1.
Si me dicen "New York", inmediatamente imagino un avión. Un avión blanco (no un avión negro), tal vez con franjas rojas o azules. Eso, y al lado del avión (en el mismo plano, digamos) la calle 14, los taxis amarillos y los edificios altísimos del downtown Manhattan; torres inmensas, monumentos al vacío. Cementerios verticales donde nadie parece habitar ni vivir. Sólo los porteros, sólo los que cargan valijas, sólo las voces grabadas de los ascensores. Torres muertas y de noche.

También me imagino el sueño que era New York antes de verla realmente. El sueño de irme. Estar en San Juan leyendo, por ejemplo, a Ernesto Laclau, y un día saber que trabajaba en New York de profesor visitante. Y también Habermas, y Agnes Heller, y una lista larga, inmensa. Mis profesores de San Juan nunca escribían libros. O escribían libros chotos, libros que nadie leía, lo que tal vez era peor.  

New York fue como un imán. Siempre.

2.
La primera vez que viajé a New York y volví a San Juan, "el ventanal de Cuyo", como le dicen, me pareció que mi ciudad era exactamente eso: un ventanal. Como vivir mirando por una ventana cómo crece una parra de mierda, con un montón de cerros inútiles por los cuatro costados. Digo: vivir frente a una ventana, porque más acá no hay nada. Vivir en una aldea de casas chatas donde se pega el viento y la mugre. Mes sobre mes, año sobre año. Las casas chatas y, en el centro, la plaza central, y la catedral enfrente. La iglesia, siempre presente, mostrando su poder, su montón de viejas hipócritas y arrodilladas, mugrientas y arrodilladas, hijas de puta y arrodilladas.

La primera vez que volví de NY a San Juan sentí que me había autosepultado. Estuve en mi casa un par de días, como quien junta fuerzas. Hay que ser valiente para ir a la Plaza 25 de mayo después de haber visto Nueva York. Pero junté fuerzas. Tomé el ómnibus a una cuadra de mi casa, pero ese día habían cortado la calle principal de mi barrio; y el micro se desvió. Tomó por unas calles sospechosas, de tierra, de ripio, más bien: unas piedras bastante grandes que a veces, levantadas por las ruedas, golpeaban con fuerza la base del Mercedes destartalado. Durante cuatro cuadras por la ventanilla se vieron ranchos, taperas a medio construir (o a medio caerse, daba lo mismo), paredes levantadas entre los pastizales y el agua servida, viejas barriendo veredas de tierra. Esas cosas que a Sabato le gusta ver; cosas que aún le hacen sentir esperanzas: ver una mujer barriendo un piso de tierra después de la catástrofe, después del terremoto o las marejadas, en medio del desastre. Pero allá él. Yo odio a las viejas que pasan inútilmente una escoba en una vereda de tierra. Lo hacen para chusmear. Para meterse en la vida de los demás vecinos; para ver si alguna de las otras vecinas tiene un amante, para tratar de ver a algún sodero sospechoso entrando o saliendo a deshora, algún carnicero subrepticio, algún mandadero fuera de horario.

Pero vi cosas peores. Vi niños mugrientos y piojosos pateando una pelota reventada años atrás; putas lavando y refregando en un fuentón la bombacha que se pondrían esa noche, mientras los hermanos, primos o concubinos (o las tres cosas al mismo tiempo) escuchaban música de cumbia y tomaban vino tinto de una botella de plástico recortado.

Vi paredes pintadas con nombres de políticos cuya vida no había sido más que una sucesión de discursos mal dichos, desfalcos mal calculados y estupros mal disimulados. Gente que, por no haber servido nunca para nada, se tuvo que meter a la política. Y sus primeras armas (metafóricamente hablando, porque ni siquiera para eso) las hicieron pintando en alguna pared podrida: "Fulano Precidende", o "Zutano Governador". Esas pintadas que, al leerlas, uno se imaginaba que al autor le faltaban varios dientes de la boca.

3.
Esa gente con familias demasiado numerosas, con panzas crecidas al calor de la cerveza espumosa y caliente. Esas hijas de catorce años embarazadas al calor de las novenas, de novios cuya máxima aspiración en la vida es poder llegar a chorearse una moto.

Ya no digo Menem. Menem fue un milagro de humanidad y decoro comparado con esa gente. Yo alguna vez trabajé en La Rioja. Y, después de haber visto lo que vi, digo que Menem en La Rioja fue una flor en un pantano. Hay que dar gracias a Dios (o tal vez a Alá, que es grande) que no nos fue muchísimo peor. Menem fue el mejor de todos los riojanos, el más culto, el que más dientes tenía en la boca, por lejos. Si uno se interna por los pagos de Chepes, y de ahí sigue hacia el norte, camino a Tello, Milagro, Olta, Chamical..., bueno, bueno. Menem, entre esos tipos que se rayan esas siestas de 53 grados a la sombra, lavándose las patas en una acequia, porque hasta el fuentón han empeñado, es César Aira; es la China Ludmer.

4.
Pero me voy del tema. Venía en el ómnibus. Veía horrorizado cómo la tierra de la calle penetraba por los cuatro costados de la carrocería agujereada del viejo Mercedes. Después de ese pequeño desvío, volvimos al pavimento. La avenida Comandante Cabot, llena de baldíos con sus gitanos vendiendo autos de origen dudoso, y algunos pesados también, custodiando las pocas casas, donde vive algún juez con miedo o algún diputado que alguna vez pintó paredes, años atrás, antes de hacerse narco o proxeneta.

Después de 25 minutos de ver desde el micro casas sucias, viejos lavando autos, panaderías que ostentaban orgullosas nombres como "La Bety", llegué al centro. La Plaza 25. La peatonal de dos cuadras por dos cuadras, los comercios cerrados, los cafés donde se acumulan las moscas.

Es una ciudad chata, San Juan. Tiembla; entonces no hay edificios de más de diez pisos. Eso agrega más chatura a la chatura. Las ciudades que no se amontonan alrededor de torres inmensas, de edificios altísimos, se extinguen siendo simplemente aldeas. En esas ciudades la vida huye siempre hacia las orillas, hacia los márgenes; la chatura arquitectónica provoca y retroalimenta la chatura mental. Es un juego perverso que ya hemos perdido desde antes de empezar a jugar. En San Juan se nace perdiendo, y desde muy temprano en la vida se tiene la idea de que quedarse en esa planicie enceguecida por la resolana será morirse en vida. Nos moriremos escribiendo un libro que nadie leerá; o que sólo leerán nuestros amigos, que están tan muertos como nosotros. Nos quedaremos pintando en la pared una leyenda que después desaparecerá bajo otra capa de pintura. Robándonos la moto que después alguien nos robará a nosotros.

Y los que se acostumbran a vivir en la aldea nunca dejan de pensar como aldeanos, como esos campesinos ignorantes que nacen a pocos pasos de su tumba, y que desperdician su vida pisando guano a la mañana, emborrachándose por las tardes, y embarazando a sus primas por las noches.

5.
En una aldea siempre se desconfía de lo distinto. Al que es diferente se lo aísla, se lo margina. Al que es homosexual, los chicos de la parroquia le graffitean el frente de la casa. Al que no se resigna a que la ciudad sea una tumba se lo hace vivir como un desgraciado. Esos gauchos ignorantes que se sientan en los cafés del centro se sienten con derecho a opinar sobre cómo vas vestido, sobre tu corte de pelo, sobre el largo de tus uñas. No hay ni habrá nunca en San Juan un mínimo de respeto por el otro: ni por las razas distintas, ni por las culturas distintas. Hay que ser un gaucho y perderse entre la multitud hedionda a empanadas y vino tinto; hay que ser un hijo de puta como ellos, que son felices   pisando bosta de cabra, tomando mate en alguna oficina del estado, años, eternamente, en cargos que se heredan de padre a hijo, y a hijo del hijo.

6.
Cielo azul - pecera transparente

Los sanjuaninos se enorgullecen del azul de su cielo. Está bien. Es azul. Pero ¿y con eso qué? Tenés un cielo azul, pero entonces ahora hacé algo, hijo de puta. Ponete una empresa de paseos en globo, fabricá aviones ultralivianos; algo. Algo que no sea cumplir horarios en la misma oficina de mierda, treinta, cuarenta años, hasta que un buen día (por suerte) te cagués muriendo, y entonces en tu lápida escriban: "Este hombre vivió en su querido ventanal de Cuyo", o alguna otra idiotez.

