"En una sociedad en desintegración la decadencia es su forma de vida, y todas las fuerzas dinámicas al alcance han trabajado para corromper la fibra humana o para multiplicar los agentes de destrucción física." Lewis Mumford, La condición del hombre .
"Nuestro tiempo guarda semejanza con un desfiladero estrecho y funesto por el que se compele a pasar a los seres humanos".
Ernst Jünger, Radiaciones I .

Estoy en la estación de Chilavert esperando que venga el tren. Es muy temprano y hay mucha gente en el andén.
Si se obviaran algunos detalles se podría afirmar que es un día como cualquier otro. Pero quizá los detalles importen.
Es un miércoles 26 de junio de 2002. La Argentina hace seis meses se prendió fuego. Como en el golpe del 76, como con la hiperinflación del 88, en el 2001 el país volvió a colapsar. Pero esta vez el desastre tiene tal magnitud que a diferencia del 76 no hay grupo de poder que demuestre gran interés y capacidad para intervenir y organizar el quilombo infernal. Y a diferencia del 88 donde la moneda perdía valor a la velocidad de la luz, en el 2001 la moneda perdió todo valor.
¿Te imaginás vivir en un país sin organización política ni moneda? Bueno, si sos argentino no tenés mucho que imaginar. Tan sólo tenés que remitirte al verano del 2002.
Saqueos, fuga de capitales, secuestros, indigencia, desempleo, cacerolazos, escraches a los bancos, desabastecimiento, deslegitimación absoluta del poder político, piquetes, marchas, asambleas. El futuro era un desierto absoluto con un gran sol peronista en el cielo iluminando los cuencos vacíos del cadáver de la nación.
El 2001 fue un año insoportable. Los grupos económicos más concentrados del país con la ayuda del peronismo y la ineficiencia criminal de la Alianza precipitaron el quilombo final del 19/20. Recuerdo que en algún momento de finales del 2000 o principios del 2001 Patricio Rey y sus redonditos de ricota sacaron Momo Sampler . Un disco muy oscuro que no terminaba de entender, de llegar a él. Pero la madrugada del 19/20, que me sorprendió en Parque Centenario, en la casa de un amigo, con el estado de sitio y el ruido furioso de las cacerolas y la movilización a Plaza de Mayo y los saqueos en el Conurbano Bonaerense, ahí, justo ahí, entendí el disco de Los Redondos. No es entender la palabra, es mas bien sentir la conmoción y también la emoción de comprender de repente que La murga de la Virgencita, que La murga de los renegados, que todo ese disco contenía destellos reales del dolor del espíritu de la época.
El verano del 2002 fue tan angustiante como liberador. Todo se había ido a la puta madre que lo parió. Todo. El futuro era un decorado de cartón pintado. El pasado una película de terror clase B. Y el presente algo tan imposible que cualquier cosa era posible.
A lo largo del 2001 el sentimiento de derrota y humillación era tan grande que caminar por la calle era asfixiante. Recuerdo una tardecita de un día de semana de octubre o noviembre que caminando por avenida Corrientes me sorprendí al descubrir que estaba vacía. La avenida Corrientes era una calle fantasma. La calle que nunca dormía ahora ni siquiera podía permanecer despierta hasta la hora de la cena. Viajar en el tren era compartir un viaje de deportados judíos a Treblinka. El desempleo aumentaba, la indigencia aumentaba, las tarifas aumentaban, la inseguridad en las calles aumentaba. Y el miedo y la bronca aumentaban. Pero en silencio. La Argentina en el 2001 era un paciente con cáncer terminal. Era tristísimo. Los que viajaban en la Línea Mitre, ramal Retiro-Suárez, durante ese 2001, quizá todavía recuerden lo habitual que era que el servicio se suspendiera porque alguien se había suicidado tirándose bajo las vías del tren. Por eso el 19/20 y el verano del 2002 fue liberador. Porque todo se fue a la mierda -aunque ya todo se había ido a la mierda hacía tiempo- y de repente la aceptación dócil y muda de la condena a muerte se trocó en grito de guerra contra todo y contra todos. Fue algo así como Anarchy in the U.K. , de los Pistols, algo muy adolescente e irracional. Pero la ciudad pasó en la madrugada del 19/20 de ser un cementerio de animales a ser un pogo infernal.
