En Londres, donde viví casi once años, existe una esquina famosa por la que hasta el más chapucero bus tour suele detenerse un momento en su repaso frenético por una ciudad inabarcable hasta para los que viven y mueren en ella. Se llama Speaker's Corner, más conocida como Hyde Park Corner por los turistas y curiosos, ya que se encuentra en la intersección de Oxford Street con Hyde Park, muy cerca de Marble Arch. La leyenda quiere que esta esquina sea el sitio donde desde por lo menos mediados del siglo XIX cualquier ciudadano de Londres o de cualquier parte del mundo tenga derecho a arengar, despotricar, polemizar, leer proclamas o simplemente discutir con los transeúntes sobre cualquier tema. Se entiende que el orador, normalmente parado sobre lo que originalmente era una caja de jabón (soapbox) puede despacharse a gusto sobre cualquier cuestión, siempre que no lo haga en un lenguaje ofensivo y que no se meta con la familia real o propicie la caída del gobierno británico.

La leyenda urbana quiere que esta esquina sea un mojón de la libertad de expresión en Londres y en el Reino Unido. La famosa caja o soapbox -un término que ha devenido en sinónimo de blog o foro de discusión en Internet- ha sido reemplazada por un práctico taburete, una escalerilla o un banquito. La leyenda quiere también que quien está parado sobre el banquito en realidad no está parado sobre suelo británico y por lo tanto está a salvo de la ley del Reino y de ser demandado por lo que dice. Esto en verdad no es así, pero una larga tradición de lo que el mundo ha dado en llamar la "tolerancia británica" lo ha instituido como una costumbre. El orador de pie sobre el banquito no debe temer ninguna represalia de la justicia y los policías que circulan por el área, con aire aburrido y de haberlo visto todo antes, están allí apenas para mantener el orden. A lo máximo que se expone el orador es a que su azarosa audiencia le arroje huevos, tomates o alguna hortaliza podrida en caso de no agradarle o no estar de acuerdo con lo que dice (en cuyo caso tal vez la policía lo defienda). Pero al precio que están las verduras frescas y los huevos en Londres, hasta éste riesgo se ha minimizado y la máxima afrenta a la que se expone el orador es la descalificación, el abucheo generalizado o el retruque de algún conciudadano indignado. Con una cara bien dura le basta y sobra para salir airoso del trance.

Leer The Palermo Manifesto me ha recordado el placer dominguero de llevar amigos de paso por Londres a Speaker's Corner, a escuchar al loquito o la loquita de turno antes de partir hacia la más comprometida empresa de probar una serie de birras inglesas en el pub preferido de ese día. Y el orador sobre el banquito, desde luego, me ha recordado la posición de la voz que enarbola The Palermo Manifesto, una voz sostenida entre la vehemencia y la irresponsabilidad.

Irresponsabilidad que proviene de hallarse suspendida sobre el suelo y a salvo de las leyes de su tierra, que en este caso es el lenguaje. Una plataforma invisible la eleva por encima de cualquier intervención crítica. Porque la voz de The Palermo Manifesto es ¿qué? ¿la voz de Esteban Schmidt disfrazada? ¿la voz de su alter-ego, como se especula en la blogosfera sobre este escrito? ¿la voz de un personaje de ficción que cada uno, a su cuenta y riesgo, puede intentar confundir con la voz de su autor, a saber, un tal Estebitan? ¿La voz de un ventrílocuo que agita a su muñeco Estebitan frente a un público imaginario? Tal vez este escrito de Esteban Schmidt sea un representante emblemático de lo que algunos, sin temor al neologismo ni al ridículo, llaman "autoficción". La autoficción, leemos, puede definirse como "una ficción basada en hechos reales en la que el autor no duda en involucrar hasta su nombre propio para proponer un pacto de lectura que imite los principios del pacto autobiográfico al mismo tiempo que los subvierte". Tan largo me lo fiáis , me dan ganas de gritar, como el Burlador de Sevilla.

