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15/9/06 - 9:04 PM

La posibilidad del amor otra vez se me escurre entre las manos. La posibilidad del amor no es más que la llegada de una caricia, lo es todo. Recuerdo que en otro tiempo, luego de largas temporadas sin entrar en contacto con la piel tibia de una mujer, el simple hecho de un beso me estremecía al punto de permanecer temblando varios minutos. Luego fue con el sexo que ocurría esa respuesta de mi cuerpo. Finalmente dejó de pasar, porque uno se acostumbra incluso a su propia muerte; pero no por eso el hambre se apaciguó, no aún, y queda la memoria del contacto y la búsqueda de eso que se extiende sobre toda una superficie carnal, que es todo ella y, a su vez, no tiene existencia.

Estaba esta chica alemana, Johanna -el mismo nombre que el de aquella uruguaya con cara leonina aunque germanizado-, a quien le impartí clases durante las últimas dos semanas. Es cierto que siempre que empiezo por hablar mal de una de mis alumnas termino por enamorarme, la misma trampa a cada momento; es igual de verdadero que no hay vez que estas historias acaben bien. Y en estos relatos, idénticos unos de otros, aquello que se modifica es la angustia con que vivo sus finales, la carga de ansiedad y desesperación que me inunda cuando es patente que se han agotado todas las posibilidades. Otra vez puse lo mejor de mi e intenté ofrecer una versión mejorada de mi mismo: cada día un vestuario distinto, bañado, hasta con un corte de pelo nuevo y la putísima esperanza de alguien que me haga señales, que tenga un gesto que no sea efecto ni consecuencia sino punto de partida (una mano tibia en mi cuello erizado o el roce de sus dedos acercándose).

No hay gratuidad mas, al contrario, la economía de los cuerpos tiende hacia una precisión de relojería suiza y es en el instante en que lo percibo cuando la ciencia ficción deviene verdad narrativa. Es el reverso de mi experiencia como viajero, su inversa mejor dicho, la nulidad de toda trascendencia de los límites del cuerpo. Pienso en las novelas de Viñas, las primeras especialmente, tan fálicas, con los tipos sintiendo el paquete, directos, confiados en su masculinidad o, más allá, sintiendo la materialidad del ser. Al contrario, este relato carece de sustancia y queda rengo en el idealismo de una primera persona inexistente. Hasta Baudrillad en sus Cool memories se da el lujo de hablar de mujeres. Aquí no hay nada, salvo un puñado de recuerdos cada vez más desechos, como una servilleta de papel se desintegra al contacto con la grasa. Y ya no quiero agarrarme del rencor simplista que enfrenta al sudaca con la europea acostumbrada a todo, ya no, es el juego fácil al que me invita la bilis. Quizás sea cierto lo que el estúpido texto peninsular decía sobre los hemisferios cerebrales: las emociones están del lado derecho, el que, calculo, menos he desarrollado. Y lo confirma que me haya ido sin saludarla, sin siquiera desearle suerte o buen viaje. Pero corrí a las pocas horas a un cyber para ver si no había recibido un mail suyo en una vieja casilla que pudo haber copiado de la postal que le regalé con una foto de Berlín que saqué en el tiempo de Scherbovsky y donde me diría llamame, te extraño. A las mujeres no les gusta cierta sinceridad rancia, una penumbra que habita en las palabras, mi pesimismo.

9:41 PM

Hace dos días recibí un llamado de un hombre buscando a Pablo Klappenbach, al otro. Decía haber recibido un mail donde anunciaban la proyección de una de sus películas y quería contactarlo. Volvió a llamar al día siguiente y entonces, sí, pude hablar con él. Lo extraño del caso es que, en cierta forma, se había interesado por el efecto de mi nombre publicitado en un mail, desinflándose esa curiosidad con la transpolación de las letras del nombre a un cuerpo que no alcanza a figurarse. Quise parecer divertido por la situación, pero lo cierto es que evité toda posibilidad de involucrarme con mi otro yo, eligiendo la ignorancia en lugar del conocimiento, evitando el riesgo trágico que nos enseña Edipo. Son esas decisiones, tontas, mínimas, las que deciden finalmente el camino de una persona. Y es en ellas que se revela nuestro personaje, donde encuentra el trazo que lo nombra, el desarrollo de sus atributos. En efecto, es así que elijo la falta de experiencia y empequeñezco, voy podando cualquier capacidad de realización como héroe narrativo. Me quedo con estas especulaciones como la mayoría de nosotros, pobres lectores y peores escritores, como esas multitudes que eligen hacer cine por pereza y falta de habilidades retóricas para usar la palabra, que prefieren la moda de la imagen con la fantasía de hacerse un nombre, convertirse en estrellas. Igualito igualito, ni una diferencia que particularice, nada de donde rascar un fruto.

10:04 PM

Ayer se proyectó La ciudad rebelde . Habría unos diez espectadores que hablaban por celular, se movían, iban al bar, pero logró llegar hasta el final sin que la sacaran y con eso me conformo. Estuvo Durarte, reaparecido después de un tiempo en que me propuse ignorarlo. Avisé a cuantos pude y de diversas maneras, logré convocar a un puñado y obligarlos a mirar las imágenes. Conseguí que un gallego comentara el material en la revista del circuito, armé mi circo y me acosté tardísimo. Comimos dos choripanes recalentados con Durarte y tomamos coca-cola sentados en el colchón de su habitación a la luz de un cartel rojo de neón que dice EL. A las 2:10 caminé hasta la parada de colectivo y esperé unos cuarenta minutos. Desesperado salí en busca de un cajero por el que había olvidado pasar. Pensaba tomarme un taxi con el dinero pero estaba cerrado, ahora le ponen llave a la noche para evitar no sé bien qué, y tuve que optar por otro que me cobraba un recargo ya que no era de Banco Río. Saqué $40 y a los pocos minutos llegó el 151 en su versión diminuta. Eran las 3:15 y el colectivo rebalsaba.

 

16/9/06 - 11:39 PM

Trelew en el Premier a las dos de la tarde. Cuatro personas en la sala y el proyector que se iba de foco en el tercio derecho de la pantalla, la cual estaba rajada en sus esquinas; bajaron las luces con los títulos empezados y, más tarde, en la oscuridad podía verse gente pasearse detrás del lienzo blanco. Es un poco la idea de la militancia en esta época: pocas personas en un salón venido abajo preguntándose por qué no habían nacido a tiempo. "Era una fiesta, verdaderamente", dice una de las protagonistas de la toma del penal. Y uno que se preocupa por fumar menos, los pulmones y qué se yo, que cuántos días lleva sin tomar merca y el dolor de cabeza, una vida sana, una vida ejemplar, contentándose por ir al cine y ver una película off un sábado, uno que se contenta con tan poco y así está hecho el nuevo orden, dejándonos irremediablemente adentro, con el celular y el alquiler al día. No son tiempos heroicos.

