<<< anterior
   
 

9/8/06 - 2:36 AM

Confirmamos como segundo día de rodaje el domingo próximo. Todo lo que está ocurriendo es impensable y creo que tanto optimismo va a acabar con mi vida. Hoy me reconcilié con Gastón (en mi interior claro está, ya que jamás enfrento a las personas o tengo conflictos reales; por si no se entendió: me especializo en esquivar el bulto). Llegó con su cuerpo enfermo de las últimas semanas y parecía que íbamos hacia otro encuentro tenso. Pero no, por suerte hizo un chiste que me ayudó a entrar en confianza. Después me comentó de un lugar donde podía comprar un bolso por $25, justo lo que buscaba, agregando que no importaba si me compraba el mismo que el suyo. Las personas, esto es muy claro hoy, son definitivamente grises; son los plenos los inexistentes. Al rato nos pusimos a ver el corto, juntos por primera vez. Fue un visionado fructífero porque pudimos desmenuzar las partes y analizar virtudes y errores, aun cuando considero que nunca hablamos de lo mismo. Todo un encuentro.

Por la noche fui a Orbis a una proyección de una película que ya había visto y que no me interesaba, sólo quería ver el número nuevo de la revista, dar un poco la cara y verla a Andrea. Nos fuimos a charlar a la cocina con una cerveza en la mano. Toda esa charla fue perfecta, deseaba su cuello y ella estaba ahí para satisfacerme. No hice nada, no rompí el acuerdo aunque confundí las cosas. Más allá de nosotros, me contó dos historias que me dieron ganas de taparme los oídos y cerrar los ojos. Tito, el dueño del lugar, perdió cuatro dedos del pie al caérsele encima unos ladrillos. Fue el domingo, estaba con unos amigos (imagino, enfiestadísimo) cuando se trepó a una pared de media altura que termina la barra de la sala y se colgó de unos caños. La pared no resistió y dio contra el suelo. Se dio cuenta al instante y les dijo a los amigos: llamen a un taxi. Hoy reposaba en casa de su madre, según Gaspar, de excelente humor. Parece que podrá seguir usando ojotas. Pude ver a un costado las zapatillas con la marca gris del golpe en el calzado izquierdo. Busqué manchas de sangre pero sólo había restos de grasa y suciedad.

Antes de la segunda historia, ella me recordó la noche de año nuevo en que tuvimos un brote de unos pocos segundos. Resulta que nos habíamos tomado un ácido y estábamos en casa. Todavía dentro del efecto de las doce horas cogimos y tomamos fernet. Ya era de día -en Buenos Aires es de día a todo momento durante las fiestas- y estábamos tirados en el colchón del living. Entonces se dio cuenta que perdía sangre y no sé si quería hacerse la chistosa o no entendía que menstruaba, simplemente entró en pánico o tuvo un ataque de asco ante las manchas rojas cayendo por su pierna blanquísima. Al ver lo que me mostraba me tomé la cabeza tapándome las orejas y balanceándome contra el colchón. Lo recuerdo vagamente pero comprendo el horror del cuerpo que se desprende, como lo percibí entonces y como lo percibí hoy.

Luego sacó a relucir la historia de Rachel o como sea, una alumna suya inglesa de una belleza, según mi memoria, impactante, tanta que fue uno de los hechos que me hicieron retroceder ante nuestra historia (los vínculos femeninos de la mujer deseada alertándonos del riesgo potencial del enamoramiento). Lo cierto es que Rachel salía con un argentino bobalicón que imagino de camisa Polo con suéter al cuello. Un buen día todo terminó como tenía que terminar y fue así que ella acabó compartiendo el departamento con un compatriota suyo. El tipo tenía unos cuarenta y pico, lo cual resultaba una traba para la historia de amor que se iba tejiendo día a día cada vez con mayor intensidad. Hasta que en determinado momento él se enferma y se entera de que tiene SIDA. Ante la inminente pérdida, explicitan su amor eterno y comienzan el difícil romance, no pudiendo tener sexo por los temores lógicos, pero más por su crecimiento exponencial dentro de sus cabezas. A raíz de eso es que ella se vuelve cocainómana acompañándolo a él: no tenían sexo pero alargaban la vida haciendo del tiempo un chicle jirafa. Por supuesto, bajar es lo peor y entonces la muerte hasta debería liberar los olores pútridos de la carne en descomposición. Toda una historia de amor que podría interesar a Hollywood.

Al salir caminamos una cuadra junto al director de Bailando con el peligro , una película gore o clase B que él insiste en denominar absurda. Y en eso la posibilidad de un guión acerca de un director cuyas películas malditas provoquen la muerte de algún integrante del equipo, un pariente cercano o un espectador.

Seguimos caminando y barajamos la posibilidad de un pancho. Nos contuvimos porque no había dónde sentarse. Caminando por Lavalle entramos en una fonda y pedimos lentejas (si las quieres las comes y si no las dejas). Hablamos de Fito y de González, de Liliana Herrero y de todo y hablamos de nosotros sin nombrarnos. Caminamos luego hasta la parada del 12 y esperó a que llegara tal como habíamos quedado. Hicimos planes y nos saludamos afectuosos aunque torpes, sin saber hacia dónde íbamos. Como este relato que igual tiene que escribirse.

 

13/8/06 - 5:21 PM

En seis horas empieza el segundo día de rodaje. Tendría que dormir. Iba a escribir sobre muchas cosas pero no puedo.

Síntesis: Viernes Andrea Los Álamos Niceto cerveza concierto chicas bonitas modernas nos insinuar salimos caminar hablar colectivo llaves perder Andrea teléfono público tragamonedas celular Gaspar llaves taxi llaves madrugada hambre tarta atún por dos Fernet Dormir Andrea casa sin Andrea. Chau Andrea mañana abrazo chau. Casa Rodrigo Watchowski tres horas Petardo mudanza casa insegura bonita. Arrolladitos primavera casa La Chancha birra merca diario Gastón/Maru Bauen fiesta auto La Chancha abrir romper cerradura nada. Por celular noticia. Caminar Congreso casa. Caripelas paranoia. Nada. Escribir. Chau.

 

14/8/06 - 5:38 PM

Pasamos el segundo día. Estamos vivos. Fue una jornada templada, tal vez, por la tibieza de lo que se convierte en rutina. No tiene sentido, es cierto, pensar así en una filmación de sólo tres días, pero algo así fue lo que ocurrió. El grupo, igual, funcionó de manera excelente. Grabamos diez planos en once horas sin parar para almorzar; una jornada dura pero productiva.

