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17/6/06 - 11:05 PM

Uno quisiera tener a sus ex por un rato, cogerlas y que desaparezcan. Hay un momento en que ya no puede tolerarse mucho más tiempo esas conversaciones sinópticas que nos enteran, a medias, con la versión oficial que nos quieren dar, de la vida que lleva nuestra antigua pareja. Por eso es que desearía cogerla a Alu y que al acabar ya no se encuentre conmigo. Metérsela de parado, por atrás, contra una de las paredes de mi cuarto y chau, si te he visto no me acuerdo. Nustra sensibilidad es más pobre y brutal de lo que creemos; de eso se tratan las necesidades básicas: no de coger por ponerla o lo que sea sino de cogerte a tal y de tal forma, con determinados sonidos y frases. No poder lograrlo, eso es la frustración.

11:56 PM

Telefilm francés en la tele. No entiendo demasiado pero no hace falta. Ella está en desabillé y llega él, aparentemente enfermo, con su bata celeste o azul para que ella lo proteja, lo contenga con su boca que le recorre el cuerpo. Dos escenas después ellos miran el paisaje desde el balcón de una casa de piedra en la montaña; la vida es dulce, tierna, aburrida. No consigo imaginarme qué es el amor y dudo que alguna vez pueda recuperar ese sentimiento perdido. Prefiero la paja. Una paja suele ser un montaje ultramodernista, discontinuo y creativo, por ejemplo una paja con todas las que alguna vez me chuparon la pija. No es tan larga la lista pero tiene la gracia del inventario, el ordenamiento de los hechos, que para eso está hecha la memoria: inventar un orden, construir presentes con pasados.

 

19/6/06 - 3:12 PM

Domingo, Día del Padre, cena familiar. Una más entre tantas. Sin embargo, mientras espero el 65 en Chacarita, luego de tener una mini discusión con mi padre porque decía que mejor me dejaba más adelante, no en el parque, y yo que no que no, que estaba bien así, luego de ese enojo mío que surge y no tiene relación aparente con nada, entendí algo más. La familia para mí significa pérdida, melancolía, tristeza. Desde lo de mi hermana ha quedado confinada a ese lugar y cada hecho es leído con esa óptica. Mi hermano yendo a vivirse lo más lejos posible, mis padres que envejecen, mi otra hermana con la que no tengo de qué hablar, a pesar de la relación estable que tenemos: mi familia es la muerte, así la vivo. Es la muerte anticipada, o sea, la conciencia misma de su inminencia. Lógico, eso opera en mí en dos direcciones: violencia y depresión. Violencia de convivir con muertos que te palmean y te dicen ya estamos llegando, ya estamos llegando; depresión por un mundo completamente frágil e inestable, una red de sentimientos a punto de caer.

Siguiendo el hilo de los argumentos, es lógica la actitud de mi padre hacia el teléfono. Para él, suene a la hora que suene, el timbre telefónico se convierte en una exigencia, una alarma a la cual atender, la idea misma de emergencia o catástrofe. Y aquí no cuentan esos argumentos pelotudos que yo le ofrecía, como el que decía que, de haber una emergencia, de tener yo una urgencia o un problema físico, lo primero que haría sería llamar a una ambulancia y no a él. Pendejadas. Eso es no hacerse cargo de los vínculos afectivos. Así actúo y me protejo del mundo. El día que me rompieron la nariz jugando al fútbol lo primero que pensé fue en parar en su casa por unos días, tener compañía, que me cuiden y me den afecto. Llamar a su casa y que atienda el contestador sólo me ubicó en mi acostumbrada desolación. Los argumentos racionalistas muchas veces no sirven para nada e incluso tapan la verdadera situación. En definitiva, mi familia está atravesada por el sentimiento de muerte y yo soy mi familia.

Tengo al menos dos tías que son depresivas de un lado y un primo que se suicidó del otro. Hay una pulsión dando vueltas en el aire, no me digan. En eso estoy, esperando el colectivo en medio de un parque desolado un domingo raro, enojándome para no entristecer otra vez. Me llama La Chancha y me dice que me pasa a buscar. Espero unos minutos y llega en su Volkswagen con una sola luz, los vidrios empañados, dos décadas atrás ahí dentro. Feliz día del Padre, le digo.

25/06/06 - 4:15 PM

El viernes fui invitado a una fiesta de cumpleaños de un alumno gringo muy puto. "Una fiesta de cumpleaños por Emile y Daniel. Vino y queso - comidas ligeras - postres", decía la tarjeta. No suelo interesarme por esa clase de eventos donde los gringos esperan encontrar algún hueso vernáculo para agregar a su relato de viaje, pero me empujaba la posibilidad de encontrarme con una holandecita con la que entré en contacto ese mismo viernes en el instituto durante una clase. Ya nos habíamos visto antes y la forma en que me miraba me había parecido o bien histérica o bien seductora, lo cual es claramente la misma cosa, salvo que el segundo término posee una manifiesta intención de encauzar el magma deseante que hierve dentro nuestro.

Suele ocurrir en el transcurso de mi vida que tomo decisiones tajantes, inamovibles, que quieren convertirse en un mojón que divide la historia de mi vida y luego, sin demasiadas justificaciones ni rodeos, caen como una hoja de otoño que se suma al acolchado crujiente que cubre las veredas. Así me pasaba en mi infancia, cuando enojado con mi padre a raíz de sus castigos o terribles enojos transferidos, juraba no hablarle nunca más, dejar de hacerle regalos o tratarlo con maldad. Lo juraba proponiéndome una voluntad de hierro, fruto de una disciplina que se haría fuerte a medida que avanzaran los días. Sólo que esa voluntad tardaba poco en quebrarse y a las pocas horas todo transcurría como si nada. Así fue que el viernes violé una ley instaurada hace más o menos un año según la cual no habría de dedicar ni un solo minuto de mi tiempo a flirtear con alumnas extranjeras. Se sustentaba en argumentos estúpidos tales como el trato clientelista que ellas exigían y que daba por resultado la completa entrega y disposición de uno a sus caprichos. Fue así, de alguna manera, con una tana de lindas tetas y una pretendida argentinidad que lograba acercarla, hacerla conocida al instante. Fue con ella que tomé la decisión cuando acabé expuesto y con el corazón roto. Pero, como decía, mis decisiones de hierro duran poco y la holandecita había conseguido seducirme con su piel suave y bronceada que dejaba entreverse gracias a una musculosa negra entrecortada, más su insistencia en tomar clases conmigo. Además se lamentaba por haberme conocido tan tarde, a sólo tres días de su partida.