 

23/9/06 - 10:02 PM

Es evidente que escribo para tener algo que hacer mientras tomo. Fui a los chinos de San Juan y agarré un Capri, de oferta, y una Coca de 2 ¼ lt. En la línea de cajas tuve que optar entre el padre, siempre de sport a la oriental , intentando dar una imagen de seriedad que imponga un mínimo respeto, y la hija, el pelo teñido de castaño cayendo lacio sobre la gracia de su cuerpo. La elegí a ella, claro, e intenté ser todo lo agradable que permite una transacción tan fugaz, esforzándome por ser recordado. A cada una de mis líneas ella respondía con comentarios maquínicos de cajera anestesiada que sigue el protocolo que su padre habrá inventado en largas noches de desvelo. Lo cierto es que, de seguro, me habrá imaginado como un borracho que sale desesperado un sábado a la noche a última hora, antes del cierre de toda proveeduría, a buscar su ración de alcohol que lo mantenga en vida. O quizás ni siquiera se haya formulado descripción alguna de mi mundo privado y sea yo quien se representa a sí mismo como un ser patético y solitario.

Ayer vi a Iggy con los Stooges. Me encontré con Andrea en la Esso de Libertador en medio de una lluvia furiosa. El programa se ponía en duda pero ahí estábamos, confusos y juntos, queriendo un poco de juventud rockera. Algo flotaba en el ambiente y no era por casualidad: nos habíamos reencontrado sexualmente el martes después de la proyección en Orbis y, como suele sucederme, todo había quedado bajo un manto de silencio o disimulo que empezó el miércoles en una reunión para escribir el editorial junto con Isobel. Una sensación de placer, culpa y rechazo me mareaba, imposibilitando cualquier pensamiento y menos aún cualquier sentimiento. Estuve más frío y distante que cualquier día, pero ahí estábamos, buscando un punk que no existía.

Adentro, es decir en el club donde era el festival, nos esperaba Joaquín, siempre imprevisible y corrosivo, potencial destructor de cualquier equilibrio, estabilizador del desorden y la tensión. ¿Quién? ¿Quién? ¿Quién podrá ayudarme ahora? (...) Si tan sólo pudiera quedarme dormido ahora y no despertar. Y salió Iggy y no nos provocó demasiadas emociones, nos sentíamos lejos del calor de un cuerpo que se tensa y se contorsiona, se agita para una multitud que le devuelve la entrega con salivazos en forma de saludo. Iggy hacía todas las payasadas previstas: se tiraba al campo donde lo abrazaba el público, se revolcaba por el piso dando precisos gritos, dejaba subir y bailaba con cuarenta tipos incrédulos. Fue ahí que la distancia asumida me golpeó con fuerza: mientras se daba esa representación, de por sí dudosa, de democracia rockera que era la estrella rodeada de fans, la cámara -todo el concierto estaba perfectamente "cubierto" por cámaras en mano, grúas y pantallas gigantes, editadas en el momento- podía captarlos sin ser perturbada en absoluto. Mientras treinta años antes era impensable que una cámara tuviera la libertad de enfrentarse a supuestos punks liberados en medio del escenario, ahora la escena se representaba con perfecta naturalidad de actores profesionales en medio del set. Es una reflexión que a esta altura no va a llamar la atención de nadie, pero en ese momento no pudo sino despertar en mí la alarma de estar presenciando no tanto una puesta en escena -lo cual, a estas alturas, ya es inseparable de la realidad o lo que sea que creemos que nos pasa y que consideramos como verdadero- sino la adhesión plástica y perfecta de las personas al entretenimiento. Lo deprimente del caso venía por el hecho de estar en cuerpo presente, ser parte de esa naturalización, y a su vez de que eso ocurra con lo que otrora fuera uno de los creadores del punk. Joaquín y Andrea se metieron en el pogo minutos después, mas sólo pude quedarme ahí, espectador de los espectadores, comentador de algo ajeno pero propio. Asumir esa distancia mata lentamente y seca el árbol de vida que se supone que es una persona, ya que lo que aniquila no es otra cosa que la capacidad de involucrarse en la sociabilidad del mundo. La pregunta por la existencia misma de los lazos sociales es una pregunta que se extiende sobre una queja: no puede ser que con sólo pisar la calle nos enfrentemos al efecto de lo falso, evidente copia de lo que se supone es la vida. No puede ser, pero es.

Hoy, como todos los sábados o días libres del trabajo, fue un día raro. Me desperté temprano para enterarme que no había fútbol a causa de la lluvia y ya no pude volver a dormirme completamente. Me prendí al televisor donde daban, primero, Jim et Jules . Es una película hermosa donde Truffaut problematiza la existencia del amor como trampa burguesa sin dejar de bucear en ese entramado que son las relaciones amorosas en busca de una vía de escape, un rescate para nuestra existencia y la necesidad que tenemos de tocar otros cuerpos: si el amor no es más que una institución burguesa, dice, ¿qué hacemos con los afectos, esa pulsión hacia la piel del otro, hacia su calor? La belleza y la sinceridad de la película no me tocaron, sin embargo, como si de ese racionalismo que tenían los personajes franceses no hubiera ningún elemento que incidiera sobre el núcleo de mi sensibilidad. Terminada la emisión comenzaba Dancer in the dark y, al contrario de esa franchutada que tanto me recuerda a Laura, me encontré llorando casi desde el principio. Es que si Lars von Trier es posiblemente uno de los mejores directores vivos se debe a que jamás renuncia a su brutalidad para hacer una película. Todos sus golpes bajos y efectistas alcanzan la categoría del mito, pues ellos resultan paradojas punzantes sobre el ser humano: interpela porque escenifica nuestros mayores temores y elabora con ellos las mayores preguntas, los mejores insultos, pegando donde duele (¿qué más desgarrador que verla a Björk tanteando el espacio, perdida entre la inmensidad de objetos que es Norteamérica?). Tiene razón Cozarinsky cuando dice que en la carrera del prestigio el que elige el medio del camino pierde: Lars von Trier siempre es sucio cuando actúa, no hay ética para armar la imagen más que la de ser lo más efectivo que se pueda, lo más profundo también. Y por eso su película -hecha en video, sin el ratio armónico del celuloide- se construye sobre la banda sonora, representando nuestra ceguera frente a la violencia mediático-política que nos rodea.

 

7/10/06 - 1:00 AM

Recupero mi ordenador. Estaba lleno de virus inexistentes, lo abstracto construyendo su propia amenaza. Una infección que hay que atacar como si habláramos de nuestra mascota o nuestro hijo. Es una versión mucho más sofisticada del Tamagochi, ya que la alimentación necesaria del sistema-organismo presenta siempre el riesgo de intoxicación, empacho, descalcificación o anemia virtual; el cáncer no siempre tiene cura y los transplantes pagos son legales, siempre y cuando se tenga el dinero, claro.