Yo tengo para mí una teoría sobre qué fue lo que terminó de detonar el 19/20. Es mía, es muy particular, pero pasado el tiempo sigo convencido de que guarda algún grado de verosimilitud con la verdad.
El Potro Rodrigo muere a mediados del 2000 en un accidente automovilístico que para todo el mundo fue un asesinato por encargo. (No importa acá si esto es real o no, lo cierto es que la muerte del Potro se la entendió como un asesinato). El Potro Rodrigo y su música sonaban las 24 horas del día en la radio y la tele y en las fiestas y en los casamientos y en los sectores pudientes y en los bajos fondos. Sus cuartetos eran la melodía alegre de una época triste. Su música lograba conjurar la oscuridad de los días. Bien, entre tanto silencio y bronca y miedo, estaba la música de Rodrigo. Y Rodrigo muere en un confuso episodio automovilístico y a quién se lo acusa de ser el asesino material se lo absuelve en el juicio semanas antes del 19/20.
Creo que ése fue uno de los detonantes del 19/20. Creo que ésa fue la gota que colmó el vaso. Ése fue el límite.
Nos cagan de hambre. Nos roban. Nos mienten. Nos obligan a vivir una vida de mierda. Y ni siquiera son capaces de hacer justicia con el hombre que nos regala un momento de alegría entre tanta mierda y la puta que los parió. Que se vayan todos. Si ni siquiera pueden hacer justicia con el asesino de Rodrigo "el bueno", que se vayan todos.
Me dirán que el 19/20 no se puede explicar por la falta de justicia en el "asesinato" de un músico popular. No, claro que no. Hay razones económicas y políticas y sociales muy concretas que lo explican. Pero la música de Rodrigo durante esos años fue uno de esos pocos lugares donde guarecerse de la soledad y una de las escasas canteras de donde extraer pepitas de alegría. De algún modo la música de Rodrigo representaba lo más legítimo y verdadero de la alegría de una comunidad que había perdido todo humor. Y creo que el día que esa comunidad entendió que no sólo venían por todos sus recursos materiales sino también por su alegría, explotó. Lo que quiero decir es que de algún modo la muerte de Rodrigo y la absolución de su asesino, fueron la piedra de toque de una sociedad que entendió que estaba atrapada en un sistema criminal que despreciaba la vida humana y explotó: que se vayan todos.
Pero vuelvo. O mejor, estoy en la estación de Chilavert una mañana de miércoles de junio de 2002 esperando que venga el tren.
¿Qué hago ahí?
El 2002 fue un año importante para mi vida por varias razones. La mas importante, quizá la única importante y definitiva y que de algún modo marcó mi destino para siempre... de eso no pienso hablar. Al menos no acá, ahora, en estas líneas. De las restantes razones hubo dos que delinearon cierta deriva de los años por venir. Después de mucho tiempo de rosquear un amigo me consiguió a finales del 2001 laburo en un sindicato. Todo el mundo estaba al borde del desempleo y no había un mango en la calle, y yo que durante años no trabajé ni quise trabajar sino sólo leer libros y tomar mate y fumar, en ese momento consigo trabajo y relativamente bien pago. Pero no me aguanté, me sentía incomodo ahí. No tenía que hacer nada raro. Incluso era un laburo interesante. Pero yo sentía que estar en ese sindicato era ser un canalla. Era conciente de que el grito de que se vayan todos a la puta que los parió se apagaría y la mierda se encauzaría tarde o temprano y los reales dueños de la Argentina, esas 100 familias y empresas y sociedades que concentran el poder y que generaron tanta mierda volverían a apostar por el país, pero yo en ese momento quería estar en otro lugar, no en un sindicato peronista. Entonces renuncié y me fui a mi casa a tomar mate y fumar y depender de los sueldos paupérrimos de un obrero metalúrgico y una docente. Y ese verano entre mate y pucho y el desierto creciendo a mí alrededor decidí cursar materias en la facultad. Me había dado cuenta que yo leía a muchos autores que estaban vivos y dando clases en la UBA y por qué no ir a sus clases. De forma clandestina y autodidacta. Así que me acerqué a la facultad -primero a las carreras de Comunicación y Sociales, luego a las de Letras y Filosofía-, averigüé en qué aulas y qué días y a qué hora daban clases los profesores que a mí me interesaban y empecé a cursar. Así cursé tres años, a razón de 4 o 5 materias con sus respectivos prácticos por cuatrimestre.
