| |

22 de setiembre de 1974
EL HISTÓRICO DISCURSITO DE CASTELGANDOLFO*
Es probable que algún lector haya sido sorprendido por una fotografía del Papa Paulo VI con la cabeza coronada de plumas Sioux, rodeado por un grupito de «Pieles rojas» con vestimenta tradicional: un pequeño cuadro folklórico extremadamente embarazante en la misma medida que la atmósfera parecía familiar y grata.
No sé qué cosa habrá inspirado a Paolo VI colocarse en la cabeza esa corona de plumas y a posar para el fotógrafo. Pero no existe incoherencia. Más bien, en el caso de esta fotografía de Paolo VI, se puede hablar de una actitud coherente con la ideología, consciente o inconsciente, que guía los actos y gestos humanos, convirtiéndolos en «destino» o en «historia». En el caso, «destino» de Paolo VI e «historia» de la Iglesia.
En los mismos días en los cuales Paolo VI se hizo esta fotografía a propósito de la cual «callarse es bueno» (pero no por hipocresía, sino por respeto humano) ha pronunciado un discurso que no dudaría, con la solemnidad debida, en declarar histórico. Y no me refiero a la historia reciente o, menos todavía, a la actual. Tan es así que este discurso de Paolo VI no ha tenido siquiera resonancia periodística: he leído en los periódicos reseñas lacónicas y evasivas, relegadas a un rincón de la página.
Al decir que el reciente discurso de Paolo VI es histórico, intento referirme al curso entero de la historia de la Iglesia Católica, es decir, de la historia humana (eurocéntrica y culturocéntrica, por lo menos). Paolo VI ha admitido, explícitamente, que la Iglesia ha sido superada por el mundo; que el papel de la Iglesia se ha convertido de pronto en incierto y superfluo; que el Poder real no necesita más de la Iglesia y la abandona por lo tanto a sí misma; que los problemas sociales son resueltos en una sociedad en la cual la Iglesia no tiene más prestigio; que no existe más el problema de los «pobres», es decir, el problema fundamental de la Iglesia, etc., etc. He resumido los conceptos de Paolo VI con palabras mías: es decir, con palabras que uso desde hace ya mucho tiempo para decir estas Cosas. Pero el sentido del discurso de Paolo VI es precisamente este que he resumido: y tampoco las palabras son en resumidas cuentas muy diferentes.
Para decir verdad no es la primera vez que Paolo VI es sincero: pero, hasta ahora, sus impulsos de sinceridad han tenido manifestaciones anormales, enigmáticas y a menudo (desde el punto de vista de la propia Iglesia) un poco inoportunas. Eran casi raptus que revelaban su estado de ánimo real, coincidente objetivamente con la situación histórica de la Iglesia, vivida personalmente en su Cabeza. Las encíclicas «históricas,> de Paolo VI, luego, eran siempre fruto de un compromiso, entre las angustias del Papa y la diplomacia vaticana: compromiso que no dejaba nunca comprender si esas encíclicas eran un progreso o un regreso con relación a las de Juan XXIII. Un papa profundamente impulsivo y sincero como Paulo VI había terminado por aparecer, por definición, ambiguo e insincero. Ahora de pronto ha brotado hacia afuera toda su sinceridad, con una claridad casi escandalosa. ¿Cómo y por qué?
No es difícil contestarlo: por primera vez Paulo VI ha hecho lo que hacía normalmente Juan XXIII, es decir, ha explicado la situación de la Iglesia recurriendo a una lógica, a una cultura, a una problemática no eclesiástica: más bien externa a la Iglesia; la del mundo laico, racionalista, quizá socialista -- aunque deformado y anestesiado mediante la sociología.
Una mirada fulmínea a la Iglesia vista «desde afuera» ha bastado a Paulo VI para comprender su real situación histórica: situación histórica que contemplada luego «desde adentro» ha resultado trágica.
Y he aquí que ha sido golpeada, esta vez sinceramente, la sinceridad de Paulo VI: en vez de tomar la vía del falso compromiso, de la razón de estado, de la hipocresía, siquiera post-Juan XXIII, las palabras «sinceras» de Paulo VI han seguido la lógica de la realidad. Las aceptaciones que de allí se deducen son, por lo tanto, aceptaciones históricas en el sentido solemne que he dicho: estas aceptaciones, en efecto, dibujan el final de la Iglesia o por lo menos el final del papel tradicional de la Iglesia que duró ininterrumpidamente dos mil años.
Por cierto -quizás mediante las ilusiones que no podrá dejar de dar el Año Santo- Paulo VI encontrará el modo de regresar (en buena fe) a la insinceridad. Su pequeño discurso de este fin de verano en Castelgandolfo, será formalmente olvidado, se alzarán alrededor de la Iglesia nuevas y tranquilizadoras maneras de prestigio y esperanza, etc., etc. Pero se sabe que la verdad, una vez dicha, es incancelable; es irreversible la nueva situación histórica que de ello deriva.
Ahora, al margen de los problemas prácticos particulares (como la terminación de las vocaciones religiosas) sobre cuya solución el Papa parece impotente para hacer cualquier hipótesis y sobre toda la dramática situación de la Iglesia que se le muestra del todo irracional (es decir, una vez más de otra manera, sincero). Efectivamente, la solución que él propone es «orar». Lo que significa que después de haber analizado la situación de la Iglesia «desde afuera» y de haber intuido su carácter trágico, la solución que propone está formulada nuevamente «desde adentro». Por lo tanto no sólo entre el planteamiento y la solución del problema hay una relación históricamente ilógica: se trata directamente de lo incompatible. Aparte del hecho de que si el mundo ha superado a la Iglesia (en términos todavía más totales y decisivos de cuanto había demostrado el «referéndum,» está claro que este mundo, precisamente, no «ora» más. Por lo tanto la Iglesia está reducida a «orar» por sí misma.
Así Paulo VI, después de haber denunciado, con dramática y escandalosa sinceridad el peligro del final de la Iglesia, no da ninguna solución o indicación para afrontarlo.
¿Tal vez porque no existe posibilidad de solución? ¿Quizás porque el fin de la Iglesia es ya inevitable, a causa de la «trai ción» de millones y millones de fieles (sobre todo campesinos convertidos al laicismo y al hedonismo del consumo) y de la «decisión» del poder, que ya está seguro, precisamente por tener en un puño a aquellos exfieles mediante el bienestar y sobre todo mediante la ideología impuesta a ellos sin siquiera la necesidad de dominarla?
Puede ser. Pero esto es cierto: que si numerosas y graves han sido las culpas de la Iglesia en su larga historia de poder, la más grave de todas sería la de aceptar pasivamente su propia liquidación por parte de un poder que se ríe del Evangelio. En una perspectiva radical, quizás utópica, o si es el caso de decirIo milenarista, es claro por lo tanto lo que la Iglesia debería hacer para evitar un final sin gloria. Debería pasar a la oposición . Y para pasar a la oposición, debería antes que nada negarse a sí misma. Debería pasar a la oposición contra un poder que la ha tan cínicamente abandonado, proyectando, sin consideraciones, reducida a puro folklore. Debería negarse a sí misma, para reconquistar los fieles (o aquellos que tienen un «nuevo» deseo de fe) que precisamente por lo que ella es la han abandonado.
Retomando una lucha que está por otra parte en sus tradiciones (la lucha del Papado contra el Imperio), pero no por la conquista del poder, la Iglesia podría ser la guía, grandiosa pero no autoritaria, de todos aquellos que rechazan (y habla un marxista, precisamente en cuanto marxista) el nuevo poder consumista que es completamente irreligioso; totalitario; violento; falsamente tolerante, más bien, más represivo que nunca; corruptor; degradante (hoy más que nunca tiene sentido la afirmación de Marx que el capital transforma la dignidad humana en mercadería de cambio). Es precisamente este rechazo el que podría, por lo tanto, simbolizar la Iglesia: regresando a sus orígenes, es decir, a la oposición y a la revuelta. O hacer esto o aceptar un poder que no la quiere más: o sea suicidarse.
