustado y no sé cuanto, pero en seguida me largué con una serie de comentarios negativos, que pensaba pero que no tenía previsto decir y, lógico, terminamos haciendo una crítica que incluía a Laura en el análisis de su obra. Sólo hay lecturas personalistas. Sólo nos odiamos todos nosotros. Sin decirlo. Me fui masticando el pasado, aplastándolo entre mis muelas casi sin relieve de tanto figurarse personas y hechos, de tanta violencia contenida en la mordida. Mis dientes, cada vez más imperfectos, son una muestra de mis pasiones, ahora lo entiendo.

Llegué y, con Rodrigo, estaba Joaquín. Opaco, silencioso, con una rabia muda. Ni nos hablamos. No entiendo qué es eso de los amigos. La familia que se extiende y se fortalece como institución imperecedera. Increíble, hay quienes le echaban toda la culpa a la burguesía. ¿Y esto? Toda esta suciedad, la mugre que son los restos de comida que dejaron en la bacha de la cocina, el sabor rancio del coexistir no es más que una afirmación de nuestra esclavitud. Sigo solo y sin sexo, o con un sexo débil, viciado, lejos del deseo o la motivación de la carne. Hay que trabajar.

 

24/5/06 - 1:50 AM

Sé qué el día de mañana es una máquina picadora y sé que lo único que me importa es atravesarlo de la manera más rápida posible. En esa velocidad de las cosas está contenido el vacío estúpido de mi vida, la inoperancia de mis ojos, el estrábico reflexionar. Uno, para no sentirse tan pobre, tan ignorado, piensa legitimarse en un acontecimiento siempre posterior. Y así se corre la liebre. Con la lengua afuera, el cuerpo extenuado. 50 o 60 cigarrillos. Eso es capitalismo de primera.

Las clases dejan vacío a cualquiera. Es muy claro que el sidoso de Pérez insista sobre el tema como si la enfermedad recrudeciera luego de cada alumno. El proceso es de vaciamiento absoluto. Los extranjeros, sonriendo, exudando inocencia, vienen también a llevarse ahora el capital cultural. Y uno que empalidece y se va cubriendo con su propia ceniza, ésa que sale de los cigarros baratos, cigarros de empleado pequeño burgués. Y te cargás de café para no dormirte, para que el cabeceo se disimule en algo así como una dosis admitida de anfetaminas. Y no importa si al final del día el pulso parece dibujar un encefalograma. No importa, la tarea está cumplida. Y yo tan imbécil siguiendo el rito del trabajo, con la ética protestante metida hasta el culo.

O si no son los pendejos, escribiendo pelotudeces que vienen a conformar una pila gigante que uno hace de cuenta que lee. Y al final son miles de palabras dichas al pedo. Deberíamos callarnos de una vez por todas, parar este chorro pelotudo. Acá escribo porque tengo una laptop y me siento muy canchero, muy escritor con mi teclado y el sonido del plástico que comprime y extiende los resortes que lo sostienen. Un sonido hermoso que los viejos suelen desconocer. Los viejos le dan al teclado como si le pegaran a la mujer. Las computadoras portátiles son mucho más sutiles y entonces sí, uno se siente escritor. Pero los viejos no entienden de estética. No lo digo yo, lo dicen los festivales para realizadores jóvenes con aspiraciones a grandes cerebros. Lo dice la prensa y lo dice el puntero del barrio.

Y es entonces que uno quiere meterse cuanto encuentra a mano. Es un acto reflejo intentar ser único. Lo que pasa es que es como la arena movediza: cada movimiento te entierra un poco más.

Porque lo que queda es el odio, manifestaciones ciegas. Odiar no es sincero, no es más lúcido ni provechoso. Sólo es una manera de oponerse al optimismo, a la confianza en el ser humano. Es la única manera de convertirme en alguien peligroso, que imponga respeto. Y, si nos fijamos, está siempre ahí, agazapado. Porque debajo de toda esa farsa del cariño y la lealtad está la voluntad de traición, de amargarle la vida a los compañeros, los que no nos fallan ni se alejan. Si lo admitiéramos, si todos fuéramos un poco honestos (algo imposible mientras exista el lenguaje), nos enteraríamos de que no interesamos a nadie y, al mismo tiempo, haríamos saber cuán estúpidos nos resultan los demás. ¿O no? ¿O no nos interesan los libros que afirman lo que queremos decir hace rato?

Son como las minas. Sólo les interesa que a los demás les guste .

Me levanté en lo de Alejo y sentí que nos parecíamos a una pareja gay. Él, generoso y atento; yo, comprensivo y de buen humor. Salí y el colectivo no pasaba de 30 kilómetros por hora. Recién estrenado, supuse, debe estar en ablande. Igual, llegué a tiempo y me metí unas cuantas tazas (cuatro o cinco totalicé finalmente). Tuve que remarla para llegar a las seis y media. Salí, ya de noche, y me banqué el proletario 151, pero tuve suerte y pude pegar un asiento al fondo. Después, inútil, llevé las dos películas al organizador del Festival de Vecinos de Saladillo. Hablamos un poco, pero pude deshacerme rápido y caminé hacia casa con un entusiasmo incomprensible. Son las pequeñas cosas del día a día las que nos hacen seres pobres, insufribles, mediocres. Son ellas las responsables de nuestra podredumbre. Corregí entre llamado y llamado. Acepté un trabajo por dos pesos en un comercial. Me debe gustar el masoquismo porque me encargo de generar espacios para hacer el papel de retrasado (en verdad, mi hermana era retrasada pero tuvo la lucidez de irse rápido de acá, tomarse el buque de un mundo en el cual nunca se encaja). Hablé con Petardo por el tema de la película que es la excusa para este diario de mierda. La película recorre varios de los últimos clichés del cine local, pero igual no nos desalentamos, vaya uno a saber por qué. Siempre la esperanza fútil de lograr algo, sin saber qué. La esperanza de ser uno de esos, de que nos incorporen. Cuánta pobreza.

También Sabrina, hecha un trapo. Uno no siempre es el mejor interlocutor, a veces no hay qué decir. Y entre todo una tarta con jamón y muzarella que me recuerda aquella del escándalo en la tele que tenía mierda. Se la compré a unos chinos que te la dejan a precio irrisorio. Pero sabe a gato muerto. Voy a morir antes de lo pactado, si sigo así, no hay duda. Escribir, ahora, escribir algo, rebuscar, revisar el día para que emerja algo que me salve. Al menos hoy. Y no irse a dormir en este cuarto que parece una celda, con un frío que castiga y promete ser cada vez más duro, lejano de todos y de todo. Irse a dormir con alguna esperanza entre brazos (¿cuántas veces escribo las mismas pelotudeces? ¿cuánto más tendré que soportarme?). Y no irse a dormir sin nada, como ahora.

 

25/5/06 - 8: 28 PM

Primera reunión de preproducción para leer el guión. Llegué con la resaca a cuestas de una noche merquera. La cosa va poniéndose complicada por su frecuencia. El día después uno quisiera haber muerto. Vacío absoluto. Pero el tiempo no deja de sucederse y ahí aparece el trabajo, siempre exigiendo más. Trabajar es decir sí a continuar viviendo sin un motivo claro. Trabajar es seguir viviendo, por más horrible que suene.

Trabajar es mi mejor excusa. Y tomar. Hicimos una fiesta para juntar dinero y me amotiné atrás de la barra, haciéndome el responsable. Lejos, las mujeres. Me escondí en el personaje de barman y así no tenía que preocuparme por ser alguien, por hablar, saludar.

Preparar Fernet, whiscola, servir cerveza, abrir y cerrar las heladeras, chequear la caja, secar la barra, limpiar vasos o buscar más bebidas. Las personas, detrás de todas esas tareas, sin posibilidad de que me pongan en evidencia. Empecé a chupar cuando la noche ya estaba en decadencia. Y con el alcohol los tiritos. No te vinculás, estás presente sin comprometerte, dando lo que no sos, sin arriesgar ni un ápice. Y es como agua escurriéndose entre los dedos, la gente acaba por alejarse, aburrida y desinteresada. Todo por un complejo o una disfunción. O por el impedimento del lenguaje. Si nadie hablara, no podría importarme lo que dijeran de mí, pues no habría cómo decirlo, es más, no habría sentido.

Terminó y estábamos demasiado envalentonados como para no seguirla. En lo de Durarte seguimos snifando, en un contrapeso perfecto entre el alcohol y la merca. Acelerar y bajar un cambio, pisar el acelerador y a su vez el freno. Tomar, en verdad, es acelerar un motor en punto muerto. No hay velocidad, sí aceleración, un movimiento frenético sobre el mismo punto. Hasta querer no ser uno, en la máxima conciencia deseando con todas las fuerzas no tener yo.

Me dormí sobre almohadones con una manta áspera como trapo de piso y me desperté dos horas más tarde completamente helado. Empezaba a bajar y ya no transpiraba. Costó volver a dormir, no hay qué pensar, no hay nada que hacer entonces. Cuesta respirar y los pulmones como acordeones.

