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10 de junio de 1974
ESTUDIO SOBRE LA REVOLUCIÓN ANTROPOLÓGICA EN ITALIA*
9 de junio: en «Unitá», en primera página, hay un título al estilo de las grandes ocasiones que dice: «Viva la república antifascista».
Es verdad, viva la república antifascista. ¿Pero qué sentido real tiene esta frase? Tratemos de analizarlo.
Ella nace en concreto de dos hechos que la justifican, por otra parte, plenamente: 1) La victoria aplastante del «no» del 12 de mayo, 2) los atentados fascistas de Brescia del 28 del mismo mes.
La victoria del «no» es en realidad una derrota de Fanfani y del Vaticano, sino, en cierto sentido, también de Berlinguer y del partido comunista. ¿Por qué? Fanfani y el Vaticano han demostrado no haber comprendido nada de lo que ha sucedido en nuestro país en los Últimos diez años: el pueblo italiano ha resultado -de maneta objetiva y manifiesta- infinitamente más «progresista» de lo que podía pensarse, sobreponiéndose a las viejas pautas campesinas y paleoindustriales.
Pero es necesario tener el coraje intelectual de decir que también Berlinguer y el Partido Comunista Italiano han demostrado no haber comprendido bien lo que ha sucedido en nuestro país en los últimos diez años. Efectivamente no querían el referéndum; no querían la «guerra de religión» y estaban extremadamente temerosos sobre el resultado posible de la votación. Más bien, sobre este punto, eran decididamente pesimistas. La «guerra de religión» resultó en cambio un poco una abstrusa, arcaica, supersticiosa predicción sin ningún fundamento. Los italianos se han mostrado infinitamente más modernos de cuanto el más optimista de los comunistas era capaz de imaginar. Tanto el Vaticano como el Partido Comunista se han equivocado en su análisis acerca de la situación «real» de Italia.
Tanto el Vaticano como el partido comunista han demostrado haber observado mal a los italianos y no haber creído en su posibilidad de evolucionar muy rápidamente, más allá de todo cálculo posible.
Ahora el Vaticano llora su propio error. El Partido Comunista Italiano, en cambio, finge no haberlo cometido y exulta por el inesperado triunfo.
¿Pero ha sido en realidad un verdadero triunfo?
Tengo buenas razones para dudarlo. Hoy ha pasado casi un mes de aquel feliz 12 de mayo y puedo por lo tanto permitirme el ejercicio de mi crítica sin temer hacer el desdichado papel de aguafiestas.
Mi opinión es que el cincuenta y nueve por ciento de los «no», no tiende a demostrar, milagrosamente, una victoria del laicismo, del progreso y de la democracia: nada de eso: tiende a demostrar en cambio dos cosas:
que las «capas medias» han cambiado radicalmente, diría antropológicamente: sus valores positivos no son más los valores clericales sino que son los valores (todavía vividos existencialmente y no «nominados») de la ideología hedonista del consumo y de la consiguiente tolerancia moderna de tipo americano. Ha sido el mismo Poder -mediante el «desarrollo» de la producción de bienes superfluos, la imposición de la manía del consumo, la moda, la información (sobre todo, de manera imponente la televisión)- quien ha creado tales valores arrojando al mar cínicamente los valores tradicionales y la Iglesia misma, que era el símbolo.
que la Italia campesina y paleoindustrial está hundida, se ha deshecho, no existe más y en su lugar hay un vacío que espera probablemente ser colmado por un aburguesamiento completo, del tipo que he insinuado antes (modernizante, falsamente tolerante, a la americana, etc.).
El «no» ha sido una victoria, sin duda. Pero lo que indica en realidad es una «mutación» de la cultura italiana: que se aleja tanto del fascismo tradicional como del socialismo progreista.
Si así están las cosas, entonces, ¿qué sentido tienen los «atentados de Brescia» (como los de Milán)? ¿Se trata de atentados fascistas, que implican, por lo tanto, una indignación antifascista? Si las palabras son las que cuentan, es necesario responder afirmativamente. Si son los hechos entonces la respuesta no puede ser más que negativa; o por lo menos tal que renueve los viejos términos del problema.
Italia no ha sido nunca capaz de expresar una gran Derecha. Y esto, probablemente, es el hecho determinante de toda su historia reciente. Pero no se trata de una causa sino de un efecto. Italia no ha tenido una gran Derecha porque no ha tenido una cultura capaz de expresarla. Ésta ha podido expresar sólo aquella rústica, ridícula, derecha feroz que es el fascismo. En tal sentido el neo-fascismo parlamentario es la continuación fiel del fascismo tradicional. Salvo que, en el interín, toda forma de continuidad histórica se ha roto. El «desarrollo», deseado pragmáticamente por el Poder, se ha instituido históricamente en una espe- epogé , que ha «transformado» radicalmente, en pocos años, el mundo italiano.
Este salto «cualitativo» se refiere por lo tanto, por igual a los fascistas como a los antifascistas: se trata en efecto del pasaje de una cultura, hecha de analfabetismo (el pueblo) y de humanismo andrajoso (las capas medias) de una organización cultural arcaica, a la organización moderna de la «cultura de masas». La cosa, en realidad, es enorme: es un fenómeno, insisto, de «mutación» antropológica. Sobre todo quizás porque lo que ha mutado son los caracteres necesarios del Poder. La «cultura de masas», por ejemplo, no puede ser una cultura eclesiástica, moralista y patriótica: ella está, en efecto, directamente ligada al consumo que tiene sus leyes internas y una autosuficiencia ideológica, capaz de crear automáticamente un Poder, que no necesita más de la Iglesia, Patria, Familia y otras supersticiones afines.
La homologación «cultural» que ha derivado de allí concierne a todos; pueblo y burguesía, obreros y subproletariado. El contexto social ha cambiado en el sentido de que se ha unificado íntimamente. La matriz que genera todos los italianos es ahora la misma. No hay pues diferencia apreciable -al margen de la elección política como esquema muerto a llenar gesticulando - entre cualquier ciudadano italiano fascista y ciudadano italiano antifascista. Son culturalmente, psicológicamente y, lo que es mucho más impresionante, físicamente intercambiables. En la conducta cotidiana, mímica, somática, no hay nada que distinga -repito, a excepción de un comicio o de una acción política- a un fascista de un anti-fascista (de edad mediana o jóvenes; los viejos, en tal sentido pueden todavía ser distintos entre sí). Esto en lo que se refiere a los fascistas y a los antifascistas medios. En lo que se refiere a los extremistas, la homologación es todavía mucho más radical.
Los horribles atentados de Brescia fueron cometidos por los fascistas. Pero profundicemos en este fascismo. ¿Es un fascismo que se funda sobre Dios? ¿Sobre la Patria? ¿Sobre la Familia? ¿Sobre la honradez tradicional, sobre la moralidad intolerante, sobre el orden militar trasladado a la vida civil? ¿O, si este fascismo se autodefine todavía, obstinadamente, como fundamento sobre todas estas cosas, se trata de una autodefinición sincera? El criminal Esposti -para dar un ejemplo- en el caso de que en Italia fuese restaurado, mediante bombas, el fascismo, ¿estaría dispuesto a aceptar la Italia de su falsa y retórica nostalgia? ¿La Italia no consumidora, económica y heroica (como él la creía)? ¿La Italia incómoda y rústica? ¿La Italia sin televisión y sin bienestar? ¿La Italia sin motocic1etas y sin chaquetas de cuero? ¿La Italia de las mujeres encerradas en sus casas y semiveladas? No: es evidente que hasta el más fanático de los fascistas consideraría anacrónico renunciar a todas estas conquistas del «desarrollo». Conquistas que anulan, mediante ningún otro argumento que su sola presencia literal -convertida en total y totalizante- todo misticismo del fascismo tradicional.
Por lo tanto el fascismo no es más el fascismo tradicional. ¿Qué es entonces?
Los jóvenes de los grupos fascistas, los jóvenes del SAM, los jóvenes que secuestran personas y colocan bombas en los trenes, se llaman y son llamados «fascistas»: pero se trata de una definición puramente nominal. En efecto ellos son en todo y por todo idénticos a la enorme mayoría de sus coetáneos. Culturalmente, psicológicamente, somáticamente -repito- no hay nada que los distinga. Los distingue sólo una «decisión», abstracta y apriorística que, para ser conocida, debe ser dicha. Se puede hablar casualmente durante horas con un joven fascista dinamitero y no advertir que es un fascista. Mientras, hace diez años, bastaba no digo una palabra, sino una mirada para distinguirlo y reconocerlo.
El contexto cultural del cual provienen estos fascistas es muy distinto del tradicional. Estos diez años de historia italiana que han conducido a los italianos a votar «no» en el referéndum, han producido -mediante el mismo mecanismo profundo- estos nuevos fascistas cuya cultura es idéntica a la de aquellos que han votado «no» en el referéndum.
Son, por otra parte, pocos centenares o millares: y, si el gobierno y la policía lo hubiesen querido, habrían desaparecido totalmente de la escena ya en 1969.