Comenzamos retrasados. Como en una oficina, con la repetición del trabajo los tiempos tienden a estirarse, como si en la seguridad del papel que toca cumplir yaciera escondida cierta permisión. Todo se agravó con la llegada tarde de Petardo. Es que viene de una semana de mucho estrés, comprar una casa y mudarse no es poca cosa por lo que llegó al fin de semana agotada, pero todavía teniendo que trabajar de camarera por la noche. Y cuando uno es demasiado responsable le pasan esas cosas. Rendir siempre al máximo es un problema doble: el cuerpo se tensa y tiende a perder matices a la vez que las posibilidades de un colapso o una falla general aumentan. Así fue: tenía que estar 13:30 y se despertó 14:30, es decir que llegó cerca de dos horas más tarde. No hubo recriminaciones de ningún tipo, no son necesarias con espíritus como el suyo, y pudimos comenzar a grabar.

Arrancamos con la escena 6, una de las más problemáticas en la preproducción puesto que implicaba conseguir dos vestuarios de tenista, uno para él, Gastón, y otro para ella, Maru, y porque no tuvimos la confirmación de los actores hasta último momento. El problema era que parte del proyecto consistía en trabajar con los sujetos reales que participaron del suceso a narrar y, tal como había presentado Petardo a Maru, la novia de Gastón, generaba en ella cierta indignación por la estupidización a la que se veía sometida. Pero gracias a un trabajo fino de Gastón, basado más en la persistencia en el tiempo que en la insistencia en un momento determinado, conseguimos que acceda a realizar el papel.

La escena quedó hermosa: ellos dos ingresando impecables y pulcros al departamento, ubicándose justo debajo de una luz blanca que rompía con el verosímil anterior y posterior, desarrollando a la perfección la imagen inmaculada de la pareja amorosa en el momento de plenitud. En contraste, frente a ellos se encontraban La Chancha y Yuyú, pobremente iluminados, en medio de una borrachera rancia, lastimosa, excitada. Una escena cargada de humor publicitario pero inmersa en un universo de decadencia y desesperación, lo que no tiene la publicidad.

Tanto Gastón como Maru desempeñaron sendos papeles con impecable efectividad. Él, aportando toda su experiencia de actor profesional, definiendo el pulso de la escena y el grado exacto de comicidad; ella, entregando la dosis justa de inocencia y sorpresa, además de su belleza. En conjunto, aportaron el brillo que necesitábamos para darle relieve al relato.

Luego seguimos con la escena 9, otra secuencia complicada por varios motivos: su extensión, la puesta de cámara y el hecho de que tomábamos merca en escena. Cada toma, que pretendía ser un plano secuencia de cada uno, llevaba alrededor de nueve minutos. Una eternidad. Eso y el hecho de que la merca fuera real acabó por enojar a Agustín, quien no se conformó con la puesta de luces ni con el registro testimonial. "No entendí nada del guión", dijo como para sí pero de modo de hacerse escuchar por alguien cuando se enteró que estábamos tomando de verdad. Temí inconvenientes cuando escuché esa frase. Igual, elegí hacerme el distraído y desaparecer la droga no bien terminada la grabación, rogando que nadie del equipo arengara en voz alta para que siguiéramos tomando. Lo que me maravilló de él fue que, aunque todas sus convicciones le dijeran que lo que allí ocurría no era correcto, siguió trabajando del mismo modo profesional de antes. Al final del día nos reunió a Rodolfo y a mí en la cocina para plantearnos su descontento con la escena. Decía no estar al tanto de que iba a trabajarse con planos secuencia y que eso influyó en la calidad de la iluminación. Pero el tema flotaba en el aire y decidimos, sin haberlo pactado previamente, mirar para otro lado, como si no hubiéramos escuchado nada, respondiendo con evasivas, tal como debe comportarse cualquier persona que quiera convertirse en un buen director, sabiendo cuándo confrontar y cuándo posponer para no perder el equilibrio. Patear la pelota, una virtud principal del buen realizador.

Ah, La Chancha se quedó hasta que ordenamos todo. Me pidió que lo pusiera en el diario ya que leyó algunos pasajes y no le gustó demasiado. Nuestra relación pasa por un momento óptimo y hoy me llamó con el vacío y la melancolía pegados en su voz, esa fuerza que sobreviene después de una emoción. Estamos vivos, por ahora.

 

17/8/06 - 1:04 AM

Mientras ocurría el segundo día de rodaje se proyectaba Días de plata en una sede del circuito underground. Como era de esperar la asistencia fue nula, pero lo notorio es que uno de los organizadores de la sede, estudiante de cine, le cuestionó en duros términos a Francesca, una de las organizadoras, que ese material lograra el estatuto de película. Según parece, la discusión alcanzó altos decibeles, casi provocando una ruptura de la relación. Para ella la actitud del estudiante seguía al pie de la letra todo lo que le decían en la escuela; para él, lo exhibido era impresentable desde la perspectiva cinematográfica. Es posible que Francesca no creyera tampoco que eso fuera un film, que incluso lo considerara una estupidez, pero la imagino irritada por el planteo del tipo, reaccionando a la defensiva no tanto por la película como por el gesto. Se supone que esto debería generarme satisfacción puesto que cumple el propósito inicial de la película: el hecho a partir del cual por presentar a un elemento como cinematográfico debería considerárselo como tal. Esa provocación es la base conceptual que lo sostiene. Contra la idea del cine como esfuerzo de superhombre, procesos interminables y obstáculos impensables, una sucesión de imágenes rodadas así, a la marchanta. Y, sí, la imagen hogareña, tan denostada pero emulada desde el cine, presentada en sí misma, sin la mediación de lo reproducido. Un gesto bruto, eso buscaba. Lo encontré.

Y, sin embargo, mi amor propio se siente herido, esa parte de mí que sostiene que allí hay una teoría del encuadre y de la duración del plano, que hay un concepto del guión creado sobre la marcha pero a partir de capturar escenas de la realidad, modelándola. No puedo, no quiero, aceptar el lugar que yo mismo creé para mí y que, de alguna manera, es efectivo; no quiero aceptarlo porque no tolero el rechazo que provoca, un desdén que expulsa del paraíso artístico y me señala como un charlatán. Si fuera, esto lo pensé en innumerables oportunidades, si fuera un hombre de los veinte me sentiría fuerte en mi posición, así como los surrealistas violentaban -sin violentar, al fin de cuentas, nada que fuera en efecto estructural, pero obteniendo cierto efecto- el campo artístico con sus estupideces, de esa forma yo podría decir, sin duda alguna, que esto es arte o cine o cultura y a tomar por culo. Lo hago a medias, con gestos timoratos. Repelo la hipocresía que celebra el cachivache en el Malba mientras condena la misma práctica por ahí, en la calle, pero no puedo quitarme de la cabeza que al mismo tiempo me hundo en mi propio lodazal.