12:28 AM

La esperanza viene con el sueño, la posibilidad de ser otro. El miedo viene con lo que se sueña. Hace poco soñé que estaba con Durarte. No estábamos solos, sino que conformábamos una banda a la que le urgía deshacerse de una persona. Y ahí, entre los   pastos de un descampado, él resolvía la situación metiéndole con frialdad un balazo en la frente. Comprendí en ese momento lo que significaba matar: un sentimiento de culpa que no era otra cosa más que el peso de todas las culpas del muerto recayendo sobre mis hombros. Supe entonces que él era capaz de todo. Lo supe incluso antes que él, que quizás ignore su potencial, su capacidad de dar muerte sin titubeos. Lo vislumbré dueño de una violencia que no se muestra al día y, de alguna manera, no sabía por qué pero tenía la certeza de rozar lo verdadero.

La habitación está helada, el frío entra por las rendijas de la ventana y por debajo de la puerta. No puedo estar más solo. Sólo me queda resistir, mantenerme, sabiendo que es una lucha perdida.

 

26/5/06 - 8:40 PM

Hace dos días, malestar estomacal y diarrea. ¿Efectos de la merca? El cuerpo empieza a acusar recibo. Hoy fue uno de esos días para aguantar. Esperar que pase, escaparse hacia adelante. Las cosas no salen de la mejor manera al actuar de esta forma, uno siempre se está yendo hacia el futuro, sabiendo que no hay nada, que es la buhardilla vacía de una casa abandonada, el empapelado cayéndose de las paredes, la humedad en la madera, el olor pegajoso a encierro.

No todo, casi nada, es planeado. Es algo que descubrí no hace mucho, en un casamiento. La única información previa que tenía era que iban a estar presentes algunas mujeres vinculadas -y no tanto- con mi pasado. Empecé tomando champagne, era gratis y libre y no tenía pensado dejar pasar la oportunidad. Así que fue lo único que me puse encima desde la recepción hasta el final de la cena. Deliberadamente no llevaba merca encima, tal vez alguien cayera con un porro y basta, pero no ir puesto que es lo más difícil de pilotear (te tiemblan las manos, transpirás, las palabras se hacen una galleta cuando querés hablar). Me levanté de la mesa (quería estirar las piernas y la cena estaba concluida) y encaré hacia la pista. Ahí estaba ella, como esperándome; la había visto en la ceremonia, unos metros adelante mío, un vestido precioso dejando casi toda la espalda al aire y el sabor del recuerdo. Casualmente se había dado vuelta y me había saludado desde lejos, amistosa, como invitando. Incómodo como me pongo ante cualquier evento social, transpiradas las manos que no saben dónde posarse, vestido con un traje, pero zapatillas y remera, haciéndome el canchero, el relajado, respondí el saludo y, objetivo, me señalé su belleza. Decía, entonces, que la encontré en la pista, sola, y me acerqué a hacer el saludo formal que el caos posterior a la ceremonia no me había permitido realizar. Ella habló primero.

-Espero que esta vez me des bola y no hagas como siempre que me dejás con la palabra en la boca.

-No, claro.

Y le como los labios.

2:38 AM

Ayer llamó Petardo a las dos de la mañana. Atendió Rodrigo. Dormía y le dijo que era una desubicada. Bah, no lo dijo, pero quedó claro. Ella no suele hacer estas cosas, pero que lo haya hecho demuestra lo problemático que va a ser llevar adelante la película. Cuando filmemos -porque también "filmar" es hacer películas, "grabar" es menudeo- va a querer acaparar la escena y sé que si le pongo los puntos y tenso la situación, callándola, va a escabiar a morir y hacer uno de sus shows, puteando a alguno del equipo o cantando a los gritos. Cuestión que llamó porque había encontrado el tema. Sí, así se maneja. Decile que encontré el tema. Y todos quieren dar su opinión, meter su tajada, está bien, pero ésta se pasa de la raya, quiere hacerse de la película. Voy a ir con los tapones de punta, aún cuando corra el riesgo de dejarle la pelota picando. La voy a aniquilar, si es necesario, pero si soy el director, soy el director.

Igual se me pega el refranero, es como caminar sobre asfalto caliente: el suelo blando amortigua el paso al tiempo que se funde en él. Una especie de teoría de la relatividad de los materiales, del lenguaje. Y ella es tan agresiva como el asfalto en verano con un sol rajante a las tres de la tarde.

Quise hacerme el adolescente y fui a ver a Nerd Kids con Romi Zolo. Era en el Verdi, en la Boca. Llegamos tarde y nos cobraron menos, pero igual eran diez pesos. La banda sonaba esperable, compacta y prolija, pero ni innovadora ni radical, tal como son los adolescentes. Mañana espero seguir el recorrido. Está el homenaje a Ricky Espinosa y tengo la ilusión de encontrar algo más vivo, valga la paradoja, algo de carne y hueso. De todas formas tengo la excusa de que es para filmar la biografía de Ricky. Trabajo de campo sobre la escena punkie de este siglo. No es cuestión de hacer la gran Aristarain.

3:03 AM

Nos besamos, furiosos e intensos. El escenario, demasiado público, acabó por intimidarnos un poco, sólo un poco. Y le propuse que al terminar la fiesta nos fuéramos juntos. Dijo que sí, encantada, de una. Yo pensaba que, así y todo, si Leonora, mi primera novia, mi herida narcisista, que también había ido, me decía "hola" me iba con ella hasta el fin del mundo. También estaba Mili. Hice que no la vi cuando entraba al salón, pero intuía el torpe error cometido, la seguidilla de complicaciones que harían que me diera contra la pared. Violeta era puro erotismo, generosidad sexual, vida.

 

27/05/06 - 8:22

A esa altura ya no me enteraba de nada. Los hechos ya habían empezado a ocurrir mucho más allá de mí. Mili le dijo a Violeta que tenía una historia conmigo, que estaba enamorada o algo así. Gastón vino a contarme las novedades y yo seguía con el champagne que me traía Maxi, decidido a hacerme el boludo. En eso Alejo me propone ir a dar una vuelta para fumar un porro. Al regresar del breve paseo no puedo divisar a Violeta por ningún lado y supongo que se había ido. Y, claro, suponer es un error. Un error grave. La noche había avanzado raudamente y casi no tenía control de mí mismo, me mantenía en pie a duras penas. Casi por casualidad termino hablando con Mari Hochman. Olvidé todo rápidamente o me aferré a la posibilidad de que Violeta se hubiera ido. Nos besamos como si fuera una continuación del diálogo. Sus labios eran dulces, con el gusto que tiene una mujer que es madre, debo admitir. Me entretuve en ese universo que parecía invitar al reposo amatorio, un refugio de la agresiva frivolidad mundana. Besarla era ingresar en otra instancia, una dimensión ajena a la de hombres y mujeres peleando por el deseo.

En seguida, como un relámpago que anticipa la tormenta venidera, la vi pasar por la pista y, sí, mirar hacia donde estaba con Mari Hochman. Quise negarlo, ignorar que eso estuviera pasándome, pero era imposible esquivar la realidad que seguía ocurriendo. Segundos después se acercó Violeta y con su peor cara nos despidió con un beso en la mejilla a cada uno.

-Creo que la cagué -dije.

Y tuve que explicarle el enredo completo.

No le gustó nada enterarse que la había metido en medio de un quilombo absurdo. A sus ojos, seguramente me presentaba como un Maquiavelo barato y no sólo me era imposible explicarle que nada era planeado, que me estaba ocurriendo igual que a ella, sino que tuve las últimas actitudes que le confirmaron qué clase de persona era yo. Me llevaba el diablo, lo juro, y el alcohol que arrastraba mis palabras confundía aún más lo que ya, de por sí, era oscuro y difícil a la comprensión ajena.

Entonces, claro, no tuve mejor idea que decirle, a la ya resistida Mari Hochman, que fuéramos más allá, afuera de la pista. Era una casa de estilo inglés, antigua, y había tenido la oportunidad de comprobar la amplia dimensión de sus baños, con techos altos y bañeras gigantes. La metí en mi confusión unos minutos, la metí en el baño, y empecé a besarla, desesperado por regresar al refugio de su boca. Era un vendaval que avanzaba sobre ella, mudo y totalitario. Logré meterla en la bañera, no entiendo cómo, supongo que gracias a la risa que le causaba toda la situación. Me acosté, la hilaridad también me invadía, y ella ahí parada y yo que le digo que si quería que le chupara la concha y fue el acabose. Como pudo, se deshizo de mí y así y todo mis últimas palabras fueron que la esperaba afuera. La luz de la calle fue como agujas que se clavaban en mis ojos. No pude esperar demasiado y volví a buscarla. Adentro quedaba poca gente, la mayoría se había desbandado. No recuerdo haber visto caras conocidas, salvo una amiga de Mari Hochman a la que le repetí que la esperaba afuera y que me dijo sí, sí, y me sacó del camino. Alcancé a mirar hacia la pista, tal vez todavía estuviera Leonora o Violeta habría regresado o lo que sea. La cosa se iba poniendo fea y me daba cuenta. Otra vez en la calle pensaba que me hubiera gustado que me acompañe, que desbarranque conmigo, que por qué tenía que terminar así, solo, que todo era culpa mía o de un destino maldito que me hacía construir casas con cartas francesas.