Propongo un solo ejemplo aunque sea aparentemente limitado. Uno de los más poderosos instrumentos del nuevo poder es la televisión. La Iglesia hasta ahora no lo ha comprendido. Más bien, penosamente ha creído que la televisión era un instrumento de su poder. Y en efecto, la censura de la televisión ha sido una censura vaticana, no cabe duda. La televisión hacía un continuo réclame de la Iglesia. Pero, precisamente, hacía un tipo de réclame totalmente distinto del réclame con el cual lanzaba los productos, por una parte, y por otra, y sobre todo, elaboraba el nuevo modelo humano del consumidor.
El réclame hecho a la Iglesia era anticuado e ineficaz, puramente verbal: y demasiado explícito, demasiado pesantemente explícito. Un verdadero desastre en relación con el réclame no verbal, maravillosamente leve, hecho a los productos y a la ideología del consumo, con su hedonismo perfectamente irreligioso (para qué el sacrificio, para qué la fe, para qué el ascetismo, para qué buenos sentimientos, para qué el ahorro, para qué la severidad en las costumbres, etc., etc.). Ha sido la televisión el principal artífice de la victoria del «no» en el referéndum, mediante la conversión laica, aun por estupidez de los ciudadanos. Y aquel «no» del referéndum, no ha dado más que una pálida idea de cuánto ha cambiado la sociedad italiana precisamente en el sentido indicado por Paulo VI en su histórico discursito de Castelgandolfo.
Ahora, ¿la Iglesia debe continuar y aceptar una televisión semejante? ¿Es decir, un instrumento de la cultura de masas que pertenece al nuevo poder que «no sabe más qué hacer con la Iglesia»? ¿No debería, en cambio, atacarla violentamente, con furia paulina, precisamente por su real irreligiosidad, cínicamente vestida por un vacío clericalismo?
Naturalmente se anuncia en cambio un gran exploil televisivo para la inauguración del Año Santo. Y bien, quede claro para los hombres religiosos que estas manifestaciones pomposamente teletransmitidas, serán grandes y vacías manifestaciones folklóricas, políticamente inútiles hasta en la derecha más tradicional.
He propuesto el ejemplo de la televisión porque es el más espectacular y macroscópico. Pero podría dar otros mil ejemplos referentes a la vida cotidiana de millones de ciudadanos: desde la función del sacerdote en un mundo agrícola en completo abandono, hasta la rebelión de las élites teológicamente más avanzadas y escandalosas.
Pero en definitiva el dilema es hoy éste: o la Iglesia hace propia la máscara traumatizante de Paulo VI folklórico que «juega» con la tragedia o hace propia la sinceridad trágica de Paulo VI que anuncia temerariamente su fin.
* En el «Corriere della Sera» con el título «Los dilemas de un Papa, hoy».
6 de octubre de 1974
NUEVAS PERSPECTIVAS HISTÓRICAS: LA IGLESIA ES INÚTIL AL PODER*
Refiriéndose a mi artículo sobre la situación actual y real de la Iglesia («Corriere della sera», 22 de setiembre de 1974) el «Osservatore Romano» -en un artículo de violenta reacción- escribe entre otras cosas: «No sabemos dónde el susodicho obtiene tanta autoridad si no de algunos filmes de un enigmático y reprobable decadentismo, de la habilidad de una escritura corrosiva y de algunas actitudes bastante excéntricas».
Limitémonos a observar esta anticuada frase, que contiene todo el «espíritu» (en el sentido de «cultura») del artículo clerical. Lo primero de todo que allí se nota es una idea que a una persona normal parece en seguida aberrante: es decir, la idea de que alguien, por escribir algo, deba poseer «autoridad». Yo no comprendo sinceramente cómo puede venir en mente una cosa semejante. Siempre he pensado como cualquier persona normal que detrás de quien escribe debería estar la necesidad de escribir, la libertad, la autenticidad, el riesgo. Pensar que pueda existir algo social y oficial que «fije» la autoridad de alguien, es un pensamiento precisamente aberrante, debido evidentemente a la deformación de quien no sabe ya concebir la verdad fuera de los límites de la autoridad.
Yo no tengo a mis espaldas ninguna autoridad: sino aquella que proviene paradojalmente de no tenerla y de no haberla querido; de haberme puesto en situación de no tener nada que perder y, y por lo tanto, de no ser fiel a ningún pacto salvo aquél con un lector que yo considero por otra parte digno de toda búsqueda por más escandalosa que sea.
Pero supongamos, por hipótesis absurda que exista una «autoridad» en mí: a pesar de mí mismo, pongamos, y decretada objetivamente en el contexto cultural y en la vida pública italiana.
En tal caso la proposición vaticana es todavía más grave. En efecto, ella somete a acusación no sólo a los círculos culturales, dentro de los cuales yo opero como escritor, sino, en este punto, también a los centenares de millares y en algún caso, los millones de italianos «simples», que decretan el éxito de mis obras cinematográficas. En suma son culpables los críticos que me juzgan y son tontos los espectadores que van a ver mis películas. Todo ello es «infracultura» 1 . «Infracultura» porque no es clerical-fascista. En efecto, cuando en el «Osservatore Romano» se escribe que un film es «de un enigmático y reprobable "decadentismo"», es inevitable: el sentido de estas palabras resulta el mismo que el de la subcultura que quemaba los libros y los cuadros «decadentes» en nombre de la «moral sana». También la «escritura corrosiva» es un estilo típico de treinta años atrás: porque instituye la confrontación con una hipotética salud e integridad de la cultura oficial, fundada sobre la autoridad y sobre el poder. Finalmente, con la alusión a las «actitudes excéntricas» estamos en la alusión personal. Pero sobre esto no replicaré. Cristo por otra parte nunca ha puesto en el deber de replicar a la «oveja negra» (o «perdida»).
La historia de la Iglesia es una historia de poder y de delitos de poder: pero lo que es todavía peor y, por lo menos en lo que se refiere en los últimos siglos, es una historia de ignorancia. Nadie podría, por ejemplo, demostrar que continuar hablando hoy de Santo Tomás, ignorando la cultura liberal, racionalista y laica primero y después la cultura marxista en política y la cultura freudiana en psicología (para atenerse a esquemas primarios y elementales), no sea un acto subculturaI. La ignorancia de la Iglesia en estos últimos dos siglos ha sido paradigmática, sobre todo para Italia. Es sobre ella que se ha modelado la ignorancia cualunquística de la burguesía italiana. Se trata, en efecto, de una ignorancia cuya definición cultural es: una perfecta coexistencia de «irracionalismo», «formalismo» y «pragmatismo». Las sentencias de la Sacra Rota son, por ejemplo, un enorme corpus de documentos que demuestran la arbitrariedad espiritual y formal por una parte y por otra el lúgubre practicismo (que adopta directamente forma de fanático «behaviorismo») con que la Iglesia mira las cosas del mundo.
Las actualizaciones que parte del clero, también vaticano, ha intentado y a veces realizado, no hacen más que confirmar cuanto he dicho. En efecto estas actualizaciones se refieren a la técnica y a la sociología. Una vez más la verdadera cultura es evitada. Una vez más son los instrumentos del poder los que aparecen como significativos y decisivos.
Es esta particular cultura vaticana, como carencia de cultura real, lo que probablemente ha impedido al articulista del «Osservatore Romano» comprender lo que yo he escrito sobre la crisis de la Iglesia. Que no era precisamente un ataque: era precisamente casi un acto de solidaridad -por cierto, extremadamente anómala y prematura- debido al hecho de que -finalmente- la Iglesia me parecía como derrotada: y por lo tanto finalmente libre de sí misma, es decir, del poder.
