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LAS CRÍTICAS DEL PAPA

En un periódico de Roma, que hoy es expresión del catolicismo prejuaniano (por utilizar un eufemismo), ha aparecido un misterioso artículo (con fecha de 15 de septiembre) que ningún otro periódico, que yo sepa, por lo menos en el momento en que esto escribo, ha reproducido. El título de este artículo, a tres columnas y en primera plana, era: «Críticas de Pablo VI al Estado y a los partidos»; el subtítulo: «El Papa escribe: la Constitución puede y debe reformarse». El artículo se acompañaba de un comentario: «Un extraño Estado».

¿De qué trata? De una carta de Pablo VI al cardenal Giuseppe Siri, a propósito de la 39.ª Semana social de los católicos, que se celebrará en estos días en Catania. El diario romano precisa sin embargo: «El documento lleva la firma del cardenal secretario de Estado Amleto Giovanni Cicognani, pero los principios, las indicaciones y la orientación que en él se perfilan reflejan fielmente la más reciente evolución del pensamiento socio-político de Pablo VI».

Tal puntualización es, por lo tanto, una inferencia al mismo tiempo. Vulgaridad ésta que no depende del hecho de que el articulista haya faltado el respeto al Papa (para mí, laico, el Papa no es una «Santidad», sino un hombre), sino precisamente de que ha faltado el respeto a un hombre: con el desprecio terrorista que tienen los siervos del poder cuando se les ha dado la orden de atacar.

Leamos un fragmento: «El Papa prevé y justifica que pueda modificarse el cuerpo constitucional de nuestro país para seguir el ritmo de la sociedad en profunda y acelerada transformación. Este principio fue formulado ya en Bogotá y se creyó que el Papa se refería exclusivamente a la precaria y deprimida situación de las multitudes de América central y meridional. No obstante, parece que también se aludía a la Italia actual. Esa Italia en que el lumpenproletariado está a punto de desaparecer y en que el trabajo industrial saca de la miseria a capas enteras de trabajadores. Sólo los partidos extremistas, en su lucha de propaganda, ponen en circulación motivos que contrastan de manera evidente con la actual realidad italiana; pero, que yo sepa, ni siquiera por este lado se había formulado hasta el momento la petición de una inmediata reforma constitucional para subvertir legalmente el orden de la democracia, sea formal o sustancial. Puesto que el Papa ha dicho además esto: que en Italia, la democracia es sólo formal».

Esta extraordinaria afirmación, «en Italia, la democracia es sólo formal», presupuesto, como dice el elegante articulista del diario romano, de una subversión legal del orden democrático, es la proposición clave de toda la carta, escrita por el cardenal Cicognani e inspirada por Pablo VI (por lo menos según se desprende de los fragmentos reproducidos en el diario romano).

No comprendo cómo esta extraordinaria afirmación ha podido tener, cuando menos hasta el momento, tan escaso eco en la prensa y en la opinión pública; de hecho no incumbe sólo a la historia de la Iglesia, sino también a la historia de Italia y, me atrevería a decir, de todo el mundo.

La «subversión legal» en lugar de la revolución es, por ejemplo, la idea axial -simplificada al máximo- de la Nueva Izquierda norteamericana que ha llevado a Norteamérica al umbral y a la creación de una atmósfera de guerra civil. También parte del Movimiento Estudiantil, tal vez por mediación del modelo norteamericano, habla de una «subversión legal» más que de revolución, aunque tal «subversión legal» pide acciones ilegales y, prácticamente, revolucionarias (ocupaciones, protestas, luchas de todo tipo). Los norteamericanos hablan de crear, en el tejido de la democracia formal, «anticuerpos» democráticos; en Italia (cf. C. Donolo, «La politica ridefinita», Quaderni Piacentini , n. º 35) se habla de sociedad que se modifica y se cambia desde dentro, revolucionándose desde fuera de los esquemas (ya no fatales, en consecuencia) de la revolución tecnológica y neocapitalista.

La necesidad de luchar por la «democracia real» se presenta a las conciencias de todo el mundo (véase el caso de Checoslovaquia) con los colores de una urgencia de primer orden. El «orden democrático», como dice el bastardilleante fascioclerical del diario romano, es una contradicción terminológica: es un eufemismo del «poder».

Todas las otras frases, citadas según la carta de Cicognani a Pablo VI, giran en derredor de esta toma de posición contra el «poder».

Es cierto que para juzgar objetivamente las frases citadas hay que leerlas en el contexto preciso: esto es lo que me contiene a la hora de manifestar con palabras más explícitas mi entusiasmo (más aún, no quiero soslayar que puede tratarse de una alucinación). Espero leerla completa en alguna otra parte. Porque si el contexto total de la carta confirmase el espíritu de las frases reproducidas, se trataría entonces de una carta capaz de llevar a la Iglesia al borde y al clima de un cisma.

Tal vez sea por esto por lo que, en virtud de algún tácito acuerdo, la prensa ha ignorado (al menos por ahora, y creo que a partir de este momento, si no sigue ignorándolo, lo minimizará de cierto) un documento tan increíble.

Hablo de «cisma» como hace dos o tres años, cuando nadie utilizaba todavía esta expresión, hablaba de efectivo estado de «guerra civil» en los Estados Unidos. Por desgracia, y por suerte, los hechos posteriores confirmaron mi impresión: el estado de guerra civil en Norteamérica es siempre más importante y más claro para las conciencias, en Norteamérica y en el mundo.

Yo creo que debemos predisponernos a pensar, en un futuro próximo, en una idéntica posibilidad de cisma en el seno de la Iglesia católica, y a tenerla presente en nuestra conciencia.

Un Papa no puede afirmar, sin que haya consecuencias, que una democracia como la italiana sea «formal» y que hace falta luchar, aunque sea legalmente (pero ¿será posible esto alguna vez?), para que se transforme en una democracia real. Ante una afirmación de este género salen a la calle los carros de combate. El comentario que el diario fascioclerical ha deslizado a propósito de semejante afirmación es, de hecho, uno de esos comentarios que preparan la acción de la ilegalidad de la legalidad: el restablecimiento violento del orden.

Falto de capacidad y documentos, no puedo ir más allá con este tema en el terreno político. Estoy, pues, obligado a cambiar de registro.

¿Qué enfoque, ni estrictamente político ni teológico, dar pues al cisma como guerra civil en el seno de la Iglesia?

Recurriré a San Pablo. En la primera Carta a los Corintios se lee esta magnífica frase (no todo es magnífico en Pablo, pues a menudo habla el cura, el fariseo): «Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza, la caridad; pero la más excelente de todas es la caridad».

La caridad -esa «cosa» misteriosa y descuidada-, al contrario que la fe y la esperanza, tan diáfanas y de uso tan corriente, es indispensable a la fe y a la esperanza. De hecho, la caridad es incluso concebible en sí misma: la fe y la esperanza son impensables sin la caridad: y no sólo impensables, sino también monstruosas . Las del nazismo (y por tanto de todo un pueblo) eran fe y esperanza sin caridad. Lo mismo puede decirse de la Iglesia clerical.

El poder, en suma -cualquier poder-, necesita la coartada de la fe y la esperanza. No tiene, en modo alguno, necesidad de la coartada de la caridad.

La costumbre de la fe y la esperanza sin caridad es difícil de perder. Cuántos católicos, al hacerse comunistas, llevan consigo la fe y la esperanza y descuidan, sin plantearse siquiera el problema, la caridad. De este modo nace el fascismo de izquierda.

El cisma, pues, vendría a dividir a la Iglesia católica en dos ramas: en la primera quedarían sólo la fe y la esperanza, es decir, las dos fuerzas ciegas y deformes del poder; en la segunda quedarían la fe y la esperanza junto con la caridad. (Única forma de advertir, por volver a nuestro caso, si una democracia es formal o real.)

Pablo VI es el Papa de este cisma potencial y aplazado: para quien lo vive se mantiene fatalmente ambiguo.

Pablo VI ha creído combatir, hasta ahora, esta ambigüedad con el mismo instrumental de la ambigüedad, es decir, con la diplomacia. Pero la diplomacia es un modo «formal», no «real», de reconciliar a los opuestos. Y Pablo VI lo sabe. Privado de la única arma que tenía a mano, dada su psicología y su formación, se encuentra ahora literalmente desarmado. Si se buscase en el mundo moderno una imagen convencional y exenta de retórica de un crucifijo, Pablo VI podría suministrarla: y no es que se parezca a Cristo, ni por asomo. No obstante, precisamente porque su rostro contradice el de Cristo, es la única imagen metafórica posible, en el mundo moderno, de la crucifixión.

Así, pues, Pablo VI ha sido hasta ahora víctima de una crisis de la Iglesia que, con mayor violencia y celeridad, no podía estallar: víctima, repito, en tanto que dividido en dos, atribulado por un cisma vivido en la propia persona.

Con este último documento suyo (que sigue al hito más desdichado -y él lo sabe- de su pontificado, es decir, la Humanae vitae ) parece decidido a no ser ya la víctima pasiva, precisamente por confiada, de una mediación diplomática que a su vez se manifiesta imposible e insostenible. Y parece haber comprendido que sólo tiene ante sí dos opciones auténticas, capaces de resolver de una vez por todas su angustiosa impotencia: o asumir la gran renuncia y dejar el Papado, como Celestino V, tal vez el más grande de los papas (aunque también, ciertamente, el más santo), o desencadenar el cisma, apartando consigo a la Iglesia católica de la clerigalla fascista; es decir, restaurando, según las enseñanzas del apóstol de quien ha tomado el nombre, la función primaria de la caridad.