Amanecí en la cama de mis padres que se habían ido a México. Todavía tenía mitad de la ropa puesta y la resaca jugaba pelota vasca con mi cabeza. Me levanté y casi por instinto llamé a mi casa para levantar los mensajes. Temía lo peor, pero también necesitaba que alguien me llamara. Un mensaje de Maxi, que se había dejado la corbata en mi saco, que lo llame, y otro de Mili, o varios de ella, diciendo que me vaya a la puta madre que me parió. Que la llame, de todos modos. Más tarde pasó Maxi por la casa de mis padres, más tarde hablé con Rodrigo que me dijo que Mili había llamado varias veces a la mañana con la bronca de un zoológico entero. Dejé pasar casi todo el día, sabía que tenía que enfrentar mi destino, dar la cara, como me había dicho en el mensaje. Finalmente lo hice. Aproveché que Laura me visitaba, eso me daba valor, no sé por qué.

-Creo que no tenemos que vernos más -fue lo que alcancé a decirle. Y perdón. Era el fin de una relación o eso parecía. Un final que era fruto de un plan que excedía mi voluntad. Un plan que era mucho más poderoso e inteligente que yo, adelantándose en cada turno tres o cuatro movidas, haciendo que me hunda cada vez que creía salvarme.

9:11 PM

Lo de Ricky Espinosa fue un error, el concierto ocurrió hace exactamente una semana. Me quedo con lo irreal entonces, no habrá carne ni hueso.

9:14 PM

Eso es lo que temo de la filmación: lo que no planeo, lo que está escrito que pase pero que escribió una mano maldita, un verdadero escritor.

9:26 PM

Tengo una verdadera disposición a la derrota. No tolero ocupar el lugar del vencedor, no me la banco. Hay algo de hipócrita en el que se lleva los premios. En frente está el odio que no es menos, por supuesto, pero no logro entender qué es lo que me lleva a preferir ese lugar de resentido, por qué esa identificación con Erdosain en lugar del Astrólogo. Esa propensión al lugar del perdedor, que ya no me sorprende y tomo con naturalidad, creo que es lo que me une con la mayoría de la gente. Es entonces cuando me descubro comprendiendo a todos esos tipos casados que a los cuarenta dan vueltas por el barrio o se juntan a ver a Tinelli en el bar de Nico, frente a los monoblocks. Porque hay un momento en que uno decide -o entiende- que no va a pasar gran cosa en su vida, que ya está, que no pudo ser. Y es ahí que empieza a vivir a través de otros (los famosos, los héroes), sumergirse en los relatos que llegan por entregas, conteniendo el aliento hasta el próximo capítulo.

Esto es un intento por salirse del relato ajeno, al tiempo que es la comprobación de lo imposible que es armar uno propio. Veamos: ¿Qué pasó desde que comencé esta escritura? ¿Qué grandes sucesos ocurrieron? ¿Qué es eso que me quita el sueño y me obliga a escribir, o peor, que es una pesadilla de la cual quiero escapar? No existe, me hundo en la nada, un lugar donde el lenguaje es un lujo. Y un vicio. Como la merca, materialización de la aceleración vacua del lenguaje. Deberían prohibir la escritura para gente como yo.

Hoy fui a jugar el partido de los sábados. Era importante, nos enfrentábamos al puntero y si ganábamos quedábamos arrimados. Mientras hacíamos el calentamiento previo al partido, ya desde entonces había algo que me tomaba de la camiseta y me tiraba hacia atrás, algo que me detenía, que no me hacía partícipe del espíritu del equipo, que lo notaba falso, injusto y fuera de lugar. Me decía que no valía la pena, que estaba cansado, que cuál era el sentido de todo eso. Y le hice caso. Jugué horrible. Impersonal, asfixiado, con una participación pobre cuando ocurría, ausente el resto del tiempo. Hubo una escena graciosa, sin embargo. Cuando perdíamos dos a cero entró un tipo grandote, un suplente eterno. Uno de ellos estaba lastimado y confiaban en que el partido estaba cerrado. Le decían Tyson, su figura se armaba como un triángulo invertido: pies chiquitos, piernas que iban ensanchándose al acercarse a la cintura y hombros gigantes. Me tocó marcarlo los pocos minutos que compartimos en cancha y cuando corría era como si su cuerpo fuera una cuchilla en movimiento. Sólo rozarlo ya era lastimarse un poco, como si te cortaran tan rápido que ni te enteraras. En el segundo tiempo cabeceó un centro que nuestro arquero sin manos vio pasar en cámara lenta. Lo gritaron como si fuera el primero. Su sonrisa iba de oreja a oreja. Él mismo se reía del hecho insólito de haber marcado un gol. Más tarde, cuando ya miraba el partido desde el banco, mientras me fumaba un pucho, vi la escena con claridad y la disfruté como un espectador televisivo. Lo marcaba un pibe flaquito, Armando, que tenía que seguirlo por la expulsión de uno de los nuestros. A mí me pareció que exageraba el pibe, pero dicen que no. Lo vi, pero me pareció teatro. El grandote Tyson le mete, así porque sí, un codazo al pibito que cae aparatoso unos metros hacia atrás. Se arma un remolino de jugadores y lo veo al padre de Armando entrar corriendo a la cancha para enfrentarlo al grandote Tyson que, impertérrito, no se movía de su lugar. Claro que nunca llegó, porque él mismo sabía que el otro lo hacía puré. Lo expulsaron, es cierto, pero el tipo era un lujo.

Uno quisiera hacer grandes cosas, proyectos demenciales, obtener grandes logros. Sólo que en el camino algo se interpone, no algo ajeno, una contingencia (no hablo de mala suerte), sino algo que pareciera extraño, pero que está dentro nuestro. Un pescado podrido metido en un táper que abrimos cuando hace falta. ¿Es así la vida de los demás? Me refiero a los que veo pasar a mi lado, muchos con más alegría que yo. Me refiero a esos, los normales. ¿Perciben cómo su vida es una negación constante a su propio potencial, cómo se hacen pisar el palito de la frustración y la renuncia?

Digo, siempre quise escribir, pero con el tiempo entendí que para escribir no hay que inventar nada. Si se inventa es porque se está forcejeando, las ganas peleando con los hechos. Hay manipulación, sí, pero nada es invento. Y si no hay biografía no hay literatura y es ahí que te parás en seco y te das cuenta de tu isla.

Es cierto que el suicidio posiblemente siga siendo el relato de nuestras vidas hecho por algún maniático hijo de puta. La diferencia es que se queda sin personaje y tiene que asumir la idiotez de su propia vida, la medianía inundándolo todo, ahogándolo. Lo quiero ver en ese momento, qué carajo hace, cómo se la banca. Por eso me interesa Ricky, con su muerte hecha leyenda, una leyenda hermosa. Es que no da tiempo a nada. Dice si pierdo me tiro y se tira y ni Crónica llega a transmitirlo. El tipo, la leyenda, encontró una llave, una forma de escaparle al texto impreso a través de lo inesperado-límite . Despojada de tragicidad, su muerte es poderosa porque no da lugar al dolor, lo anticipa, lo deja chiquito. Puede más el impacto, es más fuerte el golpe contra el asfalto que el melodrama. Tiene reflejos más rápidos. Él y Olmedo, ¿no? Durísimo sobre la baranda, jugueteando a no querer vivir más y de repente se ladea apenas y ya está. Todos llegan tarde. Tarde para comprender. No me parece tan difícil tomar ese camino, sólo hay que dejarse llevar. El día puede ser bonito y todo, un sábado apacible de Mayo. La de Correas en el hueco del asensor, por otro lado, es como abrirse al medio y mostrarse. Acá está mi oscuridad que llevé todo este tiempo, en cada diálogo que mantuvimos, en cada cerveza sucia un domingo de niebla, a ver si se enteran. A ver si pueden hacerse cargo de que lo peor no es la culpa, sino saber que conmigo también se va una parte importante de ustedes, que los represento. Y a vos, portero de mierda, chusma asqueroso, te dejo que levantes todos mis pedazos, que limpies cada resorte.

La posibilidad del suicidio, reflejo del fracaso que es la vida.