Hoy vino Petardo a bañarse a casa porque no tiene agua caliente y, creo, tampoco su baño está habilitado. Justo cuando comenzaba a pensar -lo hacía hoy por la tarde, en camino hacia algún lado- que iba perdiendo protagonismo en este diario con la firmeza de su trabajo, aparece y me provoca una irritación progresiva que no hace más que minar la charla. Lo que ocurre es que ella insiste en sus posicionamientos duros que simulan ser axiomas cuando no son más que frases tiradas al voleo, pequeños arrebatos que intentan convertirse en certezas en su boca. Me vino con la seriedad de los historiadores y su vocación por la literatura decimonónica, algo muy molesto, pues no hay nada que me joda más que intentar poner en otros los valores de la seriedad, la disciplina y el rigor. Es ahí, entonces, que salta otra vez la térmica y la discusión se traslada al plano personal, aunque camuflada por el tópico en cuestión, tornándose en una disputa retórica del más bajo vuelo. Tanto nos afectó que pudimos dejar de tomar luego de la primera botella como si nada. Lo que ambos deseábamos, a decir verdad, era tener al otro lo más lejos posible. Cuando uno viene sosteniendo con su oponente una disputa de larga data, llega un momento en que conoce todos sus movimientos, todos sus caprichos y debilidades, con lo que la discusión se convierte en un juego de inteligencias secretas haciendo espionaje en la psicología del adversario. Es así como logra actualizarse ella en este diario que, por otra parte, la tiene como una de sus principales figuras a partir de esta tensión irrevocable que nos convoca. Hay una oportunidad, mínima, pero latente aún, para nuestra relación y consiste en la posibilidad de que esa dureza que nos marca a fuego sea la que se imponga sobre todas las dificultades, sobre todos los escollos que nosotros mismos introducimos en el camino de la relación. Una posibilidad que no deja, tristemente, de basarse en la capacidad de producción que tengamos como conjunto.

En contraposición, la relación con mis compañeros de departamento no cesa de ser inestable. Por un lado está Rodrigo quien con su proceder católico sólo tiende a la disipación y al desorden, una suerte de hedonismo mezclado con displicencia y desidia que echa por tierra cualquier intento de organización. Él es así, su accionar está bien definido y resulta inamovible salvo que por la gracia del amor, su absoluto, alguna modificación se opere sobre esa estructura. No puede sino haber encontronazos, puesto que mi ontología se ve atravesada por el más duro protestantismo que sostiene el trabajo como fuente única de emanación de vida. Es una relación trunca de movida, que sólo puede producirse en los términos fijados o dejará de existir. Se asemeja a mi relación con Durarte: un continuo acelerar contra un paredón de cemento macizo; a cada intento, la comprobación de un único e invariable resultado, como un test de laboratorio repetido al infinito sin ninguna consecuencia. Son relaciones que se caen en el tiempo al no poder demostrar signos de modificación que alteren ese malestar primordial.

En segundo lugar, Gastón, con el cual vuelvo a foja cero. Son estupideces del convivir que reactivan sentimientos antiguos, no olvidados pero sí matizados por el erosivo accionar del tiempo. No obstante, mientras la vida decrece, también vuelve a emerger lo invariable que, en este caso, se trata de un egocentrismo que detesto con todas mis fuerzas, quizás porque me nombre, quizás porque sea la medida del egoísmo que me constituye. Pero eso no resuelve las cosas.

Es así que me enfrento, por uno u otro motivo, al desprecio de mi trabajo, lo que se verifica a las claras en las tareas domésticas. El lunes había dedicado buena parte de mi tarde a limpiar la cocina: el piso, los azulejos, las puertas, las hornallas, todo cuanto estaba al alcance de la vista recibió al menos un trapo con lavandina. Por la noche me fui al cine y, de regreso, encontré la bacha llena de basura, la mesada de mármol sucia y con instrumentos, la sartén con aceite. Lo único que hice fue odiarlos mientras masticaba mi tarta de zapallitos que no compartiría jamás con ellos desde que decidieron que ya no haríamos compras colectivas.

Es por eso que lo cercano comprende la distancia máxima, que la amistad es la forma negativa, pero presente, del odio y la repulsión, la punta del iceberg de los sentimientos más recónditos y oscuros, siendo la lealtad y la confraternidad mínimos cristales de ese hielo conformado a partir de la contracción máxima de la materia.

 

20/8/06 - 2:25 PM

Se pueden tener todos los errores menos el de la soberbia. Ella no, de la soberbia hay que cuidarse, sólo que me pregunto si es posible, si hay alguna injerencia de la volición, un movimiento suyo que nos permita quedar exentos. Inevitablemente se es soberbio sólo con encontrarse en una situación ventajosa respecto de otra persona. La diferencia misma lo construye.

Luego de todo un día fatigando diccionarios a causa de una traducción que me encargaron, fui a la casa nueva de Romi Zolo por primera vez. Hace unas semanas que se mudó a una cuadra y media de mi casa y, después del solapado incidente ya narrado, me resistía a verla. Había pasado varias veces por la puerta de la casa pensando en el momento de este encuentro que acabaría por darse; lo había evitado todo lo posible, sin embargo sabía que vendría. No fue casualidad que anoche ella me preguntara si me sentía invadido por su presencia en el barrio y menos aun que le contestara que lo había pensado, siendo bien forro, dejando entrever que sí pero que lo toleraría. Y bueno, los amigos también son como los parientes de antaño y, no llego a entender bien por qué, insisten con que los visitemos. Creo que es cierto exhibicionismo muy en boga el que nos mueve a mostrarnos, lucir el cuerpo y los objetos que lo rodean, la arquitectura de una vida. Es innegable la presencia de una violencia soterrada que, de una manera muy sutil, como un veneno dulce, logra expresarse.

Resulta que Zolo se mudó con una amiga que es directora de arte en publicidad, quien con sólo veintitrés años cumple el requisito básico del medio según el cual hay que ser pendejo y ganar mucho dinero. Logrado ese objetivo, este tipo de personalidades potencian su autoestima a niveles insospechados, viviendo en una fantasía de glamour y responsabilidades que no difieren en nada al oficinista tipo: trabajar para acumular dinero. Y fíjense que digo 'acumular' que es la medida de las equivalencias con la carrera empresarial. No importa, la confianza de estos chicos en sí mismos es desmedida y no necesitamos más que oírlos respirar para entenderlos. Si se vieran, comprenderían cuan pequeño es todo.

Hay un relato que explica bien la situación. Ella quería hacer un festival en beneficio del Borda, llamado Borderfest , que asegurara, al ser la organizadora, la limpieza en el manejo de los fondos. Soñaba, según sus palabras, con algo grande en Puerto Madero o en el Club Ciudad y una grilla de músicos que poco tendrían de marginales. ¿No es suficiente esto para definir su progresismo? La fórmula es poderosa: la gente bien se divierte, unos pesos para los borders, la fama para mí. Seguramente habrá algún lector igual de progre que diga que está bien, que es una buena idea y que siempre es bueno cuando se intenta ayudar al otro. Que me la chupen bien chupada.