N. º 40, año XXX, 28 de septiembre de 1968

 

RESPUESTA AL PRESIDENTE LEONE

Por lo común, ante una respuesta como la suya, (8) hay que comenzar dando las gracias. Por ello comienzo agradeciéndosela, aunque no formalmente. Antes bien, añado a continuación que la respuesta de usted -en un país como el nuestro, que usted conoce mejor que yo- es extraordinaria: porque sale al paso y hasta desmiente las malas costumbres democráticas que rigen nuestra vida. Está muy claro: conociéndolo como lo conozco, no me ha sorprendido mucho; pero sé con qué facilidad pueden desaparecer las personalidades italianas en las instituciones.

Así, paso a responder a sus argumentaciones con un espíritu alborozado a causa de su acto de democracia   «real», que es siempre «personal».

El punto número uno es, para mí, el más misterioso -técnicamente misterioso- de su carta. Mire usted, yo no tengo una formación política ni jurídica ni burocrática: me es difícil por tanto aceptar cuanto de necesariamente formal hay en la polémica y en la acción política, jurídica y burocrática. Comprendo sólo externamente que dicho objeto formal debe existir (y es cierto: también en el plano de la expresión literaria hay un objeto formal; pero de esto tengo experiencia directa y se ha convertido para mí en una costumbre).

El objeto formal de su primera argumentación es el siguiente: los dos altos funcionarios presentes en Venecia estaban presentes en Venecia como miembros del consejo de administración de la entidad veneciana. Pero ¿por qué son miembros del consejo de administración veneciano? Usted mismo lo dice: porque son directores generales de los Ministerios de Turismo y de Instrucción Pública.

¿No lo comprende? Usted no duda en aceptar la naturaleza equívoca de estos dos altos funcionarios. Pero a mí me es difícil. No acierto a distinguir estas «dos entidades en una»: no puedo olvidar, aunque los considere «miembros del consejo de administración de la entidad veneciana», que son también «directores generales de dos ministerios romanos». Divididos en dos y verlos o juzgarlos por separado me parece que sólo es posible en un plano formal.

No pudiendo pues distinguir formalmente los dos cargos de tales altos funcionarios, no puedo por menos de pensar que en sus funciones como «administradores venecianos» no va a dejar de interferir, como un todo único, también sus respectivas funciones de «directores romanos». He aquí el motivo por el que he atribuido, aunque groseramente, al «Gobierno» la presencia de estas personas en Venecia. Es posible que haya utilizado la palabra «Gobierno» con la ingenuidad con que la usa el hombre de la calle: aquello de que yo le hablaba en mi primera carta. Sin embargo, debo replicar que no acierto a separar la función veneciana de los dos altos funcionarios de una responsabilidad -cuando menos indirecta- del Gobierno que usted preside.

Es obvio, como usted habrá comprendido, que no lo involucro a usted personalmente porque sé que hay un juego de distinciones formales que tienen un sentido real y que tocan a una persona concreta (usted) de modo dialéctico: un juego, en suma, de luces y sombras.

Esa responsabilidad suya, sólo indirecta, se aclara gracias a otro punto de su respuesta, que le hace aparecer a usted inocente de una manera estremecedora. Pero ya entraremos en materia más adelante.

Antes quisiera decir dos palabras para esclarecer mi postura en los debates de la Mostra (que usted, tomándome un poquito el pelo, estima llena de perplejidad). Lo quiero hacer también en función de cierta fingida distracción de la prensa (por ejemplo, el Espresso , que ha volcado sobre el problema de la Mostra, gracias a su enviada especial, un vulgar qualunquismo , reanudado luego además -cosa que me ha sorprendido dolorosamente- por mi amigo Bocca, en el Giorno dominical).

Los rasgos exteriores de mi postura son bien sencillos: desde el primer momento había decidido enviar mi película a la Mostra porque estaba convencido de que la oposición no debía ser en modo alguno negativa: a) respecto de los autores de las obras, b) respecto de Venecia. Habría enviado mi película con tres condiciones: que no hubiese policía, que se aboliesen los premios y que hubiese una reunión asamblearia de todos los autores para acordar el reglamento de la Mostra futura. En estos particulares no obtuve confirmación ninguna. Mientras tanto, la   ANAC se había decidido a renunciar a la oposición puramente «negativa», previendo, no impedir la Mostra, sino tomarla. A partir de este momento he trabajado y luchado (es la palabra exacta) con la ANAC. ¿Hay algo de oscuro en todo esto?

La trayectoria interior de mis actos no puede condensarse en un breve resumen: pero sobre esto, la carta que dirigí a usted (unida a mis restantes colaboraciones en este órgano) era, me parece a mí, bastante clara. Hablaba de una lucha por la democracia real o directa -y la consiguiente descentralización del poder estatal- como verdadera acción revolucionaria. Decía que democracia real y socialismo no podían por menos de coincidir; y «saltarse» la lucha por la democracia real para arrostrar directamente la lucha en pro del socialismo ha sido la fuga precipitada y el error (de que nuestra conciencia está ya saturada) de la Resistencia en adelante. Checoslovaquia es un ejemplo -decía yo- en que el socialismo se basa en una experiencia de democracia real; la URSS es, por el contrario, un ejemplo en que el socialismo se basa en una sociedad arcaica en que sólo una ínfima minoría obrera ha vivido en la lucha una experiencia de democracia real.

La democracia nace de la democracia -decía también-, pero del orden no nace el orden, etc., etc.

Como en los Estados Unidos, como en Alemania occidental; también en Italia comienza a nacer otra Italia; una Italia que quiere tener una experiencia, aunque sea mediante la lucha, de una democracia real y descentralizada, donde no haya más funcionarios ambiguos: no más padres, castigadores o comprensivos, distantes o afables, que estén, al mismo tiempo, en Roma y en Venecia.

No crea engañosamente por ello, señor presidente, que el «proyecto de ley» que se va a presentar en el Parlamento de Roma, según indicaciones de una Convención veneciana, vaya a resolver las cosas: mantengámonos en todo momento en el plano formal (que usted, no se me oculta, asume jurídicamente como sustancial en una dialéctica superior del Estado). Además se trataría de una «reforma» (como por otro lado ocurre con la universidad): no obstante, es cierto, es ya indudable, que la otra Italia no quiere reformas: el reformismo socialdemócrata no tiene nada que ver con la noción de «democracia real y directa», al igual que las concesiones no tienen nada que ver con la puesta en vigor de los derechos democráticos.

Por desgracia, presumo, los autores de la ANAC (en su limitado campo de acción) no podrán aceptar la «reforma» del organismo veneciano; así como los estudiantes (en su campo de acción, por el contrario, amplísimo y en relación con toda la vida del país) no podrán aceptar la reforma de la universidad. Una vez se toma conciencia de los propios derechos «democráticos», no se puede olvidar ya dicha conciencia.

Como verá, estoy respondiendo ya a su punto 3. ° (habiéndome saltado el 2.°). Y, como se habrá dado cuenta, comprendo a la perfección su punto de vista: «No se puede calificar de intervención represiva el deber del Gobierno de defender las instituciones, las libertades y la integridad de los ciudadanos». Es cierto, usted tiene razón: pero estoy seguro de que ni siquiera usted mismo sabría, en modo alguno, demostrarme (porque está de acuerdo conmigo) que esas «instituciones, libertades e integridad» no son falsas o formales. La lucha de la otra Italia tiene por objetivo, precisamente, que las «instituciones, las libertades y la integridad de los ciudadanos» sean reales y no formales. Usted, en consecuencia, tendrá que convenir conmigo en que las fuerzas de orden público, al intervenir contra esta exigencia de autenticidad, no pueden evitar que se las considere represivas.

Y pasamos ahora al 2. ° punto.

Dice usted que en el Lido «no hubo ninguna brutalidad ni violencia» por parte de la policía. Yo creo firmemente en su buena fe. Y seguiría creyendo en ella aunque no lo conociese y no gozase ya de las garantías de su buena fe. Si un jefe de Gobierno no lo creyese sinceramente, no haría afirmaciones semejantes sino por pura diplomacia y prudencia. Pero usted también debe creer en mi buena fe. Yo estaba presente aquella noche. Y vi con mis propios ojos la violencia de la policía. Lo he descrito ya en esta misma columna: la policía sacaba a rastras a los manifestantes (que, en plena función de sus derechos, se encontraban en la sala Volpi) y los arrojaba a la muchedumbre de granujas y fascistas que los sometían a todo tipo de ultrajes: literalmente. Yo mismo, bajo la lluvia, al volver a Venecia, ayudé a llevar en brazos a un muchacho, que después tuvo que recuperarse en un hospital, con síntomas de conmoción cerebral: y lo menciono por citar sólo un ejemplo. Es posible que la policía no tenga ninguna culpa: pero provocó los golpes de los fascistas: y esto me parece aún más grave.

¿Cuántas cosas de esta índole sucederán el próximo año? ¿Cuántos estudiantes y demócratas serán golpeados porque no están dispuestos a aceptar «reformas» y quieren hacer uso cabal de sus derechos?