Pero ¿para qué nació este hijo de puta? ¿Para qué vivió? ¿Qué hizo, además de calentar una silla en una repartición pública durante cuarenta años?

Algún día habrá que pensar la relación entre la transparencia azul del cielo sanjuanino, ese efecto de cristal que provoca en una ciudad encerrada entre montañas, y el chusmerío. En esa pecera transparente aturdida por el sol que es San Juan, nada ocurre sin que todos lo vean y lo sepan. No hay forma de ocultarse. No hay forma de esconder nada. Todo se sabe, incluso, antes de que pase. Todo se sabe, incluso, si nunca pasó. En el valle el aire está quieto y el sonido retumba, el ruido se encapsula, las voces se escuchan, la gente cuchichea, habla con palabras cortas y mal pronunciadas, las eses se aspiran, suenan como una jota caribeña, las erres se suavizan, se liman, y los chismes lo cubren todo como una corriente invisible. Sol blanco. 48 grados a la sombra (al menos es un calor seco). Niños que se achicharran saltando entre acequias sin agua; desierto y lagartijas. Piedras calientes y miseria.

No hay que preguntarse cómo llegamos a esto. San Juan siempre fue así. Nunca se movió y nunca se moverá. Quedará siempre aplastado, achatado, agazapado en sí mismo, temeroso de cambiar y diferenciarse. Miedo a lo extraño y a lo extranjero. Parménides tendría que haber nacido en San Juan. El poema ontológico habría hablado de piedras calientes en lugar de carros. Tal vez el ser parmenídeo hubiera sido, en ese caso, algo más aéreo que esa existencia inmóvil descrita por el sabio de Éfeso.

7.
Pero mientras en Grecia nacía la filosofía, en esta parte de lo que después llamaron América había indios viviendo en vizcacheras inmundas, simples huecos cavados en el barro, apenas apuntalados con palos miserables que se hundían en el lodazal. Nada de pirámides, ni de inventar el cero. Nada de mediciones astronómicas. Esos indios de mierda vendrían a ser presa fácil de la conquista por parte de esos españoles putos que llegaron a repartirse esta parte de América.

Europa la tenía fácil, una vez descubierto el Nuevo Mundo. A los lugares donde valía la pena ir, por el oro y la plata fácilmente afanables, mandaron sus ejércitos de mercenarios, sifilíticos, asesinos psicóticos, sádicos y torturadores, además de ladrones ( conditio sine qua non para venir a estas tierras americanas). Fue así como Cuzco, Tenochtitlán y Tlaxcala recibieron a los europeos más hijos de puta y miserables.

Pero ¿quién vino a lo que en el futuro se llamaría "Argentina" y, más precisamente, a lo que sería San Juan de la Frontera? ¿Quién se hacía cargo de venir a conquistar a unos indios rotosos que habitaban en cuevas ponzoñosas, en vizcacheras malolientes?

A San Juan, queridos amigos, llegaron los que tenían miedo de ir a conquistar Tlaxcala o Tenochtitlán; es decir, los españoles que se cagaban en las patas ante la perspectiva de ser sacrificados y hábilmente despostados en la cima de alguna pirámide erigida en honor al Dios-Poronga, y que luego sus cabezas pasaran a ser un adorno más en las enormes paredes de cabezas que abundaban en las tierras mexicanas.

Es decir, a San Juan y Mendoza llegaron los maricones, los que no querían arriesgar el pellejo. Los cobardes, los que en lugar de empuñar valientemente la espada, empuñaron cobardemente la cruz, para cagarles la cabeza a los pocos indios miserables que quedaban. Ese fue el tiro de gracia. Evangelizar a los pocos indios infelices que no habían tenido la suerte de morirse. Cuando uno ve las horribles consecuencias de la mezcla que se dio entre huarpes chotos y españoles mal cogidos, piensa que hubiera sido mucho más humano exterminar a los pobres indios que quedaban: habrían sido mucho más felices. Se apuntaló la cruz sobre la vizcachera; y los indios siguieron viviendo de rodillas.

San Juan y Mendoza fueron, desde su origen mismo, aguantaderos de chupapijas. Esa gente nunca podría liderar ninguna revolución, ningún cambio social, por más tibio que fuese. Sólo se trató, desde el comienzo, de sobrevivir, de zafar. Porque en España los pericotes ya venían del tamaño de una sandía. La cosa se estaba poniendo espesa en la península. Había que irse a algún lugar donde no hubiera indios hijos de puta que te achuraran con un cuchillo con punta de pedernal. Había que irse a la zona de Cuyo, pues. Los mediocres, los que no sabían hacer nada, los maricones y los reprimidos, entonces, encararon para la San Juan: el Cuyo del mundo.

8.
¿Por qué no hubo guerras, ni tan siquiera enfrentamientos sistemáticos, entre españoles y americanos en Cuyo? Siempre es entretenido repasar la gesta de los aztecas: defendiendo su ciudad, decapitando, masacrando y destripando a esos españoles hijos de puta, ignorantes y piojosos que al fin los terminaron conquistando. Los tlaxcaltecas aportaron lo suyo en favor de los españoles. También la hija de puta de la Malinche tuvo mucho que ver.

En Perú también hubo enfrentamientos, guerra, sangre y decapitaciones. Pero en la zona cuyana ¿qué hubo? Nada.

No pasó nada. Los españoles entraron a estas tierras como Pedro por su casa. Esos indios de mierda nunca se dignaron a sacar la cabeza fuera de la vizcachera para ver que los estaban conquistando. Acá no hubo guerra, ni resistencia, ni decapitaciones, ni pirámides. Los aztecas reaccionaron. Perdieron, es cierto, pero al menos reaccionaron y se llevaron con ellos a muchos españoles. Por lo menos les dio la cabeza para pensar "estos nos cagan; estos vienen a chorearse el oro".

Pero en Cuyo... ¿Qué oro?, ¿qué pirámides? ¿Qué construcciones magníficas? Nada. Un montón de indias corriendo en bolas, mientras los indios se hacían la paja en las cuevas mal apuntaladas. Fueron pan comido para esos españoles retrasados mentales, y después para los jesuitas violadores y depravados que llegarían.

El primer enviado de los jesuitas que llegó a San Juan, en 1523, llamado Saúl Tapias, fue conocido por saciar su hambre sexual con las gallinas que tenían la mala suerte de habitar en el gallinero de la Orden. Muchas no sobrevivían a los embates del prelado. En eso estamos todavía, como diría Martínez Estrada. No ha cambiado mucho en San Juan.

9.
Algunos se preguntarán por qué es que insisto tanto con el tema de las pirámides. ¿Para qué sirve una pirámide, después de todo?

Para nada. Pero la arquitectura tiene siempre, al menos, una carga simbólica. Es como decir: "Acá estoy yo; yo construí la pirámide más alta, y ahora ustedes, manga de putos, me van a chupar bien la pija." Es una demostración de poder. Los españoles que llegaron a Tenochtitlán se cagaron en las armaduras cuando vieron todas esas construcciones, esa ciudad erigida en medio de un lago, circundada por puentes colgantes. Después lo mismo la hicieron mierda. Pero que Cortés y los suyos al principio se cagaron, se cagaron.

10.
O sea, a los sanjuaninos nos cagaron desde que nacimos, y cuando eso pasa ya no queda mucho por hacer. Si yo fuera mexicano tal vez tendría más esperanzas. Ellos tienen en sus orígenes unos indios carniceros y caníbales, por un lado, y a los españoles más hijos de puta y ladrones, por el otro. Y no hay que olvidar a los tlaxcaltecas traidores. Algo se puede hacer con eso. Narcotráfico, decapitaciones, zapatismo y metralletas. Algo. Peor es la nada. Peor es la nada que nos envuelve en el Cuyo del mundo.

La desesperanza está en los genes. No me echen la culpa a mí.