En un artículo en la «Stampa» (29 de setiembre de 1974) Mario Soldati habla de la «carcajada» de un jesuita debido a la pregunta sobre si él tuviera un automóvil: en esta «carcajada» Soldati siente un primer acento, falso, de carácter práctico y tradicional («No, no tengo un automóvil, pasó la época en que los jesuitas poseían un automóvil»). Pero, debajo, en el fondo, en la esencia de esta «carcajada», Soldati siente una sincera, exultante e irresistible felicidad. La felicidad de ver finalmente arruinadas y renovadas las relaciones de la Iglesia con el mundo. La felicidad de la derrota. La felicidad de deber recomenzar todo desde el principio. «La liberación del poder.»
En el lamento de Paulo VI (me refiero a su histórico discurso de fines de verano en Castelgandolfo) yo sentí lo mismo: un primer acento de dolor y de desilusión, «merecidos» por la declinación de un grandioso aparato de poder; y un más oculto acento de dolor sincero y profundo, es decir, religioso, cargado de posibilidades futuras .
¿Cuáles son estas posibilidades futuras?
Antes que nada la distinción radical entre Iglesia y Estado. Siempre me ha sorprendido, más bien, en realidad, profundamente indignado, la interpretación clerical de la frase de Cristo: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»: interpretación en la cual se había concentrado toda la hipocresía y la aberración que han caracterizado a la Iglesia de la Contrareforma. Se ha hecho pasar -lo que parece monstruoso- como moderada, cínica y realista una frase de Cristo que era, evidentemente, radical, extremista perfectamente religiosa. Cristo, en efecto, no podía de ningún modo querer decir: «Tranquiliza esto y aquello, no busques escándalos políticos, consigue la practicidad de la vida social y el absoluto de lo religioso, trata de nadar y de cuidar la ropa, etc.». Al contrario, Cristo -en absoluta coherencia con toda su predicación- no podía querer decir más que: «Distingue netamente entre César y Dios; no confundirlos; no hacerlos coexistir con la excusa de poder servir mejor a Dios: "no conciliarlos": recuerda bien que mi "y" es disyuntivo, crea dos universos no comunicantes o, todavía más, contrastantes: en suma, lo repito, "inconciliables".» Cristo proponiendo esta dicotomía extremista, impulsa e invita a la oposición perenne a César, aunque sea la no violenta (a diferencia de la de los fanáticos).
La segunda novedad religiosa que se prevé para el futuro es la siguiente. Hasta hoy la Iglesia ha sido la Iglesia de un universo campesino, el que ha tomado del cristianismo el único momento original con relación a todas las demás religiones, es decir, Cristo. En el universo campesino Cristo es asimilado a uno de los miles de adonis o proserpinas existentes: los cuales ignoraban el tiempo real, es decir, la historia. El tiempo de los dioses agrícolas semejantes a Cristo era un tiempo «sagrado» o «litúrgico» del cual procedía el carácter cíclico, el eterno retorno.
El tiempo de su nacimiento, de su acción, de su muerte, de su descenso a los infiernos, y de su resurrección, era un tiempo paradigmático, al cual, periódicamente y reactualizado, se modelaba el tiempo de la vida.
Por el contrario, Cristo ha aceptado el tiempo «unilineal», es decir, lo que nosotros llamamos historia. El ha roto la estructura circular de las viejas religiones: y habló de un «fin», no de un «retorno». Pero, repito, durante dos milenios, el mundo campesino ha continuado asimilando a Cristo con sus viejos modelos míticos: ha hecho de ello la encarnación de un principio axiológico, mediante el cual se otorga sentido al ciclo de las culturas. La predicación de Cristo no tenía mucho peso. Sólo las élites verdaderamente religiosas de la clase dominante han comprendido durante siglos el verdadero sentido de Cristo. Pero la Iglesia, que era la Iglesia oficial de la clase dominante, ha aceptado siempre el equívoco: no podía existir, en efecto, al margen de las masas campesinas.
Ahora, de golpe, el campo ha dejado de ser religioso. Pero, en compensación, comienza a ser religiosa la ciudad. El cristianismo se convierte de agrícola en urbano: característica de todas las religiones urbanas -y por lo tanto de las élites de las clases dominantes- es la sustitución (cristiana) del retorno por el fin: del misticismo soteriológico a las pietas rústica. Por lo tanto, una religión urbana, como esquema, es infinitamente más capaz de aceptar el modelo de Cristo que cualquier religión campesina.
El consumismo y la proliferación de las industrias terciarias ha destruido en Italia el mundo campesino y está destruyéndolo en todo el mundo (el futuro de la agricultura es también industrial): no habrá en consecuencias más curas o, si los habrá, serán idealmente nacidos en la ciudad. Pero estos curas «nacidos en la ciudad», evidentemente, no querrán en modo alguno tener nada que ver con policías y militares, burócratas o grandes industriales: en efecto, no podrán ser más que hombres cultos, formados en un mundo que en vez de tener a sus espaldas a Adonis y Proserpina, se funda en los grandes textos de la cultura moderna. Si quiere sobrevivir en cuanto Iglesia, la Iglesia no puede por lo tanto más que abandonar el poder y abrazar aquella cultura -siempre odiada por ella- que es por su propia naturaleza libre, antiautoritaria, en continuo devenir, contradictoria, colectiva, escandalosa.
Y luego, finalmente, ¿es necesario que la Iglesia deba coincidir con el Vaticano? Si -haciendo una donación de la gran escenografía (folklórica) de la actual sede vaticana al Estado italiano y regalando la chatarra (folklórica) de estolas y levitas, flabelos y sillas gestatorias a los obreros de Cinecitta- el Papa se las arreglara con un cIergyman, con sus colaboradores, en algún subsueIo de Tormarancio o del Tuscolano, no lejos de las catacumbas de San Damián o Santa Priscilla-, ¿la Iglesia dejaría de ser acaso la Iglesia?
* En el «Corriere della sera» con el título de «Iglesia y poder».
1. «Culturame», voz que es peyorativo de «cultura», por lo tanto «infracultura» o «subcultura», con la misma intención que lleva la palabra «inteIectualoide». ( N. del T. )
14 de noviembre de 1974
LA NOVELA DE LOS ATENTADOS*
Lo sé.
Yo sé los nombres de los responsables de esto que ha sido llamado golpe (y que en realidad es una serie de golpes infligidos a sistemas de protección del poder).
Yo sé los nombres de los responsables del atentado de Milán del 12 de diciembre de 1969.
Yo sé los nombres de los responsables de los atentados de Brescia y Bolonia en los primeros meses de 1974.
Yo sé el nombre de la «cúpula» que ha actuado, por lo tanto, sea el de los viejos fascistas ideadores de golpes , sea el de los neofascistas autores materiales de los primeros atentados, sea finalmente el de los «desconocidos" autores materiales de los Mentados más recientes.
Yo sé los nombres de los que han gestado las distintas y más bien opuestas fases de la tensión: una primera fase anticomunista (Milán, 1969) y una segunda fase antifascista (Brescia y Bolonia, 1974).
Yo sé los nombres del grupo de poderosos que, con la ayuda de la CIA (y en segundo término de los coroneles griegos y de la mafia) han creado primero (por otra parte fracasando miserablemente) una cruzada anticomunista, para bloquear 1968 y, a continuación, siempre con la ayuda y la inspiración de la CIA, se recompusieron una virginidad antifascista, para compensar el desastre del referéndum.