Y la mañana del miércoles 26 de junio de 2002 estaba esperando el tren para ir a cursar en Marcelo T. el seminario de Horacio González, Teoría estética y teoría política, que ese año era sobre Hamlet leído entre Maquiavelo y Hobbes.
Esa misma tarde, cuando volví a casa, me preparé unos mates y encendí la radio. A las tres empezaba el programa de Alfredo Castello y no me perdía nunca su comienzo donde hacía una lectura de las noticias del día con mucho humor e ironía. Pero esa tarde no abrió su programa con su habitual cortina musical y comentando las noticias con su reconocible humor, sino que pasó a informar que había dos muertos en un operativo policial en el que se dio cacería a una manifestación que había cortado el Puente Pueyrredón y que la relativa calma atada con mocos de la presidencia de Duhalde ahora parecía romperse y todo volver al quilombo inicial de los meses precedentes.
Y esa mañana en la estación de Chilavert, mientras esperaba el tren un hombre se puso a monologuear a los gritos. Igual que el personaje de Esteban Schmidt en The Palermo Manifesto que se para en Borges y Paraguay y da un discurso, este hombre que estaba esperando el tren en el andén como los demás, de repente, se puso a los gritos a dar un discurso. Hablando de la corrupción de la dirigencia política en general y de lo mal que llevábamos nuestras vidas en lo particular.
***

En realidad, este es el cuarto texto que escribo intentando decir algo en relación a Schmidt y su libro The Palermo Manifesto . En los anteriores quise hablar de la radio. A Schmidt lo conocí escuchando radio -cuando trabajaba con el Ruso Verea en El opio de los medios - y por eso quería contar mi experiencia junto a la radio, que abarca un periodo tan extenso como casi toda mi vida. De eso quería hablar. De la radio y yo. Hace 25 años, hace 10, hace apenas ayer nomás. Pero no hubo suerte. Quise contar la tarde en que Beto, el papá de Ariel, mi mejor amigo de la infancia, me llevó a Liniers a comprar un grabador doble casetera JVC, con la plata que me fue dando la abuela Elsa y que fui ahorrando durante años. Quise contar una tarde de mis 16 años en la que entré por primera vez a una radio y me enamoré del lugar y me quedé ahí dos años haciendo radio. Quise contar de cuando escuchaba radio todo el día, desde que abría los ojos por la mañana hasta que los cerraba por la noche. De los domingos que esperaba con ansiedad porque empezaban al caer la tarde con Piso 93 , del Rafa Hernández, seguían con Hora 25 , de Jorge Lanata, y terminaban a la madrugada con el ruso Verea en la Heavy Rock & Pop ; o de los sábados que empezaban tempranito con Eduardo Feimmann en la 10 o Marcelo Bonelli en Mitre , seguían con Eduardo Aliverti y Marca de radio , luego Víctor Hugo Morales hablando de música clásica y al rato la Tauro y Polino con los chimentos de la farándula y después Osvaldo Quiroga con El refugio de la cultura . De Fernando Peña, de Alejandro Dolina, de Bobby Flores. De Antonio Carrizo, Héctor Larrea, Mario Pergolini y Rogelio Patricio Kelly. Quise escribir sobre todo ese mundo del cual me alejé casi tanto como hace más de 20 de la tele y más de diez del cine. Quise pero no pude más que borronear algunos dibujos incomprensibles.
|