Cuando llegué estaban terminando una partida de Pictionary, tal vez el juego que mejor ilumina la escena. Recuerdo a la amiga publicista contar cómo, en medio de rodajes extensos y agotadores, inventaba juegos del tipo formar frases de dos palabras a partir de dos letras iniciales dadas, no sé, jp, por ejemplo: jirafas postnucleares, jarabe preocupacional, Juventud Peronista. La exaltación de la rapidez mental, el culto al pensamiento inmediato, resolutivo, eficaz pero inocuo. Fue en ese marco de mentalidades que algún día, irrevocablemente, devendrán snobs que, después de dos cervezas, comenzamos otra partida. Mi timidez y la fijación en el hecho de descubrir lo más repulsivo de mi amiga, cuya conclusión era la idea de que ya no debería verla más, que tal vez no debería ver a nadie más y optar por, no sé, un mundo vacío de humanidad, hizo que en el primer juego quedara como un verdadero estúpido, ese lúmpen en el que tanto temo convertirme y que aflora en los momentos más difíciles, poniéndose en evidencia con mi estrabismo nervioso. Algo logró rescatarme, sin embargo. Y ese algo fue una amiga de ellas, no logré identificar bien de quién, que rescató una frase que dije cuando Zolo me preguntó si me incomodaba su presencia en el barrio. Era una frase robada, incluso harto conocida, que tantas veces escuché decirle a Sabri y que consideraba como parte del refranero popular: que sea paranoico no quiere decir que no me persigan. A la chica que no recuerdo el nombre le gustó y acabó por elevarla a una dimensión filosófica; fue ese encanto el que me dio algo de luz al construirme como alguien que habla poco, pero para producir enunciados con peso. Pura ficción, por cierto, puesto que si alguien lee este texto sabrá la sarta de imbecilidades que puedo llegar a decir, pero en ese contexto lo sentí como un rescate. Después de la paliza del primer juego, las mujeres derrotando a los hombres (un amigo de ellas y yo) por una diferencia abrumadora, comenzamos la que para mí era la segunda partida, para ellos la tercera. La amiga salvadora, esta vez, pasó de nuestro lado. Fue un paseo inmoral por el tablero, casi no tuvieron posibilidad de reaccionar, las desarmamos por completo luego de un inicio en el que lograron una ventaja mínima. Creo que adiviné cerca del setenta por ciento de las palabras.

El triunfo no redime a nadie, ya es sabido, pero pude retirarme con una evidencia que, aunque no haya sido pronunciada, flotaba en el aire: el Pictionary provoca, primero, la sensación en el jugador de que es un idiota, que su inteligencia es pobre y que carece de imaginación. Lo golpea de un mazazo para tenerlo a su disposición, una dominación perversa que se transfiere a quien conoce el juego o lo practica con frecuencia. Mas luego, la lógica lúdica se abre al principiante que comprende que no se trata de astucia sino de asociar según el tipo de imágenes que produce el juego mismo en tanto existencia empírica. Al completar el recorrido, esa supuesta verdad objetiva del juego se muestra al novato que entonces sí comienza a ver los frutos: un sistema que exige, primero, subordinación y que posteriormente, establecida la dominación, permite recorrer los senderos de su lógica.

Fue tal vez por eso que pensé en mi padre y en su resistencia, expresada a través del malhumor, una actitud reacia hacia su entorno y el vicio lúdico que se extendía en las personas, cada vez que iniciaba una partida de lo que fuera. Eso que durante los años de mi infancia había interpretado como un malestar general pero pasajero, una actitud previa a todo interactuar, descubría, en el departamento nuevo de mi amiga progre que se había mudado a un barrio popular, era una verdad que se había demorado veinte años en mostrarse.

Me fui, despreciándolos.

 

24/8/06 - 2:38 PM

Se fue el rodaje y uno queda electrificado. La casa se fue vaciando y los del equipo son fantasmas dando vueltas por las habitaciones. Una jornada complicada desde el momento que un fresnel prehistórico hizo un corto y saltó la térmica del sótano, no la de casa. Siendo feriado el portero hacía un uso recreativo de su tiempo libre y no respondía a mis timbrazos. Le dejé una notita rogándole que levantara la palanca de corte de tensión y volví al set. Agustín, con excelente criterio under, decidió seguir tirando tomas con la luz que había, ya veríamos luego. Es una escena muy interesante, concentrada en planos detalle con un foco mínimo, recortando cada cuerpo, cada figura. Tuve que ponerme firme para lograr estos encuadres, ya que para ser más expeditivos insistían con abrir un poco los planos. Por suerte Laura comprendió esto y lo resaltó públicamente, con lo que ya no había posibilidad de pasarme por alto. Es bueno tener aliados.

Para la escena de La Chancha y Yuyú en el balcón no necesitábamos electricidad. La verdad es que no me satisfizo demasiado esa escena. Los planos no eran los que había pensado, cortaban casi toda la información del entorno y, encima, en el plano final que tomamos con una escalera desde el jardín, aparece Joaquín en el reflejo del vidrio.

A la escena de la segunda toma de merca la resolvimos con un plano menos, algo que no afectaba para nada el conjunto. Tuvimos que recurrir a la generosidad de la vecina que nos habilitó un toma de luz. Era bonita, con una luz con temperatura ciento por ciento tungsteno; además aprovechamos las cualidades del ojo de pez contrapicado para acentuar la decadencia de la situación.

Quedaba la ridícula escena del desfile. Hacía un frío demoledor que inhibía cualquier vitalidad. Pero le dimos al vino, yo en especial. Y, de pronto, al tirar toma se organizó un clima festivo inesperado, como si todos los que estaban ahí pertenecieran al relato. La cámara se movía loca entre luces de colores y negros plenos, intermitentes aparecíamos los tres en el cuadro. Fue un gran final, con el equipo bailando y usando lentes de sol a todo trapo. Un momento de hermandad.

Y como si la historia siguiera, nos quedamos con La Chancha y Petardo tomando cerveza. Estábamos hartos, pero no podíamos despegarnos. Con ese odio, nos fuimos hasta lo de Petardo a liquidar dos birras más. Era lunes feriado de madrugada, al llegar estaba la Poputs, la prohibidísima hermana de Petardo. Con La Chancha estábamos atentos y tensos; él, más parlanchín y guacho, no perdió oportunidad de ponerme en ridículo, eliminarme en cierto modo (ya lo hacía yo mismo con mi vestuario freak: pantalones Kappa, botitas tipo All Star de gamuza, sobretodo y gorro). Fue cuando me dijo que me sacara un moco que me colgaba que tuve que apelar a mi máxima frialdad y actuar como si tal cosa. En fin, que ya habíamos pasado el día entero compitiendo por ver quién obtenía mayor agrado de parte de la asistente de dirección, Gimena. Una pugna que nos ponía, a veces, en bandos opuestos, a veces de la misma orilla, como cuando escuchamos que hablaba por celular con uno al que trataba con demasiado cariño. Pero algo entendió ella, algo termina por transmitirse siempre, porque se la notaba demasiado excitada en la celebración del fin de rodaje.

Fue el final y espero que mi casa pase ahora a ser un monasterio budista. Es que mis compañeros de departamento ya comienzan a mirarme con mala cara y aunque crea que no tienen demasiado derecho a protestar por nada, no quiero cortar la cuerda.