11.
Cuando Sarmiento, en el Facundo , sentó las bases de la oposición entre la Buenos Aires filo-francesa y liberal contra la Córdoba filo-española y conservadora, estaba reconociendo, ya con ese solo movimiento, que el resto del país era sólo una ranchada que no valía la pena tener en cuenta. ¿A quién le importaba en 1844 un lugar como, digamos, Catamarca? ¿Qué mierda había en Jujuy? ¿Mendoza? ¿San Juan? Por favor. Aquí sólo cuentan Buenos Aires y Córdoba. La opción que hizo el ilustrado cuyano por la Buenos Aires liberal y afrancesada marcó para siempre los destinos del país. De ahí en más seríamos Buenos Aires más trece ranchos. El poder debía estar en Buenos Aires, y cualquier gaucho que quisiera pasarse de revoltoso le pasaría lo que le pasó al Chacho: su cabeza en una pica, y a otra cosa. Sarmiento después dijo que él no tuvo nada que ver cuando la cabeza estaba expuesta en Olta, La Rioja.

La guerra entre unitarios y federales desde el comienzo estuvo mal planteada. De un lado había fanáticos, hijos de puta y malparidos. De otro lado malparidos, hijos de puta y fanáticos. Cualquiera que fuera el ganador iba a cagarnos para siempre, y eso fue lo que pasó.

Sarmiento se daba cuenta de esta diferencia que no era una diferencia, como hubiera dicho Hegel. Acusar a Rosas de unitario es una de tantas maneras de confesar que en realidad la guerra civil que llevaba años instalada en el país no tenía un significado claro para nadie. Lo único que Rosas tuvo de singular fue el hecho de conferir un sistema, un acorde que entrelazara las notas dispersas de la montonera, esas hordas beduinas y carniceras que asolaban las tierras del interior, y para las cuales la revolución de mayo nunca tuvo un mínimo de inteligibilidad. Sarmiento siempre se mueve con estos conceptos que no son inteligibles para todo un país. Entonces, ¿para qué mierda querés un concepto, si no va a ser entendido por el resto del país? Si la Revolución de Mayo fue ininteligible para todo el interior, entonces con eso se concede que esa revolución sólo tuvo lugar en la cabeza de los miembros de la Primera Junta, una idea abstracta sin ningún contenido. Una idea que nunca se materializó, que nunca tomó cuerpo en la realidad.

Por otro lado, la revolución que comienza a manos de las montoneras que asolaban las provincias tampoco tenía objeto. A Facundo Quiroga no lo seduce ni la monarquía ni la república. Sólo tiene encono, odio por toda forma de cultura moderna. Facundo tenía la materia del país en sus manos, pero no tenía programa. Los unitarios tenían un programa, pero no tenían acceso a la realidad: las ideas de Mariano Moreno flotaban sobre el fogón de los gauchos analfabetos. No hay, pues, dos proyectos en pugna. Nunca los hubo.

La sumisión a la Corona española por la que pedían los circunspectos doctores cordobeses no tenía destino. España estaba hecha mierda, y no podía ser cabeza de ninguna colonia. La península se hundía sola. La sífilis, la gonorrea, la tuberculosis, la masturbación y las ratas habían terminado con la Corona. Y eso no lo veían los doctos cordobeses en 1810.

Por otro lado, los ilustrados francófilos, que con el tiempo contarían entre sus filas con el brillante Sarmiento, sólo querían cambiar una servidumbre por otra. En vez de seguirle prestando el culo a España, nuestros ilustrados plantearon que lo mejor sería apuntar con nuestro ojete hacia Inglaterra...para seguir siendo una Colonia. ¿Para eso hicieron una revolución? ¿Para seguir siendo una colonia? ¿Había un proyecto de país en la primera generación de unitarios, o simplemente había un proyecto de colonia, un pseudoproyecto subsidiario de Inglaterra?

Los integrantes de la generación del 37, exiliados por Rosas, ensayistas y panegiristas, una vez que consiguieron desplazar al odiado estanciero e instalarse ellos en el poder, se convirtieron, a la larga, en la generación del 80. Son los años en que Sarmiento es ministro de interior, luego presidente; son los años de Roca y el exterminio, los años de Pellegrini y la consolidación del modelo de colonia agroexportadora, del diseño de una economía marginal que giraba en torno a Inglaterra. No hubo nunca proyecto de país. Mientras Inglaterra profundizaba su dominio económico, Argentina le hacía de sierva, mirando crecer las vacas en la pampa.

Nuestro país no tuvo una guerra civil clara entre unitarios y federales. Tuvo una serie caótica de enfrentamientos entre diferentes sectores que nunca tuvieron claro lo que querían, ni para sí mismos ni para el país en conjunto. Por eso da la impresión de que esa guerra civil no tiene límites claros en el tiempo. Parece que hubiera continuado hasta hoy, sólo que con ropajes distintos.

Sarmiento mismo da la impresión de estar haciendo malabarismos para demostrar que la razón estaba de su lado. Pero le cuesta muchísimo dibujar con claridad los límites entre los lados. ¿Quién se anima a trazar la línea en la arena entre "ellos" y "nosotros"? En su relato de la batalla de Chacón, dice Sarmiento: "Error de argentinos iniciar la batalla con descargas de caballería...porque el espíritu de la Pampa está allí en todos los corazones, pues si levantáis un poco las solapas del frac con que el argentino se disfraza, hallaréis siempre el gaucho más o menos civilizado, pero siempre el gaucho. Sobre este error nacional viene un plagio europeo" (99ª).

En muchos momentos, como el de esta cita, Sarmiento parece tirar la toalla. Son esos momentos en que toda la estructura del Facundo parece estar construida sobre un lodazal, y que se va todo al carajo. Como si Sarmiento de repente se detuviera en su magistral estilo, tan oral él, y nos dijera: "Pero...dejémonos de joder, muchachos. Si somos nada más que unos gauchos de mierda. ¿No será que estamos tratando de   plagiar a los europeos, y no nos sale?"

El Facundo es el libro que funda el país. Y si un país se funda con ideas tan tembleques, estamos cagados. Y nos cagamos, nomás. Nos cagó ese loco verborrágico que escribía en un estilo tan oral que parecía estar dando clase. Inventó el país, y lo inventó mal. Se sabía plagiario de la cultura europea. Leyó decenas de libro en inglés y en francés, lenguas cuya pronunciación desconocía. Recién cuando llega a Chile, años después, aprende a pronunciar el inglés, como cuenta en Recuerdos de provincia . Hay mucho de impostación en leer una lengua que no se sabe pronunciar. Hay mucho de falsedad y de locura. Y hay que ser hijo de puta, además, para leer durante años en una lengua que no se pronuncia.  

12.
Para entender lo absurdo de la sucesión de crímenes sin un norte definido que asoló al país durante la lucha entre unitarios y federales (una sangría que no se detuvo con la caída de Rosas, ni con la llegada de los ilustrados pro-ingleses al poder, ni con la llegada del nuevo siglo, ni con el primer centenario de la Revolución de Mayo, ni con el primer gobierno de Yrigoyen, ni con el segundo gobierno de Yrigoyen, ni con el primer golpe de estado. En fin, una sangría que nunca se detuvo ni se detendrá, porque nunca estuvo claro cómo empezó) sería conveniente compararla con la guerra civil de Estados Unidos.

Este país planteó bien su guerra civil. El terreno del desacuerdo entre los contendientes estaba bien definido. Los estados del norte querían disputarle a Inglaterra el liderazgo de la economía mundial, querían adueñarse de las consecuencias económicas de la revolución industrial, que los Ingleses habían comenzado hacía poco menos de un siglo. Los estados confederados del sur, por otra parte, querían seguir siendo el patio trasero de los ingleses. Aquí claramente se nota que había dos proyectos de país distintos. Ganó el norte, y Estados Unidos dejó de ser el productor de materias marginal, girando en torno a Inglaterra.

El principal diferendo que surgió entre el Sur y el Norte fue de política fiscal. El sur se había planteado, prácticamente, como una semicolonia de Inglaterra, país al que le vendía la mayor parte de su producción algodonera, y proponía el comercio libre. Pero los estados industrializados del Norte propulsaban tarifas proteccionistas. El Sur comenzó durante la década de 1850 un proceso de aislamiento con respecto al Norte, con el establecimiento de un sistema comercial y de comunicaciones centrado en el delta del Mississippi.

Uno de los ejes centrales del conflicto fue la expansión hacia el Oeste. El Norte se expandía utilizando las herramientas de una industrialización con la que el Sur, atrasado, no podía competir. Lo único que les quedaba a esos algodoneros ignorantes era interponer obstáculos legales. El Sur necesitaba de la esclavitud para mover su economía, basada en la exportación de algodón, como ya se dijo. Entonces, en los nuevos estados que se iban fundando a medida que el país se expandía hacia el Oeste, el Sur necesitaba la implantación formal de la esclavitud. Los sureños, envalentonados, pretendían reforzar sus políticas mediante la anexión de Cuba, y la creación de un Imperio de plantaciones, cuyo centro político sería el delta del Mississippi, pero que llegaría a incluir a todo el Caribe. La idea de los Estados Unidos como unidad política no tenía cabida en el Sur. Si el Sur hubiera ganado la guerra, hoy el mapa de esta parte del continente sería muy distinto.