Puede parecer obvio, pero si no nos detenemos a pensar en quién es la voz que se manifiesta en este Manifesto, mal podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con lo que dice, festejarlo o no, reírnos o no reírnos de sus chistes. Y decidir en qué forma lo hacemos.

The Palermo Manifesto es proferido por un narrador que esquiva el bulto: se erige en juez de toda una caterva de indeseables, con el mascarón de proa de su infatigable personaje y punching ball , el Sr. Manteca, falso asesor, inmigrante abusivo e ilustre pedante o paradigmático chanta y por momentos resulta indistinguible de esa voz, de ese personaje: tilingo, resentido, arrogante, racista, sexista, homofóbico, clasista. Pero no podemos exigirle ninguna responsabilidad porque es y no es Esteban Schmidt. Es solamente una voz -el sujeto del enunciado que se confunde con el sujeto de la enunciación, diríamos, usando palabras muy pero muy feas, los que cursamos Letras por los tiempos en que, mientras teníamos los ojos hundidos en las fichas ilegibles que representaban clases jamás escuchadas y mientras preparábamos finales como salchichas, el humilde Palermo Viejo devenía poco a poco Palermo Hollywood, Palermo Soho, Palermo Boulevard y Palermo No Sé Cuánto...  

Así las cosas, el discurso se pronuncia como un manifiesto que no es tal, por un sujeto que no es tal. No nos casamos con el escrito porque se lee como un contrato pre-nupcial "yo no dije esto, ni lo digo, ni lo diré, pero si lo dijera, esto es lo que pasaría y así es como sonaría, aunque en verdad no lo estoy diciendo todavía. Pero hago como que lo digo -te lo dice Estebitan- y si crees que lo digo (y lo que digo) se lo puedes ir a achacar a Magoya porque lo que firmo y te vendo es... ¿Qué? ¿Un ensayo? No. (Un ensayo exige una responsabilidad autoral). ¿Ficción? No. Pero sí (hay algo de ficción aquí, ¿no?). Pero no. Es un manifiesto (pero un manifiesto es un escrito crítico-programático que sólo suele tener unas pocas páginas y aquí no hay ningún programa -su principal defecto-). Y tampoco es en rigor un manifiesto. Es un Manifesto , Okay? Así, en inglés, como haciendo el guiño de que en verdad no es lo que es, ni siquiera como manifiesto".

Y entonces, ¿A qué foro podríamos dirigirnos para pedir responsabilidades por escribir un Manifesto o por lo que se diga en él? ¿Y quién pidió nunca a nadie responsabilidades por un manifiesto, que es un texto de género híbrido, que no se dirige a nadie en particular, y si se dirigiera, está en su naturaleza traicionarse a sí mismo y lo que dice: porque un manifiesto es un programa que busca provocar y romper, y a la larga establecerse como norma para cambiar a su vez...? Pero repito, aquí no hay ningún programa puesto que a fin de cuentas: ¿Qué nos propone Estebitan? ¿Qué matemos a Papá? ¿Otra vez? ¿Qué matemos a Judas, o que lo reivindiquemos? ¿Qué matemos a Caín? ¿O a Abel? O más bien (y más probablemente): ¿Qué matemos al Sr. Manteca para tomar su lugar? ¿Limusinas y raquetas Head gratis para todos? ¿O solamente para el mandarinato de los 2000 o 3000 monos y monas que valen la pena en el país? ¿The Power Of You?

Entre los loquitos o loquitas que han arengado en Hyde Park Corner se encuentran Marx y Lenin (creyendo hacia 1872 que la Revolución comenzaba allí y entonces y acaso sin barruntar que ningún país marxista-leninista del futuro toleraría un Speakers-Corner en su suelo). También se subieron a banquitos de esa esquina el apocalíptico George Orwell, el genial prerafaelita William Morris, las maravillosas sufragistas de principios del siglo XX, infinidad de políticos incluyendo a un desastrado John Major (el ministro que sucedió a la debacle de Maggie Thatcher) y, last but not least , los activistas de Stop The War Coalition que tomaron parte en los mitines para la convocatoria de la gigantesca marcha contra la entrada del UK en la guerra de Irak, el 15 de febrero de 2003, cuando cerca de dos millones de personas nos echamos a la calle en lo que fue la mayor movilización de la historia de Londres.