Igual, ayer vinieron los del circuito a ver una película. Intentamos sumar a las proyecciones una sede itinerante gratuita que rotaría por nuestras casas, pero la iniciativa fue boicoteada al interior mismo de la organización y hasta ahora no consiguió tener éxito. Es interesante pensar cómo lo que algunos defendían por ser un grupo de amigos trabajando se está convirtiendo en un campo político de lucha.

Vino Andrea un rato y estaba imposible. O nuestra relación estaba imposible, no lo sé. Son esas ganas de cachetear al otro, de zamarrearlo para que reaccione. Se sumó Alejo, el Jefe de Producción de Lo pedís, lo tenés , al comienzo de la reunión; sin embargo terminó abandonándonos antes siquiera de poner la película. Y entre una cosa y otra y otra no podía prestar atención a nada. Demasiadas presiones acaban por dejarlo a uno inutilizado y sin capacidad de respuesta. Porque después llegaron Francesca y Graciela con una botella de vino pero sin un mango. Nosotros habíamos pedido comida, les habíamos avisado pero no nos habían respondido, y no alcanzaba para todos. Cuando les sugerí que pidieran algo me dijeron que no tenían dinero, que lo habían usado todo para el vino. Le dije que pidieran igual, que les daba lo que necesitaran. Mezquindades que iban apareciendo, nos comimos las empanadas los tres que las habíamos pedido y miramos para otro lado. Cuando Francesca bajó a buscar su comida me dijo que después le dábamos para el colectivo. Hice como si nada y acabé deseando que se fueran, que dejaran de hablar a los gritos al lado de la habitación de Rodrigo. No podía enunciar esta preocupación, no podía echarlos tampoco. El infierno son los otros.

26/8/06 - 1:41 AM

Por primera vez en años, una década casi, vuelvo a casa temprano y no salgo un viernes. Puede que sea un proceso de maduración, un distanciarse de las drogas y las fiestas que nunca son, ese legado beatnik que jamás cumplió con lo prometido; puede que sea el período de incubación, un lapso temporal donde el monstruo gesta uno mayor y más terrible. No lo sé. El viernes pasado hubo una señal pero no tengo las herramientas para interpretarla. Cerca de las once de la noche salí para lo de Andrea sin un plan prefijado. La idea era encontrarme con ella, Javiera y Joaquín y salir a tomar algo o a dar la vuelta al perro en una ciudad de tres millones, más doce rodeándolos. Entre la caminata y la necesidad de visitar un ciber, me demoré en llegar. Iba contento, puede que un poco acelerado, con la botella de coca de dos litros que me habían pedido y el resto de una bolsita. La noche prometía. Al llegar sí que sentí algo del espíritu sesentoso de la experimentación y el trance metafísico: tocaban los tres un ritmo roto y desacompasado, un rock diseccionado y postindustrial que no estaba nada mal. De inmediato, sin interrumpir, dispuse los vasos, el hielo, el fernet y la coca; serví en medidas desiguales y me guardé la sorpresa para un rato más adelante. Ellos seguían en su limbo musical y no quería interrumpirlos por nada del mundo, prefería verlos bajar como un posible periodista norteamericano preguntándose qué carajo significaba todo eso de la experimentación rockera, prefería esa ingenuidad impostada que tanto les gusta vender a los yanquis cuando presentan el conocimiento: un partir de cero, un anotador en blanco, sin rayas que organicen, y un lápiz con goma en la parte posterior. Al rato llegó la pausa obligada y yo ya me parecía a una grouppie ansiosa por saludar a la banda, por compartir sus horas de descontrol. Entonces saqué mi sorpresa en busca del efecto premeditado. Alcancé a verlos sonreír y festejar con la indiferencia fingida de un dealer frente a su comprador más frecuente. En algún momento me sumé a la tocata. El hecho de participar me motivaba a la vez que me resultaba deprimente. Es que todos sabemos que de esas sesiones no queda nada, nunca, y que el provecho está en el instante mismo del tocar y no en otra cosa. Quien quiera ver provecho a la situación que vaya a otro lado. Nos metimos las rayas cada uno a su tiempo, sin apuro, con la experiencia del drogón que ya no se impacienta. Sólo que, ya dije, venía acelerado y con la dosis mi ansiedad trepó hasta los picos más altos. Me vi caminando por el departamento, congelándome en el balcón, buscando otro espacio; me vi tomando un fernet tras otro, pitando, haciendo cosas para que el futuro deje de acecharme como un placard alto hasta el techo a punto de caérseme encima.

Y ahí queda ese signo que puede ser tanto una cosa como la otra, un polo como su opuesto o ambos a la vez. No es descabellado pensar que aquél que se retira de cualquier actividad viciosa, aquél que dice basta, hasta acá llego, al fin de cuentas no está más que postergando lo inevitable, su eterna ligazón con ese objeto deseado que una sola vez pudo llenar la falta, el vacío inherente al hombre, para luego devenir en otro elemento de la realidad y, por consiguiente, incapaz de acceder a ese hueco, inútil a la hora de rellenar ese abismo interior. Porque el vicio demuestra su eficiencia nomás una vez, la primera o la segunda, a lo sumo la tercera; el resto del tiempo forma parte de la eterna melancolía por el mundo perdido y desconocido que son las cosas que nos rodean, hirientes recordatorios de que hemos olvidado algo crucial que, puta paradoja, nunca podremos recobrar ni saber cuándo ni dónde fue, puesto que para nuestra existencia presente representa un tiempo inimaginable. Es entonces que el vicio deviene un gesto desesperado, no tanto por el vicio mismo, sino por la angustia de recuperar esa única vez donde dijo algo que no sean murmullos o frases entrecortadas, donde explicó para oídos vírgenes lo que debía ser comprendido.

En conclusión, que seguimos tocando y, poco a poco, fui reconectándome con la vida luego de dos horas fuera cuando de repente llamó Bruno, el novio de Javiera, anunciando que venía y que traía más papeles. La noche se venía encima mío y no había otra opción, tenía que medir mis pasos antes de que fuera tarde. Debía pensar, sabiendo que corría el riesgo de verme superado por la situación, el aspirar y las narices goteando agua. Gracias a que ya estaba casi en la llanura coquera, logré abstenerme sin regresar a mi casa. El plato con la montaña de merca era más que tentador, pero pude concentrarme en los instrumentos y olvidarla. Volví de día a casa y no me sentía mejor.

