Voy a hacer el último intento de escribir algo sobre el libro de Esteban Schmidt, The Palermo Manifesto. Un tipo que pasó los cuarenta, Estebitan, decide una tarde subirse a una especie de tribuna para contarnos la historia de los últimos veinticinco años del país, y decide hacerlo desde una esquina del barrio de Palermo. Nos enteramos, algunas páginas después, que Estebitan vivía en Caballito pero se mudó a Palermo cuando Palermo todavía no era lo que es y cuando ya hacia rato que Caballito había dejado de ser lo que era. El que habla, queda claro desde los primeros párrafos, se nos parece. Tira referencias y acierta, describe a la gente que cruzamos en reuniones de cumpleaños y acierta, enumera expectativas frustradas -y en algunos casos, que no es poco- acierta. Y también acierta cuando habla de un malestar difuso, de algo que nos inquieta y abruma una o dos veces al día sin quitarnos del todo las ganas de dormir o de seguir con lo que estábamos haciendo, la impresión de que muchas cosas van mal en serio y que eso no significa que no podrían ir peor. Significa exactamente eso. Y tal como dice Estebitan resoplamos en un colectivo abarrotado o, digo yo, en el departamento de dos ambientes que ni bien pudimos, alquilamos, aunque eso supuso no ahorrar nunca más un peso. Es más, incluso alguna vez llegamos a pensar que vivir al día -mientras pudiéramos renovar vestuario, pagarnos una semana de vacaciones y comprar libros, o discos cuando todavía comprábamos, iba más con nuestro temperamento. Por un momento -porque no somos ni tan ingenuos ni tan idiotas- nos gustó pensarnos así. Los que viven sin ataduras, sin el casamiento, sin la oficina, sin los hijos y sin el proyecto de la casa propia. Estábamos para otra cosa, y si podés darte ese lujo, suspendés para siempre el desayuno con mamá y papá. Así fue como tramitamos la salida del hogar familiar muchos de los exponentes de esta clase media tan ilustrada y tan minoritaria en sus ideas y en sus hábitos, tan "Ultra" en sus ambiciones y en su malhumor. Miro la solapa y hago la cuenta. En el 83 Schmidt tenía 16 años. Yo recién empezaba primer grado en una escuela pública. Un solo y único año me mandaron con el guardapolvo blanco de tablas planchadas. Para segundo grado mis viejos se asustaron porque los padres de mis amiguitos eran demasiado pobres, sus guardapolvos demasiado sucios, y decidieron que un privado de Belgrano era más acorde para una nena como yo. Después sí, fui a la UBA. Ahí pude escuchar en vivo y en directo sentada en un aula de la carrera de sociología a uno de los blancos privilegiados de los ataques del PalermoManifiesto: Luciano Manteca di Nápoli nos explicaba el nacimiento del estado moderno y cosas así. Estebitan subido al escenario nos aporta un retrato de Manteca, pionero entre los académicos que supieron catapultarse a asesores estrella en asuntos públicos con una rendidora batería de saberes sociológicos, politológicos y afines adquiridos en la universidad y después impartidos con solvencia desde una de las instituciones que más habrian aportado a vaciar las dependencias de la "patria contratista". Hablamos de Flaxo y de tipos que "encadenaron contratos durante veinticinco años" y con eso, los que la vieron, como parece ser el caso de Manteca, no solo se salvaron de pobres sino que se garantizaron una lindísima existencia escasa en privaciones y libre de los tormentos de la silenciosa exprimidora de cuerpos que se llama mercado laboral bajo el capitalismo y que soporta la inmensa mayoría de los que viven en este tiempo y en este lugar. Nuestros intelectuales, científicos sociales dedicados a la asesoría, consultoría y afines, que circulan por ministerios decrépitos y se enriquecen sintiéndose respetables, sin quedar pegados y cuidándose bien de no preguntarse cada tanto qué puede estar fallando para que las cosas estén cómo están, los que siempre zafan, los que no arriesgan nada, a ellos está dedicado el libro: a los dos mil y un diagnósticos que no contribuyeron ni un poco a parar el desastre, y a los que van por más.