Sólo el Norte tenía el poder económico y político para unificar todo el país, para configurarlo en los términos en que se lo conoce hoy. La respuesta del Sur fue, una vez que veía frenados sus deseos de implantar la esclavitud en el Oeste, simplemente abandonar la lucha política y pasar a la lucha militar: la secesión.

El Norte terminaría ganando la guerra contra el Sur, que se extendió desde 1861 hasta 1865. La producción industrial del Norte representaba el 90% del total del país. El Sur siguió, luego de terminada la guerra, siendo controlado por conservadores racistas y algodoneros hijos de puta. Siguió manteniendo cierta unidad, y hasta un cierto poder de veto en las grandes decisiones políticas que se tomaran en el país de aquí en adelante. El Sur votaba siempre en bloque en la cámara alta.

Los algodoneros del Sur, una vez perdida la guerra, quedaron en la disyuntiva entre formar parte del proyecto industrial moderno, o perderse varios millones de quintales de algodón en el orto. Eligieron la primera opción.

Es que a veces hay que saber perder. El Sur entró a formar parte de un proyecto de país que sólo les guardaba un lugar como perdedores. Y eso se nota hasta hoy. Si uno se da una vuelta por Alabama, New Orleáns, hasta llegar a Kentucky, es muy obvio que el Sur perdió, y que es el patio trasero, ya no de Inglaterra, pero sí del Norte del país. El Sur presenta enormes franjas de tercer mundo. Se inundan peor que si los gobernara Reutemann. Se cagan a tiros.

Pero como al menos las reglas del juego estaban claras, y el juego se decidió con rapidez (en menos de cinco años), entonces los sureños tuvieron que aceptar la derrota. El que gana lidera, y el que pierde obedece. Si te tocan el culo a cañonazos, tenés que hacer caso, aceptar tu lugar, y obedecer.

En la Argentina nunca aparecieron dos proyectos de país así de diferenciados.

13.
¿Vio esto Sarmiento? Pudo ser su propio fanatismo el que lo llevó a afirmar la existencia de un "tercer elemento", un elemento que se resistía tanto a una síntesis federal como a una síntesis unitaria. Escribe Sarmiento: "Facundo deja de fingirse federal, como lo entendían los hombres de las ciudades ; es el enemigo de todos los que llevan frac; es el elemento bárbaro que se representa en toda su desnudez; y es preciso hacerlo sentir a los ilusos que se cuentan aún entre sus partidarios" (104b). Los partidarios del riojano son en este momento un montón de facundistas sin Facundo. Es el mismo país en donde, un siglo después, se pensaría en un peronismo sin Perón. El mismo país. Un país lleno de partidarios traicionados y de líderes traidores.

Pero hay más. En el capítulo sobre Barranca-Yaco, Sarmiento llega a decir que el verdadero federalismo había desaparecido con los unitarios, y que "la fusión unitaria más completa acababa de obrarse en el interior de la República en la persona del vencedor" (115a). (Se refiere a Quiroga.)

O sea, está todo clarísimo. Los verdaderos unitarios eran los federales, y los unitarios falsos eran los federales verdaderos. Ya no entiendo. En varios momentos el Facundo parece construirse y alimentarse de la misma oscuridad que está pretendiendo iluminar. Todo el libro parece naufragar en un océano de sangre oscura, sangre federal mezclada con sangre de unitarios. Al final llegará la muerte, que se lo llevará todo al carajo.

14.
Lo único cierto es que la Argentina comenzó siendo una colonia, y terminó siendo una colonia. Y cuando la llamada generación del ´80 llega al gobierno, Sarmiento, Roca, Avellaneda y todos esos hijos de puta se siguen haciendo la paja. Pasto, vacas, pampa inmensa; economía agroexportadora y marginal. El único proyecto claro de estos tipos fue ser marginales, y andar con olor a mierda en las botas.

Estados Unidos resolvió su guerra civil en cinco años, y de ahí salió fortalecida como nación, preparada para disputarle el liderazgo económico mundial a Inglaterra, cosa que conseguiría en el siglo siguiente.

Argentina se desangró durante décadas en una guerra cuyos principios y cuyos fines nunca estuvieron del todo claros. Nuestra guerra civil no tuvo vencedores. Tuvo puros vencidos. Qué país de mierda.

15.
Sarmiento vio todo con claridad. Vio que, en lo más profundo de la luz, hay una sombra oscura, una materia ciega, un cuerpo negro que se resiste a cualquier mirada por parte del ojo blanco de la razón. Una piedra negra al interior de la cual nunca se puede mirar. Tal vez por eso terminó sus días en Paraguay, un país contra el cual habíamos estado en guerra. Ahí terminaron sus contradictorios días.

Pregunta para Pablo Epstein: ¿Qué hubiera pasado si Sarmiento hubiera leído a Hegel? ¿Qué hubiera pasado si hubiera tenido acceso a la dialéctica hegeliana?

¿Hubiera pensado de la misma manera, a fuerza de extremos que se oponían uno al otro (Córdoba-Buenos Aires, España-Francia, Civilización-Barbarie), o habría tratado de sintetizar, de mediar, de que el espíritu americano lograra una Aufhebung entre la tesis y la antítesis?

Quién lo sabe. Lo cierto es que Sarmiento pensó siempre en términos de dos extremos, uno de los cuales debía eliminar al otro, como a su contracara. Pero la barbarie, como la cerrazón franciscana cordobesa, era imposible de eliminar. La barbarie nos habita por dentro, nos parasita. La ignorancia nos va comiendo centrífugamente, desde el centro del corazón hacia fuera. Como un gusano que ni siquiera tiene la decencia de esperar. Un gusano impaciente que nos convierte en zombies, en muertos que caminan de rodillas contra una cruz y entre las ruinas.   

16.
Y entonces, sí; hay que pensar, de nuevo, que había que ser muy hijo de puta para venir a quedarse en América. Y mucho más para quedarse en San Juan. Era instalarse en una cerrazón que no quedaba cerca de ningún lado. ¿Qué estaba pensando Juan Jufré al fundar esa aldea en medio de la nada?

Es tal vez por vivir en medio de la nada que el sanjuanino practica con tanto empeño el conocido deporte de mirarse el ombligo, desconociendo el resto del mundo; ignorándolo o devaluándolo sistemáticamente. Sólo es cuestión de imaginarse: uno está lejos de todo, encerrado entre montañas, rodeado de viñas. Entonces la única salida es el alcoholismo. Y desde la nube del alcohol, desde el vaho que se levanta y se instala entre los alcohólicos que se mienten y se insultan unos a otros, llegar a estar tan en pedo como para creer que San Juan es una ciudad.

17.
Siempre trato de recordar, ¿cómo fue que comenzó todo esto? ¿Cuándo empezaron a rodar los dados del cubilete para que saliera la palabra "Chicago"? Tal vez no fue una sola tirada de dados. Dios es un niño que arroja los dados en el mar. El reino es de un niño, como decía Heráclito. Pero si arroja los dados hacia el mar, eso quiere decir que no importa tanto el número que salga.

Saliese el número que saliese, yo me iba a ir igual. Lo que importaba no eran los números, sino el solo hecho de que había alguien, un Dios-niño, arrojando los dados contra el mar.

Pero lo mismo, a veces, me pongo a buscar el origen de la decisión. Y lo encuentro en una noche de hace varios años. Fue cuando Menem ganó la reelección. Ahí yo comprendí que no tenía un lugar sobre la tierra. O, más bien, que la tierra en que yo había nacido me estaba expulsando. Yo no iba a tener nunca un Palermo al que escribirle. Esa noche yo perdí mi Palermo.

Yo ya me imaginaba que Menem ganaría la reelección. Había venido preparándome para eso. Pero una cosa es imaginárselo y otra muy distinta es verlo.