El fascismo de los atentados es por lo tanto un fascismo nominal, sin una ideología propia (anulada por la vida real vivida por aquellos fascistas) y, además, artificial: esto es lo que ha querido el Poder, que después de haber liquidado, siempre pragmáticamente el fascismo tradicional y la Iglesia (el fascismo clerical que era efectivamente una realidad cultural italiana) ha decidido luego mantener vivas fuerzas para oponer -según una estrategia mafiosa y de Comisariato de Seguridad Pública- a la destrucción comunista. Los verdaderos responsables de los atentados de MiIán y de Brescia no son los jóvenes monstruos que han colocado las bombas y sus siniestros jefes y financiadores. Por lo tanto es inútil y retórico fingir atribuir alguna responsabilidad real a estos jóvenes y a su fascismo nominal y artificial. La cultura a la cual ellos pertenecen y que contiene los elementos para su locura pragmática es, lo repito todavía una vez más, la misma de la mayoría de sus coetáneos. No procura sólo a ellos las condiciones intolerables de conformismo y de neurosis, y por lo tanto de extremismo (que es precisamente la conflagración de vida a la mezcla de conformismo y neurosis).
Si su fascismo debiese prevalecer, sería el fascismo de Spínola, no el de Caetano: es decir sería un fascismo todavía peor que el tradicional, pero no sería más fascismo precisamente. Sería algo que en realidad ya vivimos y que los fascistas viven de manera exasperada y monstruosa: pero no sin razón.
* En el «Corriere della sera» con el título «Los italianos ya no son los mismos».
24 de junio de 1974
EL VERDADERO FASCISMO Y POR LO TANTO EL VERDADERO ANTI-FASCISMO*
¿Qué es la cultura de una nación? Corrientemente se cree, también por parte de las personas cultas , que es la cultura de los científicos, de los políticos, de los profesores, de los literatos, de los cineastas, etc.: es decir que es la cultura de la inteligencia . En cambio no es así. Y no es siquiera la cultura de las clases dominantes que, precisamente, a través de la lucha de clases, trata de imponerla al menos formalmente. No es finalmente tampoco la cultura de la clase dominada, es decir la cultura popular de los obreros y de los campesinos. La cultura de una nación es el conjunto de todas estas culturas de clases: es la media de ellas. Y sería por lo tanto abstracta si no fuese reconocible -o, para decirlo mejor, visible- en lo vivido y en lo existencial y si no tuviese en consecuencia una dimensión práctica. Durante siglos, en Italia, estas culturas fueron distinguibles aunque estuvieran históricamente unificadas. Hoy -casi de golpe, en una especie de Adviento- distinción y unificación histórica han dejado lugar a una homologación que realiza casi milagrosamente el sueño interclasista del viejo Poder. ¿A qué se debe esta homologación? Evidentemente a un nuevo Poder.
Escribo «Poder» con P mayúscula -cosa que Maurizio Ferrara tacha de irracionalismo en «L'Unità» (12-6-1974)- sólo porque sinceramente no sé en qué consiste este nuevo Poder y quien lo representa. Sólo sé, simplemente, que existe. No lo reconozco más en el Vaticano, ni en los Poderosos democristianos, ni en las Fuerzas Armadas. No lo reconozco siquiera en la gran industria, porque ella no está más constituida por un cieno número limitado de grandes industriales; para mí, al menos, aparece más bien como un todo (industrialización total) y, además, como un todo no italiano (trasnacionales).
Conozco también, porque lo veo y lo vivo, algunas características de este nuevo Poder todavía sin rostro; por ejemplo su rechazo del viejo sanfedismo 1 y del viejo clericalismo, su decisión de abandonar la Iglesia, su determinación (coronada por el éxito) de transformar campesinos y subproletarios en pequeños burgueses y, sobre todo su manía, por así decir cósmica, de realizar hasta el final el «Desarrollo»: producir y consumir.
El identikit de este rostro del nuevo Poder todavía en blanco atribuye vagamente a él rasgos «modernos», debido a la tolerancia y a una ideología hedonística perfectamente autosuficiente: pero también rasgos feroces y sustancialmente represivos. La tolerancia es, en efecto, falsa, porque en realidad ningún hombre ha debido ser jamás tan normal y conformista como el consumidor; y en cuanto al hedonismo, esconde evidentemente una decisión de reordenar todo con un carácter despiadado tal que la historia no ha conocido jamás. Por lo tanto este nuevo Poder no representado todavía por nadie y debido a una «mutación» de la clase dominante es, en realidad -si queremos conservar la vieja terminología- una forma fatal del fascismo. Pero este Poder ha «homologado» también culturalmente a Italia; se trata por lo tanto de una homologación represiva, aunque obtenida mediante la imposición del hedonismo y de la joie de vivre . La estrategia de la tensión es una espía, aunque sustancialmente anacrónica, de todo esto.
Maurizio Ferrara, en el artículo citado (como por otra parte Ferrarotti, en «Paese Sera», 14-6-1974) me acusa de esteticismo, y tiende con esto a excluirme, a recluirme. Está bien: la mía puede ser la óptica de un «artista», es decir, como quiere la buena burguesía, de un loco. Pero el hecho, por ejemplo, de que dos representantes del viejo Poder (que sirven sin embargo ahora, en realidad, aunque interIocutoriamente, al Poder nuevo) hayan chantajeado recíprocamente a propósito de las financiaciones a los Partidos y del caso Montesi, puede ser también una buena razón para enloquecer: es decir desacreditar de tal modo una clase dirigente y una sociedad ante los ojos de un hombre, hasta hacerla perder el sentido de la oportunidad y de los límites, arrojándolo en un verdadero estado de «anomia». Queda dicho además que la óptica de los locos es digna de ser tomada en cuenta: a menos que se quiera progresar en todo salvo en el problema de los locos, limitándose cómodamete a mantenerlos lejos.
Hay ciertos locos que miran las caras de la gente y su conducta. Pero no porque sean epígonos del positivismo lombrosiano (como groseramente insinúa F errara), sino porque conocen la semiología. Saben que la cultura produce códigos; que los códigos producen la conducta; que la conducta es un lenguaje; y que en un momento histórico en el cual el lenguaje verbal es completamente convencional y estéril (tecnificado) el lenguaje de la conducta (física y mímica) asume una importancia decisiva.
Para regresar así al comienzo de nuestro discurso, me parece que tenemos buenas razones para sostener que la cultura de una nación (en este caso Italia) está hoy expresada sobre todo a través del lenguaje de la conducta o el lenguaje físico, más una cierta cantidad -completamente convencional y extremadamente pobre- del lenguaje verbal.
Es a este nivel de comunicación lingüística que se manifiestan: a) la mutación antropológica de los italianos; b) su completa homologación con un único modelo.
Por lo tanto: decidir dejarse crecer los cabellos sobre la espalda, o cortarse los cabellos y dejarse crecer las patillas (en una evocación predecimonónica); decidir colocarse una venda en la cabeza o encasquetarse un sombrerito hasta los ojos; decidir si se sueña con un Ferrari o un Porsche; seguir atentamente los programas televisivos; conocer los títulos de algunos bestseIIers; vestirse con pantalones y mallas prepotentemente a la última moda; tener relaciones obsesivas con muchachas mantenidas al lado como un adorno, pero al mismo tiempo, con la pretensión de que sean «libres», etc., etc., etc.: todo esto constituye actos culturales.
Ahora todos los italianos jóvenes cumplen estos actos idénticos, tienen este mismo lenguaje físico, son intercambiables; cosa vieja como el mundo, si es limitada a una clase social, a una categoría: pero el hecho es que todos estos actos culturales y este lenguaje somático son interclasistas. En una plaza llena de jóvenes, nadie podrá distinguir, por su cuerpo, un obrero de un estudiante, un fascista de un anti-fascista; cosa que todavía era posible en 1968.
Los problemas de un intelectual perteneciente a la inteligencia son distintos de los de un partido y de un hombre político, aunque la ideología sea la misma. Quisiera que mis actuales opositores de izquierda comprendiesen que estoy en situación de darme cuenta que, en el caso de que el Desarrollo sufriese una detención y hubiese una recesión, si los Partidos de Izquierda no apoyasen al Poder vigente, Italia simplemente se derrumbaría; si en cambio el desarrollo continuase como ha comenzado, sería sin duda el llamado «compromiso histórico» el único modo de tratar de corregir aquel Desarrollo, en el sentido indicado por Berlinguer en su informe al Comité Central del Partido Comunista (ver «L'Unità, 4-6-1974). De todas formas, como a Maurizio Perrara no le competen las «caras», a mí no me compete esta maniobra de práctica política. Más bien, tengo cuando mucho, el deber de ejercitar sobre ella mi crítica, quijotescamente y quizás de manera extrema. ¿Cuáles son por lo tanto mis problemas?
He aquí, por ejemplo, uno. En el artículo que ha Suscitado esta polémica («Corriere della sera», 10-6-1974) decía que los responsables reales de los atentados de Milán y de Brescia son el gobierno y la policía italiana: porque si gobierno y policía hubiesen querido, tales atentados no hubieran ocurrido. Es un lugar común. Y bien, en este momento puedo decir que responsables de estos estragos somos también nosotros, progresistas, antifascistas, hombres de izquierda. Efectivamente, en todos estos años no hemos hecho nada:
1- porque hablar de «Atentados políticos» no se convirtiese en un lugar común y todo se detuviese allí;
2- (y más grave) no hemos hecho nada porque los fascistas no existieran. Los hemos condenado solamente para gratificar nuestra conciencia con nuestra indignación; y cuanto más fuerte y petulante era la indignación más tranquila estaba la conciencia.