Estaba en lo de Sabri con Durarte y la duda había comido todos los cimientos de mis convicciones. De modo que terminamos la segunda botella y partimos raudos hacia el cumpleaños, asumiendo el riesgo de que no esté, de que el cumpleaños fuera una gran trampa. La idea era pasar un rato e intentar convencerla de que vaya conmigo a una fiesta flamenca en Coghlan. Así planteado, el plan era bueno y tenía a mi favor una virtud que no siempre es fácil de capitalizar: la posibilidad de mostrarle a los gringos un Buenos Aires verdadero que trasciende los límites fantásticos de ese Palermo plastificado. Así que llegamos, no sin dudas, y entrar nomás fue confirmar que nuestros temores eran justificados. Había un ambiente que, si no era de fastidio, al menos exudaba el tedio de lo repetido. Saludos por acá y por allá, no demasiadas personas, hasta divisarla. No fui en seguida a saludar, al contrario, pospuse ese momento haciendo que fuera ella la que se me acercara. Y fue entonces cuando mi borrachera me jugó una mala pasada. Dirigiéndome a saludar a una californiana insoportable, Nicole, excelente representante de lo norteamericano, aunque en una versión mejorada con una dosis de sofisticación a lo gringo, fue que sin querer violenté las leyes de la física y los presupuestos de la gravedad al rozar un vaso de vino que estaba apoyado en la mesa y que dio de bruces contra el piso de madera de un tono claro. La mancha roja se esparció por el suelo en cuestión de segundos, rompiendo el ambiente de esterilización que reinaba y, lo peor, confirmando para toda la gringada que mi aspecto desprolijo, de yonkie, barbudo, despeinado y sucio, era completamente cierto. No está mal ser visto de esa forma en un ambiente definido por la limpieza; hasta tiene cierto tinte romántico el de representar tal figura del desorden y la disipación (que, por otra parte, no coincide en nada con mi proceder cotidiano). Pero el problema es que resultaba difícil, por no decir imposible, concretar mi plan desde esa posición asignada. El puto que festejaba corrió a limpiar el piso, a borrar eso que frustraba el aire inmaculado de su refugio. Hice como si nada, pues no había más opciones, y me senté en una banqueta a adular a los boludos que allí estaban, haciendo el máximo esfuerzo por controlar el desbande de mis sentidos. Y tuvimos que salir al balcón, donde terminaron casi todos los invitados, para poder fumar un cigarrillo. Siempre es así, no quedan dudas: los yanquis llevan su universo a donde viajan y es por eso que no puede decirse que efectivamente viajen. Lo extraño de todo esto es que el lugar -los pasillos del edificio, la disposición del living, los materiales y hasta la barra que vinculaba con la cocina- poseía todas las características de lo que uno comprende por ambiente norteamericano. Lo cierto es que estuvimos en ese balcón un rato largo, hablando sin parar con una inglesa que se me acercó porque me había escuchado cantar "Working class hero", canción que confundió con una de Joe Cocker. Dominé mi malhumor y pude continuar la charla. Ella parecía interesada en conocer la noche porteña y, como era amiga de la holandecita, yo pensaba que tal vez había encontrado la puerta de acceso a su mundo. Pero no, luego de hablar e intentar convencerla para que nos acompañen, ellos -todos- partieron a su bar en Fitz Roy y nosotros tomamos un taxi hasta Coghlan. Antes de salir, en el palier del edificio, la californiana pidió fuego, a lo que agregó que este tipo de cosas eran las que se permitía al viajar. Durarte se sorprendió con el comentario -él vive en la ciudad y es un personaje real- y le dijo que si quería experimentar que hiciera otras cosas un poco más audaces. Ante el comentario, que percibió como agresivo o al menos desubicado, el tono edulcorado de su voz se perdió en la noche y surgió otro mucho más paranoico. ¿Qué quieres que haga? ¿Qué me pique? Durarte y yo nos miramos sorprendidos. Al rato, por suerte, bajaron todos y salimos del edificio. Antes de separarnos, la holandecita me dijo que se quedaba un mes más y que iba a pedir que la ubicaran conmigo en las clases.

5:28 PM

¿Qué más hermoso y obsceno que un jugador de fútbol llorando desconsolado y transmitido por televisión a todo el mundo?

5:29 PM

Anoche hubo fiesta en un taller de la calle Rodney. Logré safar de la tentación de la merca gracias a un comentario de Marisa, quien me dijo que estar duro sólo iba a hacer que no me diera cuenta del aburrimiento, pero que no iba a cambiar nada y, encima, después iba a tener que sobrellevar el bajón de cuatro días, mirando el balcón con ganas. Le hice caso y no me arrepentía en los primeros momentos de la fiesta. Tomaba cerveza para mantenerme en forma -todo el fin de semana en realidad puede contarse como un derrotero etílico que termina funcionando como una anestesia que, en principio, resulta menos dañina-, tomaba cerveza, decía, y ya me preguntaba qué carajo hacía en ese lugar, cuando por la puerta se aparece Scherbovsky. Scherbovsky es una mujer con la que compartí algo más de un año de mi vida. Ella posee su belleza femenina; sin embargo, algo de su carácter, que no son los gestos ni la manera de hablar, es perfectamente masculino. Probablemente sea su egoísmo o su ambición, sólo sé que es ese elemento que se esconde debajo de su piel el que me genera tanto rencor. O tal vez lo que duele, lo que realmente oprime la boca del estómago y deja ese resabio amargo es saberse olvidado. Lo que duele efectivamente y para siempre es, al fin de cuentas, la idea misma de pasado, el saberse preso de un relato que demarca el sentido de nuestra actualidad.