Bueno, en este tono se va tejiendo el relato. Y funciona, pero paremos acá y preguntémosle una sola cosa a Estebitan que parece estar de vuelta de todo y con ganas de cobrarse años de bronca y frustración apilada ¿no se cuela algo de lo más reaccionario de nuestra clase media mainstream en la denuncia indignada que se toma demasiado a pecho la tarea de abrirnos los ojos para revelarnos por enésima vez más que todos los que trabajan en o para el estado son unos ladrones, tipos que solo piensan en llenarse los bolsillos y que no trabajan o trabajan lento y mal porque la cosa pública no da para otra cosa? Y así estamos como estamos, cada vez peor! diría mi mamá que estrenó con sesenta y pico de años el voto más ¿cómo llamarlo? ¿progresista? de su vida de la mano de Pino Solanas, voto que solo se explica porque odia a los K con una furia visceral llena de buenas intenciones que alimenta escuchando a Magdalena y a Nelson que le recuerdan todo el tiempo que las cosas que nos pasan a los argentinos no pasan en un país en serio, y que bien miradas, tendrían que despertar más sospechas en su compromiso imperturbable con lo peor que todo lo que los k, o sus asesores, o los que sean,   puedan haber pagado con dinero público. Está bien, Estebitan le reconoce a la clase política una virtud que los asesores que se mueven tras bambalinas no tienen: el riesgo. A fin de cuentas ellos se exponen. Y solo por eso merecen más respeto que los sociólogos enrolados en el "desmonte de cerebros" o para hablar de uno de los mejores tramos del texto, que los dueños de librerías que se complacen en demostrar que "la persecución del diferente y la impronta mercantil que excede por mucho los términos de la renta para ser una forma de relacionarse con los demás" configuran el único y módico ethos que se camufla bajo el aura prestigiosa del negocio cultural de los libros y talleres de expresión que proliferan en palermo.

Lo que quiero decir es que la lucidez con que el relato de Schmidt compone tipos y estereotipos sociales, la mirada filosa y el innegable humor que exhibe durante todo el monólogo de estebitan que le dijo basta a las reuniones para salir a rayar autos en la forma de una especie rara de libro de quejas desgarrado y demoledor que tiene la virtud de apuntar directamente a los resortes y lógicas nunca sufcientemente discutidas que le dan forma a la sensibilidad en que, nos guste o no, se reconoce o persiste en desconocerse una época, pierde gracia cuando tropieza con la indignación fácil. Y eso es lo que no me terminó de cerrar. Fuera de eso, el libro tiene el riesgo que cabe esperar de una palabra que se reclama política si política es, para empezar, poner el cuerpo o en este caso la voz en las cosas que "nos importan".
 
 
  Por María Stegmayer
 
  El que se levanta a mear pierde.
Entrevista a Esteban Schmidt.
 
  La oración the Palermo, Osvaldo Baigorria.
  Este banquito en Palermo, Jorge Viera.
  ¿Cómo perdí mi Palermo? (Para una estética del exilio), Maximiliano Sánchez.
  Ojos chinos y aliento a Zumuva,
Pablo Entrerrios.
  Mapa de Palermo, Horacio Lotito.
  Cuadros, Fogwill.
  Escuela de guerra, Carlos Correas. (Introducción: José Fraguas).
  El Otro Marx, Oscar del Barco.
 
  Entrevista a David González. Por Ársel Álvarez y Andrés Tejada Gómez.
  Loser, David González.
  El demonio te coma las orejas, David González.
  Contra los poetas, Witold Gombrowicz.
  Entrevista a Jorge Herralde. Por Andrés Tejada Gómez.
  Las cuarenta en los 40 de Anagrama, Santiago Ríos.
  Catálogo histórico final, Jorge Herralde.
  La censura, Jorge Herralde.
  Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, Raoul Vaneigem.
  Reflexiones y recuerdos a la deriva sobres los situacionistas, Mario Perniola.
  Contra Debord, Frédéric Schiffter.
 
  Flotar entre helicópteros,
Pablo Klappenbach.
  Cementerio y pogo, Juan Pablo Liefeld.
  Diario de rodaje, Pablo Klappenbach.
 
  El caos. Contra el terror, Pier Paolo Pasolini. (Traducción: Antonio Prometeo Moya).
  Escritos corsarios, Pier Paolo Pasolini. (Traducción: Hugo García Robles).