La conciencia de los propios derechos, no lo ingnor -lo he dicho muchas veces y no me cansaré de repetirlo-, puede convertirse en conciencia agresiva y terrorista. Pero no tema usted: de la manera en que pueda, no dejaré de luchar también contra el «fascismo de izquierda». Precisamente en el último artículo que apareció en esta columna, a propósito de una carta de Pablo VI (artículo escrito en un momento nada sospechoso, es decir, antes de recibir la respuesta de usted), decía yo: «Cuántos católicos, al hacerse comunistas, llevan consigo la fe y la esperanza y descuidan, apenas sin darse cuenta, la caridad. De este modo nace el fascismo de izquierda».

Ahora por esta carta se me acusará -es muy probable- de debilidad, de connivencia. Pero ¿qué me importa? Sé muy bien cuántas contradicciones se precisan para ser verdaderamente coherente. Reciba usted los más cordiales saludos de

Pier Paolo Pasolini

N. º 41, año XXX, 5 de octubre de 1968

(8) La respuesta de Leone, efectivamente, se había publicado en el número anterior de Tempo (de 28 de septiembre de 1968), en la sección de «Cartas al director». He aquí el texto: «Roma, 18 de septiembre de 1968. Estimado Pasolini: Ya que usted me recuerda -en su columna habitual del número 39 de Tempo- nuestro encuentro con motivo de una proyección privada de la película Pajarracos, pajaritos y que por ello se siente en disposición de dirigirse a mí como amigo, respondo a mi vez a su carta abierta con la misma franqueza de dicho encuentro: 1) En primer lugar debo decirle que el gobierno no intervino en las vicisitudes de la Mostra cinematográfica de Venecia, por haber dejado -como era su deber- que toda decisión quedase a cargo de la propia autonomía de los órganos responsables de la entidad autónoma. No me detendré en el desarrollo de los hechos; en este sentido me sería muy fácil alegar tan sólo que no me fue posible -y no sólo a mí- comprender su actitud en lo tocante a la Mostra (permítame decirle, sin ánimo de ofenderle, que fue cuanto menos una actitud contradictoria o confusa). No se invitó a Venecia a ningún representante o portavoz de organismos ministeriales. La presencia de dos altos funcionarios en Venecia -como usted y todos sabemos- estaba en función de su condición (como directores generales del Ministerio de Turismo y de Instrucción Pública) de miembros del consejo de administración de la Entidad. Cuando recibí a la delegación del Consejo municipal de Venecia acompañada del Alcalde, insistí en la total abstención del gobierno en las decisiones relativas a la Mostra. En aquella ocasión declaré -y lo confirmo ahora- que el gobierno estaba a punto de presentar un proyecto de ley que regulase la Entidad de forma nueva y democrática. Se me rogó que esperase a los resultados de la reunión anunciada para primeros de octubre. En cuanto estemos en posesión de tales datos, presentaremos al Parlamento -para que sea analizado- el proyecto de ley, con la esperanza de erradicar para septiembre de 1969 las causas de la protesta. 2) Respecto de la actuación de las fuerzas de orden público, no hubo ninguna brutalidad ni violencia. No puedo hacer más precisiones por consideración al Parlamento, ya que en los próximos días se analizarán las consultas tocantes a estos hechos. 3) No es cierto, en modo alguno, que el gobierno se proponga disolver represivamente las manifestaciones estudiantiles. La inminente presentación en el Parlamento del proyecto de ley de la llamada pequeña reforma de la universidad quiere ser el comienzo de un diálogo sincero y democrático con todos los componentes universitarios; y es mi deseo que nadie juzgue esta iniciativa del gobierno apriorísticamente, rechazando la colaboración directa de la propia contribución positiva exclusivamente sobre la base de la diferencia de orientaciones en cuanto a la elaboraci6n y aprobación de tales medidas. No se puede calificar de intervención represiva el deber del gobierno de defender las instituciones, las libertades y la integridad de los ciudadanos. En este sentido, todo italiano responsable, fiel a los ideales de democracia y libertad, debería evitar la formulación o difusión de versiones deformadas que no contribuyen al desarrollo civil y democrático de la sociedad italiana. ¿No habló usted también en cierta ocasión (¿o se ha arrepentido ya?) de cierto fascismo que calificó de izquierdista? Pues bien, contribuyamos todos a erradicar el instinto de la violencia y la mentira, proceda de donde procediere. También a usted quisiera comprometerlo en esta tarea. Para las restante consideraciones contenidas en su carta abierta me permitirá usted que continuemos el diálogo en otra ocasión, limitándome aquí a afirmar que el mito del centralismo estatal no cabe en mi pensamiento ni en mi programa político. Atentamente, Giovanni Leone».

 

¿HA PASADO DE MODA EL VIETNAM?

Parece que desde hace unas semanas la palabra Vietnam ha desaparecido de los titulares de los periódicos. La urgencia, la obstinación, la ostentación con que esta palabra «era noticia» hasta hace unos días han dado paso a una abstraída «rutina» o, por lo menos, a una especie de suspensión. Si a cualquier idiota se le ocurriese hacer una investigación filológica sobre el número de veces que la palabra Vietnam ha aparecido en las crónicas de estos años y catalogase la lista bajo diversas voces, de partidos políticos, diarios, personalidades, etc., se encontraría con una estadística que a su manera daría perfecta cuenta del clima político y moral en que hemos vivido: y es una lástima que en la pesquisa no pudiera consignarse el uso oral que se ha hecho de esta palabra.

Puedo decir con absoluta certeza que yo sería el último en la lista de las personas que han utilizado dicha palabra (por escrito y hasta oralmente: por escrito no la he usado, a decir verdad, más de tres veces). Pero me jacto de ello. En realidad, la palabra Vietnam se ha utilizado en su mayor parte demagógicamente, a modo de chantaje, por obligación, por moda, por moralismo, por necesidad, para manipularla o provocar la manipulación; con vanidad, con soberbia, con conformismo. Era un recurso universal disuelto en un sentimiento normalizado: lo mismo indiferenciado que discriminado, por igual mayoritario que selecto.

En virtud de un pudor furioso he evitado siempre nombrar el Vietnam en vano, igual que en los Mandamientos se dice (en vano) respecto de Dios. Pero ahora hay un momento de pausa (ay, no definitivo, ciertamente) en la moda atroz del Vietnam; ahora que los vietcong, aunque sea durante un breve plazo, parecen lejanos y «aparte» (ahora es más funcional hablar de los estudiantes mexicanos), quiero contar todo el amor que siento por esas gentes sencillas y sublimes. Mientras en Europa se libran falsas batallas de vanguardia (falsas por objetivamente prematuras: en toda Europa, salvo en Inglaterra, (9) hay fascismo, sea cual fuere su variedad), allá, en Vietnam, se libra una guerra de retaguardia: es decir, se combate en primer lugar por eso tan mínimo y fundamental que es la libertad y la independencia. No quiero ser chantajista a mi vez. Quiero sólo invitar a ser realista. Y digo esto, antes que nada, a los hombres de mi edad, a los que ha caído en suerte, y a mí con ellos, el deber de «realizarse» en una época distinta de aquella en que comenzó su vida.

Pero para ellos es siempre la vieja época y deben librar sus viejas batallas. Precisamente porque todavía están en el mundo, muchas de las razones que han condicionado su época siguen siendo reales. En consecuencia, su ambigüedad se ha agravado últimamente hasta volverse verdaderamente dramática o poco menos que trágica. No pueden ignorar, en realidad, ni pueden dejar de ver que ha nacido una época nueva: pero ellos no pueden hacer otra cosa que «realizarse» en la vieja. No es una cuestión de generaciones.

Aunque los muchachos de la Universidad aclaman a Ho Chi Minh, los vietcong campesinos y «heroicos» pertenecen a la vieja época. He puesto entre comillas la condición «heroica» porque, como me ha contado Basaglia, una interna de su manicomio ha dicho que los héroes son un producto de las sociedades represivas.

N. º 43, año XXX, 19 de octubre de 1968

(9) En los años setenta se experimento una intensificación de los movimientos racistas en Inglaterra; movimientos integrados, naturalmente, por pequeña burguesía y burguesía media, bien organizados y que tendían, mediante intimidaciones violentas, a «limpiar» Inglaterra de la masa obrera inmigrante. Esto por no hablar del triunfo político de la actual Primer Ministro, sabido de todos, una de cuyas medidas demagógicas más publicitarias -muy dentro de lo que Pasolini llamaría «terrorismo»- fue convertir al historiador de arte Anthony Blunt en chivo expiatorio de su campaña conservadora. (N. del t.)

 

LA VOLUNTAD DE NO SER PADRE (10)

Cuando observo, con amor o aversión, con rabia o complicidad, etc., etc., a los militantes del Movimiento Estudiantil, me asalta un sentimiento constante e inequívoco: la voluntad de que no se me considere padre de ellos.