Sólo intercambié algunas palabras y después hice como si no pudiera pasarla mejor en el mundo. Creo que pocas veces bailé tanto como en la fiesta de la calle Rodney. Sin dejar de mirar de reojo, claro, todas sus acciones. Pude entender que venía a ver a uno de la banda que tocaba, me la imaginé dispuesta al garche, con su musculosa con lentejuelas y sus pechos ostentosos. La imaginé otra vez dispuesta a la aventura que le deparara la felicidad, siempre reinterpretando los hechos con esa mirada optimista que la inclina hacia el futuro. Así es la riqueza: el pasado es tan sólo un diario de anécdotas más o menos graciosas que no inciden en el tiempo, puesto que se borran con la facilidad de lo infinito posible. El mundo es ancho para ella, pero siempre conmensurable y al alcance de la mano.

 

27/6/06 - 2:12 PM

El domingo me quedé en esto que se supone mi casa, horas y horas frente al televisor, mirando películas de autor, suponiéndome activo en la labor intelectual. Qué fácil es engañarse. Guardaba la esperanza de recibir su llamado, como antes había esperado un llamado de Leonora, mi primer amor, después de ese encontronazo en el casamiento, como siempre espero una voz que me salve. Y nada, el teléfono siguió tan mudo como siempre, tan ausente de respuestas y de eso que llamamos comunicación. Totalicé el día con tres películas, un partido de fútbol y un par de whiscolas bebidas frente al pobre de Rodrigo que parece un globo a punto de explotar. Él mismo lo dice, pero es asombroso: cuanto más se aleja de la bebida, más cerca está el cataclismo. Una sola gota, un milímetro cúbico de alcohol que entre en su cuerpo y se arma el desbande absoluto. Una gira que podría durar días y días borracho, duro, con putas y bares por doquier. No sé si quiero estar cerca cuando regrese el espíritu huracanado de antaño. No sé si podría resistirlo. El punto es que el dique de contención empieza a mostrar sus fisuras y no sé cuánto más va a estar así, resistiendo a la tentación de la anestesia, resistiendo a eso que nos ayuda a seguir. Porque lo que queda claro es que no hay motivos para seguir adelante salvo asistir lo máximo posible a esta función que es la tierra. El precio, para quedarse o para irse, es altísimo. El resultado, siempre, la soledad. Como ahora.

 

29/6/06 - 1:17 AM

La democracia es la mejor mentira, mucho más potente que Coca Cola. Fatigado, como si viviera de porro, voy a la reunión de las proyecciones: la gran farsa de la amistad, el trabajo cooperativo, la unión argentina crítico productiva. Andrea logró que se convirtiera en un grupo de autocontención. No hay nada que hacerle, ella se crucificó para renacer a los diez minutos y con eso cada vez se parece más a una intriga política de cuarta. Casi un Dallas o un Dinastía del cine under controlado por pequeños burgueses.

En la reunión estaban todos los que, a decir verdad, quieren un pedazo de una torta simbólica que hoy es inexistente y podría, tan sólo podría, ser algo en el futuro. Vivimos en un mundo arltiano, plagado de traiciones hechas por alucinados y voluntades torturadoras que subliman los latigazos recibidos en el lomo con manipulaciones completamente racionales. Es como una fiebre, lo experimento a cada momento. Ese es el personaje al que quedé pegado en el circo que armó Andrea. Pero viene de mucho antes, tal vez de siempre. La base es boicotear los momentos de armonía. Llega ese momento en el que todos parecen acordar y definir los pasos a seguir y la rabia empieza a subir hasta la boca de la garganta. Logro resistirme y no escupir pero eso produce un ardor amargo y lento sumado a una irritación de la percepción que corta mi vínculo con el exterior: recibo información pero, por lo demás, soy infranqueable. Queda conformado el autobloqueo, lo más duro, la transformación, ya pasó. Me hundo en el asiento y en el silencio. Pero por favor, que esto no quede como el cristiano que se confiesa y carga con las culpas que limitan a la tribu (aunque algo de crucifixión haya). No, con esto quiero narrarme, ése es el gesto que elijo y con eso me demuestro como un lastimoso personaje arltiano. Hundirse en el yo, revolver la mierda de uno. Ensayo de suficiencia; borrar, borrar.

Es que se dispara la alarma de lo falso y ya no hay como callarla. Muéstrenme algo peor que el acuerdo. Nada exuda tanto optimismo superficial, con el puñal en la espalda listo. De niño también lo hacía, gestando malhumores inesperados con tal de irrumpir la alegría de lo mediocre. Aunque luego me cargara de culpa, podía hacer de un momento armónico como un día en el campo una tortura de celos o competencias con dardos venenosos. Recuerdo un día luchar por la posesión de mi madre. Era en lo de mi tío y todavía estaba la esperanza de construir esa casa sin luz en la hectárea que nos había regalado. Nos acompañaban unos primos, hijos de una hermana de mi madre quien debería estar con su esposo, procreando o en el mero intento. Éramos como crías luchando por la protección del pecho materno, no importaba quiénes fueran hijos naturales y quiénes no, ya que el presente distribuía los roles según su deseo. Ella tenía, lo recuerdo bien porque desde entonces me representa el descanso como recuerdo sensorial, un saco de lana de color violeta y azul eléctrico y la puja consistía en llegar a recostar la cara sobre ese tejido y sentir el brazo que nos cubría dándonos la certeza del abrigo humano. Allí pudo haber empezado esto.

 

15/7/06 - 11:09 PM

Mamá tuvo una hemorragia. Cada vez más grietas. El latir de la muerte. Parece ser una úlcera. Debería haberse internado, pero se resistió, fiel a su condición euskeda. No se si no siento nada o si no quiero sentir lo que siento.

Ayer manejé el auto de Isobel durante cuarenta o cincuenta cuadras. Me llevé hasta mi casa. Tanto estuve al volante que al final ya ni sentía la adrenalina típica de no tener registro. Igual me bajé cansado.

Me masturbé con Nicole, la californiana. Sí, la yanqui de la experimentación, ésa. Ahora le doy clases en un bar y algo me afectó, como termina pasando siempre, después de hablar y hablar con el cuerpo abierto uno se enamora. O algo por el estilo: la sensación de humanidad. ¡Cuánta torpeza!

No sé si se nota, me estoy quedando sin energías. Escribir no vale la pena. El fuego se extingue, ya no doy más coletazos.