Mis padres esperan la muerte en un departamento de tres ambientes. La esperan así, sentados, llevando adelante su cotidianeidad sin preocuparse demasiado. Ahora que lo pienso de lejos, sin involucrarme en lo que digo, me parece admirable como una novela decimonónica de dos mil páginas, reposada, capaz de decirlo todo. En otros momentos lo vivo como algo terrible, el fin de mi propia vida. Si ya no me proyecto para otros, entonces sí que pierde sentido, como si al ser para ellos encontrara un motivo de existencia. Me fui para no verlos envejecer de cerca. Fue un acto reflejo que pude captar más tarde. Pero también significó cortar el único lazo más o menos estable. Ahora puedo convertirme en algo impenetrable, una figura de mármol, un enigma edípico. El otro día fui de visita, casi siempre voy con algún motivo, las veces gratuitas son las que más disfruto en tanto se torna evidente que no es un fin utilitario el que me mueve, mas al contrario, un fin amoroso. Algo que no deja de ser falso, ya que cada vez que me acerco es igualmente con un objetivo claro, aunque ese motivo sea en este caso afectivo. Voy porque me siento solo, frío, desconectado, muerto. Voy en busca de calor. Caminaba hacia su edificio por el pasaje peatonal que sale de Pampa cuando, a lo lejos, los vi. Los llevaba una lentitud parsimoniosa, un poco como si en cada paso también recorrieran el espacio hacia los costados. No hablaban, parecían concentrados en el andar o simplemente ausentes de sí. Y verlos fue confirmar que ya caminan hacia el fin, tranquilos pero seguros de la inminencia de lo inevitable.

 

28/5/06 - 8:10 PM

La paranoia es a perder mi lugar. Llama Petardo y le planteo mis temores. Le leo fragmentos del diario. Ella se pone muy mal, como si le estuviera diciendo verdades. Para mí eso es imposible, porque en realidad lo que estoy tratando de descifrar es el vínculo entre la paranoia, las cosas que consumo, la historia de este último tiempo y ciertos pensamientos recurrentes. En todo caso lo que me preocupa es internarme en el universo Petardo y quedar atrapado ahí. Aparte temo que Lita Stantic lea su guión y se lo dé a Albertina Carri. Le dije que si pasaba eso la prendía fuego, envolviéndola en una manta y atándola con alambre. Puro fuego. Se rió y me dijo que el que me va a traicionar es La Chancha. Él es el que sube como nube de pedo. No lo había pensado. Es cierto. Me pide que lo ponga en el diario, acuerdo y concertamos el próximo encuentro. El proyecto sigue adelante. Miríada producciones y Medio Pelo Films van a coproducir, con un presupuesto total de seiscientos pesos, ni un centavo más.

La convenzo de usar "Voy a matarme" como tema de la escena final. Creo que lo hizo más por dejarme tranquilo que otra cosa. Se lo hice escuchar por teléfono y sonó bien. Tiene la oscuridad que necesitamos y el ritmo que buscamos, acelerado, punk. El punk es genial para cerrar películas dado que sirve para enunciar un gesto tajante. Es así, dice el punk, porque yo lo digo. Eso lo aprendí de Los muertos , de Alonso.

La muerte es un tema recurrente en lo que filmo. Aun cuando no se lo explicita en el relato es un elemento principal de la atmósfera narrativa. Días de Plata y La ciudad rebelde tienen ese clima tanto en lo fantasmagórico marplatense como en la ausencia humana. De reojo las vacas pastan en la pradera aprovecha esa dirección y lo tematiza cuando el tipo se toma las pastillas, una cantidad desmesurada que no lo mata pero lo hace dormir cuarenta horas. Ese frío glacial que Lysyj decía ver en mí es lo que me interesa mostrar. Ella lo decía para violentarme. Y lo lograba. Así entendí que lo que marca nuestros límites físicos es lo falto de vida. La naturaleza siempre es otra cosa, no es cierto que la percibamos como algo vívido. Es nuestra pesadilla. La naturaleza es la incógnita eterna según Conrad. O algo así.

Ayer le dije a Durarte que no lo convocábamos como director de arte. No le gustó. Sabía que era porque en el corto hay unos planos en los que están comiendo asado en una terraza y parece un barco porque los vasos con vino se mueven y el líquido baila; igual dijo algo cierto: él había aportado su casa, la actriz principal y hasta había colaborado parte de su familia. Tiene razón, aunque igual me molesta que no llegue a comprometerse por completo. Le conté que sabía el motivo por el cual no había ido a filmar, lo de su historia con Petardo. Entiendo lo que me dice, de todas formas, y siento que él es una cuerda que tensás pero nunca se corta. Hasta que llegue el día.  

Es domingo y estoy solo. Hoy me levanté y fui al supermercado. La mitad de la compra está compuesta de alcohol. Un vino y un Vat 69, lo peor según los entendidos. Después comí zapallitos con huevos revueltos. Hace frío y estoy lejos de casa.

30/5/06 - 1:33 AM

Reviso las fechas de los días anteriores y me percato de haber puesto en todas un seis correspondiente a junio, en lugar del número cinco que refiere al mes de mayo. Ya no hay dudas de cómo opera mi mente, escapando hacia adelante, abalanzándose hacia el futuro como si fuera la puerta de salida de emergencia de un boliche en llamas. Cuánto quisiera que el tiempo se detuviera en algún momento.

Noche para actualizar el pasado. Antes, ciclo de Godard en el Rojas. Sala llena para una proyección con subtítulos en inglés. El snobismo porteño no tiene límites. Nôtre musique , que no es tan vieja pero de alguna forma representa también lo que ya ha acontecido. Godard ya ha acontecido, no hay dudas. Hasta hay una sala con su nombre. Igual fue interesante porque durante los primeros treinta minutos de proyección la película tenía unos pequeños saltos en la imagen, mas no en el sonido, que hacían a la platea pensar en las típicas intervenciones de Godard sobre el montaje. Loopeos, interferencias, barridos incompletos, puro drama godardiano. Luego de cierto titubeo el proyectorista tuvo que darse por vencido y anunciar que se levantaba la función hasta próximo aviso, es decir, nunca. El público se levantó resignado, había podido comprender, como pocas veces ocurre, el motivo o, mejor dicho, había podido clasificar el tipo de desperfecto; no sé si se llega a entender a esta altura qué es lo que pasa cuando un aparato falla, sólo se puede categorizar el error. Lo cierto es que me sentí apenado.

La película, más allá de buena, era emocionante en el sentido de su pura accesibilidad desde los sentidos. No había que estar pensando qué es lo que había que estar pensando, el sentido se construía fácil, puede que demasiado. Y es que en realidad lo importante de las películas de Godard no se entiende como se entienden las tramas de Hitchcock, como se aprehende el cine de Holywood. Las películas godardianas estimulan directamente la percepción exactamente por los mismos canales que lo hace la televisión y su montaje hiperquinético. Genera estupefacción, anonadamiento. Después, recién después interviene una racionalidad activa, más cercana a la conciencia. Antes que eso, lo que ocurre es que las imágenes y el sonido aprovechan ese camino ya marcado, el sendero desmalezado. Con lo cual dos cosas son evidentes: una, que la percepción es fruto de una educación y, en consecuencia, fruto de una cultura determinada; la otra, que las películas de Godard pueden ser perturbadoras, pero no son revolucionarias como creación de lo nuevo absoluto. Al contrario, lo que hacen es aprovechar los senderos de la industria cultural para después desorientar los sentidos. La interrupción demostró cierto carácter previsible de lo que se mostraba; el corte abrupto, por otra parte, comprobó que todas las películas de Godard son una sola, extendida casi hasta el infinito: perderse una es tan jodido como saltear los capítulos de un dvd, pudiendo retener la trama a costa de reducir el film a una sinopsis.

Nuestra música es más tonta de lo que podemos creer: nuestra genealogía de la violencia y el amor, todo en uno. La violencia se representa en películas, el amor en una frase: como imposible de lo posible, como posible de lo imposible, yo es otro. Frustración, excepción y espejo, esas son las tres posibilidades del amor.

Al salir me lo encontré a Leo, un ex compañero de Mint, la disco donde trabajé como camarero durante dos años. Fuimos a tomar unas cervezas. Venía de dar un examen de geografía, estudia Turismo en la Suisse, un dudoso instituto del centro. Él siempre parece un poco perdido, yo no tenía un plan fijo y también parezco desorientado por lo que caminamos por Corrientes hasta el kiosko con mesas en la esquina de Montevideo. Tomamos y hablamos, hablamos, hablamos un buen rato. En el medio llamó Flor, su novia que también conocí trabajando en el boliche. Cuando le dijo con quien estaba tardó en acordarse, quizás hasta lo hizo ex profeso. Con Flor mantuve un diálogo más o menos fluido en una primera etapa de mi estadía laboral. Después concretó su amorío con Leo y al mes viajó a laburar un tiempo en Marbella. Me había enamorado un poco, me gustaba la mina, después me abrí. Y el silencio que quedó entre nosotros, se quiera o no, dijo cosas que ni siquiera podemos saber. Ese silencio habló como suele hacerlo cuando se elige hacerse el distraído; habló aún más que las palabras que dicen de más, sin que lo queramos, como esos poemas que intercambiamos alguna vez. Por ese entonces ella estudiaba Filosofía. Al tiempo dejaría. Según me contó Leo ella estudia con él en el mismo lugar. No creo que Leo supiera algo de todo esto que es nada, que no tiene relato; sin embargo, estoy seguro de que lo intuyó alguna vez, que lo presintió sin encontrar explicaciones. En definitiva, ahí estábamos sentados en uno de esos radioactivos, como decía Andrea, hablando porque sabíamos que éramos buenos conversadores, ya lo habíamos sido y queríamos revivirlo. Porque dentro de su razonamiento confuso y contradictorio se vislumbraba, cada vez que hablaba en tercera persona o en impersonal, cierta honestidad brutal, una sinceridad que cortaba. Hablábamos del pasado, de lo que significa encontrarse con gente que para uno representa un pasado remoto, hasta teorizamos sobre el asunto, creyéndonos maduros y astutos. Ninguneamos la fuerza de ese pasado para intervenir el presente, la subestimamos al punto de decir que su única razón de ser, su fortaleza era quedar suspendido como representación sin referente, ya que el cuerpo actualizado de los otros siempre encarna una decepción. Y ella volvió a llamar, como si también quisiera participar del revival. Los celulares son más obvios de lo que pensamos. Aunque creamos ser grandes calculadores, genios de lo especulativo, ellos dicen por la pobreza de las excusas, por hacer presentes intenciones que se quieren remotas. Algo la incomodaba de figurarnos juntos, compartiendo una birra. Puede haber sido el temor a que yo dijera alguna inconveniencia, puede haberme pensado como una intromisión impertinente de sus frustraciones, como si yo para ella fuera la Filosofía, puede haber sido el deseo. Lo cierto es que el pasado emergió como un mazazo. Lo inobjetable era la insatisfacción tripartita.