En realidad nos hemos comportado con los fascistas (hablo solamente de los jóvenes) de manera racista: apresurada y despiadadamente hemos querido creer que ellos estaban predestinados racialmente a ser fascistas y, frente a esta decisión de su destino, no había nada que hacer. Y no nos engañemos: todos sabíamos, en nuestra verdadera conciencia, que cuando uno de aquellos jóvenes decidía ser fascista, ello era puramente casual, no era más que un gesto, inmotivado e irracional; hubiera bastado quizá una sola palabra para que ello no sucediese. Pero ninguno de nosotros nunca habló con ellos o a ellos. Los hemos rápidamente aceptado como representantes inevitables del Mal. Y quizás eran adolescentes y adolescentes de dieciocho años, que no sabían nada de nada, y que se habían arrojado de cabeza en la horrenda aventura por simple desesperación.
Pero no podíamos distinguirlos de los otros (no digo de los otros extremistas: sino de todos los otros). Y esta es nuestra espantosa justificación.
El Padre Zosima (¡literatura por literatura!) supo en seguida distinguir, entre todos aquellos que se amontonaban en sus celdas, a Dimitri Karamazov, el parricida. Entonces se levantó de su silla y fue a prosternarse delante de él. Y lo hizo (como diría más tarde al Karamazov más joven) porque Dimitri estaba destinado a hacer la cosa más horrible y a soportar el mis inhumano de los dolores.
Pensad (si tenéis el coraje) en aquel muchacho o en aquellos muchachos que fueron a poner las bombas en la plaza de Brescia. ¿No sería necesario levantarse e ir a prosternarse delante de ellos? Pero eran jóvenes con los cabellos largos, o con bigotes tipo comienzos de siglo, tenían en la cabeza venda o quizás un sombrerito encasquetado hasta los ojos, eran pálidos y presuntuosos, su problema era vestirse a la moda, todos de igual manera, tener Porsche o Ferrari, o motocicletas para guiarlas como pequeños arcángeles idiotas con las muchachas ornamentales detrás, sí, pero modernas, y a favor del divorcio, de la liberación de la mujer, y en general del desarrollo... Eran, en suma, jóvenes como todos los demás: nada los distinguía. Aunque hubiésemos querido no habríamos podido prosternarnos delante de ellos. Porque el viejo fascismo, aunque fuera a través de la degeneración retórica, distinguía: mientras que el nuevo fascismo -que es completamente distinto- no distingue más: no es humanísticamente retórico, es pragmático a la americana. Su fin es la reorganización y la homologación brutalmente totalitaria del mundo.
* En el «Corriere della Sera» con el título «El Poder sin rostro».
1. Deriva de «santa fade» y significa una tendencia reaccionaria, antiliberal y clerical, con raíces históricas muy concretas. ( Nota del Traductor. )
8 de julio de 1974
LIMlTACIÓN DE LA HISTORIA E INMENSIDAD DEL MUNDO CAMPESINO*
Querido Calvino:
Maurizío Ferrara dice que yo añoro una «edad dorada», tú dices que añoro «la pequeña Italia» 1 : todos dicen que añoro algo, haciendo de esta añoranza un valor negativo y por lo tanto un blanco fácil.
Lo que yo añoro (si se puede llamar añorar) lo he dicho claramente, hasta en versos («Paese Sera» 5-1-1974). Que los demás hayan fingido no comprender es natural. Pero me maravilla que no hayas querido comprenderlo tú (que no tienes razones para hacerlo). ¿Qué yo añoro «la pequeña Italia»? Pero entonces tú no has leído un solo verso de Cenizas de Gramsci o de Calderón , nos has leído una sola línea de mis novelas, no has visto un solo cuadro de mis films. ¡No sabes nada de mí! Porque todo lo que he hecho y soy, excluye por su propia naturaleza que yo pueda añorar «la pequeña Italia». A menos que tú me consideres radicalmente cambiado: cosa que forma parte de la psicología milagrosa de los italianos, pero que precisamente por eso no me parece digna de ti.
«La pequeña Italia» es pequeño burguesa, fascista, democristiana; es provincial y está marginada de la historia. Su cultura es un humanismo escolástico, formal y vulgar. ¿Quieres que añore todo esto? En lo que a mí respecta personalmente, esta «pequeña Italia» ha sido un país de gendarmes que me ha arrestado, me ha procesado, perseguido, atormentado, linchado por casi dos decenios. Esto puede ignorarlo un joven. Pero tú no. Puede ser que yo haya tenido aquel mínimo de dignidad que me permitió esconder la angustia de quien durante años y años esperaba cada día la llegada de una citación de los tribunales y tenía temor de mirar en los kioscos para no leer en los periódicos atroces noticias escandalosas sobre su persona. Pero si yo puedo olvidar todo esto, no debías sin embargo olvidarlo tú...
Por otra parte esta «pequeña Italia», en lo que a mí se refiere, no ha terminado. El linchamiento continúa. Quizás ahora el organizador será el «Espresso», observa la notita introductoria («Espresso», 23-6-1974) a algunos comentarios sobre mi tesis («Corriere della sera», 10-6-1974): notitas en las cuales se hace escarnio de un título no dado por mí, se cita jocosamente mi texto, naturalmente tergiversándolo horrendamente y, finalmente, se arroja sobre mí la sospecha de que sea una especie de nueva Plebe: operación de la cual hasta hubiera creído sólo capaces a los granujas del «Borghese».
Sé muy bien, querido Calvino, cómo se desarrolla la vida de un intelectual. Lo sé, porque, en parte, es también mi vida. Lecturas, soledad de laboratorio, circulos de pocos amigos y muchos conocidos, todos intelectuales y burgueses. Una vida de trabajo y sustancialmente honesta. Pero yo, como el doctor Hyde, tengo otra vida. Al vivir esta vida, debo romper las barreras naturales (e inocentes) de clase. Derrumbar las paredes de la «pequeña Italia», es adelantarme por lo tanto a otro mundo: el mundo campesino, el mundo subproletario y el mundo obrero. El orden en el cual dispongo estos mundos guarda relación con la importancia de mi experiencia personal, no su importancia objetiva. Hasta hace pocos años éste era el mundo preburgués, el mundo de la clase dominada. Era sólo por meras razones nacionales, o mejor, estatales que éste formaba parte del territorio de «la pequeña Italia». Más allá de esta pura y simple formalidad, este mundo no coincidía para nada con Italia. El universo (al cual pertenecen las culturas subproletarias urbanas y, precisamente, hasta hace pocos años la de las minorías obreras -- que eran verdaderas y exactas minorías, como Rusia en 1917) es un universo transnacional: que no reconoce las naciones. Esta es la conquista de una civilización precedente (o de un cúmulo de civilizaciones precedentes muy similares entre sí) y la clase dominante (nacionalista) moderaba su avance según sus propios intereses y sus propios fines políticos (para un lucano -pienso en De Martino- la nación extraña a él, ha sido primero el Reino Borbónico, luego la Italia piamontesa, luego la Italia fascista, luego la Italia actual: sin solución de continuidad).
Es este ilimitado mundo campesino prenacional y preindustrial sobreviviente hasta hace pocos años el que yo añoro algo (por algo permanezco el más largo tiempo posible en los países del Tercer Mundo, donde todavía sobrevive, aunque el Tercer Mundo está también él entrando en la órbita del llamado Desarrollo).
Los hombres de este universo no viven una edad dorada , como no estaban tampoco implicados, salvo formalmente en la pequeña Italia. Vivían la que Chilanti ha llamado la edad del pan . Eran por lo tanto consumidores de bienes de primera necesidad. Y era esto, quizá, lo que convertía en primariamente necesaria su pobre y precaria vida. Mientras, queda bien claro que los bienes superfluos hacen superflua la vida (para ser extremadamente elemental y cerrar con ello este argumento).
Que yo añore o no añore este universo campesino, permanece de todas formas como un asunto de mi incumbencia. Lo cual no me impide de hecho ejercitar sobre el mundo actual tal como es mi crítica: por el contrario, mucho más lúcidamente cuanto más me he distanciado de él y cuanto más acepto vivirlo solo estoicamente.
He dicho y lo repito, que la aculturación del Centro consumidor, ha destruido las diferentes culturas del Tercer Mundo (hablo ahora a escala mundial, y me refiero por lo tanto precisamente también a las culturas del Tercer Mundo que son análogas a las culturas campesinas italianas). El modelo cultural ofrecido a los italianos (y a todos los hombres del mundo, por otra parte) es único. La conformación a este modelo se obtiene antes que nada en lo vivido, en lo existencial: y por lo tanto en el cuerpo y en la conducta. Es aquí que se viven los valores, todavía no expresados, de la nueva cultura de la civilización del consumo, es decir, del nuevo y más represivo totalitarismo que se ha visto jamás. Desde el punto de vista del lenguaje verbal, se observa la reducción de todo el lenguaje a lengua comunicativa, con un enorme empobrecimiento de la expresividad. Los dialectos (¡los idiomas maternos!) se han alejado en el tiempo y en el espacio: los hijos están obligados a no hablarlos más porque viven en Turín, en Milán o en Alemania. Allí donde se hablan todavía, han perdido totalmente su potencialidad creativa. Ningún muchacho de las aldeas romanas está en situación, por ejemplo, de entender la jerga de mis novelas de hace quince años: e, ironías de la suerte, ¡se vería obligado a consultar el glosario anexo como un buen burgués del Norte!