Puede que el orador de Hyde Park tenga la cara dura. Puede que no sea más que un chanta amparado en la inmunidad o incluso impunidad de su banquito apoyado sobre el suelo de una patria tolerante. Y sin embargo la principal diferencia entre este orador y la voz que nos machaca desde The Palermo Manifesto es que al primero no le queda más remedio que poner la cara y sólo por ese gesto -la presencia de su cuerpo, la firma viviente de su voz- le estamos agradecidos o cuando menos admirados por tener un morro que se lo pisa y enfrentar a su público cara a cara. Y por saber de dónde viene su voz.

Pero lo que hace The Palermo Manifesto es ocultar y ambiguar su voz. Ventrilocuarla, escamotearla, parapetarla. Y en la literatura argentina, esto es un tic.

Si tuviera tiempo, si quisiera dedicárselo, si me interesara el tema, si pudiera servirle a alguien en absoluto, escribiría una tesis sobre por qué, con antecedentes que sin ir más lejos pueden rastrearse desde los ochenta del siglo XIX, la literatura argentina ha tenido estos momentos de cabildo en los cuales es necesario pararse frente a un público real o imaginario y descerrajarle una alegoría, una novela en clave, una prolija sarta de ironías, un ajuste de cuentas en tono sarcástico, una diatriba satírica o, sin ir más lejos, un Palermo Manifesto. Lanzo la idea para quien quiera darle forma. De momento, escribir esta tesis me interesa tanto como dilucidar la verdadera nacionalidad de Gardel, uno de los tópicos obsesivos de un Estebitan que, reclamándose como un ultra -supongo que quiere decir un inconformista de izquierdas o un vago anarquista cultural- se lee por momentos como un ultra en plan europeo: es decir, un loose cannon de ideología fascistoide, un antisistema resentido al que le gusta humillar mujeres (especialmente si son personal a su servicio), denostar a mozos y camareros y poner a la "indiada" y a los inmigrantes en su lugar (" comportensé, muchachos" , les dice el canyenge-snob Estebitan). Y los demás, los que juegan en el recreo del cole, son putos y lo peor que se le puede decir al hermano en presencia de los primos es "maricón".

OK, era una broma. Era para reírse, ¿no? No era para tomárselo en serio. Pero celebrar el machismo de este Manifesto y lo que otro autor (un tal Diego Vecino) llama "cancherismo reduccionista" (a mi modo de ver una forma elíptica de decir que el escrito es maniqueo) me resulta lo mismo que reírme de un chiste de argentinos cuando lo cuenta un español (y uno está en España).

P: ¿Sabes cómo se suicidan los argentinos? R: Se suben a su ego y se arrojan desde allí. P: ¿Sabes cuál es el mejor negocio para hacerse millonario? R: Comprar a un argentino por lo que vale y venderlo por lo que cree que vale. P: ¿Sabes por qué los argentinos no se bañan con agua caliente? R: Porque se les empaña el espejo. P:¿Cuál es el país que está más cerca del cielo? Uruguay que está al lado de Argentina. (Este último le gustaría a Estebitan, tan obsesionado con las fechorías de los uruguayos en suelo patrio).

Imagínense, además, lo que ocurre cuando el chiste lo escuchamos, como es el caso con éstos ya gastados de más arriba, por enésima vez. La sonrisa forzada (o forzosa) acompañada de la subsiguiente risita arrastrada que hay que afectar para dejar claro que "uno tiene sentido del humor". Que, como dicen los ingleses, uno no se toma a sí mismo demasiado en serio (que sabe reírse de sí mismo y que no se la cree , precisamente cuando, por ser argentino y por escritos como The Palermo Manifesto te acusan por el mundo entero de creértela toda y de creerte que sos, en traducción digna de Estebitan, " Señor, señor, usted, el de la pija ").