Volví a casa y me llamó Victoria Ocampo. Como lo suponía, la charla duro literalmente horas, el punto central de mi dificultad para tratar con ella. No es la confianza, como le dije, ni los roces del trabajo conjunto. Antes que nada, el problema es que habla sin parar, más que la mujer que da la hora en el 113. Resolvimos nuestras diferencias simplemente porque quería terminar la conversación. Mientras conversamos tuve tiempo de preparar una salsa, calentar la masa, cortar la muzzarella, cocinar todo y comer la pizza. Después me serví un whisky y la conversación seguía. Agotador. Difícilmente pueda interesarme por alguien que habla tanto. Tal vez sí sea un problema de confianza.

 

1/6/06 - 1:52 AM

Por fin junio. El futuro llegó hace rato. Lo celebré con cinco o séis vasos de fernet en lo de Andrea. Un día realmente agotador para terminar un mes, como si hubiera querido resolver todos mis asuntos pendientes. Claro que, en vez de eso, lo que ocurrió fue una catarata de sensaciones retumbando en mi pecho.

Todo comenzó a las 5.30 am, con dos horas de sueño encima y un día entero de rodaje por delante. Primera dosis de cafeína. Caminé un poco y me tomé el primer taxi que se animó a detenerse, los tacheros llevan la paranoia en la sangre y así están. Llegué a la casa de alquiler a las seis en punto, tal como había convenido la producción. Como siempre, mis compañeros-superiores ya estaban cargando el camión con los equipos. No me dijeron nada, nunca dicen nada, pero era evidente que debí haber llegado con al menos diez minutos de anticipación, igual que ellos. El problema es que olvido que los rodajes de comerciales representan un modelo a escala, de laboratorio, del capitalismo en su estado perfecto. Allí el trabajador no se molesta por los horarios absurdos o las horas extras que le esperan. Por supuesto, su esfuerzo es recompensado y puede llevar una vida acomodada con sólo cumplir los mínimos requisitos. Cada uno desempeña su rol y con eso es suficiente: una vez adentro de la maqueta es posible e imperioso llevar una vida ejemplar. La ausencia de dinero es una noción que únicamente persiste como amenaza de lo que ocurre afuera. El precio para esta aventura es el de ignorar cualquier amenaza de reflexión sobre el trabajo en sí mismo. Todos simulan ser iguales, llevan caras distendidas y se ríen de los chistes que cada uno hace; la igualdad es un presupuesto teórico que ha encontrado su justificación práctica dentro del universo publicitario. Mientras dure el rodaje, obviamente.

La locación, como no podía ser de otra manera, era en la zona norte de Buenos Aires, en el acceso a Tigre bajando en Thomkinson. Al igual que en los otros rodajes a los que asistí la casa donde se filmaría el comercial poseía dimensiones extraordinarias. Por empezar, la planta baja estaba constituida por una cocina, un comedor diario, ambos de proporciones regulares, un escritorio con baño privado, algunas otras habitaciones, un comedor y, lo más llamativo de todo, dos livings, uno aggiornado según dudosas tendencias burguesas y el otro con las persianas bajas, una barra setentona y sillones de varios cuerpos puestos unos contra otros, como si el lugar cumpliera la función de un depósito. Afuera, un parque de no menos de cuarenta metros de fondo estimulaba la atmósfera pastoril del conjunto, combinando con el mobiliario de la casa y los objetos de madera que predominaban tanto dentro como fuera. Los pájaros cantaban su optimismo y el día era de un perfecto azul y oro. Pero mañana seguiré contando, ya consumí todas mis energías en el trabajo y el sueño me exige. Aquí afuera, ahora es obvio, me doy cuenta de que se da demasiado y se recibe poco. Mañana, otra vez.

 

2/6/06 - 2:43 AM

Retomo. Mis ratos libres son para reponerme de una jornada agotadora, para emborracharme o para ambas cosas. Nunca son en sí mismos, sino que existen debido a otro motivo, existen debido a otra existencia.

Hablaba de la locación y me refería al parque y la combinación con el mobiliario, con ese estilo de campo tan pronunciado entre las clases acomodadas católicas. Pero fue en el tiempo del almuerzo cuando me di cuenta de dónde estaba parado. Todo comenzó una o dos horas antes cuando, durante la filmación de una toma, la vestuarista se acercó al monitor que da nombre a mi puesto (video assist) para comentar impresionada lo que acababa de ver. Era afuera la experiencia y ese estar afuera tenía una significación doble. Es que la chica, movida por el conocimiento de la zona, hecho alto probable puesto que era la novia de uno de los directores estrella de la productora, a raíz de lo cual era de suponer que conociera la "zona norte", identificada con las clases pudientes, o sea, plausibles de quedarse con todo, o movida, por qué no, por un afán de conocimiento geográfico, un deseo de territorialización o mapeo, se acercó a los bordes de la propiedad y, trepando al muro, descubrió que, sin solución de continuidad, del otro lado se extendía una villa, La Cava. Inicialmente no hubo comentarios valorativos entre los que rodeaban el monitor (publicistas, asistentes de publicistas con aires de publicistas, representantes de la empresa, directores y dueños de la productora), salvo uno que recordaba la foto de Gente mostrando la tajante y frágil división de poderes. Pero estaba este tipo al que llamaban Rambo. Yo lo tenía calado porque iba siempre a los rodajes, casi siempre llegaba a media mañana, vestido preferentemente de negro y con alguna muñequera con tachas. De edad avanzada pero con un pelo largo entre morocho y canoso, informal, uno lo identificaba en seguida con el típico explotador que se hace pasar por hombre con energía joven, por librepensador.

Por encima de eso, lo importante es que lo había enganchado más de una vez hablando de su ex mujer, soltando largos monólogos sobre su experiencia amorosa, la cual a todas luces aún le resultaba dolorosa y difícil de sobrellevar. Ya había contado los trámites de separación, cómo él la empujó a acelerar el divorcio para dejar las cuentas claras, cuán costoso había resultado. La manera en que lo contaba, más allá de las apariencias, me había parecido la de alguien que todavía pena por el afecto desaparecido, como un borracho que quiere contar sus cuitas a quien sea con tal de reproducir esa idea de duplicidad perdida, como yo, acá, narrando lo que sea con tal de ser escuchado.

Primero explicó su experiencia con los psicólogos, cómo empezó yendo a una terapia de pareja y continuó luego de la separación, pero la terminó abandonando porque, según le dijo a la terapeuta, se superponía con el horario de natación. Es que el problema en verdad era bien simple. Ella se quejaba porque él se iba a la mañana y le dejaba la plata para pagar las cuentas y hacer las compras para preguntar, al regresar por la noche, si había pagado las cuentas y hecho las compras. Ella quería que él la acompañase. Pero a Rambo le resultaba insoportable ir al supermercado y decía que si ella quería podía hacer las compras por internet. Ante una nueva negativa, sustentada en el hecho de que le gustaba elegir los productos, él pensó y explicó que la manera de solucionar los problemas de pareja era contratar a alguien que pagara las cuentas y fuera al supermercado. La medida, lógico, no prosperó.