Son muchas las razones de este sentimiento. Hay, ciertamente, en mí, una voluntad general de no ser padre (de no asimilarme a mi padre ni a los padres en general), etc. Y, quizás, hay asimismo una rivalidad de padre (padre a pesar suyo) ante los hijos, que ambiciona, pues, negar la propia condición de padre para poder negarles sus derechos de hijos. Y quién sabe cuántas cosas aún. Pero hay además razones objetivas; expondré dos de ellas: 1) la precocidad humana y cultural de los jóvenes de la última generación (que, sin lugar a dudas, leerán con ironía «adulta» estos ingenuos renglones míos) en virtud de la cual no tienen, en modo alguno, aspecto de hijos (o, en cualquier caso, que también en ellos se da la tozuda y misteriosa voluntad de no ser hijos); 2) el hecho de que la nueva generación haya nacido y se haya formado en otra época, con intereses y formas de vida tan distintos, y de que, en consecuencia, mediante el solo, puro y sencillo acto de vivir hayan acumulado una experiencia que nosotros no podemos reunir como no sea desde fuera y en tanto que «previsión». Ahora bien: ¿qué es lo que diferencia (por lo demás, estúpidamente) a un padre de su hijo? El hipotético nivel diferente de experiencia de un mundo único. Yo, sin embargo, como padre, vivo en un mundo (digamos el viejo mundo humanista, aunque esté en crisis, y con conciencia de la crisis), mientras que ellos, los hijos, viven en otro (llamémoslo posthumanista, antes que técnico o tecnológico, o tecnocrático, porque es preferible, por exactitud, mantenerse en las generalidades).

Cuando, por el contrario, veo a las estudiantes -altivas, orgullosas, bulliciosas, conmovedoras compañeras- por lo común tan pequeñitas, pálidas, débiles -o bien grotescamente infantiles-, tan desarropadas, con su poco de víctimas y su poco de rameritas, con el sello de la pequeña burguesía estampado como una marca en esa carne suya tan graciosa y esos ojos que miran llenos de incertidumbre y, conjuntamente, de idealismo y conciencia, entonces soy presa de una profunda emoción. Me siento ni más ni menos que padre de una de estas estudiantes delicadas y con todo su aspecto provocativo. Con todo lo que esto conlleva de paterno: ausencia de rivalidad, confianza, afecto, necesidad (...aunque sea paternalista) de darle consejos, útiles por inútiles, o bien de decirle (siempre de modo paternalista): «Sigue tu camino y deja atrás a este anciano para que ajuste las cuentas con sus coetáneos y libre sus viejas batallas».

N. º 46, año XXX, 9 de noviembre de 1968

(10) Los textos mecanografiados de este artículo y el siguiente, conservados en el archivo Pasolini, llevan, respectivamente, los títulos «Las estudiantes» y «El centro izquierda».

 

DOS PALABRAS SOBRE NENNI

No sé, ni me interesa mucho cómo será el nuevo gobierno. Mi política es claramente platónica. Además de ser no práctica y no moralista. Está destinada,   pues, a la máxima impopularidad: también porque ni siquiera amo mi independencia que, antes bien, considero una forma de impotencia.

Sin embargo querría decir dos palabras sobre Nenni. Recuerdo que hace unos años escribí un poema (11) en que me dirigía a él y le incitaba a que tomase el camino que ha seguido después. No recuerdo bien cuáles fueron los argumentos de aquellos versos -que, además, he perdido, y ni siquiera recuerdo dónde se publicaron-, me acuerdo sólo de una idea (creo que era el final): que no ser nunca vencedor, no estar nunca con los vencedores acaba por volver estéril. Es una idea como las demás, un poco falsa y un poco verdadera. Después escribí otro poema (titulado «Vittoria», que se encuentra al final de mi último libro poético, aparecido en el 64), (12) en que, por el contrario, criticaba la «entrada» de Nenni en las filas del orden y del poder: de los vencedores. Por eso, públicamente, no he gozado de sus preferencias en estos últimos años: en mis tempestuosas relaciones con el PCI este último acababa siempre por prevalecer. Pero lo que no podía desaparecer era mi simpatía por Nenni. Me parece el hombre más simpático del mundo político italiano. Pero no es la pura y simple simpatía lo que me inspira la observación que querría hacer ahora sobre el centro-izquierda (salvaguardando mi crítica de fondo, de comunista disidente, a la izquierda del PCI, solo, no por moda, y a menudo en pésima compañía); la observación es la siguiente: los años del centro-izquierda han sido años decisivos para la historia italiana, en un sentido profundamente válido. He repetido ya demasiadas veces en esta sección que la democracia engendra democracia. El centro-izquierda ha hecho rodar su piedrecilla democrática por la pendiente de un país que jamás había conocido la democracia: y, al hacerla rodar, la piedrecilla se ha convertido en un pequeño alud, como suele suceder inexorablemente. Los estudiantes acostumbran silbar goliardescamente a Nenni; no comprenden cuánto le debe la fuerza de su Movimiento en Italia, aunque sea de manera indirecta. Los grupos dirigentes del Movimiento Estudiantil se habrían quedado infinitamente más aislados de lo que están si un gran número de estudiantes -la informe masa de choque- no se hubiese formado en los años de centro-izquierda en que, no obstante con muchos aprietos, sopló en Italia una brisa de democracia: gracias también a esta brisa casi imperceptible, se engendró el huracán del Movimiento Estudiantil -no como movimiento de élite, sino como movimiento de masas-, por cuanto que los estudiantes, en conjunto, se encontraron casi de golpe abocados a la «conciencia de los propios derechos democráticos».

Tal conciencia, en resumidas cuentas, aunque hasta el momento sin claro conocimiento de causa, ha determinado la diferenciación definitiva de dos conceptos que, en la inexperiencia, se habían fundido: el concepto de democracia y el concepto de socialdemocracia.

Extraordinario: el PSU (13) está amenazado, irrevocablemente, por la socialdemocracia y se declara objetivamente culpable de «reformismo» y por consiguiente de complicidad con la patronal; al mismo tiempo, ha desencadenado una conciencia democrática, gracias a la cual una «reforma» ya no es una «reforma», sino un derecho democrático. Esto implica una revisión de la idea de democracia que, en última instancia, se inserta en un momento delicado de la historia del comunismo. Véanse los casos de Yugoslavia y Checoslovaquia, donde el principal problema es el de la «liberalización» del Partido. Pero ¿qué significa aquí «liberalizar»? ¿Volver a la democracia liberal, a la conservadora o a la pluralista de tipo estadounidense? ¿Qué significa liberalismo cuando se refiere al comunismo? Estos son los temas más imperiosos del mundo marxista (Yugoslavia plantea soluciones como la «autogestión» y la «descentralización», que son ideales puramente «democráticos» y, al mismo tiempo, siguen la directriz marxista para la destrucción del Estado). El centro-izquierda, a un nivel objetivo y, me atrevería a decir, existencial, ha contribuido a madurar especialmente a los jóvenes en la confrontación de estos problemas, más allá de la mezquindad provinciana y de la miseria cultural en que Nenni y su partido se encuentran fatalmente involucrados.

N. º 46, año XXX, 9 de noviembre de 1968

(11) Se refiere a la «Lettera a Nenni (1960)», en Avanti! , 31 de diciembre de 1961.

(12) Cf. Poesia in forma di rosa ) Garzanti, Milán, 1964, pp. 217-229.

(13) Partido Socialista Unificado. Bajo estas siglas, de 1966 a 1969, estuvieron unidos precisamente el Partido Socialista Italiano y el Partido Social Demócrata Italiano.

 

CARTA ABIERTA A SILVANA MANGANO

Querida Silvana:

Te debo tanto una carta. Una carta, si no un «ramo de espléndidas rosas». En vez de escribírtela en privado, lo hago públicamente. Esto pone sus límites a la confianza y al afecto; pero le confiere, tal vez, un mayor valor.

Es una carta llena de amargura. Una amargura confusa e indescriptible, un malestar leve e inconmensurable que, no obstante, no quiero transmitir. Es posible que se deba al procesamiento de Teorema , (14) que la gente cree es para mí un hecho administrativo corriente, presupuesto y jugado como en una especie de apuesta con la vida: es, por el contrario, un acontecimiento dramático. Si no fuese así, me sería demasiado fácil (hablo de mi lucha). Si no hubiese en mí -imborrable, coagulado en los días infantiles- un conformismo desencadenador de dramas, sería demasiado fácil mi anticonformismo. ¿No crees?

En la amargura que experimento (y que me inunda de pies a cabeza) al escribirte esta carta, juega un papel importante el presentimiento de que tu trabajo conmigo (15) no te ha proporcionado la satisfacción que yo esperaba. (Tú, infinitamente más «amarga» y más sabia que yo, no tenías estas esperanzas, lo sé.) Pero, aun así, el pretexto para dirigirte esta carta me lo ha proporcionado un viaje de dos días a París (siempre a causa de Teorema ), donde Edipo rey se proyectaba en el Dragon, al tiempo que se estrenaba en Francia: ha sido un gran éxito -como se dice triunfalmente, lanzando un suspiro- de «público y de crítica». Me gustaría enseñarte los pasajes en que los críticos parisinos hablan de ti. La satisfacción (que tú no quieres tener) sería verdaderamente grande.

Pero volvamos a nuestra amargura (de la que la satisfacción parisiense no es sino una contradictoria confirmación). Amargura como estado neurótico difuso y sin cuajar. Neurosis como conflicto de conformismo e inconformismo. De miedo y valentía. De gracia e impotencia. De este modo tan distinto, tan profundamente distinto, ambos somos víctimas de ella. Es posible que en esta amargura -que nos permite trabajar con gran entusiasmo y con pocas esperanzas, me atrevería a decir... estoicamente- se base nuestra colaboración tan mágicamente solidaria. Somos tan puntuales y formales como los niños aplicados en la escuela, ¿no es cierto?, y tenemos un sentido muy arraigado del deber: jamás faltaremos a nuestra palabra... No me fue difícil «contemplar» todos estos aspectos de tu naturaleza -puntualidad, sentido del deber, lealtad- mientras trabajamos juntos en Marruecos, en Roma, en Milán. Es todo esto, precisamente y aunque parezca extraño, lo que origina el misterio de tu belleza. Tu belleza amarga, que se ofrece, amenazadora, como una teofanía, un esplendor de perla, cuando, en realidad, estás lejos. Apareces donde se cree, se trabaja, donde hay más fatigas, pero estás donde no se cree, no se trabaja, donde no hay afanes. Reclamada entre nosotros por una obligación que (quién sabe por qué) se crea viviendo, permanece la realidad de tu lejanía como una lámina de cristal alzada entre el mundo y tú. Sin que nunca te lo hayamos dicho (dado el salvaje pudor) mi alma estaba frecuentemente contigo, detrás de ese cristal.