 

28/8/06 - 11:31 PM

Hay una pregunta que debo hacerme, un interrogante que exige que dé la cara y responda. Porque si toda esa gente que acá aparece calumniada una y otra vez como una suerte de puching ball todavía guarda algún afecto por mí se debe a que, en realidad, no procedo ante ellos según mis pensamientos, mejor dicho, según estos pensamientos que no por eso dejan de tener existencia o ser ficticios; al contrario, muchos de ellos pueden decir que soy afable, que mi trato puede ser por momentos áspero, pero nunca traicionero. Y, sin embargo, vemos que al interior, si es que hay algo que pueda llamarse así, en el reverso del relato de los hechos triviales de la vida puerca se esconde la traición bajo la forma de la injuria y la construcción de biografías infames. La traición como la respuesta a una sucesión continua de hechos que no paran de amordazarme, quitarme la posibilidad de producir un sentido único y propio, de identificarme con una mismidad. "Yo soy otro", entonces, significa "yo nunca soy yo sino lo demás", lo que resulta de restar la posibilidad de la primera persona, lo que a ese conjunto de personas, objetos y tiempo le parece que debe entenderse como el suceso del cual se habla en determinado momento. Traicionar es necesario porque es la única forma de contar de otra manera, de guardar un registro que asegure cierta disconformidad. Pero, ¿disconforme de qué? ¿de la vida? ¿del papel que me tocó jugar? ¿del papel que quieren que desempeñe? Parece poco.

Varias personas, en especial mujeres, han intentado vincular esas dos dimensiones que por convención solemos diferenciar como el ser social y la interioridad, sin saber bien qué estamos diciendo o cuáles son los límites. Pero lo cierto es que aquellas mujeres que en algún momento intentaron trazar un puente entre ambos terrenos sólo han producido pequeñas grietas, mínimas resquebrajaduras que, aunque sirvan como advertencias, llamados de atención, la luz roja de emergencia que hace años viene titilando, no logran desatar la crisis que ellas desearan y que habilitaría la posibilidad de un hombre nuevo.

Debo detenerme y trabajar en una traducción que urge una entrega. Luego seguiré contando una y otra historia.

2:09 AM

Me acerco al final de una traducción tediosa hasta el hartazgo (¿qué es algo tedioso sino la concreción del hartazgo en pequeñas dosis diarias, absorbibles?) que quiere ser un escape más de mi esquizofrenia laboral. Contando este nuevo trabajo ya puedo sumar cuatro: clases de lengua y literatura, de español para extranjeros, video assist en comerciales y traducciones. Lo bueno de esta, para mí, nueva práctica laboral es que lo hago solo, sin demasiadas personas dando órdenes; lo malo es que mi casa es la oficina y eso acentúa el encierro, posterga la posibilidad de salir y esa falsa utopía de, una vez por todas, abrirme al mundo crece en mi imaginación día tras día.

Hubo, de todos modos, una salida, especie de excursión escolar que la tarea me obligó a realizar. Lo hice, lógico, con esa estúpida vocación de aventura propia de cualquier literato de cuarta en busca de nuevos relatos, siendo que en verdad la mejor narración está siempre frente a nuestras narices (de eso, de narrar lo evidente frente a mí, quedo exento o imposibilitado por mi estrabismo; ¿es preciso que me normalice con una operación para narrar el árbol y no el bosque?). Debía averiguar la nomenclatura en español para unas especies de aves. Entonces me dirigí a la Ornitológica del Plata para consultar su biblioteca. Si bien tuve que pagar $2, la experiencia fue más que interesante. Me atendió un tipo que de seguro es estudiante de Biología y me facilitó la Guía de Aves Mexicanas , de Howell y Webb, a quienes no tengo el gusto de conocer pero con quienes estaré un buen tiempo agradecido. Me senté con esta notebook a tipear los nombres en español, sabiendo que de seguro parecería muy profesional frente a los otros, siendo en verdad un farsante que realizaba un trabajo rutinario y aburrido sobre términos acerca de los cuales desconocía casi todo. Pero lo llamativo era el ambiente: un hombre mayor llegó al rato y se sentó a mi lado para consultar un libro de la especie Picaflor. Nomás entrar me saludó cortésmente, igual que había hecho con los demás. Una persona educada, pensé, qué extraño. Pero cuando poco tiempo después volvió a aparecer un ornitólogo diciendo hola o buenas tardes a izquierda y derecha, comencé a sospechar. Finalmente, cada uno que pasaba cerca de la mesa o consultaba algún libro saludaba a cada uno con dedicación. Un ambiente de cordialidad pseudohippie reinaba el cual se consagró cuando el investigador del CONICET, a quien el bibliotecario había informado de mis dudas sobre unos términos, me encaró para escuchar mis preguntas. No salía de mi asombro e intenté ser lo más serio posible. Concluí pensando que la práctica determinaba la subjetividad y que entonces cualquiera de mis modos o reflexiones no era más que la trampa del lugar común que todas esas lecturas y actividades de tinte literario o que esperaban serlo, en realidad habían anulado por completo cualquier atisbo de esperanza por encontrar un elemento que reivindique cierta condición particular de mi persona.

Me retiré no sin antes agradecer, con una mezcla absoluta de nombres y lenguas en mi cabeza, con la confusión mayor aun de no saber si efectivamente había algo que pudiera rellenar eso que es mi nombre y que, por lo que sé, también comparto con otras dos personas, otros Pablo Klappenbach. Todavía dominado por la lógica práctica del inglés, no pude hablar hasta la segunda hora de la clase de francés. Otra vez, yo soy otro.

 

2/9/06 - 2:15 PM

El martes era el estreno de La ciudad rebelde . Estaba alertado acerca de la probable baja asistencia, intenté hacer un poco de difusión, pero los elementos de la realidad fueron obstaculizándome el camino. Llegué a la sala diez minutos después de las nueve, supuesto horario de comienzo de la función. Al bajar en la estación Medrano ví a Andrea escribiendo la dedicatoria de Los 39 escalones en francés que me regalaría al rato. Llevaba puestas unas botas estilo tejano con punta pronunciada bien de los ochenta. Nunca un regalo fue tan pertinente ya que se relacionaba con la película que aparecía dentro de la película, en el final.

Pero lo cierto es que no hubo estreno porque sólo había dos espectadores (si consideramos a la novia de Marcelo como uno). El otro fue la definitivamente cambiada Laura. El resto de mis amigos, los que estoy seguro que sabían, no fueron. No fueron ni Petardo ni Rodolfo ni La Chancha, quienes se supone actualmente guardan una especial relación cinematográfica conmigo. Petardo entró en una zona de duda, sus afirmaciones y sistema de valores supuestamente tan rígidos entraron a partir de entonces a la zona de discursos ideológicos. Rodolfo confirmó algo que sabía hace tiempo: una doble personalidad, una puja entre dos identidades bien diferenciadas: una que proyecta algún sentido colectivo y otra que es puro egocentrismo. Y La Chancha no hizo más que continuar con el tan evidente camino trazado, el de la traición.

No fueron ni Rodrigo ni Gastón. El primero no sabía pero el segundo sí, porque se lo había comentado, y fui pura furia al volver a casa y encontrarlo tirado en el sillón con su novia.

Y no fueron otros y me sentí despreciado, ignorado por esa masa de gente, rostros, voces que ocupan ese fangoso lugar de la amistad.

Acabamos en un chino grasoso de Corrientes hablando sobre los juegos de la infancia y no sé qué otras estupideces, ignorando mi derrota, mi tibio rencor con el mundo.