Y después acabó por rematarse en todo sentido. Se puso en evidencia como un reaccionario, claro, pero de todas formas era obvio que lo era, no estaba mostrando nada nuevo. Lo raro era que volviera a descubrir sus miserias. Lo raro era que un tipo al cual le dicen Rambo insistiera sobre un dolor que con claridad le carcomía las entrañas. Era un hablador y, ya lo sabemos, el pez por la boca muere. Tuvo que hacer su acotación al hecho villero y Rambo no pudo sino contar una historia acaecida con su ex pareja. Resulta que hablando quién sabe si de futuros posibles o simplemente especulando sobre la vida misma sin creer que por eso se afirmara un destino, el tipo le había dicho a la mujer que no habría problema en criar un hijo en un country porque bastaba con llevarlo hasta el alambrado, levantarlo y decirle: "Ahí está la gente pobre ¿Ves? Ellos son los que vienen a cortar el pasto, limpiar la pileta y mantener la cancha de tenis." La mujer, de inmediato, le dijo que nunca iban a tener un hijo ellos dos. Claro, lo que a él se le escapaba era su cinismo o su honestidad brutal. Y nunca los tuvimos, acotó para cerrar la historia. El tipo daba lástima, era la tristeza, la manifestación pura e involuntaria de la soledad.

11:03 PM

La cultura es lo que ya se hizo. El presente sólo puede hacer el ridículo. Seguro que de este sentimiento al ponja se le ocurrió decir que se había acabado la historia. No tiene la culpa, de alguna manera es lógico que haya llegado a ese lugar, tiene sentido. Sólo queda el reciclaje, ese es el mensaje que emana hasta de las alcantarillas, de la autopista y de los que duermen debajo de ella. Maldito día de mierda que no debería haber nacido. Cae una lluvia egoísta que se entrega de a poco, ni siquiera da la posibilidad de gozar la sensación de fin del mundo que produce un viernes por la noche de tormenta.

Hoy estuve a medio metro de Leonardo Favio. Fue en la proyección de un cortometraje inédito que pasaron en la Biblioteca Nacional. También estaba González detrás de mí, quien en un momento habló, bien a su estilo. Pero a González ya lo conozco, me siento más cercano a él. Bigotes tiene un estilo desprolijo al hablar, ese lumpenaje que Favio dice que es necesario para un director lo tiene el gordo en su oratoria, porque un orador no es sólo el traslado del pulso de una escritura sino también, fundamentalmente, su voz, su cuerpo, su ropa. Creo que es justo que se hayan encontrado. No es casual que Favio haya mencionado que se había comprado una camisa y un suéter para ir a la proyección. Envejecen y son la cultura, eso es lo malo.

González dijo que las películas de Favio son nuestros mitos, que si queremos pensar soluciones, si queremos pensar tenemos que meternos en ellas. Ahí están nuestros sueños, nuestro ser desgarrado, nuestra muerte también. Parece que sanatea, pela la viola y se larga a zapar el tipo, es una especie de Salinas del pensamiento. Y funciona. Bucea en las palabras y saca una combinatoria que nos ilumina (¿no hay otra manera de decir que sus palabras conmueven al auditorio, que lo obligan a modificarse, a por lo menos reacomodarse en la silla? Nos persigue el iluminismo).

 

3/6/06 - 3:00 PM

La desidia de La Chancha es el arma más eficaz para tirar el plan por tierra, para frenarlo, obstaculizar el desarrollo o la experiencia de esta filmación. El tipo ahora empieza con que estudia, con que su hijo y su trabajo. Seguro que si lo llamás para merquear no te pone ninguna excusa, ni el auto que no tiene luces ni los muñecos de mierda. Y lo veo porque ya conozco esta historia, él se guarda para el momento de la filmación y no arriesga, no se expone, para después llevarse el rédito absoluto. Pasó algo parecido en una obra que interpretamos, cuando todavía creía ser capaz para semejante tarea (ahora no lo creo y, como un boludo, me dejo convencer para ocupar el papel de Mome, algo así como mi alter ego). Le costaba muchísimo incorporar el texto, comprenderlo, llevar a cabo su papel. En los ensayos estaba apagado, discutía con la directora a quien no conformaba el modo en que La Chancha construía su personaje. Llegamos al estreno, se suceden las funciones y empieza a escucharse que su actuación es la más sutil, la más delicada. Y uno quisiera romper toda la escenografía, envenenarle el maquillaje, triturarlo. Ahora ya tengo esa información incorporada y estoy muy atento a lo que pueda ocurrir. Quiero que dé lo mejor, lo mejor para la película, no para su ego. Lo tengo claro, sé que las cosas suelen aparentar, decir otra cosa de lo que realmente son y cuando se produce ese fugaz momento de verdad, cuando llega la epifanía uno casi se cae de culo. Esta vez estoy preparado y pienso dejarme desbordar por la situación.

 

7/6/06 - 12:08 AM

Miedo al silencio. Hacer ruido. Escribir es hacer ruido. Toda esa gente ocupada en algo, ocupada con algo. La radio prendida para disimular. Llegó la televisión y casi en simultáneo apareció una mancha de humedad en la pared que logró arruinar algunos libros. Salir del claustro, salir del anacrónico límite mediático de la radio es darse cuenta de que el tiempo no alcanza. Ahora me cuesta retener la información y pensar en qué escribir, pensar en escribir. Todo es interferencia. No sé por qué con la aparición de la televisión la escritura cobra una dimensión exagerada, sobrenatural. Hace falta disciplina y parece que flaqueo, mis fuerzas se acaban.

Hoy continué con la costumbre de cocinar, dedicar una hora o más a la cocina. No hay que alterar la rutina por ese aparato maldito, esa invasión de frenesí flotante. La tele es como la merca. Había encontrado un ritmo, creo, que si bien era oscuro, denso como el barro, se había convertido en un hilo de sentido. Ahora, otra vez, a la deriva. Con una lengua a medias. Temo ya no leer más, ya nunca percibir el roce de la literatura. Debo admitir que venía de antes. Suele pasar: las novelas se acumulan una tras otra, los libros pasan y con la aceleración de la lectura uno empieza a sentir el desgaste, como un motor de colectivo que pide a gritos parar un rato. Después la situación que se recompone, nunca vuelve a ser lo mismo pero la ilusión consigue mantenerse en pie. Y de vuelta a una lectura más o menos desconfiada. ¿Cómo se escribe un texto largo sin perder la línea? Pregunta idiota si las hay, escribir no tiene nada que ver con las dietas y las buenas figuras. Esos son espejitos de colores.

Los papeles que me rodean son puras indicaciones procedimentales. Tal es el orden a seguir, cada actividad posee su protocolo. Y uno se cansa de los procedimientos, la pauta, el organigrama y los putos pasos para hacer unos panzottis que, de todas formas, ya se habían vencido. La vida en sistema ordinal. Mi estómago es una piedra y creo que por este camino las posibilidades del cáncer aumentan. El cáncer no es tanto morir como sobrepasar la fecha de caducidad. Extralimitarse, ver cómo van saliendo esos puntos verdes en el cuerpo, cómo los hongos nos llevan hasta el estado de putrefacción. Pero no morimos, todavía. Escribo por la fuerza. No hay alternativa, parar ahora es parar para siempre.

Llama Petardo. Ayer hubo reunión, no llama para nada en particular, sólo necesita colgarse de algo. Logro disimular mi malhumor, o eso creo, y la conversación se extiende. Son días en que uno tiene el alma cargada de una furia vacía, sin dirección fija, esperando indicaciones. La reunión no había sido de mucho provecho, más bien parecía una continuación del modo en que experimentamos nuestra relación triangular. La Chancha tiene el personaje resuelto, creemos, el asunto es cuánto se va a comprometer. Es difícil atraparlo. Pero Petardo llama porque vio Días de Plata y, de verdad, le pegó para el orto. Un palimpsesto de malestares que reactivan lo peor de su biografía. Y no puedo hacer nada por calmarla, lo siento, pero es que hoy noto cómo se desmorona la estructura: los panzottis podridos, la ropa sucia que se acumula, la barba que crece, los asuntos pendientes y la mierda del cable, paseándote de acá para allá. Y se acaban las fuerzas para mantenerse al día. No sé si nos vamos a tolerar tanto tiempo Petardo y yo, por momentos siento el latido de un odio expectante. Y los días de filmación van a ser difíciles. Igual, llegamos a ciertos descubrimientos ayer. Las escenas divididas en no más de dos o tres planos, el ritmo pausado del montaje, nada de esquizofrenia. Eso y cierta búsqueda en el recorrido de los personajes. Igual nos cuesta representar lo que somos cuando no es evidente que actuamos, cuando jugamos a la realidad. El asunto es que La Chancha tiene que llevar parte de la carga para mantener el equilibrio. Veremos. Más adelante está la respuesta. Pero queda la certeza de que avanzar es equivocarse, perder el tono, desdibujar el relato. Avanzar es decepcionante, pero estoy harto de ser el de ahora. Pasan los minutos y es como una condena, mañana estaré molido y todo será culpa de unas líneas de mierda, puro palabrerío. Un cigarrillo más y me detengo, digo, pero quisiera tener un relato que valga la pena.

Escribir contra el optimismo, la fuerza idiota de quienes triunfan o creen que pueden hacerlo. Escribir contra Scherbovsky, por ejemplo, y su vida fácil de niña rica. Lo digo porque con la humedad encontré fotos en las que estaba ella. Una mujer decepcionante, en serio. Capricho tras capricho, hasta que llegue la forma de reproducir el dinero heredado. Así es fácil. Así no hay esfuerzo en la sonrisa, ni horas de sueño para contar. Así es la vida.