Y sin embargo uno, que tiene sentido del humor, que se parte en dos con las pelis de John Waters y con los viejos buenos libros de Kurt Vonnegut Jr. y hasta con las eventuales salidas de Dr. House ("If you are going to kill me, and rape me, please do it in that order!") aprecia además el humor fino y sabe distinguirlo del guarango. Y no le queda más remedio que congelar la sonrisa en el último microsegundo para indicarle a su interlocutor tan amorosamente provocativo (y tan encantadoramente politically incorrect ) que ya está, que la gracia ya fue . Enough. Un chiste de argentinos contado a un argentino está bien. Dos superarían la barrera del sonido, provocarían un estruendo y dejarían al provocador en posición de boludo, perdón, de gilipollas.

Y tal vez esta es una de las mesuras que le faltan al Manifesto. Me explico: edición. Y aquí entramos en la cocina literaria, Estebitan: la repetición de los chistes los afloja, les quita fuerza y empiezan a dejar la impresión de que el autor o su alter ego se los toma en serio y es de veras el tunante resentido, racista y sexista que finge ser para divertirnos. ¿Problemático equilibrio, no? Y muy parecido al que debo hacer para expresar al mismo tiempo entusiasmo por el escrito y reservas acerca de su ejecución.

La costumbre de hablar en Speaker's Corner no acaba de declinar y puede aún verse allí desde amas de casa hasta imanes islámicos, desde militantes políticos hasta estudiantes de música, desde lúmpenes hasta genios incomprendidos. Pero es un animal en lentas vías de extinción. Los que hemos asistido al advenimiento de la Internet podemos observar como un mundo entero, con sus maneras de hacer y sentir se desvanece ante nuestros ojos al tiempo que, gracias a Dios o al diablo, participamos del mundo nuevo que se dibuja a cada paso que damos.

¿Y qué pasaría, aventuro, si The Palermo Manifesto, traduciendo apenas el cuerpo del texto, ya que el título nos viene en inglés, fuera leído o escuchado en Hyde Park Corner? Todo el mundo sabe que los argentinos son tan inteligentes que uno siempre corre el riesgo de no haberlos comprendido bien. En el tiempo que lleva de la ignorancia a la comprensión, el interlocutor cambia el argumento y ya no es el mismo cuando creemos comprenderlo. El interlocutor "esconde la mano" después de tirar la piedra y estará siempre a salvo de cualquier réplica desde la inmunidad que le otorga estar parado sobre su banquito: "Yo, argentino".

My Palermo (Autofiction?)

Lejos de Hyde Park Corner y por cierto tan lejos de Palermo (escribo estas notas en Cádiz) leer The Palermo Manifesto ha sido un ejercicio melancólico y enervante. Le agradezco al escrito, por carambola hiperbólica, la oportunidad de haberme hecho pensar en un posible banquito en Palermo en una tarde ya antigua. Porque mi lejanía de Palermo no es solamente lejanía en el espacio, sino también lejanía en el tiempo. Lo que se ha hecho con Palermo en Buenos Aires no es muy diferente de lo que se ha hecho con la mayor parte de los cascos viejos en las megalópolis u hormigueros del mundo, del cual Buenos Aires es una más. Un parque temático, una parodia de sí mismo. Un proceso tan intempestivo como imparable y global.

Yo nací en Buenos Aires, en el barrio de Floresta, en aquel entonces vagamente próspero y hoy día hundido en una decrepitud terminal digna de un cuento de James Ballard. Para nosotros, los que vivíamos en Floresta, Caballito era ya un barrio cheto de clase media alta y de profesionales que "habían llegado". Yo vivía en el departamento del fondo de un PH de pasillo casi infinito y donde las paredes cochambrosas amenazaban con caerse sobre uno si no se suspiraba de la manera correcta al pasar entre ellas. Para colmo de males, cuando se acabó el alquiler antiguo nos mudamos al humilde departamento que mi madre pudo comprar en otro PH poco menos antiguo, cerca de Ramos Mejía y donde, con toda probabilidad, reposaré mis huesos en la vejez.