Yo sé los nombres de aquellos que, entre una misa y otra, han tomado las medidas y asegurado la protección política a viejos generales (para mantener en pie, como reserva, la organización de un potencial golpe de estado), a jóvenes neofascistas, más bien neonazistas (para crear concretamente la tensión anticomunista) y finalmente a criminales comunes, hasta este momento, y quizás para siempre, sin nombre (para crear la sucesiva tensión fascista). Yo sé los nombres de las personas serias e importantes que están detrás de personajes cómicos como aquel general de la Forestale que actuaba, algo operísticamente, en Cittá Ducale (mientras los bosques italianos ardían) o de personajes grises y puramente organizativos como el general Miceli.
Yo sé los nombres de las personas serias e importantes que están detrás de los trágicos muchachos que han elegido la suicida atrocidad fascista y de los malhechores comunes, sicilianos o no, que se han puesto a disposición, como killers 1 y sicarios.
Yo sé todos estos nombres y sé todos los hechos (atentados a las instituciones y a las personas) de los cuales son culpables .
Lo sé. Pero no tengo las pruebas. No tengo siquiera indicios.
Lo sé porque soy un intelectual, un escritor, que trata de seguir todo lo que sucede, de conocer todo lo que se escribe acerca de ello, de imaginar todo lo que no se sabe o todo lo que se calla; que coordina hasta los hechos más lejanos, que reúne las piezas desorganizadas y fragmentarias de un cuadro político íntegro y coherente, que restablece la lógica allí donde reinan la arbitrariedad, la locura y el misterio.
Todo esto forma parte de mi oficio y del instinto de mi oficio. Creo que es difícil que mi «proyecto de novela» esté equivocado, que no guarde relación con la realidad y que sus referencias a hechos y personas reales sean inexactas. Creo además que muchos otros intelectuales y novelistas saben lo que yo sé en cuanto intelectuales y novelistas. Porque la reconstrucción de la verdad a propósito de los que ha sucedido en Italia después de 1968 no es muy difícil.
Esta verdad -se siente con absoluta precisión- está detrás de una gran cantidad de intervenciones periodísticas y políticas: es decir, no imaginativas o de ficción como son por su naturaleza las mías. Un último ejemplo: es evidente que la verdad urgía, con todos sus nombres, detrás del editorial del «Corriere della sera» del 1º de noviembre de 1974.
Probablemente los periodistas y los políticos tienen también pruebas o, por lo menos, indicios.
Ahora el problema es éste: los periodistas y los políticos, aún cuando poseen, tal vez, las pruebas y ciertamente indicios, no dan nombres.
¿A quién compete en consecuencia dar estos nombres? Evidentemente a quien no solamente posea el coraje necesario, sino, al mismo tiempo, no esté comprometido en la práctica con el poder y, además, no tenga, por definición, nada que perder: es decir, un intelectual.
Un intelectual podría, por lo tanto, dar públicamente los nombres: pero él no tiene ni las pruebas ni los indicios.
El poder y el mundo que, aunque no pertenece al poder, tiene relaciones prácticas con el poder, ha excluido a los intelectuales libres -precisamente por la manera en que está hecho- de la posibilidad de tener pruebas e indicios.
Se me podría objetar que yo, por ejemplo, como intelectual e inventor de historias, podría entrar en este mundo explícitamente político (del poder o en torno al poder), comprometerme con él y en consecuencia participar del derecho a tener, con muchas probabilidades, pruebas e indicios.
Pero a esta objeción yo respondería que ello no es posible, porque es precisamente la repugnancia a penetrar en semejante mundo político lo que se identifica con mi potencial coraje de intelectual a decir la verdad: es decir, dar los nombres.
El coraje intelectual de la verdad y la práctica política son dos cosas inconciliables en Italia.
Al intelectual -profunda y visceralmente despreciado por toda la burguesía italiana- se le confiere un mandato falsamente alto y noble, en la realidad, servil: el de debatir los problemas morales e ideológicos.
Si él no cumple con este mandato es considerado un traidor a su papel: se grita en seguida (como si no se esperase nada más que esto): «traición de los clérigos». Gritar «traición de los clérigos» es una coartada y una gratificación para los políticos y los siervos del poder.
Pero no existe solamente el poder: existe también una oposición al poder. En Italia esta oposición es tan vasta y tan fuerte como otro poder: me refiero naturalmente al Partido Comunista Italiano.
Es cierto que la presencia en este momento de un gran partido de oposición como el Partido Comunista Italiano es la salvación de Italia y de sus pobres instituciones democráticas.
El Partido Comunista Italiano es un país limpio en un país sucio, un país honesto en un país deshonesto, un país inteligente en un país idiota, un país culto en un país ignorante, un país humanístico en un país consumista.
En estos últimos años entre el Partido Comunista Italiano, entendido en sentido auténticamente unitario -en un compacto «conjunto» de dirigentes, bases y votantes- y el resto de Italia, se ha abierto un abismo: el Partido Comunista Italiano se ha convertido precisamente en un «país separado», en una isla. Y es por ello que hoy puede tener relaciones más estrechas que nunca con el poder efectivo, corrupto, inepto, degradado: pero se trata de relaciones diplomáticas, casi de nación a nación. En realidad las dos morales son incompatibles, entendidas en su concreción, en su totalidad. Es posible, sobre estas bases, proyectar aquel «compromiso» realista que quizá salvaría a Italia del completo exterminio: «compromiso» que sería en realidad, sin embargo, una «alianza» entre dos estados limítrofes o dos Estados encastrados uno en el otro.
Pero precisamente todo esto que he dicho de positIvo sobre el Partido Comunista Italiano, constituye también su aspecto negativo.
La división del país en dos países, uno hundido hasta el cuello en la degradación y en la degeneración, el otro intacto y no comprometido, no puede ser una razón de paz y de constructividad.
Además, concebida tal como yo la he delineado, creo que objetivamente, es decir como un país dentro del país, la oposición se identifica con otro poder: que de todas formas es siempre un poder.
En consecuencia los hombres políticos de esta oposición no pueden comportarse también ellos sino como hombres de poder.
En el caso específico, en lo que se refiere a este momento tan dramático, también ellos han impuesto al intelectual un mandato. Y si el intelectual no cumple con este mandato -puramente moral e ideológico- he aquí que es, con gran satisfacción de todos, un traidor.
Ahora, ¿por qué siquiera los hombres políticos de la oposición, si tienen -como probablemente tendrán- pruebas o por lo menos indicios, no dan los nombres de los responsables reales, es decir, políticos, de los cómicos golpes y de los espantosos atentados de estos años? Es simple: no lo hacen en la medida que distinguen -a diferencia de lo que haría un intelectual¬, verdad política de práctica política. Y, por lo tanto, ni siquiera ellos ponen al corriente de las pruebas e indicios al intelectual que no es funcionario: ni lo sueñan siquiera, como es natural por otra parte, dada la objetiva situación de hecho.
El intelectual debe continuar atenido a lo que le es impuesto como su deber, a reiterar su propio modo codificado de intervención.
Sé bien que no es el caso -en este particular momento de la historia italiana- de hacer pública una moción de desconfianza contra la totalidad de la clase política. No es diplomático, no es oportuno. Pero estas son categorías de la política, no de la verdad política: aquella que -cuando puede y como puede- el impotente intelectual está obligado a servir.
Y bien, precisamente porque yo no puedo dar los nombres de los responsables de los intentos de golpe de Estado y de los atentados (y no en lugar de esto) yo no puedo dejar de pronunciar mi débil e ideal acusación contra la clase política italiana en su totalidad.
Y lo hago en cuanto creo en la política, creo en los principios «formales» de la democracia, creo en el parlamento y creo en los partidos. Y naturalmente a través de mi óptica particular que es la de un comunista.
Estoy dispuesto a retirar mi moción de desconfianza (no deseo otra cosa más que esto) sólo cuando un hombre político -no por oportunismo, es decir no porque haya negado el momento, sino más bien para crear la posibilidad de este momento- decida hacer conocer los nombres de los responsables de los golpes de estado y de los atentados, que evidentemente él sabe como yo, pero de los cuales, a diferencia de mí, no puede dejar de tener pruebas o por lo menos indicios.