Siempre duermo a deshoras. Estudio de noche, y el día de la elección me acosté como a las seis de la tarde, y dormí hasta las dos de la mañana. A esa hora uno se despierta lúcido; el mundo es silencioso y oscuro. Todos en mi casa dormían. Encendí el televisor, creo que puse algún canal de noticias, y entonces apareció la repetición del programa de Neustadt. Estaba Menem, brindando con Neustadt, y entonces lo invitaron a Cavallo a que se acercara a brindar. Menem dijo algo así como "Vení, Mingo".

Eran las dos de la mañana. Me sentía dueño de una lucidez total, como si fuese capaz de integrar y entender toda la realidad en una esfera transparente. Sentí horror. Sentí asco de vivir en un país donde la gente había elegido eso. Sentí asco de vivir en mi país. Asco por los argentinos.

Ahí supe lo que es odiar y maldecir la tierra en que uno ha nacido. Y ahí supe también   que yo no me iba a morir en la Argentina. Me iría a cualquier lado. Adonde fuera. Quise cerrar los ojos y al abrirlos aparecer en la tierra más lejana; en Islandia, en Suecia. En Alaska. Donde fuera.

Ahí entendí también que los países, a veces, se suicidan. La Argentina se estaba suicidando, y yo no me iba a hundir con ellos.

18.
No me pude ir en el ´95. Quise terminar la carrera, y las cosas se fueron postergando. Y después el Dios-niño que arroja los dados me jugó alguna que otra mala pasada. A veces los dados salen igual: igual que ocho o doce años atrás. Un deja-vu. Esas imágenes en las que uno dice "Esto ya lo viví; ya estuve aquí, en este cuarto, con esas caras que me miran. Y los números de los dados, y hasta los dados, son los mismos. Ya estuve acá. ¿Cuándo fue?"

Los dados se repitieron cuando yo estaba viviendo en Cincinnati, Ohio. En noviembre del 2004, Bush fue reelecto. Y el estado que sumó los electores necesarios para que Bush ganara fue... Sí, exacto. Ese mismo: Ohio.

Pero esa vez no me dio asco. Era como si toda aquella disputa entre republicanos y demócratas no me perteneciera. Y de hecho no me pertenecía. Yo no votaba, y nada de eso era mío. Cincinnati no era mía en absoluto. Entraba a un bar y sentía que estaba mirando una película: "Miro una película en la que alguien entra en un bar. Ahora el protagonista pide una Heineken; ahora habla con las personas con las que vino". Todo sucedía como en una vida paralela. No vivía; me veía vivir. Me fingía viviendo. Y todo era liviano. Vivía flotando, sin sentir el peso de mis pasos sobre la tierra, como los ángeles de Wim Wenders. Y esa levedad me hacía feliz.

19.
La Doctora

Muchos decían que en realidad "La Doctora" no era doctora. Que había pasado por la vereda de la Universidad Complutense, en uno de sus muchos viajes a España, y había vuelto diciendo que había terminado su doctorado. ¿Doctora en Filosofía? ¿Doctora en Historia? Muchos dudaban.

Otros decían que la Doctora simplemente había tomado los cursos necesarios para el doctorado, pero que no había completado su tesis. Esa era la posibilidad más lógica, y es lo que muchas veces suele pasar: que una tesis doctoral se posterga y se posterga para siempre.

Lo cierto es que la vieja sabía mucho de filosofía antigua y medieval; leía latín y griego, y con eso, sumado a sus varios viajes a España, le alcanzaba para mirar por encima del hombro al resto del Departamento de Filosofía.

Era soberbia, la Doctora. Y tenía un pasado oscuro. Había sido ministra de educación en la época de los milicos. Por su mano había pasado el comienzo del desguace del Estado. Ella, como ministra, dejó sin efecto la existencia de escuelas de jornada completa en San Juan, en 1979. La Doctora, tan soberbia, tan hispánica, había dejado sin su almuerzo a los chicos de las zonas carenciadas. Muchos niños almorzaban el viernes en la escuela, y aguantaban sin comer hasta el lunes siguiente. La Doctora, siguiendo la orden de los milicos, se aseguró que ya no comieran más.

Años después, ya en 1990, tenemos a la Doctora cómodamente instalada en la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de San Juan. La Doctora se entretiene con sus cursos de Filosofía Antigua, de Metafísica; y, de vez en cuando, entre Tales y Anaximandro, aprovecha para criticar al modelo liberal que ya apunta con sus tijeras amenazantes a la universidad. "Y claro, -se explayaba la Doctora- los peronistas en la época de Perón se metían en las universidades a punta de pistola. Este gobierno peronista es más sutil. Y simplemente nos están cerrando el surtidor". Toda una crítica al sistema, como se ve, por parte de alguien que sabe bastante de surtidores que se cierran.

A principios de los ´90 me tocó escucharla hablar muchas veces. Una vez (yo tenía 19 años) dijo, para atacar al sistema de las mayorías en los consejos directivos de las facultades (habían votado algo que a ella no le gustaba): "Sí, los consejos votan por mayoría, y terminan aprobando cualquier cosa. Hasta que dos más dos es cinco."

Pasaron los años, y muchas veces me tocó ver cómo los consejos directivos y el consejo superior de la universidad hacían lo que había dicho la Doctora aquella tarde lejana de mis lejanos 19 años. Vi a los consejeros levantar la mano y negociar mayorías, y votar cosas mucho más absurdas que aquel 2+2 = 5 de que hablaba la Doctora.

20.
Muchas veces, entonces, me encontré dándole la razón a la Doctora; cosa que odiaba. Pero había más cosas en esa universidad.

Filosofía tenía una mayoría de profesores progresistas, de izquierda a veces, muy democráticos ellos, muy críticos del sistema ellos, muy contrarios a la implantación del liberalismo a ultranza ellos. Yo, inocente pero con un cierto instinto de conservación, siempre estuve bajo el ala progresista. Confié en ellos. Y me cagaron.

En aquellos años toda el ala progresista de la Facultad de Filosofía llegó a ocupar cargos jerárquicos. Y desde allí me excluyeron, empleando las herramientas de la derecha más rancia, aquellas herramientas que ellos decían detestar. Ya volveré sobre este tema. Pero lo que siempre me sorprendió fue que, cuando yo esperaba que la mierda me lloviera del lado de la derecha (del lado de la Doctora y sus allegados, digámoslo así), la mierda me llegó del lado progre. Dicho en términos más tácticos y estratégicos: la mierda me llegó a traición. Mientras yo cubría el flanco contra la derecha, los que estaban (yo creía) de mi lado se encargaban de mover sutilmente los resortes de la exclusión.

¿Era que no había lados, entonces? ¿Era que la guerra sucedía solamente en mi cabeza, cuando ellos eran todos amigos? La reina negra se acuesta con el rey blanco, mientras los peones se matan entre ellos.

O tal vez se trataba de colores cambiantes. Ni blanco ni negro. Nada de ajedrez. La realidad tenía muchos matices que yo no sabía leer. Alianzas momentáneas, pactos. Pero al menos cuando yo estaba delante de la Doctora sabía que estaba delante del enemigo. Cuando estás delante de Videla, al menos sabés quién es.

La izquierda universitaria era, en ese sentido, mucho más peligrosa. Como estar en un enfrentamiento armado y que te caguen a tiros tus propios compañeros. La izquierda argentina sabe mucho de cagar a tiros a sus propios compañeros, además.  

21.
Los izquierdo-progresistas, entonces, avanzaban, durante la década de los '90, en el escalafón universitario. Pero hay que decir que, a medida que avanzaban, se ponían cada vez más fachos. Es el conocido teorema de Baglini: la proximidad al poder es inversamente proporcional a la virulencia de los reclamos . El influjo mendocino era mucho más grande que el que los sanjuaninos querían reconocer.

Eran, pues, los '90. Todos los días se privatizaba algo. La universidad parecía una pecera en medio de un desierto. Quedaba un charco de agua para repartir entre los muchos que estábamos ahí. Los progres repartían las miserias del presupuesto entre ellos y sus siniestros amigos. Ante el estado de cosas reinante, la universidad nunca supo oponerse con argumentos sólidos. Sólo sabía obedecer, y aplicar las políticas liberales acríticamente. Y, en este contexto, los progresistas sanjuaninos tenían que perderse todos los libros de Marx (que además nunca habían leído) en el orto, y salvarse ellos. Y si por ahí tenían que dar el salto hacia una diputación peronista o radical (que son lo mismo), lo hacían sin ningún problema. Y si por ahí había que saltar hacia la Subsecretaría de Cultura de la provincia, tampoco había ningún problema. Transaban y se salvaban.