Tras una serie de mutaciones que no vienen al caso, a mediados de los ochenta yo vivía, con mi ex-mujer, en la esquina de Corrientes y Gurruchaga. Esquina marechaliana si las hay, por donde transitaba el Adán Buenosayres y por donde transitábamos nosotros, los de entonces, llenos de ilusiones de viajar, de escribir, de Live Long and Prosper , como decía Mr. Spock. Había comercios que ya no existen: sobre Corrientes, una casa de comidas judía de toda la vida y adonde comprábamos a menudo y que a pesar de ser de toda la vida cerró en los noventa, nunca supe por qué. La heladería Trieste, donde nos endulzábamos con la única droga que podían permitirse nuestros exiguos presupuestos: el amor y un helado de sambayón y pistachio. Palermo, para nosotros, quedaba a las puertas de nuestra casa en Villa Crespo y a la vista de nuestros balcones, que daban en L a las dos calles, Gurruchaga y Corrientes. Bajando por Gurruchaga o tal vez por Serrano (¿Ahora Borges?) se accedía en plácidos paseos soleados a esas calles arboladas y destituidas, llenas de zaguanes andaluces y coloniales, como éstos de Cádiz. Esas callejas constituían un fortuito desliz, tan pasibles de inundación por las caprichosas sudestadas y tan difíciles de olvidar como las sudestadas que las inundaban con su meteórica violencia sudamericana. Eran, o son hoy para mí, un túnel de la memoria.

¿Qué era para mí entonces Palermo? Bueno, mi suegro vivía en la esquina de Thames y Santa Fe. Por lo tanto Palermo Viejo era la travesía forzosa y gozosa desde nuestra casa en Villa Crespo hacia su casa en Plaza Italia a lo largo de siestas y tardes de domingos somnolientos y sueñeros. Ibamos a comer a su casa, o nos encontrábamos a comer en el restaurante La Estancia, sobre Santa Fe y frente al Botánico. Yo no me llevaba del todo bien con mi suegro, pero lo admiraba y acaso a pesar mío aprendía cosas de él. Ahora mi suegro tiene 95 años y vive en USA -donde se mudó a los 80 y pico- y todavía aprendo cosas de él, como a mudarse de casa y de barrio y de país sin quejarse y sin culpar a nadie, por ejemplo. Otras veces quedábamos con amigos en el único bar sobreviviente que existía ya entonces, y a mitad de camino entre casa y Plaza Italia: El Taller. A diferencia del detective Estebitan, que se sabe la razón social y composición del staff de cada local de Palermo, yo no sé quiénes eran sus dueños y no me importaba y si lo supe lo he olvidado. Y no había nada más, se los aseguro. Alguna tasca o barsucho de gallegos, maravillosamente infecto, tristemente perdido. Y eso era todo. Porque Palermo era un barrio viejo, vencido, abrumado por su historia y por las benévolas maldiciones de Borges y del tango burrero de Juan Villalba: ¡Maldito seas, Palermo! Luego vino el progreso. La prosperidad de los noventa and beyond . El diseño. La moda. La partición de Palermo en sus varias vertientes de acojonantes nombres importados. Pero yo ya no estaba allí para verlo y tampoco lo lamento. Asistí a su metamorfosis en rachas, cada vez que volvía a Buenos Aires, con una mezcla de estupor y curiosidad toda vez que los amigos me mostraban las nuevas maravillas y penurias de Palermo, desconfiando de que me hubieran traído engañado a algún otro barrio, ya que gastar allí costaba más que en París y en New York. Y siempre he tenido la prerrogativa de no creérmelo del todo. De subirme al avión -saludar a Gardel desde arriba, al cruzarme con él- cerrar los ojos y convocar las calles rubicundas, las calles vetustas que aún viven en mí. A la distancia, parece como si el viejo Palermo siguiera allí.