Hay que convencer a las personas de que el trabajo que uno hace vale la pena. Pero, ¿quién quiere andar jugando al vendedor de su propia alma? Finalmente nos damos cuenta de que tenemos precio y el monto es irrisorio.

La madre de una alumna del secundario pidió una cita conmigo. La primera vez no entendí que la fecha había sido concertada -más bien no fui avisado- y esta mujer se acercó a la escuela inútilmente, pues ya me había retirado. Entonces fue necesario poner una segunda y hasta una tercera fecha en la que sí logramos encontrarnos. Temía al encuentro puesto que una serie de hechos se habían producido durante el año en los que quedábamos involucrados tanto su hija como yo. Y no eran la mejor publicidad disponible.

Lo primero que ocurrió fue en el chat, no sé por qué se me ocurrió que no sería un problema darles mi dirección a los alumnos dado que rara vez utilizaba este servicio. Además, como antiguos alumnos lo tenían y nada extraño había pasado, más allá de que no les prestara demasiada atención, creí que hasta podía tener cierta gracia. En esa época me conectaba para encontrar a Alu, al principio, y luego a raíz del trabajo de traducción de las aves. Resulta que la chica esta decidió en un momento dado declararme su completo y adolescente amor, una pasión tan irrefrenable como, ya lo sabía, traicionera. Entonces sólo atiné a ignorarla olímpicamente, contestando con evasivas o llamándome al silencio. Continuó insistiendo con su corriente descaro tanto por el chat como personalmente, toleré cada una de sus agresiones e impertinencias durante las clases; también me enojé y le contesté de mal modo, intentando, por qué no, ridiculizarla con el fin de lograr que cierre su bocaza. Pero sumado a esto llevaba adelante una técnica didáctica poco ortodoxa: llamaba la atención de los alumnos que perturbaban el diálogo de la clase con tizazos que generaban risotadas generales y un breve período de atención. Actitud de progre, que le dicen, porque todo terminó un día en que pedía silencio con vehemencia y, de repente, me llovió un proyectil de tiza. Mi enojo -era un día lunes, cuando uno se plantea tres o cuatro veces por minuto qué carajo está haciendo con cuarenta pendejos en una habitación- me llevó a cavar lo que, quién sabe, tal vez termine siendo mi tumba. Dije que quien hubiera sido el autor del hecho que lo dijera, porque peor iba a ser cuando llamara al "Regente", encargado máximo de la administración de disciplina de la escuela. Como el silencio reinaba -no piensen en un Fuenteovejuna , al contrario, era un mutismo que se desgarraba con la tensión, fruto del enfrentamiento entre subgrupos- tuve que cumplir con mi palabra. La pendeja, Dominique, terminó confesando sus culpas con entereza, aunque demasiado tarde. Debí elevar una sanción que recaería, esto es lo crucial, sobre una alumna que tenía graves problemas de conducta y más graves inconvenientes académicos.

Por fortuna pude atisbar en los nuevos comentarios de Dominique, y gracias a la dilación de la cita, las críticas evidentes a mi proceder que antes había despachado de mis pensamientos con una soberbia que muchas veces domina mi razonamiento. Fue gracias a eso, sumado a la insistencia de la mujer en hablar conmigo, que las pistas se vincularon tentativamente en mi cabeza y pude asistir a la reunión con algunos argumentos a mano.

En el primer enfrentamiento lo que más me sorprendió fue lo pronunciado de sus ojeras, de un tono que iba del rozado al amarillo amoretonado que sabe portar la mujer golpeada. Me inquietó la imagen inicial de esta mujer, aunque también me intrigó la biografía de quien bien podría convertirse en mi verdugo. Lo cierto es que nos sentamos escritorio de por medio y comenzó un ping pong en el cual quedaba clara la potencial debilidad de ambos bandos: ella porque quería mantener a su hija en la institución; yo por no perder mi trabajo, pero más todavía por el pánico que me producía la posibilidad remota de tener que atravesar la defensa de acusaciones vinculadas con el estupro. Me figuraba perseguido por una horda hipócrita de padres escoltados por una multitud traidora de alumnos enfebrecidos. Me veía en la hoguera de la estupidez, colgando de un palo y cociéndome a fuego fuerte (¿cómo sabría mi carne si se la dejara expuesta a las llamas? ¿serían capaces de jugar con mis tendones en una gran mesa tendida a lo largo del amplio patio central?). No perdió oportunidad esta mujer de hacerme saber que estaba al tanto de lo ocurrido en esos diálogos cibernéticos, sin sonrojarse y con una frialdad seriamente calculada, invitándome luego a dar el visto bueno a la continuidad de su hija si fuera necesario. Y claro que acepté, intentando no ser tan chabacano, suponiendo una distancia pronunciada que me alejara de ese fango que son los intereses personales. Pero negociamos, al menos por ahora y siempre y cuando la chica se mantenga dentro. El peligro, todavía, no pasó. Al corregir su examen que busqué entre la pila y lo acomodé primero, intenté ser lo más flexible posible mas sólo conseguí arrancarle un cuatro a esa hoja de garabatos, mientras recordaba a la madre repetir cuánto se había esforzado por leer todo el libro. Como Lolita, la chica tejía la telaraña de un laberinto cuyo centro no era más que ella misma.

 

9/10/06 - 1:32 AM

Voy al rodaje de Laura y estoy haciendo una concesión. De alguna manera siento que me embarro las manos, o sea, que acepto el juego a la vez que actúo por temor. Temor de decir el desprecio que me provoca la situación, la ira que se arraiga en el centro de mi cuerpo como una raíz de pino. Ocupar el lugar que se me indique y colaborar en el concierto del universo en pos de una armonía humana que canta la gloria de la vida.

No. Quiero ser agresivo, tacaño, monstruo huraño y soberbio. Sueño con la destrucción de esas ciudades que se tejen en las cintas de grabación, me pierdo en fantasías de tierras dominadas por una guerra civil, veo el destierro y la sequía en departamentos arrasados y escombros que dominan las calles. Camino como loco intentando entender pero el desaliento gana la partida y acabo tirado en la zanja que es mi cama, un espacio húmedo y musgoso donde los pastizales se elevan cual torres de gran categoría.