 

4/9/06 - 1:50 AM

Rodolfo me mando un mensaje el sábado para pedirme que actuara en un video minuto que tenía que filmar para la facultad. Me hubiera gustado no hacer nada, tener un día libre después de bastante tiempo de trabajo continuo, pero algo me tentaba y no era la posibilidad de exhibirme con descaro: sabía que iba a estar Gimena. A eso se agregaba que tenía una escena con una chica y que me pasearía en bata jugando al escritor. Acepté, aunque debería haber planeado algunos detalles de la escena.

Llegué a la locación, un típico departamento pequeño burgués de Almagro, a la hora exacta. Había planeado con detalle el vestuario, sabiendo que la primera impresión era vital y que ella ya me había visto otras veces. Planeé con cuidado cada prenda, intentando ajustarme al rol de escritor que iba a desarrollar aunque también esforzándome por evitar repetir la ropa utilizada las veces anteriores que la había visto.

Toqué timbre y esperé, confiado. A los pocos minutos Gimena abría la puerta: sonriente, musculosa blanca y el pelo atado, pantalones negros ceñidos al cuerpo, marcando la figura, enérgica y juvenil, estricta y profesional en sus movimientos, como siempre. Son esas mujeres con las que uno no puede entrar mucho en contacto porque saltan chispas para cualquier lado. Además, nunca logré entender si su novio, uno que estaba ahí, es parte del grupo de filmación. Entramos al departamento, saludé a las actrices y me puse a ayudarlo al Negro con las luces. El primer plano era un flashback donde él recordaba una noche de infidelidad durante una fiesta en su casa al mismo tiempo que a su mujer ausente, inundando su conciencia como una fantasmagoría inevitable y absorbente en la distancia. Era la adaptación de una escena de Cuadro de ausencia , una obra que habíamos interpretado juntos, con La Chancha y Gastón, tiempo atrás y que ya trabajaba con cierta clave autobiográfica más o menos solapada. Como había pensado trabajar el presente con blanco y negro y la fiesta en color, iluminó a la mujer de Ernesto, es decir, mi mujer, con una luz fucsia y un fondo verde, mientras que a él, es decir yo, tirado en la bañadera con su amante ocasional, borracho, dejándola   recorrer su cuello, acariciarlo con la nariz y la cara, le daba rojo sobre la cara, amarillo sobre el cuerpo. Realmente debo estar solo, porque aunque quisiera hacer de la situación un acto natural, no dejaba de percibir lo intenso que me resultaba tener una mujer encima, acariciándome. Aun cuando fuera falso, aun cuando nos separamos no bien apagaron la cámara, esos quince o veinte minutos acostados en la bañadera significaron para mí el recuerdo de algo lejano: el calor y la sensualidad de un cuerpo de mujer, la vitalidad del sexo y la humanidad del deseo. Bastaba con sentir su peso, el pelo lacio deslizándose sobre mis pómulos, la punta de su nariz recorriendo mi cuello o su cara cuando recaía en mi pecho; bastaba con esas acciones actuadas para una cámara, para que la esperanza de la piel tibia se instalara en mí. Nos separamos como si nada, pero me gustó escuchar de parte de la actriz que al novio no le gustaría enterarse. Y recalcó "al novio", no a ella, dijo, sino al novio. Es que inmerso en mi personaje iba pensando los posibles diálogos y, por supuesto, ya había calculado el momento en que, un rato después, lanzaría el chiste sobre la escena, algo así como "tendríamos que hacer unas retomas", un comentario idiota y esperable pero claro en su intención. Y fue claro, porque ella, Gimena, levantó el mensaje y contestó que ella también quería ser actriz, que así era fácil.

Los otros planos eran los que iba vestido con una bata y en calzones. Me figuraba bastante patético e intentaba hacerlo con dignidad, dirigiendo la mirada hacia otro lado, mi supuesta intrepidez desde donde, sí, podría seducirla todavía. No me fue del todo mal al juzgar por el hecho de que había sido la única que estuvo todo el tiempo en el baño filmando con nosotros. Y quedó en eso, cuando estaba por irme dijo que ella abriría hasta que apareció Rodolfo y bajó él. Muy poco significa humano: lo torpe, lo bruto, lo fingido; pero también el calor y la calentura, la atracción y el deseo y el deseo de dominio.

 

9/9/06 - 8:53 PM

Vivir así no es vivir, esperando y esperando.

8:54 PM

Vuelvo a tener trabajo como profesor de español. Veintidós horas en una semana que se suman al trabajo constante en la escuela. Veintidós horas de humillación y lástima. Me tocaron dos mujeres en una clase, una brasileña y una alemana, la primera de veintitrés años y la segunda de diecinueve, Karina y Johanna.

La brasileña me daba lástima con su mundo familiar pequeño burgués, el amor por los padres y el novio custodiando su libido, su trabajo de secretaria en el banco y sus aspiraciones previsibles. Además era tonta, sin más, y hacía uso del más famoso vicio brasileño según el cual es imposible que comprendan el español y se aventuren en él. Son leales a su propio idioma y no comprenden que para dar el salto es necesaria la traición. Traicionar, es decir devenir un sujeto político, seguir el curso del monólogo interior que elucubra a cada instante una forma posible de dominio del mundo, siendo entonces cada alianza, cada gesto supuestamente redentor o de amor nada más que un paso en pos del único deseo existente: la imposición de la propia versión. La amistad, en verdad, no tiene por fin otra cosa que el acuerdo contingente, la superación de la diferencia en beneficio de una teleología escondida pero obvia. Los brasileños no consideran esa posibilidad y es por eso que resultan un tanto pobres intelectualmente hablando.

Y la alemana la despreciaba con esa anomia germánica que pareciera ausencia o neutralización de la subjetividad en favor de ciertas condiciones objetivas. Pero los alemanotes son vivos, mucho más vivos que los argentinos, siempre superados por la pasión de su viveza, y hay que estar entrenado para entender por qué hacen lo que hacen. Cada vez que la otra hablaba en portugués o se confundía, ésta no pronunciaba palabra, y era ese silencio el que mostraba el sentido más claro y explícito: la ausencia total de interés por su compañera momentánea. Son así los alemanes, sostienen la parodia de un mundo igual en el que todos tenemos las mismas posibilidades, donde la weltanschauung significa ir en busca del otro para enriquecerse en el intercambio, porque esos sucios sudacas algo tienen para mostrar. Y en realidad es la forma más sofisticada y nazi de soberbia: confiar en que las cosas caerán por su propio peso, que más tarde que temprano ocuparán el puesto de elite que merecen ocupar dada su superioridad demostrada en aquellas condiciones objetivas de las que hablábamos. Johanna era una típica alemanota porque aprendía a la velocidad de la luz los preceptos básicos de una lengua ajena, porque partía del gesto traidor siendo en realidad un doble espía que vuelve a casa con la información relevante. Y sin embargo puede decirse que no comprendía demasiado, aun cuando dijera "pucho" y preparara empanadas, aun ahí no atrapaba el pez gordo, envuelta en sus recorridos previsibles entre Recoleta y Palermo.