Naturalmente, esta «visión» mía de la nueva realidad cultural italiana es radical: se refiere al fenómeno como fenómeno global, no a sus excepciones, sus resistencias, sus supervivencias.
Cuando hablo de homologación de todos los jóvenes, por la cual, el cuerpo, la conducta y la ideología inconsciente y real (el hedonismo consumista) de un joven fascista no puede ser diferente de todos los otros jóvenes, enuncio un fenómeno general. Sé muy bien que existen jóvenes que se diferencian. Pero se trata de jóvenes que pertenecen a nuestra propia élite y están condenados a ser todavía más infelices que nosotros: y por lo tanto probablemente también mejores. Esto lo digo por una alusión («Paese Sera», 21-6-1974) de Tullio De Mamo que, después de haberse olvidado de invitarme a un encuentro lingüístico de Bressanone, me reprocha no haber estado presente: allí, dice él, habría visto algunas decenas de jóvenes que habrían refutado mi tesis. Lo que equivale decir que si algunas decenas de jóvenes usan el término «heurística» ello significa que el uso de este término es practicado por cincuenta millones de italianos.
Tú dirás: los hombres han sido siempre conformistas (todos iguales uno al otro) y hubo siempre élites. Te contesto sí, los hombres siempre han sido conformistas y en la medida de lo posible uno igual al otro, pero según su clase social. Y, dentro de estas distinciones de clase, según sus particulares y concretas condíciones culturales (regionales). Hoy, en cambio (y aquí aparece la «mutación» antropológica) los hombres son conformistas y todos iguales uno al otro según un código interclasista (estudiante igual obrero, obrero del Norte igual a obrero del Sur): al menos potencialmente, en la ansiosa voluntad de uniformarse.
Finalmente, querido Calvino, quisiera hacerte notar una cosa. No por moralista, sino como analista. En tu apresurada respuesta a mi tesis, en el «Messagero» (18 de junio de 1974) se te ha escapado una frase doblemente infeliz. Se trata de la frase: «A los jóvenes fascistas de hoy no los conozco y espero no tener ocasión de conocerlos». Pero: 1) por cierto no tendrás nunca esta ocasión; aunque en el compartimiento de un tren, en la coIa de un comercio, en la calle, en un salón, tú debieses encontrar jóvenes fascistas, no los reconocerías; 2) desearse no encontrar nunca jóvenes fascistas es una blasfemia, porque, por el contrario, debemos hacer todo para individualizarlos y encontrarlos. No son fatales y predestinados representantes del Mal: no han nacido para ser fascistas . Nadie -cuando nos convertimos en adolescentes y estuvimos en situación de escoger, según sabe qué razones y necesidades- eligió racialmente el sello de los fascistas. Es una forma atroz de la desesperación y de la neurosis lo que lanza a un joven a una elección semejante; y quizás hubiera bastado una pequeña experiencia diferente en su vida, un encuentro simple, para que su destino fuese distinto.
* En el «Paese Sera» con el título «Carta abierta a Italo Calvino: P.: el que añora».
1. «Italietta», literalmente «pequeña Italia» o mejor «Italiucha». Es la Italia de las maniobras de los políticos, de los juegos sucios y mezquinos, de las confrontaciones de intereses sin grandeza. ( Nota del Traductor. )

11 de julio de 1974
AMPLIACÍON DEL «BOCETO» SOBRE LA REVOLUCIÓN
ANTROPOLÓGICA EN ITALIA*
Nosotros los intelectuales tendemos siempre a identificar la «cultura» con nuestra cultura: por lo tanto, la moral con nuestra moral y la ideología con nuestra ideología. Esto significa: 1) que no usamos la palabra «cultura» en su sentido científico, 2) que expresamos con ello un cierto e inevitable racismo hacia aquellos que viven, precisamente, en otra cultura. En realidad, dada mi existencia y mis estudios, yo siempre he podido evitar bastante caer en estos errores. Pero cuando Moravia me habla de gente (o sea en la práctica todo el pueblo italiano) que viven en un nivel pre-moral y pre-ideológico, me demuestra que ha caído por completo en estos errores. Lo pre-moral y lo pre-ideológico existen cuando se supone la existencia de una sola moral y una sola ideología históricamente justas: que sería por lo tanto la nuestra, burguesa, la de Moravia, o la mía, la de Pasolini. No existe, en cambio, pre-moral o pre-ideológico. Existe simplemente otra cultura (la cultura popular) o una cultura precedente. Es sobre estas culturas que se levanta una elección moral e ideológica: por ejemplo, la elección marxista o la elección fascista.
Ahora esta elección es esencial. Pero no es «todo». Esta elección, como Moravia mismo lo hace notar, no se resuelve por sí misma sino por sus resultados teóricos o prácticos (la transformación del mundo). ¿En qué forma, si no, algunas decisiones justas -por ejemplo un marxista maravillosamente ortodoxo- dan resultados tan horriblemente equivocados? Exhorto a Moravia a pensar en Stalin. En cuanto a mí, no tengo dudas: los «crímenes» de Stalin son el resultado de la relación entre la elección política (el bolchevismo) y la cultura precedente de Stalin (aquello que Moravia llama con desprecio pre-moral o pre- ideológico). Por otra parte no es necesario recurrir a Stalin, a su elección justa y a su fondo popular campesino, clerical y bárbaro. Los ejemplos son infinitos. También yo, por ejemplo, según Maurizio Fenara (que en «L'Unita» me dirige la misma crítica que Moravia, es decir, me recuerda severamente el valor esencial y definitivo de la elección), he hecho una elección justa pero una aplicación errónea: debida, al parecer, a mi irracionalismo cultural, es decir, la cultura precedente en la cual me he formado.
Hoy generalizamos por míllones estos casos individuales. Millones de italianos han hecho elecciones (bastante esquemáticas): por ejemplo, muchos millones de italianos han elegido el marxismo, o por lo menos tendencias progresistas, mientras que otros millones de italianos han elegido el fascismo clerical. Estas elecciones, como siempre sucede, se han injertado en una cultura. Que es precisamente la cultura de los italianos. Cultura de los italianos que, entretanto, ha cambiado completamente. No, no en sus ideas expresadas, no en la escuela, no en los valores sostenidos conscientemente. Por ejemplo, un fascista «modernísimo», es decir, manejado por la expansión económica italiana y extranjera, lee todavía Evola. La cultura italiana ha cambiado en lo vivido, en lo existencial, en lo concreto. El cambio consiste en el hecho de que la vieja cultura de clase (con sus divisiones netas: cultura de la clase dominada, o popular, cultura de la clase dominante o burguesa, cultura de las élites), ha sido sustituida por una nueva cultura interclasista: que se expresa mediante la manera de ser de los italianos, mediante su nueva calidad de vida. Las elecciones políticas, injertándose en el viejo humus cultural, eran una cosa: injertándose en este nuevo humus cultural son otra. Un obrero o un campesino marxista de los años cuarenta o cincuenta, en la hipótesis de una historia revolucionaria, habría cambiado el mundo de una manera: hoy, en la misma hipótesis, lo cambiaría de otra manera. No quiero hacer profecías: pero no oculto que soy desesperadamente pesimista: quien ha manipulado y radicalmente (antropológicamente) cambiado las grandes masas campesinas y obreras italianas es un nuevo poder que me es difícil definir: pero estoy seguro que es el más violento y totalitario que hubo jamás: cambia la naturaleza de la gente, entra mucho más profundo en las conciencias. Por lo tanto, por debajo de las elecciones conscientes, hay una elección forzosa, «común hoya todos los italianos»: la última no puede más que deformar las primeras.
En cuanto a los otros comentarios del «Espresso», el de FacchineIli me resulta oscuro. El oráculo abusa de las «claves». Al de Colletti no contesto porque es demasiado expeditivo. No se puede discutir con una persona que demuestra claramente que quiere ser breve y no tomarte en consideración. Pienso que el breve comentario de Fortini podría ser utilizado por mí a mi favor («es posible preguntarse si aquel "no", al menos en parte, no significa también una voluntad de mirar más allá del optimismo "progresista"») y aceptar la invitación ascética a continuar trabajando también por las ínfimas minorías; o mejor esperar que las «semejanzas» de hoy se conviertan en «diferencias» mañana. En efecto, yo trabajo por las minorías ínfimas y si trabajo quiero decir que no desespero (aunque detesto todo optimismo que es siempre eufemista). Sólo que la obstinación de Fortíní en querer estar siempre en el lugar más avanzado de lo que se llama la historia -haciéndolo pesar sobre los demás- me da un instintivo sentimiento de aburrimiento y de prevaricación. Yo dejaré de «decir que la historia ya no existe más» cuando Fortini deje de decirlo con el dedo levantado. En Cuanto a Sciascia le agradezco por la sinceridad (valerosa dado el linchamiento y la sospecha atroz de ser una especie de Plebe lanzada sobre mí por los miserables antifascistas del «Espresso»: pero sobre su discurso de las brigadas rojas cae la sombra de varias cartitas escritas por Sossi: cartitas que sometidas a un análisis língüístíco me han parecido de una insinceridad, de un infantilismo, de una falta de humanidad que justifican cualquier sospecha.