Ceder un palmo es el peligro máximo, con eso se arriesgan las pocas posesiones que nos quedan. Aunque en verdad estoy solo en ésta (bueno, siempre se está sólo, algo que nos duele en el pecho y retumba en esas paredes grises de acordeón). Con las botellas de alcohol etílico que quedan preparo una bebida a base de mate que ya agujereó mi estómago y me hizo sangrar por el culo, lo mismo que esos cigarros de hojas secas de eucalipto me arrancaron la voz a pellizcones y rastrilleos. El tiempo pasa y lo compruebo en la resistencia de mi cuerpo a colaborar con el número: antes tenía más flexibilidad, los dientes blancos y respiraba sin problemas, decía "te quiero" pero no "te amo", reía y conversaba sobre temas varios, contaba desopilantes anécdotas, rechazaba el olor a piel de viejo y hacía amigos. Ahora gruño y muestro los colmillos ante la posibilidad de la alegría, sin jamás dejar de planear una explosión de tus torres gemelas.

Cuando se negocia se tiene el odio carburando silencioso, mudo pero pensante. Es política cada vez que te digo que sí, cuando acepto que me tortures y cuando te odio también. Te jode que te boicotee pero aceptate en mí cuando ladro: la heine atisse la heine.

 

12/10/06 - 4:12 PM

En el día de la madre hice una excursión con mi familia a una granja ecológica. Acepté la invitación ya que creía importante reunirme con ellos fuera de los espacios habituales, la casa de mis padres o la de mi hermana. Fue un domingo, claro, y tuve que levantarme temprano, sobrellevando una borrachera que en verdad era la curación a una resaca de merca. Cuando me ofrecieron la salida pensaba que se trataría de un campo donde no utilizaban productos químicos y demás, cuyo atributo máximo sería un efecto mayor de realidad en la comida, pollos sabrosos y pan casero. Pero ya en el viaje, que superó ampliamente la hora y media que me habían prometido, me informo que no nos estaba esperando la provoleta con la que había fantaseado toda la noche anterior y que hizo que me acostara tranquilo y esperanzado. No, el lugar era un reducto de ecologistas que, supuse sin equivocarme, eran unos fundamentalistas capaces de tomar las armas si uno les tiraba el humo en la cara.

Sin embargo, ahí estaba la familia y la ruta soleada, el campo extendiéndose a ambos márgenes, el aire puro. No pensaba dejarme arrebatar por los atropellos de una banda de forajidos pequeñoburgueses que presentaban su rencor más profundo como amor a la tierra. Unos fetichistas, pensé, y desde que llegamos y nos recibieron con un beso, nos mostraron el funcionamiento de los baños (que separaban, no entendí cómo, la mierda del meo) y nos sirvieron pizza y arrollado de verduras hechos con harina integral, sin alcohol, sin café, supe que esos tipos, bombas viejas trasladadas a la campiña para desactivar o hacer estallar en medio de la nada, eran jodidos. No se trataba de sucios hippies tirados en el pasto mientras sus hijos se hacen encima o caen en un pozo ciego; mucho peor, estos tipos eran hippies que habían tomado una iniciativa al darle sustento ideológico a la conformación de lo que ellos llamaban "La aldea".

Terminado el "almuerzo comunitario", al que llegamos con una hora de retraso, comenzaba la visita guiada por la chacra. Luego de una breve introducción a cargo de un voluntario, apareció un hombre sucio y barbudo, probablemente un gurú o capomaffia, quien nos llevaría a través de su universo de caballeros, doncellas y dragones para enseñarnos cuánto mal había en el mundo y la forma de contrarrestarlo. Aprendimos el sistema del agua, su forma de purificación sin productos químicos ni energías de segundo grado, el área ritual del bosque, en donde habían aprovechado un círculo de cemento anterior a su llegada, pintándolo con curvilíneas que eran el producto simbólico de un suflé de orientalismo respirable en todo el predio; vimos la huerta, fertilizada con orina humana según técnicas "millonarias (de millones de años)", el sistema de producción de energía eólica; vimos y escuchamos los fantasmas combatir cuerpo a cuerpo en su mente, pues eso era lo que se abría en ese recorrido. Conocimos su odio a todo aquello que negara su entereza identitaria, los deseos más escondidos que ni él mismo podría reconocer en su voz, en la articulación de sus frases. Vimos la decadencia de un hombre caminando la cincuentena, llorando su tragedia de no elegido, escribiendo su versión de La guerra de las galaxias , más alucinada, más demente aun que la de George Lucas.

Sus embates se hacían más y más pronunciados. Los niños -lúcidos o alienados, quién sabe- hacían oídos sordos a las elucubraciones teóricas de este Maquiavelo de provincias, y no tardó en llegar la agresión solapada que, al mismo tiempo, era una crítica a sus padres por consentirlos y hacerlos parte del mundo del consumo. Mis sobrinas hicieron todo el recorrido entre aburridas y ajenas, acostumbradas a divertirse con sus propias ficciones lúdicas. Una arrastraba su mochila de Barbie en la que cabían algunos de sus antídotos contra el aburrimiento; la otra, más práctica, acudió al celular de su padre para jugar durante el trayecto. Ya en el final el hombre, excedido por tanta indiferencia, lanzó una serie de provocaciones muy sutiles a partir de un "cuántas mochilas, cuántas cositas que traen hoy". Fue en la parte final y crucial de la visita, aquella en la que él discurría sobre la construcción del refugio, el diseño de la casas. Primero vimos una casa en obra, donde su paciencia autosuficiente le permitía esperar que a los visitantes terminara de intrigarles y de maravillarlos el grado de organización de la aldea, un lugar que, por otra parte, no dejaba de exaltar lo primitivo, como si se nos estuviera diciendo, en cada momento, cuán pecadores éramos por no volver a ese estado original donde la sociedad todavía era un tejido sano. Así nos llevó de estructura en estructura, discurriendo sobre materiales y diseños, técnicas y filosofías del hogar, dándose tiempo a pensar una teoría arquitectónica única para lo que llamaba "la sociedad post petróleo". Cada frase, cada emisión de su discurso oscilaba entre el asombro y el enojo por la falta de lo que, sin duda alguna, consideraba la recepción adecuada de ese sentido único, ese llamado ante el cual no había posibilidad de resistirse.

Como un refuerzo llegó la frugal merienda en el mismo lugar del almuerzo, a un costado de la casa principal, una especie de club house de country para artesanos. No había más que mate y té, nada para masticar; nos propuso reunirnos para hablar de las ideas de cada uno, los sueños que teníamos para el futuro. En este punto no aguanté más y me fui a tirar al pasto, mientras el tipo me seguía de reojo, desconfiado. Quería guardarme el sol, el campo y el viento de primavera acariciándome. Por suerte, no logró seducir a nadie de mi familia y partimos no bien hubo terminado la charla. Mi cuñado, tal vez movido por un sentimiento de culpa a causa del mal trago, propuso ir a conocer Navarro, el pueblo más cercano. Entonces sí pudimos tomar helado y café sentados en una mesa sobre la calle. Hasta ese momento no habíamos terminado de comprender el complejo discurso, mezcla de ciencia religiosa y religión científica; recién ahora entiendo que lo que buscaban era personas sedientas de algún tipo de agrupación a la cual aferrarse, gente tan desesperada que esté dispuesta a tolerar cualquier dogmatismo, igual que las iglesias esperan por esos espíritus sobornables y de fácil manipulación. Es así que toda asociación de hombres que buscan transformar el mundo se fortalece con la imposibilidad de su proyecto, emperrándose en conseguir lo imposible, transformándose poco a poco en potenciales guerrilleros de cualquier guerra que todavía no fue soñada sino que se esconde en algún futuro.