Entre todos esos payasos, después de todo, la Doctora fue la más coherente. Pero esto hay que verlo así: una universidad tiene que estar muy hecha mierda para que, en su cuerpo docente, los más coherentes sean los milicos.

22.
La Roñón

La Roñón era, del ala progresista, el paradigma del trepador de izquierda. Hizo un trabajo de hormiga, durante años, digitando concursos, publicando basura, formando un ejército de badulaques y lameculos, para llegar a algo en su vida.

Ya hacia fines de los '90 era obvio que, además de trepadora y digitadora, la mina estaba loca. Su madre había muerto con un Alzheimer hasta las tetas. La vieja se ponía a hablar con los testigos de Jehová, cosas así. Después del Alzheimer de la vieja, parecía que la Roñón tenía una especie de demencia pre-senil. Hacía y decía cosas, embrollaba a sus allegados, unos con otros, unos contra otros. No se sabía si lo hacía por loca o por hija de puta. Yo pensaba que existía la posibilidad de que una persona fuera loca y a la vez hija de puta. Una cosa no quitaba la otra.

Otra hipótesis a tener en cuenta era que la Roñón nunca pudo superar el haber sido lesbiana y haber estado tanto tiempo en el ropero. Cuando se decidió a salir, ya era tarde; ya estaba hecha pija. Se había pasado los mejores años de su vida (que a juzgar por su cara, no habían sido muchos, dicho sea de paso) fingiendo, criando hijos y escribiendo cagadas, poemas chotos de un lesbianismo sublimado. Escribía cosas como:

Suponga que de pronto
puedo contar con el mensaje
lo que ya dije:
Usted me llevó por los no dichos:
su lugar cobijado, mi lugar de alfalfa florecida.
Aquí, más que nada con el Zonda
con nada y casi todas las caricias

subrepticias
seré huella estalactita de los montes,

Me parecía desde dónde
su voz se impacientaba.
Ahora sé además
que hay algo que me falta:
escondía lo que estaba sucediendo
y yo sé que de algún modo
lleno de explicaciones y distancias
secretos compartidos, restricciones,

tibieza de otoño, flor de alfalfa

( ¿qué le pasa con la alfalfa ?)


embriagada de voces infinitas
Venías amasando el relincho entre tus alas.

( Eso del relincho entre tus alas estuvo bueno. No digan que no .)

Reían los cerros al borde del camino
cuando tu amor era un cóndor impreciso


( Vacilaba, el cóndor .)


El horizonte entendía mis acordes
con nubes de tormenta postergada

( ¿Calentura postergada? )


y alzando nuevos soles describía
sobre el predio del oído que al abismo
postergado me llamabas,
del graznido solemne...

Y sigue así, la turra, durante páginas y páginas.

La turra se reprimió durante décadas. Y cuando quiso, de frente, salir a chupar conchas, ya era tarde. Ya estaba hecha una pasa. Y eso no lo podía disimular como disimulaba sus canas, por más que se tiñera esa mata de pelo que se le veía cada vez más transparente. Si alguna pendeja se le acercaba, era para sacarle algo a cambio: alguna ayudantía de 80 pesos mensuales (pero teníamos el 1 a 1, así que ojo), o alguna publicación de 50 ejemplares.

Parece que llegó un punto en que la Roñón no pudo más, y le saltó la térmica. Fue, para ser más exacto, a fines del año '99. Tal vez la afectó el virus Y2K. Lo cierto es que, una vez loca, la mina siguió viviendo como siempre: hablando basura, como siempre, y publicando artículos de mierda y poemas chotos. Igual que antes. Incluso, algunos de los poemas post-alzheimer son hasta mejores que los anteriores. Estaba loca, la vieja, pero el contexto universitario estaba tan hecho mierda que nadie estaba en condiciones de demostrárselo.

23.
La Virgen María

La Virgen María es otro gran personaje de la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes. Está en el hall de entrada desde que la entronizaron en diciembre de 1995. Ese día vinieron todos los activistas ultracatólicos, varias monjas, algún que otro cura violador y corruptor de menores que arrojaba agua bendita, y, por supuesto, toda el ala derecha de la Facultad.

Los profesores de la izquierda progresista estaban indignados ante este avance del conservadurismo, y mostraron su indignación...no concurriendo al acto de entronización.

Nadie presentó ni siquiera una nota al consejo directivo en señal de protesta. Ya desde el mismo día en que la Virgen fue entronizada la Facultad dio la impresión de haberse sumergido en el medioevo. El solo hecho de que esa cosa estuviera ahí, plantada, presidiendo la entrada a una Facultad perteneciente a una Universidad estatal (y por lo tanto laica) implicaba una demostración de poder por parte de la Iglesia: mostraba su capacidad de operación y de lobby dentro de la Universidad. Cada una de las personas con las que hablé, para tratar de hacer algo, me advertía que no hiciera nada. Nadie quería quedar pegado como contrario a la Iglesia. Muchos profesores con varios años de servicio, que ya ocupaban sus cargos en condición de efectivos, de pronto se vieron sumergidos en el miedo más troglodita a decir o a firmar nada en contra del clero. Era 1995, y el miedo volvía a circular por los pasillos de la Facultad. No era que gobernaran los milicos. Gobernaban los peronistas, que habían perdonado a los milicos, y que les rendían pleitesía a los curas, todo para manejar mejor a la negrada. El Centro de Estudiantes de la Facultad de Filosofía estaba, en 1995, en manos de la Juventud Peronista. Quedaba muy claro que el negro es un animal que tiene que ir a las novenas, comer choripán, creer en Dios, y de tanto en tanto rapiñar algún colchón.

Me sentí derrotado.

24.
La virgen estaba quieta en la pared, subida en su pedestal. Pero daba la impresión de moverse: presionaba; hacía que los chupacirios se sintieran más fuertes. Las pelotudas se persignaban al pasar frente al trono; algunas hasta medio se arrodillaban.

Los católicos empezaron a organizar reuniones en el Aula Magna. Una de esas reuniones fue dedicada al tema de las drogas. Habló una monja del convento de las carmelitas de no sé qué chota, y dijo que la gente que se droga es fácil de individualizar: usan lentes oscuros para disimular las ojeras demasiado obvias, y escucha música extraña. Yo, que había ido a esa reunión un poco movido por el asco y otro poco por el placer sádico de ver a las víboras revolverse en su propio veneno, me levanté y me fui. Tenía ojeras.

Iba creciendo un clima de caza de brujas, día a día. Lo peor que tienen los católicos de provincia es esa pose de buenos; de venir a tocarte el hombro y preguntarte cómo andás, cómo andan tus cosas, mientras te miran bien de cerca a ver si no tenés ojeras.

25.
La mierda se sofisticaba. Se entrometía por todos los poros de la sociedad. El poder se hacía difuso, casi líquido. Y sin embargo no había cambiado nada en San Juan. La Virgen María, patrona del Ejército Argentino, presidía el hall de entrada de la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes. Y todo por votación de la mayoría del Consejo Directivo.

¿Cuánto era 2 + 2, Doctora?

Nobleza obliga a decir que la Doctora no tuvo nada que ver con la entronización. Ella iba a las cosas que realmente importaban. Ella no se metía en discusiones entre curitas de mala muerte, carmelitas descalzas y zurditos revolucionarios de cafetería.

No había pasado el tiempo en San Juan. Habíamos vuelto a 1975. O tal vez a una época anterior. San Juan sabía mucho acerca de detener el paso del tiempo. Sabía caminar para atrás, hasta perderse en la Edad Media.

Un ejemplo de esto fue Leopoldo Bravo. Bravo fue gobernador en la época de los milicos; fue la figura civil más importante de la dictadura. Llegaron las elecciones en 1983, y Bravo se presentó como candidato a gobernador por el partido Bloquista. Y ganó, claro. En San Juan gobernaron los mismos, las mismas figuras ocuparon los cargos más importantes de la cosa pública. No hubo transición de la dictadura hacia la democracia, sino que hubo una prolongación de la dictadura, una dictadura disfrazada con ropaje civil. Una dictadura provincial de partido único (Partido Bloquista-Peronista), que repitió, a escala reducida, la dictadura nacional de partido único (Partido Radical-Peronista).

¿Cuánto era 2 + 2, Doctora?