Si como profesor me entristecían los grasosos valores medios de Karina, también como profesor era despreciado por la solapada superioridad germánica, por ese espíritu soterrado de superhombre que todavía pervive -y de qué forma-, mirándome como una forma incompleta de ser humano que se ha contentado con poco. Lo extraño es que esto no provocaba en mí violencia alguna, al contrario, lograba sostenerme en un humor que podía salvarse de la acidez constante que me corroe y guardarse en una forma amable y hospitalaria. Lo extraño es la flexibilidad de la forma, su plasticidad hipócrita.

El miércoles, después del secundario, la clase de español y el curso de francés, tenía la reunión-proyección del circuito de cine. Es la función de la llamada sede itinerante y hasta ese día no habíamos recibido espectadores, más allá de aquellos invitados expresamente por nosotros mismos, conocidos o posibles participantes, aun cuando la veníamos incluyendo en la gacetilla semanal que enviábamos a nuestra lista de contactos.

No esperábamos que se presentara nadie, al contrario, sabíamos que era una reunión importante ya que había que discutir puntos conflictivos de un grupo cada vez más diezmado y hundido en sus propias miserias.

Cerca de las diez sonó el timbre. Estábamos buscando la película, imposible de hallar en el caos de la casa de Andrea cuando Isobel comienza a reírse. Era una persona desconocida que venía a la función. Al rato cayeron otros y así fueron sumándose hasta ser cerca de diez, incluido el director. Fue necesario explicar por qué anunciábamos como función lo que en realidad no era más que un televisor en medio de un living, bastante pequeño por cierto. Andrea hizo lo que pudo con sus nervios e improvisó un discurso que decía que lo que hacíamos era abrir ese espacio primero de visionado al público para incorporarlos en la totalidad del proceso. Les dimos unas revistas y creo que de todas formas esperaban que en algún momento apareciera un proyector.

Vi la película a 20 cm. de la pantalla y a 45°, apoyando la cabeza contra el borde de una mesa. Una película interesante aunque a partir de los 50' no dejé de mirar el contador del dvd. Terminó y el director encaró una suerte de preguntas y respuestas sin traductor. Nadie decía nada y entonces se puso a hablar en términos generales acerca de lo que, creía, era el concepto de la película. Claro y concreto, sin divismos, esperaba comentarios y críticas. Hubo un pequeño diálogo, se hizo referencias a clásicos y se habló de aspectos técnicos y temporales. La película había gustado.

O eso parecía, porque en cuanto se fue aparecieron comentarios despectivos: las malas actuaciones, la impostura de los diálogos, el mal uso de los géneros. Nadie decía cuán hipócritas éramos o, peor, cuánta desidia nos empujaba a evitar la discusión. Comimos pizza, calabresa y muzzarella, estábamos contentos, tomábamos vino.

Volvimos a hablar de trabajo en la sobremesa. Ajustes y planificación de un futuro imprevisible que, con toda posibilidad, acabará por desintegrarnos. Eso de la política y bla bla bla. (Esto es lo más lejos que hay de ser un escritor; mi vida es lo más lejos a una vida.) Rondaba la alegría y el optimismo, nos poníamos de acuerdo, nos organizábamos. Mi malhumor crecía y calentaba la olla a presión.

Hasta que surgió la discusión sobre la última acusación de verticalismo. El clima se fue endureciendo, Graciela se brotó y se fue llorando con un portazo que deshizo a los quince minutos para encapricharse como una niña hija única. Nos fuimos despedazando la posibilidad de lo colectivo.

El jueves eché un vistazo al material de Lo pedís, lo tenés . No me pareció nada, no me estimuló ni me deprimió, lo vi como un trabajo ajeno. En contraposición, Rodolfo se mostraba confiado. Después fui a lo de mis padres a ver el partido de Boca. Hablamos sin hablar, como si la escena estuviera despojada de afecto. Estaban más viejos pero no sufrían por eso. No sé qué soy, si éste es mi relato. Solo, vacío, ausente.

10:38

Recuerdo que debo dejar sentado un cruce y la trampa que otra vez me tendió. Había ido a un recital de Estelares con Isobel, Durarte y Marisa. Estaba excitado por el concierto y porque había manejado el auto de Isobel desde lo de Andrea hasta San Telmo. Caminábamos con frío sin saber a dónde ir. De repente, una chica le grita a Fede y en el segundo llamado reconozco a Scherbovsky quien viene corriendo y se sorprende al verme. Permanecí callado y distante, rencoroso y amargo espectador de otra jugarreta suya; en la despedida dije la peor y más puta palabra que podría haber dicho, esa que me deja tendido a sus pies para siempre porque la única referencia posible es al tiempo compartido con ella y a lo inmutado que parecía mi yo desde entonces, allá lejos y hace tiempo: deu. Los imaginé aquel día de la fiesta en Rodney yéndose juntos a garchar, los vi en su culto solipsista, que en eso eran idénticos. Al rato, mientas caminábamos, intentó disculparse lanzando una de sus pobres teorizaciones sobre cómo funcionan las relaciones humanas. Escupí sobre él sin responderle.

   
 
 
  Por Pablo Klappenbach
 
  El que se levanta a mear pierde.
Entrevista a Esteban Schmidt.
 
  La oración the Palermo, Osvaldo Baigorria.
  Este banquito en Palermo, Jorge Viera.
  ¿Cómo perdí mi Palermo? (Para una estética del exilio), Maximiliano Sánchez.
  Último intento, María Stegmayer.
  Ojos chinos y aliento a Zumuva,
Pablo Entrerrios.
  Mapa de Palermo, Horacio Lotito.
  Cuadros, Fogwill.
  Escuela de guerra, Carlos Correas. (Introducción: José Fraguas).
  El Otro Marx, Oscar del Barco.
 
  Entrevista a David González. Por Ársel Álvarez y Andrés Tejada Gómez.
  Loser, David González.
  El demonio te coma las orejas, David González.
  Contra los poetas, Witold Gombrowicz.
  Entrevista a Jorge Herralde. Por Andrés Tejada Gómez.
  Las cuarenta en los 40 de Anagrama, Santiago Ríos.
  Catálogo histórico final, Jorge Herralde.
  La censura, Jorge Herralde.
  Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, Raoul Vaneigem.
  Reflexiones y recuerdos a la deriva sobres los situacionistas, Mario Perniola.
  Contra Debord, Frédéric Schiffter.
 
  Flotar entre helicópteros,
Pablo Klappenbach.
  Cementerio y pogo, Juan Pablo Liefeld.
 
  El caos. Contra el terror, Pier Paolo Pasolini. (Traducción: Antonio Prometeo Moya).
  Escritos corsarios, Pier Paolo Pasolini. (Traducción: Hugo García Robles).