Cuando Dionisos llegó a Tebas bajo los despojos de un hermoso mancebo mortal, con sus largos cabellos (tanto que, incluso entonces, habría querido cortárselos Penteo), su semblante estaba pletórico de gracia, de alegría, de indolencia juvenil (cuando se es joven se tiene tanto tiempo por delante que no se tiene miedo de despilfarrarlo). Poco a poco, aquel aspecto suyo, realmente feliz, forma de liberación (Tiresias dirá: «No está seguro Dionisos de querer / castas a las mujeres: pero no nace virtud / que dé la naturaleza. Reflexiona esto que te digo: / si la mujer es casta, ni la orgía báquica / habrá de corromperla... »), se revela como una presencia temible, forma de destrucción. «Dionisos es dios / entre los númenes el más benigno y el más terrible», dice de sí mismo.

Ha llegado a Tebas con forma humana para llevar amor (¡pero de ningún modo el sentimental y almibarado de los convencionalismos!) y en su lugar lleva el desconcierto y la carnicería. Él es la irracionalidad que cambia, insensiblemente y con la mayor indiferencia, de la dulzura al horror. Por mediación de ella no hay solución de continuidad entre Dios y el Diablo, entre el bien y el mal (Dionisos se transforma, asimismo insensiblemente y con la mayor indiferencia, del joven lleno de gracia que era cuando su primera aparición, en un joven amoral y criminal). Tanto en su aspecto «benigno» como en su aspecto «malvado», la sociedad, basada en la razón y el buen sentido -que son lo opuesto a Dionisos, es decir, a la irracionalidad-, no puede abarcarlo. Pero es su misma incomprensión de esta irracionalidad la que la lleva irracionalmente a la ruina (a la más horrenda carnicería jamás descrita en una obra de arte). Son los IM, por citar a Elsa Morante, los Infelices Más, o sea, la mayoría, o el término medio, basado en la racionalidad y el buen sentido, los que no comprenden la gracia de Dionisos, su libertad, y por ello acaban atrozmente en la matanza: de la que, con todo, la irracionalidad misma, es protectora. Cuántos Penteos hay en nuestra sociedad, querida Silvana, que primero quieren cortar los cabellos del joven Dios que aparece ante ellos sin que ellos quieran reconocerlo y luego acaban acechando a las Ménades, vestidos de mujer, y destrozados por ellas en una terrible carnicería (Auschwitz, Dachau, Vietnam, Biafra). Los Penteos italianos son los mediocres, los mezquinos imbéciles, que ni siquiera son dignos de ser destrozados por las Ménades. (Por lo demás, basta releer la balada de Elsa Morante que acabo de citarte: ¡basta, en definitiva, a su infelicidad, pertenecer a la categoría de los «Infelices Más»!)

Por volver a nosotros, nosotros hemos reconocido a Dionisos; pero con temor, con un temor surgido del mundo de los Infelices Más. Y esto es lo que nos proporciona esa amargura que modera y torna ambigua la felicidad que hemos comprendido: renuncia y compromiso son drogas con que queremos rellenar el vacío dejado por esa mitad de felicidad que no estamos en situación de gozar. De aquí tu neurótica indiferencia por las cosas, de aquí mi angustia ante acontecimientos como mi procesamiento, etc. Pero, en definitiva, con la ayuda de Dionisos, esperemos trabajar juntos todavía. Y tener a mano, juntos también, esas satisfacciones de que no tenemos esperanza, y que pasan como un rayo, puros y simples «contrarrestos», reveladores, de nuestra amargura.

N º 47, año XXX, 16 de noviembre de 1968

(14) Sobre la historia forense de la película Teorema , d. Pasolini: cronaca giudiziaria, persecuzione e morte , ed. a cargo de L. Betti, Garzanti, Milán, 1977, pp. 169-171 y E. Siciliano, Vita di Pasolini , ed. cit., p. 314.

(15) Silvana Mangano apareció en algunas películas de Pasolini, entre ellas Edipo rey (1967) y Teorema (1968).

BASSANI: HISTORIA DE UN DELIRIO

La nueva temporada literaria italiana ha comenzado con un libro que he leído, a mi pesar, con profunda «correspondencia de amorosos sentimientos»: La garza , de Giorgio Bassani. Es la historia de un delirio -de que el protagonista se percata de improviso, y no en un momento «de descenso», sino en un momento «de elevación»- (16) según la diabólica habilidad narrativa del autor: es decir, en el momento estilísticamente más huero, narrativamente más gris. El «malestar inconsciente» por la propia vida de pequeñoburgués de Ferrara, vulgar aunque no del todo insensible -si no por la crueldad judía que, tras volverlo vulnerable, lo ha desgajado brutalmente de la vulgaridad fatal de su clase social- se convierte en «malestar consciente» repentinamente y sin ningún motivo: tal vez por saturación. Una entropía que estalla. Edgardo, el protagonista, es para mí un hombre, si no odioso, repulsivo. Yo no habría podido escribir una sola línea sobre este tal Edgardo. Bassani ha escrito al respecto todo un libro y ha vivido, en consecuencia, con él durante años. ¿Cómo lo habrá hecho?

Para Bassani, los hombres como Edgardo son héroes: «héroes burgueses», a pesar de la evidente contradicción de los términos, la «contradicción que no lo admite». ¿Y por qué son héroes? Porque él no ha podido ser como ellos: un burgués de ese talante. Y no ha podido serlo por razones externas: porque es judío y, durante su juventud -aparte la persecución racial y la «diferencia» judía objetivamente en función en todo momento histórico, durante su juventud estaba el fascismo. A Bassani, pues, se le ha congelado la crítica a la burguesía porque algo o alguien le ha impedido, injustamente, ser un burgués, en caso de haberlo deseado. Se le ha privado de la libertad de ser burgués. Y esto le ha hecho ver a la burguesía bajo una luz distinta: la luz de la nostalgia. Tratándose para él de una «oportunidad perdida» por razones de fuerza mayor y no por libre albedrío, se ha puesto a derramar lágrimas por ella (en contradicción con su naturaleza de poeta, que no puede ser burguesa ni puede considerar héroe a un burgués: puede, como mucho, verlo como «criatura» que provoca compasión o sonrisas, como en las películas de Renoir o de Tati).

Sin sentir repugnancia alguna, antes bien nostalgia, hacia la vida de estos individuos, Bassani puede, en lo tocante a los burgueses, no sólo describir su mundo, sino describirlo además «reviviendo» sus registros discursivos, es decir, citando continuamente sus frases hechas, sus lugares comunes: todos engendrados a raíz de una ideología atroz: conservadurismo, actitud bienpensante, consumismo paleocapitalista. Prácticamente, al mezclar su propia prosa con el lenguaje de los personajes, Bassani llega a crear una analogía entre el pequeño mundo burgués y su estilo. Que se convierten en dos entidades paralelas. Edgardo decide morir a causa de su propia vida: Bassani, que ha revivido la vida de Edgardo merced a su estilo, parece querer morir con él. Por esto resulta tan terrible la lectura de este libro.

N. º 47, año XXX, 16 de noviembre de 1968

(16) «Non in un momento "in battere", ma in un momento "in levare".» Pese a la denotación psicológica, se trata de una figura tomada de los movimientos de batuta del director de orquesta, respectivamente, hacia abajo y hacia arriba; en castellano se sigue aplicando la terminología griega: arsis (impulso hacia arriba) y thesis (reposo), (N, de t.)

 

VEJEZ DE UN HOMBRE MODERNO

Hablando del libro inaugural de la nueva temporada literaria no quiero perder la ocasión de dar una mirada atrás, a la anterior. Me viene de pronto a las mientes el libro de poemas de Carlo Betocchi, publicado por Mondadori. (17) Me parece que se ha cometido una especie de injusticia con este libro; aunque ha recibido excelentes críticas, cálidas acogidas orales por parte de los amigos de siempre; y aunque haya ganado un premio. Porque esto no es bastante. El libro de Betocchi es el primero que da realmente una idea de lo que puede ser la vejez de un hombre moderno (Betocchi tiene setenta años, aunque no los aparenta): de un modo tan auténtico y funesto, con un encanto tan lleno de exaltada voluntad de hacerse daño a sí mismo y al lector -mediante los excesos de una lucidez incapaz de responder a ninguna pregunta- que todavía, después de hacer tantos meses que lo he leído, me siento bajo su impresión angustiosa y reveladora. Es eso lo que me espera.

N. º 47, año XXX, 16 de noviembre de 1968

(17) Se refiere a Un passo, un altro passo , Mondadori, Milán, 1967.

 

BREVES DIÁLOGOS SOBRE EL CINE Y EL TEATRO (18)

Estoy en el Etna. Llueve, nieva, pasa la niebla, brilla el sol. Vuelve a llover, vuelve a nevar, vuelve a pasar la niebla, vuelve a brillar el sol. Con tres de los protagonistas de la película que he de comenzar a rodar, mantengo los siguientes diálogos breves.