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Ha sido la propaganda televisiva del nuevo tipo de vida «hedonista» lo que ha determinado el triunfo del «no» en el referéndum. No hay en efecto nada menos idealista y religioso que el mundo televisivo. Es verdad que en todos estos años la censura televisiva ha sido una censura vaticana. Sólo que el Vaticano no ha entendido qué cosa debía y qué cosa no debía censurar. Debía censurar, por ejemplo, «Carosello», porque es en «Carosello», omnipotente, que estalla en todo su poder, en su carácter absoluto, en su perentoriedad, el nuevo tipo de vida que los italianos «deben» vivir. Y no se me dirá que se trata de un tipo de vida en el cual la religión cuenta algo. Por otra parte las transmisiones de carácter específicamente religioso de la televisión son de un aburrimiento, de un espíritu represivo, que el Vaticano habría hecho bien en censurarlas todas. El bombardeo ideológico televisivo no es explícito: es completamente otra cosa, completamente indirecto. Pero nunca un «modelo de vida» ha podido ser publicitado con tanta eficacia como por medio de la televisión. El tipo de hombre o de mujer que cuenta, que es moderno, que hay que imitar y realizar, no es descripto o decantado: ¡es representado! El lenguaje de la televisión es por su naturaleza el lenguaje físico-mímico, el lenguaje de la conducta. Que llega por lo tanto mimado de fuente sana, sin mediaciones, en el lenguaje físico-mímico y en el lenguaje de la conducta en la realidad. Porque es perfectamente pragmática, la propaganda televisiva representa el momento «qualunquístico» de la nueva ideología hedonística del consumo: y por lo tanto es enormemente eficaz.
Si a nivel de la voluntad y de la conciencia la televisión en todos estos años ha estado al servicio de la Democracia Cristiana y del Vaticano, en el nivel involuntario e inconsciente ha estado al servicio de un nuevo poder, que no coincide ya ideológicamente con la Democracia Cristiana ni tiene nada que ver ya con el Vaticano.
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Lo que más impresiona caminando por una ciudad de la Unión Soviética es la uniformidad de la muchedumbre: no se nota ninguna diferencia sustancial entre los transeúntes, en la manera de vestir, en la manera de caminar, en el modo de estar serios, en la manera de sonreír, en la manera de gesticular, en su manera de comportarse. El «sistema de signos» del lenguaje físico-mímico, en una ciudad rusa, no tiene variantes. Es perfectamente idéntico en todos. ¿Cuál es por lo tanto la primera proposición de este lenguaje físico-mímico? Es la siguiente: «Aquí no hay más diferencias de clase». Es una Cosa maravillosa. A pesar de todos los errores y las involuciones, a pesar de los delitos políticos y los genocidios de Stalin (de los cuales es cómplice el universo campesino ruso en su totalidad), el hecho es que el pueblo haya ganado en 1917, de una vez para siempre la lucha de clases y haya alcanzado la igualdad de los ciudadanos, es algo que da un profundo, exultante sentimiento de alegría y de confianza en los hombres. El pueblo se ha ganado efectivamente la libertad suprema: nadie se la ha regalado. La ha conquistado.
También hoy en las ciudades de Occidente -pero quiero referirme sobre todo a Italia- caminando por las calles se advierte la uniformidad de la muchedumbre: tampoco aquí se nota diferencia sustancial entre los transeúntes (sobre todo en los jóvenes, en su manera de vestir, en su manera de caminar, en su manera de estar serios, en su manera de sonreír, en su manera de gesticular), en suma, en su manera de comportarse. Y se puede decir por lo tanto que, también como en la muchedumbre rusa, el sistema de signos del lenguaje físico-químico, no tiene más variantes, que es perfectamente idéntico en todos. Pero mientras que en Rusia ello es un fenómeno tan positivo y de acierto entusiasmante, en Occidente es, en cambio, un fenómeno negativo que arroja en un estado de ánimo que frisa en la definitiva desesperación y en el disgusto.
La primera proposición de este lenguaje físico-químico es, en efecto, la siguiente: «El poder ha decidido que nosotros seamos todos iguales.»
El ansia del consumo es un ansia de obediencia a un orden no enunciado. Nadie en Italia siente el ansia degradante de ser iguales a los demás en el consumir, en el ser felices, en el ser libres: porque ésta es la orden que ha recibido inconscientemente y a la cual «debe obedecer», a riesgo de sentirse distinto. Nunca ser distinto ha sido una culpa tan espantosa como en este período de tolerancia. La igualdad no ha sido conquistada efectivamente, sino que se trata de una «falsa» igualdad recibida de regalo.
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Una de las características principales de esta igualdad de expresarse viviendo, además de la fosilización del lenguaje verbal (los habitantes hablan como libros impresos, los muchachos del mundo han perdido toda inventiva coloquial), es la tristeza: la alegría es siempre exagerada, ostentosa, ofensiva. La tristeza física de la que hablo es profundamente neurótica. Ella depende de una frustración social. Ahora que el modelo social a realizar no es más el de la propia casa, sino el impuesto por el poder, muchos no están en situación de realizarlo. Y esto los humilla profundamente. Propongo un ejemplo muy humilde. En una época el panadero estaba siempre, eternamente alegre: una alegría verdadera, que le brillaba en los ojos. Se paseaba por las calles y diciendo bromas. Su vitalidad era irresistible. Estaba vestido mucho más pobremente que hoy: sus pantalones estaban remendados, muchas veces la camiseta era una piltrafa Pero todo ello formaba parte de un modelo que en su aldea tenía un valor, un sentido y él estaba orgulloso de ello. Al mundo de la riqueza podía oponer su propio mundo igualmente válido. Llegaba hasta la casa del rico con una sonrisa naturaliter anárquica, que desacreditaba todo: aunque fuese más bien respetuoso. Pero era precisamente el respeto de una persona profundamente singular. Y en resumen, lo que cuenta es que esta persona, este muchacho, era alegre.
¿No es la felicidad lo que importa? ¿No es por la felicidad que se hace la revolución? La condición campesina o subproletaria sabía expresar, en las personas que la vivían, una cierta felicidad «real». Hoy, esta felicidad -con el Desarrollo- se ha perdido. Ello significa que el Desarrollo no es en ningún modo revolucionario, ni siquiera cuando es reformista. No provoca más que angustia. Hoy existen adultos de mi edad tan aberrantes como para pensar que es mejor la seriedad (casi trágica) con que ahora el panadero lleva su paquete envuelto en plástico, con cabellos largos y bigotes, que la alegría «tonta» de otros tiempos. Creen que preferir la seriedad a la risa es un modo viril de afrontar la vida. En realidad son vampiros felices de ver convertidos en vampiros también a sus víctimas inocentes. La seriedad, la dignidad, son horrendos deberes que se impone la pequeña burguesía; y los pequeños burgueses son por lo tanto felices de ver a los muchachos del pueblo «serios y dignos». No les pasa siquiera por la cabeza el pensamiento de que ésta es la verdadera degradación: que los muchachos del pueblo estén tristes porque han tomado conciencia de su propia inferioridad social, visto que sus valores y sus modelos culturales han sido destruidos.
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Los comunistas que se ilusionan (por ejemplo, con el referéndum) porque creen que comienzan a recoger los frutos de lo que han sembrado, no advierten que la «participación» de las masas en las grandes decisiones históricas «formales» es en realidad querida por el poder. El cual tiene precisamente necesidad de un consumo de masas y de una cultura de masas. La masa «participante», además, aunque formalmente comunista o progresista, es manipulada por el poder mediante la imposición de «otros» valores y de «otras» ideologías: imposiciones que llegan en lo vivido, y en lo vivido arriba por lo tanto también la adopción. De modo que las masas vivan nuevos valores y nuevas ideologías (el clericalismo por una parte, el carácter progresista por otra).
Desdichadamente este «momento» de inmovilismo y de oficialismo del Partido Comunista Italiano está representado perfectamente por Maurizio Ferrara en su polémica conmigo en las columnas de la «Unità». Es verdad que alcanza un grado de falta de generosidad indigno de un dirigente del más grande partido italiano. Ni siquiera el «Borghese» llegó jamás a poner en duda una cierta calidad de mi cultura, mencionando a mi propósito nombres como los de Lombroso o Carolina Invernizio. Pero ésta es una ofensa que Ferrara ha hecho más a los lectores de la «Unita» que a mí. Y es por respeto a estos lectores que no vuelvo sobre él y su método. En conclusión, Ferrrara no responde políticamente a ninguna de las preguntas que formulo. Silencio absoluto sobre mi hipótesis sobre la derrota del Partido Comunista Italiano en el referéndum, en cuanto a que las predicciones del Partido Comunista Italiano eran pesimistas, hasta e! temor sin más de la derrota. Signo de un análisis equivocado de la real situación de! pueblo italiano: y equivocada de manera imponente. Silencio absoluto sobre el vacío en que ha quedado objetivamente el mundo campesino, con sus valores negativos y positivos. Silencio absoluto sobre los nuevos valores adoptados existencialmente por las capas medias, con la consiguiente superación efectiva del clericalismo y del paIeofascismo. Silencio absoluto sobre los caracteres «escandalosos» del nuevo fascismo, que anulan al antífascismo clásico. Silencio absoluto sobre las relaciones racistas con los fascistas jóvenes y adolescentes. La respuesta de Fenara consíste: a) en la afirmación pura y simplemente retórica de la presencia del Partido Comunista Italiano (¡que nadie jamás ha puesto en duda!), b) en una serie de sinsentidos con relación a mis afirmaciones: consistentes antes que nada en atribuirme alevosamente añoranzas que no he sentido en absoluto. No añoro la Pequeña Italia: añoro el inmenso universo campesino y obrero anterior al Desarrollo: universo transnacional en la cultura, internacional en la elección marxista. En segundo lugar, Ferrara -sin preparación frente a la «semiología», ciencia con la cual se ha tropezado de golpe- me acusa de culturismo y de esteticismo simplemente porque yo los aludo. Son las lagunas culturales de Ferrara -que evidentemente no lee más un libro desde los tiempos de Lombroso y de Carolina Invernizio- que le hacen aparecer como experiencias estéticas todas las experiencias que sus lagunas culturales y humanas le impiden hacer. Me hace un lavado de cerebro diciéndome que no son los rostros, sino los cerebros de la gente los que cuentan. Y bien, el panadero del cual hemos hablado antes, a través de su sola presencia física, revela (como millones de otros semejantes suyos): 1) que en su cerebro se han depositado aquellos «valores» de la civilización capitalista del consumo que hacen de él un pequeño burgués impotente para realizar esos valores en la vía práctica; 2) que, en consecuencia, o acepta el desarrollo o el Partido Comunista Italiano del tout va bien ; 3) su frustración y la consecuente agresividad podrían aceptar «también» las palabras revolucionarias habituales de «Lucha Continua» y «Poder Obrero», porque él ha alcanzado ya el nivel de mala conciencia y también de vulgaridad, que le consiente aceptar el mensaje extremista (en el caso de que fuera todavía lanzado por alguien).