 

9/6/06 - 10:36 PM

Llega Sabri, no puedo escribir. Siempre interrumpe alguien. Negocio, admite que escriba, pero habla. Lo intento. Rodrigo pide a El Nuevo Castels un matambrito a la pizza con papas españolas y un vacío con papas. Estamos en una etapa de reconciliación o reorganización de nuestra relación. Lo más difícil es construir colectivamente, cualquier idea de grupo.

Si el fútbol es la metáfora por excelencia del cuerpo social estamos fritos. Partido inaugural del mundial. Suspendí clases para poder verlo. Tirado en el sillón del living, solo, la tele que aún no tiene un espacio, apoyada en el piso, ahí al lado. Atrás de la tele la ventana que da al jardín, el cielo encapotado. No sé por qué pero me remite al mundo germánico; algo de esa atmósfera, ordenada y urbana al mismo tiempo, que tiene el espacio comunitario del edificio me lo recuerda. Y lo veo al tipo este, el alemán bueno, Ballack o Ballard o algo así. Lo veo y en un primer momento me llama la atención la sonrisa persistente en su rostro. Con una lesión leve, quedó fuera del primer partido, y por eso está en el banco con sus compañeros, tranquilo y seguro, amable, risueño. Y también, ahora que pienso, el arquero suplente, el deutsche este que fue elegido mejor jugador en Corea- Japón y que lo relegaron a arquero suplente, generando cierto revuelo. Cómo es que se llama, el rubio, ése, sí, el rubio ese también se sonríe y empiezo a sospechar. Ah, sí, Oliver Kahn, ahora lo recuerdo bien, un triunfador venido a menos, pero que se sonríe, sí, será porque al titular no le está yendo tan bien, intuyo, pero no, empiezan a ganar y el tipo sigue con la sonrisa, un poco ido.

Con el festejo, la tele vuelve sobre el otro, el que empieza con "b" y no me acuerdo bien su nombre. Y sigue con esa sonrisa que a esta altura empieza a parecerme irónica. Tiene ese tipo de gestualidad que hace parecerlo siempre riendo, como burlándose. Y se empieza a sospechar si no se están burlando de uno. Si no es uno el boludo y el tipo ahí, sabiéndolo todo y no aguantando la risa. Es un rictus burlón que no muchos tienen pero que en seguida logra ponernos de los pelos, porque nos activa la paranoia como un acto reflejo. Ellos por ahí, con su sonrisa contenida, sugerida, pero que ataca como un puñal escondido bajo el sobretodo.

Después pasa lo peor, una escena repetida cientos de veces y que recién ahora puedo decodificar. Jugada clásica en el área, el germano que hace una gambeta fallida, está a punto de perder el balón y cae estrepitosamente al piso, practicando el distanciamiento brecthiano de tan artificial y obvio. Ipso facto los costarriqueños levantan los brazos como si los acusaran de haberse violado a quince viejas y mutilado a quince jovencitas. El peso de la ley es tal que reaccionan aparatosamente, movidos por el pavor a la culpa. Si el fútbol es la metáfora social, entonces sí estamos cagados, porque lo único que reina es esta puta paranoia. Paranoia de que sea un espectáculo planeado de pe a pa, finalmente; paranoia de que me declaren culpable.

Ensayamos. Se abrió un hueco en la agenda de La Chancha y organizamos un encuentro express. Ya no tiene el laburo de muñeco, otra vez está en la calle y eso aumenta las posibilidades de su triunfo. Pero no es lo que más me preocupa hoy, sino una frase del guión que Mome le dice a Yuyú y que se aplica perfecto a la actriz. Siempre quiere hacerse la experta. En lo que sea, no importa el tópico que se trate. Me violenta esa actitud, me amenaza su tono tan convincente. Es un problema de palabras más que otra cosa, pero yo sé que en un rodaje la palabra vale como oro, mueve montañas. Tengo que entrenarme en retórica, tengo que volver a leer.

Asustado, decidí limpiar la cocina como nunca, superarme en los detalles. No fue perfecto sino mejor. Limpié los azulejos, la bacha, la cocina propiamente dicha, el horno en gran medida, la heladera, las puertas, la lámpara y la radio. Antes había mezclado agua y lavandina en partes iguales, todavía me arden los ojos y tengo el olor impregnado en la piel. Me intoxiqué un poco, pero con eso se me fue el susto. Estoy más tranquilo, tengo que volver a leer.

 

10/6/06 - 19:40 PM

Lo lumpenizado de Petardo está en su cuerpo: fibroso, angulado, huesos que se marcan en la piel. Petardo es como una piedra, inamovible, únicamente puede partirse pero no cambiar su esencia. Hay espíritus solubles; al contrario, ella seguiría siendo una piedra en su mínima expresión de partícula rocosa. La cosa lumpen en Petardo es, en consecuencia, su pétrea resistencia al cambio, al tiempo que es, a su vez, sumamente adaptable a cualquier contexto. Camaleónica, es un buen ejemplo de lo eterno y lo efímero, la constancia y lo volátil. Cuerpo en lucha, ícono de lo resistente.

La marihuana va atorando los sentidos, la capacidad de reacción. Creo que Brecht optaría por condenarla dado que es un vehículo para sedar a los individuos. Posee una dimensión que la hace completamente cínica: lúcida al interrumpir el fluir del sentido común, acentúa la conciencia del estatismo sin convertirla en acción. Ahí vamos, el nuevo experimento: una generación de drogas blandas y pasión por el consumo.

Debo buscar alcohol, el texto se llena de agua.

Coto un sábado es la antesala del infierno. Los supermercados no pueden sino dejarnos exhaustos. Hay una brutalidad de la mercancía acumulada en los estantes, estratégicamente distribuida, que nos agota. La mercancía, con su valor de cambio, es real allí. Por eso todos queremos huir lo antes posible, para así poder recuperar la relación confortable y la satisfacción por lo consumido. En las cajas atestadas los consumidores serían capaces de linchar a cualquiera que se atreva a colarse. El rito de la contabilización y el pago es casi sagrado, una suerte de saldo con la vida, una especie de confesión ante un testigo mudo, el cajero, que se limita a tomar nota de nuestros pecados. Una versión mejorada y ampliada del acto central del catolicismo. Es atravesando este rito que obtenemos el alivio y la reconciliación.

Una niña en la cola juguetea con lo que tiene a mano, ensaya pasos de baile, expresa su alegre ansiedad. La compra, cuando niños, nos deslumbra con el brillo, la abundancia y la variedad de oportunidades. Sin ninguna duda se emparienta con los primeros contactos con el mundo religioso, la atmósfera eclesial con sus colores y su ritmo dramático.

Mi compra niega su realidad y quiere ser inmediata. La espera en la cola me obliga a admitir el proceso, a ser conciente de los pasos rituales que impone lo social, algo de lo que estaba protegido mientras vivía con mis padres ya que quedaba exento de esta planificación. Una botella de Blender´s de litro y una tabla de madera son los dos objetos seleccionados. Me pretendo artista en mi selección, me comporto con una inocencia sin límites. Al alejarme me acerco: en quince días llego a mi segunda botella, aumentando la cantidad consumida. Ya voy por el segundo vaso, lo que me enfrenta a una nueva verdad: envejezco y con eso quedo cada vez más adentro, más comprometido en el crimen obvio que tanto me repugna. Ser considerado un adulto significa formar parte del lodazal humano.

 

16/6/06 - 2:05 PM

Toda la semana postergué el relato de lo justo. Puede que me resista y quiera pisotear a los demás en este diario del odio. Porque Joaquín tiene razón, odio y de ese sentimiento pende el sentido de mis días. Odio a no tener la lucidez que quisiera, a necesitar que venga otro (el propio Joaquín, Rodrigo, quien sea) a decirme cuál es la manera inteligente de reflexionar sobre la literatura, el cine o, peor, la política. Si escribo es para eso, para legitimar un sentimiento que, en la vida, reprimo culposamente, haciendo caso a la moralina resentida en la que me apoyo públicamente.

El asunto es que el sábado vino Laura a casa. Me trajo un cd con diez discos en mp3 y el tan anunciado regalo de cumpleaños, Torre Nilsson por Torre Nilsson . Su generosidad no es de siempre sino de ahora, este último tiempo, y creo haber tenido bastante que ver en el cambio de actitud que en ella se produjo. Fue después del rodaje de Las amigas del bosque , unos meses después, que le canté las cuarenta, como a ella misma le gusta decir. Su completa alienación e indiferencia, dejándome en la sombra, subestimándome como asistente, no se la perdoné por mucho tiempo. De eso hablamos. Yo sostenía un discurso moral, fácil y represor, y ella gozaba perversamente de esa reprimenda. Lo recuerdo a la perfección: la acompañé a la parada del 53 un lunes a la noche, después del curso del SICA, y ella forzó el diálogo. Creo que le encantó que me pusiera en ese lugar paternal de dominación que la dejaba a ella como la niña que se entrega indefensa a los deseos totalitarios; quedar completamente expuesta y, al mismo tiempo, forzar la aparición de lo fálico en mí, fue lo que más le gustó. Pero luego las cosas se reacomodaron de un modo mucho más racional y entendió que la gente empezaba a hacerle el vacío. Es una pena, así fue como Laura tuvo que esconder su egoísmo, acomodarse y buscar la normalidad. Ahora es dócil, subyugada por el orden fálico, monogámica. Aunque suene exagerado, sé que es mi culpa, sé que fui el último en tolerar sus caprichos que la hacían única, particular, irrepetible.