Probablemente -si el poder americano lo permite- quizás concediendo «diplomáticamente» a otra democracia lo que la democracia americana se ha concedido a propósito de Nixon -- tarde o temprano estos nombres serán dichos. Pero los dirán hombres que han compartido con ellos el poder: como responsables menores contra los mayores responsables (y no he dicho, como en el caso americano, que sean mejores). Éste sería en definitiva el verdadero Golpe de Estado.
* En el «Corriere della Sera» con el título «¿Qué es este golpe? »
1. En inglés en el original. ( N.del T. )

25 de enero de 1975
LA IGNORANCIA VATICANA COMO PARADIGMA DE LA IGNORANCIA DE LA BURGUESÍA ITALIANA *
La posición de Donat-Cattin en la DC aparece a un profaNo como bastante anómala: él habla de la DC como del partido de la «clase media» en el momento en el cual se sueldan y funden con la clase obrera. Pero la DC no es esto.
La DC expresa (o ha expresado): a) la pequeña burguesía, b) el mundo campesino (administrado por el Vaticano).
No se trata de una dicotomía. Pequeña burguesía y mundo campesino religioso eran hasta ayer un mundo único. La pequeña burguesía italiana era todavía sustancialmente de naturaleza campesina y, por su parte, los campesinos (como decía Lenin) son pequeño burgueses, por lo menos potencialmente. La moral era única: y otro tanto la retórica. A pesar de la gran variedad de las «culturas» italianas -a menudo históricamente muy lejanas entre sí- sustancialmente los «valores» del mundo pequeño burgués y campesino coincidían. La ambivalencia de estos «valores» ha producido un mundo bueno y malo a la vez. En sus contextos culturales concretos, en efecto, estos «valores» eran positivos o, al menos, reales; extraídos de su contexto y forzados a convertirse en «nacionales», se han vuelto negativos: es decir retóricos y represivos.
Sobre ello se ha fundado el Estado policíaco fascista y luego, sin solución de continuidad, el Estado policíaco democristiano. Tanto uno como el otro, en efecto, aún «expresando» a la pequeña burguesía y al mundo campesino, en realidad servían a los «patrones», o sea el gran capital. Son banalidades pero es mejor repetirlas. Los democristianos se han hecho pasar siempre por antifascistas: pero han mentido siempre (algunos quizá de manera inconsciente). Su preponderancia electoral en los años cincuenta y el apoyo del Vaticano, les han permitido continuar, bajo la pantalla de una democracia formal y de un antifascismo verbal, la misma política del fascismo.
Pero su perversidad, su corrupción, su despotismo provincial y semicriminal, de improviso, en muy pocos años, han sido «des-cubiertos», no cuentan más con bases reales. Su electorado está escamado, el Vaticano se ha vaciado de toda autoridad.
Así un partido, cuyo poder histórico y, ay, concreto era coincidente con el Poder real, de pronto, ha tenido que darse cuenta (si se ha dado cuenta) que su Poder histórico y concreto no coincidía más con el Poder real. En efecto: este Poder real (y, esto es lo notable ¡precisamente por obra de los democristianos en el gobierno!) de los cIérico-fascistas o sanfedistas -como ha sido ininterrumpidamente desde la unidad de Italia a los primeros años sesenta- se había convertido en aquello que se define eufemísticamente y casi con humor «consumístico».
Todos los «valores, reales (populares y también burgueses) sobre los cuales estaban fundados los precedentes poderes estatales, se han hundido de esta manera arrastrando en su caída los valores «falsos» de aquellos poderes. Los nuevos valores consumistas prevén en efecto el laicismo (?) la tolerancia (?) y el hedonismo más desenfrenado, capaz de ridiculizar el ahorro, la previsión, la respetabilidad, el pudor, en fin, todos los viejos «buenos sentimientos».
Todo ello es el hundimiento de la política democristiana -cuya crisis consiste simplemente en la necesidad de arrojar al mar rápidamente al Vaticano, el viejo ejército nacionalista etc.: pero no es por cierto el hundimiento de la «política cultural» democristiana. Por la sencilla razón de que ella no ha existido nunca.
En cuanto partido del mundo campesino, obediente (por lo menos formalmente, muy formalmente, como después se ha visto) al Vaticano, la Democracia Cristiana ha vivido en la más alarmante ausencia de cultura, o sea en la más total y degradante ignorancia.
Los códigos de las culturas particulares campesinas, válidas (como he dicho) en su contexto, se convierten en ridículas y «provincianas» si ascienden a nivel nacional, y se convierten en monstruosas si son instrumentalizadas por la Iglesia, visto que su religiosidad no es católica (probablemente ni siquiera en el caso del pobre Veneto). El paradigma cultural, en este sentido, es proporcionado a la Democracia Cristiana por el Vaticano. Y para ver el miserable estado en el cual se encuentra, basta leer sus revistas, sus diarios oficiales, sus publicaciones (quizás sobre todo aquel horrendo corpus totalmente pragmático y a la vez formalista, en el peor sentido que nunca hemos aplicado a estos términos de las sentencias de la Sacra Rota). Todavía ahora (que algo se debería haber aprendido) el italiano usado por los curas y los democristianos retrógrados, es culturalmente de una mezquindad vulgar sin remedio.
Finalmente, en cuanto partido de la pequeña burguesía, la Democracia Cristiana no podía más que alimentar un profundo e irremediable desprecio por la cultura: para la pequeña burguesía (hasta en sus aberraciones «rojas») la cultura es siempre «infracultura». El primado es, moralísticamente, de la acción. Quien piensa es culpable. Los intelectuales aunque depositarios de algunas verdades (quizás contradictorias) que la pequeña burguesía sospecha que son verdaderas, deben ser por lo menos moralmente eliminados. La retaguardia democristiana (se ha visto un reciente ataque a algunos intelectuales por parte de Cado Casalegno, el subdirector de la «Stampa») continúa todavía esta política oscurantista que tantas demagógicas satisfacciones le ha procurado en el pasado y que tan inútil es hoy, cuando la función anticultural ha sido asumida por los mass-media (los cuales de todas formas fingen admirar y respetar la cultura). El epígrafe para este capítulo de la historia burguesa lo escribió una vez para siempre Goering: «Cuando siento hablar de cultura, echo mano a la pistola».
Quizá algún lector encontrará que digo cosas banales. Pero quien está escandalizado es siempre banal. Y yo, a mi pesar, estoy escandalizado. Queda por ver si, como todos aquellos que se escandalizan (la banalidad de su lenguaje lo demuestra), estoy equivocado, o si existen razones especiales que justifican mi escándalo. Pero concluyamos.
En los años cincuenta la hegemonía cultural era del PCI, que la administraba en un ámbito realmente antifascista y en un sincero, aunque ya bastante retórico, respeto por el sistema de valores de la Resistencia. Luego, el advenimiento de la nueva forma del Poder real (es decir un fascismo totalmente distinto) ha creado una nueva hegemonía cultural burguesa que la Democracia Cristiana ha hecho suya, objetivamente, sin advertirlo.
Ahora, el Partido Comunista, en la nueva situación histórica de crisis de la Democracia Cristiana, coincidente con la crisis del Poder consumista, si quisiera podría retomar en sus manos la situación: y reproponer una hegemonía cultural propia. La autoridad que le provenía de los años cincuenta de la Resistencia, le proviene hoy de ser la única parte de Italia limpia, honesta, coherente, íntegra, fuerte (hasta el punto de constituir una especie de país dentro del país: y con esto, por otra parte -por cierto involuntariamente, visto que el país «rojo» se coloca al Norte, quizá con capital en Bologna- contribuyendo a la ulterior liberación del cada vez más degradado Sur).