¿Quién tendría razón si llegáramos ahora al fin del mundo? ¿Las primeras o las últimas religiones? ¿Se definiría por el grado de cercanía descriptiva de dicho final? ¿Sería esto posible? ¿Cómo acordaríamos la llegada al paraíso, siendo que algunos dicen que es hacia delante y otros hacia atrás, en el principio de la cinta? Utópicos y ucrónicos, la humanidad entera movida por un malestar transversal, una bisagra que recorre cada fracción, cada extremo del cuerpo. Como estas manos que ahora quieren atrapar el tiempo en el que mi familia entera quedaba confinada a ese vientre en movimiento que es el automóvil.

19/10/06 - 12:56 AM

La escritura es una forma de evitar a Gastón. Nadie lo dice, pero uno anda esquivando el encuentro como si fuera un vampiro y escapara de la luz diurna. Hay presencias que significan el vacío, que despiertan la mayor insatisfacción y entonces hay que tener una excusa (hay que tener una excusa para estar vivo, disimular con alguna ocupación). Cáncion llévame lejos, donde nadie se acuerde de mí, suena en la radio, es demasiado obvio el clima dramático. Sin embargo no siento nada. Nada. Es más, me conformo con la taza con cerveza que queda.

El viernes hubo otro cierre con Andrea. Otro terminamos, nos estamos destruyendo y yo no siento lo que vos, no estoy enamorado y puedo saberlo, aunque preguntes, puedo saber que no te amo, y vos preguntás y con eso no hay manera de esquivar la realidad, que me gusta estar con vos y hasta un polvo de esos bizarros que nos pasan, pero después sólo quiero que te vayas, expulsarte de mi vista, ya no sentir tu piel. Y te vas con la lluvia torrencial que se larga a los cinco minutos y te imagino odiándome, ya no importa que te llame el lunes feriado, da igual, la única posibilidad es que incubes un odio profundo que ni siquiera sabés; es lo único que hago realmente trascendente, que transforma el entorno: terminar vínculos con mujeres que a partir de ese momento sólo pueden detestar mi persona.

Nos encontramos en su casa para trabajar sobre unos textos de la revista del circuito. Ya sabíamos que pasaríamos toda lo noche juntos pero dejamos que el tiempo se suceda de a poco, sin apurarnos. Tomamos fernet y cenamos, ella lo eligió en el chino y era obvio que había en él cierta representación lujuriosa. La idea de la merca calentaba nuestra cabeza haciéndose una con el simple hecho de salir del departamento. Fuimos atrás de una punta en La Cigale, cruzando el centro, caminando por calles que no se terminaban de acostumbrar a su nuevo estilo de sitio para turistas. Ya adentro, habiendo hecho caso al guardia que en la puerta dijo que me quitara el buzo que llevaba atado al bolso, luego de que una mujer hubiera golpeado una de las cañas de cerveza que transportaba de la barra al lugar donde estábamos parados, regando mi remera, Andrea divisó al viejo que vendía. Rubio de pelo largo, lo que le quedaba, camisa salmón y una incoherente apariencia de ex jugador de rugby hacían, a pesar de todo, el más concreto distribuidor de drogas a la vista. Ella fingió naturalidad y lo saludó con un beso, él fingió conocerla. De inmediato, se dirigieron al baño. El alcohol se había acumulado en el cuerpo y, cuando volvió con la provisión, Andrea hablaba en voz alta, riéndose y llamando la atención, sobre la merca, los dealers y la manera directa y confianzuda en que lo había encarado. Terminamos la cerveza y salimos.

Íbamos a ver qué había en Tabako, un reducto de San Telmo en el que nunca había estado pero que, según ella, podía haber alguna banda o, de última, podríamos tomar. Porque a mí me había dado paranoia tomar en La Cigale, tan para extranjeros aún en su decadencia, tan para ratis.

Cruzamos las calles desiertas del centro, nos cruzamos con patrulleros, una mujer ingenua, unos hombres que dormían en la calle. Atravesamos Plaza de Mayo y nos acercamos a San Telmo, con la esperanza en el paso. Esquivamos las sillas en las calles, la gente en bares mediocres, las vidas pobres. Llegamos a la puerta y pasamos sin pagar. Adentro tocaban "I believe in miracles". Era un sótano con columnas en el medio dificultando la visión del escenario. Las paredes tenían burdos ladrillos a la vista que nada tienen que ver con la estética menemista, sino que eran ésos usados para la construcción de paredes en edificios que luego serían cubiertos con revoque. Contrariamente a lo que suponía, en el escenario había una banda de heavy metal suburbana, alentada por la generosidad de sus amigos y una extraña pareja de europeos. Tomamos merca, cada uno a su turno, en el baño junto al escenario, casi a la vista de todos, impunes a causa de ese coraje estúpido e inconducente, por esa fuerza que es en sí misma, sin transformaciones posteriores.

 

18/11/06 - 1:34 PM

Y el relato se astilla, los pedazos saltan por los aires, se clavan en la piel que se mancha de sangre y tal vez se pudra. Son historias que se cuentan todo lo que se puede hasta que invariablemente acaban por deshilacharse: narrarse es un acto de egotismo mutilador, el goce de verse transformado en vacío, de alcanzar el punto último de la línea.

A esta historia la interrumpieron los límites de una técnica arcaica y defectuosa, que se ve empujada por el mercado al terreno del deshecho. Ser pobre es entonces tener un pensamiento atrasado, una idea de libertad que, al suceder, resulta inocua. Es una manera de soñar lo que para otros es realidad hace rato, una utopía que hace tiempo ha dejado de ser tal. La computadora se había resistido a funcionar y el servicio técnico oficial, último reducto al que me condujeron, se negó siquiera a mirarla. A cambio ofrecían cambiarla por una nueva, previo pago de una suma exorbitante. Y es así como se persigue la zanahoria, agitado, tosiendo.

Los sucesos de aquel día con Andrea terminaron mal, acostados en mi cuarto, enfermos de la cabeza, diciéndole que quería que se fuera. Después de que se metiera merca en la lengua y me chupara la pija ocurrió lo que siempre, la sensación de muerte que me invade después de acabar, la imperiosa exigencia de no tener más nombre, ni cuerpo, ni palabras.