Llevo tres semanas sin drogarme. La última vez fue con la eliminación de Argentina. El partido duro tres horas, así que cuando terminaron los penales ya nos habíamos tomado diez birras. Alejo quizo empezar a peinar después del alargue, pero le dije que no, algo intuía y prefería tomar desde una sola perspectiva. Aspirar en ese momento hubiera significado la emoción por una alegría inminente; tomar después era el desbarranque colectivo. O sea que a las nueve de la noche estaba esperando a que toquen Los Cocineros en Niceto y ya estaba de bajón. Romi Zolo me pasó un migral o algo por el estilo y tiré.

¿Ya conté esto? ¿Ya pasó?

Ayer tomé tres fernets, un vodka con speed y una cerveza. Tranqui. Hoy fumé marihuana pero son las once y todavía no probé gota de alcohol. Así y todo, me siento como un muerto en vida.

La noche no nos quiere / caer en cualquier lado / el alba no nos espera. No me acuerdo bien.

¿Qué va a ser de mí? ¿Qué va a ser de mí?

 

29/7/06 - 4:09 AM

Si escribo es por todas las veces en que callo, mi boca es un muro macizo intentando devorar el tiempo. Es por todas esas veces que no me hice entender, apretando bien los dientes.

Anteayer Petardo se quedó después del ensayo. Tomamos unas birras más, ya veníamos escabiados y parecía que se orientaba hacia la rutina que venimos desarrollando: empedarnos, hablar, hablar, hablar, reírnos, chau. Tal vez fue cuando insistió en darle un monedazo a la bolsa, aunque creo que en realidad su pedido fue una consecuencia y no una causa al malestar que se había generado entre nosotros. El ambiente, un poco más, un poco menos, se cortaba con un clavo o, como sea; es decir, había tensión, como una migaja que se queda indecisa en la garganta sin saber si subir o bajar. Creo que fue el momento en que decidimos o se decidió -una fuerza impersonal que nos incluye superándonos- que no filmaríamos más que este guión, que no habría ninguna puesta por mi parte de "Tripa corazón", que no seríamos amigos inseparables, sino que lo nuestro llegaba hasta ahí, el final mismo del rodaje de Lo pedís lo tenés . Quedamos tirados en el living, como tantas veces, pero con una agresión reprimida a cuestas que ya nunca más reflotaría, sino que sería el sedimento espeso de un amargor, sabor base de ahí en más de nuestra relación.

Me cuesta recordar, es difícil traer las palabras justas que decidan de una vez y para siempre cuál fue el quiebre, dónde escuchamos el crujir de la rama o del hueso, el ruido de lo que ya no podrá volverse a juntar. Ella dijo algo acerca de mi escritura, que no se puede escribir siempre en pedo a las cuatro de la mañana, pero iba por debajo la decisión que, insisto, la superaba tanto a ella como a mí. No dejamos ni una gota, por supuesto, pero luego me obligué a dormirme y al rato la escuché decirme que se iba, que para qué.

Ahora pienso otra vez en lo fácil que me es ubicarme como elemento de desgaste; para bien y para mal, en el medio de todo, facilitando e impidiendo el funcionamiento al mismo tiempo, una especie de motor falso sin el cual no pueda operarse. Así debería explicar a los gringos el concepto "carne de cañon", siempre tan esquivo a la hora de las definiciones.

Hoy tuve que soportar por última vez a un brasileño catolicón repugnante que vengo aguantando hace un mes. Lo escuché decir las últimas estupideces que acá no reproduzco porque no, no quiero dar espacio a tanto cuerpo lúcido en su necedad. Lo cierto es que con él se hizo evidente lo ilusorio de la idea de discusión. No existe tal situación comunicativa, puesto que sólo se dialoga con lo uno, la mismidad; el otro es en toda situación el imbécil que no comprende la verdad que tengo la suerte de portar. Así, queda claro lo imposible de la comunicación, lo fútil de eso que se llama lenguaje y en el cual me desintegro o existo solo. Le voy a dar una sola línea al pobre de André: "Algunos quieren una familia, otros una casa, yo quiero un doctorado; aunque sea en ciencias ocultas, quiero un doctorado".

Más tarde la cena familiar y el maldito hábito de simplemente dirigirle la palabra a mi cuñado, error largamente comprobado pero nunca aprehendido. Porque si es absurdo hablar para decir lo mucho que estamos de acuerdo, mayor futilidad hay aun en lanzar palabras al vacío cuando no se está de acuerdo. Pienso en mi vida, los últimos tiempos, y compruebo que sólo hablé en las situaciones de acuerdo; luego, el silencio de las piedras.

Esta vez los tapones saltaron por la guerra que hace Israel. Y yo con mi discursito fácil de los genocidas -sigamos jodiendo y en serio que vamos a terminar balbuceando-, de un Estado que no se hace eco de su historia y una sarta de estupideces más, porque no tiene otro nombre el hablar por hablar sobre muertos que para mí no existen. A él tampoco se le manchó el saco con la sangre de las bombas pero hay un acuerdo tácito -falso, de todas maneras- en aceptar que todo judío puede hablar sobre la violencia de Estado con autoridad. Conclusión: el mismo palabrerío sordo de siempre, la repetición al infinito del mutismo con que esas palabras son puestas en el éter.

Así llegamos al encuentro con Romi Zolo al que más tarde se agregó La Chancha. Nos define la insistencia, eso es seguro, mas sigue sin quedar claro el motivo que nos mueve a querer comprendernos, cuando no hay más que singularidades. Pusimos el corto que hice con Rodolfo, que él mismo se encarga de decir que es una mierda y que yo insisto en defender. La Chancha habló pelotudeces de principio a fin, boicoteando la proyección de una manera evidente pero sutil en su pretendida inocencia; Romi Zolo se quedó callada. Y fue suficiente. No es necesario volver a tocar el tema y es lo que también me decide a no tratar más con ella: completa incomprensión es lo que percibo, una suerte de castigo y dominación a través del no decir nada que resisto, a la vez que caigo en la trampa, por medio de la indiferencia. Ella siempre conciente de cómo deben hacerse las cosas, pero sin hacerlas, siempre con la posta, la confianza en saber qué es lo que debe verse. Egoísta. Igual tampoco le sirve, ¿sabés por qué? Porque el que sabe cuál es el camino sólo sigue el camino, el que conoce la manera no necesita de los tropiezos y anda por ahí, aburrido, sin pulso vital.

En fin, sigo tachando de la lista y ni siquiera quedan unos pocos. Ahora sí, el frío es de muertos.