Lo cierto es que de casa partimos a lo de Durarte con la tonta esperanza y el falso optimismo de saber que ahí había merca. A partir de ahí -quizás antes, pero todavía me resulta difícil confiar por completo en ella- Laura se convirtió en algo dulce, de una tibia incitación, como tanteando las posibilidades del deseo. Y así buceaba en el pasado para ver si todavía quedaba algo de esa pequeña historia que alguna vez tuvimos por los kioskos radioactivos de Corrientes. Como pude contesté con evasivas todo el tiempo, hasta que, muchas horas más tarde, llegó Walter a la fiesta y ella recuperó, por fortuna, su distancia cotidiana.

Y en esa confraternidad merquera, esa contención calórica que uno confunde con amor y armonía con el prójimo, en esa etapa de la noche entendí que tenía que decir algo a favor de Las amigas del bosque , algo que no niegue lo anterior pero que, desde otra perspectiva, lo enaltezca.

Vivir el mundial es la nada misma, ser por lo que son los otros. Si para los medios ya no hay otras noticias, si ya no hay otra agenda, tampoco a mi vida le ocurre nada nuevo. Casi todos los partidos los veo solo; después llamo a alguien, mi viejo o Alejo, para comentar e intentar apropiarme de ese juego estúpido, completamente alienante que me deja a medias, que empobrece mi lengua sin hacerla desaparecer. Entonces, todo lo que diga sobre el evento tiene que llevar el mote de estúpido.

Me equivoqué con Ballack como con casi todo. El tipo sonreía porque así hacen los eventos los alemanes, apegados a un riguroso guión bien repartido. Ese lugar común que se utiliza para señalarlos y que dice que son el ícono de la responsabilidad, el orden y la puntualidad es cierto. Y es lo peor de ellos. Ahora Ballack como el trabajador, metido en el campo de juego con un rostro serio, haciendo lo imposible por doblegar a los cerdos polacos y no arruinar la fiesta. El final con un triunfo agónico es decepcionante para un sudaca resentido, pero con eso ellos logran mantener el control de la fiesta. No van a salir campeones porque con eso se mostrarían soberbios, omnipotentes, nazis. Después del nazismo ellos entendieron que lo que debían hacer era no extralimitarse, tomar con compromiso el propio rol y olvidarse del resto. Con eso armaron esta nueva nación trabajadora, impecable, lujosa. Con eso cavaron la fosa más temible en la que guardan todos sus sentimientos de superioridad que vaya si existen. Los alemanes son unos fantoches que cantan prolijos para festejar, sin pisotearse ni perder la compostura. Los alemanes, parece, no existen. Pero cuidado, esperemos a que les salte la térmica.

Laura sabe. Ayer me explicó, al volver de una proyección, por qué era deprimente volver a la facultad, después de más de dos años, para la graduación. Es que, me decía, uno se da cuenta de la futilidad de lo que hace. Y ése es un conocimiento que viene a posteriori, cuando ya se ha tomado la distancia necesaria. Entonces resulta evidente que el empeño no basta, que aquellos trabajos que eran de vida o muerte hoy no significan nada, ya no sostienen ningún sistema, son el pasado en su versión más polvorienta. Y con eso volví a mi casa cuando nos separamos en Jujuy y Cochabamba. Quizás por eso me había comprado un Tokke relleno con dulce de leche antes de separarnos, queriendo atenuar la dureza de sus palabras. Volvía por esas calles vacías y oscuras por volver a algún lado, con la única certeza de unas porciones de tarta de jamón y queso y un televisor listo para encenderse. Me clavé un whisky antes de comer nada, mas logré reprimir el segundo. Después la tele, el bendito mundial y dos chocolates, el de Laura y el que me había regalado Sabrina. Un mundo de sensaciones. Pero no esperen que deje de escribir porque en esto se me va la vida, en esto se pasa y pienso sostenerla como sea, antes de dar el paso definitivo. Al final, Laura te deja tirado, es mucho más pesimista que yo aunque diga lo contrario.

En la proyección Varton insistía con flirtearme. Lo hace de una manera abierta, divirtiéndose con la provocación y viendo si pica algo. Él dice que soy medio puto y pueda que sea cierto, no sé. No sé si mi soledad responde a que me equivoco de orientación sexual o es un momento particular de mi vida. Lo cierto es que se me hace cuesta arriba conseguir chicas. Las que me gustan nunca son las indicadas y las que están disponibles no me mueven un pelo, tal es la posible justificación de las palabras del más puto de los putos. Me gustaría voltearme una pendeja, alguna alumna de la escuela o una como la que conocí el año pasado en Salón Pueyrredón y que me abordó como se encara al kiosquero para comprar cigarros. Una rubiecita hermosa, nena fina de Barrio Norte haciéndose la loca en un reducto casi lúmpen de Pacífico. Flaquísima, veinte años, un look modernoso y recatado a la vez que se concretaba en un vestido ancho pero cortísimo con claras intenciones demodé, rematándose en un bombachón que la protegía todo lo que podía, una chica del 2000 que no le importaba estar en medio de la pista y que por poco la desnudara mientras todo ocurriera en público. Se llamaba María y se hacía la puta. Fue una de las últimas veces en que la vida me sorprendió; lo que vino después siempre fue consecuencia de un forzamiento, una pelea dura contra la realidad tal como se arma sin contarlo a uno en el reparto. Lógicamente no volví a verla: me enrosqué en la historia y la llamé hasta asfixiarla. Más tarde, contesté un mail de ella hablando mal de mi familia bien, tirando proyectiles por elevación a su mundillo oculto y previsible. Nunca más me escribió, ni me contestó ni nada. Una estúpida ilusión.

4:11 PM

El comentarista de México-Angola ha perdido el pulso de su voz. No es que tenga un ritmo lento al comentar, más bien emite un sonido que pareciera ir a una velocidad más lenta que el resto. El efecto resultante es que su voz suene desganada o, peor, con un timbre que, por falta de costumbre, resulta al televidente angustiante y deprimente. Puede que haya recibido una mala noticia o que se sienta lejos de casa; lo cierto es que transmite mucho más de lo que quisiera, mostrando lo vacuo de la repetición del hecho futbolístico o, yendo más lejos, la tristeza que engloba a los grandes espectáculos contemporáneos. Él abre una puerta que deja ver lo que siempre se quiere ignorar, esto es, que nos fatigamos más rápido de lo pensado, que ya no respondemos al estímulo esquizofrénico de la tele. El sonido ralentado nos muestra algo siniestro de nuestra vida; la disrupción de la velocidad estándar en algún sentido nos envía a un lugar original donde lo que conocemos como mundo, como organización, no es más que una realidad amorfa. Y entonces nos sentimos devastados de antemano frente a la amenaza de que los parámetros, sean cuales sean, nos gusten o no, se desvanezcan. Esa voz epifánica habla, en un nivel mucho más visceral que el supuesto, de la fragilidad que nos sostiene como individuos.

Ocurre con las situaciones que se empastan o cuando la percepción se espesa. La merca lo expresa con claridad en una dimensión conceptual, cuando ya es de día y todavía hay una bolsa que de ninguna manera va a permanecer virgen, sabiendo que, con eso, se alarga la agonía de quedar solo sin posibilidad de conciliar el sueño. Para ese entonces no hay aceleración que valga y uno se está metiendo una droga boba, igualmente lúcida pero sin vértigo. También lo experimenté en mi infancia con un sueño recurrente que me invadía. Consistía en que el departamento en el que vivía con mi familia y, por extensión, el resto de la ciudad y del mundo, se inundaba, no como conocemos las inundaciones de los pobres que pierden sus casas y pasan a ser refugiados, sino como una nueva disposición de la realidad a la que había que acomodarse. Entonces uno andaba sumergido en ese nuevo medio y debía comunicarse a través del mismo, con la dificultad que supone producir sonidos bajo el agua. Con esto se modificaban las dimensiones espaciales de un modo extraño: las distancias eran las mismas y, sin embargo, por la mayor cantidad de tiempo que exigía llegar de un punto a otro o mover algún objeto, era como si el espacio se ampliara. Por consiguiente, las personas sufrían una mayor incomunicación aun cuando estaban a un paso una de la otra, los movimientos resultaban más costosos y, lo más extraño e inexplicable, la luz se hacía más tenue y cobriza. Era un sueño que ocurría en largas tardes de inactividad, consumiendo horas y horas de televisión.

 
 
 
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