* En «Epoca» para una encuesta sobre DC y los intelectuales.
19 de enero de 1975
EL COITO, EL ABORTO, LA FALSA TOLERANCIA DEL PODER, EL CONFORMISMO DE LOS PROGRESISTAS*
Soy partidario de los ocho referéndum del partido radical y estaría dispuesto a una campaña inmediata en su favor. Comparto con el partido radical el ansia de la ratificación, el ansia de dar cuerpo formal a realidades existentes: que es el primer principio de la democracia.
Estoy sin embargo traumatizado por la legalización del aborto, porque la considero, como muchos, una legalización del homicidio. En los sueños, y en el comportamiento cotidiano -como cosa común a todos los hombres- yo vivo mi vida prenatal, mi feliz inmersión en las aguas maternas: sé que allí yo ya existía. Me limito a decir esto porque, a propósito del aborto, tengo cocas más urgentes que decir. Que la vida es sagrada es obvio: es un principio más fuerte todavía que cualquier principio de la democracia y es inútil repetirlo.
La primera cosa que querría en cambio decir es ésta: a propósito del aborto, es el primero y el único caso en el cual los radicales y todos los abortistas democráticos más puros y rigurosos, se refieren a la Realpolitik y por lo tanto recurren a la prevaricación «cínica» de las situaciones de hecho y del buen sentido.
Si siempre se han preguntado, antes que nada, y quizás idealmente (como es justo), el problema de cuáles son los «principios reales» a defender, esta vez no lo han hecho.
Ahora, como ellos saben bien, no existe un solo caso en el cual los «principios reales» coincidan con aquellos que la mayoría considera derechos propios. En el contexto democrático, se lucha es verdad, por la mayoría, o sea para la totalidad del consorcio civil, pero se encuentra que la mayoría, en su santidad, comete siempre error: porque su conformismo es siempre, por su propia naturaleza, brutalmente represivo.
¿Por qué yo considero no «reales» los principios sobre los cuales los radicales y en general los progresistas (de manera conformista) fundan su lucha por la legalización del aborto?
Por una serie caótica, tumultuosa y emocionante de razones. Yo sé, mientras tanto como he dicho, que la mayoría está ya obtenida, potencialmente, por la legalización del aborto (aunque en el caso de un nuevo «referéndum» muchos votarían en contra y la «victoria» radical sería mucho menos clamorosa). El aborto legalizado, es en efecto -acerca de esto no cabe duda- una enorme comodidad para la mayoría. Sobre todo porque haría todavía más fácil el coito -el acoplamiento heterosexual- para el cual no habría prácticamente más obstáculos. Pero esta libertad del coito de la «pareja» tal como es concebida por la mayoría -esta maravillosa discrecionalidad en lo que le concierne-, ¿por quién ha sido tácitamente querida, tácitamente promulgada y tácitamente introducida, de manera ya irreversible en los hábitos? Por el poder del consumo, del nuevo fascismo. Este se ha apoderado de las exigencias de libertad, digamos así, liberales y progresistas y, haciéndolas suyas, las ha modificado, les ha cambiado su naturaleza.
Hoy la libertad sexual de la mayoría es en realidad una convención, una obligación, un deber social, un ansia social, una característica irrenunciable del tipo de vida del consumidor, En suma, la falsa liberalización del bienestar, ha creado una situación igual y quizás más insana que aquella de los tiempos de la pobreza. En efecto. Primero: resultado de una libertad sexual «regalada» por el poder existe una verdadera y exacta neurosis general. La facilidad ha creado la obsesión; porque es una facilidad «inducida» e impuesta, que se deriva del hecho de que la tolerancia del poder concierne únicamente a la exigencia sexual expresada por el conformismo de la mayoría. Protege únicamente la pareja (no sólo naturalmente, la matrimonial): y la pareja ha terminado por lo tanto en convertirse en una condición paroxística, en vez de convertirse en signo de libertad y felicidad (como era en las esperanzas democráticas). Segundo: todo aquello que es «diferente» sexualmente es en cambio ignorado y rechazado con una violencia equivalente sólo a los racistas de los campos de concentración (nadie recuerda ya, naturalmente, que los sexualmente diferentes han terminado allí adentro). Es verdad; de palabra, el nuevo poder extiende su falsa tolerancia hasta las minorías. No es necesario excluir que tarde o temprano, en la televisión se hable de ello públicamente. Por otra parte las élites son mucho más tolerantes hacia las minorías sexuales que en otro tiempo, y por cierto de manera sincera (y también porque ello gratifica sus conciencias). En compensación la enorme mayoría (la masa: cincuenta millones de italianos) se ha convertido a una intolerancia tan primaria, violenta e infame, como nunca ha sucedido en la historia italiana. Se ha producido en estos años, antropológicamente, un enorme fenómeno de abjuración: el pueblo italiano, junto con la pobreza, no quiere sin embargo siquiera recordar su «real» tolerancia: es decir, no quiere más recordar los dos fenómenos que han caracterizado mejor toda su historia. Aquella historia que el nuevo poder quiere terminada para siempre. Y es esta misma masa (pronta al chantaje, al maltrato, al linchamiento de las minorías) que, por decisión del poder, está ahora pasando sobre la vieja convención clerical-fascista y está dispuesta a aceptar la legalización del aborto y por lo tanto la abolición de todo obstáculo en la relación de la pareja consagrada.
Ahora, todos, desde los radicales a Fanfani (que esta vez, precediendo hábilmente a Andreotti, está colocando las bases de una prudentísima abjuración teológica, en las barbas del Vaticano), todos, digo, cuando hablan del aborto, omiten hablar de lo que lógicamente lo precede, es decir el coito.
Omisión extremadamente significativa. El coito - con toda la discrecionalidad del mundo, continúa permaneciendo tabú, es claro. Pero en cuanto se refiere a los radicales la cosa no se explica ciertamente con el tabú: ella indica en cambio la omisión de un sincero, riguroso y completo examen político. En efecto, el coito es político. Por lo tanto no se puede hablar políticamente en concreto del aborto, sin considerar como político el coito. No se pueden ver los signos de una condición social y política en el aborto (con el nacimiento de nuevos hijos) sin ver los mismos signos también en su inmediato precedente, más bien, «en su causa», es decir, en el coito.
Hoy el coito se está convirtiendo, políticamente, en algo diverso de lo que era ayer. El contexto político de hoy es ya el de la tolerancia (y por lo tanto el coito es una obligación social) mientras el contexto político de ayer era la represión (por lo tanto el coito, fuera del matrimonio, era escándalo). He aquí por lo tanto un primer error de la Realpolitik , de compromiso con el buen sentido, que yo advierto en la acción de los radicales y los progresistas en su lucha por la legalización del aborto. Ellos aíslan el problema del aborto, con sus específicas situaciones de hecho y nos dan una óptica deformada: aquella que hace cómodas las cosas (de buena fe, sobre esto sería loco discutir).
El segundo error, más grave, es el siguiente. Los radicales y los otros progresistas que se baten en primera fila por la legalización del aborto -después de haberlo aislado del coito- lo ubican en una problemática estrictamente contingente (en el caso, italiana), e interlocutoria. Lo reducen a un caso de pura práctica, para afrontado precisamente con espíritu práctico. Pero esto (como lo saben bien) es siempre culpable.