Pero la historia en sí termina después -aunque siempre haya un final más-, cuando en un recital, minutos antes de que apareciera Beastie Boys, justo en medio de la multitud, brotan como lava de volcán palabras falsas que, sin embargo, dicen otra verdad. Vos querés que sea tu novio y yo no quiero, le dije, y con eso creo que empezó a odiarme. Ahí la presión de la masa de gente ya no nos mantenía juntos sino que se interponía definitivamente. Me voy, entonces, repitió un par de veces. Y la vi alejarse y me reía de los nervios, de estar separándome de alguien en medio de tantos cuerpos y ya no saber si habría otra posibilidad de amar.

Y así se borran de la lista amigos que parecían más o menos intachables: Sabrina, con quien ya nos cansamos de intentar cualquier tipo de relación; Rodrigo, para quien no habrá más punto de vista que el suyo y, por lo tanto, ninguna forma del otro; Joaquín, que después de no haber escrito el texto que nos había prometido para la revista dejó de hablarme; Laura, a la que ya no pienso intentar modificar, pero con la cual tampoco tengo intenciones de entrar en su universo de manipulaciones y desprecios innombrados, aunque apoyados en gestos definitorios; Andrea, cuya insistencia en formas alternativas no pudo más que confirmar la fuerza de los modos de relación hegemónicos.

Ayer, si es que permanecía en ella algún resto de afecto por mí, lo debe haber liquidado. Si es que en su sangre seguían circulando despojos amorosos ("vos lo que querés es que yo te quiera todo el tiempo", me dijo), no hay duda que logré que los expulse a través de la orina, como un deportista consigue quitarse los anabólicos que tomó para engrosar los músculos de su cuerpo y, llegado el tiempo de la competencia, en un cálculo muy científico, ya no hay huella de ellos. Pues bien, resulta que el jueves fue su cumpleaños, aniversario que ella eludió nombrar en la reunión del circuito y en los mails generales que recibo. Claro que lo intuí, recordé la proximidad de la fecha, pero no pude pensar que sería anteayer. Y lo peor es que le deje un mensaje, lo más impersonal -e irritable, seguro, que puede dejarse- sobre una proyección. Cuando el viernes llamó -nuevamente, la distancia de frío seco, filoso- porque quería hablar con Rodrigo, todavía me mantenía ignorante del hecho. Y ahora, sabiéndolo, apenas puedo intuir alguna idea de fin.

 

30/11/06 - 12:23 AM

Ah, terminamos el primer corte de Lo pedís, lo tenés . Confirmado el buen trabajo de La Chancha -para algunos una sorpresa-, confirmada la solidez del guión, comprobada la fuerza de la fotografía. Debería ser el hecho que me empujara a la felicidad y el optimismo. No. Los hechos siempre están moviéndose, siempre se los dice de otra manera. Me explico.

Llegó el final de noviembre y con eso el fin de la cursada escolar. Durante una clase se acercó el director de estudios a decirme que los alumnos de quinto año me habían elegido para dar el discurso final. Le dije que aceptaba y desde ese momento comencé a sentirme inquieto frente a la fuerte exposición que vendría. Lo que pasa es que calculaba que un buen discurso me posicionaría favorablemente dentro de la institución y, a decir verdad, no venía nada mal un poco de oxígeno en mi carrera docente. Preparé el discurso en una hoja con membrete del instituto de español para extranjeros. No era más que un apunte esquemático de lo que quería decir. Lo fui retocando y llegué al día D con un hilo más o menos fino.

Al llegar a la escuela vinieron a saludarme muchos de los que ese día se graduaban. Me llamó la atención verlos a todos vestidos de traje y corbata, pero supuse que se debía a esa sobredimensión típica que otorga la escolaridad a todo final. Mas, al ingresar al teatro de la escuela, vi que todos vestían igual de formales que los alumnos y pude comprender entonces la solemnidad del acto. No podía más que contrastar con mi remera de Kenny de South Park y mi camisa abierta y me decidí por jugar el personaje que me tocaba. Debo admitirlo: me encanta ese lugar provocador desde el cual llamo la atención. El problema es que entonces debía dar un discurso perfecto, que apelara a las emociones pero que también fuera sólido teóricamente.

Seguí el desarrollo del acto con más o menos atención, sudando la gota gorda. Escuché los distintos discursos, aplaudí en la entrega de diplomas y analicé con desprecio el discurso del egresado elegido, conciliador y grasoso. Luego llegó mi turno. Temblaba pero pude concentrarme en la respiración y encarar los escalones que me dirigirían hacia el escenario. Una vez arriba no podía ver demasiado: una luz cenital enfocaba directo en mis ojos. Pronuncié mis palabras sin tropezarme, siguiendo cada uno de los pasos previstos. Hice un pequeño chiste, diserté sobre la libertad a partir de unos conceptos robados a Jacques Ellul, los apliqué al evento que me convocaba, toqué suavemente los sentimientos del auditorio, convertí a Calamaro en poeta y me fui, temblando como una hoja.

Una vez abajo del escenario la institución se hacía más real que nunca. Estaban los que me saludaban con efusión, los que apenas si cumplían con un saludo obligado, los que ni me dirigían la palabra. Esos que sé que esperan hacer de un resbalón mío una caída, los que no aguantan más y ya quieren que venga el momento de ponerme en la guillotina. Y ese momento está al llegar, puedo percibirlo, todo lo que puedo hacer es ganar tiempo y acumular días como empleado que hagan más costoso mi despido. Me causa cierto placer el hecho de estar cavando mi propia fosa a cada paso. Por ejemplo, este texto podría incriminarme o, más probable, las imágenes del mediometraje son casi una forma de autoexpulsión, con ese primer plano tomando merca y recogiendo los restos con el dedo. Mientras, ellos afilan los cuchillos.

Es que nos gusta el olor a carne cociéndose al fuego. Las papilas gustativas producen litros y litros de saliva ante la proximidad de los pedazos de cuerpo que ya nunca podrán volver a juntarse.

12:49 AM

En mi casa reina una armonía frágil. No es difícil amigarse con Rodrigo: unas cervezas bastan para estimular una fraternidad de borrachos. Con Gastón la historia es más pesada, pero un par de encuentros ratifican cierta confianza. Sin embargo, la mugre aumenta, acumulándose en costras que conforman un nuevo suelo. Y mi furia, que puede parecer inocua, tan parecida a un géiser, puede también ser lava y arrasar con todo.