Palermo, me digo, era un estado de ánimo, que todavía puedo convocar. Era una zona de aprendizaje, que todavía puedo emprender. Una zona de transición hacia otra vida, que ahora vivo, aunque no fuera exactamente la que quería, pero es la que elegí y, a diferencia de Estebitan, no responsabilizo a nadie por mis elecciones. Una zona de ensueño soleado, pero no a la manera del ensueño marchoso y febril en el que se transformó después. Una zona arrabalera y por qué no, zaguanera, en la que todavía me permito demorarme y enamorarme. No tenía el aire de lo que ya ha sido mirado o puesto allí para ser mirado , como ahora, en una vidriera design . Era lo que se veía, apenas. Tenía un cierto aire de tango: de la añoranza perimida, del sueño escamoteado, algo que un porteño puede comprender muy bien.

Coda sentimental

Al fin y al cabo, el tema de The Palermo Manifesto es una vez más la queja porteña con cierta ínfula intelectual. Cuál es el problema del personaje Estebitan: ¿Qué Caballito ya no es un barrio cheto y que al mudarse a Palermo lo han timado? ¿Qué no puede enchufar la PC en el bar de la librería donde nunca ha comprado un libro? ¿Qué no tiene una Apple blanca con baterías de larga vida para hacerle pito-catalán al dueño de la librería de marras? ¿Qué echa de menos una librería FNAC en Buenos Aires como las que hay en varias capitales europeas, una librería con un espacio lectura con gradas para sentarse allí a leer gratis todo lo que se le canta en sus tardes por cierto bastante ociosas? ¿Qué no le alcanza la plata para ir en taxi al Lawn Tennis Club? ¿Qué no tiene coche, por Dios, que no tiene coche? ¿Son estas sus preocupaciones radicales ? Porque toda vez que la emprende contra los que arruinaron el país con su gestión y sus corruptos asesores en los últimos 25 años, no parece proponer otra cosa mejor que la endecha de haberse quedado afuera, de no haber sido uno de ellos.

Estebitan es un Rastignac tercermundista who lost the plot , perdió los papeles, se le fue la olla. Pero mientras que a Papá Goriot se la puede leer hoy día como si fuera una novela contemporánea en cualquier rincón del mundo, no sé cual pueda ser el destino del Manifesto de Estebitan en unos años y en su mismo Palermo de origen, ya que necesita ser leído en clave. Como dicen los hermanos españoles, a Estebitan "le falta un hervor". Por supuesto que está hirviendo de rabia y resentimiento y debatiéndose como una papa en el interior de una cacerola en ebullición, eso está claro. Pero debería hervir de madurez, de mera ternura o, para seguir con la vertiente cocoliche, de encontrarse "justo al dente ". Y justo al dente es lo que le falta a este escrito que, con todo y ser una buena patata, tiene partes crudas, partes duras, partes blandengues, pero desde luego no está a punto.

A Estebitan, si existiera, le diría con todo cariño que la vida es dura para todos. Y repetiría una frase que pone Ivan Thays en un artículo reciente "nada es fácil nunca, para nadie, en ninguna época, en ninguna parte" (El País, Babelia, 12-09-09). Le diría que en la vida hay que ser fiel a sí mismo, no desmayar jamás. O caerse y volver a levantarse. Y avanzar por el camino que uno se ha trazado a sí mismo sin mirar a los costados (cosa que él hace todo el tiempo y que es su mayor fuente de infelicidad). La envidia de los que ocupan posiciones de poder, de los acaparadores de capital real o simbólico, la envidia a secas de los que pasan a nuestro lado en un coche más veloz, solamente te quita pique y cilindrada (una frase que le gustaría a Estebitan, tan desesperado por comprarse un Audi o un Bimmer ¿La Ultra al volante de un Porsche, cómo sería eso?)

Yo le diría a Estebitan que codiciar lo que tienen los otros suele tener el efecto adverso y no será el de que te quedes relegado sino todo lo contrario: el de que se cumplan tus deseos y te conviertas exactamente en lo que odias en los otros. Porque, como todos sabemos y como recalca Daniel Gilbert en su estupendo Stumbling on Happiness , "el futuro nunca es como lo imaginamos".