 

30/7/06 - 6:34 PM

Vivir es un negocio. Ayer me reuní con Agustín para limar asperezas, acordar un principio que pueda involucrarnos. Tuve que arrastrarme un poco (i'm a creep) y decirle que si contábamos esa historia era porque realmente nos representaba, que yo era un tipo que sufría y que había que hacerse cargo. El conflicto central pasaba por la merca y mi estrategia consistió en decirle que, sí, era parte de mí vida, por qué no. Se entusiasmó finalmente con el proyecto y entendió que no era un chiste ni que consistía en una oda a la droga. Pero hay que hacerse entender y en ese uso del lenguaje uno se pierde, es para el otro, se representa tal como quieren escucharnos. Igual que en una sesión de terapia.

Ayer paré un poco. El coletazo final vino con el asado que hicimos al mediodía con los muchachos del fútbol. Era en zona norte y para llegar tuve que viajar largo rato. Lo cierto es que le di al escabio, no mucho, pero con lo acumulado en la última semana la borrachera se actualiza en seguida. Por suerte reaccioné a tiempo, justo cuado me dijeron que ya estaba por quedarme dormido en la silla. Me vi desde fuera, patético y viejo, perdido en el estrabismo que se acentúa a medida que los vasos de vino se apilan uno sobre otro. Ahí me agarré del café para levantar un poco. Igual, fue volver y escuchar a Pato comentarme la baranda a alcohol que tenía. Así y todo, no me saco el pensamiento idiota que dice que mi vida es más verdadera que las suyas. El alcohol y la soberbia.

Ya en casa apuré unos mates que taparan. Con plena conciencia, sabía estar escondiendo para los que vendrían los últimos cinco o seis días de alcohol y merca que llevaba encima. Y ahí me descubrí adicto a lo que fuera, riéndome de todos y de mi mismo, de mis ojeras cada vez más grises y mi estómago prendiéndose fuego. Pero llegarían mis padres y no quería que supieran lo que ya saben pero ignoran, que me prendo fuego en cualquier momento. Además estaba la negociación con Agustín y hay que mostrarse fuerte y equilibrado, un superhombre que pasa por encima de todo.

Ahora que recuerdo, son varios los que me vieron en este estado. El domingo pasado, en un comercial, el cámara me dijo, a las seis de la mañana, que era obvio que había ido directo. Y no se lo negué, para qué; al contrario, le dije que me había tomado todo. Ese día fue el infierno tan temido, el tercer anillo de Lucifer para ser exacto. Es que el mundo del trabajo lo voy armando progresivamente para que sea a cada paso una condena mayor. Pongo la expectativa en un nuevo lugar y, una vez allí, descubro nuevamente la trampa.

 

3/8/06 - 3:45 AM

Apago las luces, todas. Para escribir que no quede más que el reflejo de la pantalla. Aunque queme mis pupilas, ya lo sé, siempre entendí esto como un sacrificio, que dando una parte de mi cuerpo vendría una recompensa. Por eso fumo sin parar, como ofreciendo mis pulmones silbantes, los dientes manchados, las llagas en forma de pago. Son mi ofrenda a un Dios que nunca, hasta acá, ofreció nada en recompensa. Sólo fracasos.

El corto es el último ejemplo. Creía estar atrás de algo, tenerlo entre manos. Creía que esta vez, sí, había logrado ser un médium, simple escribiente de una voluntad ajena que se expresaba a través de mí. Y por eso tuve la paciencia que el caso exigía. Sin embargo, meto el dvd en el aparato y lo que devuelve es humillante. Todos queremos ser Bob Dylan y nos encontramos rodeados de nuestra propia miseria. Él sí que pateó el tablero; nosotros, nuestras bolas, largas hasta los pies.

Ayer, primera reunión de preproducción. Estuvieron todos menos Joaquín, ausente con aviso que hasta llamó por teléfono. Me sorprendió la convocatoria. Laura, Agustín, Alejo, su hermana Clara, Walter (últimamente un poco reacio o frío o enojado conmigo) más Joaquín conforman el equipo técnico del rodaje que empieza en días. Fue una organización súbita que me tomó de sorpresa. Ahora dudo de mis fuerzas y de mi interés, dudo de que tenga sentido. Ya no siento fuego en las manos. Me estoy mecanizando y no sé para qué. Hoy fue el primer día en más de diez que no tomé ni una gota de alcohol y, de todos modos, siento como si el tiempo volara en un Concorde. Se acaba el receso escolar y no sé si podré sostener la farsa mucho tiempo más, eso de parecer normal con mi aspecto de lumpen, desocupado crónico. Quisiera ser un televisor viejo que ya no enciende. Y punto.