El contexto en el cual es necesario insertar el problema del aborto es mucho más amplio y va más allá de la ideología de los partidos (que se destruirían a sí mismos si la aceptasen: ver Breviario de ecología de AIfredo Todisco). El contexto en el cual va inserto el aborto es aquel precisamente el ecológico: es la tragedia demográfica que, en un horizonte ecológico, se presenta como la amenaza más grave a la supervivencia de la humanidad. En este contexto la figura -ética y legal- del aborto cambia forma y naturaleza: y, en un cierto sentido, puede hasta ser justificada como una forma de legalización. Si los legisladores no llegasen siempre tarde, y no fuesen oscuramente sordos a la imaginación para permanecer fieles a su buen sentido de la propia abstracción pragmática, podrían resolver todo rubricando el delito del aborto en el más vasto de la eutanasia, beneficiándolo de una serie especial de atenuantes precisamente ecológicos. No por ello dejaría de ser formalmente un delito y de aparecer como tal ante la conciencia. Y es este el principio que mis amigos radicales deberían defender, en vez de lanzarse (con honestidad quijotesca) en una confusión, extremadamente sensata pero bastante pietista, de muchachas madres o de feministas, angustiadas en realidad por «otro» (y más grave y serio). ¿Cuál es el cuadro, en realidad, en el cual la nueva figura del delito de eutanasia, debería inscribirse?
Hélo aquí: en una época la pareja era bendita, hoy es maldita. La convención y los periodistas imbéciles continúan enterneciéndose sobre la «parejita» (de esta manera abominable la llaman), no advirtiendo que se trata de un pequeño pacto criminaL Y lo mismo para el matrimonio: en una época eran festejados y la propia institucionalidad -tan estúpida y siniestra- era menos fuerte que el hecho que la instituía, un hecho, precisamente, feliz, festivo. Ahora en cambio los matrimonios parecen todos grises y rápidos ritos funerarios. La razón de estas terribles cosas que digo es clara: en una época la «especie» debía luchar para sobrevivir, por lo tanto los nacimientos «debían» superar a las defunciones. Hoy en cambio la «especie», si quiere sobrevivir, debe hacer de manera que los nacimientos no superen a las defunciones. Por lo tanto, cada hijo que en una época nacía, siendo garantía de vida, era bendito: cada hijo que nace hoy, en cambio, es una contribución a la autodestrucción de la humanidad y en consecuencia es maldito.
Hemos llegado así a la paradoja de que lo que se decía contra natura es natural y de que lo que se decía natural es contra natura. Recuerdo que De Marsico (colaborador del código Rocco) en una brillante arenga en defensa de una película mía ha llamado «puerco» a Braibanti, declarando inadmisible la relación homosexual en cuanto inútil a la supervivencia de las especies: ahora, él, para ser coherente, debería en realidad, afirmar lo contrario: sería la relación heterosexual la que se configuraría como un peligro para la especie, mientras que la homosexual representa la seguridad.
En conclusión: antes que el universo del parto y del aborto existe el universo del coito: y es el universo del coito el que forma y condiciona el universo del parto y del aborto. Quien se ocupa, políticamente, del universo del parto y del aborto no puede considerar como ontológico el universo del coito -y no ponerlo por lo tanto en discusión- salvo a condición de ser mezquinamente realista. Yo he bosquejado cómo se configura hoy en Italia el universo del coito, pero quiero, para concluir, resumirlo.
Este universo incluye una mayoría totalmente pasiva y al mismo tiempo violenta, que considera intocables todas sus instituciones, escritas y no escritas. Su fondo es todavía clerical-fascista con todos los lugares comunes anexos. La idea del absoluto privilegio de la normalidad es tan natural como vulgar y criminal sin más. Todo está allí preconstituido y conformado y se configura como un «derecho»: hasta lo que se opone a tal «derecho» (comprendido lo trágico y el misterio implícitos en el acto sexual) es asumido de manera conformista. Por inercia, la guía de toda esta violencia mayoritaria es todavía la Iglesia Católica. Hasta en sus extremos progresistas y avanzados (léase el capitulito, atroz, en la página 323 de La Iglesia y la sexuaildad del progresista y avanzado S. H. Pfurtner). Salvo que... salvo que en el último decenio ha intervenido la civilización del consumo, es decir, un nuevo poder falsamente tolerante que ha promovido en escala gigantesca a la pareja protegiéndola en todos los derechos de su conformismo. A este poder no le interesa, sin embargo, una pareja creadora de prole (proletaria), sino una pareja consumidora (pequeño burguesa): in pectore ello implica ya la idea de la legalización del aborto (como implicaba ya la idea de la ratificación del divorcio).
No me parece que los abortistas, en relación con el problema del aborto, hayan sometido a discusión todo esto. Me parece por el contrario que ellos, en relación con el aborto, callan el coito y lo aceptan por lo tanto -por Realpolitik , repito, en un silencio diplomático y culpable- en su total institucionalidad inamovible y «natural».
Mi opinión, extremadamente razonable, en cambio, es ésta: en vez de luchar contra la sociedad que condena el aborto represivamente, en el plano del aborto, es necesario luchar contra esta sociedad en el plano de la causa del aborto, es decir, en el del coito. Se trata -es claro- de dos luchas «retardadas»: pero por lo menos aquélla «sobre el plano del coito» tiene el mérito, además de una mayor lógica y de un mayor rigor, también de una mayor potencialidad de implicaciones.
Hay que luchar, antes que nada, contra la «falsa tolerancia» del nuevo poder totalitario del consumo, distinguiéndose de él con toda la indignación del caso; y luego hay que imponer a la retaguardia, todavía clerical-fascista de este poder, toda una serie de liberalizaciones «reales» concernientes precisamente al coito (y por lo tanto a sus consecuencias): anticonceptivos, píldoras, técnicas amatorias diferentes, una moderna moralidad del honor sexual, etc. Bastaría que todo esto fuese difundido democráticamente por la prensa y sobre todo por la televisión y el problema del aborto se vería sustancialmente disipado, aun cuando permanezca, como debe ser, como una culpa y por lo tanto un problema de conciencia. ¿Todo ello es utópico? ¿Es desatinado pensar que una «autoridad» comparezca en el video difundiendo «distintas» técnicas amatorias? Y bien, no son por cierto los hombres con los cuales yo polemizo quienes deben espantarse de esta dificultad. Por lo que yo sé, para ellos lo que cuenta es e! rigor del principio democrático, no la situación de hecho (como brutalmente sucede, en cambio, para cualquier partido político).
Finalmente: muchos -privados de la viril y racional capacidad de comprensión- acusarán esta intervención mía de ser personal, particular, minoritaria. ¿Y bien?
* En el «Corriere della sera» con el título «Estoy en contra del aborto».
30 de enero de 1975
«SACER»*
Querido Moravia, hace ya muchos años que me cuido de llamar fascista a nadie (aunque a veces la tentación es grande); y, en segunda instancia, me cuido también de llamar a nadie católico. En todos los italianos algunos rasgos son fascistas o católicos. Pero acusarse recíprocamente de fascistas o de católicos -subrayando esos rasgos, a menudo intrascendentes- seria un juego desagradable y obsesivo.
Tú, debido a un viejo y acrítico automatismo -y por cierto no sin gracia y amistad- te has lanzado a llamarme «católico» (precisamente «católico» y no «cristiano» o «religioso»). Y me has llamado católico eligiendo, escandalizado, en mí (me parece) un trauma por el cual la «mayoría» considera -consciente o inconscientemente como Himmler- mi vida «indigna de ser vivida». Corolario de este bloqueo es una cierta traumática y profunda «sexofobia», que incluye la pretendida -también traumática y profunda- de la virginidad o por lo menos de la castidad en la mujer. Todo ello es verdad, quizá demasiado verdadero. Pero es también mi tragedia privada, sobre la cual me parece poco generoso fundar argumentos ideológicos. Tanto más cuando tales argumentos me parecen equivocados.