Yo: ¿Qué es el cine, Niné?

NINETTO DAVOLI: El cine es el cine.

Yo: También dice eso Godard, ¿lo sabías?

NINETTO: Godard es un hombre inteligente.

Yo: ¿Sólo inteligente?

NINETTO: Además es un tipo que me gusta.

Yo: ¿Por qué?

NINETTO: Porque podría ser perfectamente un amigo mío... cualquiera que hubiera nacido en mi tierra... Un hombre sencillo...

Yo: ¿Qué entiendes por hombre sencillo?

NINETTO: Un peón que acude siempre al trabajo...

Yo: ¿Godard es un peón?

NINETTO: Sí, porque me gusta.

Yo: ¿Te gustan también sus películas?

NINETTO: Sí, me gustan para verlas... para contemplarlas... Pero no puedo decir que las entienda a fondo. Me gusta contemplarlas porque cuando veo sus películas lo veo a él.

Yo: Entonces, el cine es el cine. ¿Y el teatro? ¿Qué es?

NlNETTO: El teatro es el teatro. Para mí todo es sencillo.

Yo: ¿Qué diferencia hay entre un hombre de la realidad y el mismo hombre representado en el cine o en el teatro?

NINETTO: Nada, ninguna diferencia.

Yo: Entonces ¿son lo mismo realidad, cine y teatro?

NlNETTO: En cierto sentido, sí... son lo mismo... sólo que allí al hombre lo ves en persona, en el cine lo ves en la pantalla y en el teatro lo ves en el escenario.

Yo: Tú eres un muchacho de la realidad, eres actor de cine y en la actualidad también actor de teatro. ¿En cuál de estas formas te sientes más verdadero?

NINETTO: En el teatro.

Yo: (Siempre te lo he dicho.) ¿Y por qué?

NlNETTO: Porque en el teatro no es como en el cine, en que una acción se repite tantas veces. En el teatro, una vez sales al escenario, todo se hace seguido.

Yo: ¿Te sientes entonces más «Ninetto» en el escenario que en el bar de la plaza Prenestino o en la Via dell'Acqua Bullicante?

NINETTO: En realidad... igual: porque siempre estoy en el escenario.

Yo: Entonces, ¿todo el mundo es un escenario?

NlNETTO: ¿Qué hay de malo en ello? ¿No es el mundo un escenario? ¿Qué otra cosa puede ser?

Yo: ¿Querrías entonces que, en la película que vamos a rodar, te sacase en planos-secuencia largos?

NINETTO: Oye, pues sería mejor...

Yo: Yo, en cambio, fracciono la acción en breves secuencias, primeros planos, figuras enteras, campos largos. O sea que reúno todas las expresiones y todos los gestos, por decirlo de algún modo, en un solo encuadre. ¿Por qué hago esto, según tú?

NlNETTO: No creo que lo hagas para recargar la película... Lo haces para ofrecer las cosas más auténticas.

Yo: Entonces, las acciones más auténticas, ¿no son ya, como decías antes, las continuas, es decir, las de la realidad y del teatro?

NlNETTO: Me estás complicando demasiado las cosas, papá...

Yo: ¿Te gusta el título de la película que estamos rodando, Porcile [«Porqueriza»]?

NINETTO: Sí me gusta, sí. Porque conozco el argumento y me gusta.

Yo: Los fascistas, etc., se mueren de risa, no desaprovechan la ocasión para escribir sobre lo bufonesco de este título, sin el menor reparo ...

NlNETTO: ¿Y por qué se mueren de risa, papá? Al final se quedarán todos jodidísimos.

Yo: ¿Por qué?

NlNETTO: Porque al final ya no podrán reír.

***

Yo: Tú eres terriblemente idéntico en la realidad y en el cine. Y al mismo tiempo, eres terriblemente distinto. ¿Cómo te lo explicas?

PIERRE CLEMENTI: Porque cuanto más me adentro en mí mismo, más encuentro cosas que no conozco. Por eso, cuando estoy ante la filmadora, soy «yo mismo buscando». Por otro lado, hay mucha diferencia entre la realidad y el cine, porque el cine es uno de tantos medios de representar la realidad. Con una película se puede reconstruir un mundo; en la realidad es más difícil. Sin embargo, el cine es una de las herramientas que pueden llevar a los hombres a la realidad .

Yo: ¿Por qué piensas que los hombres no viven en la realidad?

PIERRE: Sí, sí, pero yo creo que la televisión y todas las demás instituciones (digamos, mass media ) alejan al hombre de la realidad...

Yo: Franco Citti dice que la realidad es la pureza.

PIERRE: Sí, es cierto, pero el tiempo destruye la pureza. El cine cumple muchas funciones: con tal de que una película realice la función de la pureza... Para hacer un cine puro hace falta aprender de la gente pura. Y esto no lo hace precisamente el cine comercial ..

Yo: ¿Qué representa entonces el cine comercial?

PIERRE: Es una píldora somnífera. Se hace para una sociedad ocupada en digerir. Lo hacen hombres vulgares que consideran vulgares a los demás.

Yo: ¿Cuál sería tu manera ideal de hacer cine?

PIERRE: Hacer un viaje cuyo fondo sea la vida y la muerte. Por ejemplo, partir con un equipo de hombres que tengan las mismas necesidades, las mismas aspiraciones, etc., y crear algo tan impresionante que supere la realidad.

Yo: ¿Hacia dónde?

PIERRE: Bueno. El hombre hace su viaje solo, y esto es la realidad. Dios, patria, familia, etc., son las costumbres, la culpa de esta soledad. Quedan entonces dos soluciones: o tomar un fusil y ponerse a disparar o tomar una filmadora y hacer cine: así se va más allá de la soledad.

***

Yo: ¿Qué es el cine?

FRANCO CITTI: El cine es el cine.

Yo: ¿Y qué es la realidad?

FRANCO: Lo que existe sólo en los puros.

Yo: ¿Y qué es todo lo restante?

FRANCO: Injusticia.

Yo: ¿Representa siempre el cine la verdad?

FRANCO: Yo creo que representa la injusticia, en términos generales. Porque son pocos los directores puros.

Yo: ¿En qué realidad vives tú? ¿En la realidad que se encuentra en el corazón de los puros o en la realidad que no es sino injusticia (y que Elsa Morante y yo llamamos «irrealidad»)?

FRANCO: Yo vivo en la realidad que está en el corazón de los puros, pero estoy obligado a vivir también en la injusticia.

Yo: ¿Y qué diferencia hay entre tú en la realidad y tú en el cine?

FRANCO: Pues... yo supongo que el cine es un negocio y que mi realidad siempre es pureza ...

Yo: Pero ¿qué clase de hombre puro eres, si haces cine por lucro?

FRANCO: ¿Y por qué lo hacen los demás?

Yo: Pero es que los demás no pretenden ser puros.

FRANCO: De hecho, yo nunca he ganado...

YO: Así, no obstante, te contradices...

FRANCO: Pero es que quiero contradecirme.

Yo: Planteemos la cuestión de modo más concreto: ¿eres más «verdadero» en cuanto Franco Citti o en cuanto «Accattone» o «Edipo»?

FRANCO: En cuanto Franco Citti.

Yo: ¿Tal vez porque Franco Citti es más contradictorio que «Accattone»?

FRANCO: Me contradigo precisamente porque he hecho cine.

Yo: Cuando hiciste Accattone , pues, estabas completamente en la «realidad que se encuentra en el corazón de los puros»; pero al hacer cine entras en la realidad que es «injusticia». ¿Es como digo?

FRANCO: Lo que yo digo es que al hacer Accattone no hice una película sola, sino que hice dos en ella: la hice con el corazón y Pasolini con la fantasía. Con el corazón, digo, y me refiero a la ignorancia de lo que hacía: por desconocimiento del cine. Mientras que la fantasía es la experiencia que tienen los artistas.

Yo: Entonces yo te he utilizado a causa de tu realidad (inconsciente de sí, y, como tú mismo has dicho, perteneciente al mundo de los puros); pero los actos de Accattone (sacar el mayor provecho de las mujeres, robar, etc.), ¿son actos puros, en el sentido que tú dices?

FRANCO: La pureza es algo abierto... libre... También pueden participar de ella el robo y la explotación de mujeres...

Yo: ¿Por qué piensas que los fascistas y los burgueses se encolerizaron tanto contra un personaje «real» (puro) como Accattone?

FRANCO: Yo sólo puedo decirte una cosa: no sé qué significa la palabra «fascista», ni siquiera después de haber sufrido tanto por culpa de los fascistas.

Yo: ¿Prevés que sufriremos también por culpa de Porcile ?

FRANCO: Sí, porque los fascistas viven en esa realidad que es la injusticia.

N. º 48, año XXX, 23 de noviembre de 1968

(18) Reproducido luego con el mismo título (y con los subtítulos de Tempo ) en P. P. Pasolini-S. Citti, Ostia , Garzanti, Milán, 1970, pp. 181-185.