El despertador sonó a las nueve. Me levanté diez menos cuarto. Dudé unos minutos en bañarme, sentado en el inodoro. Me metí en la ducha un rato después, perdí otro rato hasta que se calentó el agua lo suficiente como para quemar mi piel. Después de lavarme permanecí bajo el agua en busca de calor, no pensaba en demasiado o más bien era un fluido denso atravesando mi cerebro de izquierda a derecha. Salí y me vestí lo más rápido que pude. Preparé café en la olla con el filtro de tela. Lo mezclé con leche caliente y tomé dos tazas. A la segunda ya no aguantaba más y prendí un cigarro. Estaba sentado en la mesa del living, esas plegables de paño verde para jugar a las cartas. Luego de un rato sonó una alarma mental que me decía que ya era la hora, pero preferí terminar mi desayuno. No pensaba en nada. Me cambié queriendo ganar tiempo y sólo entorpecí el proceso. Metí el tubo vacío de la pasta de dientes blanqueadora en la mochila, sólo por si reunía las fuerzas necesarias y entraba en un Farmacity para comprar otro. No tiene un efecto realmente blanqueador, pero al menos detiene el avance de la nicotina. Salí ya con el tiempo jugándome en contra. Opté por el recorrido más caro pero efectivo: el 12 hasta Corrientes y la línea B hasta Angel Gallardo. Caminé esas cuadras siempre tan fuera del ritmo laboral. Llegué al instituto y mi alumna no estaba. Pude fumar otro cigarrillo en el balcón y hablar con la directora académica que me hizo una sugerencia sobre el contenido a tratar en la clase. Más tarde, al comenzar aquélla, entendí que había sido un error escucharla: la sugerencia era de un nivel superior y no correspondía al de esa alumna. Decidí hacer como si nada y esto implicó explicarle dos tiempos verbales nuevos. No se enojó, Suellen es hermosa. Otra hermosa. Cuando terminó la clase comprendí que no la vería nunca más, que eso había sido todo. La ví fumando sola en el balcón, sabía que ya no tenía más clases ese día y el detalle me sorprendió, pero un pensamiento se interpuso y me detuvo: debería forzar un diálogo inconducente, otra vez, la enésima. Al salir la vi caminar unos veinte metros más adelante, tan lejos y tan cerca. La dejé irse y me tomé el colectivo a casa de mis padres, con eso ahorraba un almuerzo y no me tenía que pasar dos horas por ahí, haciendo nada. Almorcé con mi padre unas porciones de pizza y unas salchichas envueltas en tapas de empanadas, todos restos de días anteriores. Regresé al instituto e impartí tres horas más de clases. Primero con un neoyorquino de unos sesenta años que no recordaba demasiado de sus estudios sobre la lengua pero que resultaba simpático. Me pregunté si sería manager de alguna mierda que lo estaría haciendo rico. Su buzo con las mangas un tanto gastadas parecía decir lo contrario. Pero ellos siempre engañan. La segunda clase fue con una chica de Virginia que parecía tener algunos problemas psicológicos. Comprendía todo con facilidad, pero no dejaba de reírse y moverse, más que por timidez como en un exceso de ansiedad que se condensaba en alguna parte de su cuerpo por vez (los pies llevando un ritmo frenético, las manos temblorosas). Tenía una musculosa que dejaba ver buena parte de sus tetas abundantes. No era bonita sino tentadora. Cuando terminó la clase quedé un tanto impactado, podía ser una freak o una falsa extranjera enviada por la dueña para testearme. Salí y me reuní con Rodolfo para armar el guión técnico. Estuvimos varias horas fumando, tomando mate, comiendo bizcochos. Creo que pierdo el estilo que busco en un trabajo de este tipo. Las cosas se van de las manos en el cine y uno no deja de negociar todo. Al salir me sentía solo. Él se iba con su novia a una cena familiar, en cambio yo volvía hasta San Cristóbal sin más esperanza que una película prestada. Lo encontré a Rodrigo en casa. Tomé sopa y le mostré el corto. Deja la impresión, más allá del problema técnico salvable, de lo posible. Y cuando a tu alrededor ven tu producción como posible estás frito hace rato, más bien estás carbonizado. Luego me habló de esta chica que se está curtiendo pero que él ya está empezando a cortarle el chorro como medida preventiva. Es amiga de Isobel quien me mandó un mensaje para ir al cine y no respondí. Rodrigo, para no variar la rutina, se metió en su cuarto y ya no salió. Mientras miraba la película y tal como calculaba llegó Gastón con Maru. No quería hablar sino ver la película y eso hice, demostrando mal carácter y falta de cortesía. Sus vidas me importan un bledo. Igual que a la inversa. Hace rato que Gastón no está presente en mi vida como no lo está en este diario. Debería ser más estratégico y guardar las maneras hasta concluir el rodaje, al fin de cuentas ellos tienen un pequeño papel y, por encima de todo, la locación, mi casa, la comparto con él. Pero hay veces en que no me interesa ser político con nadie y prefiero aislarme. Si todos son tan egoístas como no dicen que son. Si a cada uno lo que le importa es mantener caliente su habitación y que el resto muera congelado. Es así, para qué mentir con rosarios humanitarios. La gloria para uno sólo y nada más que para uno. No es que uno se hunda sino que el piso cede a la presión de nuestro cuerpo cada vez más pesado, gordo y fofo para que los demás lo devoren. No direction home. Duermo tapado por tres mantas, una de avión encogida aún más en un lavado incorrecto, el cubrecama, dos sacos de lana y dos tapados, uno que usaba mi padre hace cuarenta años y otro que me regaló Andrea y que no era de ella. Es el fin de la jornada.

6/8/06 - 6:02 AM

Escribo como Petardo dice que no hay que escribir: borracho y puesto. Tiene razón, hace cinco minutos intento escribir estas pocas líneas y, además, volqué el mate cocido y me quemé la mano.

Reuniones y reuniones ajustando detalles del rodaje. Es que en una semana pasó de ser un proyecto lúmpen a un equipo técnico serio y profesional. Hasta tenemos unas plantas que hizo Rodolfo. La verdad es que no debiera faltarme el optimismo, pero no es tan simple. Ya no es tanto como ese día en que me daba por tirar para atrás, ir en contra de la voluntad popular, sino que en este caso se trata de un agotamiento traicionero que me invade. No me parece que valga la pena armar todo este circo, no quiero decepcionar a más personas, me angustio por las horas que vienen. No sé qué hacer con el apoyo de tanta gente, unos diez o doce lunáticos que hacen lo que decimos. Debería estar contento con la situación y dormir y ser una persona responsable, comprometida con su trabajo, pero no. No puedo, no tengo fuerzas para ocupar el lugar que yo mismo creé. El infierno tan temido: lo pedís, lo tenés.

Y me imagino paseando mi panza en la escena 2. A veces me río de mi patetismo y en otras termino preocupado por el mal chiste. No hay mucho que decir, acá vamos con otro intento.

A la tarde, cumple de mi sobrina. Le compré unos guantes verdes de un tejido sintético, suave pero irreal. Como esperaba, no la entusiasmaron del todo aunque me dio un beso que me sorprendió. Al rato, mi cuñado hablando de Israel y la guerra, sosteniendo un discurso totalmente opuesto al de la discusión de una semana atrás. No dije nada sobre la antigua discusión, él algo se acordaba porque miraba con desconfianza cada vez que intervenía sobre su discurso de judío antisemita. Le seguía el juego. No dije nada pero pensé en quién habría influido sobre su opinión. ¿Tendrá algún peso mi palabra? Lo dudo. Más bien me imagino que fue fruto de algunos textos que pudo leer en la prensa. Nuestras ideas son alimentos predigeridos que metemos en el microondas.