Antes que nada el axioma «el católico es sexófobo, por lo tanto quien es sexófobo es católico» es un axioma que yo encuentro absurdo e irracional. Existe una sexofobia protestante, una sexofobia musulmana, una sexofobia hindú, una sexofobia salvaje. Tú te refieres a la sexofobia de San Pablo (que -cosa no del todo refutada hasta por pensadores católicos avanzados- parece haber sido homosexual): pero la sexofobia de San Pablo no es, precisamente, católica, sino judaica. Mediante San Pablo ella pasa al catolicismo (si de catolicismo se puede ya hablar a propósito de San Pablo) y eso es todo. Hoy, la sexofobia católica, contrarreformista, es la de todas las religiones oficiales. Yo me distingo netamente de ella primero que nada porque en la infancia no he tenido una educación católica (ni siquiera he sido bautizado); luego porque mi elección, desde la primera pubertad, ha sido conscientemente laica y, finalmente, la cosa más importante de todas, porque mi «naturaleza» es idealista (no en sentido filosófico sino existencial). Tú mismo me acusas de idealismo. Y ésta es una acusación que acepto, porque es verdadera. Tú no sabes cuánto he envidiado siempre tu falta de nocivo idealismo...
Ahora, sin embargo, se da el hecho de que todo puede ser dicho de la Iglesia Católica salvo que sea idealista. Ella es lo contrario de idealista: es no-idealista y, en compensación, es absolutamente pragmática. Los curas son, mejor que nadie, los que ven con profundo pesimismo, el mundo tal como es: no hay nadie más hábil y agudo que ellos en elegir el status quo y en formalizarlo. Relee aquel opus grandioso del más puro pragmatismo (en el que ni siquiera Dios es nombrado si no es mediante fórmulas) que son las sentencias de la Sacra Rota. Por lo tanto, si yo soy idealista no soy católico; y si tú eres pesimista y pragmático, eres católico. Como ves, es demasiado fácil devolver acusaciones de este género.
Para permanecer siempre en la parte general de tu discurso, tú juegas sobre el hecho de que «desde hace cierto tiempo mi bestia negra es el consumismo»: este jugueteo tuyo me parece un poco elemental. Lo sé bien, tú te inclinas pragmáticamente a aceptar el status quo , pero yo, que soy idealista, no. «El consumismo existe, ¿qué podemos hacer?», pareces querer decirme. Y entonces deja que te conteste: para ti el consumismo existe y basta, ello no te toca, salvo, como se dice, moralmente, mientras que desde el punto de vista práctico te toca como a todos. Tu profunda vida personal está indemne. Para mí no, en cambio. En cuanto a ciudadano, es verdad, he sido tocado por ello como tú, y sufro como tú una violencia que me ofende (y en esto estamos hermanados, podemos pensar juntos en un exilio común): pero como persona (tú lo sabes bien) yo estoy infinitamente más implicado que tú. El consumismo consiste en efecto en un verdadero cataclismo antropológico: y yo vivo, existencialmente, este cataclismo que, al menos por ahora, es pura degradación: lo vivo en mis días, en las formas de mi existencia, en mi cuerpo. Porque mi vida social burguesa se agota en el trabajo, mi vida social en general depende totalmente de lo que es la gente. Digo «gente» a sabiendas, entendiendo lo que es la sociedad, el pueblo, la masa, en el momento en el cual llega existencialmente (y quizás sólo visivamente) a tomar contacto conmigo. Es de esta experiencia existencial, directa, concreta, dramática, corpórea, que nacen en conclusión todos mis discursos ideológicos. En cuanto transformación (por ahora degradación) antropológica de la «gente», para mí el consumo es una tragedia, que se manifiesta como decepción, rabia, taedium vitae , acidia y, finalmente, como rebelión idealista, como rechazo total del status quo . No veo cómo puede un amigo jugar acerca de todo esto.
Volvamos al aborto. Tú dices que la lucha por la prevención del aborto que yo sugiero como primaria, es vieja, en cuanto son viejos los «anticonceptivos» y es vieja la idea de las técnicas amatorias distintas (y quizás es vieja la castidad). Pero yo no ponía el acento sobre los medios, sino sobre la difusión del conocimiento de tales medios, y sobre todo en su aceptación moral. Para nosotros -hombres privilegiados- es fácil aceptar el uso científico de los anticonceptivos y sobre todo es fácil aceptar moralmente todas las más diversas y perversas técnicas amatorias. Pero para las masas pequeñoburguesas y populares (aunque ya «consumistas») todavía no. He aquí por qué yo incitaba a los radicales (con los cuales he mantenido toda mi argumentación, que sólo precisamente vista como un coloquio con ellos adquiere su pleno sentido) a luchar por la difusión del conocimiento de los medios para un «amor no procreante», visto (decía) que procrear es hoy un delito ecológico. Si por la televisión durante un año se hiciera una sincera, valerosa, obstinada obra de propaganda de estos medios, las gravideces no queridas disminuirían de manera decisiva en lo que se refiere al problema del aborto. Tú mismo dices que en el mundo moderno hay dos tipos de parejas: aquellas burguesas privilegiadas (hedonísticas) que «conciben el placer como diferente y separado de la procreación» y las populares que, «por ignorancia y bestialidad no llegan a una concepción similar». Y bien, yo ponía como primera instancia de la lucha progresista y radical precisamente esto: pretender abolir -mediante los medios a los cuales el país tiene democráticamente derecho- esta distinción clasista.
En suma, repito, la lucha por la no procreación debe ocurrir en el estadio del coito, no en el estadio del parto. En lo que se refiere al aborto, yo había sugerido paradojalmente calificar este delito en el cuadro del delito de eutanasia, inventando para ello una serie de atenuantes de carácter ecológico. Paradojalmente. En realidad mi posición sobre este punto -aún con todas las implicaciones y complejidades que son típicas de un intelectual solo y no de un grupo- coincide finalmente con la de los comunistas. Podría suscribir palabra por palabra lo que ha escrito Adriana Seroni en «Epoca» (25-1-1975). Es necesario evitar primero el aborto, y si éste llega, es necesario hacerlo legalmente posible sólo en algunos casos «responsablemente valorados» (y evitando por lo tanto, agrego, lanzarse a una histérica y terrorista campaña por su completa legalización, que sancionaría como no delito una culpa).
Mientras que en el «referéndum» sobre el divorcio estaba en completo desacuerdo con los comunistas (que lo temían) previendo la victoria que luego ha ocurrido; mientras estoy en desacuerdo con los comunistas sobre «ocho referéndum» propuestos por los radicales, previendo también aquí una victoria (que satisfaría en efecto una realidad existente), estoy también de acuerdo con los comunistas sobre el aborto. Aquí está de por medio la vida humana. Y no lo digo porque la vida humana es sagrada. Lo ha sido: y su sacralidad ha sido sentida sinceramente en el mundo antropológico de la pobreaza, porque cada nacimiento era una garantía para la continuidad del hombre. Ahora no es más sacra, sino en el sentido de maldita ( sacer tiene los dos sentidos), porque cada nuevo nacimiento constituye una amenaza para la supervivencia de la humanidad. Por lo tanto, diciendo «está en juego la vida humana», hablo de esta vida humana - esta única, concreta vida humana- que en este momento se encuentra dentro del vientre de esta madre.
Y a esto tú no respondes. ¿Es popular estar de acuerdo con los abortistas de manera acrítica y extremista? ¿No hay necesidad de dar explicaciones? ¿Se puede tranquilamente pasar por encima de un caso de conciencia personal con relación a la decisión de hacer o no venir al mundo a alguien que quiere decididamente venir (aunque después sea poco más que nada)? ¿Es necesario crear a cualquier precio el precedente «incondicionado» de un genocidio sólo porque el status quo lo impone? Está bien, tú eres cínico (como Diógenes, como Menippo... como Hobbes), no crees en nada, la vida del feto es romanticismo, un caso de conciencia sobre este problema es una tontería idealista... Pero éstas no son buenas razones.
* En el «Corriere della Sera» con el título «Pasolini sobre el aborto». |