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El fascismo es una ruina lamentable. La encuesta de Bocca y Nozza en «Giorno» es un trabajito equivocado y fastidioso. Porque de los diferentes componentes que forman hoy en Italia el mosaico fascista tienen sentimientos «únicamente» los que son manejados por la CIA y otras fuerzas del capitalismo internacional, enderezado completamente a la conquista de mercados, es decir, de naciones alegres, bastante libres, bastante tolerantes, perfectamente hedonistas, para nada militaristas y para «sanfedistas» (tendencias incompatibles con el consumo). Puede haber un caso límite como el de Chile. En este caso aparece la fuerza y un provisorio retorno al fascismo clásico. En compensación, sin embargo, hay casos como el de Portugal, que debía pasar por ser una nación severa, económica, arcaica: esto en medio del gran universo del consumo. Así probablemente Estados Unidos de América ha puesto de acuerdo a De Spínola y Caetano. Entre los dos el peor fascista «real» es De Spínola (mientras del otro me dicen que habría combatido con una formación portuguesa junto a los SS): porque yo considero peor el totalitarismo del capitalismo del consumo que el totalitarismo del viejo poder. En efecto -obsérvese - que el totalitarismo del viejo poder no ha podido siquiera arañar al pueblo portugués: el 1º de mayo lo demuestra. El pueblo portugués ha festejado el mundo del Trabajo -después de cuarenta años que no lo hacía- con una frescura, un entusiasmo, una sinceridad absolutamente intactas, como si la última vez hubiera sido ayer. Es de predecir, en cambio, que cinco años de «fascismo consumista» cambiarán radicalmente las cosas: comenzará el aburguesamiento sistemático del pueblo portugués, y no habrá espacio ni corazón para las esperanzas ingenuas y revolucionarias. Hubo ayer una conferencia de prensa de Marco Pannella. A pesar de una cincuentena de días de ayuno, hablando con maravillosa vivacidad y alegría, Pannella dijo una frase que quizá pocos oyentes han recogido: «Son paleofascistas y por lo tanto no son fascistas.» Quisiera que esta frase sirviese de epígrafe a ésta, nuestra entrevista.
* En el «Mondo», entrevista realizada por Guido Vergani.
1) «Qualunquístico» deriva del partido político que existió en Italia después de la Segunda Guerra Mundial, «il partito dell'uomo qualunque». Encarnaba una tendencia de despreocupación por los problemas generales, en egoísta actitud de atención de los problemas personales. Consiste, como concepto, en el contrario del «Militante». ( Nota del Traductor. ) 2) Marco Pannella es el líder del «Partito Radicale», pequeño pero importante, que persigue la afirmación de los derechos civiles (divorcio, aborto, feminismo, supresión del servicio militar obligatorio, etc.). ( N. del T. )
16 de julio de 1974
EL FASCISMO DE LOS ANTIFASCISTAS*
Marco Pannella lleva más de 70 días de ayuno; de ayuno extremo; los médicos comienzan a estar verdaderamente preocupados y, más todavía, alarmados. Por otra parte no se ve la más mínima posibilidad objetiva de que algo nuevo intervenga para persuadir a Pannella de interrumpir su ayuno que puede ahora ser mortal (se agrega esto luego que unos 40 de sus compañeros se han ido asociando poco a poco con él en el ayuno).
Ninguno de los representantes del poder parlamentario (tanto sea del gobierno como de la oposición) parece, siquiera minimamen te, dispuesto a «comprometerse» con Pannella y sus compañeros. La vulgaridad del realismo político parece no poder encontrar ningún punto de conexión con el candor de Pannella y por lo tanto la posibilidad de exorcizar y englobar su escándalo. El desprecio teológico lo rodea. Por una parte Berlinguer y el Comité Central del Pattido Comunista Italiano; por otra los viejos poderosos democristianos. En cuanto al Vaticano hace ya mucho tiempo que allí los católicos han olvidado ser cristianos. Todo esto no sorprende y veremos por qué. Pero en recoger el mensaje de Pannella son renuentes, escépticos y vilmente evasivos también los «grupos minoritarios» (aquellos que tienen «menor poder»); por ejemplo, los llamados «católicos del no»; o también los progresistas más libres (que intervienen en apoyo de Pannella sólo en cuanto «individuos», nunca como representantes de partidos o grupos).
Ahora, lector, te maravillarás profundamente al conocer las razones iniciales por las cuales Pannella y otras docenas de personas han debido adoptar esta arma extrema del ayuno, en semejante estado de desinterés, abandono, desprecio. Nadie, en efecto, «le ha informado», desde el comienzo y con un mínimo de claridad y de oportunidad, de estas razones: y ciertamente, vista la situación que te he delineado, imaginarás quizá quién sabe qué escandalosa enormidad. En cambio, helas aquí:
«1) La garantía de que fuese concedida por RAI-TV un cuarto de hora de transmisión a la LID y un cuarto de hora a Don Franzoni; 2) la garantía de que el presidente de la República concediese una audiencia pública a los representantes de la LID y del Partido Radical que la habían solicitado inútilmente y vuelto a solicitar desde hacía más de un mes; 3) la garantía de que fuese puesta a consideración de la comisión sanitaria de la Cámara la propuesta de ley socialista sobre la legalización del aborto; 4) la garantía de que la propiedad del "Messagero" asegurase no una fidelidad genérica a los principios laicos del periodismo, sino a la información laica y en particular al derecho de información de las minorías laicas.»
Se trata, como veis, de una solicitud de garantías de normalísima vida democrática. Su «pureza» de principios no excluye esta vez su perfecta aplicabilidad. Vista, repito, la total falta de información en que te ha dejado «toda» la prensa italiana a propósito de Pannella y su movimiento, no sería sorprendente que tú pensases que este Pannella es un monstruo. Por ejemplo, una especie de Fumagalli. Cuyos reclamos son «de todas formas» y «apriorísticamente» indignos de ser tenidos en consideración. Y bien, para comenzar te diré que, según el principio democrático que PanneIla nunca derogó, el propio Fum agalli, que he nombrado pour cause , tendría el derecho de ser tomado en consideración en el caso de presentar reclamos del género «formal» de los realizados por los radicales. El respeto por la persona -por su configuración profunda a la cual un sentimiento de la libertad cuya formalidad entendida como sustancial, permite articularse y expresarse en un nivel por así decir «sacralizado» por una razón laica, con relación a las ideas políticas concretas más degradadas- es para Pannella primum de toda teoría y de toda praxis política. En esto consiste su ser escandaloso. Un escándalo no integrable precisamente porque su principio, aunque en términos esquemáticos y populares, está sancionado en la constitución.
Este principio político absolutamente democrático es actualizado por PannelIa mediante la ideología de la no violencia. Pero no es tanto la no violencia física que cuenta (ella puede ser puesta en discusión): la que cuenta es la no violencia moral: o sea la total, absoluta, inderogable falta de todo moralismo. («Sostenemos que es moral lo que aparece en cada uno. ») Es esta forma de no violencia (que repudia hasta a sí misma como moralista) la que conduce a Pannella y a los radicales a otro escándalo: al rechazo absoluto de toda forma de poder y la consiguiente condena («no creo en el poder y repudio hasta la fantasía si amenaza ocuparlo»). Fruto de la absoluta y casi ascética pureza de estos principios, que podrían definir «metapolíticos», es una extraordinaria limpieza de la mirada posada sobre las cosas y sobre los hechos: ésta, en efecto, no encuentra ni la oscuridad involuntaria de los prejuicios ni la voluntaria de los compromisos. Todo es luz y razón en torno a esta mirada, que por lo tanto, teniendo como objeto las cosas y los hechos concretos -y el consiguiente juicio sobre ellos- termina por crear la premisa de la inaceptabilidad escandalosa por parte de la gente bien, de la política radical («a lo largo del antÍfascismo de la línea Parri-Sofri se desarrolIa desde hace veinte años la letanía de la gente bien de nuestra política»; « ... ¿dónde estuvieron nunca los fascistas sino en el poder y en el gobierno? son los Moro, los Fanfani, los Rumor, los Pastore, los Gronchi, los Segni y -¿por qué no?- los Tanassi, los Cariglioa, y quizás los Saragat, y La Malfa. Contra la política de éstos, lo comprendo se puede y se debe ser antifascista ... » ).