12:56 AM

Andrea hace la guerra diciendo que quiere la paz. Me envía mails provocadores jugando el rol de la eterna discutidora, la que siempre va por más, una nueva posibilidad, otra forma de encuentro. Pero ya no le creo. En cada palabra suya siento el rencor por no haberla querido, única culpa de la cual estoy dispuesto a hacerme responsable. Pero ella lo sabía desde el primer día, cuando me invitó a dormir en la misma cama y yo la rechacé, pensando aún que se trataba de la ex de Laura, creyendo inconveniente meterme por esos caminos sin duda sinuosos. Si finalmente acepté ir a la cama con ella fue porque, sí, despertaba mi deseo, aunque se tratara de algo muy fugaz que no pensaba sostener en lo más mínimo. Así fue en cada acercamiento-alejamiento que tuvimos, ella dando vueltas y siendo paciente hasta que yo mordiera el anzuelo nuevamente; total, ella sabía que me perdonaría una y otra vez, una y otra vez. Y ése es el movimiento de los hechos, inquietos siempre que se los mencione en público o en la intimidad de las voces que nos acompañan.

1:07 AM

Acá estoy, con tiempo libre pero sin saber qué hacer de mí.

1:10 AM

El domingo fui con Romi Zolo a ver una película coreana sobre el amor en la que el personaje principal, preguntándose por el sufrimiento, va en busca de Fragmentos de un discurso amoroso y sólo encuentra Barthes por Barthes . Antes pasó por mi casa y tomamos unos mates. Le conté de mis inestables relaciones personales, ante lo que me preguntó si le diría cuando estuviera enojado con ella. Me quedé callado. Como dice Rodrigo, es esperanzadora la posibilidad de hacer de todo literatura.

1:20 AM

Si los hechos no cesan de acomodarse en distintas butacas, debo decir qué pasó con la madre y la hija. La madre no cumplió con el acuerdo aparente que habíamos logrado en aquella reunión y, sin demasiados tapujos, aunque torpemente, envió una carta de cuatro hojas a la escuela. Por supuesto, como era de esperar, me incriminaba en una de las primeras páginas (aunque por fortuna no era sólo a mí que lo hacía). Allí comentaba el suceso de la tiza y otro que tal vez no haya mencionado en mi relato anterior (poniéndome en evidencia, seguro, ante el lector maldito que ya está culpándome como un testigo barato de juicio oral de película norteamericana). Los niños van a la escuela y, al igual que toda esa gente que sale de su casa cargada de elementos que la hagan sentir en su casa, llevan reproductores de mp3, revistas, maquillaje, pero especialmente llevan celulares. Celulares de última generación que, por supuesto, sacan fotos. Y una de las fotos me mostraba haciendo fuck you. No sé si la foto existe todavía, si cuenta como prueba para que un jurado tan puto como vos, lector, vaya a declararme culpable. Lo concreto es que me citaron en rectoría y, si bien no tuve que dar explicaciones, sentí el rigor de aquellos que, sí, es cierto, ya no hay duda, me persiguen. Y van por más. Temeroso, hice el esfuerzo necesario y di el último empujón para que la hija apruebe la materia.

12:46 PM

Escribir en busca de la verdad, una verdad mía. Encontrar otra cosa.

 

8/12/06 - 2:52 PM

Cumpleaños de Rodrigo. Cuando llegué a casa después del festival de cine underground acompañado por Durarte, ya estaba en la cocina a los besos. Le costó una hora más llevarla hasta el cuarto del fondo, esa prisión que no enamora a nadie. Por eso las mucamas se quedan embarazadas y luego solas, ningún hombre desea a una mujer encarcelada. Estaban los amigos de siempre -"históricos", diría Andrea-, esos que siempre están pero que sin embargo nunca significan la posibilidad de comunicación. Los amigos históricos representan la compañía, el testigo atento del relato que uno se empeña en trazar, el espectador incansable del drama que montamos a diario. Rodrigo representó el papel a su gusto, deduzco que leyó algún poema de Juanele y que luego se apartó con la chica para ya no volver a la reunión. Temprano, a eso de la 1.30. A la madrugada lo vieron perderse en la oscuridad de sus obsesiones, forzándola, libre de experiencias sucias, ignorante hasta ahora de la negrura que envuelve la vida de las personas, firme su voluntad en la evasión de lo bajo que también habita en ella, forzándola -decía- a ocupar el papel de sadomaster, obligándola a ser el verdugo que nuevamente corte la cabeza de ese amante del dolor.

Eran, digamos, unos diez, contando a Joaquín y Sabrina más una aparición esporádica de Gastón que estaba en el cuarto con Maru. Ah, Andrea faltaba, es que se fue cuando fui a saludara; holachau, me dijo, me estoy yendo y la telaraña pegaba mis pies al suelo con goma de mascar. Todo lo sólido. Todo lo sólido hace rato se desvanece. Mi casa no se prende fuego, se inunda. En realidad se abarrota de cosas inútiles, objetos sin uso, tierra. Se acumula la tierra y el piso es intocable, no se te ocurra caminar descalzo o sentarte en él.

Solo solo solo. Solo: el tiempo aprieta, acogota. Sólo en el pasado habría posibles redenciones y esa es la trampa más fácil.

Joaquín tenía que darme una película y la dejó en la mesa del living, claramente señalada, despejado el espacio para que no haya manera de que no la vea. Pero no me la dio y eso confirma que nuestro problema empieza ahí, justo donde no participé del juego. Lo único que hice fue llamarlo y obligarlo a definir si tenía la reseña, nada más. Y no la tenía, claro. Una idea que había sido de Andrea e Isobel termino pagándola yo. Andrea consigue que todos permanezcan amigos suyos, que las tensiones se orienten en otra dirección. Alguien complota en mi contra.

Sabrina fue más polite y, por eso, más hija de puta. Vino a saludarme al final como si todo estuviera bien entre nosotros mientras los dos sabemos al menos que no nos queremos ver. El pilar de la amistad, esos lazos que de tan persistentes uno había comenzado a creer que reemplazarían a la familia, ha caído. Una caída estrepitosa que, sepámoslo, lleva sangre hacia el mar.

En el Festival las cosas no fueron mejor. Ya de por sí distanciado del evento a raíz de lo impresentable que me parece Cristiano, mi posición no pudo sino empeorar a medida que se acercaba el comienzo, ayer, 7 de diciembre. Graciela no programó De reojo las vacas , tal como habíamos quedado después de que se suspendiera la función en el circuito, exactamente lo mismo que pasó con su corto, Sofía . Cuando abro el archivo con la programación me entero que no lo había incluido en ninguno de los seis programas existentes. Como fue Francesca la que mandó el mail, le escribí a ella preguntándole, en un tono un tanto exaltado, por qué no lo habían programado. La discusión, de más está decir, pero lo digo, fue en aumento, al punto que me pregunto si no sería bueno pegarlo en este diario. (¿Alguien entiende lo que estoy escribiendo? Es el último intento de un desesperado para comunicarse. Por favor, que alguien levante la mano y me salude.)