 

PANAGULIS: ESTA VEZ NO (19)

Esta vez no. No debe ocurrir. / Si Panagulis muere, no se puede sobrevivir. / Hemos sobrevivido ya tantas veces a cosas semejantes. / Pero éramos niños: el diablo nos tentaba. / Estar de parte de los asesinados significaba esperar. / Un fusilamiento aumentaba la vitalidad: se cantaba. / Los mártires eran oportunos: el PCI no estaba en crisis. / El garrote y la horca eran buenos argumentos / gracias a la estupidez del enemigo. / Pero ahora ya no somos niños. El PCI está en crisis. / La URSS es un Estado pequeñoburgués que piensa en la luna. / Ya no tenemos esperanza: no tenemos buenas razones para sobrevivir. / La posesión de razones no convierte ya en chantajistas estupendos. / No queremos manipular la muerte de Panagulis. / No queremos que Panagulis muera como Meneceo. (20) / En realidad, también Eurípides ha hecho retórica con este tema. / ¿Decían los dioses que el sacrificio de un hijo tenía lugar / por el feliz término de la empresa de una ciudad? / ¿Y lo aceptaba el mancebo señalado para el sacrificio? / Falsedad, pura locura. El Hades no es realista. / Y tú, Meneceo, con tu bozo, aquí te quedarás con nosotros. Tu sed de muerte / no debe aceptarse. Los tiranos no deben cometer / un nuevo error, ni nosotros, raudos, debemos aprovecharnos de él. / Hemos de llorar tu muerte antes de que mueras. / Los dos mil antiestalinistas ahorcados en Praga / ya no tienen nada que decir: ya no son noticia. / Y un Panagulis no vale seis millones de judíos. / Meneceo está muerto; Tebas ha vencido; Creonte ha tomado el poder. / Que somos impotentes es cierto. Pero las palabras tienen su valor. / Si tú mueres, nosotros mataremos. Escogeremos una víctima significativa: ¡que no quiera morir en absoluto! / Y esto, sencillamente, porque detenta el poder. / Meneceo no tenía un cuarto, aunque era hijo del tío del Rey. / Cuando se está sin blanca y se posee sólo lo que se lleva encima, / entonces se es un héroe: Eurípides lo sabía, lo sabía muy bien y sabía además / que nadie se habría reído jamás de las palabras retóricas / atribuidas a los héroes (mancebos) que querían obedecer al oráculo asesino. / Mataremos a uno cualquiera del otro bando: un ministro o un cardenal. / Elegido a propósito. No nos limitaremos a los profanos, como Danilo Dolci. / Ha pasado ya el tiempo de los vivaques con los muertos y también de los profanos. /Si no en los hechos, por lo menos en las intenciones, es ya la hora de la violencia. / De la violencia, añado, sin esperanza, estéril, impaciente. / Han acabado con toda nuestra paciencia: quien se equivoca y quien tiene razón. / Todavía estamos con quien tiene razón: todavía, pero sin tantos cuentos. / Amigos que no ondean banderas, pero que se han vuelto serios / como los que meditan sin dolor la idea del suicidio, / recuerden que «la libertad se encuentra en estas breves palabras: / ¿hay alguno que tenga un consejo útil que dar a su patria?» / Porque aquí no hay patria ninguna: la única patria / está por el momento en los ojos negros de Panagulis. / Aconsejémosle que no muera o prometámosle una venganza eficaz y realista: / sangre inútil de un hombre muerto por la sangre inútil de un joven puro.

N. º 49, año XXX, 30 de noviembre de 1968

(19) En los textos mecanografiados del archivo Pasolini esta composición y la siguiente se titulan respectivamente «Para Panagulis» y «A Dutschke». Ambas se recogieron con supresiones y variantes (incluso en los títulos, «Panagulis» y «Dutschke») y con la nota «por gentileza de la revista Tempo » en Trasumanar e organizzar , Garzanti, Milán, 1971, pp. 27-30.

(20) Meneceo aceptó sacrificarse para salvar a Tebas del asedio de los célebres Siete; el poema de Pasolini juega con el tema según la versión de Eurípides en Las fenicias . (N. del t.)

 

LA MADUREZ DE RUDI DUTSCHKE

Aquello que formó parte de mi período natal / fue totalmente prenatal para ti. Además / lo que para mí fue familiar, para ti fue extranjero. / Has atravesado, para venir aquí, conversando / hasta lo increíble, un mundo, pues, ni natal ni conocido. / Durante todo el tiempo en que aún no habías nacido, / yo razonaba. He pensado en lo que ocurría / mientras tú estabas echado en el vientre de una madre que ignoro... / No fecundé yo a esta mujer, es verdad. / Sin embargo, si considero el largo espacio de tiempo / que transcurrió después de mi nacimiento y antes del tuyo, / no cabe duda: objetivamente soy tu padre. / ¿Por qué te miro, entonces, con ojos de hijo? / Nuestra experiencia tiene las mismas palabras / y nuestros conceptos la misma terminología. / Pero tú, además de tu experiencia y tu razón, / tienes también las mías: esto es lo que te vuelve precisamente más adulto. / Yo no he podido hacer herencia de mis años prenatales. / Están prohibidos a mi experiencia, tragedia inútil. / Jamás he utilizado una sola palabra / que utilizasen mis padres. ¡Bonita muerte para ellos! / Su criminalidad y su idiotez son un cero a la izquierda en mi vida. / También yo, naturalmente, recorrí un largo período prenatal y llegué / como un bárbaro misterioso y provisto de toda exquisitez / cultural y de una madurez extraña e inadmisible a esta tierra. / No fui acogido con interés. No se me miró con ojos filiales. / Nadie se asombró de mi amarga sabiduría. / Tuve sobre mí ojos de padre... Pero basta ya de esta historia. / (Se han marchado, acompañados de mi maldición, de mi indiferencia / y de mi dolor.) Ahora, en cambio, te he dado toda mi experiencia. / Así pues, tienes la tuya más la mía: y ello te vuelve padre: / pendo de tus labios, que dicen novedades / empolladas en ese largo período de historia europea en que yo trabajara / (ingenuamente de niño). ¿Qué novedades son éstas? / Ni siquiera tú, a fin de cuentas, sabrías decirlo. Otras historias prenatales / se fraguan en los umbrales de este mundo nunca satisfecho. / ¿La fundación de un partido comunista en Alemania? / Cuántos obstáculos, cuántos contratiempos, cuántas contrariedades: / cuántas imposibilidades históricas debidas a arreglos, ay, definitivos. / Los sindicatos de los trabajadores están entre las más grandes empresas alemanas. / En Frankfurt se espera. En Heidelberg se estudia con aburrimiento. / La burguesía de cuyas entrañas has nacido, / lo he visto con mis propios ojos, está pálida como una lápida. / ¡No te dejes engañar por su buena voluntad, / por su sensibilidad atormentada, por su cómica timidez! / Están todos aterrados, padre, dirigente mío. Y tus jóvenes coetáneos / entran en la historia por la puerta grande, no por los postigos.

N. º 49, año XXX, 30 de noviembre de 1968

 

DIARIO PARA UN CONDENADO A MUERTE

Turín, 20 de noviembre de 1968 . Panagulis va a ser fusilado; y yo no puedo soportar la idea.

Encerrado en la habitación de un hotel; prisionero de mis obligaciones, de mi futuro, etc., me siento presa de una curiosa sensación de intolerancia hacia mi impotencia. Ciertamente, en todos estos decenios en que me ha caído en suerte estar en el mundo y «tomar decisiones», entre gritos como éstos que, violentos y precipitados, se alzan en el cielo de Turín, ante tantas noticias de condenas de muerte como ésta, he sufrido, he sentido revolverse las entrañas de rabia y angustia: pero jamás había llegado, pese a todo, a sufrir como hoy.

¿Qué tiene de «especial» esta condena de muerte? No sé decirlo. Se me ocurre una trivialidad: es la gota que hace desbordar el vaso. No comprendo por qué, sin embargo, el vaso aparece ahora inesperadamente lleno, hasta el borde, hasta el punto de desbordarse. Siempre había creído que ese vaso de nuestra resignación tenía una capacidad infinita. No obstante, en su lugar me encuentro con un vaso lleno; y estoy del todo falto de esa experiencia que auxilia a quien ha llegado a los límites del aguante. Nada más sencillo que el caso de Panagulis. La semana pasada escribí en esta misma página un poema acerca de él: es probable, más aún, es indiscutible que se tratase de un poema tosco, como todo lo que se escribe con lágrimas en los ojos: en él citaba a esos héroes de Eurípides que, con la mecánica del deus ex machina , en el momento oportuno, sabiendo que un oráculo requiere, para la salvación de la ciudad, un sacrificio humano, aceptan -recitando un único monólogo estereotipado y abandonando acto seguido el escenario- morir degollados. El caso de Panagulis participa de esta sencillez un poco mecánica e inhumana. Recuerdo todavía, en este punto, la frase de una reclusa del manicomio de Basaglia: los héroes son producto de las sociedades represivas. En Grecia lo son los tiranos; como en la Tebas o el Argos de Eurípides. Sin embargo, y es esto lo que me pregunto con furia, ¿dónde está Atenas? Había entonces una Atenas democrática que, siempre con la mecánica del deus ex machina , intervenía contra los tiranos de las ciudades vecinas para salvar o vengar a los héroes. ¿Dónde está Teseo, el héroe de la oficialidad democrática que interviene, no obstante reacio, contra la violencia? No veo ningún Teseo a mí alrededor. Veo tan sólo a los demacrados jefes de gobierno, a los prudentes ministros que envían telegramas a gente que no es digna de recibirlos. Panagulis no pide gracia. Rechaza esta relación con los tiranos. Puesto que los «poderosos» de las falsas ciudades de Atenas, que se dicen democráticas, se interesan vivamente por la suerte de este héroe, que hagan lo que sea en serio; y entre tanto comiencen por no considerar dignos de recibir su correspondencia a los coroneles griegos. En principio, con los coroneles no se habla. Hay muchas maneras de meterles miedo, de chantajearlos, de ponerlos entre la espada y la pared. Pero es evidente que el poder no tiene fronteras nacionales; el poder es igual en todas partes y todos los que lo detentan están vinculados fraternalmente entre sí: por eso se envían telegramas. Quedan los intelectuales, los bufones de la corte, como yo, por ejemplo, que me desahogo en estas tristes páginas de impotente, incapaz de una práctica auténtica, tan sólo capaz de velar por su conciencia.