En este punto, supongo, querido lector, que te resulte claro el «escándalo» PanneIla; pero supongo también que al mismo tiempo te sientas tentado a considerar este escándalo como quijotesco y verbal. Que la posición de estos militantes radicales (la no violencia, el rechazo de toda forma de poder, etc.), se marchita como el pacifismo, la contestación, etc. y que finalmente su objetivo resulte mera veleidad, que sería sin más santa y santificable, si su condena y sus propuestas no fuesen tan circunstanciadas y tan directas ad personam .
En cambio las cosas no han sucedido del todo así. Sus principios por así decir «metapolíticos» han conducido a los radicales a una praxis política de un absoluto realismo. Y no es por estos principios «escandalosos» que el mundo del poder -gobierno y oposición- ignora, reprime, excluye a Pannella, hasta el punto de hacer, eventualmente, de su amor por la vid, un asesinato: sino precisamente por su praxis política realista. En efecto, es el Partido Radical, la LID (y su líder Marco Pannella) quienes son los vencedores reales del referéndum del 12 de mayo. Y es precisamente por esto que nadie los ha perdonado.
Ellos han sido los únicos en aceptar el desafío del referéndum y en quererlo, seguros de la aplastante victoria: predicción que era el resultado fatalmente concomitante de un «principio» democrático inderogable (aún a riesgo de la derrota) y de un «análisis realista» de la verdadera voluntad de las nuevas masas italianas. No es por lo tanto, repito un principio democrático abstracto (derecho de decisión de las bases y rechazo de toda actitud paternalista), sino un análisis realista lo que constituye actualmente la culpa imperdonable del PR y del LID.
En vez de ser recibidos y cumplimentados por el primer ciudadano de la República, en homenaje a la voluntad del pueblo italiano, voluntad prevista por ellos, Pannella y sus compañeros son rechazados como intocables. En lugar de aparecer como protagonistas en las pantallas de televisión, no se les concede siquiera un miserable cuarto de hora de «tribuna libre». Es verdad que el Vaticano y Fanfani, los grandes derrotados del referéndum, nunca podrán admitir que Pannella «exista» simplemente. Pero ni siquiera BerIinguer y el PCI, los otros denotados del referéndum nunca podrán admitir una existencia similar. Pannella es, por lo tanto, «abolido» de la conciencia y de la vida pública italianas.
En este punto la historia se cierra con una interrogante. La posibilidad de ayuno de PannelIa tiene un límite orgánico dramático. Y nada permite presumir que él quiera abandonar. ¿Qué están haciendo los hombres o los grupos del poder en situación de decidir su suerte? ¿Hasta qué punto llegará su cinismo, su impotencia o su cálculo? No juega por cierto a favor de la suerte de Pannella el hecho de que ellos en este momento tengan muy poco que perder, siendo su único problema ahora, salvar lo salvable y, antes que nada, a sí mismos. La realidad se les ha vuelto repentinamente en contra; la nave del Vaticano, dentro de la cual contaban conducir a término seguro la travesía íntegra del piélago de su vida, amenaza seriamente con hundirse; las masas italianas están nauseadas de ellos y se han convertido, aunque todavía sea de manera existencial en portadoras de valores con los cuales ellos han creído jugar y que en cambio se han revelado como los verdaderos valores, capaces de anular los grandes valores del pasado y de arrastrar, en una sola ruina, fascistas y antifascistas (de hoy). Hasta el mínimo que podía serIes exigido, es decir una cierta capacidad para administrar se revela una atroz ilusión: ilusión que los italianos deberán advertir muy bien, porque -como los valores del consumo y del bienestar- deben vivirla «en su cuerpo».
Son las izquierdas las que deben intervenir. Pero no se trata de salvar la vida de Pannella. Y mucho menos de salvársela haciendo que las cuatro pequeñas «garantías» que él pedía y las otras que ahora se han agregado, sean tomadas en consideración. Se trata de tomar en consideración la existencia de Panella, del PR Y del LID. Y la circunstancia quiere que la existencia de Pannella, del PR y del LID coincidan con un pensamiento y una voluntad de acción de alcance histórico y decisivo. Que coincida con la toma de conciencia de una nueva realidad en nuestro país y de una nueva calidad de las masas, que ahora ha escapado del poder y de la oposición.
Panella, el PR Y el LID han tomado conciencia de esto con optimismo total, con vitalidad, con ascética voluntad de llegar hasta el fin: optimismo quizás relativo o por lo menos dramático por cuanto se refiere a los hombres, pero indestructible en lo que se refiere a los principios (no vistos como abstractos ni moralistas).
Ellos proponen ocho nuevos referéndum (reunidos prácticamente en uno solo): y los proponen desde hace años, en un desafío consciente al propuesto por la derecha clerical (concluido con la más grande victoria democrática de la reciente historial italiana). Son estos ocho referéndums (abrogación del Concordato entre el Estado y la Iglesia, de las anulaciones eclesiásticas, de los códigos militares, de las normas contra la libertad de prensa y contra la libertad de información televisiva, de las normas fascistas y parafascistas del código, entre ellas la del aborto, y por último la supresión de la financiación pública de los partidos), son estos ocho referéndums los que expresan, en cuanto idea concreta y proyecto de lucha política, la visión realista de Pannella, del PR y del LID. Desafiar el viejo mundo político italiano en este punto y batirlo, es el único camino para imprimir un decisivo cambio práctico a la situación en la cual ha caído Italia, además de ser el único acto revolucionario posible. Pero esto contraria los numerosos y miserables intereses de hombres y partidos y es esto lo que está pagando Pannella en su persona.
En la vida pública hay momentos trágicos, o peor todavía, serios en los cuales es preciso encontrar la fuerza de apostar. No queda otra solución. Del estilo epistolar pasaré aquí, por lo tanto, querido lector, al propagandístico, con la intención de sugerirte que no cometas en esta circunstancia lo que los católicos llaman pecado de omisión o, de todas formas, exhortarte a que hagas juego, el juego vital, de quien decide cumplir un gesto «responsable». Tú podrías intervenir decisivamente en el conflicto, al parecer insoluble, entre la intransigencia democrática de PannelIa y la impotencia del Poder, enviando un telegrama o una carta de «protesta» a las siguientes direcciones: 1) Secretaría Nacional de los Partidos (excluída, se entiende, el MSI y afines), 2) Presidencia de la Cámara y del Senado.
* En el «Corriere della Sera» con el título «Abramos un debate sobre el caso Pannella».
26 de julio de 1974
EN QUÉ SENTIDO SE PUEDE HABLAR DE UNA DERROTA
DEL PCI EN EL «REFERÉNDUM»*
Al leer la respuesta «oficial» de Maurizio Ferrara a mi artículo sobre Pannella, he quedado atónito. Era verdad, entonces. Toda la polémica de Ferrara en nombre del PCI contra mi persona se fundaba nada más que en la extrapolación de una frase de mi texto («Corriere della Sera», 10 de junio de 1974), frase entendida literalmente e infantilmente simplificada. La frase es: «La victoria del "no" es en realidad una derrota ... Pero, en cierto sentido, también de Berlinguer y del partido comunista .»
Ahora bien, hasta un niño habría comprendido la «relatividad» de esta afirmación: y que mientras la palabra «derrota», referida a la DC y al Vaticano, suena en su pleno significado literal y objetivo, la misma palabra referida al PCI, tiene un significado infinitamente más sutil y complejo. Hasta un niño habría entendido cuánto hay de paradojal en la identificación de dos derrotas en realidad tan sustancialmente diferentes. Permanece, sin embargo, el hecho de que también la del PCI es de todas formas una «derrota», y esto no debía ser dicho. Y si alguien lo hubiera dicho, no debería haber sido escuchado de ninguna manera. Como dice Pannella, tendría que haber sido abrogado. Quien tuviese la necesidad primaria de «abrogarme» -cancelando toda posible realidad, aún la figurada, a la palabra «derrota» referida al PCI (ingrata tarea confiada precisamente a Maurizio Ferrara)- estaba a priori incapacitado para comprender todo lo que yo dijese: porque, como bien lo saben los abogados, es necesario desacreditar sin piedad la persona entera del testigo para desacreditar su testimonio.
He aquí explicada la increíble incapacidad de Maurizio Ferrara para comprender mis argumentos; incapacidad que no se debía, por lo tanto, a rusticidad, falta de información, estrechez mental, razones todas a las que se sentiría llamado a pensar un lector maligno o exasperado.