26.
No es sólo el cielo azul y la pecera transparente. Después de siete años puedo ver a esa ciudad como en un cristal, como esas miniaturas encapsuladas en una pequeña esfera de vidrio, y que al agitarlas desparraman nieve artificial y blanca, sobre una casita que casi siempre es roja y un pino que casi siempre es verde. Así la puedo ver. Y todo el dolor que significó haberme ido me ayuda a verla mejor.

San Juan es una pecera, un panóptico, un lugar atormentado por el sol, donde nunca pasa el tiempo. Es eso. La miniatura con la casita roja y el pino verde. Casi siempre. Y sin la nieve blanca. La nieve existe sólo acá, en Chicago.

27.
La virgen entronizada vino así a marcar una continuidad con el pasado y no con el futuro. Vino a fortalecer los lazos entre el régimen dictatorial y la pseudodemocracia que le siguió.

También vino a aclarar la relación entre la sociedad civil y los militares. En esos meses de finales de 1995 quedó muy claro que la gente siempre quiso un gobierno dictatorial y militar.

Como me dijo una vez mi amigo Alejandro, los milicos fueron inteligentes por haber matado a los que mataron. Reventaron a los que realmente podrían haber hecho algo por este país de mierda. Pero más inteligentes fueron por haber dejado vivos a los que dejaron vivos. Hicieron mucho más daño dejando viva a gente dañina, hija de puta y servil, gente como la Roñón, por ejemplo. Dejaron vivos a los que iban a continuar con la bestialización, el saqueo y el exterminio (un exterminio que sería esta vez por medio del hambre y las drogas, y no ya por medio de las balas y las razzias).

Los milicos no mataron a Menem, por ejemplo. No mataron a Manzano, ni a todos los exmontoneros que después tardaron dos décimas de segundo en cambiar de camiseta.

En las universidades quedaron personajes nefastos como la misma Roñón, por ejemplo. La dejaron viva para que continuara haciendo el papel de intelectual rebelde al sistema, mientras contribuía, junto con toda su generación, con el saqueo, con la estafa intelectual universitaria, con el estupro mental practicado a los chicos jóvenes, a los que convocaba a su alrededor para tener, además de mano de obra barata, un círculo de chupaconchas, y todo por el módico precio de 80 pesos mensuales (que de paso no pagaba ella, sino el Estado).

Cuando mi gran amigo Alejandro terminó de decirme eso, volví a sentirme derrotado, rodeado por la mierda; sobrevolado a baja altura por miles de soretes que iban detrás de una ayudantía de 80 pesos.

Si me quedaba en San Juan iba a ser cómplice de todo. Del asesinato en masa de la dictadura; pero también de los muchos asesinatos que estaba llevando a cabo la post-dictadura, esa democracia de débiles mentales y de analfabetos funcionales.

- Es decir, no una democracia, sino una Culocracia - dije yo.
- ¿Una qué? - preguntó mi amigo Alejandro, mientras veíamos pasar los autos por la Avenida España, ya muy de madrugada.
- Una Culocracia. El poder del culo. La obediencia al culo - dije yo, terminando el último trago de cerveza.  

28.
Dos días después, Alejandro, que era ya bastante conocido en el ámbito sanjuanino como un gran dibujante de pijas, se disponía a inmortalizarse, esta vez como dibujante de culos. Pintó una figura que era una cita de la Venus de Milo, pero vista de culo. El dibujo tenía dos metros de alto. La llamamos Culocracia , y la firmamos con nuestros nombres, para después instalarla en el foyer del auditorio, junto a una exposición del Departamento de Artes Plásticas de la Facultad de Filosofía.

Del centro del culo de la Venus salían guirnaldas de papel higiénico, que atravesaban todo el ancho del foyer, hasta llegar a los balcones interiores que estaban del otro lado del edificio. Eso fue un viernes a la siesta. Al día siguiente, las autoridades de la Subsecretaría de Cultura de la provincia la habían levantado.

Muchos profesores del Departamento de Artes Plásticas tenían, en paralelo, alguna changuita en la Subsecretaría de Cultura. Esos profesores fueron los que levantaron Culocracia. Todos esos profesores, temerosos del poder, payasos, obsecuentes, cómplices de todos los gobiernos, trepadores, chupapijas, peronisto-radicales, no dudaban en ejercer la censura en una situación tan concreta como esa. Son los mismos profesores que aún hoy levantan las banderas de la libertad; pero de una libertad que siempre tiene que ser abstracta . Cualquier concreción libertaria los pone nerviosos, temerosos de que se les queme el kiosquito.

29.
Culocracia venía a significar una especie de democracia que funcionaba a partir del flujo de mierda que provenía de la máquina anal-social. No gobernaba la inteligencia a través de la inteligencia. Gobernaba la mierda por intermedio de la mierda.

También se quería decir con la instalación de Culocracia , que, muchas veces, la obtención de un cargo tenía que ver con el tamaño y las proporciones anatómicas del culo. Muchos decanos y decanas negociaban los cargos docentes, digitaban concursos supuestamente académicos y repartían cargos entre las sábanas. El culo era, en muchos casos, la principal herramienta de ascenso en la Universidad (y también era la principal razón para irse al descenso; esto cuando el culo en cuestión dejaba de gozar de los favores decanales).

No había que producir pensamiento. No había que escribir, ni leer, ni ir a congresos. Había que usar el culo. Culear.

30.
Hace unos meses vi a nuestro querido Hegel-Culo Gordo, don Pablo Epstein, hablando de la Culocracia. Está en Youtube. No lo voy a acusar de haberme robado la idea (no creo que haya leído mi humilde publicación sanjuanina, donde desarrollamos el concepto de la Culocracia ; un libro ya bastante viejo, llamado Salamanca , y que se publicó mucho tiempo después de aquella exposición en San Juan, allá por el año 2000); creo que Epstein llegó a la misma conclusión, y terminó construyendo la misma palabra que nosotros construimos allá por 1995.

A veces sucede que dos personas llegan a conclusiones similares, aún sin conocerse o sin haberse leído. Leibniz y Newton inventaron el cálculo infinitesimal sin que uno estuviera al tanto de las investigaciones del otro. Digo, salvando las distancias. Yo, desde estas lejanas tierras del Mid-West, le mando un saludo a Pablo Epstein. El único filósofo que conozco capaz de obsesionarse, a la vez, con Hegel y con su propio culo.

Y una cosa más, Epstein: ¿Quién es Hugo Hernández? Te leo y te leo, y no lo puedo sacar. ¿Quién carajo es?

31.
Y entonces llegó 1996, y llegó la creación del Colectivo de Artes. Tantos años de tomar cervezas con mi amigo Alejandro al fin sirvieron para algo; algo más concreto que los insultos proferidos contra todos en las noches inmensas y vacías de Villa Krause.

La plaza estaba igual. Y el Bar de la Calesita también. La misma gente caminando por las esquinas, las mismas luces amarillas. Durante el mes de enero nos veíamos casi todos los días, y sacamos el libro de cómic El Anticristo , y con fragmentos de ese libro armamos la parte gráfica de la revista del Colectivo.

El número 1 de la revista, editada en fotocopias, salió en febrero de 1996. Ya a fines de ese mes, la Acción Católica nos había acusado a todos los que integrábamos el Colectivo, presentando un informe al Consejo Superior de la Universidad. También hicieron fotocopias láser de la revista, para entregarle una copia a cada decano.

"Los van a echar. Si la revistita llega a manos del obispo, los echan", me dijo la Roñón, que en ese tiempo aún no se peleaba conmigo, y se dedicaba a paranoiquearme todo lo que podía. En realidad no había motivo para que nos echaran. Decir (o escribir) cosas como "vamos a quemar los ojos de Jesús", no daba para echarnos. Dibujar una cruz que tenía en la base un pene en estado de erección, tampoco. Pero hubo presiones. La Pastoral Universitaria se encargó de echar a rodar rumores, chismes de pasillo, habladurías. Y ya se ha dicho el poder que tienen los chismes en las aldeas. Muchas veces un chisme produce lo real como un efecto. Había mucha paranoia; la atmósfera estaba muy cargada. Se decía que nunca conseguiríamos trabajo en la Universidad Nacional de San Juan. Nosotros nos reíamos.

El Decano de aquella época, cediendo a las presiones de la Pastoral, terminó enviándome una nota por intermedio de la Secretaría de Asuntos Estudiantiles, donde me conminaba a ratificar o rectificar lo dicho en la revista. Yo ratifiqué todo; el Decano nunca contestó, y se jubiló a las pocas semanas.