¿Detrás de una voz alzada hay siempre un sujeto trémulo? Un temblor y un temor, o para decirlo con economía lingüística un tremor, recorre la escritura de The Palermo Manifesto. La voz que enarbola el pseudo-discurso es impostada, pero no segura. Por momentos impostora, pero nunca imponente. A causa de su énfasis, pierde fuerza. A causa de su fluidez, pierde espesor. A causa de su desparpajo, gana en morbo. Todo el mundo quiere escuchar a una voz temblar, el momento en que una voz se quiebra. Y la voz de The Palermo Manifesto no deja nunca de temblar, no deja en ningún momento de quebrarse (con el filo inconfundible de la ira, con los gallos de la indignación, con el temor a la demanda judicial). La organización de su discurso es un caos (pero neurótico, pero repetitivo). Y la voz de un orador frenético, por momentos fuera de sí, por momentos chicanero y por momentos tembloroso, lo entrega a cachos, a requechos, a cuantos. The Palermo Manifesto es el escrito de un escritor que renuncia a controlar su material y se propone ver qué ocurriría si se dejara controlar por él. En esta apuesta hay tanta valentía como fiaca. Y en el resultado hay tedio y también hay delicia.

The Palermo Manifesto es un escrito tan necesario como prescindible -y tanto para el autor como para el resto de los lectores-. A veces una cultura debe pasar por cierto lugar, que no es necesariamente muy interesante ni muy hermoso, así como para ir de Caballito a Palermo en el 55 o en el 44 (si mal no recuerdo) hay que pasar por las aburridas calles del barrio de La Paternal. Y supongo que algunos de los que hemos leído The Palermo Manifesto alentamos su existencia tanto como resentimos su lectura. A veces un escritor debe pasar por un punto, que no es su momento más brillante, pero es una estación ineludible en su viaje hacia la adquisición de su propia voz. Que, en mi opinión, no es ésta todavía.

Pero años ha, cuando me enseñaron a escribir comentarios de libros, me inculcaron también una regla de oro y es que si tenía algo positivo para decir acerca del escrito lo pusiera al final. Por lo tanto aquí va.

The Palermo Manifesto tiene observaciones muy interesantes y muy cómicas, con rasgos de gran escritor que todavía no se atreve a lanzarse a escribir una novela o un libro a la altura de su propio talento. O ama demasiado lo que escribe -y demasiado mal- como para hacerle una buena poda y volverlo a un tiempo conciso, desopilante y sobre todo: universal.

Pero el escritor Schmidt que me gusta es por ejemplo aquel que escribe esa imagen de las mujeres con sus móviles-castañuelas, en una suerte de amalgama de crítica social y poesía:

En el Panamericano, los besos entre los hombres fueron tal vez el mayor exceso de esa noche sin excesos aunque la práctica ya esté tan legitimada. Por el lado de las chicas, los gestos varoniles dieron la nota. Ay, esa forma en que las mujeres cierran los celulares con tapita, como si cada llamada que terminan bruscamente les hubiera sobrado. Y el siguiente llamado también les sobra. Si las mirás durante una hora, les sobran todos los llamados. Las tapitas, las castañuelas, se escuchan desde cien metros.

Casi da para imaginar la coreografía que un Calixto Bieito hubiera hecho con esa imagen. O debería hacer. Si es que no se ha hecho ya (no salgo mucho, y desde luego mucho menos que Estebitan, ya que los inmigrantes argentinos en Europa tenemos menos pasta que los habitantes y merodeadores del Palermo porteño). ¿Una Carmen con teléfonos móviles en lugar de castañuelas? Brillante, y nos hace desear que todo el Manifesto hubiera sido así. No una sopa de letras con lágrimas, sino una retahíla de imágenes críticas y poderosas. Inolvidables.

Entre la escritura autobiográfica y el panfleto político, este Manifesto es la novela sentimental de un tímido: todo manifiesto acaso lo sea. Pero está bien que se escriba y está mejor aun que se publique. Da esperanzas -y ya se sabe que Estebitan Schmidt ha escrito (¿o ha dicho?) que " la esperanza es un sentimiento demencial" - a los escritores que, más nuevos o más viejos, venimos detrás.

   
 
  Por Jorge Omar Viera
 
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