Entre el beso de mi sobrina y la charla con mi cuñado hablé por radio en un programa de unos amigos. El tema era el cine underground, me llamaron al teléfono de mi hermana y salí al aire. Estoy seguro de que fui guarro. Metía malas palabras que sonaban a provocación y me divertía con eso mientras me figuraba un patético viejo queriendo ser agresivo o canchero, es lo mismo, como si en el putear hubiera una enseñanza. Pero en el cuarto de mi hermana donde estaba encerrado, en la intimidad del que en realidad habla solo, sabía que temblaba, que mis manos apenas si sabían cómo manejarse en el espacio. Igual que ahora.

Ayer vino Andrea. Cenamos pastas con salsa de atún y tomamos vino. Después llegó Látigo y más tarde Durarte. Hubo que comprar dos vinos más y, en el exceso, Rodrigo trajo dos birras (sí, Rodrigo, el que era una bomba de tiempo) que luego se multiplicaron en otras dos. Pasaron algunas cosas o eso me pareció. A punto estuve de avanzarla a Andrea otra vez pero había gente y, no sé. Quería besar su cuello, un espacio amplio de piel blanca que se extiende más abajo de sus rulos que en su firmeza no descienden. Quise eso y pagar todo lo que vendría después. Y no. Hoy la llamé para verla, no estaba pero le dejé un mensaje que contestó horas después y en el que rechacé cualquier encuentro. Otra vez actúo como si no estuviera vivo.

Y ayer, Rodrigo. Terminamos como a esta hora, completamente borrachos y haciendo el repaso por los clásicos de siempre hasta que tocaron el timbre. Era Emilio, para decir que habían llamado a quejarse por el ruido. Rodrigo bajó la música y lo atendió mientras no paraba de reírme. Antes o después vino y me abrazó diciendo no sé bien qué sobre nosotros. Una escena de ternura. Cuando nos levantamos, cerca de las cuatro, comimos sándwiches de jamón, queso y matambre de pollo con pan lactal que él compró. Recuperamos el trato.

Petardo pasó a dejar cuatro kilos de milanesas que compró para el catering. También trajo otras cosas, anteojos, botellas, colillas, ropa. Pero en los últimos días suena enojada, como si después del cumpleaños de La Chancha otra vez nos decepcionáramos. ¿Es una crisis provocada por la película o es un conflicto personal lo que nos sucede? Indiscernible. Cine y vida juntos. No es algo placentero, no es el paraíso. Puros engaños. Dormir.

5:59 PM

Estoy esperando que llegue el equipo para empezar a armar la puesta. Viene arte, foto y dirección (incorporamos asistente de dirección que va a hacer claqueta para sincronizar el sonido; jugamos al profesionalismo). La angustia se convirtió en ansiedad. No puedo hacer ni pensar nada, sólo mantenerme en la espera.

Quedan algunos cabos sueltos, me preocupa la respuesta de Petardo todavía. Sé que al principio va a estar un poco rígida. Confío en que el andar propio del rodaje la aceite y pueda relajarse, pero no hay ninguna certeza de que eso vaya a pasar. Para eso está Rodolfo, de todos modos, hábil en el manejo de las personas, claro y directo en las directivas que imparte. La Chancha, en cambio, está más seguro, acá entra a pesar la experiencia de la actuación que no es otra cosa que la experiencia de exponerse ante los demás. El secreto es adueñarse del espacio y hacer sentir a los demás como extraños que uno, en su bondad hospitalaria, invita a pasar. Pasen y vean, pasen y vean.

Agustín insiste con calcular un margen de error. Tiene razón. Lo que me pregunto es cómo incluir ese azar en las imágenes. Es necesario estar atento, paranoico, desconfiando de cualquier axioma que circule.

Romi Zolo se mudó a dos cuadras de mi casa. Aunque supongo que sigo mostrándome ofendido por el rechazo al corto, ya no me importa. Soy puro optimismo, ocupo mi mente con el hacer y se acaban los problemas. Un desequilibrado.

 

8/8/06 - 1:22 AM

Tal vez haga todo esto para sentirme querido, no sé. Lo cierto es que ya me encuentro en ese momento en el que surge la pregunta sobre el sentido o sobre la motivación de armar estos quilombos. Pero ya es de noche, estoy agotado y sólo puedo pensar en el vacío de una locación que recupera su estatuto hogareño. Me recuerda a los festejos de cumpleaños de mi infancia en los que una vez acabada la fiesta y siendo la hora de acostarme sólo podía llorar desconsolado. Ocurre en mayor o menor grado luego de terminado un evento. Se trata de una angustia justificada por la sensación de haber tenido el momento feliz al alcance de la mano y haberlo dejado escapar. De vuelta en la situación solitaria uno adquiere la lucidez que hubiera necesitado poco tiempo antes para alcanzar cierto grado de satisfacción. En ese caso no habría sido necesario más que elegir quedarse detenido en el momento, entrando a través de una partícula de tiempo a la eternidad. Pero no es posible.

El cumpleaños que recuerdo con mayor intensidad fue un sábado. Lo había planeado más o menos a mi gusto, según la organizada pero flexible supervisión de mi madre. Fue en un terreno que tenían unos amigos de ellos quién sabe dónde, sólo recuerdo que estaba ubicado en una explanada de bastantes pastizales y camino de tierra y que un alambrado olímpico lo rodeaba. Lo cierto es que esperé a los invitados en mi casa y partimos temprano por la mañana en unos cuantos coches que desconozco a quién pertenecían (estaba el Falcon azul eléctrico de mi familia y la Renault 12 rural de ellos, pero no pudo haber sido suficiente). Recuerdo los patys, un torneo de fútbol casi sin estructura pero de una pasión que por poco no terminó a las piñas y unas pulseadas en el quincho hacia el fin de la tarde. Volvimos a eso de las ocho, todavía la Panamericana era de trocha angosta y los fines de semana cualquier regreso a la Capital equivalía a radio AM, siestas en el asiento de atrás, discusiones maritales que involucraban a todo el grupo, tensión, aburrimiento pero sobre todo desesperación por el encierro obligado. Cuando se habían ido los últimos invitados y la euforia empezaba a descender al tiempo que el agotamiento aumentaba, una tristeza inmensa como el mundo me invadía y ya no se iba hasta que llorara tantos litros como el océano. Esa noche mi madre se quedó junto a mí, en la penumbra, acompañándome en una congoja que de seguro le resultaba inexplicable o, ahora que lo pienso, servía a su extraña escala para valorar el éxito de una empresa como confirmación inequívoca del triunfo rotundo. Mi madre, al igual que yo ahora, solía considerar los hechos como filtrados por un tamiz que entregara siempre una versión extraña. Versión que se presenta siempre bajo el engaño de una intuición que la propone como verdadera. Es muy difícil, a partir de ese instante, hacer que ella o yo cambiemos de parecer. Esa noche, sentada en el borde de mi cama, dándome contención y afecto junto a los regalos apilados que esperaban al otro día para dar a conocer sus virtudes, ella debe haber sentido una inmensa ternura por mis lágrimas, pero más que nada debe haberse sentido halagada.