Llegó el mes de marzo de 1996, y entonces arrancaron todos los actos, semanas de actos recordatorios en repudio al golpe militar que había tenido lugar 20 años antes. Gente en las plazas; decenas de recitales de banditas punk que sonaban todas como el ojete; las Actitud María Marta sonando todo el día en la radio. Los Babasónicos que venían a San Juan y se llevaban de regreso una combi llena de cactus del Valle Fértil. Chicos uniformados con rastas y ropa negra; marihuana en los parques.

Una de esas noches, yo estaba escuchando la radio en el auto de mi hermano, y de pronto la locutora, con su voz de FM, dijo: "Te acordás de la dictadura?   Las persecuciones, los libros quemados, la censura, las listas negras. Este sábado nos juntamos en la Plaza Julieta Sarmiento para repudiar el último golpe de Estado, y para decir que acá estamos, 20 años después..., etc."

A mí me habían censurado la revista en la Facultad de Filosofía hacía menos de un mes. Nos habían pedido explicaciones desde el poder acerca de lo que pensábamos. Nos habían incluido en listas negras (de eso nos enteraríamos tiempo después). Hacía menos de un mes. La locutora hablaba de un pasado que no era pasado. En San Juan todo ese pasado seguía vigente. Era mentira la democracia. Era mentira la libertad, y era mentira, también, que los habitantes de esa aldea querían la democracia o la libertad. La última dictadura venía a ser el chivo expiatorio; aquel lugar donde todos lavaban sus culpas, lavaban sus manos, como una esponja que se chupaba todas las responsabilidades. De un día para otro, todos los cerdos se habían vuelto demócratas. "¿Censura? ¡No! ¡Eso lo hacían los milicos! ¿Listas negras? ¡Por favor!" Y sin embargo, unos meses después me enteraría de que el Departamento de Letras (un Departamento en el que Hitler desentonaría por zurdito) no aceptó mi nombramiento por haber formado parte del Colectivo de Arte. Cabe agregar que en ese gran Departamento hay varias cátedras que han pasado de madre a hija. Me enteré de eso, casualmente, el día que me entregaban el título. Mientras en el Aula Magna sonaban las estrofas del himno nacional, justo en la parte que dice: "Libertad, libertad, libertad".

Los milicos habían sido capaces de permear con su pensamiento todos los sectores de la sociedad. Las instituciones de la pseudodemocracia estaban en manos del Partido Único Radical-Peronista, y los exterminadores ahora se habían transformado en economistas, imponiendo el lenguaje del mercado que los había instalado en el poder. Cavallo era Astiz sin pelo. ¿Cómo no lo habíamos visto? "Ya no te asesinan pero te hacen morir", cantaban en la radio mis bienamadas Actitud María Marta.

"Si sacabas esa revista hace 20 años, eras boleta", me dijo un abogado a cuya oficina fuimos a dar en esos días, empujados por la paranoia. Está bien, no me mataron. Pero emplearon medios más sutiles, más liberales, si se me permite, para sacarme del medio. Digitaron concursos, propagaron más chismes, se repartieron las miserias presupuestarias de la universidad entre unos pocos, entre los cuales yo nunca estuve.

La locutora de la FM seguía hablando:

"¿Te acordás de la dictadura? ¿Y de la censura y las listas negras? Fue hace mucho tiempo."

30.
Avanzaba el año '96. Gobernaba Menem, el demócrata. Nos acorralaba la miseria. El microcentro de la aldea se despoblaba. La mayoría de los comercios de la peatonal cerraban. Se veían sólo vidrieras vacías, o pintadas enteramente de blanco. La ciudad desaparecía, desaparecía, como si estuviese cayendo en un embudo, un vacío que succionaba todo, comenzando por el centro. Niños harapientos pidiendo limosna, calles sucias, veredas abandonadas, gente que revolvía las bolsas de basura. Un maelstrom sin mar. Un maelstrom en el medio del desierto. Y vos tenías que correr alejándote del vacío, correr hacia algún lado, y mientras más corrías más te alejabas de tu vida. Como si alguien te dijera: "Podés escaparte, pero tu vida se queda aquí. Si te escapás no vas a sentir tu peso sobre la tierra. No vas a sentir tus pasos. Como los ángeles de Wenders". Y vos decidís escapar, porque el peso de tu propia vida es demasiado grande. Si te quedás te vas a morir igual. Te vas a suicidar contando moneditas para comprarte un libro usado. Si te vas vas a ser liviano, vas a flotar, vas a ser ingrávido, como si estuvieras dentro de una película. El maelstrom sigue absorbiendo, llevándoselo todo, y ya sentís que te arrastra. Te quieren comprar; te quieren desactivar. Te ofrecen una silla en una oficina perdida en La Rioja. (Mirá, de paso, dónde fuiste a dar: a la boca del lobo. ¿Cómo llegaste ahí?) Te seducen por un tiempo. Nunca viste toda esa plata junta. No hay que hacer mucho. Sólo sonreírles de vez en cuando a algunas gordas con taco aguja. Tenés que olvidarte de tu Colectivo de Arte, de tus revistas. Sonreír, hacer como que trabajás, y cobrar. Eso es todo. Eso, y viajar en ómnibus, de San Juan a pueblos perdidos del interior de La Rioja. Los llanos del sur, las tierras del Chacho, donde alguna vez clavaron su cabeza en una pica: Chepes, Tello, Milagro, Olta, Chamical. Podés quedarte acá. Enseñar metodología de la investigación, ahorrar y dedicarte a escribir. Podés ir a pescar a los lagos de los alrededores. Lo pensás seriamente durante una semana, y un día presentás la renuncia. Como quien suelta un lastre. Y de nuevo la visión del maelstrom, y otra vez correr, correr.

31.
Dolls

Hay una escena de la película Dolls , de Takeshi Kitano, en que toda la historia de la película parece resquebrajarse. La pareja de protagonistas, que ha venido caminando durante meses, se aproxima a una casa en la que hay una fiesta. Entonces miran por una de las ventanas, y se ven a sí mismos, en lo que habría sido una vida normal, en una historia paralela, que tal vez es la historia verdadera. Tal vez esos seres que espían por la ventana no existen; o forman parte de un sueño; un relato contado por alguien que sabe distinguir la verdad de la mentira. Esos momentos en los que toda la perspectiva cambia. Dejamos de mirar por la ventana, y de pronto sentimos que hay otra ventana, en otro lado, que no habíamos visto, y que alguien nos observa desde ahí. Un marco lleva a otro marco. ¿Cómo será la verdad sin ventanas?

(1) ¿Y a quién le importa Catamarca ahora, en el 2009? A nadie. Digan la verdad.

 
 
  Por Maximiliano Sánchez
 
  El que se levanta a mear pierde.
Entrevista a Esteban Schmidt.
 
  La oración the Palermo, Osvaldo Baigorria.
  Este banquito en Palermo, Jorge Viera.
  Último intento, María Stegmayer.
  Ojos chinos y aliento a Zumuva,
Pablo Entrerrios.
  Mapa de Palermo, Horacio Lotito.
  Cuadros, Fogwill.
  Escuela de guerra, Carlos Correas. (Introducción: José Fraguas).
  El Otro Marx, Oscar del Barco.
 
  Entrevista a David González. Por Ársel Álvarez y Andrés Tejada Gómez.
  Loser, David González.
  El demonio te coma las orejas, David González.
  Contra los poetas, Witold Gombrowicz.
  Entrevista a Jorge Herralde. Por Andrés Tejada Gómez.
  Las cuarenta en los 40 de Anagrama, Santiago Ríos.
  Catálogo histórico final, Jorge Herralde.
  La censura, Jorge Herralde.
  Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, Raoul Vaneigem.
  Reflexiones y recuerdos a la deriva sobres los situacionistas, Mario Perniola.
  Contra Debord, Frédéric Schiffter.
 
  Flotar entre helicópteros,
Pablo Klappenbach.
  Cementerio y pogo, Juan Pablo Liefeld.
  Diario de rodaje, Pablo Klappenbach.
 
  El caos. Contra el terror, Pier Paolo Pasolini. (Traducción: Antonio Prometeo Moya).
  Escritos corsarios, Pier Paolo Pasolini. (Traducción: Hugo García Robles).