Turín, 21 de noviembre . Hojeo el periódico que han colado bajo la puerta. «Pocas esperanzas para Panagulis.» ¿Por qué «pocas esperanzas»? La esperanza de Panagulis es la de morir: por tanto ¡«grandes esperanzas» para Panagulis! No obstante es un hombre que se equivoca porque no sabe ser héroe. Desde el momento en que se le define como héroe, se le exorciza.

Es la experiencia de todos los días: se pide la santificación de los demás, para tener tranquila la conciencia, en el momento en que se advierte que no son santos. Pero en el momento en que se advierte que lo son, se les consagra. La consagración los distingue, los cataloga: los vuelve inocuos y también un poco ridículos y funcionales. Panagulis un héroe; los coroneles, con realismo, inevitables. De este modo estamos en nuestro papel. Pero yo, un hombre, no puedo soportar la muerte de este hombre. La agresión generalizada y objetiva jamás tendrá un sentido de justicia, y la piedad, existencial, por el que sufre esta injusticia, nunca, al aunarse, habrá producido un inequívoco sentimiento de rebeldía tan fuerte e intolerable.

Me exaspera el dolor de la impotencia. La lucha entre el que detenta el poder -el poder que sea, incluso el de los países democráticos- y quien disiente es siempre desigual. Porque el que detenta el poder no piensa en otra cosa. Mientras que el que disiente tiene otros frentes más excelentes o, mejor aún, menos abyectos y vulgares. Sin embargo, estos frentes «excelentes», estas cosas «no abyectas y vulgares» son ha la postre culpables como el pensamiento del poder.

Turín, 21 de noviembre . Por la ventana, incluso aquí, en el piso octavo, entran los gritos de los estudiantes. Gritos desordenados, discordantes; convencionales, porque los gritos de los manifestantes tienen también un código: un esquema con que «vehicular» las voces al unísono; por ello, desde la lejanía, los gritos de todas las manifestaciones son iguales; pero la lejanía atempera, filtrándola por el espacio, tan indiferente al sentido de los gritos de protesta, su desaliño convencional y un poco vulgar; los vuelve dolorosamente misteriosos; como si procedieran de otro mundo; de otro tiempo; ah, ya: de lejos, los gritos de los manifestantes, además de ser iguales entre sí en el presente, también son iguales a los del pasado; y podría tratarse de gritos de antiguos fascistas: o de partisanos rezagados (en la increíble primavera del 45); por lo demás, Turín no ha cambiado su vista desde lo alto: sus calles rectas se pierden en la vieja neblina de los días en que aprieta el frío; y por encima de los edificios oscuros, chatos y regulares, pintados en el aire neblinoso como en una gasa, se alza el azul, el azul maldito (signo tímido y atroz de la incorruptibilidad intangible del tiempo: cielo y naturaleza, ante lo que todo se vuelve doloroso; y los gritos, en medida creciente, son gritos de cualquier lugar y de cualquier tiempo).

¿Se manifiestan tal vez los estudiantes -que, gritando, difunden el pánico- por Panagulis?

Su gritar misterioso, que surge a ráfagas, como del fondo del tiempo, o en un día futuro, ¿incluye la protesta por este asesinato?

Es la única esperanza. El mundo reducido a una caja de resonancia que repite millones de veces un mismo sentimiento. La opinión pública -cubil del terrorismo, sede comisionada de la resignación- se ha trastornado en medio de sus términos lógicos (dementes) a causa de los estudiantes que gritan. Dentro de la opinión pública hay ya, en consecuencia, otra opinión pública que estalla en el seno de la primera, la quebranta y la descoyunta. También esta segunda opinión pública, ciertamente, tiene en su interior las semillas de un nuevo terrorismo: pero se encuentra aún en gestación, está todavía en situación latente: se presenta como esperanza, oponiéndose a la resignación y al torvo memento mori de la oficialidad. Es posible que el futuro real la contagie, pero el futuro ideal sobre el que se proyecta la vuelve magnífica (me comprenderá quien haya sido joven durante la Resistencia). Pero los jóvenes no se han acostumbrado todavía a la muerte. Para ellos, el de Panagulis es uno de los primeros casos en esa existencia suya que forja la experiencia. El cáliz del aguante está casi vacío para ellos. Su conciencia se realiza -con una plenitud democrática jamás vista en el mundo hasta nuestros días- en la protesta, en la lucha, en la acción, en el sentimiento de la justicia por ejecutar. Para nuestra conciencia, esto ya no basta.

Turín, 22 de noviembre . Esta mañana he vuelto a despertarme antes de la hora habitual. Mi tensión se debe en gran parte al trabajo de estos días. Quiero volver a dormirme, pero no puedo porque sé que en el suelo, en medio de la oscuridad, se encuentra el Corriere deslizado bajo la puerta. Me levanto. Tomo el periódico. «Panagulis trasladado a la isla de Egina: no se ha emitido esta mañana la orden de ejecución y no se emitirá...»

Recuperemos las dimensiones humanas. Currículum de un ergástulo. El problema vuelve a ser histórico. Ahora podemos recomenzar. La solidaridad es un bien muy distinto de la piedad. La acción y la lucha se soportan. Ningún memento mori : el futuro está con los escritores checos, con los poetas negros de Norteamérica o las colonias, con Panagulis.

Turín, 23 de noviembre . No entiendo bien la lucha estudiantil por obtener el derecho de «asamblea» dentro de la escuela. ¿Por qué dentro? ¿Por qué no celebran sus asambleas en las plazas, en los jardines, en las buhardillas? ¿Por qué pretender y obtener de los «superiores» esta libertad y llevarla a cabo en recintos que, a decir verdad, no son, por su naturaleza, lugares de libertad? Lo que sé es que quien aspira a la libertad luego no sabe qué hacer con ella. Pienso, por ello, que los estudiantes deberían luchar, no para que la autoridad ponga en práctica derechos o, cuando menos, no sólo por esto, sino para ser por sí mismos el sector más importante y real de la opinión pública.

Por esto pregunto por qué -como por lo demás era de esperar- ha sido en realidad la otra opinión pública, la oficial, la que ha contado en la actitud ambigua que se ha tomado respecto de Panagulis (el aplazamiento sine die del fusilamiento). Quiero decir además que las autoridades hermanadas en la OTAN, desde Norteamérica hasta el Papa, han presionado, en nombre de su opinión pública, sobre los coroneles con la sola finalidad de que no cometan un error. Y tanto mejor si esto coincide con un gesto de piedad y de democracia. Pues, como dice el titular del Corriere , también consultado con ansiedad esta mañana, «Prevalece la presión de la opinión pública».

Cuando estas páginas se publiquen dentro de una semana, Panagulis habrá dejado de ser noticia. Es posible que tuviera razón él, como leo ahora en algunos de sus ingenuos poemas: su muerte habría sido más útil. Pero no durante más de una semana. No obstante, otra de sus poesías ingenuas termina con este verso: «Lucha... lucha... lucha...». Sí, es evidente que estamos aquí sólo para luchar, no para vencer. Cuándo venceremos es algo que no se sabe.

N. º 50, año XXX, 7 de diciembre de 1968
 
 
  Traducción:
Antonio Prometeo Moya
 
  El que se levanta a mear pierde.
Entrevista a Esteban Schmidt.
 
  La oración the Palermo, Osvaldo Baigorria.
  Este banquito en Palermo, Jorge Viera.
  ¿Cómo perdí mi Palermo? (Para una estética del exilio), Maximiliano Sánchez.
  Último intento, María Stegmayer.
  Ojos chinos y aliento a Zumuva,
Pablo Entrerrios.
  Mapa de Palermo, Horacio Lotito.
  Cuadros, Fogwill.
  Escuela de guerra, Carlos Correas. (Introducción: José Fraguas).
  El Otro Marx, Oscar del Barco.
 
  Entrevista a David González. Por Ársel Álvarez y Andrés Tejada Gómez.
  Loser, David González.
  El demonio te coma las orejas, David González.
  Contra los poetas, Witold Gombrowicz.
  Entrevista a Jorge Herralde. Por Andrés Tejada Gómez.
  Las cuarenta en los 40 de Anagrama, Santiago Ríos.
  Catálogo histórico final, Jorge Herralde.
  La censura, Jorge Herralde.
  Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, Raoul Vaneigem.
  Reflexiones y recuerdos a la deriva sobres los situacionistas, Mario Perniola.
  Contra Debord, Frédéric Schiffter.
 
  Flotar entre helicópteros,
Pablo Klappenbach.
  Cementerio y pogo, Juan Pablo Liefeld.
  Diario de rodaje, Pablo Klappenbach.
 
  Escritos corsarios, Pier Paolo Pasolini. (Traducción: Hugo García Robles).