El equipo no pudo armonizar con mayor perfección. La situación fue ideal y cada integrante rindió al máximo por el bien de la película. Igual, creo que va a ser una mierda. Me animo a arriesgar, con el calor de la tarea a medio hacer, que ya no me importa demasiado y que vale todo este casino por el proceso mismo. Dudo que pueda sostener esta afirmación. Aunque acá tenga otra vez razón Laura o lo que me parece que dice: la imagen tiene un valor despreciado -en especial en la industria audiovisual- como registro no sólo de lo que pasa en escena sino también de lo que ocurre en la totalidad del rodaje, lo que se evidencia con los créditos del final, confirmando la inmanencia del contexto a ese producto final.

Hoy grabamos un 40% del guión y sólo tengo palabras de amor. Gimena, la asistente de dirección, trabajó con una precisión y presencia que, no podía ser de otra manera, me sedujo hasta el punto de provocarme un fugaz enamoramiento (que de todas maneras no fue correspondido hasta el momento). Empleé gran parte de mis fuerzas en hacerla reír pero no fue suficiente. Me encanta su cuerpo, tal vez porque exuda juventud.

Alejo cumplió todas las expectativas que depositaba en él, como siempre. No era fácil ya que tenía que desempeñar un papel que le era completamente desconocido en lo cinematográfico mas no en lo profesional.

Petardo hizo lo que tenía que hacer: relajarse y dejar crecer su personaje. Creo que tiene posibilidades de ser una gran actriz si encuentra al director justo en el momento justo (algo que no le interesa demasiado). Tuvimos una pequeñísima rencilla mientras íbamos a devolver la escalera, pero creo que estamos sólidos en la relación de coproductores.

Rodolfo hace siempre un trabajo excelente, adecuándose al contexto y explotando todas la posibilidades. Es muy fácil trabajar con él, pero dudo que sigamos haciéndolo si no empieza a surgir dinero.

Walter -esto podría decirse de todo el equipo en las posiciones respectivas, pero en él se hizo más que obvio- fue incorporando uno a uno los tics típicos del sonidista. Tranquilo, casi en una posición de escucha omnipresente que puede contar todo lo ocurrido a través de los sonidos. No se lo veía en el medio de la confusión de cables, luces, utilería y actores, pero no perdía jamás noción de lo que estaba ocurriendo a cada momento.

Por el contrario, Joaquín mantuvo su subjetividad que a esta altura puede decirse que es realmente única, como a pocos les ocurre, para bien o para mal. Se escucharon en el set, mi casa, algunos comentarios chistosos sobre su labor cuya finalidad era hacer reír, por un lado, y hacerse entender, por otro. Temí en un momento que boicoteara la grabación, pero él también siguió con la atención necesaria el desarrollo de las acciones y estoy seguro que sería un gran director de arte si consiguiera un asistente: su mirada sobre los objetos, su realidad y nivel de presencia en una actualidad determinada, no puede ser más fina.

La Chancha se encargó de jugarla de estrella a lo Marlon Brando. Llegó más tarde y se fue ni bien terminada la última escena. Tiene la presencia de un actor de primer nivel. Es muy probable que lo descubra Trappero y lo capture.

La energía con la que trabaja Agustín en un día es igual a la que pude haber invertido en escribir todo este texto desde el comienzo de la película. Rebotando de acá para allá, el tipo no paró de pensar y hacer en busca de la mejor imagen. Realmente estaba preocupado por la fotografía porque me preguntaba si su inclusión como DF no iba a hacer perder naturalismo a las escenas al buscar "trabajar" la luz (comillas que significan la voluntad de diseñar una puesta de luces en lugar de armar a partir de lo existente en la locación). Desconozco el resultado, de todas formas me saco el sombrero.

Pasó Clara, la vestuarista. Estuvo un par de horas y partió. Tal vez no haya encontrado el espacio o le haya faltado confianza. Tendría que haber estado más atento a sus necesidades para que no pierda la motivación.

Laura hizo su trabajo con la máxima disposición, buscando entenderse con Agustín y colaborar en busca de la mejor imagen. Cuando hablé por teléfono no estaba muy contenta con el resultado final y me planteaba que tenía que buscar más cuando grababa, en lugar de ceñirme tanto a lo planeado. Es cierto esto, lo veo con claridad, pero me interesa trabajar desde la planificación y cumplir ese plan cuando el trabajo es en equipo. La duda es si no es mejor filmar con una cámara y el puñado de actores, olvidando todo el resto. La duda es si seguir buscando el rechazo con esas imágenes pobres que vengo haciendo o intentar simular lo industrial, respetando las convenciones.

Comenzamos a tirar toma a eso de las 9:35 y terminamos alrededor de las 8 de la noche. Comimos sándwiches de milanesa, galletitas, bizcochitos y frutas. Tomamos café, mate y jugo. Hubo ruidos de todo tipo que entorpecieron la grabación de sonido pero eso sirvió para incluir a una pianista que si todo sale bien funcionará como música incidental (el azar incluyéndose en la obra). A la tarde llegó Gastón y creo que no le gustó mucho encontrarse con un set de filmación en su casa. Puede que lo enoje formar parte de una manera tangencial. No me importa, no creo que esté mal respetar mis deseos como él respeta los suyos. Uno trabaja con los que están cerca ante todo en las pasiones. Tengo que descansar, ahora entiendo porque los diarios de rodaje tienden a lo telegráfico: filmar exige fuerzas sobrehumanas para un fin simple, tonto, absurdo o lisa y llanamente malo.

   
 
 
  Por Pablo Klappenbach
 
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