Todo es posible ahora, habiendo muchas caras a las que ya no respondo. "Todo es posible" puede ser una ilusión.

En la radio Joe Cocker versiona "Little help from my friends". Afuera clarea, pero me queda media botella de vino.

Muero de sueño y me caigo sobre el teclado, pero quiero insistir y acostarme con alguna explicación.

4:02 PM

¿Qué hace un hombre solo? Está pregunta que me viene interesando desde la infancia se hace presente ahora que, se supone, podría responderla. Pero no hay soluciones a ese enigma instituido tempranamente. Vuelve el mono del póster que colgaba en mi pared y que decía, con esa risa que violenta las cosas, "cuando encontré las respuestas la vida me cambió las preguntas". Un hombre solo mira, escucha, está atentísimo a lo que pase a su alrededor; poco dice sobre sí mismo, poco sabe, falto de espejos para ver si la piel comienza a cuartearse con los años, si ha perdido pelo o se ha hinchado como una bola.

Un ejemplo: el domingo fui a escuchar a Palo Pandolfo en un concierto gratis que organizaba el Gobierno de la Ciudad. Es probable que haya sido a causa de un cachet bajo que el tipo se presentara sin banda, lo que importa es que ahí estaba, parado en el escenario sin más compañía que una guitarra, ese tipo que tiene visos de poeta al tiempo que genera un poco de vergüenza ajena con sus payasadas que no hacen reír a nadie, como ocurre con esos amigos de la adolescencia que encontramos luego de muchos años y no queremos presentar a las nuevas figurillas que nos rodean y definen nuestra sociabilidad, tanto es el ridículo con el que se exponen y, por transitividad, nos exponen. Le pasó, todo el mundo lo recuerda, a Laura en una fiesta de cumpleaños suya en la que uno de sus amigos (cuyo apellido, en su similitud fonética con el mío, servía a estudiantes del secundario al que iba, mayores que yo, para gastarme bromas, pues era el nombre de un empresario secuestrado que, muchos años después lo supe, había sido su tío) insistió en hacer una performance en la cual bailaba dentro del círculo formado por invitados hasta quedar completamente en bolas al compás de una canción de Chayanne, mientras la gente buscaba excusas para alejarse, como ir al baño, salir al balcón en busca de aire o procurarse un trago. Lo concreto es que este tipo resultó un exponente público de algo mayor que un indeseado, un hombre signado por algún tipo de peste; lo que su presencia expresaba era algo aun peor, la certeza de la soledad no buscada. Así, entonces, le pasó a Palo en un contexto ciertamente público, y no hay consuelo para un hombre que ronda la cuarentena que lo alienten postadolescentes melancólicos un domingo de diciembre mientras un enfermero lo traslada en silla de ruedas hasta la ambulancia del SAME, una bolsa de hielo rodeando su pierna, poco después de haberse destrozado el tobillo en el escenario al hacer una de esas tristes piruetas de rockero sin banda, lo que es lo mismo a decir rockero que envejece.

Incluso los anarquistas tienden a dar por supuesta la necesidad del hombre de asociarse. Pero si uno sigue el modelo de ciertas vidas se da cuenta que para ellos el otro no es más que la hipótesis de un encuentro, un cruce mas nunca una elaboración de una estructura colectiva, de la misma manera que los hombres construyen edificios -por la fuerza-. Ahí lo tienen a Onetti, tirado en su cama, rechazando la vida de los otros como carne, presencia material. Es cierto que en él habitan las voces de cientos de individuos pero eso no significa, de ningún modo, el deseo de tenerlos ahí, esos cientos alrededor de la cama y en el living, apiñados para cantarle el Feliz Cumpleaños. No, eso es más de Piñera.

6:40PM

Seis cuarenta pe eme es una hora falsa, de ordenador. Es una hora en la que el calor se tolera a base de estar en cueros y meterle hielo al vino. El tiempo libre no existe.

Dejame poner la música hoy. No, no toques que salta la térmica y se acaba el equilibrio. Dejá que se vaya el tiempo con canciones completas, que la pesadez se convierta en volutas de humo que no cura, que es la enfermedad. El traqueteo este que se multiplica a través del eco de la casa, la cabeza que me pesa, no la sostiene el hombro tampoco y se resiente con el esfuerzo. Dejá que me pongo más hielo para acompañar la tarde que se desvanece, la tarde se marea dando vueltas sobre sí misma, sumando el ruido de la autopista a los pájaros que vuelan encerrados sobre el árbol de mi jardín. Dejame decirte que eso que se va y dice ser la tarde en otro lugar se convierte en risas, algún rayo todavía pega directo sobre la piel humedecida con el agua fresca de la alberca, gotas que permanecen en la cara y unas facturas con mate. Seis con cuarenta son dos paquetes box de Next, uno de diez y cerca de cuatro o cinco cigarros sueltos. O algo así, ahora no me da la cabeza para hacer el cálculo. Son las seis cuarenta y es una hora falsa en el ordenador.

8:47 PM

I don't want to live my life again.

   
 
 
  Por Pablo Klappenbach
 
  El que se levanta a mear pierde.
Entrevista a Esteban Schmidt.
 
  La oración the Palermo, Osvaldo Baigorria.
  Este banquito en Palermo, Jorge Viera.
  ¿Cómo perdí mi Palermo? (Para una estética del exilio), Maximiliano Sánchez.
  Último intento, María Stegmayer.
  Ojos chinos y aliento a Zumuva,
Pablo Entrerrios.
  Mapa de Palermo, Horacio Lotito.
  Cuadros, Fogwill.
  Escuela de guerra, Carlos Correas. (Introducción: José Fraguas).
  El Otro Marx, Oscar del Barco.
 
  Entrevista a David González. Por Ársel Álvarez y Andrés Tejada Gómez.
  Loser, David González.
  El demonio te coma las orejas, David González.
  Contra los poetas, Witold Gombrowicz.
  Entrevista a Jorge Herralde. Por Andrés Tejada Gómez.
  Las cuarenta en los 40 de Anagrama, Santiago Ríos.
  Catálogo histórico final, Jorge Herralde.
  La censura, Jorge Herralde.
  Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, Raoul Vaneigem.
  Reflexiones y recuerdos a la deriva sobres los situacionistas, Mario Perniola.
  Contra Debord, Frédéric Schiffter.
 
  Flotar entre helicópteros,
Pablo Klappenbach.
  Cementerio y pogo, Juan Pablo Liefeld.
 
  El caos. Contra el terror, Pier Paolo Pasolini. (Traducción: Antonio Prometeo Moya).
  Escritos corsarios, Pier Paolo Pasolini. (Traducción: Hugo García Robles).