Al margen del famoso punto (la «derrota»), en el cual Ferrara usa argumentos perfectamente válidos (la presencia imponente y decisiva del PCI, etc.) pero también inútiles, precisamente porque yo mismo los considero justos hasta el extremo de no poder ser rebatidos sin ofender la inteligencia del lector -- todo lo demás que he dicho en mis «disparatados» artículos ha sufrido, en la interpretación de Ferrara, una deformación caricaturesca, además de malintencionada. Estamos, para definirlo mejor, ante un linchamiento. Porque se lincha a una persona cuando se dice que ella designa como «vulgares» ocho o nueve millones de comunistas, cuando en cambio ella ha designado como «vulgar» la política oficial de la oligarquía dirigente. Se lincha a una persona cuando se le atribuye la afirmación de que DC y PCI son «iguales en el poder», resumiendo mezquinamente un concepto mucho más complicado y dramático. Se lincha a una persona cuando se le atribuye la afirmación de que «Fumagalli tiene derecho de acceso a la TV», cuando tal afirmación (concerniente al «acceso a la TV», sí, pero en el sentido infinitamente más liberal, de los «derechos civiles») estaba contenida en el discurso citado por mí -de otro (en el caso en cuestión Pannella, del que de todas formas, hablaba paradojalmente, en la línea del comienzo). Se lincha a una persona cuando se modifican sus conceptos a voluntad y se los convierte en blancos fáciles del desprecio o de la hilaridad pública: cosa que hace Ferrara a propósito de mis ideas, por cierto nada nuevas, pero ciertamente dramáticas, sobre lo que son hoy fascismo y antifascismo, confrontados con la maciza, impenetrable, inmensa ideología consumista, que es la «inconsciente pero real» ideología de las masas, aunque sus valores no son vividos todavía nada más que existencialmente.
Pero aquí tal vez Ferrara no ha comprendido, precisamente en sentido mental, el problema. Como no ha comprendido el sentido de mis argumentos sobre la «aculturación homologante» (de la cual hablaba yo refiriéndome exclusivamente a los jóvenes y a las culturas «particulares y reales» del país). Cosas estas que, si no se entienden, parecen estupideces. De manera que yo debo dejarme tomar el pelo por ideas nacidas exclusivamente en la cabeza de quien me toma el pelo (de un hombre del poder -esto es lo grave- de una persona que representa ocho o nueve millones de electores).
Lo que yo quisiera saber de Mauricio Ferrara, sin reservas mentales y sin polémicas malignas, es por qué los comunistas «consideran equivocada» -como lacónicamente anuncia Ferrara, como si se tratase de la opinión del Papa- el pedido de los ocho referéndums.
¿Todo lo que he dicho sobre la ideología «inconsciente y real» del hedonismo consumista con sus efectos de nivelación de las masas en la conducta y en el lenguaje físico -por los cuajes las decisiones políticas de la conciencia no se corresponden más con las decisiones existenciales -, todo lo que he dicho sobre la violenta, represiva y terrorífica aculturación de los centros del poder y la consiguiente desaparición de las viejas culturas particulares y reales (con sus valores)- ya había sido dicho y además (hecho definitivamente tranquilizador) también «denominado»? ¿Se realizaron, además, sobre estos problemas convenios internaciones de sociólogos? Es todo cuanto me opone gentilmente Ferrarotti («Paese Sera», 15 de julio de 1974) para reducirme a su vez al silencio y a la inexistencia. Pero precisamente los nombres, precisamente los nombres que tanto y tan placenteramente parecen exhaustivos a Ferrarotti, precisamente los nombres ( melting pot! ) y precisamente los lugares internacionales donde estos nombres son producidos, demuestran que el problema «italiano» no ha sido afrontado ni siquiera remotamente. Y es eso lo que yo enfrento. Porque lo vivo. Y no juego con dos barajas (la de la vida y la de la sociología) porque al margen de mi ignorancia sociológica no tendría aquel «candor mendigante» del que habla el propio Ferrarotti.
Mantengo que puedo sostener racionalmente que el problema italiano no tiene equivalentes en el resto del mundo capitalista. Ningún país ha poseído como el nuestro una cantidad igual de culturas «particulares y reales», una cantidad semejante de «pequeñas patrias», una variedad tan grande de mundos dialectales: ningún país, digo, en el cual se haya cumplido luego un «desarrollo» tan conmocionante. En los otros grandes países habían ocurrido ya, con anterioridad, imponentes «aculturaciones»: a las cuales, la última y definitiva, la del consumo, se superpuso con una cierta lógica. También los Estados Unidos son culturalmente compuestos (subproletarios llegados para concentrarse caóticamente desde todo el mundo), pero en sentido vertical y, para decirIo de alguna manera, molecular: no en sentido tan perfectamente geopolítico como en Italia. Por lo tanto nunca se ha hablado del problema italiano. O, si se ha hecho, no se ha sabido. El feliz nominalismo de los sociólogos parece agotarse dentro de su círculo. Yo vivo en las cosas e invento como puedo el modo de nombrarIas. Por cierto que si intento «describir» el aspecto terrible de una nueva generación entera, que ha sufrido de pronto todos los desequilibrios debidos a un desarrollo estúpido y atroz, y trato de «describirlo» en «este» joven, en «este» obrero, no soy comprendido: porque al sociólogo y al político de profesión no le importa personalmente nada de «este» joven, de «este» obrero. En cambio a mí, personalmente, es la única cosa que me importa.
También algún joven «extremista» de izquierda ha comprendido mal mis palabras (he recibido cartas, por otra parte muy queridas, de Milán, de Bérgamo). Pero que quede bien claro. He condenado la identificación de los extremismos opuestos desde el 13-14 de diciembre de 1969. Y, como Saragat, inaugurador oficial de esta identificación, he formulado mi condena de modo bastante solemne (en la poesía Patmos , escrita precisamente un día después de los atentados de Milán y publicada en «Nuovi argomenti», No. 16 de octubre-diciembre de 1969). No son los fascistas y los antifascistas extremistas los que se identifican. Por otra parte los pocos millares de jóvenes extremistas fascistas son en realidad fuerzas estatales: lo he dicho muchas veces y muy claramente.
La más desagradable de las intervenciones que han originado confusión, desmenuzando la discusión que hubiera podido ser útil a todos, es la de Giorgio Bocca. Mi amigo ha hecho, también él, antes que nada, deducciones personales, reconstruyendo a su gusto, como un leguleyo, un episodio de mi biografía. Si un grupo de estudiantes, como dice en un inexacto y desleal relato, me agredió en 1968, entonces él hubiera debido tomar de inmediato la pluma para defenderme, puesto que el mismo había escrito, en aquel momento, a propósito de los intelectuales italianos, que yo «era el mejor de todos». ¡Qué fácilmente ha cambiado de idea nuestro amigo! Le ha bastado que, según parece, el índice de popularidad me fuese adverso. La lógica de Bocca, por otra parte, está fundada sobre un buen sentido pragmático muy sospechoso. Resulta que mientras yo charlo, él se arremanga y trabaja. Con una rusticidad que en Ferrara es comprensible o explicable, pero no en él, por ninguna razón, Bocca ha tomado al pie de la letra -tal vez mediante una simplificada referencia oral de algún colega (porque no me parece posible que me haya leído) -la identificación entre fascistas y antifascistas (en el sentido que he dicho antes) y la calificación de fascista atribuida al nuevo poder nominalmente antifascista. Bocca reduce todos estos conceptos en blanco blasfemo y también él se lanza al linchamiento. Yo por lo tanto chillo como un águila solitaria y él, mientras tanto, humilde e indefenso, trabaja. Trabaja, actualmente, en un informe sobre el fascismo: «informe» que yo he definido como un trabajito equivocado y aburrido. Ahora agrego, equivocado, aburrido y copiado. En efecto, en el mismo número del «Giorno» (7-7-1974) en el que me ataca, aparece el segundo capítulo de este «informe» del cual una gran parte está literalmente copiada de Valpreda piú quattro , una obra de «Magistratura democrática», con presentación de Giuseppe Branca (edit. Nuova Italia), naturalmente sin citar. Todo celo esconde siempre algo feo: también el celo antifascista.
Si Ferrara y Bocca han comprendido «mal» lo que he escrito -modificándolo mediante una horrenda simplificación- Prezzolini ha entendido exactamente lo contrario. El escándalo de Pannella consiste en luchar en nombre de todas las minorías, no solamente Dom Franzoni, sino también mahometanos, budistas, quizás fascistas y quizás los mismos adversarios del momento (incluido Prezzolini). En consecuencia Prezzolini desafía con baja ironía a Pannella a hacer algo que efectivamente Pannella hace, sobre la base de un principio supremamente formal de democracia que Prezzolini no está en situación de comprender. Como no ha comprendido que el país donde ha vivido durante treinta y dos años no es el reino de la democracia, sino del pragmatismo. Es en nombre de este pragmatismo que Prezzolini (con gran satisfacción de mi parte: es una némesis) le tiende una mano a Bocca.
Finalmente (por ahora) el republicano Adolfo Battaglia que me llama «bufón», sólo porque soy un intelectual-literato. No sé si la cosa proviene de fuente scelbiana («cultural») o sociológica (Schumpeter, Kernhauser, Mannheim, Hoffer, von Mises, De Jouvenel, Shils, Veblen, etc.): es de suponer de todas maneras que se trate del habitual moralismo a la italiana, gracias al cual automáticamente el «bufón» se convierte en «chivo expiatorio», restableciéndose así (oh, por cierto involuntariamente) la verdad.
Me excuso con el lector por haberlo arrastrado por este laberinto de «conciencias infelices», en esta fragmentación de un discurso que hubiera podido ser pleno y cortés.
* En el «Corriere della Sera» con el título «Abrogar a P.». |